San Francisco de Sales, obispo de Ginebra y Doctor de la Iglesia (I)

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Lienzo-retrato del Santo.

Lienzo-retrato del Santo.

Su vida
El mes pasado, la Iglesia Católica celebró la festividad de San Francisco de Sales. Por falta de espacio no pudimos escribir sobre él, ya que se necesitaban tres días seguidos; éste es el motivo por el cual, un mes más tarde, vamos a dar unas pinceladas sobre este gran Doctor de la Iglesia que vivió a caballo entre los siglos XVI y XVII.

Nació el 21 de agosto de 1567 en el Castillo de Sales, en Saboya (Francia), siendo su padre un castellano de Nouvelles, que tenía el título de señor de Bois, aportado como dote al matrimonio, por su esposa Francisca Sionnaz. Como sus padres eran profundamente piadosos, el joven Francisco recibió una esmerada educación religiosa, especialmente de su madre que, ayudada en principio por una nodriza llamada Puthod y posteriormente, por un capellán llamado Déage, le enseñó a darle un sentido cristiano a la vida, a llevar una vida austera, ser parco en las comidas y amar profundamente a los pobres y necesitados, a semejanza de San Francisco de Asís. A su vez, el padre, en cuyos cálculos entraba el mejorar el prestigio de la familia teniendo en su seno a un abogado, le inculcó una educación caballeresca, realizada mediante ejercicios físicos de gimnasia, equitación y esgrima. Sin embargo, la juventud de Francisco no presentó ninguna característica especial digna de relieve: como muchos otros niños, jugueteaba con sus compañeros construyendo altares y capillas e incluso simulando la celebración de la Misa. En el año 1573, comenzó sus estudios en el colegio de La Roche, continuándolos posteriormente en Annecy, a partir del año 1575. Fue confirmado y recibió la primera comunión en el año 1577.

El episodio más singular de su adolescencia fue el ser tonsurado en Clermont cuando sólo tenía once años de edad, un hecho inusual en aquellos tiempos y que no siempre se hacía por motivos nobles. Él lo hizo porque en lo más íntimo de su pensamiento estaba el hacerse sacerdote, cosa que sólo conocía su madre y sus amigos más íntimos. El padre consintió, pero sin renunciar a su objetivo de que iniciara los estudios de derecho, dados los buenos resultados que obtenía en sus exámenes. Por esto, lo envió en el 1582 a la prestigiosa universidad de París para que completase su formación.

San Francisco confesando, lienzo de Janez Valentín Metzinger, Galería Nacional de Eslovenia.

San Francisco confesando, lienzo de Janez Valentín Metzinger, Galería Nacional de Eslovenia.

Su estancia en París, en el colegio jesuita de Clermont, marcó una etapa importante en su formación humanística y espiritual. Se dedicó a los estudios clásicos y filosóficos, pero siempre – bajo el impulso de los jesuitas -, procuró adquirir una sólida formación espiritual. Cuando tenía unos diecinueve años empezó a torturarse a causa de un angustioso problema: “si estaba predestinado a la condenación eterna” y así, vivió seis semanas desastrosas, apenado y desolado interiormente. Pero esta tortura interior desapareció de manera imprevista cuando estaba un día delante de una imagen de la Virgen, en la iglesia de San Esteban de Grès, recitando el “Acordaos, oh piadosísima Virgen María…” (la célebre oración “Memorare” de la que ya hemos tratado en este blog cuando escribimos sobre San Bernardo de Claraval). Desde ese momento, tuvo una visión de la vida mucho más optimista.

Pero no se interesó solamente en los estudios de derecho y filosóficos, sino que dedicó muchísimo tiempo a profundizar en la teología y en las Sagradas Escrituras y a estudiar hebreo y griego. Completados sus estudios en París en el año 1588, su padre lo envió a la universidad de Padua a fin de que, bajo la dirección del profesor de derecho Guido Panciroli, se preparase aún mejor como abogado. Allí se licenció tres años más tarde, pero sobre todo, bajo la guía del jesuita Antonio Possevino, dio un salto importante en su formación espiritual. En aquel ambiente estudiantil, donde el espíritu placentero e incluso licencioso estaba en auge, él se propuso una norma de conducta que acrecentara su propia religiosidad y sus relaciones con el resto de los estudiantes. En varias ocasiones, demostró una especial firmeza de carácter, cuando algunos amigos osaban atentar contra su virtud. En ese tiempo de estancia en Padua, una de sus lecturas preferidas fue “El combate espiritual” del religioso teatino Lorenzo Scupoli. A sus estudios universitarios de abogacía, agregó los teológicos, humanísticos y naturalistas, a los que al menos, dedicaba dos horas extras todos los días.

