«Y pusieron sobre su cabeza una corona de espinas»

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"La coronación de espinas", lienzo de Tiziano Vecellio. Museo Nacional del Louvre, París (Francia).

«La coronación de espinas», lienzo de Tiziano Vecellio. Museo Nacional del Louvre, París (Francia).

Fracasados todos sus intentos por salvarlo, Pilato condenó a muerte a Jesús; y desde ese momento, el Maestro perdió todos sus derechos legales – si es que le quedaba alguno – y es por eso por lo que se burlan de Él y lo coronan con un casquete de espinas; porque, de no haber sido condenado, la ley romana hubiera impedido este acto tan sádico y tan salvaje. Este acto de salvajismo fue un hecho excepcional porque no estaba previsto en la ley, pero bien es verdad que Jesús quedó a merced de los caprichos de los soldados de la guardia, los cuales se ensañaron con Él. Y no lo hicieron sólo los soldados de la guardia, sino todos los que componían la cohorte: “Entonces los soldados lo llevaron dentro del atrio, al pretorio, y convocaron a toda la cohorte” (Marcos, 15, 16), o sea, unos cuatrocientos soldados. Es fácil imaginarnos que entre tantos salvajes surgieran ideas como ésta: ¡ya que decía que era rey, había que coronarlo!

Es verdad que en una de las piedras del “Lithostrotos” se ha encontrado grabado el llamado “juego del rey”, pero no parece probable que este juego hubiese sugerido este acto, ya que, aunque bajo cuerda se permitía, este juego estaba prohibido por la “Lex Talia”. Era además un juego que normalmente se realizaba durante las fiestas saturnales y desgraciado el soldado al que le tocara, porque cometían con él todo tipo de barbaridades y, finalmente, era sacrificado en el altar del dios Saturno. Éste era un juego de soldados, porque era un juego rudo y bárbaro y a él se sometían quienes querían tener el privilegio de mandar durante unos días, aunque finalmente lo pagase con la muerte.

Fuera mediante este juego o fuera por decisión de algún sádico, a Jesús le hicieron una de las cosas que podrían hacerle a quien le tocase el juego: coronarlo como rey, pero aunque nunca se hacía así, a Él lo hicieron con espinas. Con Él se podía hacer cualquier cosa porque no tenía derecho alguno, y como los soldados conocían que le habían acusado de querer ser rey, pues a burlarse de Él rindiéndole pleitesía.

Además, los soldados de Pilato eran extranjeros que habían participado en distintas escaramuzas y revueltas contra los judíos, a los que odiaban a muerte y ahora tenían a mano a uno de ellos, a un judío indefenso con el que ensañarse. Como Jesús no tenía ningún signo externo de realeza, había que buscarle algunos, y por eso lo sentaron en cualquier lugar que pudiera considerarse como un trono, se preocuparon de que estuviese totalmente desnudo, le pusieron por los hombros una capa corta roja – como si fuera un manto real – y ya sólo les faltaba el cetro y la corona. Con un palo que estaría en un montón de leña le hicieron un cetro y de ese mismo montón cogerían unas ramas finas y secas llenas de espinas. Las ataron alrededor de una cuerda que ajustaron a modo de un casco a su cabeza y trataron de ponérsela como pudieron. Como las espinas pinchaban, para no herirse, posiblemente se la ajustaron con cañas y palos a base de bastonazos. Las púas le traspasaron todo el cráneo, momento que aprovecharían para apretar los cabos de la cuerda por debajo de la nuca y que haría las veces de molde inferior de la corona.

“Ziziphus Spina-christi”

“Ziziphus Spina-christi”

Una vez coronado como rey, comenzaron a burlarse, escupirle y pegarle. Lo dicen los propios evangelistas: “Le golpeaban la cabeza con una caña” (Marcos, 15, 19) y “E hincando la rodilla delante de él, le escarnecían diciendo “Salve, rey de los judíos” y escupiéndole, tomaban la caña y le golpeaban la cabeza” (Mateo, 27, 29-30).

Aunque no se sabe qué tipo de espinas utilizaron, una tradición antiquísima dice que fueron la de la especie “Ziziphus Spina Christi”, que es un arbusto de la familia de los azufaifos muy abundante en los alrededores de Jerusalén y que tiene ramas muy flexibles, llenas de abundantes espinas largas y fuertes. Sin embargo, hay autores que se inclinan por otras clases de arbustos espinosos como el “Ziziphus vulgaris”, “Lacynum spinosus”, “Poterium spinosum” y otros.

Como he dicho más arriba, la forma de la corona era como la de un casco que cubría toda la cabeza y eso se deduce por los rastros de sangre dejados en la Sábana Santa, o sea, que no era la corona que vemos en nuestra imaginería. Era la típica corona oriental, como la que usaban algunos reyes, que cubría toda la cabeza desde las cejas hasta la nuca. En la nuca era donde se anudaban las cuerdas. Era similar – aunque con espinas – al “pileus” romano que usaban para trabajar quienes habían sido esclavos, pero ya eran hombres libres. En las catacumbas romanas de Pretextato hay un dibujo del siglo II, en la que la corona tiene esta forma de “pileus”.

Reconstrucción de la corona de espinas en forma de pileus, siguiendo los datos aportados por la Síndone.

Reconstrucción de la corona de espinas en forma de pileus, siguiendo los datos aportados por la Síndone.

Las espinas le rasgaron el cuero cabelludo y le provocaron importantes desgarros en la cabeza, la nuca y el cuello, sangrando abundantemente por estas heridas; y como le daban golpes y bastonazos, estas espinas pudieron provocarle contusiones cerebrales con la consiguiente ruptura de vasos sanguíneos. Esta sangre que salía por toda la cabeza, se uniría a la sangre coagulada que le cubriría la cara, cabellos y barba debida a los golpes anteriores, por lo que el rostro de Jesús quedaría irreconocible. Cada bastonazo haría retumbar toda su masa cerebral, produciéndole terribles dolores de cabeza y un aturdimiento generalizado, añadido al desconcierto mental producido por la fiebre y la bajada de azúcar en la sangre. Y no nos olvidemos de cómo quedó el cuerpo de Jesús después de la hematidrosis sufrida en el Monte de los Olivos y de los tres días que llevaba de castigos, sin comer ni beber.

Pero no acabaría ahí la cosa en este suplicio, porque al arrancarle violentamente la clámide – que le caía por la espalda y que estaría pegada a todas las heridas – al finalizar toda esta burla para ponerle sus vestiduras y llevarlo al Calvario, todas las heridas se abrirían de nuevo, produciéndole un intensísimo dolor y una nueva pérdida de sangre: “Después de haberle escarnecido, le quitaron la clámide, le pusieron sus vestiduras y lo llevaron a crucificar” (Mateo, 27, 31).

Señor Jesús, Hijo del Dios vivo, que por nuestra salvación sufriste todos estos tormentos, perdona nuestros pecados, ten misericordia de nosotros y concédenos la salvación eterna. Amén.

Antonio Barrero

Bibliografía:
– CABEZÓN MARTÍN, C., “Así murió Jesucristo”, Edicel, Centro Bíblico Católico, Madrid, 2003.
– HERMOSILLA MOLINA, A., “La Pasión de Cristo vista por un médico”, Sevilla, 1984.
– Sagrada Biblia de Jerusalén.

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