Indumentaria litúrgica

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El Papa Francisco dando la bendición con el Santísimo Sacramento, revestido con capa pluvial y encima paño humeral.

El Papa Francisco dando la bendición con el Santísimo Sacramento, revestido con capa pluvial y encima paño humeral.

La indumentaria litúrgica es la que se coloca el sacerdote y los ministros, ya sean acólitos, monaguillos o bien el diácono en el momento de la celebración de la Santa Misa, de las bendiciones, procesiones u otras ceremonias con valor litúrgico. Su función es revestir al ministro dignamente para celebrar la ceremonia o el oficio, y en el caso de la Santa Misa, para que los presentes sepan que en el momento en que el sacerdote se acerca al altar lo haga “en la persona de otro”, quiero decir, que en el momento en que el sacerdote se reviste lo hace “revistiéndose de Cristo”, para poder hablar y actuar in persona Christi. [1]

Hoy vamos a enumerar algunas de las piezas más comunes -algunas en desuso en la actualidad- explicaremos su simbología y un poco de su historia, sin querer ser éste un articulo muy extenso, ni exhaustivo, sólo un articulo informativo para todas las personas que tengan interés en conocer la indumentaria litúrgica, los que ya lo conocen y quieren refrescar la memoria, o simplemente los que tengan curiosidad de “¿por qué el sacerdote se pone tal cosa?”.

En la Antigüedad y hasta hace unos años –hablo de la época pre-conciliar- los sacerdotes, mientras se revestían en la sacristía, al ponerse cada prenda sagrada tenían que recitar una oración, desde que se ponían el amito encima de la sotana o el hábito hasta que se ponían el manípulo. Empezamos con el amito.

San Esteban, de Carlo Crivelli, donde se observa el amito asomándose por el cuello de la dalmática en la que va revestido.

San Esteban, de Carlo Crivelli, donde se observa el amito asomando por el cuello de la dalmática en la que va revestido.

Amito
Vestidura sagrada que se compone de un paño de lino unido a 2 cintas, con una cruz bordada en medio, algunas veces está decorado con ricos galones o pasamanerías. El amito se coloca alrededor del cuello, en varias ocasiones se coloca primero sobre la cabeza, como si fuese una capucha, se ata mediante dos cintas a la cintura, en el momento en que se coloca la casulla, el amito cae y deja ver un cuello vistoso al sacerdote.

Místicamente, el amito simboliza el casco de salvación del guerrero –galea salutis-. Significa también el cuidado que se ha de tener en el hablar, porque es señal de sabiduría y prudencia La Iglesia no prescribió su utilización hasta el s.VIII. Se cree que procede tradicionalmente de las bufandas que utilizaban los romanos o bien del efod que usaba el Sumo Sacerdote de los judíos.

Alba
Túnica amplia de color blanco, como ya indica su propio nombre. Cubre al sacerdote de arriba abajo, suele ser de lino, algunas veces llevan bordados con motivos eucarísticos en los bajos y/o mangas, otras veces en las mangas y bajo lleva puntillas que adornan y dejan ver la sotana o el habito que se lleva debajo –en algunas ocasiones lleva un forro cuyo color indica la dignidad o rango del ministro-. Simboliza la pureza del alma, renovada y lavada por el sacramento bautismal. Procede de la túnica ordinaria que utilizaban los romanos en su época.

Estola
Vestimenta litúrgica en forma de banda larga, algunas veces ancha y otras veces estrecha –dependiendo del diseño- que han de portar sólo los ministros ordenados, ya sean sacerdotes o diáconos. Se coloca encima del alba, de la sobrepelliz o del roquete, colgando sobre el cuello hacia delante y en el caso que se ponga encima del alba, se debería ceñir al cuerpo cruzada con el cíngulo –sólo si encima se pone la casulla-. Generalmente lleva una cruz en la parte del cuello, que se ha de besar siempre que se quite o se ponga. Los diáconos la llevan cruzada sobre el hombro izquierdo y la atan o fijan a la altura de la cintura de la parte derecha.

Cristo, sumo y Eterno Sacerdote, obra de Francisco Romero Zafra (2011). Seminario de Córdoba (España). Aparece revestido con alba, estola, cíngulo y capa pluvial.

Cristo, sumo y Eterno Sacerdote, obra de Francisco Romero Zafra (2011). Seminario de Córdoba (España). Aparece revestido con alba, estola, cíngulo y capa pluvial.

Su color ha de ser acorde al tiempo litúrgico, a la festividad del día o bien al acto que se celebra. Su simbolismo nos quiere mostrar la autoridad y potestad sacerdotal, el sacerdote es pastor que dirige a su rebaño. Según algunas fuentes, data del siglo IV en Oriente y del siglo VI en Occidente. La llamaban orarium, lo utilizaban los predicadores y en la actualidad aún la llaman así los griegos.

Cíngulo
Larga cuerda que se utiliza de ceñidor para que el alba no arrastre y permita que el que la lleve no tropiece y pueda hacer los movimientos necesarios (inclinaciones, genuflexiones, arrodillarse, etc.). Algunos son de lino, otros de seda, algodón, etc. Generalmente son de color blanco, aunque es permitida la utilización del color del tiempo litúrgico o de la festividad del día. Algunos suelen terminar en borlas del mismo material, otros con borlas de hilo de plata u oro. Es símbolo de penitencia y mortificación, de fe y justicia, de castidad y de humildad, de vigilancia y de fortaleza. La utilizaban los senadores romanos para ceñir sus túnicas lacticlavia.

Casulla
Es la prenda exterior que utiliza el sacerdote única y exclusivamente para la celebración de la Santa Misa, cuyo color va a acorde con el tiempo litúrgico o la festividad del día y que se coloca encima del alba y de la estola. Simboliza el yugo del Señor. La prenda consiste en una especie de manto con un agujero en medio, por el cual se mete la cabeza y que cubre la parte delantera y trasera del sacerdote hasta aproximadamente la altura de las rodillas.

