La salvación en Cristo (II)

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

"Salvator Mundi", tabla gótica de Fernando Gallego.

“Salvator Mundi”, tabla gótica de Fernando Gallego.

3. Historia del mundo e historia de salvación
En tiempos no muy lejanos, y así lo encontramos glosado en conocidas obras sobre la vida religiosa, siempre al hecho de ingresar en alguna orden o congregación religiosa se le llamaba: “salir del mundo”. Curiosa expresión, como si entrar en la Cartuja o en un noviciado capuchino fuera salir de este pequeño planeta en el que todos vivimos. Aunque la expresión puede llevar a equívocos, su significado, si se analiza con detenimiento, es más hondo de lo que parece a primera vista. Pero, ¿consagrarse a Dios, querer unirse a Él más profundamente es abandonar esta realidad, este “mundo”? Precisamente es, creo, todo lo contrario, es vivir este mundo en toda su realidad, es unir la propia historia “profana”, temporal, a la historia de salvación. Es querer unir la vida propia caduca, con la eterna; la historia que pasa, con la de salvación que permanece; es relacionar “mi mundo”, con el de Dios; sumar “mi tiempo”, con el de Él. No es por tanto abandonar esta historia temporal que vivimos, sino ser conscientes de la “otra”, disfrutarla en compañía del que nos creó y nos ama.

Entonces, ¿hay dos “historias”? Podemos decir que sí:

1. La “historia profana”, con carácter mundano, temporal, creada por la libertad de actuación de las criaturas. El hombre no concede a esta historia un sentido transcendente, sino que se limita a encuadrarla en el mundo. Lo vemos muy acertadamente explicado en el Catecismo: “Dios es el Señor soberano de su designio. Pero para su realización se sirve también del concurso de las criaturas. Esto no es signo de debilidad, sino de la grandeza y bondad de Dios Todopoderoso. Porque Dios no da solamente a sus criaturas la existencia, les da también la dignidad de actuar por sí mismas, de ser causas y principios unas de otras y de cooperar así a la realización de su designio” (CR. 306).

"Salvator Mundi", lienzo de Fra Bartolommeo.

“Salvator Mundi”, lienzo de Fra Bartolommeo.

2. Por otro lado está la llamada “historia de salvación”, en la que Dios actúa y tiene como señor y rey a Jesucristo, Alfa y Omega. Con la creación no terminó Dios su tarea, sino que conduce al universo a su perfección, destino último, predestinación querida por Él. “Porque en sus manos estamos nosotros y nuestras palabras y toda la prudencia y pericia de nuestras obras; porque Él me dio la ciencia verdadera de las cosas, y el conocer la constitución del universo y la fuerza de los elementos; el principio, el fin y el medio de los tiempos…” (Sap 7, 16-18). Nos dice acertadamente B. Sesboüé: “La creación es por definición un comienzo: Es el primer tiempo de la historia que debe conducir al hombre al logro de su vida y a su verdadera felicidad” (Creer, pág. 170). Por tanto la historia de salvación es la plaza dentro de la historia humana donde Cristo reina, entendiéndose no como lugar aparte, sino como espacio entrelazado con los acontecimientos profanos.

No se trata de dos historias separadas, inconexas, sin relación alguna. La historia de salvación enfoca y aclara lo fundamental de la historia profana, dándole sentido transcendente. Dios ilumina, da sentido a nuestra historia, le da un comienzo, un camino, un final. Sin Dios, la historia del hombre no es más que una sucesión de acontecimientos aislados incomprensibles, sin hilo conductor alguno. Sólo Dios resuelve las preguntas más íntimas del hombre sobre su origen y su destino. Por tanto, el pensamiento contemporáneo de aislar y separar a Dios de la historia es, precisamente, acabar con ella, quitarle su sentido. Dios es señor de la historia, por tanto es una incoherencia el querer explicar el trasfondo de ésta sin contar con Él, sin darle su papel de director en la gran aventura del mundo.

Entonces, ¿hemos de olvidarnos de nuestra historia humana, centrándonos sólo en la transcendencia, en nuestra propia historia de salvación personal? Pues sería un craso error, pues es en ella donde nos encontramos con Dios salvador, es en ella donde nos desarrollamos, interactuamos con el prójimo y las criaturas, y donde se encuadra nuestro camino del día a día. No tiene sentido alguno el querer vivir otra vida que no sea la dada. No se puede estar vivo en la historia humana pero fuera de ella. Es aquí, en esta actividad mundana donde tenemos que salvarnos: esta historia es lugar de compromiso y edificación, aunque con ciertas gotas de distancia.

Iluminación persa de Cristo como Salvator Mundi.

Iluminación persa de Cristo como Salvator Mundi.

Compromiso con nuestros deberes terrenales, porque la fe nos obliga aún más a cumplirlos, según la vocación de cada uno, y obliga a cumplirlos con coherencia y responsabilidad: “El Concilio exhorta a los cristianos, ciudadanos de la ciudad temporal y de la ciudad eterna, a cumplir con fidelidad sus deberes temporales, guiados siempre por el espíritu evangélico. Se equivocan los cristianos que, pretextando que no tenemos aquí ciudad permanente, pues buscamos la futura, consideran que pueden descuidar las tareas temporales, sin darse cuenta que la propia fe es un motivo que les obliga al más perfecto cumplimiento de todas ellas según la vocación personal de cada uno. Pero no es menos grave el error de quienes, por el contrario, piensan que pueden entregarse totalmente a los asuntos temporales, como si éstos fuesen ajenos del todo a la vida religiosa, pensando que ésta se reduce meramente a ciertos actos de culto y al cumplimiento de determinadas obligaciones morales” (Vaticano II. GS 43).

El compromiso cristiano debe tender a penetrar en el tejido de las relaciones humanas un dinamismo orientado a la meta definitiva. En otras palabras, se trata de afirmar la centralidad de la persona, la libertad y la solidaridad, salvaguardando, al mismo tiempo, la legítima autonomía de las realidades temporales.

Pero la transcendencia del Reino impide pararse en los objetivos alcanzados y estimula hacia una reforma continua, hacia una renovación creativa y creciente. Además nos obliga a situarnos a una cierta distancia. La familia, el trabajo, la cultura y la política, por ejemplo, son importantes, ninguna indiferencia es válida hacia todo ello, pero la participación y el compromiso no significa absolutización. Hay que mantenerse siempre disponibles, sin dejarse atrapar por los valores parciales. El compromiso histórico deja de ser auténtico cuando absorbe todas las energías. No hay que perder de vista los límites y la temporalidad en las conquistas sociales culturales, económicas y políticas.

