Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein): judía, filósofa, carmelita, mártir (I)

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Edith Stein, estudiante, fotografiada durante el curso 1913-1914.

Edith Stein, estudiante, fotografiada durante el curso 1913-1914.

Introducción
“Mi sed de verdad era toda una oración en sí misma”. (Edith Stein)

Hablar de una figura como Edith Stein es algo que claramente supera las limitadas posibilidades de esta servidora, a pesar de que escribir sobre mártires cristianas es lo que más le gusta hacer a una. Es fácil escribir sobre una mártir antigua o medieval, de la que poca información hay y la mayoría son leyendas y tradiciones sin mayor fundamento. Pero abordar una figura contemporánea, y además una de la magnificencia y complejidad de Edith Stein -judía alemana, conversa, carmelita descalza y mártir- es una tarea en la que seguramente esta que os escribe se quedará corta. Aún así, no era apropiado dejar pasar otro año en este blog -que este mes ya cumple cuatro años de existencia- sin abordar de una forma más extensa, aunque no sea más que un recorrido de breves pinceladas sobre su rica y compleja existencia, la vida y la aportación que esta gran mujer ha hecho a la filosofía y a la cristiandad contemporáneas. Pido de antemano que se excuse a esta servidora si dicha tarea es abordada de forma insuficiente, lo que es más que probable. En cuyo caso, lo mejor será remitirse a la bibliografía citada y a otra mucha más que existe, afortunadamente, sobre nuestra Santa de hoy.

Una fuerte personalidad
Edith Stein nació en Breslavia (Alemania) en el seno de una familia judía, el día 12 de octubre de 1891, siendo la última de once hijos. En su adolescencia vivió en un clima de oración y de verdad basadas en las Sagradas Escrituras, siendo educada según un elevado código ético integrado por virtudes como la sinceridad, el trabajo, el sacrificio y la lealtad. Pero cuando tuvo unos quince años de edad, perdió la fe. Tal y como nos cuenta en su autobiografía Estrellas Amarillas, conocía la religión hebrea porque había sido criada en ella, pero no la practicaba ni creía en ella. Voluntariamente pasó del judaísmo al ateísmo; lo que define su fuerte carácter, pues igualmente pasó por una crisis en la juventud durante la cual dejó de estudiar, para luego retomar su actividad estudiantil y docente con un fervor que nunca la abandonará; pues Edith, ante todo, fue una intelectual.

Edith, fotografiada de niña con su hermana Erna, a la que siempre estuvo muy unida.

Edith, fotografiada de niña con su hermana Erna, a la que siempre estuvo muy unida.

En el año 1911 comenzó sus estudios universitarios en Breslavia, frecuentando durante un cuatrienio los cursos de pedagogía. Aquí se desarrollarían dos aspectos de su personalidad que vale la pena comentar: el compromiso con el sufragismo, así como con los grupos de renovación pedagógica, lo que iría marcando su camino hacia su futura profesión. Por una parte, se unió, junto con algunas amigas, a la Liga de mujeres socialistas, que reclamaban el derecho a voto para la mujer en Alemania, y lo hizo a pesar de que personalmente no congeniaba con el socialismo debido a su defensa de la equiparación política de las mujeres. Su convicción de la igualdad de la mujer la llevaba a mostrarse muy contraria a las facilidades que, por deferencia, se daban a las mujeres para ingresar en la universidad y obtener la habilitación de la docencia. Por otra parte, era muy crítica con los docentes que carecían de una adecuada preparación pedagógica, lo que la llevó a unirse a un grupo de renovación pedagógica en Breslavia para trabajar por esta causa y sin involucrarse en política.

Una vez ya habilitada como maestra, daba clases al tiempo que estudiaba, entregando todos los honorarios que recibía a su madre para el sostenimiento del hogar. Su actividad era constante, frenética, hasta el punto de no tener nunca horas muertas en su vida diaria. Su motivación era total, sin tiempo para el ocio o el tedio. Esta frenética actividad intelectual la llevó a considerarse irreprensible, incensurable, mostrándose estricta e implacable al criticar ciertos comportamientos que ella observaba a su alrededor y que chocaban con sus convicciones morales; por ello, la primera vez que oyó las palabras descalificatorias de un amigo, que la reconvino por ser demasiado crítica, “me quedé noqueada por estas palabras: no estaba yo acostumbrada a ser reconvenida. En casa nunca ocurría que alguien se atreviera a decirme algo (…) Vivía así en la ingenua ilusión de que todo me iba bien (…) Siempre había considerado que tenía pleno derecho a señalar sin recato con el dedo todo lo negativo que advertía: debilidades, carencias de otras personas, a menudo en tono de burla e ironía. (…) Aquellas palabras fueron una primera señal de aviso, que me hizo reflexionar”. Era el inicio de un proceso de crecimiento y autocorrección interior, que la llevaría hacia una búsqueda apasionada de la verdad.

