Santos de la Casa Saboya (IV)

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Sierva de Dios Elena de Saboya, reina de Italia.

Sierva de Dios Elena de Saboya, reina de Italia.

Sierva de Dios Elena de Saboya, reina de Italia
Cettigne, 8 enero 1873 – Montpellier, 28 noviembre 1952

Elena (Jelena) Petrovic Njégos nació en Cettigne, entonces capital del reino de Montenegro, el 8 de enero de 1873, del entonces soberano S.M. Nicolás I. Se desposó, convirtiéndose al catolicismo, con el príncipe heredero de Italia S.A.R. Víctor Emmanuel de Saboya, asumiendo también ella el título de princesa de Nápoles. Con el asesinato de S.M. el rey Humberto I, en 1900 se vio el acceso al trono real de la nueva pareja. Desde el punto de vista oficial asumió, en términos femeninos, todos los título de su esposo, S.M. Víctor Emmanuel III: reina de Italia y, con la llegada del imperio colonial, reina de Albania y emperatriz de Etiopía. Su presencia junto al soberano siempre fue humilde y discreta, nunca mezclada con cuestiones políticas, sino más bien dedicada y atenta a las necesidades de su pueblo adoptivo.

El 27 de noviembre de 1939, tres meses después de la invasión alemana de Polonia y de la declaración de guerra de Gran Bretaña y Francia a Alemania, la reina Elena se sintió en el deber de escribir una carta a las soberanas de las naciones europeas todavía neutrales (Dinamarca, Holanda, Luxemburgo, Bélgica, Bulgaria y Yugoslavia) a fin de evitar para Europa y para el mundo la inminente tragedia de de la Segunda Guerra Mundial. Reconociendo sus otros méritos, el sumo pontífice Pío XII, el 15 de abril de 1937 le confirió la “Rosa de oro de la Cristiandad”, es decir, el más importante título honorífico para una mujer por parte de la Iglesia Católica en aquellos tiempos. Algunos meses después, la Universidad de Roma la proclamó Doctora en Medicina “honoris causa” y otros Estados le concedieron altísimos honores, que ella aceptó sólo por razón de Estado, siendo particularmente reacia a cualquier forma de vanidad.

Con la abdicación de su marido a la corona de Italia, se retiraron en exilio cerca de Alejandría de Egipto, donde el 28 de diciembre de 1947 Elena se quedó viuda. Tres años después se vio enferma de cáncer y se trasladó a Francia, a Montpellier, cerca del albergue Metrópoli, continuando en ayuda del prójimo, pero teniendo cada vez menos recursos y combatiendo extenuadamente contra el mal que la afligía. En 1951 se trasladó al “Mas du Rouel” y en noviembre de 1952 se sometió a una grave intervención quirúrgica en la clinica de “Saint Comé”, donde murió el 28 de noviembre de 1952. Fue enterrada, según su deseo, en una fosa común del cementerio civil de Montepellier, junto a los pobres que siempre había amado.

Sello de la Sierva de Dios con aportación contra el cáncer.

Sello de la Sierva de Dios con aportación contra el cáncer.

Con ocasión de los festejos para el 50 aniversario de la muerte de la reina Elena, la República Italiana ha querido dedicar a su memoria un sello conmemorativo con sobreprecio dedicado a la investigación y a la prevención del cáncer de mama. Siempre en tal recurrimiento (2001), el obispo de Montpellier dio oficialmente inicio a la causa de canonización de la Sierva de Dios Elena de Saboya (Jelena Petrovic Njégos), laica de la diócesis de Montpellier y del vicariado de Roma, esposa y reina de Italia. Actor del proceso fue la Asociación Internacional Reina Elena de Italia, con sede en 542 Rue de Centrayrargues, 34000 Montpellier, Francia; a la cual se puede recurrir para mayor información y relaciones de gracias obtenidas por la intercesión de la Sierva de Dios. La fama de santidad de la reina Elena había sido ya explicada por el cardenal Ugo Poletti, en una homilía en la cual se reportaban algunos pasajes del segundo documento que viene a continuación. La causa no ha llegado, por el momento, a la Congregación de las Causas de los Santos.

