San León I, Papa y Doctor de la Iglesia (IV)

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Escultura del Santo, obra de Theodor Schnell. Iglesia de la Virgen de Ravensburg, Alemania.

Escultura del Santo, obra de Theodor Schnell. Iglesia de la Virgen de Ravensburg, Alemania.

En los tres artículos anteriores hemos escrito sobre la vida y la obra de este gran pontífice romano. Hoy escribiremos sobre su doctrina y mañana, finalmente, sobre su culto.

El estudio de sus escritos nos revela que San León no sólo fue un gran teólogo en el sentido pleno de la palabra, sino también un doctor preocupado por salvaguardar la pureza de la fe. Su actividad doctrinal es consecuencia de su trabajo pastoral y del gobierno de la Iglesia, siendo su obra un cuerpo de doctrina sistemático y completo. Cuando afronta las distintas cuestiones teológicas, sus afirmaciones raramente se basan en largas disquisiciones o demostraciones, sino que expone su pensamiento de manera sencilla, sucinta y exacta. Él se basa en el depósito de la fe, en las Sagradas Escrituras y en la tradición.

En las cuestiones cristológicas tiene muy presente a San Ambrosio de Milán y a San Hilario de Poitiers, mientras que en lo relativo a la gracia, fue San Agustín de Hipona quien notablemente influyó en él. También se valió de la colaboración de su amigo, San Próspero de Aquitania, quien a su vez era un ferviente apologista y discípulo de San Agustín. Para los escritores antiguos, era de gran valor el referirse a los Santos Padres, a quienes tenían como modelo; pero San León, aun dependiendo de San Agustín, supo siempre reelaborar con originalidad el pensamiento agustiniano. Es verdad que su doctrina no tiene parangón con la ambrosiana o la agustiniana, pero esto no le quita importancia en el terreno teológico, siendo decisiva la claridad de sus formulaciones, ya sea para determinar el sentido y, muchas veces, las mismas expresiones, de las definiciones conciliares de Calcedonia o para suprimir cualquier forma de monofisismo en las grandes controversias que, durante más de un siglo, agitaron de manera virulenta a las Iglesias de Oriente y Occidente.

Por el carácter de sus enseñanzas, se puede afirmar que San León Magno es el “Doctor de la Encarnación”. Este dogma recibió su definitiva formulación de San León, pudiéndose decir que este dogma es el principio que inspira todo su pensamiento y todas sus enseñanzas. Sus líneas fundamentales se expresan en la célebre carta a San Flaviano: en Jesucristo no hay más que una sola Persona. El Verbo de Dios y Cristo no son dos personas sino una sola, pero en esta única Persona existen dos naturalezas, sin confusión y sin mezcla, una divina y otra humana.

Icono ortodoxo ruso del Santo.

Icono ortodoxo ruso del Santo.

“La bajeza fue asumida por la majestad, la debilidad por el poder, la mortalidad por la eternidad. Para saldar la deuda de nuestra condición humana, la naturaleza inviolable se unió a la naturaleza posible, con el fin de que, como lo exigía nuestra salvación, el único y mismo «mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús», tuviera, a un mismo tiempo, la posibilidad de morir, en lo que le corresponde como hombre, y la imposibilidad de morir, en lo que le corresponde como Dios. Así, pues, el Dios verdadero nació con una naturaleza humana íntegra y perfecta, manteniendo intacta su propia condición divina y asumiendo totalmente la naturaleza humana, es decir, la que creó Dios al principio y que luego hizo suya para restaurarla… Por lo tanto, el que subsistiendo en la categoría de Dios hizo al hombre, ese mismo se hizo hombre en la condición de esclavo. Entra, pues, en lo más bajo del mundo el Hijo de Dios, descendiendo del trono celeste pero sin alejarse de la gloria del Padre, engendrado de una manera nueva por una nueva natividad. De una nueva forma, porque, invisible por naturaleza, se ha hecho visible en nuestra naturaleza; incomprensible, ha querido ser comprendido; el que permanecía fuera del tiempo ha comenzado a existir en el tiempo; dueño del universo, ha tomado la condición de esclavo ocultando el resplandor de su gloria; el impasible, no desdeñó hacerse hombre pasible, y el inmortal, someterse a las leyes de la muerte. El mismo que es Dios verdadero es también hombre verdadero. No hay en esta unión engaño alguno, pues la limitación humana y la grandeza de Dios se relacionan de modo inefable. Al igual que Dios no cambia cuando se compadece, tampoco el hombre queda consumido por la dignidad divina. Cada una de las dos formas actúa en comunión con la otra, haciendo cada una lo que le es propio: el Verbo actúa lo que compete al Verbo, y la carne realiza lo propio de la carne. La forma de Dios resplandece en los milagros, la forma de siervo soporta los ultrajes. Y de la misma forma que el Verbo no se aleja de la igualdad de la gloria del Padre, tampoco su carne pierde la naturaleza propia de nuestro linaje. Es uno y el mismo, verdadero Hijo de Dios y verdadero hijo del hombre. Dios porque «en el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios y la Palabra era Dios»; hombre porque la «Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros». (Epístola 28 a Flaviano, 3-4)

Esta doctrina de la Encarnación está íntimamente conectada con la doctrina de la Redención, una deriva de la otra. Para realizar la salvación del hombre, era necesario que el Redentor fuera no sólo verdadero Dios, sino también verdadero hombre. Cuando la naturaleza divina se unió a la naturaleza humana, todos los hombres encontraron el remedio contra el pecado y la fuente de su renovación. De esta forma, habiéndose hecho nuestra cabeza mediante la Encarnación, Jesucristo, Dios y hombre, hará pasar a través de todos los miembros de su cuerpo, o sea, nosotros, la santidad que le es propia. Pero, según San León, esto no significa que la Encarnación, por sí misma, fuera considerada suficiente para nuestra salvación, sino que por el contrario, afirma que “la Pasión de Cristo es el sacramento de nuestra salvación”. Jesús nos salva con su muerte, muerte que es un verdadero sacrificio, que salva incluso a los justos que vivieron antes que Él.