De la fenomenología a la fe
Fue esta búsqueda de la verdad la que la llevaría a estudiar Filosofía en la universidad de Göttingen, atraída por el nombre de Edmund Husserl, padre de la fenomenología. Este filósofo pasaba por un momento de gran prestigio -debido a su obra Investigaciones lógicas– y era un severo crítico del cientificismo, afirmando que la ciencia no tenía respuesta para la mayor angustia del ser humano: la razón de su existencia. Edith llegó a ser la discípula predilecta de este filósofo y después de licenciarse en 1916, pasó a ser su asistente personal. De hecho, entre los compañeros de Edith se decía en broma que, si bien la mayoría de las chicas soñaban con besos, Edith soñaba con Husserl.

Pero, ¿qué es la fenomenología? Esta que os escribe es licenciada en Historia, no en Filosofía, por lo que no sería apropiado que intentase describirlo. Por ello, recurriremos a una escena de la película “La séptima morada”, de Marta Meszaros, donde la propia filósofa, interpretada por la actriz rumana Maia Morgenstern, nos explica en qué consiste esta corriente de la filosofía:

Alrededor del célebre filósofo se había formado un grupo de jóvenes intelectuales, en el cual Edith se integró gracias a la ayuda de Adolf Reinach, que había sido ateo pero que, al enfrentarse al horror de la Gran Guerra en 1914, había empezado a preguntarse por el sentido de aquello y de ahí llegó a la fe cristiana. La influencia de este compañero profesor sería decisiva para la propia conversión de Stein. Al igual que Reinach, también se sintió fascinada por Max Scheler, otro compañero que se había convertido a la fe católica: “… se encontraba imbuido de ideas católicas y las propagaba con toda la brillantez y la fuerza de su palabra. Éste fue mi primer contacto con un mundo completamente desconocido para mí. No me condujo todavía a la fe, pero me abrió a una esfera de fenómenos ante los que yo no podía estar ciega. (…) Así cayeron los prejuicios racionalistas en los que me había educado sin darme cuenta, y el mundo de la fe apareció súbitamente ante mí. Personas con las que trataba diariamente y a las que admiraba vivían en él. Tenían que ser, por lo menos, dignas de ser consideradas en serio”. Los prejuicios a los que se refería Edith son los que consideran que sólo el conocimiento basado en el control exhaustivo de la realidad son dignos de una persona culta.

Y así, si de la fe hebrea había pasado al ateísmo, de la mano de la fenomenología y el entorno universitario descubrió el cristianismo y, en particular, el catolicismo; pues si bien la mayoría de sus amigos cristianos eran protestantes -de hecho, a veces acudía con sus amigas a la iglesia protestante, aunque admitía que “la mezcolanza de política y religión que dominaba en las predicaciones (…) me repugnaba”-, y aunque fue por el protestantismo por donde conoció a la fe cristiana; no fue su opción final.

Voluntaria de la Cruz Roja
Con el estallido de la Gran Guerra, la Cruz Roja dio inicio a un curso de asistencia a enfermos, cirugía de guerra y atención a heridos, en el que se inscribió. Posteriormente, se uniría como voluntaria en un hospital de Moravia (1917). Aquí se encontró con la actitud frontal de su madre, que quiso disuadirla diciendo que los soldados que volvían heridos y enfermos del frente podían pegarle los piojos, a lo cual ella respondió que si ellos estaban sufriendo en las trincheras, por qué no iba a sufrir ella también. “(…) Fracasado este ataque, mi madre declaró con toda su energía: “Con mi consentimiento no te irás”. Repliqué a mi vez con la misma determinación: “Entonces tendré que hacerlo sin tu consentimiento”. Esta brusca respuesta hizo que hasta mis hermanas se sobresaltaran. Mi madre no estaba acostumbrada a tal resistencia (…)”. Madre e hija tenían un fuerte carácter y ceder no estaba en la personalidad de ninguna de las dos. Este enfrentamiento no sería el último ni el peor, y el enrarecimiento de la relación entre ambas no había hecho más que empezar.

