Beato José Puglisi, sacerdote asesinado por la Mafia (I)

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

El Beato, celebrando misa al aire libre en un campamento juvenil.

El Beato, celebrando misa al aire libre en un campamento juvenil.

El 25 de mayo del año pasado, en Palermo, era beatificado don Pino Puglisi, sacerdote asesinado por la mafia siciliana el 15 de septiembre de 1993, delante de su casa, con sólo cincuenta y seis años de edad, por su continua denuncia contra esta organización criminal. Hoy y mañana queremos escribir sobre este valiente y santo mártir de nuestros días, porque creemos necesario conocer su testimonio en estos tiempos, en los que nuestra juventud se ve amenazada por las drogas y por otras actuaciones de organizaciones mafiosas. Inevitablemente, el primer artículo será más largo que el segundo.

Vida
José Puglisi había nacido en esta ciudad siciliana, el día 15 de septiembre del 1937, siendo el tercero de cuatro hijos de un matrimonio humilde formado por un zapatero y una costurera. De pequeño fue monaguillo y muy pronto se comprometió con la Acción Católica. Con dieciséis años entró en el seminario, siendo ordenado sacerdote el día 2 de julio de 1960 en el santuario de Nuestra Señora de los Remedios. Su primer destino fue el de vicario colaborador de la parroquia del Salvador y, cuatro años más tarde, era nombrado capellán de la iglesia de San Juan de los Leprosos. Dedicaba gran parte de su tiempo al trabajo pastoral con los jóvenes más desfavorecidos y al mismo tiempo más rebeldes, con aquellos que ni siquiera tenían una cama donde dormir o unos servicios para asearse. Es aquí y en sus dos destinos siguientes, cuando se plantea confrontar leal y abiertamente sus métodos de trabajo con los jóvenes profesores de la enseñanza secundaria, imbuidos por los vientos izquierdistas de la década de los sesenta.

Pero más allá de la oposición ideológica, buscaba la justicia y la solidaridad, y cada vez era más conocido por su carisma de educador y por su capacidad de diálogo. Decía: “El ateísmo nos divide, pero nos une la necesidad de la redención y la renovación de la sociedad”. El 1 de octubre de 1970 fue destinado a un pequeño pueblo – Godrano – a unos cuarenta kilómetros de Palermo, situado en la montaña más alta de la provincia, por lo que irónicamente decía a sus amigos: “Sin quererlo, me he convertido en el sacerdote de más alto rango de la diócesis”. Allí, teniendo presente las enseñanzas sobre ecumenismo del Concilio Vaticano II, logró organizar pequeñas experiencias de oración con un grupo de cristianos pentecostales que vivían en el pueblo y puso en orden todas las cuestiones relacionadas con la iglesia local, potenciando la labor eclesial de los laicos y entrando en contacto con la realidad social que lo rodeaba, por lo que vio enseguida que la sotana lo alejaba del pueblo y se vistió como uno más, siendo cariñosamente llamado “el sacerdote de los pantalones”.

El Beato, fotografiado rodeado de los niños a los que dedicaba su tiempo.

El Beato, fotografiado rodeado de los niños a los que dedicaba su tiempo.

Él sabía de sobras que los momentos eran difíciles, pues aquella zona estaba desgarrada por una pelea entre clanes mafiosos que ya había causado quince muertos: la “vendetta”; y sabía que las propias madres les inculcaban a sus hijos que no se relacionasen con los niños de las familias en conflicto. Él, con la ayuda de algunos amigos y voluntarios de un movimiento de inspiración franciscana, intentó superar todo esto, promover la reconciliación en lugar de la venganza, que destruía a familias enteras y tenía amargado a todo el pueblo. Fue capaz de organizar diversas iniciativas con los niños, caminatas por los bosques cercanos, la celebración de las comuniones al aire libre e incluso, organizando un viaje en barco, pues aquellos chavales jamás habían visto el mar.

