Beatos Mario Vergara e Isidoro Ngei Ko Lat, mártires

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Montaje fotográfico de los dos beatos.

Montaje fotográfico de los dos beatos.

Mario Vergara e Isidoro Ngei Ko Lat fueron beatificados el pasado 24 de mayo en la catedral de Aversa (Caserta), Italia. El catequista birmano había sido asesinado junto al sacerdote misionero italiano. Los obispos de la Iglesia de Myanmar (la antigua Birmania), han definido sus beatificaciones como “un gran aliento para toda la comunidad católica de Myanmar a fin de vivir una fe más en conformidad con el Evangelio y para testimoniarla con más coraje y heroicidad, siguiendo el ejemplo del catequista Isidoro que no dudó en dar su vida junto con el padre Mario en defensa del Evangelio”.

Mario Vergara nació en la localidad napolitana de Frattamaggiore, el día 18 de noviembre del 1910. Después de estudiar en el seminario menor de los jesuitas en Posillipo (Nápoles), fue admitido en el Pontificio Instituto de Misiones Extranjeras, donde fue ordenado de sacerdote por el beato cardenal Alfredo Ildefonso Schuster, el 28 de agosto del 1934 y un mes más tarde, partió hacia Birmania – que era una colonia británica – siendo destinado a la diócesis de Toungoo. Al año siguiente, le confiaron el distrito de Citació, en las montañas y bosques de Sokú, donde habitaban las tribus carianas. Lo pasó realmente mal, careciendo de todo lo indispensable para poder vivir y sufriendo las consecuencias de una epidemia de ratas, pero él se dedicó a visitar a los enfermos, a atender a los pobres y con la ayuda de las Hermanas de la Reparación, atendía a casi un centenar de niños en su orfanato y pequeño hospital. En el año 1941, durante la Segunda Guerra Mundial, fue hecho prisionero e internado junto con otros sacerdotes italianos, en el campo de concentración de Dehra Dum que los ingleses tenían en la India, aunque, fuertemente debilitado y con un riñón menos, volvió a Birmania en el 1946.

En Birmania, se ofreció al obispo de Toungoo a fin de que se abriera un nuevo distrito misional entre los carianos al este de Loikaw, junto al río Salween. Allí, nuevamente careció de todo y aunque era fuertemente hostigado por los protestantes baptistas, se dedicó a recorrer a pie todos los poblados atendiendo a todos, fueran o no cristianos y a aprender la lengua de los nativos. Dos años más tarde, recibió la ayuda de otro misionero italiano – el padre Pietro Galastri – y ambos, se dedicaron a construir orfanatos, escuelas, centros de salud e iglesias, pero cuando en el año 1948, Birmania se independizó de Inglaterra, se inició una guerra civil – que duró cinco años – entre los partidarios del gobierno birmano y las tribus carianas, que querían independizarse.

Diseño de la medalla conmemorativa de la beatificación.

Diseño de la medalla conmemorativa de la beatificación.

Los misioneros baptistas, que habían llegado a Birmania antes que los católicos y se habían introducido entre los notables de las tribus, aprovecharon la oportunidad para subvencionar a los guerrilleros carianos que querían independizarse del gobierno de Rangoon, apoyado por la población mayoritaria birmana y por los monjes budistas. El padre Mario se vio envuelto en el conflicto y se dedicó a condenar estos desórdenes que lo único que traían era destrucción y muerte y que estaban condenados a fracasar ya que nunca conseguirían independizarse de los birmanos ni recibir el reconocimiento de la comunidad internacional. Como consecuencia de este trabajo activo a favor de la paz, se granjeó el odio de los rebeldes carianos – enemigos ancestrales de los birmanos – y el hostigamiento aún mayor de los misioneros baptistas.

El 24 de mayo del año 1950, el padre Mario fue al centro de Shadaw junto con el catequista Isidoro – de quien hablaremos más adelante -, a fin de convencer al jefe del distrito para que liberase al catequista Giacomo Colei, que había sido hecho prisionero. Pero allí se encontró con el comandante Richmond, jefe de los rebeldes, quién después de interrogarle arrestó tanto al misionero como al catequista. Durante toda la noche los hicieron caminar por la jungla hacia un lugar desconocido y, a orillas del río Salween, al amanecer del día 25, los fusilaron. Metieron sus cuerpos en unos sacos, que tiraron al río y que nunca fueron encontrados. Al padre Pietro Galastri, también lo arrestaron mientras estaba rezando en la capilla del orfanato de la misión, siendo también asesinado y tirado al río. Este sacerdote, aunque ahora no ha sido beatificado, tiene también incoada su Causa. Hay quienes afirman que la detención del catequista Giacomo Colei fue una trampa tendida al padre Mario, ya que al llegar a Shadaw no se encontraron con el jefe religioso del distrito y sí con el comandante Richmond, que no sólo odiaba a los misioneros, sino que incluso estaba enemistado con el jefe de Tiré.

Pero hasta ahora hemos escrito solamente sobre el padre Mario y no hemos dado ninguna pincelada sobre su compañero de martirio, el catequista Isidoro Ngei Ko Lat. Isidoro colaboraba como catequista con el misionero italiano, el cual, mediante unas cartas dirigidas a sus superiores, cuenta la maravillosa ayuda que recibía de este ejemplar seglar birmano, que había sido bautizado en Taw Pon Athet – su lugar de nacimiento – el día 7 de septiembre del año 1918. Isidoro pertenecía a una familia de campesinos, que había sido convertida al catolicismo por el Beato Pablo Manna. Siendo un adolescente perdió a sus padres y se fue a vivir con un hermano más pequeño a casa de una tía. Como desde muy niño frecuentaba la misión y ayudaba a los misioneros, sintió la llamada al sacerdocio logrando ingresar en el seminario menor de Toungoo, donde se mostró como un buen estudiante, muy religioso: un joven ejemplar, serio, honesto y humilde.

