San Francisco de Sales, obispo de Ginebra y Doctor de la Iglesia (II)

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Detalle del Santo en un lienzo de autor anónimo (1677).

Detalle del Santo en un lienzo de autor anónimo (1677).

Su espiritualidad
Para tener una idea de cual fue la estatura moral de San Francisco de Sales y qué grado de santidad alcanzó, no debemos fijarnos sólo en su enorme actividad apostólica, sino que es necesario conocer sus obras. Sólo así puede conocerse a esta figura tan fascinante. Se le ha definido como el santo de la dulzura, de la amabilidad y del optimismo, virtudes que ejercitó con el contacto diario con multitud de personas, ya fueran pobres o nobles, ya fueran amigos o adversarios: siempre mostraba una gran mansedumbre y una infinita caridad. San Francisco de Sales fue un hombre de acción, pero con un temperamento conciliador, condescendiente e incluso afectivo, siempre dispuesto a ceder cuando se ponían en juego los derechos de Dios, siempre considerando a los demás, de manera benevolente y paternal, siempre dispuesto a descubrir el lado bueno de cada persona.

Un rasgo característico de su espiritualidad es su forma de escribir: desde sus primeras cartas espirituales hasta las últimas se ve un mismo método, idénticas afirmaciones que con el tiempo y la experiencia fueron madurando. Esto es un signo evidente de una claridad de enfoque, de un carácter fuerte y tenaz y de una gran seguridad en la finalidad que perseguía.

Algunos intolerantes de su tiempo lo acusaron de rendirse ante los calvinistas, ya que en ellos sólo veían a un enemigo al que combatir y destruir. Sin embargo, San Francisco los llamaba hermanos y no lo hacía para ganarse su simpatía, sino porque lo sentía profundamente y sobre todo, porque a través de la fe, venía en ellos a unos hermanos, hijos de Dios como él mismo lo era, a los cuales había que salvar. Todos podían ver en él un amor sobrenatural hacia todos, tema en el que incidí en el artículo de ayer.

San Francisco y la Virgen. Lienzo de Janez Valentin Metzinger, Galeria Nacional de Eslovenia.

San Francisco y la Virgen. Lienzo de Janez Valentin Metzinger, Galeria Nacional de Eslovenia.

Para llegar a tal grado de heroísmo, siempre estuvo en un continuo ejercicio espiritual. Lo tuvo muy claro desde pequeño y por eso decidió adquirir la formación que obtuvo, decisión que siempre se mantuvo incluso cuando era obispo. Todos los días dedicaba una hora a la meditación, dos horas al estudio, recitaba al completo el Breviario, celebraba devotamente la Santa Misa, hacía examen de conciencia y cada dos o tres días, se confesaba. Y después, el trabajo: intensa correspondencia, recibir a toda clase de personas, dedicarse al ministerio del confesionario, a la predicación, a visitar a los enfermos y a los presos… Una forma de vida así no se improvisa y no es fácil mantenerla en el tiempo, pero él lo hizo porque tenía una profunda fe y confianza en Dios y un exquisito amor a sus semejantes. Ésta fue su personalidad: sus actuaciones, sus enseñanzas, sus sermones y sus escritos.

Pero avancemos algo más. En el artículo de ayer dijimos que durante su estancia en Dijón para predicar durante la Cuaresma del año 1604 conoció a Santa Juana Francisca de Chantal, una piadosa viuda que tenía cuatro hijos, pero que estaba muy atormentada por culpa de los escrúpulos y porque no encontraba fácilmente a un buen director espiritual. Se lo propuso a Francisco y él lo aceptó a los seis meses y así comenzó una de las más espléndidas amistades espirituales en toda la historia de la Iglesia. Como ella no encontraba la paz espiritual sólo con las cartas que Francisco le escribía, tuvo una serie de charlas con él en el Castillo de Sales al año siguiente. En estos coloquios, Francisco pudo comprobar la grandeza del alma de Juana Francisca y sus deseos de abrazar la vida religiosa. Lenta y gradualmente la fue dirigiendo hacia su destino definitivo. Ella quería entrar en el Carmelo de Lyon, pero Francisco se lo desaconsejó y en el 1607 le mostró su intención de fundar en Annecy una nueva orden femenina.