Teca relicario del Santo con un fragmento de reliquia.

Teca relicario del Santo con un fragmento de reliquia.

En cuanto al tema de la gracia, él dice que la imagen de Dios que había sido impresa en el hombre había quedado manchada por el pecado; y es por eso por lo que Dios, gratuitamente, nos da la gracia para restablecer la belleza primitiva.

Contra los pelagianos reafirma claramente la necesidad de la gracia, basándose en que el mismo Cristo le dice a sus discípulos que sin Él nada pueden hacer. Pero el hombre tiene que cooperar con la gracia, ya que ésta es gratuita y nadie es justificado por sus méritos, sino sólo por la gracia. La gracia hace que las personas débiles sean capaces de realizar grandes cosas, a fin de que Dios sea glorificado y el hombre aprenda a desconfiar de sí mismo, depositando su confianza en Dios. Sin la gracia, aunque el hombre haya sido ya redimido, no puede perseverar por sí solo en el sendero de la justicia.

San León también escribe sobre los sacramentos y lo hace en el “Sacramentarium”, en el que habla de todos, a excepción de la Unción de los enfermos. Al Bautismo lo presenta como el principal sacramento, cuya eficacia fue sancionada por Cristo en el Calvario, cuando de su costado fluyó “la sangre de la redención y el agua bautismal”. Este sacramento posee el doble poder de devolver la vida y perdonar el pecado. La redención producida por este sacramento es una imitación de la muerte y de la resurrección de Cristo, y es eficaz aunque sea administrado por un hereje, siempre que se pronuncie la fórmula trinitaria. Dice que, salvo en caso de necesidad, este sacramento sólo debe administrarse el día de Pascua y el de Pentecostés. Con respecto a la Confirmación, dice que se confiere mediante la unción con el crisma, haciendo la señal de la cruz. Reafirmándose en un pensamiento de San Pedro, manifiesta la importancia de este sacramento mediante esta afirmación: “Todos aquellos que han sido regenerados en Cristo, por el signo de la cruz se convierten en reyes y por la unción del Espíritu Santo son consagrados como sacerdotes…”

Escultura del Santo en la parroquia de Schnetzenhausen (Alemania).

Escultura del Santo en la parroquia de Schnetzenhausen (Alemania).

Defiende la presencia real de Cristo en el sacramento de la Eucaristía y esta realidad del cuerpo eucarístico del Señor, constituye para él un importante argumento contra los errores de Eutiques: “Hoc enim ore sumitur quod fide creditur: et frustra ab illis AMEN respondetur, a quibus contra id quod accipitur, disputatur”. Dice que la Comunión hay que darla siempre bajo las dos especies, porque es la participación en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo; y el cristiano, mediante ella, se transforma en Aquel al que come y bebe. Defiende que la Eucaristía se le dé también a los niños y que todo aquel que esté en pecado, debe acercarse a la confesión antes de ser admitido al sacramento eucarístico. A fin de favorecer la posibilidad de asistir al santo sacrificio, aprobó y difundió lo que ya era una costumbre romana: repetir la Misa de la solemnidad de los mártires tantas veces cuanto hiciera falta, mientras hubiese fieles en la basílica correspondiente, aunque fuese por la tarde.

En sus escritos, habla frecuentemente del sacramento de la Penitencia, ofreciendo algunos datos que son muy interesantes para comprender el desarrollo de la disciplina penitencial en los siglos siguientes: “Sic divinae bonitatis praesidia ordinantur, ut indulgencia Dei nisi supplicationibus sacerdotum nequeat obtineri… Christus Iesus hanc praepositis Ecclesiae tradidit potestatem ut et confitentibus actionem poenitentiae darent, et eosdem salubri satisfactione purgatos, ad communionem sacramentorum per ianuam reconciliationis admitterent”. (Los auxilios de la divina bondad se ordenan de tal manera, que el perdón de Dios no puede obtenerse si no es por las súplicas de los sacerdotes… Jesucristo dio esta potestad a los ministros de la Iglesia para que también impusieran la penitencia a los que se confiesan, y para que aquellos purificados por la salutífera satisfacción, los admitieran a la comunión de los sacramentos por la puerta de la reconciliación).

En aquel tiempo, la confesión de los pecados se hacía en secreto, por lo que llegó a amonestar a algún obispo que acostumbraba a leer en público la confesión escrita por algunos penitentes, pero la expiación de los pecados se hacía de dos maneras: una solemne y otra privada. La forma solemne era muy rigurosa: el obispo imponía las manos al penitente y esto se prolongaba durante un largo período de tiempo; hasta que no hubiese concluido, el penitente no podía ostentar ningún cargo público, enrolarse en el ejército, atender el comercio o contraer matrimonio. Aunque no suprimió estas costumbres, era propenso a dispensarlas en determinadas circunstancias. Llegó incluso a oponerse a algunos obispos que prolongaban este tiempo de expiación hasta la hora de la muerte. Cuando se hacía en privado, había que confesar los pecados y recibir la absolución, cosa que, salvo excepciones, normalmente se hacía el Jueves Santo. Sin embargo, en realidad no era una penitencia verdaderamente privada, porque el perdón de los pecados era concedido suplicándoselo al sacerdote, mediante un rito sacramental en forma deprecatoria. En caso de muerte, la absolución se daba inmediatamente después de confesar los pecados, pero si no, podía prolongarse en el tiempo. Hasta el siglo V, la absolución la impartía el obispo, pero desde entonces, como nos lo confirma San León en sus escritos, se empezó a encomendar este ministerio a algunos sacerdotes.

Ilustración y atributos del Santo, obra de J.M.B. Volumen "El Santo de Cada Día" editado por Edelvives, 1960.

Ilustración y atributos del Santo, obra de J.M.B. Volumen “El Santo de Cada Día” editado por Edelvives, 1960.