4. Autonomía del mundo y dependencia de Dios
Pero entonces, ¿qué papel juegan en la salvación del hombre las realidades temporales?, ¿son realmente autónomas estas realidades en el plan de Dios? La respuesta la encontramos en la Encarnación. Dios se hace hombre sometiéndose a las limitaciones propias de esta condición (Flp 2, 6-8). Fue realmente hombre, no se disfrazó como tal, lo cual para algunos creyentes aparentemente piadosos, aún hoy en día, es especialmente “molesto”. Creen que hacen un favor a Dios pensando que fue un poco “más” Dios que hombre. Las herejías cristológicas de los primeros siglos aún viven sutilmente entre nosotros.

"Salvator Mundi", lienzo de Domenikos Theotokopoulos "El Greco" (1600). Galería Nacional de Escocia, Edimburgo, Reino Unido.

“Salvator Mundi”, lienzo de Domenikos Theotokopoulos “El Greco” (1600). Galería Nacional de Escocia, Edimburgo, Reino Unido.

“Cristo, parecen pensar, habría bajado al mundo como los obispos y los ministros que bajan un día a la mina y se fotografían, ¡tan guapos!, a la salida con traje y casco de mineros. Obispos y ministros saben que esa fotografía no les hace mineros; que luego volverán a sus palacios y despachos. ¿Y de qué nos hubiera servido a los hombres un Dios disfrazado de hombre, camuflado de hombre, fotografiado, por unas horas, de hombre?” (J. L. Martín Descalzo. Vida y Misterio de Jesús de Nazaret, tomo I).

Con el tema de la historia humana ocurre algo parecido: nuestra historia de salvación es una historia encarnada, hecha mundo. Pero una falsa piedad nos indica que “esta” historia, la del día a día, no es nuestra, en parte porque está cargada de miserias, pobrezas y limitaciones. Es, por así decirlo, “muy” humana, alejada del Cielo, demasiado real, y paradójicamente, en cierta manera, muy “inhumana”. Nos desagrada pensar que esta historia tan manchada es la que construimos entre todos: siempre la culpa es de los demás, de otros, de Dios, incluso.

Y resulta que no, que esta historia es para nosotros, enterita, responsabilidad nuestra, autónoma, libre. ¡Qué chasco! ¡Con lo bien que se está sin responsabilidad, como un niño pequeño, cuidado y acunado por el Padre Dios! Sabemos muy bien, somos expertos en eludir nuestras tareas y encargos. El construir con nuestras manos un mundo según la ley de Dios se hace muy cuesta arriba.

Ciertamente la tarea de construcción del Reino es dura, aunque el contemplar este mundo con ojos nuevos nos hará ver las grandes posibilidades que éste posee. El sembrar nuestra realidad temporal con semillas de Dios, “humanizándolo” en el sentido más positivo y pleno de la palabra, es signo de nuestro compromiso en ser colaboradores del Creador. Por tanto, este noble trabajo es doble: contemplación de las maravillas de la creación y administradores de dichas maravillas puestas bajo nuestro cuidado.

Y siempre sin perder de vista a Dios. Es muy fácil, como decimos, dejarnos seducir por el “dualismo” de la historia y vivir una doble vida con respecto a nuestra fe. Como si nuestra historia humana, profana, no tuviera que ver nada con Dios: una cosa, podemos pensar, son las cosas de los hombres, nuestros asuntos y pleitos, y otra, los asuntos de Dios.

Imagen del Salvador en el retablo principal. Iglesia de Ayoó de Vidriales, Zamora (España).

Imagen del Salvador en el retablo principal. Iglesia de Ayoó de Vidriales, Zamora (España).

La autonomía de la realidad terrena no implica la desvinculación con el Creador, no implica el ser dos “asuntos” independientes, sino que la bondad de la acción de Dios abarca esta dimensión, la gobierna y cuida. Precisamente esa bondad divina perfecciona, permite y es garante de la autonomía de la historia profana, pues es lo querido por el que todo creó.

Tampoco la relación Dios-criatura es una relación de independencia. Dios reconoce la libre acción de todo lo creado, con sus propias normas, causas y principios: así lo dispuso. Pero esto no significa que tenga una relación rota con Él, no implica una total desvinculación de la mano creadora, sino que es soberano de su designio (Sal 148, 5-6). Precisamente, por esta unión es por lo que la criatura alcanza su dignidad, pues, ¿qué es una simple criatura sin Dios? Se diluye sin Él en la inmensidad del universo. El entrar en los planes divinos es lo que la enaltece y hace grande; es lo que hace que tenga su importancia en la creación: “Grandes son las obras del Señor, dignas de estudio para los que las aman (Sal 110, 2)”.

Resumiendo todo este punto, podemos decir por tanto, que toda nuestra realidad humana es también realidad de Dios, donde Él es Rey y Señor. El hombre, reconociéndolo, debe esforzarse por conocer la voluntad divina y perseverar, con libertad de acción y ayuda de la gracia, en su cumplimiento. Esta realidad temporal es asimismo un campo de acción autónomo del hombre, pero no independiente del plan de Dios, por lo que mantener una relación con Él sólo en el ámbito de lo religioso es fragmentario. Todo ello nos exige depurar nuestras tareas y acciones temporales para referenciarlas al único marco posible: Cristo.

5. La Buena Nueva de la salvación universal
Uno de los puntos de conflicto de las comunidades cristianas nacientes tras la resurrección de nuestro Señor fue precisamente el título de este apartado. Se preguntaron estos primeros seguidores del Nazareno: ¿la salvación es para todos?, ¿quizás sólo para los judíos de nacimiento? Recordemos aquí las tormentosas discusiones del primer Concilio de Jerusalén en lo referente a la obligación del cumplimiento de la Ley por parte de los gentiles: Después de una larga deliberación, se levantó Pedro y les dijo: “Hermanos, vosotros sabéis cómo ha mucho tiempo determinó Dios aquí entre vosotros que por mi boca oyesen los gentiles la palabra del evangelio y creyesen. Dios, que conoce los corazones, ha testificado en su favor, dándoles el Espíritu Santo igual que a nosotros y no haciendo diferencia alguna entre nosotros y ellos, purificando con la fe sus corazones” (Hch 15, 7-9)

Salvador Eucarístico, óleo de Juan de Juanes (1545-1550). Museo Nacional del Prado, Madrid (España).

Salvador Eucarístico, óleo de Juan de Juanes (1545-1550). Museo Nacional del Prado, Madrid (España).

En relación con este texto, Benedicto XVI, en su “Jesús de Nazaret”, hace una aportación interesante: Para ellos (los judíos), Dios es sobre todo Ley; se ven en relación jurídica con Dios y, bajo este aspecto, a la par con Él. Pero Dios es algo más: han de convertirse del Dios-Ley al Dios más grande, al Dios del amor. Entonces no abandonarán su obediencia, pero ésta brotará de fuentes más profundas y será, por ello, mayor, más sincera y pura, pero sobre todo también más humilde.