El material y el diseño pueden variar muchísimo, las hay de muy sencillas hasta con ricos bordados en oro u plata, o bien damascos decorados con ricos galones. En nuestros templos existen verdaderas joyas de nuestra fe que a través de los años han sido olvidadas en cajones de sacristías o trasteros, pero también muchísimos sacerdotes han sabido apreciar su valor y las han vuelto a utilizar.

"La Virgen entrega la casulla a San Ildefonso", lienzo de Bartolomé Esteban Murillo.

“La Virgen entrega la casulla a San Ildefonso”, lienzo de Bartolomé Esteban Murillo.

En la actualidad, muchos sacerdotes optan por no utilizar casulla y sólo se colocan la estola, que suele ser bastante ancha y larga, algunas veces con motivos étnicos, confeccionadas con lanas de colores, de modo que cuesta saber a qué tiempo litúrgico pertenece, y muchas veces suelen ser de un pésimo gusto. La institución general del misal romano, promulgada por S.S. San Juan Pablo II en el año 2000, obliga a todos los sacerdotes, incluso los concelebrantes, a portarla, omitiéndola sólo y exclusivamente en el caso de que no haya las necesarias para el número de concelebrantes.

La casulla ha ido evolucionando a través de los siglos: las primeras eran casi tan largas que llegaban al suelo y eran de un material muy pesado, que en momentos como en el de la consagración de las especies, el acólito había de levantar la parte trasera para facilitar la elevación de la Sagrada forma o del cáliz, por eso ha quedado la piadosa tradición, que según el ritual romano extraordinario de la misa, en el momento de la elevación de las especias, el acólito ha de levantar la parte trasera de la casulla. Con los años, la casulla se fue acortando, quedando incluso hasta por encima de las rodillas y sin cubrir los brazos: son las llamadas “casullas de guitarra”, aunque dentro de este mismo estilo, existen varios cortes o tipos que varían según la geografía donde se confeccionaban.

La casulla procede de la penula romana, que consistía en un manto que tenía un agujero en medio para meter la cabeza y que utilizaba el senador romano a principios del s.IV para los días de semana y, así, dejar la toga para los días festivos.

Manípulo
Ornamento sagrado en forma de pequeña estola que se coloca en el antebrazo izquierdo, encima de la manga del alba. Ha de ser del mismo material y color de la casulla y de la estola. Antes del Concilio Vaticano II lo portaban los sacerdotes, diáconos y subdiáconos. Después de la reforma litúrgica, el manípulo quedó excluido del rito latino ordinario, pero a partir del año 2007, cuando Benedicto XVI, en virtud del Motu Proprio, Summorum Pontificum, que regula la forma extraordinaria del rito romano, el manípulo ha vuelto a utilizarse en las ceremonias eucarísticas.

San Andres Avelino en su última misa, aparece revestido para la Santa Misa. Es asistido por un acólito revestido con sotana y sobrepelliz.

San Andres Avelino en su última misa, aparece revestido para la Santa Misa. Es asistido por un acólito revestido con sotana y sobrepelliz.

Algunos creen que el manípulo procede de mappa o mappula, que era una especie de servilleta o toalla que portaban los romanos en el brazo para servir en los banquetes, o bien para secar o limpiar el sudor de la frente o las manos.

Capa pluvial
Ornamento de ceremonia que consiste en una capa que va sujeta por delante por medio de un broche. Es utilizada en las procesiones exteriores, sean de Semana Santa, Eucarísticas, de Gloria, etc.; en las bendiciones, como en la del Domingo de Ramos, en la administración de algunos sacramentos como el bautismo, una boda, o bien en las exequias de un difunto. Se utiliza también para la exposición del Santísimo Sacramento y en su reserva. Se coloca encima del alba y la estola o bien del roquete o sobrepelliz con estola. Su color ha de ser acorde a la ceremonia que vaya a realizarse o al tiempo litúrgico.

Las hay con ricos bordados e incrustaciones de piedras preciosas, otras de ricos brocados, y también las hay muy austeras y sencillas. Proviene de la “lacerna” romana. Era una especie de manto con capuchón que cubría la cabeza para resguardarse de la lluvia. De dicha capucha queda ‘’el capotillo’’, que es ese trozo cuadrado de tela que adorna la parte trasera de algunas capas pluviales.

Humeral
Ancha y larga tira de tela que se coloca sobre los hombros del sacerdote o del ministro, que va sujeta por delante con un broche y que se utiliza para portar objetos sagrados como son la custodia/copón con el Santísimo Sacramento, la reliquia del Santo Lignum Crucis y otras reliquias de la Pasión. Se utiliza el paño humeral también para que el sacerdote dé la bendición con el Santísimo Sacramento, en este caso el paño humeral se ha de colocar encima de la capa pluvial.

En las ceremonias en las que participa el obispo, los acólitos utilizan el humeral o llamado también “paño de hombros” para portar el báculo pastoral. Su color ha de ser acorde al tiempo litúrgico o a la ceremonia en la que es utilizado, por ejemplo, si corresponde a una bendición del Santísimo Sacramento, siempre ha de ser de color blanco, plateado o dorado, sin excepción alguna.

El Papa Benedicto XVI oficiando en Miércoles de Ceniza. 'Obsérvese que los obispos -en este caso, el de Roma- llevan tunicela debajo de la casulla para la celebración de la Eucaristia.

El Papa Benedicto XVI oficiando en Miércoles de Ceniza. ‘Obsérvese que los obispos -en este caso, el de Roma- llevan tunicela debajo de la casulla para la celebración de la Eucaristia.

Tunicela y dalmática
Consiste en una ropa larga y ancha, con mangas más bien cortas y a veces cerradas que se pone sobre el alba. Su uso se remonta al siglo IV y se reserva hoy en día como hábito episcopal para los pontificales, que se coloca el obispo encima del alba y la estola y debajo de la casulla, pues así lo prescribe el “Pontificale Romanum”. Antes del concilio Vaticano II, la tunicela la portaban los subdiáconos, ya que era la vestidura propia de esta orden menor, hasta su abolición por el Beato Papa Pablo VI.