También habla del sacramento del Orden, al que denomina: “Divini sacerdotii sacramentum”. Él distingue tres grados principales: episcopado, sacerdocio y diaconado, que deben conferirse de manera sucesiva y sólo en domingo. A veces añade un cuarto grado: el subdiaconado, al que ya obliga el celibato, como a los grados superiores. Dada la dignidad que él le reconocía al sacerdocio, llegó a excluir de la jerarquía eclesiástica a los esclavos, los cuales, antes de recibir la ordenación, tenían que ser liberados. El ordenando tenía que sobresalir en santidad de vida y se le exigía cierta formación para poder propagar y defender la fe, así como para dedicarse al ministerio de la predicación. Por respeto a su dignidad, se le excluía de la penitencia pública.

En cuanto al Matrimonio, tuvo ocasión de pronunciarse al responder a varias cuestiones prácticas que le fueron planteadas, reafirmando claramente la indisolubilidad del vínculo matrimonial. Recordemos el problema que le presentó el obispo de Aquileya a propósito de algunas mujeres que se casaron en segundas nupcias en ausencia del primer marido, al que creían muerto.

Pero San León Magno también destacó en la defensa de otras cuestiones, como por ejemplo, la Unidad de la Iglesia y el Primado del Papa. Dadas las revueltas y conflictos doctrinales de su época y su firme voluntad de mantener la Iglesia unida, no debe extrañarnos el que San León recurra en numerosas ocasiones a la Unidad de la Iglesia y al Primado de Pedro y de sus sucesores. Este tema del Primado petrino es uno de los puntos más característico de sus enseñanzas. La Iglesia es Una, porque Uno es su esposo, Jesucristo. Esta admirable unidad tuvo su inicio con el nacimiento del Verbo Encarnado: “Porque Cristo es la fuente original del pueblo cristiano y el nacimiento de la Cabeza es el nacimiento de todo el cuerpo… porque con Cristo hemos sido crucificados en su Pasión, pero con su Resurrección, hemos resucitado…”, pero para él, esta unión no puede ser perfecta si no se profesa la misma fe, y para que exista unidad en la fe, es indispensable que exista unidad y concordia entre los obispos, que deben estar en comunión con el romano pontífice. Los poderes espirituales de los metropolitas y de los patriarcas se fundamenta en los “cánones de los Santos Padres”, pero el Primado del papa “deriva de una institución divina”.

Detalle de la escultura del Santo venerada en Cairano (Italia).

Detalle de la escultura del Santo venerada en Cairano (Italia).

Por consiguiente, el centro en el que se apoya la unidad de la Iglesia es el obispo de Roma como sucesor de Pedro. San León veneraba de manera especial al apóstol Pedro, cuya tumba estaba en Roma, y se hacía llamar “indigno heredero y vicario de Pedro, del que había recibido su autoridad apostólica y al que estaba obligado a seguir en su ejemplo”. Lo que reivindica para Pedro, lo reivindica también para sí mismo, pero no por ambición humana, sino porque estaba plenamente convencido de que así debía ser y porque Pedro continuamente estaba presente en sus decisiones y, al igual que entre Cristo y Pedro hubo una relación especial, entre él (León) y Cristo también tenía que haberla, por lo que constantemente recurría a Pedro, solicitando su ayuda para cumplir adecuadamente su función, no sólo como obispo de Roma, sino como garante de la paz en toda la Iglesia.

La gran dignidad de la sede de Pedro le aportaba un honor especial a la ciudad de Roma, pero no porque la ciudad hubiera sido la capital del imperio pagano, sino porque había sido regenerada con la sangre de los apóstoles. Aun reconociéndole a la ciudad pagana el mérito de haber sido un instrumento para la difusión del cristianismo, San León pensaba que Roma inició una nueva vida en el momento en el que Pedro puso allí el centro de la nueva religión, coronada con la diadema de innumerables mártires y con su propia sangre. Pedro y Pablo habían sido quienes hicieron que la ciudad resplandeciera mediante la predicación del Evangelio de Cristo.

Una doctrina así, expresada de manera tan clara y tan explícita, hace que a San León Magno se le reconozca como “el fundador del Primado de la sede apostólica en Roma”. Así nos podemos explicar cómo en aquel tiempo no se levantó ninguna voz en contra, protestando contra estas afirmaciones y contra las repetidas intervenciones del obispo de Roma en los asuntos internos de las otras Iglesias, especialmente en Oriente, que de por sí, eran muy celosas de sus prerrogativas. Los obispos orientales, tan acostumbrados a prescindir de Roma cuando no era necesario, se apresuraban a recurrir a ella cuando se veían afectados por algún problema. Recordemos los casos del patriarca San Flaviano, de Teodoreto de Ciro e incluso, de Eutiques cuando fue condenado. Los propios obispos de Oriente, al finalizar el Concilio de Calcedonia, escribieron al Papa en los siguientes términos: “Tú has recibido del Señor en persona el encargo de cuidar su viña y la misión de unir a todo el cuerpo de la Iglesia”. Hasta entonces, ningún Papa había mostrado con tanta claridad y firmeza el origen divino de la autoridad del sucesor de Pedro.

Icono latino del Santo.

Icono latino del Santo.

San León escribió también, largo y tendido, sobre la gracia y sobre la oración, el ayuno y la limosna, como actividades a realizar por todos los cristianos, a fin de mantenerse en ella. Recurre a la intercesión de los santos para que acudan en nuestro socorro, pero siempre dejando claro que en ellos, a quienes se honraba era a Dios. Aunque vivió en tiempos difíciles, tenía una visión optimista de la vida; decía que la vida del cristiano era un “gaudere in Domino”, “in Domino gloriari”, “exultare in Domino” o “placere per omnia Deo”. Este optimismo lo extendía a todo lo creado, pues “todas las criaturas sirven al mismo Dios, del cual proceden y quien las ha puesto al servicio del hombre; por lo tanto, todas las criaturas son una invitación para amar a Dios”.

En el artículo de mañana seguiremos dando algunas otras pinceladas de este gran Padre de la Iglesia y trataremos más extensamente sobre su culto.