Aunque la declaración solemne de Pedro, junto a los demás apóstoles y el pueblo, tuvo la fuerza del primado, ya el Espíritu Santo había hablado por la boca de san Pedro el día de Pentecostés anticipando a la Buena Nueva de la salvación universal: “Y todo el que invocare el nombre del Señor se salvará” (Hch 2, 21).

La esperanza de la salvación que parece tan sabida por parte de todos los cristianos, es olvidada a veces en momentos en los que la vida nos parece dar la espalda. Esta promesa salvífica debe llenar nuestros corazones de esperanza y júbilo: todos estamos llamados a la redención, todos podemos participar del banquete que Dios nos prepara (Mt 25, 21; Mt 8, 11; Ap 19, 6-9). Describe maravillosamente este banquete Henri J. M. Nouwen en su archiconocida obra del “Regreso del Hijo Pródigo”: “Soy consciente de que no estoy acostumbrado a imaginarme a Dios dando una gran fiesta. Parece que está en contradicción con la seriedad y la solemnidad con la que siempre le he relacionado. Pero cuando pienso en la forma como Jesús describe el reino de Dios, veo que siempre hay un banquete… La celebración es parte del reino de Dios. Dios no sólo ofrece perdón, reconciliación y cura, sino que quiere hacer todos estos regalos como muestra de su alegría para todos los que estén presentes… Dios no quiere guardarse la alegría para Él solo. Quiere compartirla con todo el mundo. La alegría de Dios es la alegría de sus ángeles y de sus santos; es la alegría de todos los que pertenecen al reino”.

Y en esa promesa de Cristo para todo el que le sigue, no hay distinciones entre los hombres. El término cristiano no lleva apellido alguno como a veces nos empeñamos en poner: no hay cristianos de una clase o de otra, ricos o pobres, blancos o negros, altos o bajos. No hay cristianos de primera o de segunda, todos somos iguales, y todos podemos seguir a Cristo y ser salvos, sean las que sean las circunstancias que nos acompañen en la vida. Nos viene aquí que ni pintado el conmovedor pasaje del eunuco etíope y el diácono Felipe: “Siguiendo su camino, llegaron a donde había agua, y dijo el eunuco: Aquí hay agua; ¿qué impide que sea bautizado? Felipe dijo: Si crees de todo corazón, bien puedes. Y respondiendo, dijo: Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios. Mando parar el coche, y bajaron ambos al agua, Felipe y el eunuco, y le bautizó (Hch 8, 36-38)

Imagen del Salvador en madera policromada. Iglesia de Ayoó de Vidriales, Zamora (España).

Imagen del Salvador en madera policromada. Iglesia de Ayoó de Vidriales, Zamora (España).

Incluso los pecadores endurecidos tienen la posibilidad de salvarse si se convierten y acogen a Cristo en sus vidas. Ellos son especialmente queridos por Cristo que no deja de salir a su encuentro. En su conversión es donde sobreabunda la actuación de la gracia. El mismo Salvador así lo enseña en el encuentro con Zaqueo: “Díjole Jesús: Hoy ha venido la salud a tu casa, por cuanto éste es también hijo de Abraham, pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido” (Lc 19, 9-10).

Y es que olvidamos a veces que la misión principal de Jesús fue ésta: salvar a los pecadores, o lo que es lo mismo, a todo el género humano, a todos los que somos de la estirpe de Adán. Nos deleitamos con un Jesús mesiánico estilo hippie que nos dibuja el mundo de color rosa, que trae paz, armonía, solidaridad y todas esas palabras tan de moda en las ONGs de cooperación internacional. Nos parece un propósito bueno y… “guay”, muy actual y comprometido, que engancha y enamora. Además al mundo es mejor y más fácil “venderle” un Jesús así, con florecillas en el pelo, que un Jesús solemne que rompe las cadenas del pecado. Un Jesús salvífico suena a tratado de Sto. Tomás de Aquino por lo menos. ¿A quién se le puede anunciar un Jesús tan insípido y “carca”?

Pero la realidad es que la Encarnación y la Cruz fueron para que el mundo sea salvo en Dios: ésa era la voluntad divina desde el principio de los tiempos. Resuenan aquí con fuerza las palabras del prólogo del evangelio de S. Juan: “Vino a los suyos, pero los suyos no le recibieron. Mas a cuantos le recibieron les dio poder de venir a ser hijos de Dios a aquellos que creen en su nombre “(Jn 1, 11-12).

El hombre, por esta voluntad salvífica de Dios, es transformado y renacido a una nueva esperanza, adquiriendo la dignidad de hijo de Dios, sea cual sea su condición o estado. Asimismo es invitado y animado por la gracia a acoger el plan que Dios tiene proyectado: la vocación a la salvación. Ningún hombre es ajeno a esta llamada, y todos son llamados vivir a Cristo en plenitud porque “… nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde esperamos un Salvador: al Señor Jesucristo…” (Flp 3, 20). Y en la primera carta de S. Juan encontramos un texto revelador: “Y hemos visto, y damos de ello testimonio, que el Padre envió a su Hijo por Salvador del mundo” (1 Jn 4, 14). Fijémonos que dice “del mundo”, en totalidad, no de una parte. Dios envía a su Hijo para salvar a todos.

Icono ortodoxo ruso del Pantócrator.

Icono ortodoxo ruso del Pantócrator.

Aunque la acción salvífica de Cristo alcanza a todos los hombres que le buscan con un corazón limpio, la plenitud de dicha salvación se logra dentro de la comunidad eclesial, que no deja de anunciar a toda la humanidad, desde sus comienzos, la Buena Nueva de la salvación. Emocionante es el primer discurso de S. Pedro el día de Pentecostés, el primer día que la Iglesia anunció a Cristo al mundo. Aunque merece la pena leerlo una vez más todo entero me permito extraer este pequeño párrafo: Arrepentíos y bautizaos en el nombre de Jesucristo para remisión de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo. Por que para vosotros es esta promesa, y para vuestros hijos, y para todos los de lejos, cuantos llamare a sí el Señor, Dios nuestro (Hch 2, 38-39). Y ya sabemos lo que ocurrió a continuación. En unas horas la Iglesia pasó de contar de una escasa docena de miembros a más de tres mil. No está nada mal para un solo día.