La dalmática es la prenda propia del diácono que se coloca encima del alba y de la estola, cruzada. En la actualidad, en el ámbito de hermandades y cofradías, los acólitos turiferarios o ceroferarios suelen portar tunicela o dalmática delante de los pasos procesionales. Su color ha de ser acorde al tiempo litúrgico o festividad del día.

Sobrepelliz y roquete
Las dos prendas son confeccionadas en lino de color blanco, son una especie de camisa, parecida al alba, pero más corta y que no va ceñida al cuerpo. Se coloca encima de la sotana, hábito o prenda talar. Aunque parecidas, pero diferentes, su diferencia principal está en las mangas. Las mangas de la sobrepelliz son más anchas que las del roquete. El roquete es propio de los obispos, cardenales, canónigos y religiosos que tienen facultad para llevarlo.

"El acólito", lienzo de Pablo Picasso. Va revestido con sotana y sobrepelliz.

“El acólito”, lienzo de Pablo Picasso. Va revestido con sotana y sobrepelliz.

La sobrepelliz la pueden portar los sacerdotes y acólitos. Se utiliza para la administración de sacramentos, para predicar, bendiciones, exequias, etc. Las mangas y bajos muchas veces están decorados con bonitas puntillas y encajes y otras veces están bordados con motivos eucarísticos. Según la geografía, ha variado su corte y forma, algunas veces no tienen mangas, como por ejemplo las de los sacristanes de la Catedral de Valencia, o las de corte recto y sin mangas de la escolanía de la Abadía de Montserrat.

Agradezco la colaboración de mi querido amigo Don Gregori Maria para la elaboración de este artículo, poco extenso, pero que servirá a los lectores que quieran documentarse sobre cuál es la indumentaria litúrgica que han de portar los sacerdotes y otros ministros.

Harold


[1] Benedicto XVI, Homilía de la Santa Misa Crismal, Basílica Vaticana, 5/2/2007.

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San Decio y compañeros, mártires en Tesalónica

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Martirio de Domnino, Víctor, Decio y compañeros en Tesalónica. Miniatura en el Menologio de Basilio II (s.XI). Biblioteca Apostolica Vaticana, Roma (Italia).

Martirio de Domnino, Víctor, Decio y compañeros en Tesalónica. Miniatura en el Menologio de Basilio II (s.XI). Biblioteca Apostolica Vaticana, Roma (Italia).

Pregunta: Me llamo Decio… ¿cuándo sería mi onomástica? Italia

Respuesta: En aquel día, Él vendrá para ser glorificado en sus santos y ser admirado por todos los que han creído, porque nuestro testimonio fue recibido en medio de vosotros. Por ello oramos siempre por vosotros, para que nuestro Dios os haga dignos de su llamamiento y, con su poder, lleve a cumplimiento las mejores intenciones y la obra de vuestra fe, para que sea glorificado el nombre de Nuestro Señor Jesús en vosotros, y vosotros en Él, según la gracia de nuestro Dios y del Señor Jesucristo. (2Ts 1,10-12). Con esta exhortación de sabor apocalíptico, el apóstol Pablo llama a la comunidad de Tesalónica, la actual Salonicco, a la plenitud del bien y de la fe en virtud del testimonio recibido.

La iglesia de Tesalónica ha dado muchos testimonios de la fe a la comunidad cristiana de los primeros siglos, e incluso posteriormente. Entre ellos, queremos recordar a Decio. Tú que llevas su nombre, poco frecuente, me preguntas si existe su onomástica. Los que llevan tu nombre solían ser el décimo hijo de aquellas familias numerosas que solían habitar nuestras campiñas: tener tantos hijos suponía siempre tener muchos brazos para trabajar en el campo.

El actual Martirologio Romano, a fecha de 30 de marzo, conmemora: En Salonicco en Macedonia, actualmente en Gracia, San Domnino, mártir. En el Martirologio Romano antiguo (1956), en cambio, leemos: Die 30 Martii. Tertio Kalendas Aprilis. Thessalonicae natalis sanctorum Martyrum Domnini, Victoris et Sociorum.

Martirio de San Domnino de Tesalónica. Miniatura del Menologio de Basilio II (s.XI). Biblioteca Apostolica Vaticana, Roma (Italia).

Martirio de San Domnino de Tesalónica. Miniatura del Menologio de Basilio II (s.XI). Biblioteca Apostolica Vaticana, Roma (Italia).

“Et Sociorum”… pero, ¿quiénes son estos otros compañeros de martirio? Una recopilación de la tradición hagiográfica da identidad a los compañeros de martirio de Domnino: Acacio, Filópulo, Palatino, Víctor, Decio, y otros cinco, de los cuales no se conoce el nombre. ¿Por qué esta diferenciación? La memoria histórica sobre San Domnino, mártir en Salonicco, está bien atestiguada en los Sinaxarios, mientras que los otros nombres aparecen sólo en el Martirologio de Ursando y en el Jeronimiano, así como en el Acta Sanctorum de los Bolandistas.

Nada concreto sabemos sobre este grupo de mártires. De una miniatura en el Menologio de Basilio II, conservado en la biblioteca vaticana (Cod. Vat. Gr. 1613 f. 162), del siglo XI, podemos deducir que dieron testimonio de la fe entregando su vida, porque aparecen siendo decapitados. En cambio, del cabecilla del grupo, San Domnino, sabemos por los Sinaxarios que nació en Tesalónica o en Antioquía, y que era cristiano desde su infancia. Durante la persecución (304 d.C) fue llamado a la presencia de Maximiano, ante el cual dio testimonio de su pertenencia a Cristo. Por esto, fue llevado a un lugar elevado fuera de la ciudad y le rompieron los huesos de las piernas, y le amputaron los pies. El mártir permaneció vivo, aunque mutilado, durante siete días, después expiró.

San Domnino mártir tuvo un gran culto en la iglesia de San Miguel Arcángel, dicha de Litóstrato, en Constantinopla. La memoria onomástica de este grupo de santos mártires es el día 30 de marzo. ¡Felicidades!