Como sabía que algunas familias no conocían el significado de la palabra “perdón”, realizó una serie de actividades tendentes a erradicar las raíces del odio existente entre ellos, como por ejemplo, suprimiendo las ofertas de dinero para adjudicarse la puesta de adornos a las imágenes, o alcanzar la presidencia de las cofradías, acontecimientos que ayudaban a expresar el resentimiento de unos contra otros. Por su parte, él llevaba un sobrio estilo de vida, viviendo de hecho con las donaciones que le realizaban los vecinos del pueblo. Si alguna vez aceptó dinero, siempre exigió el anonimato y fue para restaurar la iglesia parroquial, que había sido gravemente afectada por un terremoto.

Uno de sus lemas era: “Qué queremos hacer con nuestras vidas. Qué significado tiene la vida para ti”, y eso se lo preguntaba continuamente a los jóvenes, inculcándoles el deseo de realizarse como personas y no verse atraídos por los clanes mafiosos, que reclutaban a sus nuevos miembros entre la juventud. Sabiendo que la enseñanza básica era fundamental para la formación de los jóvenes, ayudó al maestro del colegio, enseñando matemáticas y religión, cosa que también hizo cuando, de vueltas a Palermo, se dedicó a la escuela secundaria de niños “Vittorio Emanuele II”, hasta el día de su muerte. Aunque no militaba en ninguna organización, nunca abandonó la lucha para conseguir la igualdad de derechos sociales para todos, lucha que se vio intensificada en Palermo, en la zona de la plaza de San Erasmo, que era en la práctica un ghetto. Dedicaba especial atención a los novios que se preparaban para el matrimonio, con quienes se reunía al menos una vez al mes para inculcarles el significado de lo que él denominaba “un amor duradero”. A todos inculcaba la amistad, la solidaridad e incluso, la fraternidad: la fe había que vivirla en comunidad.

Celebrando misa en Palermo.

Celebrando misa en Palermo.

El 24 de noviembre del año 1979, fue nombrado director del Centro Diocesano Vocacional y en esa tarea estuvo especialmente dedicado hasta el año 1990. Tuvo muchos colaboradores, pero una muy especial fue una trabajadora social llamada Agostina Aiello. Para preparar sus sermones y pláticas recurría a la experiencia de otros sacerdotes, teniendo continuos contactos con franciscanos, jesuitas y otros religiosos, sin importarle cuales habían sido sus experiencias ni sus orígenes. Era un hombre que, con una enorme facilidad, entraba en comunión con cualquier persona con la que se relacionaba, ya fuera religioso o seglar, culto o ignorante, un profesional o un simple campesino. Sabía escuchar y era muy alegre y dado al chiste. Como tenía las orejas muy grandes, decía que era como el “lobo de Caperucita”, que tenía las orejas tan grandes para escuchar mejor; no era el típico sacerdote que siempre tiene recetas mágicas para los que recurren a él, era extremadamente correcto en el trato y no sacaba a colación los temas religiosos si no venían a cuento. Decía: “Aunque no lo sepa, ningún hombre está lejos de Dios. El Señor ama la libertad, no impone el amor, no fuerza nuestros corazones. Cada corazón tiene su época, aunque no lo comprendamos. Jesús llama a nuestra puerta una y otra vez porque sabe que, cuando el corazón esté preparado, se abrirá”.

Era muy estudioso, nunca dejó de estudiar y en más de una ocasión, cansado por el trabajo, se quedó dormido en un sillón con un libro entre sus manos. Tenía una cultura teológica muy sólida, conociendo especialmente las obras del teólogo Karl Rahner, que había sido uno de los padres del Concilio. También tenía profundos conocimientos de filosofía, pedagogía y psicoanálisis; y todos estos conocimientos los puso al servicio de los demás, llegando incluso a organizar actividades de terapia del habla y terapia de grupo. Una persona que recurría a él en busca de consejo, recordando al joven del Evangelio, le dijo que quería avanzar un poco más y él le contestó: “Cada uno de nosotros siente dentro de sí una inclinación, un carisma que es único e irrepetible para cada ser humano. A esto le llamamos vocación y es un signo del Espíritu Santo. Nosotros sólo tenemos que escucharlo, porque esta voz puede darle sentido a nuestra vida”. Esta persona le preguntó: “Entonces, ¿qué entiende usted por vocación?”. Y él le dijo: “El Concilio ha ampliado este concepto y en gran medida, vocación no supone sacerdocio. Hay que trabajar duro para, evitando el proselitismo, ayudar a los demás a realizarse y a acercarse a Dios y a los hermanos. El plan de Dios es particular para cada uno y puede desarrollarse en distintos ámbitos de la vida social y profesional. Nuestro proyecto es el amor y nunca terminaremos de conseguirlo; humildemente, tenemos que ser conscientes de haber aceptado la invitación del Señor, de caminar y de hacer todo lo posible para conseguir ese objetivo, ya que todos juntos conformamos el rostro de Cristo”. También decía: “Vemos el rostro de Jesús representado en la catedral de Monreale y cada uno de nosotros es como una pequeña pieza de ese gran mosaico. Tenemos que comprender cual es nuestro sitio y tenemos que ayudar a los demás a que comprendan cual es el suyo, porque así, formamos la única cara de Cristo que vive en la gloria. Lo importante es encontrar a Cristo para vivir como Él, proclamar su amor, llevar esperanza y ser constructores de un mundo nuevo”.