Antes de volver a su tierra natal, en el año 1592, estuvo en el santuario de Loreto y en Roma. Los sueños de su padre estaban a punto de cumplirse, ya que el joven abogado llegó a formar parte del senado de Chambéry, pero él no renunciaba a hacerse sacerdote. Sin saberlo y a instancias del obispo de Ginebra, fue nombrado por el Papa deán del capítulo de la diócesis, que entonces estaba en Annecy, ya que la ciudad suiza estaba dominada por los calvinistas. En esto, él vio una señal divina y solicitó abandonar la abogacía para ordenarse de sacerdote. El padre reaccionó violentamente, pero poco a poco, las dificultades con su padre fueron aplacándose, hasta que el 18 de diciembre de 1593 fue ordenado de sacerdote por el obispo de Ginebra, Claudio de Granier.

Ornamentos utilizados por el santo. Palacio de Justicia de Chámbery, Saboye, Francia.

Ornamentos utilizados por el santo. Palacio de Justicia de Chámbery, Saboye, Francia.

Como sacerdote, tomando como ejemplo a San Francisco de Asís y a San Felipe Neri, comenzó inmediatamente su ministerio dedicándose completamente a los pobres, a visitar a los enfermos, a la predicación y al ministerio del confesionario, pero siempre mostrando un carácter alegre, paciente y optimista. Su prédica se diferenció de la de los demás: las citas clásicas las sustituía por citas de las Sagradas Escrituras y las fogosas disertaciones, por una exposición más sobria y más convincente. Era normal, porque él no concebía que un sacerdote no tuviese una amplia cultura y que no supiera contactar con la gente.

En el año 1594 el obispo lo envió a la región de Chablais a una difícil misión. La zona estaba ocupada por los calvinistas desde el año 1535 y en la práctica, no existía el culto católico: las iglesias y los monasterios habían sido cerrados y los sacerdotes habían sido expulsados. En el fondo, a fin de conseguir la tranquilidad en el resto de sus dominios, la Casa de Saboya había acordado tácitamente con los habitantes de la región que podían seguir siendo protestantes, por lo cual no era tolerado ningún sacerdote católico. Superando la obstinada oposición de su padre, que temía por la integridad física de su hijo, emprendió con coraje su misión para restablecer el culto católico. Lo pasó muy mal al principio, pues fue expulsado y tuvo que vivir a la intemperie, debido a la obstinación de los calvinistas. No faltaron ni las amenazas, ni dos intentos de asesinato, ni incluso el ataque con lobos. Mientras, el padre lo desalentaba, invitándole a que regresara, él, paciente y alegremente, distribuía casa por casa una especie de folletos hechos a mano, en los que, en un tono conciliador, exponía la doctrina católica, refutaba las tesis calvinistas y les invitaba al diálogo. Se podría decir que, por primera vez, se utilizaba un estilo que podríamos llamar “periodístico”. Estos folletos escritos a mano que él distribuía por las casas en Chablais configuraron su primer libro, “Controversias”.

Después de seis meses de duro y paciente trabajo, la fortaleza de los calvinistas fue cediendo. Su constancia, su coraje frente a los atentados y la serenidad que se desprendía de su rostro, fueron argumentos más que suficientes para que empezara a granjearse la simpatía y estima de algunos, iniciándose así las primeras conversiones. Él intensificó su actividad apostólica, no entraba en controversias ni disquisiciones inútiles, conquistaba, no condenaba: una conducta totalmente distinta a la que predominaba en aquella época de intolerancia. “Yo he repetido con frecuencia que la mejor manera de predicar a los herejes es el amor, aun sin decir una sola palabra refutando sus doctrinas”, decía más tarde a Santa Juana Francisca de Chantal. Poco a poco reorganizó el culto católico, que comenzó a ser celebrado públicamente. Años más tarde, en el 1603, él mismo comunicaba a Roma que más de veinticinco mil personas habían retornado a la fe.

Escultura del Santo en su atuendo episcopal.

Escultura del Santo en su atuendo episcopal.

