San Eduardo III, rey de Inglaterra

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Detalle del Santo en el Díptico de Wilton (ca. 1395). National Gallery, Londres (Reino Unido).

Detalle del Santo en el Díptico de Wilton (ca. 1395). National Gallery, Londres (Reino Unido).

Introducción
La santidad no es patrimonio de unos cuantos, es una vocación para todos los bautizados y que pueden forjarla desde cualquier estado de vida, sin importar la edad, el sexo o el estatus social. La santidad es una vocación dada por Dios, en la que cada ser humano pone de su parte las cualidades que ha recibido del Creador para ponerlas al servicio del prójimo.

Tal vez resulta anacrónico hablar de santos que tuvieron el poder en sus manos, porque el poder se asocia con la fuerza, el abuso, la intolerancia, pero no todo siempre fue así. La autoridad tanto antes como ahora, proviene de Dios. Y si bien es cierto que cuando el poder se aglutina, corrompe, también es cierto que la autoridad es un servicio que se debe poner al servicio de la comunidad.

Hablar de San Eduardo nos remite a la Edad Media, una época de la que no se dejará de hablar mal, pero tampoco se dirá lo suficiente bien. Una época de la humanidad en que la fe cristiana en Europa sirvió de crisol para evangelizar mediante la fuerza de cruz y la violencia de la espada. Un tiempo en que la fe unió al altar y el trono, en que las guerras eran la forma de mostrar el poder y la fuerza, y en que la vida monástica forjó héroes que arrebataron al mundo muchos hombres y mujeres para el cielo.

Entonces la monarquía se concebía como un don de Dios, la unción del monarca lo hacía realmente otro cristo, un ungido que era el brazo secular de la Iglesia. Tenía el poder dado por Dios y por ello se le rendía vasallaje y obediencia. Este poder era siempre hereditario. Actualmente, la democracia, el poder dado por el pueblo en las urnas, brinda la autoridad a una persona, y la duración de su gestión es variable según la parte del mundo donde se ejerza. Pero esa autoridad, aún dada por voluntad del pueblo, sigue emanando de Dios, el Señor. Y es ante Él donde los gobernantes de ayer y hoy darán cuenta de sus obras.

Biografía de un gobernante
San Eduardo nació en Islip, (Oxfordshire) Inglaterra, en marzo de 1004, hijo del Rey Etelredo II, de la dinastía sajona, y de su esposa Emma de Normandía. En 1013 Inglaterra sufre la invasión danesa y el rey es depuesto, usurpando el trono Suenon, trasladándose a Normandía con sus hijos Edmundo y Eduardo. En 1014, con la muerte del invasor, a causa de las heridas sufridas en la toma de Londres, el depuesto monarca recupera momentáneamente el trono, muriendo a los dos años. Le sucede su hijo Edmundo que muere prematuramente y el trono es ocupado por Canuto, el hijo de Suenon. Él contrae matrimonio con la madre de Eduardo, situación que le contraría al volver de Normandía con el propósito de recuperar el trono. No es recibido como él esperaba, como un héroe y regresa a Normandía muy desilusionado. A la muerte de Canuto, el trono es disputado entre sus hijos Haroldo y Hardecanuto.

Vista del escudo real del Santo.

Vista del escudo real del Santo.

Hacia 1037 el hermano de Eduardo, Alfredo, va a Inglaterra para recuperar el trono, pero es asesinado. Entonces, a la muerte de Haroldo, Hardecanuto se hace del poder e impone una dura opresión sobre los sajones, que se sublevan y piden el retorno de Eduardo, quien acepta ser rey, pero no a fuerza de guerra y sangre. Con esa idea regresó a Inglaterra en 1041, comprometiéndose con Edith, hija de Eduino, principal instigador de las intrigas que pasó su familia. De esta mujer se decía que era una rosa entre espinas. En 1042 muere Hardecanuto, siendo elegido unánimemente como nuevo monarca el 3 de octubre de 1043 y coronado como tal ese día en la Catedral de Winchester.

Eduardo tenía una formación normanda, con una cultura más sensible y noble que los fieros sajones. Así comenzó a gobernar restituyendo las antiguas normas sajonas, que le ganó la simpatía popular. Contrajo matrimonio con Edith, el 23 de enero de 1045; de esta manera su suegro trató de influir sobre el monarca. Aunque Eduardo amaba a su tierra, cometió el error de dar puestos claves a normandos, lo que provocó que estos fueran insolentes y arrogantes y que suscitó suspicacias y malos comentarios, que culminó con la gota que derramó el vaso al ser nombrado como arzobispo de Canterbury Roberto de Jumieges, antiguo Obispo de Londres. Por esta razón tuvo confrontaciones con su suegro y por ello fue exiliado de la corte. Su cuñado Haroldo aunó sus posesiones a lo dejado por su padre, convirtiéndose así en el más poderoso del reino, luego del Rey, con quien tuvo buenas relaciones, no así con su otro cuñado Tostig, a quien le expropió sus terrenos por ser malvado con sus siervos y a quien mandó al exilio.