Edith con el uniforme de auxiliar de la Cruz Roja. Fotografía de 1915.

Edith con el uniforme de auxiliar de la Cruz Roja. Fotografía de 1915.

En el hospital, Edith trabajó en la sección de afectados por el tifus y, posteriormente, en la de cirugía. Aquí desarrolló una gran experiencia como enfermera, como una auxiliar intachable -tuvo que rechazar los avances de un médico que intentó tomarse cierta libertad con ella- y además, el atender a pacientes de diferentes países enriqueció su dominio de los idiomas: llegó a hablar francés, inglés, español, holandés y a escribir en italiano, además de estudiar latín y griego. Parecía que aquella intelectual con sed de aprender nunca perdía la ocasión de saber más, incluso entre vendas y agujas. Ya anteriormente había estado ayudando en la clínica donde trabajaba su hermana Erna, asistiendo partos.

Posteriormente, retomaría sus estudios para pasar el examen de licenciatura y elaborar su célebre tesis Sobre el problema de la empatía, que ya estaba avanzada por aquel entonces. Mientras tanto, los contactos con la fe católica se sucedían: la experiencia que la impactó tuvo lugar en la catedral de Francfort, donde, estando junto a Pauline Reinach -hermana de su compañero Adolf-, vio entrar a una mujer con la bolsa de la compra que se arrodilló a orar con profundo recogimiento: “Esto fue para mí algo totalmente nuevo. En las sinagogas y en las iglesias protestantes que yo conocía, se iba solamente para los oficios religiosos. Aquí, en cambio, cualquiera en medio de su trabajo se acercaba a la iglesia vacía para un diálogo confidencial. Esto no lo he podido olvidar”. En ese año, 1917, se inició en ella un cierto “tormento interior” que marcó profundamente su espíritu. Era el comienzo de su transformación.

El primer paso hacia la conversión
Fue en este año cuando Adolf Reinach, su amigo y compañero de la universidad, murió en el frente de batalla. Edith viajó rápidamente a Friburgo para asistir al funeral y consolar a su viuda, Ana. Esperaba encontrar a una mujer abatida, crispada y rebelándose ante la injusticia que suponía haber perdido a su marido; cosa que le hubiese parecido lógica y natural. Sin embargo, se encontró con algo totalmente inesperado: Ana, aunque no ocultaba su profundo dolor por la muerte de su marido, estaba tan resignada y serena que infundió en Edith, quien venía angustiada, una paz y una tranquilidad que la dejaron totalmente desconcertada. La enorme fe de la viuda de Reinach fue el primer paso para Edith en la conversión al cristianismo: “Allí encontré por primera vez la Cruz y el poder divino que comunica a los que la llevan. Fue mi primer vislumbre de la Iglesia, nacida de la Pasión redentora de Cristo, de su victoria sobre la mordedura de la muerte. En esos momentos, mi incredulidad se derrumbó, y el judaísmo palideció ante la aurora de Cristo: Cristo en el misterio de la Cruz.”

Cabe aclarar que tanto Pauline como Ana Reinach eran, en aquel momento, protestantes -aunque posteriormente se convertirían al catolicismo- por eso, el reconocimiento de Edith de la fe cristiana se hizo desde el protestantismo, al ser la mayoría de los cristianos con los que se relacionaba protestantes. Pero todavía faltaba un paso más, el decisivo. Desde ese momento, Edith se orientó hacia “la verdad”, en una búsqueda serena pero empeñada: “(…) estoy acercándome cada vez más a un cristianismo absolutamente positivo. Me ha liberado de una vida deprimente, dándome fuerza para aceptar de nuevo y con gratitud la vida”. Incluso asistía regularmente a la primera misa del día, para poder estar de vuelta antes de que su familia se levantara y se pudiera percatar de ello.

Edith -primera fila, chaqueta clara- fotografiada con su familia.

Edith -primera fila, chaqueta clara- fotografiada con su familia.