“Que el Señor guíe vuestros corazones hacia el amor de Dios y a la paciencia de Cristo” (2Ts 3,5).

Damiano Grenci

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Santa Gianna Beretta Molla, madre de familia

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Fotografía de la Santa con dos de sus hijos.

Fotografía de la Santa con dos de sus hijos.

Introducción
En el Quinto Mandamiento de la Ley de Dios se concierne todo lo que respecta a la conservación y defensa de la vida humana. Si lo leemos o recitamos con la negación que comienza, fácilmente se cae en la idea de que es un mandato que restringe y que reprime la conciencia y la decisión de una persona; pero si se observa desde su espíritu, podremos descubrir que con esta ley se promueve la vida y se respeta el derecho divino de quitarla, porque solamente Dios Nuestro Señor la ha dado y únicamente a Él toca quitarla. Nuestro mundo vive actualmente una cultura de muerte. Con gran insolencia, el hombre se ha arrogado el derecho de suspender con criterios materialistas el desarrollo de la vida humana, sea interrumpiéndola al ocaso de la misma o bien impidiendo su comienzo. El aborto y la eutanasia son crímenes que se han disfrazado de actos buenos y benéficos para quien los practica, pero en realidad son pecados mortales que ofenden gravemente a Dios.

Al presentar la vida de Santa Gianna Beretta, la Iglesia propone en ella la enseñanza de que la vida es un don de Dios, que todos los que la reciben tienen el derecho de gozarlo, porque desde el momento de la concepción, ese ser ya tiene un alma aunque no tenga un cuerpo desarrollado. Así mismo, esta santa nos recuerda las palabras de Jesucristo: “Nadie tiene amor más grande por sus amigos que el que da la vida por ellos”. (Jn. 15,13).

Infancia
Nació el 4 de octubre de 1922 en Magenta, Italia, siendo la décima de trece hermanos de una familia cuyos padres fueron Alberto Beretta y María de Michelis. De éstos cinco murieron en muy tierna edad y tres se consagraron a Dios, dos sacerdotes y una religiosa. Recibió el nombre de Gianna (Juana), al que se le agregó el de Francisca, por haber venido a este mundo el día del Santo de Asís. En esa misma fecha de su nacimiento recibió el sacramento del bautismo. En su familia se dio una educación integral, resultado del buen testimonio de sus padres y de las profundas enseñanzas de los mismos, viviendo sin necesidades y con un fuerte espíritu de servicio y desprendimiento. A los cinco años hizo su primera comunión. En 1929 inicia sus estudios primarios y en 1933 es matriculada en el Instituto Serpi de Bérgamo. Las calificaciones que obtenía eran normales, incluso había asignaturas, como el latín o el italiano, que acreditaba hasta el año escolar siguiente. En 1939 muere su hermana mayor Amalia, por lo que la familia se muda a vivir a Génova, donde continuó sus estudios en el colegio de las “Doroteas”.

Fotografía de la Santa.

Fotografía de la Santa.

Cuando tenía 16 años hizo por primera vez en su vida unos ejercicios espirituales, de los que sacó un propósito que anotó en una libreta: “Hago el santo propósito de hacer todo por Jesús”. Es digno de recordar que al comienzo de la década de los años cuarenta, a pesar de los bombardeos que se hacían sobre Génova durante la Segunda Guerra Mundial, llamaba mucho la atención que la familia Beretta, padres e hijos, participaran diariamente en la misa de ocho de la mañana, terminada la cual, cada uno de los miembros se dirigían a cumplir sus obligaciones. En el año de 1942 murió su madre a consecuencia de una embolia y ocho meses después también murió su padre. Por motivos de orden doméstico, todos los hermanos volvieron a vivir a Magenta con los abuelos paternos. Gianna padeció como sus hermanos el traslado, el cambio de escuela y de modo de vivir. Por entonces dos de sus hermanos, José y Enrique, se hicieron sacerdotes capuchinos.

Juventud y vocación
En 1942 se matriculó en la Facultad de Medicina de Milán, los cuales hizo en medio de la guerra y por la cual se cambió a la Universidad de Pavía, concluyendo sus estudios en 1945. En 1950 obtiene una especialidad en pediatría en la Universidad de Milán. Por estos años fue una militante activa de la Acción Católica, ocupando entre los años de 1943 y 1956 cargos directivos dentro de la misma. Participaba en las Conferencias de San Vicente de Paúl y los sábados visitaba a las familias necesitadas. Invitaba a sus amigas a la Eucaristía diaria y también que participaran en ejercicios espirituales, para formar personas de una sola pieza. Decía: “Sólo si poseemos la riqueza de la gracia podremos darla a nuestro derredor, porque el que no tiene, no puede dar nada”. Promovía entre las personas de su círculo que se practicara diariamente diez minutos de oración, así como el rezo del Rosario como una expresión de amor a la Santísima Virgen María. Pero Gianna no era una mujer inmiscuida todo el tiempo en actividades religiosas, era una excelente deportista, le gustaba hacer excursiones a la montaña, pues le gustaba estar en contacto con la naturaleza. Sabía esquiar así como pintar, su afición a la música le hizo ser una buena pianista.

Como sucede a los jóvenes durante su juventud, tuvo la inquietud de descubrir su vocación. Por un lado le llamaba la atención ser religiosa y misionera en Brasil con su hermano Enrique, pero por otro lado, le gustaba la idea de casarse y formar una familia. Fue mucho tiempo de oración y reflexión, así como la búsqueda de consejos entre personas experimentadas, entre ellas, el Obispo de Bérgamo; hizo una peregrinación a Lourdes para pedir a Dios y su Madre una luz que la orientara, hasta que llegó a la conclusión de que su vocación era la vida matrimonial. Entonces conocería a Pedro Molla. Intuyó que Dios la quería como misionera entre sus prójimos, entre los enfermos que visitaba en los hogares y un ambulatorio que junto con su hermano Fernando había abierto en Mesero, un pueblito cercano a su tierra natal. Se dedicó a los pobres y los enfermos con pasión y responsabilidad, al grado de rechazar la propuesta del novio de que renunciara a su profesión para dedicarse a la familia cuando estuviera integrada.