Quisiera terminar este artículo tal como lo empecé: haciendo mención del Concilio Vaticano II. En unas líneas sobre la salvación no podía faltar uno de los párrafos más bellos a mi entender de todos los documentos que entonces se redactaron y aprobaron. Un texto que refleja la verdadera preocupación de la Iglesia por el mundo y su anhelo de llevar el mensaje y la salvación de Cristo a todos los hombres. Me refiero al punto número 1 de la Constitución pastoral Gaudium et Spes: Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón. La comunidad cristiana está integrada por hombres que reunidos en Cristo, son guiados por el Espíritu Santo en su peregrinar hacia el reino del Padre y han recibido la buena nueva de la salvación para comunicarla a todos. La Iglesia por ello se siente íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia (GS 1). Gaudium et Spes fue el último documento aprobado por el Concilio, el 7 de diciembre de 1965.

David Jiménez


Texto original en latínTexto en español
Te Deum laudamus:
te Dominum confitemur.
Te aeternum Patrem,
omnis terra veneratur.

Tibi omnes angeli,
tibi caeli et universae potestates:
tibi cherubim et seraphim,
incessabili voce proclamant:

Sanctus, Sanctus, Sanctus
Dominus Deus Sabaoth.
Pleni sunt caeli et terra
majestatis gloriae tuae.

Te gloriosus Apostolorum chorus,
te prophetarum laudabilis numerus,
te martyrum candidatus laudat exercitus.

Te per orbem terrarum
sancta confitetur Ecclesia,
Patrem immensae maiestatis;
venerandum tuum verum et unicum Filium;
Sanctum quoque Paraclitum Spiritum.

Tu rex gloriae, Christe.
Tu Patris sempiternus es Filius.
Tu, ad liberandum suscepturus hominem,
non horruisti Virginis uterum.

Tu, devicto mortis aculeo,
aperuisti credentibus regna caelorum.
Tu ad dexteram Dei sedes,
in gloria Patris.

Iudex crederis esse venturus.

Te ergo quaesumus, tuis famulis subveni,
quos pretioso sanguine redemisti.
Aeterna fac
cum sanctis tuis in gloria numerari.

Salvum fac populum tuum, Domine,
et benedic hereditati tuae.
Et rege eos,
et extolle illos usque in aeternum.

Per singulos dies benedicimus te;
et laudamus nomen tuum in saeculum,
et in saeculum saeculi.

Dignare, Domine, die isto
sine peccato nos custodire.
Miserere nostri, Domine,
miserere nostri.

Fiat misericordia tua, Domine, super nos,
quemadmodum speravimus in te.
In te, Domine, speravi:
non confundar in aeternum.
A ti, oh Dios, te alabamos,
a ti, Señor, te reconocemos.
A ti, eterno Padre,
te venera toda la creación.

Los ángeles todos, los cielos
y todas las potestades te honran.
Los querubines y serafines
te cantan sin cesar:

Santo, Santo, Santo es el Señor,
Dios de los ejércitos.
Los cielos y la tierra
están llenos de la majestad de tu gloria.

A ti te ensalza el glorioso coro de los apóstoles,
la multitud admirable de los profetas,
el blanco ejército de los mártires.

A ti la Iglesia santa,
extendida por toda la tierra,te aclama:
Padre de inmensa majestad,
Hijo único y verdadero, digno de adoración,
Espíritu Santo, defensor.

Tú eres el Rey de la gloria, Cristo.
Tú eres el Hijo único del Padre.
Tú, para liberar al hombre,
aceptaste la condición humana sin desdeñar el seno de la Virgen.

Tú, rotas las cadenas de la muerte,
abriste a los creyentes el Reino de los Cielos.
Tú sentado a la derecha de Dios
en la gloria del Padre.

Creemos que un día has de venir como juez.

Te rogamos, pues, que vengas en ayuda de tus siervos,
a quienes redimiste con tu preciosa sangre.
Haz que en la gloria eterna
nos asociemos a tus santos.

Salva a tu pueblo, Señor,
y bendice tu heredad.
Sé su pastor
y ensálzalo eternamente.

Día tras día te bendecimos
y alabamos tu nombre para siempre,
por eternidad de eternidades.

Dígnate, Señor, en este día
guardarnos del pecado.
Ten piedad de nosotros, Señor,
ten piedad de nosotros.

Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti.
En ti, Señor, confié,
no me veré defraudado para siempre

Oremus:
Deus, cuius misericordiae non est numerus, et bonitatis infinitus est thesaurus, piissimae Majestati tuae pro collatis donis gratias agimus, tuam semper clementiam exorantes: ut qui petentibus postulata concedis, eosdem non deserens, ad praemia futura disponas. Amen.

Bibliografía:
– Benedicto XVI. Jesús de Nazaret. Ed. La Esfera de los Libros. Madrid, 2007
– Martín Descalzo, J. L. Vida y Misterio de Jesús de Nazaret. Ediciones Sígueme. Salamanca, 1996
– Moreno, F. San Jerónimo. La espiritualidad del desierto. Biblioteca de Autores Cristianos. Madrid, 1994
– Nouwen, H. J. M. El Regreso del Hijo Pródigo. Editorial PPC. Madrid, 1999
– Sesboüe, B. Creer. Editorial San Pablo. Madrid, 2000
– Varios. Catecismo de la Iglesia Católica. Asociación de Editores del Catecismo. Madrid, 1993
– Varios. Documentos del Vaticano II. Biblioteca de Autores Cristianos. Madrid, 1980
– Varios. Venid y lo Veréis. Catequesis de Adultos. Editorial PPC. Madrid, 1998.

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

La salvación en Cristo (I)

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

"Salvator Mundi". Lienzo de escuela barroca florentina.

“Salvator Mundi”. Lienzo de escuela barroca florentina.

En estos días navideños es muy importante conocer que la venida de Jesucristo al mundo, su Encarnación, no es un momento de la historia sin más, sino que procede de la voluntad salvífica de Dios para con el hombre. El nacimiento de Jesús no es un acto entrañable, tierno, de mazapán, cariñoso, aunque estos y otros sentimientos parecidos aparezcan en nuestros corazones ante el Niño tumbado en el pesebre. El nacimiento del Niño Dios es un acontecimiento de la Creación de una importancia tan suprema para el hombre que es capaz de cambiar en éste su propia condición: de criatura de Dios, pasamos, por el Hijo, a ser hijos de Dios.

1. Necesidad de Cristo Salvador
Una de las cuestiones que más preocuparon a los Padres conciliares del Vaticano II fue la de mostrar al mundo la plena actualidad del mensaje de Cristo. Esta idea recurrente surge continuamente cuando leemos por encima algunos de los documentos de dicho concilio. La Iglesia, afirmaron, necesita actualizarse continuamente, es verdad, no puede vivir aislada de lo que ocurre a su alrededor, pero la Buena Nueva debe seguir siendo anunciada al mundo, sigue teniendo plena validez, frescura y vigor: ¡El mundo necesita a Cristo Salvador!