El Beato fotografiado junto a un grupo de jóvenes.

El Beato fotografiado junto a un grupo de jóvenes.

En 1990 fue encargado de la parroquia de San Cayetano, en el barrio palermitano de Brancaccio, un barrio de unos ocho mil habitantes cuya preocupación era cómo poder comer cada día y que estaba dominado por los hermanos Gravianno, jefes de la mafia muy ligados a la familia de Leoluca Bagarella, compañeros del “capo dei capi” de la Cosa Nostra: Salvatore Riina. Él enseguida se dio cuenta de que los adultos eran “un caso perdido” y, como anteriormente había hecho, se dedicó a trabajar con los jóvenes, que deambulaban por las calles y que lo único que podían aprender eran las lecciones que dan la delincuencia. El crimen estaba reglado, había que cumplir ciertas normas, todo tenía que hacerse con el permiso de los mafiosos porque, de lo contrario, se podía quitar la casa que se ocupaba, ser robado e incluso, desaparecer sin dejar rastro alguno. Los robos estaban a la orden del día y conformaban toda una red de complicidad de la Mafia. Era un barrio pobre, de desocupados, de analfabetos, que no sólo padecían necesidad material, sino incluso cultural y moral. Muchas familias ni respetaban su dignidad ni la dignidad de los otros, la mayoría de los trabajadores estaban contratados ilegalmente, el contrabando, el robo y el tráfico de drogas estaban a orden del día. El absentismo escolar alcanzaba cotas de récord y en el barrio sólo existían dos colegios de enseñanza elemental.

Pero ante este panorama él no se desanimó, se remangó y se puso a trabajar: “Yo acepté este destino por obediencia y por amor, sabiendo que nadie quería ser destinado a este barrio y siento la necesidad de trabajar corriendo”. Intentó reconstruir un grupo de trabajo parroquial y de inmediato rechazó los donativos que los capos de la Mafia realizaban a la parroquia, y les prohibió ocupar lugares destacados en las procesiones, que, por otra parte, redujo a su mínima expresión. Con el consentimiento y la ayuda del arzobispo Salvatore Pappalardo, quiso romper todos los vínculos que pudieran dar algo de legitimidad a la “Cosa Nostra”. “La espiritualidad hay que llevarla por dentro y el auténtico Vía Crucis está a lo largo de las calles del barrio donde vive este pueblo tan pobre”. Empezando desde cero, en su trabajo parroquial tuvo una colaboradora muy especial, Sor Carolina Lavazzo, que no sólo le ayudaba en sus tareas, sino que lo avisaba de los peligros que corría. Organizó cursos de alfabetización y clases muy básicas de teología para sus colaboradores: llevó a la práctica la misma forma de trabajar que cuando estaba en Godrano, y fue allí, en este barrio palermitano, donde cariñosamente se le empezó a conocer por el nombre de Don Pino.

El Beato en el bautizo de un bebé.

El Beato en el bautizo de un bebé.