Vocación matrimonial
Cuando hablamos de Edith Stein, vemos a la filósofa, la carmelita o la mártir. No se nos ocurriría verla de otra manera, pero lo cierto es que la primera vocación que sintió, antes que la religiosa, fue la matrimonial. “A pesar de mi dedicación al trabajo, anidaba en mi corazón la esperanza de un gran amor y de un matrimonio feliz. No tenía conocimiento alguno de la dogmática y la moral católica, pero estaba impregnada del ideal matrimonial católico. Entre los jóvenes con los que me relacionaba había alguno que me gustaba, y también me ocurría que pensaba en él como futuro compañero de mi vida. Sin embargo, de eso no se percataba casi nadie, por lo que a la mayor parte de esa gente yo debía parecerles fría en inalcanzable”. En la familia, de hecho, se la consideraba ingenuamente ajena a estas cuestiones, pero vemos por ella misma que no era así. Incluso llegó a sentirse atraída por cierto joven al que voluntariamente renunció cuando supo que su hermana Erna también estaba interesada en él.

Esta vocación matrimonial no llegaría a cumplirse. Aunque Edith se muestra muy discreta en sus escritos sobre este tema, parece ser que el único hombre al que llegó a plantearle esta cuestión -en 1921-, la rechazó; por lo ahí se acabaron sus expectativas de un noviazgo formal. Cuando, mucho después, supo de la entrada de Edith en el Carmelo de Colonia, este hombre, – Hans Lipps, compañero y amigo de la universidad-, la visitó y le preguntó, triste e incómodo, si acaso su entrada en el claustro tenía que ver con aquel rechazo. Edith respondió riéndose: su vocación religiosa nada tenía que ver con una frustración de la vocación matrimonial; cosa que, por desgracia, ha acontecido a muchas personas, pero no a alguien como Edith Stein. Por ello, también es un error que cometen algunos biógrafos de la Santa cuando atribuyen parte de su conversión a estas “calabazas”: el proceso de conversión de Edith ya se había iniciado mucho antes.

Edith fotografiada hacia el año 1920.

Edith fotografiada hacia el año 1920.

Judía y mujer
Entretanto, Edith había dimitido de su puesto como asistente personal de Husserl. El maestro sólo la quería como ayudante y no favorecía ningún crecimiento ni progreso profesional en su asistente, por lo que Edith acabó cansándose de ello al no encontrar nada gratificante en una tarea meramente técnica -ordenación y catalogación de los escritos del maestro- ni ninguna perspectiva de iniciar una carrera universitaria. Por lo que voluntariamente le presentó su dimisión, cosa que Husserl aceptó.

Así que, incansable como siempre, Edith se fijó un nuevo objetivo en su carrera intelectual: obtener su habilitación para la libre docencia. Pero se encontró con una doble traba en este sentido: era judía y era mujer. De hecho, para el contexto de la época, era peor ser mujer que ser judía; pues si bien había profesores judíos en casi todas las universidades, todos eran varones. Así que por primera vez Edith se enfrentó a la paradoja de verse rechazada, no por sus estudios filosóficos, sino porque era una mujer. A pesar de que Husserl hizo un informe dando fe del talento intelectual de Edith, de sus excelentes referencias -doctora en Filosofía summa cum laude– y de su ejercicio como ayudante del padre de la fenomenología durante un año y medio, fue rechazada: simplemente, no se admitía a mujeres para la libre docencia en la universidad.

Ni corta ni perezosa, remitió una instancia al Ministerio para que se hiciese posible la habilitación de mujeres en la universidad. El ministro respondió positivamente a ello, siendo la alemana Adele Hartmann la primera en disfrutar de la habilitación. Entonces, Edith pudo haber recurrido de nuevo a Husserl para conseguir ella su habilitación, pero sabiendo que ello pondría en dificultades a su mentor, renunció a hacerlo y se limitó a organizar cursos de introducción a la fenomenología. Prefería renunciar a ello antes que recurrir de nuevo a su maestro. Complicar la vida a las personas no era su estilo.