Antonio Barrero

Bibliografía:
– ALFONSI, L., “Tradición cultural clásica en el Papa León I”, Napoli, 1961.
– BREZZI, P., “San Leone Magno”, Roma, 1947.
– Carta Encíclica “Sempiternus Rex Christus”, de S.S. Pío XII, Vaticano, 1951
– CAYRÉ, F., “Patrología e historia de la Teología, II”, Roma, 1938.
– MONACHINO, V., “Los papas en la historia, I”, Roma, 1961.
– NICOLAS, I., “La doctrina cristológica DE San León Magno”, publicado en la “Revista Tomista”, 1951.
– SANTINI, P., “El primado y la infalibilidad del Romano Pontífice en San León Magno y los escritores greco-rusos”, Grottaferrata, 1936.
– ZANNONI, G., “Bibliotheca sanctorum, tomo VII”, Città N. Editrice, Roma, 1988.

Enlaces consultados (28/01/2014):
http://en.wikipedia.org/wiki/Pope_Leo_I

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12 pensamientos en “San León I, Papa y Doctor de la Iglesia (IV)

  1. Antonio

    Me ha encantado el artículo de hoy sobre San León Magno.

    La forma en cómo describe a los sacramentos, el papado y su pensamiento se ven él un hombre preparado pero a la vez sencillo, sin la necesidad de utilizar expresiones que no podamos entender.

    En el escrito del santo que colocas en el artículo descubro algo que no tenía idea y es sobre la naturaleza humana de Cristo …” nació con una naturaleza humana íntegra y perfecta, manteniendo intacta su propia condición divina y asumiendo totalmente su naturaleza humana, es decir, la que creó Dios al principio y que luego hizo suya para restaurarla” no tenía idea que cuando se hablaba de la naturaleza humana de Cristo sea aquella primitiva naturaleza que tenían Adán y Eva antes del pecado. En la parte de su pensamiento donde dice: ” Cada una de las dos formas actúa en comunión con la otra, haciendo cada una lo que le es propio: el Verbo actúa lo que le compete al Verbo, y la carne realiza lo propio de la carne.” Esto es lo que a veces cuando me encuentro con gente que no es cristiana o las que se llaman ateas no pueden comprender o simplemente no quieren comprender. Recuerdo que alguien me llegó a decir que el propio Albert E. creía en dios pero según tengo entendido que el dios de este científico era un dios impersonal, que era una fuerza o una energía, así que no tiene relevancia alguna, puesto que si quitamos la fuerza o la energía no queda nada.

    No se si me esté extendiendo mucho en los comentarios pero quiero tocar algún punto con la cuestión de los sacramentos.

    La Eucaristía y la Unidad de todos los cristianos siempre están íntegramente relacionadas. Los cristianos estamos unidos en cuanto que formamos parte del cuerpo místico de Cristo, pero visiblemente no lo estamos o no lo estamos en plenitud. Se llega a tal punto del diálogo con otras confesiones, y hasta oramos juntos, más sin embargo ya antes hemos hablado en el artículo sobre la procedencia del Espíritu Santo establecido en un concilio ecuménico el cual los cristianos de rito romano ignoramos por hacer caso a un sínodo si mal no recuerdo un sínodo en Toledo. Y más aún el inoportuno dogma de la Infalibilidad del Papa en materia de fe y moral. Creo que la primera problemática que planteo se puede dar el paso mas rápido no se que detiene esta corrección, pero está última creo que está para llorar para poder resolver esta problemática.

    Creo que la cosa estuviera mas tranquila si existiera verdaderamente una colegialidad entre los obispos y no solo entre ellos porque creo y afirmo que existen muchos magisterios no solo el episcopal, sino un magisterio teologal, episcopal, de los doctores y padres de la Iglesia, y por qué no un “magisterio laical” los laicos también enseñamos a la Iglesia y a los jerarcas pues el Espíritu Santo tambien está sobre nosotros, formamos parte del cuerpo de la Iglesia, somos sacerdotes, reyes, profetas, somos un pueblo santo, que no nos den atole con el dedo. Creo que con el papa Francisco “Dios quiera” se avance más en este camino.

    • Mira, Emmanuel, es tan importante la doctrina de San León expuesta en la Carta a San Flaviano, que no me he podido resistir a copiarla al completo a fin de que quienes lo deseen, puedan conocerla. Es Esta:

      Leída la carta de tu caridad (y nos maravilla que haya sido escrita tan tarde), y según muestra el orden de las actas de los obispos, finalmente hemos podido darnos cuenta del escándalo surgido entre vosotros contra la integridad de la fe. Lo que al principio nos parecía oscuro, se nos aparece en toda su claridad. Eutiques, que parecía digno de honor por su dignidad de sacerdote, ahora se nos resalta como muy imprudente e incapaz. También a él se le podría aplicar la palabra del profeta No quiere comprender para no tener que actuar rectamente. Ha meditado la iniquidad en su corazón.

      ¿Qué puede ser peor en realidad que ser impío y no querer someterse a los más sabios y doctos? Caen en esta necedad aquellos que al encontrar alguna oscura dificultad en el conocimiento de la verdad, no recurren a los testimonios de los profetas, a las cartas de los apóstoles o a las afirmaciones del Evangelio, sino a sí mismos, y se hacen en consecuencia maestros del error propio porque no han querido ser discípulos de la verdad. ¿Qué conocimiento puede tener de las sagradas páginas del Antiguo y Nuevo Testamento quien no sabe comprender siquiera los primeros elementos el símbolo? Lo que viene expresado en todo el mundo por la voz de todos los bautizados no es todavía entendido por el corazón de este anciano.