Eduardo nunca tuvo hijos, al parecer, por un voto de castidad hecho con su esposa y por el cual nunca se consumó el matrimonio. Actualmente muchos historiadores difieren de esta opinión.

Un rey santo
La conducta personal de rey era intachable. Todos sus súbditos eran testigos de su bondad, mansedumbre y buena voluntad: caritativo con los pobres, austero en los gastos, por lo que la economía del reino repuntó favorablemente en las finanzas. Huía de la ostentación, era honesto y humilde, practicaba muchas virtudes entre las cuales destacaba la templanza. Si políticamente no tuvo relieve, fue un rey que supo gobernar con los principios del Evangelio. Siempre trató de mantener la paz en un tiempo donde las invasiones eran constantes y con resultados funestos. El Santo habitualmente vivía en Winchester, Windsor, Londres o su tierra natal Islip.

Vista del sepulcro del Santo en la abadía de Westminster, Londres (Reino Unido).

Vista del sepulcro del Santo en la abadía de Westminster, Londres (Reino Unido).

Fue un hijo fiel de la Iglesia. De joven hizo una promesa de ir a Roma a venerar la tumba de San Pedro si recuperaba el trono paterno. Cuando esto sucedió, consultó al Papa San León IX para ver su punto de vista, pues también temía que la paz lograda durante su reinado se esfumara con su ausencia. El Santo Papa le conmutó la peregrinación imponiéndole que el importe de los gastos que se harían del viaje se invirtieran en los pobres y que mejor construyera en Inglaterra una iglesia dedicada a San Pedro, la que edificó en el oeste de Londres y que por eso se le denominó de Westminster, la famosa abadía, para la cual obtuvo del Papa Nicolás II muchos privilegios en 1058.

Ya en vida se le atribuían milagros, especialmente de curaciones de enfermedades de la piel. Cuando la abadía estuvo terminada, dispuso que se consagrara para la Navidad de 1065, pero para esos días ya estaba muy enfermo. Murió el 5 de enero de 1066, después de 33 años de reinado, siendo muy llorado por sus súbditos.

Fue canonizado por el Papa Alejandro III en 1161; su cuerpo fue hallado incorrupto y fue trasladado por Santo Tomás Becket en presencia del rey Enrique II, siendo sepultado en la Abadía de Westminster en 1163, su sepulcro fue uno de los poquísimos que se salvaron de ser profanados y destruidos durante la Reforma religiosa en Inglaterra. Nombrado patrono de Inglaterra, fue sustituido por San Jorge en 1363. Su fiesta litúrgica se celebra el 13 de octubre, en el aniversario de su traslación.

Sepulcro del Santo. Al fondo, sepulcro del rey Enrique III. Abadía de Westminster, Londres (Reino Unido).

Sepulcro del Santo. Al fondo, sepulcro del rey Enrique III. Abadía de Westminster, Londres (Reino Unido).

Es de hacerse notar que el Papa emérito Benedicto XVI oró ante su sepulcro durante su visita apostólica a Inglaterra.

Que San Eduardo interceda ante Dios para que la Comunión Anglicana y la Iglesia Católica puedan volver a la unidad perdida.

Humberto

Bibliografía:
– MARTÍNEZ PUCHE, José A. Nuevo Año Cristiano, octubre, Editorial EDIBESA, Madrid, 2002, pp. 360-363

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

9 pensamientos en “San Eduardo III, rey de Inglaterra

  1. Muchísimas gracias, Humberto, por este artículo sobre San Eduardo el Confesor, rey medieval, pero realmente santo.
    El artículo me parece perfecto y te agradezco de veras que sea un poco más corto de lo que es habitual en ti, pero que hace más “fácil”, su lectura al completo.

    Solo quiero hacer una precisión con respecto al encabezamiento del artículo: a pesar de que fue el tercer rey que llevó este nombre, a él no se le da la numeración latina (Eduardo III) que se usa en lo que hoy es Inglaterra o en otros países europeos, sino que se le conoce como San Eduardo el Confesor, llevando el título de “Confesor” por el gran apoyo que dio a la Iglesia Romana durante todo su reinado.

    • Toño, gracias por tus comentarios.
      Aunque he de serte sincero, se moverme en la Hagiografìa, pero al presentar la vida de este santo, me tuve que mover en un terreno geográfico e histórico totalmente ajeno a mi idiosincracia.
      Pero bueno, el trabajo ha salido por fin.
      Es correcto lo que me dices de la numeración y apodo de nuesrto Santo, por un particular y personal enfoque, lo he presentado así.
      Ahora, te hago una pregunta apelando a tu conocimiento y que más abajo nos inquiere nuestro amigo Salvador, yo también tengo dudas sobre la representación iconografica del anillo. ¿Nos puedes orientar por favor? Gracias.