Fotografía de la Santa el día de su boda con Pedro Molla.

Fotografía de la Santa el día de su boda con Pedro Molla.

Pedro Molla trabajaba en una fábrica de cerillos, de la cual llegaría a ser director, y era hijo de unos vecinos de Mesero que acudían al ambulatorio. Comenzaron a tratarse y en la Nochevieja de 1954 Pedro invitó a Gianna a la Scala de Milán a una función, luego de la cual celebraron el Año Nuevo en la casa de sus padres. El 20 de febrero de 1955, el joven le propuso matrimonio a la doctora, quien aceptó. El suyo fue un noviazgo breve. Como Pedro viajaba mucho, la comunicación entre ambos se intensificó mediante cartas. En una de ellas, Gianna dice: “Quiero formar una familia verdaderamente cristiana, donde el Señor se encuentre en nuestra casa como en un cenáculo… Me gustaría ser como la mujer fuerte de las Sagradas Escrituras.” Contrajeron matrimonio el 24 de septiembre de ese año en la Basílica de San Martín de Magenta. Ya de casada siguió atendiendo los pobres y enfermos, cuando uno de ellos no era apto para algún tipo de trabajo, le procuraba otro apto a su situación, si algún enfermo no tenía solvencia económica, ella misma le regalaba las medicinas o le daba dinero para que se las comprara. Muchas veces trabajó en el consultorio hasta la nueve y media de la noche. A sus compañeros médicos decía: “Tenemos oportunidades que los sacerdotes no tienen. Nuestra Misión no termina si las medicinas no sirven, todavía hay que llevar un alma hacia Dios. Cada médico debe llevar almas a los sacerdotes… Que Jesús se pueda ver entre nosotros”.

El hogar con calor de una madre
El amor entre Pedro y Gianna dio pronto frutos: en 1956 nació el primer hijo: Pedro Luis, en 1957, María Zita, en 1959, luego de un embarazo difícil, Laura Enriqueta. A sus obligaciones profesionales supo unir sus responsabilidades familiares. Como toda ama de casa y madre de familia, se dedicaba a ir de compras al mercado para conseguir los alimentos y los enseres domésticos. Distribuir el tiempo para lleva a los hijos a la escuela muy temprano, manejando su automóvil, enseñarlos a ver televisión, estar al tanto de que se bañen y acostarlos a la hora conveniente. Educarlos con paciencia, dedicación y firmeza, esculpiendo en cada uno de ellos un carácter y una persona con educación. Atender al marido, santificando su relación de pareja mediante el diálogo, la convivencia cotidiana, esperarlo hasta la noche con una sonrisa y platicarle los eventos de día. Ser el medio de unir en un mismo amor al esposo con los hijos, para guiarlos a Dios con el rezo diario de rosario y la participación constante de los sacramentos. Enfrentar las dificultades económicas, procurar los mejores estudios para sus vástagos y mantener una economía familiar estable, con momentos de ahorro y compartiendo de lo propio con los necesitados. Así, pudo ser la mujer fuerte que deseaba. Pedro Molla refiere: “En seis años y medio que estuvimos casados, me impresionó que fuera tan trabajadora; el respeto tan profundo que tenía por la vida, don de Dios. Me conmovía la gran alegría que sentía cada vez que nacía uno de los hijos”.

La Santa, fotografiada con uno de sus hijos.

La Santa, fotografiada con uno de sus hijos.

El amor de una madre es la impronta del amor de Dios
Hacia 1961, Gianna y Pedro esperaban la llegada de un nuevo vástago. Entre el tercer y cuarto mes del embarazo, le apareció un fibroma en el útero que ponía en riesgo la vida de ella y del feto. Le preocupaba ante todo que la vida de su hijo no tuviera peligro, y decidió que se le practicara una operación para retirar el tumor. Deseaba que su criatura viviera, que se protegiera su existencia y, si fuera preciso, por encima de la suya. Hubo tres opciones: una laparotomía con extracción del fibroma y de útero, interrupción del embarazo con aborto y extracción del fibroma, y extracción del fibroma sin interrumpir el embarazo. Gianna escogió la última opción, sabiendo como médico el peligro que como madre enfrentaba. Antes de entrar al quirófano el 6 de septiembre de 1961, se confesó y comulgó. Dijo: “Mil veces antes morir que ofender al Señor”. Se le extirpó entonces el tumor sin dañar la cavidad uterina, para que el embarazo pudiera continuar. Dos vidas estaban en juego: una sutura en esa zona durante el cuarto mes del embarazo resultaría fatal. A despertar, el médico le dijo: “Hemos salvado al bebé”.

Gianna volvió a casa, consciente de que llevaba en su seno una persona humana por la que merecía arriesgar y hasta dar su propia vida. Era un don de Dios, como sus otros hijos. Trató de llevar una vida normal, a sabiendas de que conforme avanzaba el embarazo, el peligro también crecería. Cierto día que Pedro volvía del trabajo, le dijo: “Pedro, te lo ruego, si te ves en la ocasión de decidir entre mi vida y la del niño, te ruego que decidas por la del niño, no la mía”. Pedro lo recuerda bien: “Me sentí incapaz de responderle nada. Me fui de la casa sin decir palabra. Gianna confiaba en la Providencia. La decisión de mi mujer era el resultado de una vida de coherencia con su fe profundamente religiosa, que tenía sus raíces en su familia. Lo que hizo no lo hizo para irse al cielo. Lo hizo porque se sentía madre y porque disfrutaba de cada cosa, pequeña y grande que Dios nos da en este mundo. Al darse cuenta de la terrible coincidencia del embarazo con el fibroma, lo primero que hizo fue pedir por la vida de ese niño.”