Al ver estos frutos, el obispo De Garnier quiso tenerlo como su obispo coadjutor, responsabilidad con la que no se mostró muy de acuerdo, aunque tuvo que aceptarla. Fue consagrado como obispo en el año 1602. Previamente, en 1599 había sido enviado a Roma para buscar solución a un tema diocesano, siendo recibido muy afablemente por el Papa Clemente VIII, quien prácticamente lo había sometido a una especie de cariñoso examen para promoverlo al episcopado. Recién ordenado, fue a París en el año 1602 para solucionar algunos problemas de su diócesis, pues parte de ella pertenecía a territorio francés, logrando sus objetivos. El propio rey Enrique IV quedó admirado por su forma de argumentar e hizo todo lo posible para que Francisco se quedara allí, oferta que rechazó volviendo a Ginebra. En París hizo amistad con el cardenal Bérulle, con Antonio Deshayes y con Madame Acarie, la futura sor María de la Encarnación.

Cuando murió el obispo Garnier, él le sucedió en la sede ginebrina. Durante sus veinte años de episcopado, su sede tuvo que estar en Annecy debido a que la provincia de Ginebra estaba tomada por los calvinistas, pero esto no fue un obstáculo para que organizase su diócesis, encontrándose cordial y paternalmente con cada uno de sus sacerdotes, a los que afianzaba en su vocación y en su misión. Les daba personalmente instrucciones acerca de cómo debían actuar tanto en el ministerio del confesionario como en la predicación. Por dificultades materiales no pudo instituir un seminario, aunque todos sus esfuerzos se dirigieron a crear un clero culto y santo. Tampoco abandonó a las órdenes religiosas; con dulzura, pero con firmeza les señalaba cual era el espíritu de sus respectivas reglas llegando incluso a reformar algunos monasterios. Realizó una labor especial con los monasterios de los Canónigos de San Agustín en Saboya, con los benedictinos de Talloires y en la abadía de Sixt.

Si en su labor apostólica con el clero fue incansable, no lo fue menos con sus feligreses. Entre 1605 y 1608 visitó personalmente cada una de las cuatrocientas cincuenta parroquias de su diócesis, cosa que no le fue nada fácil, ya que muchas de ellas estaban en zonas de alta montaña, de difícil acceso. En ellas predicaba, confesaba, administraba los sacramentos y les ayudaba a solucionar todo tipo de problemas. Desde el punto de vista pastoral, estos encuentros eran muy provechosos porque atraía hacia la Iglesia a muchas personas alejadas de ella y a muchos herejes. En cada sitio, se adaptaba a las circunstancias del lugar y de cada persona, contactaba con los pobres, visitaba personalmente a los enfermos y conseguía que todos simpatizaran con él: “He encontrado a un pueblo bueno y llano entre las montañas. ¡Con qué honor acogen y veneran a su obispo”, solía decir. Cuando en alguna parroquia surgía un problema y a él le era imposible acudir, enviaba a algún sacerdote para que le informase minuciosamente de la situación y así buscar soluciones a los problemas planteados.

San Francisco entrega la Regla a Santa Juana Francisca de Chantal. Lienzo de Janez Valentin Matzinger, Galería Nacional de Eslovenia.

San Francisco entrega la Regla a Santa Juana Francisca de Chantal. Lienzo de Janez Valentin Matzinger, Galería Nacional de Eslovenia.

También mostró un celo especial por la catequesis de los niños. Ya en 1603, recién ordenado de obispo, estableció un reglamento que fue mejorando durante los veinte años de su episcopado. Fundó una Confraternidad de la Doctrina Cristiana que estaba formada por seglares que seguían el catecismo de San Roberto Bellarmino, a los que no solo les daba instrucciones, sino que él mismo les daba ejemplo en este sentido. En Annecy, durante muchos años él enseñaba el catecismo a los niños, haciéndolo de forma sencilla y asequible, llena de ejemplos y de parábolas. Por eso, cuando deambulaba por las calles, casi siempre iba rodeado de niños.