Ceremonia de la beatificación.

Ceremonia de la beatificación.

Pero físicamente era muy débil, ya que padecía de asma y de los bronquios, por lo que tuvo que abandonar el seminario y volver con su tía. Desilusionado por no poder ser sacerdote, no se desanimó y se dedicó por completo a evangelizar como seglar, por lo que decidió ser célibe y ayudar en la misión. En un viaje que hizo a Dorokhó, abrió una especie de escuela gratuita donde se dedicó a enseñar a los niños carianos el catecismo, música y los idiomas birmano e inglés. De esta manera se granjeó el cariño de todos.

En el año 1948, el padre Mario estaba buscando un catequista, encontró a Isidoro, se lo propuso y él inmediatamente aceptó, ejerciendo sus servicios en Shadaw, una población de campesinos analfabetos de la Birmania oriental (actual Myanmar), muy influenciada por los misioneros baptistas y que odiaban a muerte a los misioneros católicos. Los baptistas más fanáticos intimidaban a los misioneros y a los catequistas que trabajaban con ellos; eran bandas armadas capitaneadas por el comandante Richmond y por el jefe del distrito de Tiré. Pero los misioneros católicos y sus catequistas seguían evangelizando y así, desde 1948 hasta el momento del martirio, ambos permanecieron juntos trabajando por el bienestar social, cultural y religioso de aquellos nativos y como el padre Pietro Galastri no conocía la lengua local, Isidoro se la enseñaba y le servía de intérprete.

El proceso de beatificación lo inició en el año 2003, el obispo de Loikaw, monseñor Sotero Phamo, hijo de otro catequista colaborador del padre Mario Vergara. El 9 de diciembre del año 2013, el Papa Francisco autorizó la promulgación del Decreto de Martirio y finalmente, como dije al principio, ambos mártires fueron beatificados el 24 de mayo. El beato Isidoro Ngei Ko Lat es el primer birmano elevado al honor de los altares.

Antonio Barrero

Enlaces consultados (15/06/2014):
http://www.asianews.it/noticias-es/Hacia-los-altares-Isidoro-Ngei-Ko-Lat,-primer-beato-birmano-y-Mario-Vergara,-19-m%C3%A1rtir-del-Pime-30915.html
http://www.pimeitm.pcn.net/verbea.htm
http://it.wikipedia.org/wiki/Mario_Vergara

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Santa Apolonia: dos cuestiones

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Grabado de la Santa, obra de Adriaen Collaert.

Grabado de la Santa, obra de Adriaen Collaert.

Santa Apolonia según Joan Amades
En las tradiciones locales sobre los santos nos encontramos a veces con cuentos populares y relatos orales curiosos que reflejan cómo, a fin de cuentas, la mayoría de lo que sabemos sobre los santos de la antigüedad son construcciones orales muy posteriores a la existencia de ellos, fruto de la fantasía de los devotos, y que dicen realmente muy poco o nada sobre tales personas en cuestión.

Especialmente llamativo es el caso de Santa Apolonia, virgen y mártir (9 de febrero) en la tradición hagiográfica catalana. Joan Amades, en su obra Costumari català: el curs de l’any (Barcelona Salvat, 1950, vol. 1, pp. 744-745) nos relata una versión de la vida de la mártir alejandrina que es tan infundada como disparatada, además de muy cuestionable hoy en día. Tal relato dice que Apolonia nació en Barcelona (España) y que estaba casada con un hombre de mal genio, cabezota y furioso, que nunca estaba satisfecho con nada de lo que hacía y le pegaba constantemente. Cansada de aquella vida miserable, se hizo monja dominica. Pasado un tiempo, se le apareció Jesucristo cargado con una inmensa cruz que arrastraba trabajosamente. Tras tres días de repetida visión, Apolonia quiso ofrecerle su ayuda, pero Jesús respondió: “Apolonia, Apolonia, ¿cómo quieres ayudarme a llevar mi cruz si no puedes llevar la tuya?” Con estas palabras entendió que debía volver a casa y asumir estoicamente el sufrimiento que le había tocado. Allí, según Amades, “su marido, cuando la vio, sin decirle palabra le arreó un par de bofetadas tan fuertes que le saltó todas las muelas y todos los dientes de la boca”.

Con este relato, cargado de una atroz misoginia, típica de la época medieval, explicaban los lugareños el patronazgo de Santa Apolonia sobre los dolores de muelas. Naturalmente esta barbaridad no tiene que ver con la mártir auténtica, que vivió en el siglo III de nuestra era y fue martirizada en Alejandría de Egipto, y cuyo relato verídico conocemos por una carta del obispo local, Dionisio. Pero si parece un disparate inventar estas historias sobre santos populares bastante conocidos, el ejemplo sirve para pensar cuántas de las historias y relatos que conocemos de los santos no tendrán un origen tan simple y arbitrario como ésta, y hasta qué punto podemos decir que sabemos algo de los santos de esas épocas tan tempranas. Valdría la pena hacer una reflexión sobre ello, especialmente recomendada para aquellos que se escandalizan tan fácilmente con visiones críticas y realistas sobre leyendas tardías e infundadas, que ellos creen intocables simplemente porque son “de toda la vida”.

Se podría decir mucho más de este tema, especialmente haciendo hincapié en la tendencia en muchas zonas a apropiarse de un santo haciéndolo nativo de la región, pero de momento lo dejaremos aquí. Gracias a Joan Arimany Juventeny, administrador de La Devocioteca, por permitirme usar la información de Amades.

Para más información sobre Santa Apolonia –la de verdad- consultar esta sección.

Martirio de la Santa. Grabado para la edición francesa de "Lives of the Saints".

Martirio de la Santa. Grabado para la edición francesa de “Lives of the Saints”.