Carta a las reinas de Europa
“Señora y querida hermana,
la profunda conmoción inspirada por la visión de la inminente guerra que se está desatando en mar, tierra y aire, entre cualquier gran Estado y gran pueblo con todo su coraje, su genio y con todas sus riquezas, debatiendo sin tregua y sin piedad intereses y sentimientos enfrentados, me mueve a enviarle una cordial invitación: La guerra que inflama muchos actos heroicos para perder las almas, el trabajo, la fe en el futuro, es decir, los mismos principios de la civilización, amenaza con propagarse en el espacio y el tiempo, para reforzar sus terribles rigores cada día de forma peor, así como para sacudir los cimientos mismos de la comunión de las personas
.

Autoridades muy altas ya han recurrido a los beligerantes en el nombre de Dios y en el nombre de uno, o una nación neutral, deseos de paz que no fueron aceptados. Estos precedentes podrían secar las esperanzas y coraje para tomar nuevas iniciativas. Pero ello no impide a los corazones de innumerables mujeres de todas las regiones del mundo, elevar a los cabecillas de los Estados combatientes una invocación surgida de su propio horror, de su piedad y su propia sabiduría, para que dejen de tener en cuenta no sólo sus propias razones, sino también las del sentimiento humano. Se plantea una tregua a esa masacre de vidas y gran destrucción de la propiedad, agitación de los espíritus, y gran interrupción de las industrias, artes, estudios civiles; que nos lleve a la final de la guerra, no sólo para el amargo flagelo beligerante, sino para todos, sin distinción, debido a los inmensos sacrificios realizados.

Retrato de la Sierva de Dios por Eduardo Gioja (1913).

Retrato de la Sierva de Dios por Eduardo Gioja (1913).

Apelo, por lo tanto, a Su Majestad, a Su Majestad la Reina Isabel de Bélgica, a Su Majestad la Reina de Yugoslavia, a Su Majestad la Reina Juana de Bulgaria, a Su Majestad la Reina Alejandra de Dinamarca, a Su Majestad la Reina Guillermina de Países Bajos y a Su Majestad la Gran Duquesa Carlota de Luxemburgo, y le pedimos acepten esos gritos de madres, hermanas, esposas, hijas; para dar a las mismas invocaciones prestigio, fuerza, la difusión, la eficacia, la combinación de nuestras almas y nuestras voces, para conseguir que las hostilidades se suspendan y que los esfuerzos estén unidos, de manera que se llegue a un acuerdo y una paz duradera.

Nadie puede dudar de la devoción con la que cada uno de nosotros estaría dispuesto a sacrificarse y sus propios hijos a su tierra natal. Este mismo sentido común nos lleva a entender la ansiedad que viven hoy en día millones de madres, bien por el adecuado reconocimiento de los derechos de sus países, sino también por la salvación de los niños, por la misericordia y una paz definitiva y sabia. En esta invitación tengo la esperanza de unir los esfuerzos de nuestros pacificadores, me anima el ejemplo de dos princesas de Saboya: Margarita de Austria, viuda de Filiberto II, duque de Saboya, que fue nombrado por su padre, el gobernador de los Países Bajos; y Louise Angoulême, esposa de Carlos de Valois, nacida princesa de Saboya y madre del rey Francisco I de Francia. Estas dos princesas, empujadas irresistiblemente para detener el derramamiento de sangre producido por las guerras continuas entre el Imperio y Francia, en 1529 negociaron el Tratado de Cambrai, que en su honor fue llamado “Paix des Dames”. Que también nosotras podamos persuadir a los hombres a reconocer que la guerra debe acabarse, y que los métodos adecuados para resolverlo, con el honor de todos, sean igualmente buscados por las partes.”