“¡He aquí la verdad!”
La búsqueda interior iniciada por Edith concluyó en el verano de 1921. En Bergzabern, en casa de su amiga Hedwig Conrad-Martius, casualmente, encontró en la biblioteca la Autobiografía de Santa Teresa de Ávila. Fuertemente fascinada, no pudo interrumpir la lectura del libro hasta el final del mismo: “Cuando cerré el libro me vi obligada a confesarme a mí misma que ésta era la verdad”. Le había llegado la hora de la gracia, que la empujó a buscar un catecismo y un misal; e iniciar ella sola su propio catecumenado, con tal fervor que hubiera querido recibir inmediatamente el bautismo en la fe católica: al cabo de varios días, se presentó ante el párroco de la iglesia católica de Bergzabern, el padre Breitling, y le pidió el bautismo. Éste le recomendó paciencia y sensatez, diciéndole que antes debía pasar el catecumenado, a lo que Edith respondió, con la rotundidad y seguridad que la caracterizaban: “Pregúnteme”. Así, aquel sacerdote descubrió que tenía ante él a una neo-conversa poco común: una que estaba sobradamente preparada para lo que pedía con tanta impaciencia.

La actriz rumana Maia Morgenstern interpreta a Edith Stein en la película "La séptima morada", de Marta Meszaros.

La actriz rumana Maia Morgenstern interpreta a Edith Stein en la película “La séptima morada”, de Marta Meszaros.

¿Qué había visto Edith en Teresa, la Santa de Ávila, para desear con tal fervor el bautismo católico? En palabras de la escritora Waltraud Herbstrith: “Edith, que desde la adolescencia lucha por explorar el mundo del espíritu y a quien la pregunta sobre el significado y el fin de la vida le quema en el alma, encuentra en Teresa una maestra, la cual no sólo completa de modo maravilloso a la pensadora, sino que la arrastra consigo, en la más íntima claridad del Espíritu, hacia Dios”. Y así, la hebrea que había abandonado el judaísmo, se había declarado atea y había vivido en el frío racionalismo del escepticismo y la incredulidad, redescubrió la fe en Cristo por Teresa. Se había obrado su conversión.

Meldelen

Bibliografía:
– AYLLÓN, José Ramón, 10 ateos cambian de autobús, Ed. Palabra, Madrid 2009, pp.89-94.
– MACCA, G.V., Bibliotheca Sanctorum: Enciclopedia dei Santi, Apéndice I, Ed. Città Nuova, Roma 1987.
– SALVARANI, Francesco, Edith Stein: hija de Israel y de la Iglesia, Ed. Palabra, Madrid 2012.

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9 pensamientos en “Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein): judía, filósofa, carmelita, mártir (I)

  1. Como empezar…
    Si bien yo soy devoto de los pies a la cabeza de Santa Teresa de Lisieux, ya que ella se robo mi corazón y me empujo al carisma del carmelo Teresiano, no puedo dejar de admirar y sobre todo tratar de comprender a las otras figuras del carmelo y hay algo en particular que siempre me ha parecido curioso; El carmelo reformado parece tener una mayor cantidad de mujeres canonizadas y muy conocidas y veneradas que hombres, aparte claro, de San Juan de la Cruz, a mi conocimiento solo hay un fraile canonizado (San Rafael Kalinowski) y un beato, Francisco Palau y Quer.
    Y a mi burdo entender es por que la obra de la gran Santa Teresa, primera entre las Doctoras de la Iglesia junto a Santa Catalina, en una forma muy particular y ajustada a los cenvencionalismos de la epoca logro levantar y darle su merecido lugar a las mujeres dentro de la Iglesia, no detras, arriba o abajo de los hombres, sino a su lado como seres que se complementan uno a otro y eso se pudo ver claramente en su relacion con San Juan de la Cruz y por consiguiente todas sus hijas son herederas de ese testamjento espiritual tan importante, y entre ellas Edith resalta inmediatamente.
    Esta mujer es impresionante y gracias a ti, Ana María, aprendi cosas muy interesantes sobre ella que no conocia como su paso por la cruz roja y su vocación al matrimonio que solo complementan de manera admirable la figura de esta mujer. Hace poco leia un pequeño poema de Santa Edith a la virgen María y me preguntaba ¿como es posible que una judia conversa y filosofa hable de esta manera de la Madre de Dios?. El Espiritu Santo hace cosas muy descabelladas pero al fin de cuentas, hermosas.
    Y creeme que espero con ancias el proximo articulo pues aunque se muy bien lo que ocurrirá nunca me canso de leerlo.
    Si no me equivoco la actriz que dio vida a Santa Edith en “la septima morada” es también quien hace el papel de la Virgen María en “La Pasión de Cristo”, que este año cumple su decimo aniversario, verdad?
    Saludos.
    P.D: yo siempre vi fotografias suyas en las que aparece muy seria pero que guapa se ve en la foto familiar.