      No sabiendo lo que debería pensar sobre la encarnación del Verbo de Dios, y no queriendo aplicarse al campo de las sagradas escrituras para obtener luces para la inteligencia, habría tenido, por lo menos, que escuchar con atención la común y unánime confesión con que el conjunto de los fieles profesa creer en Dios padre omnipotente, en Jesucristo su único hijo, nuestro señor, nacido del Espíritu Santo y de María virgen: tres afirmaciones con las cuales vienen destruidas las construcciones de casi todos los herejes. Si de hecho cree que Dios es omnipotente y padre, se demuestra con ello que el Hijo le es coeterno, en nada distinto del Padre, porque es Dios nacido de Dios, omnipotente que viene de omnipotente, coeterno que procede de eterno, y no es posterior a él en el tiempo, inferior en poder, distinto en gloria, diverso por esencia. Este eterno unigénito del eterno Padre, por lo demás, nació por obra del Espíritu santo y de María virgen; y este nacimiento en el tiempo no ha quitado nada, como tampoco nada ha agregado, a aquel nacimiento divino y eterno, consagrado enteramente a la redención del hombre, que había sido engañado, – y para, con su poder, vencer la muerte, y destruir al diablo, que poseía el dominio de la muerte. Nosotros no podríamos haber vencido al autor del pecado y de la muerte, si no hubiera asumido y hecha suya nuestra naturaleza aquel al cual el pecado no habría podido contaminar ni la muerte tener en su dominio. Él en realidad fue concebido por el Espíritu santo en el seno de la virgen María, que lo dio a luz en su integridad virginal, del mismo modo que sin disminución de la virginidad lo había concebido.

      Si Eutiques no era entonces capaz de obtener de esta purísima fuente de la fe cristiana el genuino significado, porque había oscurecido el resplandor de una verdad tan evidente con la propia ceguera, habría debido someterse a la doctrina del Evangelio. Mateo dice: Libro de la genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham. Él debió consultar también la enseñanza de la predicación apostólica, y leer en la carta a los Romanos: Pablo, siervo de Jesucristo, llamado apóstol, elegido para la predicación del evangelio de Dios, que ya había prometido a través de los profetas en las sagradas escrituras con relación a su Hijo, que le nació de la estirpe de David, según la carne, habría debido dirigir su atención a las páginas de los profetas, compenetrándose de la promesa de Dios a Abraham, cuando dice: en tu descendencia serán benditas todas las naciones, para no tener que dudar de la identidad de esta descendencia, habría tenido que seguir al apóstol que dice: Las promesas fueran hechas a Abraham y a su descendencia. No dice a sus descendientes, como si fueran muchos; sino, como si fuera una: a su descendencia, que es Cristo. Habría también comprendido con el oído interior la profecía de Isaías cuando dice: He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo y lo llamará Emanuel, que significa Dios con nosotros. Y habría leído con fe la palabra del mismo profeta: Nos ha nacido un niño, nos fue dado un hijo, su poder estará sobre sus espaldas. Y lo llamarán ángel de suma prudencia, Dios fuerte, príncipe de la paz, Padre del tiempo futuro, y no diría con engaño que el Verbo se hizo carne de un modo tal, que Cristo nacido de la Virgen aunque tuviese la forma de un hombre, no tendría la realidad del cuerpo de la madre. Tal vez él pudo haber pensado que nuestro Señor Jesucristo no tenía nuestra naturaleza por el hecho de que el ángel mandado a la beata virgen María dijo: El Espíritu Santo descenderá sobre ti y la fuerza del altísimo lo cubrirá con su sombra. Y por eso el ser santo que nacerá de ti será llamado hijo de Dios, casi, dado que la concepción de la Virgen fue efecto de una operación divina, el cuerpo por ella concebido no proviniese de la naturaleza de quien lo concebía. Pero no debe ser entendida así esta generación, singularmente admirable y admirablemente singular, como si por la novedad de la creación hubiese anulado aquello que es propio del género humano. Ahora bien, el Espíritu santo hizo fecunda a la Virgen, pero la realidad el cuerpo proviene del cuerpo. Y mientras la sabiduría se edificaba una casa, el verbo se hizo carne y puso su morada entre nosotros, con aquella carne que había tomado del hombre y que el espíritu racional animaba.

      Salvada entonces las propiedades de cada una de las dos naturalezas, que concurrieron a formar una sola persona, la majestad se reviste de humildad; la fuerza, de debilidad; la eternidad, de lo que es mortal; y para poder anular la deuda de nuestra condición, una naturaleza inviolable se une a una naturaleza capaz de sufrir; y para que, al como lo exigía nuestra condición, un idéntico mediador entre Dios y los hombres, el hombre Jesucristo pudiese morir según una naturaleza, y no pudiese morir según la otra. En la completa y perfecta naturaleza de hombre verdadero, entonces, nació el Dios verdadero, completo en sus facultades, completo en las nuestras. Cuando decimos “nuestras” entendemos aquellas facultades que el creador puso en nosotros desde el principio, y que ha asumido para restaurarlas. Pero, de hecho, aquellos elementos que el engañador introdujo, y que el hombre engañado aceptó, no dejan huella alguna en el salvador. Ni porque quiso participar en todo en las humanas miserias, fue por ello partícipe de nuestros pecados. Tomó la forma de un siervo sin la mancha del pecado, elevando lo que era humano sin rebajar lo que era divino, porque por ese rebajamiento por el cual de invisible se hace visible, y aun siendo señor y creador de todas las cosas, quiso ser de los mortales, fue condescendencia de la misericordia, no debilidad del poder.

      Porque conservando la forma de Dios hizo de hombre, se hizo hombre en la forma de siervo. Cada naturaleza conserva, de hecho, sin defecto aquello que le es propio. Y como la naturaleza divina no suprime la de siervo, así la naturaleza de siervo no trae ningún daño a la divina. Pero el diablo, se gloriaba de que el hombre, engañado por su astucia, había perdido los dones divinos, había sido despojado de la dote de la inmortalidad, había de enfrentar una dura sentencia de muerte, y, en consecuencia, el diablo en sus males había encontrado un cierto consuelo en la común suerte de los prevaricadores, y de que también Dios, según la exigencia de la justicia para con el hombre, (con aquel hombre que tanto había honrado al crear), había tenido que modificar su designio. Fue necesario entonces, que en la economía de su secreto consejo, Dios, que es inmutable, y cuya voluntad no puede ser privada de su innata bondad, completara, por así decirlo, el primitivo designio de su benevolencia hacia nosotros con un más profundo y misterioso plan divino, y así el hombre, arrastrado a la culpa por el engaño de la maldad diabólica, no pereciera contraviniendo con ello el designio de Dios.