De la homilía del cardenal Ugo Poletti
El 24 de octubre de 1993 tuvo lugar la inauguración solemne de la exposición de las vestiduras y el vestido nupcial de la reina Elena, restaurada por la Asociación Internacional reina Elena de Italia, con una Santa Misa celebrada por el cardenal Ugo Poletti, quien pronunció la homilía de la que a continuación se muestran los pasos más salientes e inherente a la vida de S.M. la reina Elena: “La memoria actual de la reina de Italia Elena de Saboya es una necesidad, incluso de acuerdo con las palabras de la Sagrada Escritura: “Mementote praepositorium vestrorum…” (Hbr.17, 7), “Acordaos de vuestros líderes”. La reina Elena fue tal vez demasiado subestimada, incluso también en la apreciación popular porque, entrando con noble discreación, humildad e inteligencia en la Familia Real, ha sido capaz de mantener en la historia del pueblo italiano, el papel de la reina con la generosidad y el espíritu silencioso, suelta y espontánea. Trajo a la Casa Real de Saboya, siempre marcada por un carácter austero, riguroso y altamente confidencial, características típicamente piamonteses, un toque de delicadeza, finura, de humanidad, de apertura a los pobres, como corresponde a los nobles y la regla de que deben tener cuidado y preocupación por todos los temas, pero también amor a los pobres. La reina Elena ha sido llamada la “Reina de la Caridad”, y ella no podía atribuirse título más noble y digno; ha convertido su alta dignidad en un trabajo realmente cristiano, en la más noble de todas las tareas: “servir”; servir a los necesitados, servir a la gente pobre.

Fotografía de la Sierva de Dios con sus dos hijas, Yolanda y Mafalda.

Fotografía de la Sierva de Dios con sus dos hijas, Yolanda y Mafalda.

El ejemplo en el que la bondad y el cuidado maternal de la Reina brillaban de manera indeleble fue su actuación en el terrible terremoto que destruyó Mesina en 1908. La reina fue allí enseguida, en medio de las familias doloridas, incluidas casas en duelo, a ayudar a los heridos y guiar a los perdidos, siendo la persona que organiza un servicio eficaz e inteligente del amor, de la caridad cristiana, que se hizo querer por todo el pueblo italiano, que le atribuyó, como resultado, el nombre memorable de “Reina de la Caridad.” Ese episodio fue el más obvio. Pero la reina Elena ha prodigado el amor y la caridad en un millar de extrañas formas, en mil maneras, siempre personalizadas, llegó a los necesitados, al más oculto de la población italiana. Mujer fuerte, serena, abierta e incluso cortésmente extrovertida; consorte sabia y prudente; madre educadora cristiana; abuela cariñosa, alegre; buena y cariñosa persona al servicio de su pueblo italiano. Hablan de su propia vida pública, su dignidad y su nobleza siempre compuesta, su fe, su amor por el silencio, que Italia no puede olvidar. Estoy seguro de que la fe católica, que ha aceptado y abrazado con el fin de casarse con Víctor Emmanuel III, nunca ha sido para ella una formalidad, sino una regla de vida completo de servicio, y Él, que tiene en cuenta incluso las cosas más pequeñas, sin duda ya ha premiado en la gloria a esta noble mujer. Por lo tanto, no roguemos tanto por ella, sino recemos con ella, para que muchos aprendan esta lección: la nobleza más grande es la del espíritu, la verdadera nobleza es la que más ilustra, más ilumina la vida. Es verdadera dignidad real la que da realeza al espíritu. Roguemos para que el pueblo italiano nunca pierda los valores de respeto, de amor, de servicio al pueblo, a los pobres, a los más humildes. La reina Elena, en la Casa de Saboya y en la historia de Italia, es una joya de la dignidad real y la nobleza de los cristianos”.

Damiano Grenci

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Mi agradecimiento particular a Fabio y a Patrizia de Cartantica.it.

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