    • Gracias, Jhonatan. Yo del mundo del Carmelo y la Orden carmelita sé más bien poco, fuera de sus mártires femeninas que me interesan tanto como cualquier otra.

      Dices que parece descabellado que una judía conversa muestre tal fervor. Lo cierto es que no es descabellado, sino lógico. Si lo piensas bien, los conversos son los más fervorosos, pues han conocido y abrazado la fe voluntariamente. A veces ese fervor los lleva al fanatismo. Somos nosotros, los católicos desde la cuna, los que no tuvimos opción al nacer, los que nos adaptamos a la fe como algo intrínseco de nuestra vida y nos acabamos acostumbrando y relajando, hasta el punto de caer en prácticas religiosas mecánicas y rutinarias, sin sentido para nosotros, sin meditar lo que hacemos y por qué lo hacemos. En ese sentido, los conversos son la otra cara de la moneda.

      Como bien dices, Maia Morgenstern, aunque ya era una actriz excelente y muy expresiva, se hizo muy famosa interpretando a la Virgen María en “La Pasión de Mel Gibson”, del año 2004. Su papel como Edith Stein es muy anterior (año 1995) pero es una película muy interesante, cuya primera parte dejaré en el tercer artículo para quien quiera verla.

      Es cierto que Edith aparece seria en la mayoría de las fotos, pero es que antes no se tenía la costumbre de sonreír o poner caras raras a la cámara.

  2. Muchas gracias, Ana Maria, por este primer artículo de una serie sobre Santa Edith Stein.
    Aunque en un artículo anterior, se trató sobre la causa de su martirio, ya se echaba en falta el escribir sobre esta gran mujer, esta gran santa. Por la forma en cómo lo has hecho en esta primera parte, mucho me “huelo” que al menos serán tres artículos, que espero y deseo, sean correlativos.

    Has tenido valor al “hincar el diente” a este hueso (perdón por la expresión), porque por muy bien que se haga, cuando se escribe sobre una persona tan impresionante como Santa Edith, seguro que siempre se quedan muchísimas cosas en el tintero. Personalmente creo que ha sido una de las mujeres más importantes del siglo pasado, una intelectual de pies a cabezas y una santa que sin renegar de su etnia, se enamoró profundamente de Cristo y su evangelio hasta dar la vida padeciendo su cruz.

    Espero con ansias leer los otros artículos, porque se que serán tan buenos como este y nos darán una visión más completa de lo que Edith fue y es.
    Quiero pedirle también a ella para que interceda por cuantos en estos momentos están siendo perseguidos por su fe.

    • Para mí escribir sobre Edith Stein ha sido un reto, un reto duro. Hace más un año que adquirí la biografía de Salvarani y ha sido una lectura lenta, densa y pesada. La vida de la Santa es compleja y rica; y ha supuesto un desafío personal. En una etapa de mi vida triste, en la que languidezco sin trabajo y sin oportunidad de aspirar a becas o subvenciones, después de haber pasado muchos años estudiando duro y obteniendo excelentes calificaciones para, al final, no tener trabajo como profesora de Historia, ver a Edith Stein es como ver lo que yo siempre he querido y no tengo: un trabajo digno fruto de mi esfuerzo y recompensa de mis calificaciones.

      Ella era una excelente estudiante -mejor de lo que seré yo nunca, y no quiero parecer prepotente, sino exponer las cosas como son- y obtuvo su trabajo como profesora porque era excelente. Sólo el machismo y el racismo la apartaron de su cátedra; y a pesar de luchar toda su vida contra ello, perdió la batalla. Por suerte tenía su fe y su vocación al convento; que permitió reorientar su vida aunque ya sabemos cuál fue su trágico final. Si pienso en los jóvenes españoles que después de años de estudio y esfuerzo no tenemos nada de nada; y sólo nos queda emigrar para conseguir un trabajo de mala muerte o ser mantenidos por familiares y amigos, me entra una gran frustración. Por eso ha sido duro escribir sobre Edith Stein: me siento bastante afín a ella en motivaciones y capacidades, pero a diferencia de ella, yo todavía estoy esperando los frutos de mi trabajo, y no puedo hacer nada por cambiarlo. Ella fue todo lo que yo quisiera ser.

      Santa Edith Stein, ruega por esta generación perdida.