El martirio de Santa Apolonia
Pregunta: “…en menos de lo esperado Santa Apolonia salta por voluntad propia a la hoguera ardiente para evitar renunciar a su amada religión. Los perseguidores junto al gobernador quedaron atónitos al ver que a pesar del fuego, las llamas no la consumían ni le hacían daño alguno, al verlo trataron incansablemente de golpearla para que muriera, pero la mano del Altísimo la protegía. Finalmente fue degollada…” EXTRAIDO DE INTERNET, como lo que aquí leemos. ¿A quién le creemos? Dios nos bendiga. España

Respuesta: Sí, Dios nos bendiga a todos, y gracias por compartir su inquietud. En primer lugar, todos debemos tener presente que las fuentes disponibles por Internet no son, en la mayoría de los casos, nada fiables. Por ello, y dejando modestia aparte, en lo que a esta humilde servidora se refiere, siempre trato de recurrir a fuentes bibliográficas con referencias fiables, porque hoy día cualquiera puede escribir lo que guste, como guste, y donde guste.

Respecto a Santa Apolonia, sólo existe un único documento fiable respecto de su martirio: la carta que San Dioniso, obispo de Alejandría, escribió a las comunidades cristianas extranjeras para relatar el motín en esta capital egipcia. Si él no hubiera escrito esa carta, no hubiéramos podido saber jamás de la existencia de Apolonia, como tampoco la de Quinta, Metrano, Serapión, Amonaria, Mercuria y Dionisia, entre otros mártires que fueron masacrados allí. Fuera de esta carta no existe ninguna referencia que sea fiable, y únicamente los textos que se basan fielmente en esta carta son dignos de atención. El texto que usted adjunta no lo hace, y por tanto no debe ser tomado en serio.

En primer lugar, el que ha escrito eso se ha sacado al gobernador de la manga, por lo que parece. Apolonia no fue víctima de ningún proceso judicial legalmente establecido por la ley romana, sino de un linchamiento popular. Y esto lo dice Dionisio al inicio de su carta (y cito textualmente): “La persecución entre nosotros no comenzó con el edicto imperial, sino que se le adelantó un año entero. Una adivino y hacedor de maldades de esta ciudad tomó la delantera, azuzando contra nosotros a las turbas paganas y encendiendo su ingénita superstición. Excitados por él y con las riendas sueltas para cometer toda clase de atrocidades, no hallaban otra manera de mostrar su piedad para con sus dioses sino asesinándonos a nosotros”. Como puede ver, no queda lugar para la duda. No hubo ningún gobernador ni otro oficial público presente. Quien ha escrito eso se lo ha inventado.

Martirio de la Santa. Grabado para una Vida de los Santos en edición española.

Martirio de la Santa. Grabado para una Vida de los Santos en edición española.

Sobre el martirio de Apolonia también nos da Dioniso suficientes referencias para no dudar de ello. Él, naturalmente, no estaba presente en el momento en que sucedió –lo hubiesen matado a él el primero, en su calidad de obispo- sino que había huido a esconderse en el desierto, pero cuando regresó lo averiguó a través de supervivientes u otros confidentes. No tenemos por qué dudar de su palabra, y de nuevo le citamos textualmente: “Prendieron a la admirable virgen, anciana ya, Apolonia, a la que le rompieron a golpes todos los dientes y le destrozaron las mejillas (…) Encendieron una hoguera a la entrada de la ciudad y la amenazaron con abrasarla viva, si no repetía a coro con ellos las impías blasfemias lanzadas a gritos”. Apolonia decide arrojarse al fuego voluntariamente antes que ser obligada a blasfemar o seguir siendo torturada, y entonces añade Dioniso: “… quedáronse los paganos boquiabiertos y conmocionados, al ver que aquella admirable mujer había sido más rápida en ir a la muerte que ellos en dársela.”

Con esto se acaban las referencias a Apolonia en la carta de Dioniso. Ya no la vuelve a mencionar, y por tanto, todo lo que vaya más allá de estos fragmentos expuestos, es pura invención. Esa hermosa disertación de que el fuego no la consumía, los golpes no la herían y finalmente hubo que degollarla, es un añadido posterior, absolutamente fantástico, que tiene intenciones devotas y piadosas, pero que no responde a la realidad. Es una constante que se repite en la mayoría de las actas de mártires, especialmente mujeres y vírgenes, lo que es el colmo (según mi opinión personal) es que también lo digan en las actas de Apolonia, cuando tenemos una prueba documental irrefutable. De haberse dado algún prodigio, y esto vale para todos los casos, hubiese quedado recogido en las fuentes más antiguas: no olvidemos que los paganos eran sumamente supersticiosos y siempre registraban aquello que no sabían explicar como portento sobrenatural digno de temor y respeto. Ninguna acta antigua da muestra de semejantes prodigios, luego son todo añadidos posteriores para excitar el fervor del fiel.

Lo lógico es pensar que Apolonia quedó reducida a cenizas en pocos instantes, y que éstas fueron esparcidas por sus verdugos. Se ha dicho que los fieles recogieron los dientes destrozados, pero es difícil de demostrar y menos sabiendo que actualmente hay hasta 500 dientes que se veneran diciendo que son de ella.

Martirio de la Santa. Ilustración infantil para "El Santo de Cada Día", obra de Rafael López-Melús.

Martirio de la Santa. Ilustración infantil para “El Santo de Cada Día”, obra de Rafael López-Melús.

Así que, como ve, ese pequeño texto no merece la menor credibilidad. No digo que hubiese mala intención al redactarlo, pero yo defiendo que es indigno empañar la belleza de una verdad expresada en pocas líneas que es la prueba irrefutable de la existencia de una mártir –de otras no tenemos tanto, por cierto, y se han venerado más- con relatos fantásticos y supersticiones por el estilo. Dioniso dice más verdad en siete líneas que todos los grandes hagiógrafos medievales en quince tomos. Es en esa sencillez donde está la verdad, la realidad supera siempre cualquier ficción.