      El Hijo de Dios, descendiendo de la sede de los cielos, sin cesar de ser partícipe de la gloria del Padre, hace ingreso en este mundo bajo, generado según un orden y un nacimiento totalmente nuevos, porque, siendo invisible por su naturaleza divina, se hizo visible en la nuestra, porque siendo incomprensible, quiso ser comprendido; siendo atemporal, comenzó a existir en el tiempo; siendo Señor de todas las cosas, asumió la naturaleza de siervo, escondiendo la inmensidad de su majestad; siendo, en cuanto Dios, incapaz de sufrir, no desdeñó hacerse hombre sujeto al sufrimiento, finalmente, porque siendo inmortal, quiso someterse a las leyes de la muerte. Generado según un nuevo nacimiento, porque la virginidad inviolada no conoció la pasión, y suministró la materia de la carne. De la madre el Señor asumió la naturaleza, no la culpa. Y en nuestro señor Jesucristo, generado en el seno de la virgen, el nacimiento admirable no le da a la naturaleza una condición distinta de la nuestra. Este, en verdad es verdadero Dios, aquél es verdadero hombre. En esta unión nada hay de incongruente, encontrándose contemporáneamente juntos la bajeza del hombre y la alteza de la divinidad.

      Así como, de hecho, Dios no muda por su misericordia, así el hombre no es anulado por la dignidad divina. De hecho, cada una de las dos naturalezas, opera conjuntamente con la otra en aquello que le es propio: y así el Verbo, aquello que es del Verbo; la carne, a su vez, aquello que es de la carne. La una brilla por sus milagros, la otra, sometida a las injurias. Y como al verbo no le conviene nada menos que la igualdad con la gloria paterna, así la carne no abandona la naturaleza humana. La misma e idéntica persona, de hecho, – algo que debemos repetir frecuentemente – es verdadero hijo de Dios y verdadero hijo del hombre: Dios, porque en principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios y el Verbo era Dios; hombre porque: El Verbo se hizo carne y estableció su morada entre nosotros, Dios, porque todas las cosas fueron hechas por medio de él, y sin él nada se hizo de cuanto fue hecho, hombre, porque nació de una mujer sometida a la ley. El nacimiento de la carne manifiesta la naturaleza humana; el parto de una Virgen es el signo del poder de Dios. La infancia el niño está testimoniada por la humilde cuna, la grandeza del Altísimo es proclamada por las voces de los ángeles. En su nacimiento es similar a los otros hombres, aquellos que Herodes intenta matar; pero es señor de todas las cosas aquel que los magos tuvieron la dicha de poder postrados adorar Ya cuando se dirigió a Juan su precursor para el bautismo, para que no quedara oculto que bajo el velo de la carne se escondía la divinidad, la voz del Padre, tronando desde el cielo, dijo: Este es mi hijo predilecto, en el cual me he complacido. Aquel que la astucia del demonio tentó como hombre, como a un Dios sirven los ángeles. Tener hambre, tener sed, cansarse y dormir, evidentemente que es propio de hombres, pero saciar cinco mil hombres con cinco panes, dar agua viva a la samaritana, la que producía el efecto de que quien la bebía no tenía nunca más sed, caminar sobre la superficie del mar sin que se hundan sus pies, y poner dóciles los vientos furiosos después de haber amonestado a la tormenta, todo esto, sin duda, es cosa divina. Como, por ejemplo, para evocar muchas cosas, no es de la misma naturaleza llorar con piadoso afecto a un amigo muerto y reclamarlo a la vida, resucitado, con el solo mandato de la voz, sacando de en medio la piedra de una tumba sellada ya hacía cuatro días; colgar de una cruz y conmover los elementos de la naturaleza, transformando la luz en tinieblas; o ser traspasado por clavos y abrir las puertas del paraíso, a la fe del ladrón; lo mismo que no es de la misma naturaleza decir: El Padre y yo somos una sola cosa y decir: El Padre es mayor que yo. Aun cuando en realidad, en el señor Jesucristo haya una sola persona para Dios y el hombre, otro es el elemento del cual surja para uno y otro la ofensa, como es otro el elemento del cual emana para uno y otro la gloria. Por nuestra naturaleza posee una humanidad inferior al Padre, del Padre le deriva una divinidad igual a la del Padre.

      Precisamente por esta unidad de persona, que ha de entenderse como propia de cada una de las dos naturalezas, se lee que el Hijo del hombre descendió de los cielos, mientras que el Hijo de Dios asumió la carne de la Virgen María, de la cual nació, y, por otra parte, se dice que el Hijo de Dios fue crucificado y sepultado, aun cuando no haya sufrido esto en la misma divinidad, por la cual el unigénito es coeterno y consubstancial al Padre, sino en la limitación de la naturaleza humana. Precisamente por esto, confesamos todos, incluso en el Símbolo que el Hijo unigénito de Dios fue crucificado y sepultado, según las palabras del apóstol: Si lo hubieran conocido, no habrían jamás crucificado al Señor de la gloria. Y nuestro mismo Señor y Salvador, queriendo instruir en la fe con sus preguntas a los discípulos; ¿Quién, dijo, dicen los hombres que sea el Hijo del hombre? Ellos refieren las varias opciones de los otros. Y ustedes, continuó, ¿quien dicen que soy yo? Yo, que soy el Hijo del hombre y que ustedes ven bajo el aspecto de un siervo y en la verdad de la carne, ¿quién dicen ustedes que soy? Fue entonces cuando San Pedro, divinamente inspirado y destinado a confortar a todas las naciones con su confesión, Tú eres el Cristo, dijo, el Hijo del Dios vivo. Y bien, con razón fue llamado feliz por el Señor y de la piedra principal obtuvo la solidez y el nombre, aquel que por revelación del Padre reconoció en él al Hijo de Dios y Cristo, porque aceptar una cosa sin la otra no habría llevado a la salvación. Y había igual peligro en creer que el Señor Jesús fuese solo Dios, sin ser hombre, o sólo hombre sin ser Dios.