Gianna no era una mujer fanática, sino una amante de la vida, de la suya y de la de los demás. Para ella era tan importante cuidar de sus otros hijos como defender la vida del que se gestaba en su seno. Ante semejante conflicto, descubrió que todos tenían los mismos derechos. Por ello pedía a Dios que, a la vez de su curación, pudiera alumbrar a su hijo. Por fin, el 20 de abril de 1961 ingresó en la clínica y pudo nacer su niña, a quien llamaron Gianna Emanuela. Cuando ella pudo abrazarla, la miró con mucho cariño y con un sufrimiento enorme, pues daba por hecho que nunca más la volvería a ver, abrazar ni gozar de ella. Le diagnosticaron una severa peritonitis que le provocó una agonía de varios días.

Fotografía de la Santa con su marido y uno de sus hijos.

Fotografía de la Santa con su marido y uno de sus hijos.

Si el grano de trigo no muere…
Los últimos días de Santa Gianna coincidieron con la celebración de la Semanas Santa y de Pascua, como si el Señor quisiera haberla unido a su Pasión para que realmente tuviera una pascua de la muerte física la vida del cielo. El dolor más fuerte para ella estaba entre decidir sobre la vida de su hija por nacer o dejar a sus hijos sin madre. El Viernes Santo comenzó su viacrucis, el Sábado Santo dio a luz a su hija. El Domingo de Pascua y los primeros días de la semana subsiguiente padeció una larga y dolorosa agonía, los cuales pudo superar por los cuidados de su hermano Fernando y su hermana Sor Virginia. Se decidió que los niños no fueran a visitarla al hospital, para evitarles sufrir y porque ella no tenía fuerza para soportar un sufrimiento más. Tuvo un colapso muy fuerte, que pareció ser el final, entonces su hermana Virginia le acercó el crucifijo a los labios y lo besó reverentemente, mientras lo apretaba fuertemente con sus manos, mientras decía: “Gracias, Jesús, que me consuelas en estos momentos”. Pidió recibir la Eucaristía, pero por su estado ya no era posible. Entonces se le colocaba la Sagrada Forma sobre los labios y la besaba fervientemente. A pesar de su agonía, no interrumpía su coloquio con el Señor. Varias veces decía: “Jesús, te amo, Jesús, te amo”. El Viernes de Pascua se decidió que fuera trasladada a su casa, luego de haber caído en un estado de coma. Sus hijos estaban en las habitaciones aledañas, pero la recién nacida permaneció internada unos días más en el hospital. Finalmente, murió el día siguiente, Sábado de Pascua, a las ocho de la mañana. No había cumplido los cuarenta años. Fue sepultada en el Cementerio de Mesero.

Una lámpara se enciende para que ilumine a los de la casa
La causa de su canonización se introdujo a petición del arzobispo de Milán con el apoyo de los obispos de Lombardía, como un ejemplo de la vida que se niega o se desconoce. El milagro para su beatificación sucedió en Brasil, con una mujer parturienta afectada de una septicemia, cuyo nombre es Lucía Silva Cirilo. Fue a instancias de su hermano José, médico y misionero capuchino, que las religiosas de ese hospital invocaron a la doctora Beretta por la salud de la afectada. Fue beatificada el 24 de abril de 1994, en el marco del Año Internacional de la Familia, y canonizada el 16 de mayo de 2004 por San Juan Pablo II. A ambas ceremonias asistieron Pedro Molla con sus hijos, destacando la presencia de Gianna Emmanuela, por quien dio la vida su madre.

Lápida del sepulcro de la Santa, en la cripta del cementerio.

Lápida del sepulcro de la Santa, en la cripta del cementerio.

Los restos de la Santa permanecen en el cementerio de Mesero, su cripta se ha convertido en meta de peregrinaciones.

Humberto

Bibliografía:
– DE ECHEVERRÍA, Lamberto; LLORCA, Bernardino; REPETTO BETES, José Luis. Año Cristiano IV Abril, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 2003, pp. 625-633.

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

San Daniel Comboni

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Fotografía del Santo, vestido a la usanza del clima africano.

Fotografía del Santo, vestido a la usanza del clima africano.

Hoy presento la vida y obra de un gran misionero semi-contemporáneo, quien se esforzó en emprender misiones en África Central y que, formando institutos para ir preparando a misioneros, se encontró con muchos problemas, sobre todo el ambiente difícil y la salud por causa de las condiciones climáticas que afectaron a muchos misioneros, sin embargo nunca se dio por vencido. El objetivo principal y vital en la obra del misionero Daniel fue la evangelización de África, tierra a la que le tuvo un amor y ansiedad para que conocieran a Cristo.

San Daniel Comboni nació en Limone, junto al lago de Garda, en Brescia, el 15 de marzo de 1831. Era hijo de campesinos, quienes estaban al servicio de un señor rico de la zona. Daniel fue el cuarto de ocho hijos de los señores Luigi y Domenica. De este matrimonio, lamentablemente, muchos niños murieron a temprana edad. Sin embargo, fue una familia profundamente unida y enriquecida con valores humanos y cristianos. La familia era pobre, y esto implicaba que Daniel dejara el pueblo y partiera a Verona a un instituto para jóvenes con pocos recursos. En Verona descubrió su vocación sacerdotal e inició sus estudios de filosofía y teología, impactado por los testimonios de misioneros en África Central del Instituto de Mazza, al cual pertenecía Daniel, pues quería ser misionero.

En 1854 fue ordenado sacerdote y luego de tres años, marchó rumbo a África junto con otros cinco misioneros del Instituto. Cuatro meses después de su partida llegaron a Jartum (capital de Sudán) y, durante el camino, vio la realidad a la que se enfrentaría; problemas con el clima, mosquitos, fatigas, enfermedades, la muerte de numerosos misioneros jóvenes, la miseria de la gente, el abandono de los pobres. Desde la misión de Santa Cruz escribió a sus padres: «Tendremos que fatigarnos, sudar, morir; pero al pensar que se suda y se muere por amor de Jesucristo y la salvación de las almas más abandonadas de este mundo, encuentro el consuelo necesario para no desistir en esta gran empresa».