Meldelen

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Santa Apolinaria la Sinclética

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Icono ortodoxo griego de la Santa.

Icono ortodoxo griego de la Santa.

De esta Santa eremita no existen fuentes históricas seguras y las narraciones que poseemos provienen de unos bonitos romances. Según estos, Santa Apolinaria era hija de un importante funcionario de la administración de Roma – hay quienes dicen que era hija del emperador griego Artemio (467-472) – que se distinguió tanto por su belleza física como por su piedad como buena cristiana. Durante los años de su juventud, hizo una peregrinación a Tierra Santa acompañada de varios esclavos. Allí conoció a unos monjes palestinos y egipcios, decidiendo hacer voto de virginidad y permanecer en aquellas tierras. Dejó en libertad a sus esclavos después de entregarles grandes sumas de dinero, no volvió a Roma, sino que se marchó a Alejandría; donde, disfrazada de hombre, ingresó en un eremitorio, tomando el falso nombre de Doroteo y poniéndose bajo la dirección de San Macario.

Cuando llevaba un cierto tiempo en el eremitorio, se enteró de que una hermana suya estaba atormentada por un espíritu inmundo, por lo que, con el permiso del abad, volvió a Roma a fin de sanar a su hermana. Hecho esto, sus familiares y amigos la presionaron para que se quedara en la Ciudad Eterna, pero ella regresó a Egipto, donde continuó llevando una intensa vida de oración y penitencia. Después de su muerte, y por intervención divina, se conoció cuál era su sexo.

Este tema de una mujer disfrazada de hombre para ingresar como monje en un monasterio no es nuevo. Ya tratamos de un caso parecido cuando escribimos sobre Santa Marina-Marino, siendo un tema relativamente frecuente cuando se trata de narraciones legendarias, escritas para satisfacer los deseos románticos de determinados lectores medievales. Sea una Santa real o sea ficticia, el Martirologio Romano la conmemora el día 5 de enero.

Dicho todo esto – que reconozco que es poco – me tomo la licencia de tratar algunos temas relacionados con este relato. Dios creó al hombre como un ser libre, dándole el libre albedrío y la libertad de elección. Dios no creó a esclavos y a amos, a ricos y a pobres, sino que esta diferencia de clases son el resultado de un mal uso que los hombres hemos hecho de nuestra libertad a lo largo de la historia. En un principio, el hombre estaba integrado en Dios, pero se rebeló contra Él y esto trajo consigo las desigualdades y la discriminación, la explotación del hombre por el hombre, la esclavitud.

Sinaxis de los santos Teonas obispo, Teopentos y Apolinaria, celebrados el 5 de enero.

Sinaxis de los santos Teonas obispo, Teopentos y Apolinaria, celebrados el 5 de enero.

Cuando Cristo instituyó su Iglesia, en el contexto geográfico donde Ella empezó a crecer, existían hombres libres y esclavos; unos tenían todos los derechos mientras que otros no tenían ninguno. El cristianismo se extendió y lo hizo más entre las clases bajas que entre las clases nobles. Es verdad que el libro de los Hechos de los Apóstoles nos pone de manifiesto que, ante esta desigualdad económica, todo lo ponían en común e incluso, los que tenían bienes o dinero, lo ponían en manos de los apóstoles para que lo distribuyeran entre los pobres: “Todos los que habían creído estaban juntos y tenían en común todas las cosas; y vendían sus propiedades y sus bienes repartiéndolo entre todos, según la necesidad de cada uno” (Hechos, 2, 44-45).

Aún así, en la sociedad romana – y en muchas otras – seguían existiendo esclavos y libres, dándose el caso de que muchos nobles cristianos mantenían el servicio de los esclavos, que fueron, poco a poco, con el paso del tiempo, convirtiéndose en hombres y mujeres libres. Santa Sinclética nos da ejemplo de ellos, pero fijémonos que ya estábamos en el siglo IV, cuando el cristianismo era la religión del Imperio. Por desgracia la esclavitud fue abolida en los países civilizados en los siglos XVIII-XIX, pero aun continúa vigente en muchos otros países. El egoísmo humano y la falta de sensibilidad ha llevado a muchos cristianos a convivir con esta circunstancia, el comercio de esclavos aún existe, lo que significa vivir en enemistad con Dios.

El relato-leyenda de Santa Sinclética también nos trae a colación otro tema que no nos es extraño: la posesión por el demonio. Sobre esto habría mucho que hablar porque en la casi totalidad de los casos, se ha tachado de endemoniados a personas que simplemente tenían alguna enfermedad mental, enfermedad que es trágica para la persona que la sufre, pero también para las personas que la rodean. Hay quienes afirman que un demonio puede entrar dentro de una persona y, de hecho, la Iglesia instituyó el orden del exorcista. Yo discrepo completamente porque creo que el demonio – que existe – no tiene poder sobre los hombres, que son criaturas de Dios. El hombre puede hacer un mal uso de su libertad, puede enemistarse con Dios y vivir en pecado, pero eso no implica que el demonio, físicamente, esté dentro de él.

Yo no negaré las palabras de Cristo: “Cuando un espíritu inmundo sale de un hombre, anda por lugares secos buscando reposo, pero no lo halla. Entonces dice: volveré a mi casa de donde salí y, cuando llega, la halla desocupada, barrida y adornada. Y entonces, va y toma consigo a otros siete espíritus peores que él y, entrados, moran allí. Por lo que este último estado de aquel hombre viene a ser peor que el primero. Así acontecerá también a esta mala generación” (Mateo, 12, 43-45), pero creo que nuestro Maestro estaba hablando en parábola. Lo que sí está claro es que, con la ayuda de Dios, si queremos, podemos vencer todas las tentaciones que nos surjan por el camino.