      Después de la resurrección del Señor, que ciertamente ocurrió en el verdadero cuerpo, pues no resucitó sino aquel que había sido crucificado y muerto, ¿qué otra cosa hizo sino purificar íntegramente nuestra fe de todos los errores? Para esto, Él hablaba con sus discípulos, y viviendo y comiendo con ellos, les permitía, sobrecogidos como estaban de las dudas, acercársele y tener frecuente contacto con Él; estando las puertas cerradas entró donde estaban los discípulos, y son su soplo les dio el Espíritu santo, y daba luces a la inteligencia y develaba el sentido misterioso y profundo de las Sagradas Escrituras, mostraba repetidamente la herida de su costado, y las llagas de los clavos, y todos los signos de la recientísima pasión, diciendo: Miren mis manos y mis pies, soy yo, toquen, un espíritu no tiene ni carne ni huesos, como, en cambio, ustedes ven que los tengo yo, para que pudiesen constatar que las propiedades de las naturalezas divina y humana permanecían en él, y así supiéramos que el Verbo no es la misma cosa que la carne y confesásemos que el Verbo y la carne constituyen un solo Hijo de Dios.

      Frente a este sacramento de la fe, Eutiques se demuestra bien desprovisto, él que en el Unigénito de Dios, ni a través de la humildad de un estado sujeto a la muerte, ni a través de la gloria de la resurrección ha reconocido nuestra naturaleza, ni se ha conmovido con las palabras del bienaventurado Juan, apóstol y evangelista, cuando dice: Cualquiera que confiese que Jesucristo apareció en la carne, es de Dios, y cualquiera que divide a Jesús, no es de Dios, más aún, es el anticristo. Y ¿qué dividiríamos en Jesús, sino separar en él la naturaleza humana y con vanísima decisión negar el único misterio por el cual fuimos salvados? Por lo demás, el que se debate en las tinieblas sobre lo que se refiere a la naturaleza del cuerpo de Cristo, debe por fuerza anular con la misma ceguera todo lo que se refiere a su pasión. Si, entonces, no sostiene que es falsa la cruz del Señor, y no duda que la muerte haya sido verdadera, aceptada para la salvación del mundo, deberá necesariamente admitir la carne de aquel que cree que murió. No podrá refutar que fue hombre con un cuerpo similar al nuestro aquel que reconoce que sufrió. Porque negar la verdad de la carne es negar la realidad de la pasión corpórea.

      Si entonces él acepta la fe cristiana y no descuida escuchar la palabra del Evangelio, considere cuál naturaleza – traspasada de clavos haya estado suspendida del madero de la cruz, y considere el costado del crucificado, atravesado por la lanza, de donde saliera sangre y agua, para que la iglesia de Dios fuera regada de una ablución y una fuente. Escuche al bienaventurado Pedro predicar que la santificación viene con la aspersión de la sangre de Cristo. Lea y reflexione, la expresión del mismo apóstol, cuando dice: Sepan que, según la tradición de los padres, no fueron redimidos de su vano modo de vivir con oro ni plata, que son cosas perecederas, sino con la sangre preciosa de Jesucristo, cordero puro e inmaculado.

      Y tampoco resista el testimonio del bienaventurado apóstol Juan, que dice: La sangre de Jesús, hijo de Dios, nos purifica de todo pecado. Y también: esta es la victoria que derrota al mundo, nuestra fe. ¿Quién es aquel que vence al mundo, sino ese que cree que Jesús es el hijo de Dios? Al que ha venido a través del agua y la sangre, Jesucristo, no sólo en el agua, sino en el agua y la sangre. Y es el Espíritu el que da testimonio. Porque el Espíritu es la verdad. Porque son tres los que dan testimonio: el Espíritu, el agua y la sangre. Y estos tres son una sola cosa. Naturalmente, debe entenderse el espíritu de santificación, la sangre de la redención, el agua del bautismo: tres cosas que son una misma, aun cuando conservan su individualidad, y ninguna de ellas está separada de las otras. Porque la iglesia católica vive y progresa en esta fe: que en Cristo Jesús no hay humanidad sin divinidad, ni divinidad sin verdadera humanidad.

      Examinado e interrogado Eutiques por ti, respondió: “Confieso que nuestro Señor Jesucristo tuvo dos naturalezas antes de su unión, pero que tuvo una sola después de la unión”, me admira como una profesión de fe tan absurda y perversa no haya encontrado en los jueces una severa reprensión y que un discurso tan tonto haya podido pasar como si no tuviera nada de ofensivo. Es igualmente impía la afirmación: que el hijo unigénito de Dios antes de la encarnación haya tenido dos naturalezas, y la otra afirmación que después que el Verbo se hizo carne, haya habido en él una sola naturaleza.

      Para que Eutiques no deba creer haber hecho esta afirmación o conforme a verdad o al menos tolerablemente (por el hecho de no haber sido refutado por ninguna sentencia contraria) nosotros exhortamos tu caridad siempre solícita, amadísimo hermano, para que, si por la gracia de la misericordia de Dios la causa se va resolviendo de modo satisfactorio, la imprudencia de un hombre tan ignorante sea purificada también de esta peste de pensamiento. Él, tal como documenta la relación de las actas, había rectamente comenzado a renunciar a sus ideas cuando, constreñido por vuestra sentencia, afirmaba admitir cuanto antes no admitía, y adherir a la misma fe de la cual antes se había mostrado distante. Pero el hecho de que no quisiera dar su consentimiento cuando se trató de condenar la impía doctrina, tu fraternidad bien comprendió que él permanecía en su pérfida opinión, y se hacía digno de recibir un juicio condenatorio. Si más tarde el se arrepiente sincera y útilmente, y reconoce, aunque sea tardíamente, con cuanta razón se puso en actividad la autoridad de los obispos, si a plena satisfacción él condenare a viva voz y firmando de su mano todos sus errores, ninguna misericordia, por grande que sea, será digna de ello. Nuestro Señor, de hecho, verdadero y buen pastor, que da su vida por las ovejas, que viene a salvar a las almas de los hombres y no a perderlas, desea que seamos imitadores de su piedad. Y si la justicia ha de reprimir al que comete falta, la misericordia no puede rechazar al que se convierte. Y es entonces, que la fe verdadera resulta defendida con abundantísimo fruto cuando el error es condenado aun por aquellos que lo sostienen.