Sólo basta acudir al comienzo de la Lumen Gentium para descubrir esta preocupación de los Padres: “Cristo es la Luz de los pueblos. Por ello, este sacrosanto Sínodo, reunido en el Espíritu Santo, desea ardientemente iluminar a todos los hombres, anunciando el Evangelio a toda criatura…” (LG 1). Y tan fervientemente cree la Iglesia en Cristo salvador que afirma con contundencia en el final de GS 10: “Cree la Iglesia que Cristo, muerto y resucitado por todos, da al hombre su luz y su fuerza por el Espíritu Santo a fin de que pueda responder a su máxima vocación y que no ha sido dado bajo el cielo a la humanidad otro nombre en el que sea necesario salvarse”. En esta línea se pronuncian los demás documentos conciliares.

"Salvator Mundi", lienzo de Lorenzo Lotto.

“Salvator Mundi”, lienzo de Lorenzo Lotto.

Aunque haya pasado ya casi medio siglo de la redacción de estos documentos, la problemática del hombre contemporáneo de sentirse independiente de Dios, autónomo de toda redención y no necesitado del mensaje de Cristo, está plenamente vigente en nuestros días, resurgiendo continuamente en los medios de comunicación, publicaciones, y hasta en tertulia entre amigos y conocidos. ¿Cristo?, ¿para qué?, ¿qué aporta un galileo del siglo I a nuestro postmoderno mundo tecnificado?, ¿de qué le sirve al hombre seguirlo?. Y por otro lado, si realmente Cristo es el Salvador, ¿de qué nos salva?

El mismo nombre de Jesús, que en hebreo significa “Dios salva”, nos anuncia claramente su misión: “…Y todo el que invocare su nombre se salvará” (Hch 2, 21). “No hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos” (Hch 4, 12). Jesús se encarna, nace, vive, predica, anuncia, proclama, sufre y, finalmente, muere para salvar a la humanidad. En Jesús, Dios recapitula toda la historia de la salvación en favor de los hombres (Col 1, 19-20), lo envía para ser “salvador del mundo” (1 Jn 4, 14). Así lo ha vivido y confesado la Iglesia hasta el punto de que lo recordamos en el credo cuando decimos: “Por nosotros los hombres y por nuestra salvación, bajó del cielo…”

En la historia de la salvación Dios no se conforma con sacar a Israel de la esclavitud de Egipto (Ex 3, 7-10), sino que quiere salvarlo en su totalidad, todo él, pues toda dimensión humana necesita ser salvada. La venida de Cristo es el signo sobre todos los signos de que Dios ama al hombre y quiere salvarlo.

– Quiere salvarlo del pecado y de la muerte, reconciliarnos con Dios. Su pueblo es consciente cada vez más de la necesidad de esa redención (Sal 50, Lc 1, 78-79). El pecado es el mayor obstáculo para que el hombre cumpla con su vocación de hijo de Dios, es causa de todo su servilismo.

– Quiere salvarnos del odio, mostrarnos cuánto amor nos tiene. “En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió a su Hijo único, para que vivamos por medio de Él” (1 Jn 4, 9)

– Quiere liberarnos de nuestra naturaleza deformada, pues con la Encarnación es sanada, restablecida, resucitada. “El Hijo Unigénito de Dios, queriendo hacernos partícipes de su divinidad, asumió nuestra naturaleza, para que, habiéndose hecho hombre, hiciera dioses a los hombres” (Sto. Tomás de Aquino, opusc. 57 in festo Corp. Chr., 1).

"Salvator Mundi", lienzo atribuido a Jean de Boulogne.

“Salvator Mundi”, lienzo atribuido a Jean de Boulogne.

– Quiere ser liberación de nuestra pobre historia como hombres. Si nos alejamos de Cristo el hombre está perdido, vaga por su vida sin sentido, sin cimiento, sin roca donde apoyarse en un desaliento eterno, con una sed terrible que sólo sacia Jesús, el agua viva. La vida del hombre es un continuo penar, expuesto a mil peligros, mil perdiciones que sólo conducen a la nada. Expone muy claro todo este pensamiento J. L. Martín Descalzo: …Jesús concibe la vida del hombre como una tremenda apuesta, como una gran opción en la que el hombre debe elegir vivir o no vivir, salvarse o perderse… Jesús no oculta nunca que el hombre vive en un océano de tormentas. Sabe que su vida en una tensa escalada en los que los peligros de destrucción acechan incesantes. El hombre se juega todo en esta gran aventura. Y si Cristo trae una gran salvación es porque el riego de perdición es muy hondo (Vida y misterio de Jesús de Nazaret II, pág. 400).

– Quiere salvarnos para que estemos “siempre” con Él. No se entiende la vida del cristiano sin la “espera” del gran acontecimiento de la salvación, no sólo “ahora y en este lugar”, sino también, y de manera especial, en el Último día, meta de la historia, en la cual se llevará a perfección al hombre y al mundo. Cristo es Juez Universal, adquiriendo este derecho por su Cruz. Él salvará a quien acoja su gracia (Jn 3, 17), pues por el rechazo de esta gracia es por lo que cada uno se juzga ya a sí mismo.

Esta salvación se espera como un don, no como una conquista personal, aunque exige empeño y cooperación con Dios por parte del hombre. Esta espera laboriosa es como la de los siervos fieles que hacen fructificar los talentos recibidos (Mt 25, 14-30). Se presenta la salvación como un gran paradoja: don de Dios en su origen, y colaboración, tarea y responsabilidad del hombre.

La salvación no es fruto de nuestros esfuerzos: no se construye ni se edifica, ni se crea por el hombre, sino que irrumpe con fuerza. Es regalo, herencia de Dios por pura misericordia y gracia suyas. La tarea del hombre consiste pues en, con alegría y agradecimiento de niño (Mt 18, 2), creer en ella, esperar en ella, acogerla, aceptar al dador de todo bien: Dios, capaz de cambiar nuestra vida y nuestra historia.

"Salvator Mundi", busto del escultor barroco Gian Lorenzo Bernini.

“Salvator Mundi”, busto del escultor barroco Gian Lorenzo Bernini.

Pero, ¿el hombre ha de tener una actitud pasiva? No, de ningún modo, hay que eliminar todo aquello que impide el acoger la salvación, esos obstáculos que le impiden a Dios entrar en mi vida. Trabajar sí, pero no para que la salvación llegue, sino porque, “precisamente”, está llegando. Como la salvación es gratis estamos más obligados aún a hacer, a cooperar con Dios que viene a salvarnos.