      • Humberto,
        Entre las valiosísimas joyas de la Corona de Inglaterra existe un anillo de oro con un bellísimo zafiro, datado entre el siglo X y mediados del XI, que es conocido como el zafiro de San Eduardo el Confesor, porque la tradición dice que a él le perteneció. Esta joya es la mas antigua de entre todas las de esa inmensa colección real británica y tiene un valor simbólico más importante que el propio valor material.

        ¿Por qué se pinta al santo en ademán de quitarse el anillo? Eso es ya harina de otro costal y pueden caber muchas interpretaciones, como la de querer vivir en castidad dentro del matrimonio. Sin embargo, sobre este tema, yo coincido con las tesis de Ana María.

  2. Me llama mucho la atención el hecho de que a todos los reyes Santos que no han tenido descendencia, se diga que ha sido por un voto de castidad. No es raro que los historiadores duden de ello, porque es claramente contrario a la mentalidad de la época. El rey debía casarse y dar descendencia al trono para asegurar la línea sucesora y la permanencia de su dinastía; no sólo por conveniencia sino también para evitar conflictos sucesorios, que inestabilizaban al país y con frecuencia lo hacían sangrar. La necesidad de proporcionar un heredero seguro al trono era una obsesión constante de las testas coronadas, de ahí que muchas veces, tomaran una esposa tras otra, no conformándose con un único hijo, que es una garantía bastante insegura, sino teniendo cuantos más mejor, y cuantos más varones, mejor todavía.

    Un rey no se puede permitir el lujo de un voto de castidad, una reina, menos. Para votos de castidad ya está el monasterio. En el palacio, se debía procrear, por el bien del reino. Ya vimos que San Enrique emperador era, con toda probabilidad, impotente, y no pudo consumar el matrimonio, quedando su esposa virgen; algo que en la idiosincrasia de la época no era bonito aunque la hagiografía ñoña nos lo haya pintado así, sino, de hecho, una auténtica vergüenza, pues había sido incapaz de cumplir con una obligación básica de un rey, esto es, dar herederos al trono.

    ¿Cuál fue el caso de Eduardo? Yo no conozco los avatares personales de este personaje, seguramente un historiador inglés nos podría ilustrar al respecto. Pero explicaciones hay mil: impotencia, esterilidad, malas avenencias, embarazos malogrados, enfermedades, homosexualidad… lo que hoy en día no cuela es que fuese por un voto de castidad. Y si no, veamos el caso de Ramiro II, que se vio obligado a renunciar a sus votos para casarse y dar descendencia al reino de Aragón, por más que lo que él quería era ser monje, porque lo obligaba su condición de legítimo heredero.

    • Gracias Ana María por tus comentarios, esta opiniòn ya me la habìas compartido y en este caso, es muy oportuna para tener una mejor visón del caso.
      Saludos.

  3. Muchas gracias Humberto. Me ha parecido muy interesante el comentario de Ana María respecto a que de los monarcas lo que se espera es procreación y no castidades que creen problemas sucesorios y, por ende, sangre y cuchillo. Del díptico de Wilton me ha sorprendido cómo el artista resalta la forma en que San Eduardo coge su anillo. Supongo que existirá una interpretación iconográfica que se me escapa como tantas otras cosas.

  4. Gracias Salvador por darte la oportunidad de leer este trabajo.
    Al igual que tú, he quedado con la misma inquietud sobre el anillo.
    Ya le he pedido apoyo a nuestro buen amigo Toño para ver si él nos puede orientar.
    Saludos.

  5. Muchas gracias don Humberto por este mucho más sintetizado artículo de lo que usted acostumbra, es interesante leer la vida de San Eduardo que es un santo de gran trascendencia, muchas veces había escuchado sobre este santo pero poco había leído sobre su vida así que me ha caído muy bien esta lectura, como dato curioso fíjese que en un libro que tengo sobre fiestas patronales en Yucatán tal parece que en un pueblo de aquel estado le tienen por patrón a San Eduardo y sería de los pocos casos porque no es un santo muy popular en México. Y pues coincido en gran parte con Ana sobre las tesis a la no procreación de San Eduardo, digo no que no se pudiera dar eso del voto de castidad pero es lo más difícil tratándose de un rey.

  6. Gracias André por leer este artículo. San Eduardo es un santo de calendario, recordado por quien tiene la costumbre por festejares el 13 de octubre, su fiesta más popular.
    Se ha hecho mucho énfasis sobre la función procreativa y es válida la argumentación. Pero creo que este santo, como gobernante tiene una rica veta que ofrecer a nuestros gobernantes. Simplemente el decir que con los emolumentos ahorrados, las finanzas nacionales se sanearon y crecieron , imagínate si esto lo hicieran nuestros diputados y senadores mexicanos.
    Me da gusto conocer que tiene culto y devoción en Yucatán.
    Saludos.

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