      Para conducir a término, piadosa y fielmente esta materia, hemos mandado como nuestros representantes a nuestros hermanos Julio, obispo y Renato, presbítero del título de San Clemente, junto a mi hijo Hilario, diácono. Les hemos agregado a Dolcicio, nuestro notario, cuya fidelidad a toda prueba nos es evidente. Y confiamos que les asista el auxilio divino, para que aquel que ha errado, una vez condenado su malvado modo de sentir, sea salvado. Dios te custodie en salud, hermano amadísimo.

  2. Toño, lo que dices de San Lein que es el Dictor de la Encarnación es muy cierto, las lecturas del Oficio de Lectura en los días de Navidad son textos de sus sermones en algunas ocasiones.
    No comento nada más sobre su magisterio pues sería refundar en algo que has descrito bastante bien. Sobre todo de su ministerio petrino.
    Es grato saber su influencia en la Liturgia y los sacramentos. Me ha llamado la atención que propusiera la comunión para los niños y que hubiera misa por las tardes. Estas situaciones se perdieron y en el primer caso fue hasta el Vaticano II que hubo misa por la tarde-noche y que se debe a San Pío X que los niños volvieran a recibir la Eucaristía desde los 7 años.
    Saludos.

    • Humberto,
      Me ha parecido oportuno exponer en contestación al anterior comentario de Emmanuel, el texto íntegro de la Carta dirigida por San León I a San Flaviano de Constantinopla. Supongo que la conocerás, pero si no es así, te recomiendo la leas al completo.

      Si estudiamos a fondo su vida, su disciplina eclesiástica y su doctrina, nos damos cuenta cómo algunas normas que actualmente tenemos y que fueron suprimidas durante siglos, ya provienen de él. Por hablar solo del sacramento de la Eucaristía, yo creo que los únicos que siguen sus recomendaciones son nuestros hermanos ortodoxos, que no solo comulgan con las dos Especies Sacramentales, sino que incluso se las dan a los niños inmediatamente después de recibir los sacramentos del Bautismo y Crismación.
      Aunque un niño no tenga pleno conocimiento de lo que está recibiendo, si se sabe que va a ser educado cristianamente, ¿por qué se le ha de privar de recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo? Si nosotros aceptásemos esas normas de nuestros hermanos ortodoxos, se les venían abajo sus negocios a muchos tunantes que nos han metido en una dinámica de consumismo y boato en torno a las llamadas Primeras Comuniones.

      Aunque se me ha olvidado decírselo a Emmanuel, como me imagino que también leerá este comentario, quiero decirle que es normal que hasta que no haya plena comunión entre las Iglesias, no pueda concelebrarse en conjunto la Divina Eucaristía. Se pueden realizar muchas ceremonias litúrgicas conjuntas – y de hecho se hacen – pero la celebración eucarística no es posible si no hay plena comunión. Dios quiera que llegue ese día aunque nosotros no lo veamos.

      • Y digo más: no creo que ningún niño o niña de Primera Comunión, por más que se les prepare para ello, sea plenamente consciente de lo que reciben. Como comulganta me esforcé en serlo y aún así, aquel día, entre gente agobiándome a mi alrededor, vestiditos, regalitos, dulcecitos y demás, no sólo no pude centrarme sino que lo recuerdo como un día muy pesado e interminable. Las Primeras Comuniones dan asco y no precisamente por culpa de los críos.

        • La administración de este sacramento se ha convertido en un auténtico negocio. Ya, lo de menos es lo más importante, o sea, recibir por primera vez la Eucaristía y lo más, incluso para muchos familiares, es el boato que sigue en los convites, regalos, juegos para los niños, etc. Son como las celebraciones nupciales, pero a lo chico.
          Ese mismo día, el niño o niña se olvida de lo que recibió por la mañana y solo recuerda los juegos, dulces y regalos. Y, aun peor, muchas familias que lo están pasando mal, se empeñan en gastos que son absolutamente superfluos.
          Debemos aprender de nuestros hermanos ortodoxos, no solo pensando en lo verdaderamente importante, sino incluso por motivos económicos.

  3. Ana María

    Si te agobia ese hecho imagínate a mi cuando las confirmaciones este año pasado cuando se le antojó al cura que en vez de llevar vestido y traje los niños, llevasen una especie de sotana por eso del año de la fe, quien no lo llevó no se pudo confirmar. Me daban ganas de patearle el c… al párroco y es que todo eso era un negocio para él hubo por ende decenas de niños sin confirmarse.

    Antonio he leído atentamente la carta que dirigió el papa León, carta que quiero conservar y te pido me la envíes.

    Me gusta la forma en que expone las ideas, como vuela y la forma en que aterriza, no le agregaría nada, muy completa, sencilla y con el fin de hacerle ver el error con caridad a quien se había equivocado.

    • Me dejas pasmado, a santo de qué debe disfrazarse un joven para ser confirmado? Y las chicas debían vestirse también de cura, o bastaba con ir de monja? Por favor!!

      En mi confirmación el cura casi no nos confirma porque según él “no estábamos lo suficientemente preparados” y mejor me callo porque no era un modelo de sacerdote. Con que te diga que en las convivencias espirituales quería ponernos a las chicas a fregar los platos mientras él y los chicos fumaban y sesteaban… Menos mal que nos negamos todas en redondo y, claro, no le teníamos contento.

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