Juana Francisca tuvo que superar diversas dificultades para poder seguir los consejos del obispo: tenía cuatro hijos, su padre era muy anciano y ni siquiera Francisco era muy propenso a las decisiones que ella iba tomando. La intervención firme y decidida de Francisco rompió aquella inercia y así, el 29 de marzo de 1610, Juana abandonaba definitivamente su casa. La nueva congregación religiosa nacía oficialmente el 6 de junio de aquel año en un pobre apartamento de Annecy, llamado la “Galería”. Con Juana entraron en el noviciado sólo dos jóvenes: Carlota Brèchard y Jacqueline Favre, pero algunos meses más tarde se les unieron otras jóvenes.

El Santo y las primeras Visitandinas. Anónimo del siglo XVIII. Iglesia de san Luís en L’Ille (Francia).

El Santo y las primeras Visitandinas. Anónimo del siglo XVIII. Iglesia de san Luís en L’Ille (Francia).

En un principio, Francisco no sabía bien qué nombre darle al nuevo Instituto. No le disgustaba el nombre de “Hijas de Santa Marta”, ni el de “Oblatas de la Santísima Virgen”, pero se decidieron por el de “Congregación de la Visitación de Nuestra Señora”. Este nombre llevaba implícito un programa: unir la vida contemplativa comunitaria con una vida activa de ejercicio de la caridad con los pobres y enfermos. En aquellos tiempos, en Francia, esto era una innovación ya que no se concebía que una orden femenina no fuera exclusivamente de clausura. Francisco tenía “in mente” una cosa más simple: una congregación compuesta por viudas y jóvenes que, bien por vocación o por debilidades físicas, no pudieran soportar las grandes penitencias que se hacían en los conventos, pero que aun así, querían llevar una vida religiosa en común. Era una forma de hacer más soportable la vida religiosa, era una especie de síntesis entre las vocaciones de Marta y de María.

Se estableció que las hermanas tenían que dedicar una hora por la mañana y otra por la tarde a la oración, que tenían que rezar el “Oficio Parvo” y que el resto del día, o sea, la mayor parte del día, tenían que dedicarlo a atender a los pobres y a los enfermos. Las mortificaciones corporales tenían que ser moderadas, porque lo importante era la intensa vida espiritual y la mejor forma de acrecentarla era mediante la caridad con el prójimo. No importaba tanto la cantidad de oraciones, sino el recogimiento interior, la pobreza de espíritu, la caridad con los demás.

Los comienzos de la nueva congregación no fueron fáciles. A las dificultades materiales había que unirle la oposición de algunos jerarcas a este nuevo modo de vida, pero Francisco no las abandonó en ningún momento ni en ninguna circunstancia: en 1613 les consiguió una casa más grande, las defendió contra algunos ataques y sobre todo, las estimuló para que llevaran una intensa vida espiritual y de trabajo compensada con algunos entretenimientos lúdicos.

Las constituciones quedaron finalmente redactadas en el año 1615, después de un contraste de opiniones con el arzobispo metropolitano de Lyon, Dionisio Marquemont. En 1613 un grupo de mujeres de su diócesis, lideradas por Isabel Arnauld de Gouffiers, habían constituido una casa en Lyon según el reglamento de la Congregación de Annecy. Mientras Francisco y Juana estaban muy satisfechos porque su Congregación se extendía, el arzobispo lionés puso una condición para dar su aprobación diocesana: en su diócesis sólo admitía monjas de clausura, prohibiendo expresamente las visitas a los pobres y los enfermos. San Francisco se entrevistó con él, pero ante la obstinación del metropolita Marquemont, tuvo que aceptar su decisión, lo que causó una gran pena en Santa Juana Francisca. Dio a su Congregación la regla de San Agustín, adjuntándole unas Constituciones y un Manuel de costumbres, por el que les permitía mantener su forma de vida conforme ellos habían previsto.