Icono ortodoxo griego de la Santa.

Icono ortodoxo griego de la Santa.

Y por último: el travestismo monacal, o dicho de manera más suave, el que una mujer se disfrace de hombre para entrar en un monasterio. Ya lo hemos dicho antes: la hagiografía nos expone varios casos, algunos de ellos incluso con el consentimiento de la familia de la persona que se disfraza. Aunque este tema está muy ligado a la leyenda, es muy posible que se hayan dado algunos casos. Si esto ha sido así, posiblemente pudiera explicarse por la inexistencia de monasterios femeninos e imposibilidad de llevar vida monacal en uno masculino. Por eso, estas santas mujeres optaron por este método, pero ¡qué curioso!: no existe ningún caso al contrario.

Antonio Barrero

Bibliografía:
– VV.AA., “Bibliotheca sanctórum, tomo II”, Città N. Edritrice, Roma, 1990.

Enlace consultado (28/05/2014):
– http://www.parembasis.gr/2010/frames_10_12.htm

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

San Josemaría Escrivá de Balaguer, sacerdote fundador del Opus Dei (II)

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Óleo del Santo, obra de Ignacio Valdés. Iglesia de Nuestra Señora de los Angeles, Madrid (España).

Óleo del Santo, obra de Ignacio Valdés. Iglesia de Nuestra Señora de los Angeles, Madrid (España).

“Que tu vida  no sea una vida estéril. Sé útil. Deja poso. Ilumina, con la luminaria de tu fe y de tu amor. Borra, con tu vida de apóstol, la señal viscosa y sucia que dejaron los sembradores impuros del odio. Y enciende todos los caminos de la tierra con el fuego de Cristo que llevas en el corazón”. (Camino, Punto 1. San Josemaría)

Expansión del Opus Dei
Don Josemaría Escrivá, finalizando el conflicto bélico, regresa finalmente a Madrid el 28 de marzo de 1939, en un camión militar. A su paso todo son escombros y ruinas, sobre todo la academia DYA. El Opus Dei se extiende poco a poco por otras ciudades de España. Pero el inicio de la Segunda Guerra Mundial impide su expansión por otras naciones. En 1939, obtiene el título de doctor en Derecho. Recuperó también el puesto de rector del Real Patronato de Santa Isabel y le concedieron ese año el cargo de miembro del Consejo Nacional de Educación, además del puesto de profesor de Ética y Deontología en la Escuela Oficial de Periodismo. En los años posteriores a la guerra muchos obispos le llaman para dirigir ejercicios espirituales. Su fama de buen predicador es bien conocida por todos, y esta tarea le hace recorrer todo el ámbito nacional.

A principios de los años cuarenta, desarrolla la “sección femenina” dentro de la Obra, con mucho esfuerzo. La estructura es igual a la formada por los hombres, aunque separada. Ese mismo año, el obispo de Madrid, don Leopoldo Eijo y Garay, concede la primera aprobación diocesana del Opus Dei. En 1943 don Josemaría Escrivá encuentra una solución jurídica, la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, como medio para llevar el espíritu del Opus Dei a los sacerdotes seculares. Al año siguiente, el obispo de Madrid ordena a los tres primeros miembros del Opus Dei que acceden al sacerdocio: Álvaro del Portillo (próximo Beato), José María Hernández Garnica y José Luis Múzquiz.

En 1946, se traslada a Roma. Su primer viaje a Roma tenía como finalidad inmediata conseguir del Vaticano una aprobación de derecho pontificio que asegurase la secularidad de los miembros del Opus Dei. También se vio en la Ciudad Eterna como el enclave necesario para dirigir la expansión del Opus Dei por todo el mundo. En 1947, recibió el título de prelado doméstico de Su Santidad, lo cual le daba derecho al tratamiento de monseñor. Cristo, María y el Papa eran los grandes amores de su vida. Ahora, por fin, se encontraba en Roma, rezando por el vice-Cristo, como solía llamar al Papa.

El ciclo fundacional parecía terminado. La primera fecha fundacional, la sección de varones, tuvo lugar en 1928; la segunda, la sección de mujeres, en 1930; la tercera, los sacerdotes, en 1943. La incorporación de supernumerarios, formada en su mayoría por hombres y mujeres casados, además de la admisión de cooperadores que podían ser no católicos, no cristianos y no creyentes, tuvo lugar entre 1947 y 1948. A partir de entonces, la organización iba a presentar su fisonomía definitiva. En una ocasión llegaron a decirle a don Álvaro del Portillo que este carisma vocacional ha llegado a la Iglesia con cien años de adelanto. Iniciadas las operaciones jurídicas para el reconocimiento del Opus Dei por parte del Vaticano, en 1947 y 1950, obtuvo la aprobación del Opus Dei como Instituto Secular de derecho pontificio, siendo aprobados sus estatutos en 1950. El nuevo estatus jurídico de la Obra como institución de derecho pontificio facilitó una nueva expansión internacional. En 1949 marcharon los primeros a Estados Unidos y México. Durante la década de 1950, el Opus Dei se estableció en Canadá y otros once países americanos, Alemania, Suiza, Austria, Holanda, Japón y Kenia.

Fotografía del Santo en Roma, año 1946. Al fondo, San Pedro del Vaticano.

Fotografía del Santo en Roma, año 1946. Al fondo, San Pedro del Vaticano.

En 1948 se erigió el Colegio Romano de la Santa Cruz, centro internacional de formación para los varones del Opus Dei. Y en 1952, el Colegio Romano de Santa María, para las mujeres. Estas dos instituciones permitieron que un buen número de miembros de la Obra recibieran formación espiritual y pastoral directamente de Escrivá, a la vez que obtenían la licenciatura o el doctorado en Filosofía, Teología, Derecho Canónico o Sagrada Escritura en alguna de las universidades pontificias de Roma.