Evidentemente la doctrina anterior es fruto de siglos de estudios y disputas teológicas. El equilibrio gracia-voluntad-justificación ha causado en la Iglesia mucho dolor y disensiones entre sus miembros.

Tuvo mucha fuerza en los primeros siglos del cristianismo las tesis de Pelagio, monje alto y corpulento originario de la provincia romana de Britania. Su rigurosa ascesis y penitencia le había granjeado simpatías entre eremitas y mujeres piadosas, recordemos que muy abundantes en la capital del Imperio sobre los siglos IV y V. Lo novedoso de sus ideas puede resumirse en los siguientes puntos:

– La voluntad humana posee en sí misma todas las cualidades precisas para evitar el mal y hacer el bien.
– No es necesaria, por tanto, la gracia divina, sólo se precisa la voluntad del hombre, su esfuerzo y su interés para seguir el camino recto.
– El pecado original es algo personal de Adán y Eva. Para nada nos afecta a nosotros, sus descendientes.
– La oración y la redención de Jesús de nada sirve, si acaso como ejemplo para sus seguidores.

Frente a ello, numerosos Padres de la Iglesia, con S. Jerónimo y S. Agustín a la cabeza, y varios concilios de los primeros años actuaron con rotundidad, proclamando la colaboración en la justificación entre la gracia de Dios y la libertad del hombre. Famosa es la siguiente cita agustiniana: “Ciertamente nosotros trabajamos también, pero no hacemos más que trabajar con Dios que trabaja” (S. Agustín, De natura et gratia, 31). La oposición del santo de Hipona no desanimó a Pelagio, el cual, a pesar de las persecuciones que sufrió en Roma no se retractó y huyó a Oriente, a Belén, donde tuvo, para él, la mala suerte de encontrarse, retirado y envejecido, pero aún con numerosas energías apologéticas, al corajudo S. Jerónimo. Este santo se convierte en un acérrimo y activo antipelagiano, llegando a escribir todo un tratado contra el britano díscolo: su célebre Diálogo contra pelagianos.

"Salvator Mundi", detalle de una tabla gótica de Berrguete.

“Salvator Mundi”, detalle de una tabla gótica de Berrguete.

A pesar del tiempo transcurrido desde estas primeras discusiones teológicas es, sin embargo, un tema recurrente en la Iglesia. Quizás ya nadie defiende a Pelagio, ni se declara su seguidor, pero sus ideas poseen un atractivo que seducen a muchos cristianos. Hay, sin duda “pelagianismo”, pero nadie lo llama así. Aparece hoy disfrazado con sutileza, y se desliza en la práctica religiosa del pueblo de Dios: una ascesis, penitencia o austeridad mal orientadas, o diversas formas de piedad descentradas, pueden ser la disimulada puerta de entrada de las tesis del testarudo monje de Britania. Previniendo esto, a través de los siglos, diversos documentos eclesiales vienen recordados a los fieles el mantenerse alerta ante esta doctrina errónea. Vemos un ejemplo de los numerosos documentos tridentinos: “Cuando Dios toca el corazón del hombre mediante la iluminación del Espíritu Santo, el hombre no está sin hacer nada al recibir esa inspiración, que por otra parte puede rechazar; y, sin embargo, sin la gracia de Dios, tampoco puede dirigirse, por su voluntad libre, hacia la justicia delante de Él (Cc. De Trento: DS 1525). También el Vaticano II nos lo recuerda: “La libertad humana, herida por el pecado… ha de apoyarse necesariamente en la gracia de Dios” (GS 17). Todo ello nos hace tener muy presente la necesidad de una existencia humana vinculada fuertemente a la presencia de Dios. La criatura necesita a su Creador para desarrollarse en plenitud, para perseverar en la vocación de todo hombre: el amor.

A esta doctrina de la Iglesia, el pensamiento contemporáneo se enfrenta claramente: el hombre, como ser autónomo, puede autorrealizarse plenamente sin la acción de ninguna deidad, puede aprender, madurar, desarrollarse, encontrar su camino, descubrir su vocación, obrar según su propio sentir o pensar, en definitiva, vivir, sin necesitar ningún añadido externo, ningún tipo de “gracia”. No deja de ser un pelagianismo aún más radical que el original, el cual al menos estaba en la órbita cristiana, ya que incluso excluye cualquier forma de transcendencia. No es más que un pelagianismo ateo, acorde con los tiempos de desierto de la fe que padecemos en nuestra cultura postmoderna, donde la nueva deidad es el propio hombre: “…Los que profesan este ateísmo afirman que la esencia de la libertad consiste en que el hombre es el fin de sí mismo, el único artífice de su propia historia… El sentido de poder que el progreso técnico actual da al hombre puede favorecer esta doctrina” (GS 20).

Es curioso que este humanismo actual donde el hombre es supuestamente elevado hasta cotas que poco tiene que ver con su realidad limitada, no hacen sino evitar que éste se realice plenamente como hombre. Sólo con Dios el hombre puede ser más hombre, alcanzar sus proyectos y sueños, perfeccionarse y madurar.

"Cristo, Salvador del mundo". Conjunto escultórico en El Salvador.

“Cristo, Salvador del mundo”. Conjunto escultórico en El Salvador.

2. Todo camina hacia Él: Perspectiva unitaria de la creación y de la salvación, a la luz de la creación en Cristo
Creación y salvación, dos conceptos que bien pudiera pensarse que están separados, no dejan de ser dos caras de una misma moneda, dos etapas del mismo camino y proyecto de Dios. El hombre es creado por Dios para ser salvo. Dios acuna a su pueblo para salvarlo, para liberarlo y conducirlo a la tierra de promisión. No puede entenderse la creación sin la salvación, dos verbos unidos irremediablemente en la Sagrada Escritura y en el plan de Dios sobre el hombre.

Si la historia comienza con la creación paterna de Dios, esa historia tiene como Señor a Cristo; como impulso, al Espíritu Santo; como sentido final, la salvación. El hombre que desee entrar en el plan salvífico de Dios debe unir, sintonizar, acoplar “su” historia vital personal a la historia de Dios y su pueblo, la historia de salvación. Uniéndose a Cristo, la historia personal y particular de cada hombre que lo proclama como su salvador se une entonces al torrente de la gran historia de todos los hijos de Dios. La privacidad, la fe en lo secreto, en lo íntimo del hogar deja de tener así sentido alguno. La fe no es algo privado, alejado de las realidades presentes. Se es cristiano en todo lugar, en todo tiempo, en toda circunstancia: Cristo reina en el universo. No puede el hombre confesar su fe en lo privado y apostatar en lo público, ser cristiano, en definitiva, en su dimensión religiosa, pero ateo en su día a día, en su trabajo, ocio o amistades. Correríamos el riesgo de tener una religiosidad camaleónica, que se adapta a las realidades del momento, sin compromiso temporal cristiano, pensando quizás en el Cielo, pero olvidando la tierra. Seríamos un nuevo Pedro negando antes del canto del gallo.