Monumento al santo en Annecy (Francia).

Monumento al santo en Annecy (Francia).

En el año 1616, valiéndose de su amistad con el cardenal Belarmino (San Roberto Belarmino), pidió a la Santa Sede la aprobación de su nueva Congregación. Su solicitud iba avalada por el duque Carlos Emmanuel y por su hijo, el cardenal Mauricio de Saboya, teniendo respuesta afirmativa mediante un Breve Pontificio de 1618 que reconocía el nuevo Instituto. Una vez aprobado, se desarrolló con celeridad y así, a la muerte de San Francisco de Sales, la Congregación de la Visitación de Nuestra Señora tenía trece casas abiertas. Él no pudo conseguir plenamente su primitivo diseño de una congregación activa, pero puso la semilla que germinó pocos años más tarde, cuando San Vicente de Paúl fundó a las Hijas de la Caridad.

Santa Juana Francisca de Chantal afirmaba que antes de encontrarse con San Francisco de Sales, aunque llevaba una vida piadosa, nadie le había hablado jamás de la necesidad de tener un director espiritual. Ésta es sin duda una de las características de nuestro santo. Él lo sentía como una obligación que tenía todo sacerdote y todo obispo y así lo escribía como prefacio en su obra “La vida devota”: “Confieso que se necesita esfuerzo para dirigir a las almas, pero es un esfuerzo que consuela, es un esfuerzo que alegra el corazón y que lo recrea con la suavidad que le comunica la otra persona”. Él tenía claro que toda persona necesitaba un maestro espiritual, que esto no era un lujo que sólo pudiesen permitirse los contemplativos, sino que era un arma a usar por todo aquel que quisiera vivir una vida cristiana.

Hay quienes han visto en esto una especie de reacción al individualismo religioso promovido por el protestantismo, pero esto no es cierto, ya que era el fruto de una experiencia muy personal. Decía que “el director espiritual es un tesoro de sabiduría para nuestras penas, tristezas y caídas; es un bálsamo consolador que alegra nuestros corazones cuando están enfermos espiritualmente” y “si cuando nuestro cuerpo está enfermo, vamos al médico, ¿por qué esto no debe hacerse cuando enferma nuestra alma?”. Según él, “las relaciones que deben existir entre el director espiritual y el penitente, tienen que basarse en la sinceridad y en la fidelidad, en una confianza sin límites combinada con un sagrado respeto… en una palabra: debe ser una amistad fuerte y dulce, santa y sagrada, espiritual y divina”. En realidad, cuando él decía cómo debía ser un director espiritual, se estaba describiendo a sí mismo. Él sabía que era un instrumento en las manos de Dios y sabía también que era realmente el Espíritu Santo quien operaba en la intimidad del alma.

Traslado de las reliquias del santo en el año 1911.

Traslado de las reliquias del santo en el año 1911.

En el artículo de mañana terminaremos hablando de su obra, de sus escritos.

Antonio Barrero

Bibliografía:
– CIONI, R., “Vita di San Francesco di Sales”, Florencia, 1942.
– DE LA HOZ, F., “San Francisco de Sales. Obras selectas”, Escuela gráfica salesiana, Sevilla.
– GONZÁLEZ, E., “La perfección cristiana según el espíritu de San Francisco de Sales”, Madrid, 1953.
– VAN HOUTRYVE, “El amor al prójimo según San Francisco de Sales”, París, 1944.
– VV.AA., “Bibliotheca sanctorum, tomo V”, Città N. Editrice, Roma, 1991.

Enlaces consultados (21/01/2014):
http://www.diocese-annecy.fr/
http://vistation-lourdes.webnode.fr/
http://commons.wikimedia.org/wiki/Category:Francis_de_Sales

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