Durante los últimos años de la década de 1950 y los primeros de 1960, Escrivá realizó multitud de viajes a capitales europeas para preparar el comienzo del Opus Dei en esos países, a esto se le añadió su nombramiento como miembro honorario de la Pontificia Academia de Teología. Obtiene el doctorado en Teología por la Pontificia Universidad Lateranense y también es nombrado consultor de dos Congregaciones vaticanas. En la década de los sesenta, sigue muy de cerca los preparativos y las sesiones del Concilio Vaticano II, teniendo un continuo trato con los padres conciliares, aunque no participó de una forma directa en las comisiones o sesiones conciliares. Por el contrario, el Secretario General del Opus Dei, don Álvaro del Portillo, desempeñó un papel relevante en los preparativos del Concilio.

Últimos años y muerte
 A partir de los años setenta, San Josemaría, con síntomas evidentes de la edad, comienza a recorrer el mundo en lo que él denominaba “correrías apostólicas” y también “campañas de catequesis”. En 1972 realiza un viaje por la península Ibérica. Durante el verano de 1974, estuvo tres meses en Sudamérica desempeñando un gran labor apostólica. “Allí donde están vuestros hermanos los hombres, allí donde están vuestras aspiraciones, vuestro trabajo, vuestros amores, allí está el sitio de vuestro encuentro cotidiano con Cristo” (San Josemaría). En estos largos y a veces penosos viajes, hacía especial esfuerzo en recordar siempre la necesidad de la conversión, mediante el sacramento de la confesión sacramental. También siempre iba incluida una peregrinación a los principales lugares de devoción mariana de cada país, para rezar a la Virgen, y como él solía decir: “Basta que una persona se reconciliase con el Señor, para tener por buenos los esfuerzos y las incomodidades”.

El Santo encontrándose con el Beato Pablo VI, papa.

El Santo encontrándose con el Beato Pablo VI, papa.

Tal día como ayer, 26 de junio, falleció en su lugar de trabajo a las 12 de la mañana, después de fijar sus ojos en una imagen de la Virgen de Guadalupe que presidía su despacho. La noticia se difundió rápidamente por todo el mundo. Su cuerpo, revestido con ornamentos sacerdotales, fue colocado al pie del altar de Santa María de la Paz, actual iglesia prelaticia del Opus Dei. Comenzaron a acudir centenares de personas —entre ellas, numerosos cardenales y obispos— para rezar ante su cuerpo. Al contemplar su rostro, que desprendía paz y serenidad, muchos recordaron una frase que solía decir en los últimos tiempos: “Os podré ayudar más desde el cielo. Vosotros lo sabréis hacer mejor que yo: yo no soy necesario”. En ese momento el Opus Dei estaba extendido por los cinco continentes, contaba con más de 60.000 miembros de 80 nacionalidades, al servicio de la Iglesia y en plena unión al Papa. Sus restos mortales fueron enterrados en la cripta de la Iglesia prelaticia, bajo una lápida de mármol negro que tenía el simple epitafio de: El Padre.

Fama de santidad y proceso de canonización
Sesenta y nueve cardenales, alrededor de 1.300 obispos de todo el mundo, 41 superiores de órdenes y congregaciones religiosas, sacerdotes, religiosos, representantes de asociaciones laicales, figuras de la sociedad civil y personalidades del mundo de la cultura, de la ciencia y del arte, convencidos de que sería un gran bien para la Iglesia, solicitaron al Santo Padre comenzar su Causa de beatificación y canonización. El 19 de febrero de 1981, el cardenal Ugo Poletti promulgó el Decreto de Introducción de la Causa. El 9 de abril de 1990, el Santo Padre Juan Pablo II declaró las virtudes heroicas del Venerable Siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer; y el 6 de julio de 1991 se leyó, en presencia del Papa, el decreto que sancionaba el carácter milagroso de una curación obrada por su intercesión.

El 17 de mayo de 1992, una gran muchedumbre se congregó en Roma. En la fachada de la Basílica de San Pedro se veían dos tapices con los rostros sonrientes de Josemaría Escrivá de Balaguer y Josefina Bakhita, a los que San Juan Pablo II beatificó en una solemne ceremonia. Durante la homilía el Santo Papa dijo «el Beato Josemaría predicó incansablemente la llamada universal a la santidad y al apostolado».

El 20 de diciembre de 2001, un decreto pontificio reconoció otra milagrosa curación atribuida a la intercesión del Beato Josemaría. Poco tiempo después, el 6 de octubre del año 2002, Juan Pablo II anunció que se inscribiría ese día en el catálogo de los santos a San Josemaría Escrivá de Balaguer. Durante la ceremonia de su canonización, a la que asistieron miles de fieles de todas partes del mundo, San  Juan Pablo II animó a todos a buscar la santidad en medio del mundo, en el trabajo y la vida ordinaria, tal como lo enseñaba el nuevo Santo, y siguiendo su ejemplo; denominando a San Josemaría como “el Santo de lo ordinario”. Hoy en día, la urna-relicario que contiene sus restos está expuesta a la veneración de todos los fieles, debajo del altar mayor de la iglesia prelaticia de Santa María de Paz, donde cientos de personas pasan a diario para pedir su intercesión.

Vista del altar mayor de la iglesia de Santa María de la Paz, Roma (Italia). En el altar está el sepulcro del Santo.

Vista del altar mayor de la iglesia de Santa María de la Paz, Roma (Italia). En el altar está el sepulcro del Santo.