Recuerda muy bien J. M. Capodevilla este momento y lo une maravillosamente con el tema de la gracia, que antes vimos: La Historia del las negaciones de Pedro arranca de muy atrás: arranca exactamente de sus afirmaciones, de aquellas afirmaciones suyas demasiado rotundas y presuntuosas: “Yo daré mi vida por ti”. “Aunque todos se escandalizaren”… En el momento que hacía estas jactanciosas protestas, andaba ya en realidad el discípulo negando a su Maestro, porque estaba apoyándose en sí mismo, en sus propias menguadas fuerzas, porque estaba negando la necesidad de la gracia. De tales protestas a las negaciones el camino es derecho, la pendiente inevitable: sólo es menester que la ocasión se presente.

David Jiménez

Bibliografía:
– Benedicto XVI. Jesús de Nazaret. Ed. La Esfera de los Libros. Madrid, 2007
– Martín Descalzo, J. L. Vida y Misterio de Jesús de Nazaret. Ediciones Sígueme. Salamanca, 1996
– Moreno, F. San Jerónimo. La espiritualidad del desierto. Biblioteca de Autores Cristianos. Madrid, 1994
– Nouwen, H. J. M. El Regreso del Hijo Pródigo. Editorial PPC. Madrid, 1999
– Sesboüe, B. Creer. Editorial San Pablo. Madrid, 2000
– Varios. Catecismo de la Iglesia Católica. Asociación de Editores del Catecismo. Madrid, 1993
– Varios. Documentos del Vaticano II. Biblioteca de Autores Cristianos. Madrid, 1980
– Varios. Venid y lo Veréis. Catequesis de Adultos. Editorial PPC. Madrid, 1998.

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Santo Tomás Becket, arzobispo mártir de Canterbury (II)

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Pintura decimonónica del Santo. Iglesia de Saint Gervais, Rouen (Francia).

Pintura decimonónica del Santo. Iglesia de Saint Gervais, Rouen (Francia).

Ayer escribimos sobre la vida, muerte y culto de Santo Tomás de Canterbury, pero es tan abundante su representación iconográfica que, aunque este no sea un tema que domine, basándome sobre todo en la Bibliotheca sanctórum, quiero dedicarle un segundo artículo a este santo.

La figura de Santo Tomás Becket, desde inmediatamente después de su muerte asumió un papel tan importante que se le identificó con la libertad, con la dignidad humana y con una indómita fidelidad a la Iglesia de Roma, por lo que no tenemos por qué extrañarnos de que su culto se difundiese por toda Europa y la riqueza iconográfica ligada a tal culto, especialmente entre los siglos XII al XVI, cuando su memoria fue abolida por Enrique VII en su país natal.

Como consecuencia de esto, encontramos representaciones del santo por toda Italia, Francia y Alemania, a menudo asociado a sus dos homónimos: Santo Tomas apóstol y Santo Tomás de Aquino. Se podría iniciar una recopilación iconográfica, aunque no exhaustiva, con las representaciones disponibles en Italia, ya sea porque algunas de ellas están entre las más antiguas, ya sea por su localización en iglesias emblemáticas por su contenido artístico o por su tradición histórica, aunque entre estas representaciones no existan muchas que sean contemporáneas del santo.

Los frescos del oratorio de Santo Tomás en la catedral de Anagni y que son atribuidos al Maestro de la Translación (siglo XII), fueron pintados en una época cercana a los acontecimientos de Canterbury y aunque se encuentran en un estado de grave deterioro, nos ofrecen el modelo de aquella que posteriormente será la imagen inmortalizada en todas las demás obras. Lo mismo podríamos decir de los mosaicos de la Catedral de Monreale, también del siglo XII y del fresco del siglo XIII que se encuentra en el Sacro Speco de Subiaco.

Santo Tomás aparece casi siempre representado como un obispo solemnemente ataviado, con un aspecto relativamente joven y con la mitra sobre su cabeza. Aunque en Monreale aparece revestido con el palio de arzobispo, barbudo y con la cabeza descubierta y en Subiaco, con un libro cerrado en su mano izquierda y bendiciendo con la derecha. En otras imágenes aparece con el pectoral. A veces es representado con un hacha incrustada en el cráneo, recordando el modo de su martirio e incluso, alguna vez, montado a caballo.

"La muerte de Santo Tomás Becket", lienzo de Albert Pierre Dawant (1852-1923). Museo de Fécamp, Francia.

“La muerte de Santo Tomás Becket”, lienzo de Albert Pierre Dawant (1852-1923). Museo de Fécamp, Francia.

Quedándonos en Italia, recordemos el políptico de Andrea Bonaiuti de Florencia (que actualmente se encuentra en la National Gallery of London), o la estrada de Giovanni del Biondo en la capilla Bardi en el templo Santa Croce de Florencia, en las cuales, Santo Tomás aparece junto a San Juan Gualberto. En lo referente a los ciclos y episodios singulares de su vida, entre los cuales está naturalmente la escena de su asesinato en la catedral, recordemos entre otras la del fresco de la iglesia de los Santos Juan y Pablo en Spoleto (Perugia) atribuida a Alberto Gotrio (siglo XII) y la miniatura de la escuela de Facino de Buonaguida, perteneciente a la colección Hoepli de Milán. Encerrado en el bucle de una gran S inicial, se ve el santo en el altar, con el cáliz cogido entre las manos, con un acólito a su lado, mientras un hombre armado le golpea la cabeza con una espada.

Entre las representaciones más antiguas en Francia está la escultura de la catedral de Sens, en la que aparece el santo en actitud de bendecir y que es del siglo XIII y también el fresco del mismo siglo, que se encuentra en Saint Junien, en el Limousin. Pero las representaciones artísticas que mejor encajan en el arte francés en el culto a Santo Tomás Becket, están las planchas de esmalte fabricadas en las célebres manufacturas de Limoges, reproduciendo la escena del martirio y que forman parte de los recuerdos que los peregrinos traían de Canterbury.

El episodio del martirio es reproducido en numerosísimas miniaturas de salterios y de libros de oraciones, como por ejemplo, el “Salterio de San Fusciano” en Amiens, que es del siglo XII o “El libro de Horas del Mariscal de Boucicault”, que se encuentra en el Museo Jacquemart-André de París. No faltan las esculturas como por ejemplo, los bajorrelieves del pórtico de la catedral de Chartres y un vitral con la misma escena, ambos del siglo XIII. Ventanales o vidrieras con las escenas completas de su vida, las hay por ejemplo en Sens (siglo XII), Angers (siglo XIII) y otras muchas.