  3. Madre Mía! que ya esperaba con ansias y fervor místico este articulo tuyo Ana, jejejeje….. Veo en Edith la misma experiencia de Teresa, mujeres de su tiempo en búsqueda de la verdad diciéndole a su mundo: Hey chicos, las chicas podemos también, como lo dijo Jhonathán Alarcón. Es mas pienso que hasta compartían el mismo carácter, te acuerdas cuando en facebook hablando de Teresa de Jesús y la princesa de Éboli, pienso que también nuestra Edith era muy dueña de si misma y tozuda! en fin estaré pendiente de los demás articulos que ya quiero leerlos aunque sea en el móvil!!!! Saludos

    • No se puede decir que Teresa de Ávila fuera feminista, ya que sería anacrónico en su época y contexto, pero desde luego, Edith Stein sí lo era. Feminista y sufragista sin involucrarse en política. Hoy en día, a muchos católicos recalcitrantes y conservadores les encanta poner “de vuelta y media” al feminismo, meterse con el movimiento feminista y también con sus defensoras (con ellas sólo, olvidando que hay hombres feministas), metiendo en el mismo saco todo tipo de actuaciones y juzgando a todo el feminismo por igual en base a ciertas actitudes y pensamientos con las que ellos no están de acuerdo.

      Pues bien, Edith Stein era feminista y ni siquiera dentro del claustro dejó de serlo. Toda la vida luchó y defendió la igualdad de derechos y oportunidades de la mujer respecto al hombre -eso es el feminismo, nada más ni nada menos- y lo siguió haciendo por más que estuviese en la clausura o vistiese el hábito. No fue la primera ni será la última cristiana y/o Santa que lo ha sido, y bien harían en meditarlo los que tanto gustan de vilipendiar el feminismo, actitud nada cristiana por otra parte.

  4. Gracias a ti Ana María he podido conocer la vida y obra de esta Santa universal. Son muchas las preguntas que me he echo sobre ella, su conversión, sus escritos, su entrega a los demás, su martirio etc. Ahora les doy respuesta gracias a estos tres artículos que paso a comentar uno a uno.
    Al igual que el compañero Jhontan, yo era de los que pensaba que Santa Teresa Benedicta de la Cruz era una monja seria y lejana, imagino que seria por la seriedad que transmite en la fotografía mas conocida que tiene, en su momento me di cuenta que no era así, y ahora lo corroboro.
    Es emocionante ver los pasos que dio en su espiritualidad hasta que por casualidad conoció a Sta Teresa de Jesús y después de este encuentro, nada fue igual. ¿Que tendrán los Santos del Carmelo Descalzo, que después de conocerles revolucionan la vida interior de uno ?, recordemos que para San Juan Pablo II, leer la vida de San Juan de la Cruz fue decisivo en su vocación sacerdotal.
    Me pongo ha imaginar como fue esa lectura de la vida de Sta Teresa de Jesús, y pienso que nuestra Santa de hoy se encontraría emocionada al ver todas las similitudes que encontró en la Santa de Avila. Sin duda fueron dos mujeres que marcaron una época.

  5. ¡Un bello artículo para una mujer fascinante!

    Edtih Stein, la incansable la llamaría yo. Cada vez que leo algo nuevo sobre esta santa me sigue sorprendiendo, no solamente era una intelectual ávida de conocimiento, sino pionera en la defensa de la inclusión en la mujer en ámbitos que en su tiempo estaban reservados a los varones. Su obra puede dar pie a tantas lecturas que me parece riquísima, voy corriendo a leer los siguientes dos.

    Como siempre ¡gracias por compartir hermana!

  6. Conocí a esta Santa aún antes de ser beatificada, recuerdo que cuando lo fue, fue en compañía de la Beata María la Palestina y del Beato Ruperto Meyer. Una judía, una palestina y un alemán, una mezcla algo contrastante en su época y tal vez aún todavía.
    Este mujer tiene una alto significado por su conversión al cristianismo, recuerdo que la oración de su oficio en lael propío del carmelo habla de la fe de Abraham, incardinando a esta smártir en el pueblo judio, pero siendo creyente en Cristo, coom lo hicieron los pr¿imeros ceryentes que eran judíos.
    Quiera Dios que el pueblo hebreo llegue pronto a la plenitud de la redención aceptando a Cristo como Mesías, que Santa Teresa Benedicta interceda por sus paisanos.

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