Obras de San Josemaría
A lo largo de su vida, San Josemaría escribió muchas obras para ayudar espiritualmente a todos sus hijos y demás personas que buscasen a Cristo en medio del mundo. La obra principal es Camino, pero es cierto que existen otras que, posteriormente a su muerte, se editaron. Se trata de Surco, Forja, Via Crucis, Santo Rosario, Es Cristo que pasa, etc. Todas ellas son de un incalculable valor espiritual.

David Garrido

Enlaces consultados (26/06/2014):
http://www.es.josemariaescriva.info/
http://es.wikipedia.org/wiki/Josemar%C3%ADa_Escriv%C3%A1_de_Balaguer
http://www.opusdei.es/

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

San Josemaría Escrivá de Balaguer, sacerdote fundador del Opus Dei (I)

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Estatua del Santo en la Basílica de San Pedro del Vaticano, Roma (Italia).

Estatua del Santo en la Basílica de San Pedro del Vaticano, Roma (Italia).

“O sabemos encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca”. (San Josemaría)

Infancia y juventud
El nueve de enero de 1902 nace en Barbastro (Huesca, España) el niño Josemaría: es el segundo hijo de los seis que tuvo el matrimonio formado por José Escrivá y María Dolores Albás, matrimonio joven de comerciantes y fervientes católicos. Éstos pronto vieron truncada la felicidad del hogar cuando, a muy temprana edad, murieron tres de sus hijos. El día trece de ese mismo mes recibió las aguas del bautismo en la catedral de Barbastro, donde se le impusieron el nombre de José María Julián Mariano Escrivá de Balaguer y Albás. El niño Josemaría creció feliz, despierto y observador. Cuando contaba con muy pocos años, sufrió una severa enfermedad que hizo temer por su vida. Tras su recuperación, sus padres lo llevaron en peregrinación a la ermita de Torreciudad, en cumplimiento de una promesa a la Virgen María para que intercediese por su curación, y de tal manera intercedió, que el niño se salvó de una muerte casi segura. Josemaría, apenas recuperado, decía a su madre: “El próximo año me toca morir a mí”. “No te preocupes, hijo mío”, le tranquilizaba doña Dolores, “tú estás ofrecido a la Virgen y Ella te guardará para algo grande”.

En  el año 1914 cayó económicamente el negocio familiar de don José, que era un comercio de tejidos local, quedando la situación económica muy incierta. El matrimonio y sus tres hijos tuvieron que trasladarse a la cercana ciudad de Logroño, donde don José encontró un trabajo como dependiente. El joven Josemaría continuó estudiando hasta acabar el bachillerato. En las Navidades de 1917, un hecho aparentemente anodino cambió el horizonte de su vida. Después de una fuerte nevada, al ver las huellas en la nieve de unos pies descalzos que venían de un carmelita descalzo, Josemaría experimentó en su alma una profunda inquietud divina, que le suscitó un fuerte deseo de entrega, purificación, comunión diaria, etc. Esto fue, el origen de su vocación sacerdotal.

Decidido a hacerse sacerdote, con diecisiete años ingresó en el seminario de Logroño, como alumno externo, en el mes de octubre de 1918. Al término del verano de 1920, se trasladó al seminario de San Carlos de Zaragoza. Aquí pronto destacó por su don de gentes, por sus cualidades espirituales y morales, por su buen humor, además de su inteligencia; así lo recordaron algunos de sus compañeros del seminario, además del arzobispo y cardenal Soldevilla (quien pocos años después muriera mártir). El joven seminarista se acercaba todos los días con puntualidad a la Basílica del Pilar y le confiaba sus afanes e inquietudes íntimas a la Virgen: “Y yo, medio ciego, siempre esperando el porqué. ¿Por qué me hago sacerdote? El Señor quiere algo; ¿qué es? Y con un latín de baja latinidad (…) repetía: Domine, ut videam! Ut sit! Ut sit! (Que sea eso que Tú quieres y que yo ignoro)”.

Fotografía del Santo, reproducida como estampa devocional.

Fotografía del Santo, reproducida como estampa devocional.

En las navidades de 1922 recibió los grados de ostiario y lector, junto con otros dos de exorcista y acólito. Sus superiores apreciaron sus dotes, nombrándolo inspector del seminario; este hecho fue insólito: designar a un seminarista y no a un sacerdote para este cargo nunca antes había sucedido. En 1923, con permiso de sus superiores y siguiendo el consejo de su padre, comienza los estudios de Derecho en la Universidad Civil de Zaragoza. Cuando todo estaba preparado para la ordenación, Josemaría recibió un aviso inesperado: su padre, don José Escrivá, muere el 27 de noviembre de 1924. El 28 de marzo de 1925 Josemaría Escrivá fue ordenado sacerdote en la capilla del Seminario. El día 30 celebró su primera misa en la basílica del Pilar, en sufragio por el alma de su padre. Ya ordenado, comenzó a ejercer el ministerio en varias parroquias rurales, como primer destino Perdiguera (Zaragoza), y luego en Zaragoza, donde concluyó su carrera de derecho. En 1927 se trasladó a Madrid para realizar los estudios del doctorado. En la capital, fue desarrollando una labor sacerdotal sin igual, sobre todo en los barrios periféricos y ambientes más necesitados. Andaba de una parte a otra de la ciudad para administrar los sacramentos, y no faltaban las catequesis diarias a miles de niños que se preparaban para la primera comunión.

Fundación del Opus Dei
Don Josemaría, como lo llamaban, en estos años al frente del patronato de enfermos de Madrid, trataba sacerdotalmente a muchas personas de diversos ambientes sociales. Dedicó las mejores horas de su juventud a la atención de numerosos enfermos y niños desvalidos. Al mismo tiempo trataba con muchas otras personas: alumnos y profesores universitarios, obreros, dependientes de comercio, religiosos, artistas, etc. A pesar de esto intuía, ciertamente, que el proyecto de Dios para él no estaba en aquel apostolado de la caridad, aunque lo realizaba con incansable escuerzo y con todo su corazón. Deseaba cada vez más urgente de llevar el calor del amor de Cristo a todas las criaturas. Repetía muchas veces esta palabras del Evangelio: “Fuego he venido a traer a la tierra. ¿Y qué quiero sino que arda?”.