Sintiendo la necesidad de crear un Centro donde atender tanto a los adolescentes como a los adultos, se propuso la compra de un edificio que estaba enfrente de la parroquia. El cardenal Pappalardo le dio una parte: treinta millones de liras, pero necesitaba doscientos cincuenta millones más: “¿Cómo pedir un préstamo si la parroquia no tiene ni una lira y yo mi sueldo de maestro lo entrego al completo y yo jamás he pedido dinero a nadie?”, “No te preocupes”, le dijo un compañero y amigo, e inmediatamente envió una carta a diversas personas honestas que conocía. Llovieron las ofertas de ayuda desde toda Italia y desde algunos países extranjeros se movilizaron muchas asociaciones, se organizaron rastrillos donde vender cosas superfluas e incluso grupos de niños pudientes entregaron el dinero que sus padres les daban como paga. A él, como le gustaban las cosas claras, todas estas donaciones las hizo públicas, colocando una lista de ayudas en las puertas de la parroquia. Para llevar a cabo las actividades del Centro, se contó con la ayuda de las “Hermanitas de los Pobres de Santa Catalina de Siena”, y el 29 de enero de 1993 se inauguró oficialmente.

Una de las primeras actividades del Centro – sólo veinte días después de su inauguración – fue la celebración de una charla coloquio sobre “La Iglesia y la Mafia: la cultura del servicio y del amor contra la cultura de la mala reputación”, y eso provocó su sentencia de muerte. Él, durante toda su vida, se enfrentó valientemente a la Mafia y a los políticos corruptos, y éstos no podían consentir que un simple cura les quitara su cantera de mano de obra. La “Cosa Nostra” encargaba a los chavales recoger el dinero de las pequeñas extorsiones a los comercios, les hacía participar en el menudeo de la distribución de la droga y hasta en ciertos actos de violencia, como la rotura de cristales o quemas de coches de quienes se oponían a pagar estos impuestos mafiosos. Don Pino estaba empeñado en sacar de esta dinámica a los jóvenes del barrio, y esto le costó la vida. Él trabajaba gustoso: “Si cada uno hace algo, todo puede cambiar”, y en gran parte lo consiguió porque, con su sacrificio, salvó a cientos de chavales de convertirse en asesinos, dando esperanzas a un barrio que estaba sometido a unos criminales.

Antonio Barrero

Bibliografía:
– AQUINO, C. y MONTELLARO, E.M., “Padre Pino Puglisi, il samurai di Dio”, Trapani, 2013
– DELIZIOSI, F., “Bibliotheca sanctórum, II Appendice”, Città N. Editrice, Roma, 2000.
– VIOLA, A. y VITELLARO, R., “La missione di 3P”, Roma, 2013.

Enlace consultado (07/04/2014):
– http://www.padrepinopuglisi.diocesipa.it/

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

7 pensamientos en “Beato José Puglisi, sacerdote asesinado por la Mafia (I)

  1. Conocí la vida de este Beato precisamente con su beatificación. Pero ya lo había escuchado de referencias.
    No hay duda que hay estructuras de poder con valores verdaderamente anticristianos. Y quien se enfrenta a ellos con el evangelio en mano es porque tiene una vocación de profeta. Y ya sabemos el fin de un profeta. Aunque… Para los cristianos, el dolor y la muerte no tiene la última palabra.
    Es triste que en todas partes se valgan de los muchachos para abusar de ellos: económicamente, sexualmente, políticamente. En muchas partes se les ha convertido en carne de cañón. Este gérmen de maldad sembrado en sus almas sin duda se multiplica en las generaciones posteriores y los males resultantes se refinan.
    La figura de Don Pino Puglusi es la figura que el Espíritu Santo ofrece en tiempos y lugares conforme a sus necesidades. En su caso el martirio fue consecuencia de promover la verdad y evitar el abuso con los inocentes.
    Todavía necesitamos en muchas partes de santos y beatos, que como Don Puglusi, sean profetas y testigos. Quiera Dios seguir suscitando mensajeros valientes, sin pelos en la lengua, decididos y con los pantalones bien puestos.
    Si Él da la prueba y la misión, también da la fuerza y la decisión.

    • También para mi fue un ejemplo a seguir porque tuve conocimiento de él y de su trabajo a favor de la juventud cuando aun vivía. Es verdad que en Sicilia – y Nápoles – alguna parte del clero, posiblemente minoritaria, sea condescendiente con la mafia e incluso se haya aliado con ella, pero no es menos cierto que también hay sacerdotes, religiosos y seglares valientes que le presentan cara. De hecho, más de un sacerdote ha caido en manos de estos mafiosos que los han torturado y asesinado. Don Pino no fue el único.