Escultura contemporánea del Santo en Verona (Italia).

Escultura contemporánea del Santo en Verona (Italia).

De regreso a Italia planeó una estrategia para la evangelización de África, su “plan para la regeneración de África” se resumía en “salvar a África por medio de África”. Para seguir entusiasmado en esta obra solía decir: “África o muerte”. El 15 de septiembre de 1864 tuvo la oportunidad de asistir al triduo para la beatificación de Margarita María de Alacoque en la Basílica de San Pedro, Roma. El primer día del triduo le vino a la mente “como un rayo”, dice él, “el pensamiento de proponer un nuevo plan para la cristianización de los pobres pueblos negros, cuyos puntos me vinieron de lo alto como una inspiración”. La idea fundamental de este plan consistía esencialmente en evangelizar África con los mismos africanos, y esta evangelización debía ir unida a la promoción humana y cultural. Al mismo tiempo esta obra no se confiaba a una nación en particular sino que debía “ser católica, no ya española o francesa o alemana o italiana. Todos los católicos deben ayudar a los pobres negros, porque una nación sola no alcanza a socorrer la raza negra” [Carta a don Goffredo Noecker, 9 Nov. de 1864.]

La Santa Sede se mostró muy interesada en este plan. El 18 de septiembre lo presentó al Cardenal Alessandro Barnabo (Prefecto de Propaganda Fide), y al día siguiente el Papa Pío IX recibió a D. Comboni en una audiencia y lo alentó a presentar el plan en París, a la Pía Obra de la Propagación de la Fe, prometiéndole de su parte la aprobación. Las últimas palabras del Santo Padre fueron para él una bendición y un aliento: “Labora sicut bonus miles Christi” (Trabaja como buen soldado de Cristo).

Así pues, fundó en 1867 en Verona la asociación misionera del Buen Pastor y una casa de misiones para África, y en el mismo año abrió un instituto en El Cairo (Egipto). Para ello, en Italia y Europa pidió a la gente sencilla, a ricos, comerciantes, obispos y reyes su ayuda para esta labor. En El Cairo les dirige palabras a religiosas europeas que llegaban al continente africano: “He aquí el momento tan suspirado por mí y por ustedes, hermanos y hermanas en Cristo. Les agradezco la paciencia con la cual me han esperado durante mi larga ausencia, por la abnegación con la cual toleraron toda clase de privaciones, incomodidades y pobreza… Los sacrificios pasados no son más que un ensayo de los que quedan todavía por sufrir para llegar a implantar en el corazón del África el Estandarte de la Redención, pero no temamos porque el Dios que nos ha sostenido en los trabajos pasados, no nos abandonará en los futuros… Sigamos cada vez mas este impulso irresistible de nuestro corazón que nos empuja a la salvación de un pueblo desamparado: armémonos del escudo de la fe, del casco de la esperanza, de la coraza de la caridad, de la espada de dos filos de la Palabra Divina y marchemos valientes a la conquista de esta última nación del universo para el Evangelio” [A sus misioneros, Cairo, 26 de enero de 1873].

Panorámica de la canonización del Santo. Plaza de San Pedro, Roma (Italia).

Panorámica de la canonización del Santo. Plaza de San Pedro, Roma (Italia).

Fundó una revista misionera, la primera en su género en Italia, y su celo apostólico y misionero. Redactó lo que el papa aprobó: el proyecto de impulsar la labor misionera en África Central. Comboni escribió una regla de vida para la Congregación de los Hijos del Sagrado Corazón de Jesús y en 1872 siguió la fundación de una congregación misionera de religiosas. Como teólogo del obispo de Verona, participó en el Concilio Vaticano I, consiguiendo que 70 obispos firmasen una petición en favor de la evangelización de África Central (Postulatum pro Nigris Africæ Centralis).

En 1877 el Beato Pio IX lo nombró Vicario Apostólico de África Central, así que fue consagrado obispo el 12 de agosto de aquel mismo año y regresó a sus misiones. El Vicariato era muy extenso (5 millones de kilómetros cuadrados), reuniendo bajo su jurisdicción los países de: Nigeria, Chad, República Centroafricana, Sudán, Uganda, Kenya, Tanzania y parte de Zaire. Llegado a la misión, enfrenta en Sudán una sequía tremenda que causa estragos en la población, en la misión y en sus misioneros, lo cual perjudicó gravemente las misiones y la evangelización. Comboni luchaba contra la esclavitud y la trata de personas, y por unificar toda aquella región en el misterio del amor de Dios, pero cayó enfermo pocos años después tras estas situaciones, a la edad de 50 años, fatigado por el arduo trabajo y las difíciles condiciones en las que habitaba. Moría así aquel hombre que se entregó por ayudar la misión en África, en la noche del 10 de octubre de 1881 en Jartum, en medio de su gente, consciente de que su obra misionera no morirá. «Yo muero – exclamó – pero mi obra, no morirá». Y acertó porque la misión que emprendió aún continúa para muchos pueblos de África y del mundo.

Reliquias del Santo en Limone Sur Garda (Brescia), Italia.

Reliquias del Santo en Limone Sur Garda (Brescia), Italia.

Por más que he querido averiguar los milagros que lo llevaron a su beatificación y canonización, sólo me he encontrado con los nombres de las dos mujeres a las que se les atribuye el auxilio de Dios por medio del obispo misionero. Uno de ellos (el de la beatificación) se le atribuye el reconocimiento del milagro a una joven afrobrasileña de nombre María José de Oliveira Paixão, el 6 de abril de 1995. Por ello fue beatificado el 17 de marzo de 1996 en la Basílica de San Pedro. Y el milagro de canonización a una mujer musulmana de nombre Lubna Abdel Aziz, el 20 de diciembre de 2002. Fue solemnemente canonizado por San Juan Pablo II el 5 de octubre del 2003 en la Basílica de San Pedro, junto con San José Freinademetz y San Arnoldo Janssen.