El 2 de octubre de 1928, se encontraba en un retiro espiritual en la Casa Central de de los Paúles de Madrid y, mientras tocaban las campanas de la vecina iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles, don Josemaría «vio» que Dios le pedía que difundiese en todo el mundo la llamada universal a la santidad, que cristianos de todas las razas y naciones, culturas y mentalidades, buscaran a Dios en su vida ordinaria, en su familia, en su trabajo, en su descanso, en la fábrica, en el campo: en todas las profesiones honradas de la tierra; Dios quería que se le conociera y que se viviera la santidad en el trabajo ordinario, en medio del mundo, sin cambiar de estado, abriendo de esta forma un nuevo camino dentro de la Iglesia: el Opus Dei (que en latín significa «Obra de Dios»). Desde ese día, mientras continúa con el ministerio pastoral que tiene encomendado en aquellos años, trabaja en solitario en el desarrollo de la organización. Empieza a contactar con personas de diversas profesiones (artistas, profesores, obreros, sacerdotes, pequeños empresarios…), y a la vez ofrece oraciones y mortificaciones para esta misión fundacional que Dios le confió por inspiración divina.

Fotografía del Santo con los primeros miembros del Opus Dei, en la academia DYA.

Fotografía del Santo con los primeros miembros del Opus Dei, en la academia DYA.

Al principio, don Josemaría Escrivá creyó que el Opus Dei estaba previsto sólo para hombres, siendo así una congregación masculina, pero algunos años después, en 1930, según él mismo cuenta, Dios le hizo ver que también estaba destinado a mujeres. En los años treinta de este siglo XX, son sólo uno pocos los que se unen a esta llamada, “voz de Dios”. Y él mientras tanto pide oraciones, hace pesquisas, escribe cartas pidiendo información. Cada día que pasa tiene más clara la originalidad del mensaje que había recibido; sí: Dios quería que fuese él quien abriera ese nuevo camino dentro de la Iglesia.

Primeros años del Opus Dei y consecuencias de la Guerra Civil
Con la llegada de la Segunda República en abril de 1931, en este contexto, Josemaría Escrivá prosiguió su tarea como capellán del Patronato de Enfermos, en el Patronato de Santa Isabel y el Opus Dei. En 1933 cuenta ya con un grupo de estudiantes universitarios, y funda la Academia DYA, en la que, además de impartirse clases de derecho y arquitectura, se organizaban charlas de formación cristiana, retiros, catequesis etc. En 1934 pública un pequeño libro de apuntes, anotaciones personales, meditaciones, llamado Consideraciones Espirituales, que fue ampliado durante los años siguientes, incluso durante la Guerra Civil: será reeditado en 1939 con el título de Camino. Con estas páginas deseaba ayudar a los jóvenes, estudiantes, profesionales y trabajadores que conocía para que llevaran una vida cristiana coherente y alcanzaran un trato íntimo con Dios.

Como medio para alcanzar los fines de la institución, don Josemaría elabora el llamado “plan de vida” que seguirán los miembros de la Obra de Dios, que por aquellos años se va perfilando e incluye prácticas como la misa diaria, comunión, el rezo del Angelus, la visita al sagrario, la lectura espiritual, el rezo del rosario y las mortificaciones. En la academia DyA (Derecho y Arquitectura) recién fundada en Madrid, los estudiantes comenzaron a practicar algunas de las ideas que el fundador concibió, y comenzaron a aparecer los signos distintivos de la futura Obra. A esta academia asistía Álvaro del Portillo, un brillante estudiante de ingeniería que se convertiría muy pronto en su más cercano colaborador, y sucesor al frente del Opus Dei (será beatificado en septiembre de este año, y por ello le dedicaremos un artículo).

Fotografía del Santo y algunos compañeros durante la travesía por los Pirineos.

Fotografía del Santo y algunos compañeros durante la travesía por los Pirineos.

Con el estallido de la Guerra Civil, en julio de 1936, don Josemaría se encuentra en Madrid, donde sigue ejerciendo su ministerio sacerdotal, con riesgo de su vida, clandestinamente. La persecución desatada contra el clero le obliga a refugiarse en diferentes lugares. Por ejemplo, fue hospitalizado de forma clandestina en una clínica psiquiátrica, haciéndose pasar por un enfermo más, y durante 6 meses vive en la embajada de Honduras. Finalmente, logra salir de Madrid en 1937, después de varias tentativas infructuosas usando documentación falsa. Después de una larga huida con algunos de sus seguidores por los Pirineos, pasando por el sur de Francia, se traslada a la zona de España donde podía ejercer libremente su labor sacerdotal, tal y como le habían recomendado, viendo en peligro su vida. Durante esta travesía la Virgen lo protege, así lo recordaba él, en prueba de esto recoge una rosa de madera proveniente de un retablo quemado por los milicianos; es la Rosa de Rialp, rosa que guardó durante toda su vida y que es signo de la protección de la Virgen al Opus Dei. La Guerra Civil y las pruebas que había soportado en ella le habían marcado profundamente. El hecho de que el clero fuera objeto de persecución en la zona republicana dejó en él un recuerdo particularmente duradero, ya que le llegaban continuas noticias de los martirios de sus amigos sacerdotes.

David Garrido

Bibliografía:
– DOLZ, Miguel, San Josemaría Escrivá, ed. Rialp, Madrid, 2002.

Enlaces consultados (24/05/2014):
– www.es.sanjosemaria.info
– www.es.wikipedia.org/wiki/Josemar%C3%ADa_Escriv%C3%A1_de_Balaguer

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es