      Este beato del que hoy tratamos y que estoy seguro sirve de ejemplo a la jerarquía y clero siciliano, fue realmente un buen pastor que supo entender la predilección que tuvo el Maestro hacia los niños, jóvenes y más débiles. Fue consecuente y recibió lo que estaba seguro que iba a pasarle. Lo avisaban del peligro que corría, pero él, lejos de amedrentarse, se esforzaba aun más en su trabajo. Hoy goza de la presencia de Dios como un verdadero mártir que derramó su sangre por defender a la juventud.

  2. He aquí un pastor según el corazón de Jesús. Preocupado por las necesidades primarias, las espirituales así como educar e inculcar valores a los jóvenes. De estos sacerdotes necesitamos hoy. Un sacerdote de nuestro tiempo.

    • Quién dirija sus pasos hacia el sacerdocio y no tenga clara que su misión es evangelizar, defender a los débiles, educar en las virtudes humanas y cristianas a quienes estén bajo su cuidado y no esté dispuesto a realizar esta tarea hasta sus últimas consecuencias, es mejor que cambie de rumbo, se dedique a otra profesión y viva su cristianismo de otra manera, aunque, eso si, siempre comprometida.
      Sacerdotes santos como don Pino es lo que el Pueblo de Dios necesita y, aunque no los veamos, hay más de los que a simple vista parece.

  3. Como profesora joven de educación secundaria, me gustaría saber a qué te refieres cuando dices que el Beato confrontó sus métodos de trabajo con ellos y que estaban imbuidos de vientos izquierdistas. También porque mis ideas podrían encuadrarse en una ideología de izquierdas, aunque personalmente detesto las etiquetas y lo que me interesa son las ideas en sí, no dónde puedes clasificarlas.

    Sobre el tema de la mafia, casi que prefiero hablarlo mañana.

    • Ana Maria,
      Tú, como yo, sabes que en las décadas de los cincuenta y sesenta del siglo pasado aparecieron muchos grupos y asociaciones defendiendo los derechos humanos, sociales, laborales y políticos de las clases trabajadoras. Unos eran de tendencia marxista, otros eran troskistas, otros maoístas y otros, simplemente cristianos como la HOAC. Usando casi los mismos métodos aunque con motivaciones distintas, trabajaban desde las bases sociales para defender los intereses de los débiles. Incluso algunos, asumían al mismo tiempo varias ideologías y se dedicaban a esta labor social.
      Yo, por ejemplo, que siempre he sido un cristiano convencido y practicante, militaba en un partido marxista y era el responsable máximo de un sindicato marxista en mi provincia, por lo que más de una vez tuve que pisar la comisaría y otras me libraba porque un jesuita me escondía. Eso era así y mucho más complicado, como por ejemplo ¿te acuerdas de los curas obreros?

      Nuestro beato, compartía ideales sociales y de justicia con otros profesores de izquierda, con la diferencia de que él se basaba única y exclusivamente en la doctrina social de la Iglesia y en el Evangelio y muchos de los otros, en otras teorías políticas. Compartían objetivo: liberar a los pobres, pero podían en muchas ocasiones diferir en los métodos. Yo, por ejemplo, he participado y convocado multitud de huelgas, he negociado cientos de convenios colectivos, he repartido miles de panfletos, he asistido a cientos de reuniones clandestinas, pero jamás se me pasó por la cabeza utilizar otros métodos violentos – que había quienes los usaban -, y que en el fondo, aunque inadecuados, perseguían el mismo fin social. Ahí estaba la confrontación de métodos de trabajo con quienes tenían un objetivo común, que era proteger a los débiles. En este terreno, yo comprendo perfectamente a nuestro Beato porque he pasado por situaciones parecidas.

      • Gracias, amigo. Pues eso es lo que necesitamos, más sacerdotes que colaboren y menos que pongan la zancadilla porque no se hace lo que ellos quieren, como por desgracia es la tónica general del clero español, particularmente la jerarquía.

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