El ministerio de la predicación también fue una de sus tareas fundamentales, llegando a darse el caso de tener que pronunciar varios sermones o discursos en un solo día, especialmente, durante la Cuaresma. Fueron famosos los sermones de Dijon en el 1604, donde por primera vez se encontró con Santa Juana Francisca de Chantal, con quien más tarde fundaría la Orden de la Visitación de Nuestra Señora. Fue especialmente intenso su ministerio en París desde noviembre de 1618 a septiembre de 1619, donde predicó más trescientos sesenta sermones en un ambiente que, en un principio se mostraba escéptico, pero que poco a poco se le hizo mucho más favorable. Allí entabló amistad con San Vicente de Paúl y rechazó cordialmente la propuesta que le hizo el rey para que se quedase en París como obispo coadjutor.

En su trabajo de director de almas, escribió numerosas cartas: más de seis mil, de las cuales se han publicado la tercera parte (más adelante hablaremos de esto). Esta cifra y todas las otras actividades de las que ya hemos tratado, nos da una idea de la intensidad de su trabajo diario. Como hombre de una gran cultura tuvo un trato especial con los intelectuales de Annecy y así, junto con Antonio Favre, fundó la “Academia Florimontana” realizando desde 1606 una intensa actividad en cuanto a discusiones teológicas, filosóficas, políticas y cosmográficas. Hizo tal reglamento para esta Academia que llegó a crear unos vínculos muy fraternos entre los académicos. Esta fundación sirvió de inspiración al cardenal Richelieu cuando creó la “Academia de Francia”.

Pero – cosa normal y lógica, dada la condición humana -, con todo este trabajo y durante tanto tiempo también tuvo contratiempos: incomprensión de los poderosos por acercarse demasiado a los humildes, hostilidad por parte de los calvinistas e incluso la indiferencia de algunos amigos que, más que apoyarle, obstaculizaban su ministerio. Él nunca se alteró y siempre tenía puesta su confianza en Dios. Incluso cuando murió su madre y algunas de sus personas más queridas, conservó una admirable calma y serenidad.

Su gran actividad y sus continuos viajes mermaron su salud y por eso, en 1620 quiso tener a su hermano Juan Francisco como coadjutor para él poder retirarse a una vida más solitaria a fin de prepararse para la muerte. Aun así, en el 1622 estuvo en Avignon y en Lyon, donde el día 27 de diciembre fue atacado por una apoplejía. Al día siguiente moría dulcemente; tenía 56 años de edad. Su cuerpo fue llevado a Annecy, pero su corazón, que había quedado en el convento de la Visitación de Lyon, fue llevado a Venecia en tiempos de la Revolución Francesa. En el 1632 se hizo la primera exhumación de su cadáver y se encontró en perfecto estado, incorrupto, flexible y desprendiendo un olor muy agradable.

Fue beatificado en el año 1661 y canonizado por el Papa Alejandro VII cuatro años más tarde. El beato Papa Pío IX en el año 1887 lo proclamó Doctor de la Iglesia, protector de la prensa y patrono de los periodistas. Se le conoce también como el “santo amable”, pues aunque el día de su muerte le extrajeron treinta y tres cálculos de su vesícula biliar, jamás durante toda su vida, había mostrado fatiga ni dolor alguno, estando siempre su rostro sereno y amable.

Urna de San Francisco de Sales, Annecy (Francia).

Urna de San Francisco de Sales, Annecy (Francia).

Su fascinante espíritu no sólo pudieron comprobarlo sus contemporáneos, sino que de alguna manera ha continuado en el tiempo a través de las congregaciones religiosas que se han inspirado en la espiritualidad salesiana. Recordemos por ejemplo, la fundación de San Juan Bosco, inspirada en su método apostólico con los jóvenes o las Oblatas de San Francisco de Sales, fundada por la venerable María de Sales Chappuis. En los artículos de mañana y pasado mañana trataremos de su espiritualidad y de sus escritos.

Antonio Barrero

Bibliografía:
– CIONI, R., “Vita di San Francesco di Sales”, Florencia, 1942.
– DE LA HOZ, F., “San Francisco de Sales. Obras selectas”, Escuela gráfica salesiana, Sevilla.
– GONZÁLEZ, E., “La perfección cristiana según el espíritu de San Francisco de Sales”, Madrid, 1953.
– VAN HOUTRYVE, “El amor al prójimo según San Francisco de Sales”, París, 1944.
– VV.AA., “Bibliotheca sanctorum, tomo V”, Città N. Editrice, Roma, 1991.

Enlaces consultados (21/01/2014):
http://www.diocese-annecy.fr/
http://vistation-lourdes.webnode.fr/
http://commons.wikimedia.org/wiki/Category:Francis_de_Sales

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