Emmanuel

Fuentes:
– FRANCESHINI, Luciano, “Un passo al giorno sulla via della Misione”, EMI. 1997.

Enlaces consultados (04/04/14):
http://combonimisionero.blogspot.mx/
http://www.vatican.va/news_services/liturgy/saints/ns_lit_doc_20031005_comboni_sp.html

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Virgen de las Nieves de Aspe y Hondón de las Nieves

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Imagen de la Virgen de las Nieves de Aspe y Hondón. Fotografía de 1912.

Imagen de la Virgen de las Nieves de Aspe y Hondón. Fotografía de 1912.

La entrañable advocación de la Virgen de las Nieves es una devoción mariana que comparten dos pueblos de Alicante que distan ocho kilómetros, Aspe y Hondón de las Nieves. Nos dice la tradición que su imagen apareció milagrosamente en el año 1418, pues dos peregrinos que iban de camino hacia Yecla se ofrecieron a labrarla para los labradores de una pedanía de Aspe llamada Hondón y, tras desaparecer éstos, se encontró su imagen en la ermita de San Pedro o ermita de los “Ondones de Aspe”. Vaya, una tradición muy similar a la de la Virgen de los Desamparados, patrona de Valencia, y otras cuantas. No se ha podido verificar documentalmente este milagroso origen, ya que las primeras alusiones documentales al culto y devoción que se tributa a María de las Nieves se remontan sólo a principios del siglo XVII. Esta devoción tan asentada alcanzaría a la aljama de Aspe, es decir, la comunidad que constituían los mudéjares de la población, ya que ésta se hacía cargo del pago de la “dobla” o misa cantada del día de la festividad de la Virgen de las Nieves. Así pues, fueron los moros, luego denominados “moriscos” tras los bautizos forzosos practicados a mediados de la segunda década del siglo XVI, los encargados de sufragar todos los años en Aspe esta celebración de la misa cantada, hasta su definitiva expulsión en el año 1609.

La imagen de la Virgen siempre ha permanecido a lo largo de los siglos en su santuario de Hondón, a excepción de cuando Aspe le dedica sus fiestas, que son a partir del tres de agosto. En esta fecha es trasladada en una multitudinaria romería, que parte de Hondón a media tarde para hacer su entrada triunfal en Aspe, cuatro horas después. Es en el año 1769 cuando empezaron los conflictos entre las dos localidades, Aspe y Hondón, al convertirse el santuario en parroquia. Es por esto por lo que se hubo de establecer unas normas para el traslado de la imagen de una parroquia a otra, en forma solemne de Concordato, cuyo documento original se encuentra en el archivo municipal de Aspe. En él se establecen los requerimientos que el Ayuntamiento de Aspe debe observar en los traslados, como son:
– Aviso previo al cura de Hondón,
– Acompañamiento de un número de veinte luces
– Estancia en Aspe de 15 días.

Imagen de la Virgen de las Nieves llevada en romería.

Imagen de la Virgen de las Nieves llevada en romería.

Como volvieron a surgir desavenencias entre los sacerdotes de ambas parroquias, se estableció un segundo Concordato en el año 1776 que venía a ratificar el anterior y jurídicamente suponía un acuerdo tripartito entre el Ayuntamiento de Aspe y los curas de Aspe y Hondón. Para complicarlo aún más, en el año 1839 Hondón se segregó de Aspe para pasar a tener ayuntamiento propio y estableciendo los lindes de su término municipal. Así, siguieron los conflictos entre los dos pueblos por la posesión y el patronazgo de la Virgen de las Nieves, y se hubo de redactar un tercer Concordato en el año 1848, el cual sigue vigente, que establece que la residencia habitual de la Virgen sea el de su camarín de Hondón. Además, concreta el carácter bienal de la fiesta, comenzando ese año en Aspe, y es por eso por lo que en esa localidad se celebra los años pares. Los años impares la Unión de Moros y Cristianos le dedica en Aspe una serie de actos a una hermosa imagen de la Virgen de las Nieves que se encuentra en una capilla de la calle que lleva su nombre. La “Serranica” es el nombre cariñoso y popular que se da en Aspe a su Virgen, por venir cada dos años de la serranía de Hondón de las Nieves.

La “Traída” y la “Llevada” son los nombres con que se conocen las romerías.”El Collao”, que es el límite de Aspe con Hondón, es donde se realiza el relevo. Una vez allí, los representantes de Hondón hacen entrega de la imagen a los de Aspe, extendiéndose un acta entre los alcaldes y los campesinos. Es en ese momento cuando se inicia la romería de “La Traída”, que llevará la imagen a la Ermita de La Columna, donde se viste a la Virgen con el traje de entrada y, posteriormente, se trasladará a la Plaza Mayor, para así entrar en la Basílica de Nuestra Señora del Socorro, donde se interpretará  el himno de bienvenida de la imagen conocido como “Miradla”. Pasados los días estipulados, es devuelta igualmente en multitudinaria romería en la “Llevada” hasta el paraje conocido como “La Ofra” donde, tras celebrarse una solemne misa de campaña, será llevada nuevamente hasta “El Collao” donde, tras firmar las autoridades el correspondiente acta de entrega, la Virgen es depositada en su camarín habitual de la iglesia de Hondón de las Nieves hasta el siguiente año par.

Iglesia de Hondón de las Nieves, santuario de la Virgen de las Nieves.

Iglesia de Hondón de las Nieves, santuario de la Virgen de las Nieves.

Fue en el año 1918 cuando es nombrada patrona de Aspe, y en el año 1996 como Alcaldesa Honoraria de Hondón, siendo la  imagen actual de Romero Tena de 1940, pues tanto la imagen como las andas originales fueron destruidos el 16 de agosto de 1936.  Finalmente diremos que la Parroquia de Ntra. Sra. de las Nieves de Hondón fue erigida en el año 1746 por el obispo de la diócesis de Orihuela D. Elías Gómez de Terán sobre la antigua ermita de San Pedro, de estilo barroco.

Salvador Raga

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