Relicario en Arrás (Francia).

Relicario en Arrás (Francia).

Si nos vamos a Alemania, encontramos imágenes del santo en la iglesia de St. Jürgens de Wismar, donde aparece con los otros dos Tomases, o el tríptico de Santa Valburga, en Baviera, que es del siglo XV. En otras muchas iglesias alemanas se encuentran pinturas que representan las escenas de la vida, culminando con el martirio del santo. Entre estas existen algunas del siglo XIII, como los frescos de la catedral de Brunswich, aunque gran parte de estos pasajes están datados como del siglo XV.

Recordemos el gran cuadro del Museo de Hamburgo, realizado bajo el mecenazgo de los mercaderes que comerciaban con Inglaterra. Originariamente, la obra estaba compuesta de numerosos paneles de los cuales, cuatro estaban dedicados al santo. De estos, se conservan dos que representan la fuga de Rochester entre las burlas del populacho y el asesinato en la catedral. Otros episodios de su vida están representados por Michele Pacher en dos paneles, que hoy se encuentran en el Museo Johanneum de Gratz. La representación más popular del martirio es la de Réau, donde los agresores son cuatro, uno de los cuales lleva un hacha. El santo tiene el cáliz sobre el altar y con su mano bendice a quienes lo atacan.

No se puede concluir este brevísimo repaso sin recordar algunas de las representaciones de Santo Tomás Becket en España, como por ejemplo, la iglesia de Santo Tomás Canturiense, en Toro (siglo XII), los frescos de la iglesia de Santa María en Tarrasa (siglo XII) y algunos otros. Con respecto a los países escandinavos, recordemos la escultura de madera realizada por Bernt Notke, del siglo XV y que se encuentra en el Museo de Estocolmo o el ciclo pictórico de Björsäter, del siglo XIV, que también se encuentra en el mismo museo.

Relicario en Petersborough Abbey.

Relicario en Petersborough Abbey.

Como dijimos al principio, la iconografía de Santo Tomás Becket en Inglaterra se ha visto afectada por las vicisitudes de aquella Iglesia, existiendo pocas obras en el país que le vio nacer y donde murió. Aun así, recordemos el fresco de la iglesia Halexton en Cambridgeshire (siglo XIII), el ciclo de vidrieras de la catedral de Canterbury (siglo XIII) y la escena del martirio en la catedral de Exeter (siglo XIV).

Antonio Barrero

Bibliografía:
– Celletti, M.C., “Bibliotheca sanctórum, Tomo XII”, Città Nuova Editrice, Roma, 1990.

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Santo Tomás Becket, arzobispo mártir de Canterbury (I)

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Vidriera del Santo en la catedral de Canterbury, Reino Unido.

Vidriera del Santo en la catedral de Canterbury, Reino Unido.

Santo Tomás Becket, arzobispo de Canterbury, fue asesinado por instigación del rey Enrique II de Inglaterra en el año 1170 e inmediatamente fue venerado como mártir de la libertad de la Iglesia, siendo canonizado tres años después de su muerte.

Era hijo de un rico comerciante normando de la ciudad de Londres y su madre, que también era de Normandía, era una mujer excepcionalmente piadosa. Un amigo de su padre, Richard de L’Aigle, que estaba enamorado de una de sus hermanas, le enseñó a montar a caballos, a cazar y a participar en torneos. Desde joven, Tomás de vio dotado de una aguda sensibilidad, de una memoria extraordinaria, de una enorme facilidad de palabra y una gran capacidad de actuación, aunque como nos lo demuestran sus escritos, no era un gran pensador. Tal era su personalidad que muchos creen que si no hubiera sido martirizado, nunca hubiera sido canonizado.

Con diez años de edad realizó sus primeros estudios en la Abadía de Merton. Posteriormente marchó a Francia y después de un período de estudios en París y de trabajar durante un tiempo como oficial de la seguridad financiera de un magistrado de Londres, llegó a la famosa y bien dotada Curia del arzobispo Teobaldo de Canterbury. Desde allí fue enviado a Bologna (Italia) y a Auxerre (Francia) a fin de que estudiara derecho, llegando a ser archidiácono de Canterbury en el año 1154 y preboste de Beverley y al año siguiente, canciller de Inglaterra.

Su estrecha amistad con el nuevo rey Enrique II, su personal capacidad, su pródiga hospitalidad e incluso su valor militar, contribuyeron al éxito de sus siete años de gobierno y le garantizaban un futuro prometedor. Fue compañero de caza y de diversiones del rey y su amistad llegó hasta tal punto que Enrique II envió a uno de sus hijos a vivir en la casa de Tomás. Enrique, basándose en las costumbres de sus antepasados, quería ser soberano absoluto eliminando los privilegios del clero, ya que consideraba que estos privilegios menoscababan su autoridad y como canciller de Inglaterra, Tomás expresó su apoyo a los intereses del rey contra la Iglesia. En el año 1162, muerto el arzobispo Teobaldo y en contra de la voluntad del capítulo catedralicio, creyendo el rey que esta situación de amistad perduraría en el tiempo, lo promovió a la sede arzobispal de Canterbury. Tomás Becket fue consagrado como obispo el día 3 de junio de 1163.

Lugar donde estuvo sepultado desde el 1220 al 1538. Catedral de Canterbury, Reino Unido.

Lugar donde estuvo sepultado desde el 1220 al 1538. Catedral de Canterbury, Reino Unido.

Pero siendo ya arzobispo, Tomás adoptó deliberada y ostentosamente una austera conducta de vida, renunciando a su cargo de canciller. Su transformación fue radical, aunque sin embargo, incluso sus más acérrimos defensores no creen que esta fuera una conversión en el sentido más profundo de la palabra. Vistió como un monje, comenzó a utilizar cilicios y disciplinas, oraba por las noches, lavaba los pies a los pobres y otras nuevas actividades de ese estilo, pero que sin embargo no hicieron mella ni en su obstinación, ni en su orgullo personal.

Sus anteriores obligaciones y amistad con el rey, le impidieron oponerse a él, primero en las cuestiones de las tasas y tributos y posteriormente, en la reivindicación de los jueces seculares para juzgar y castigar a los eclesiásticos por delitos que ya eran juzgados en los tribunales eclesiásticos y en la libertad de apelar a Roma. El rey reivindicaba la autoridad de los derechos consuetudinarios durante los reinados de sus predecesores. Tomás lo rechazó, después lo admitió y finalmente, se volvió a oponer a ellas, inclinándose a favor del Papa Alejandro III, quién le impuso el palio de arzobispo en el Concilio de Tours.

De vueltas a Inglaterra puso en marcha un proyecto a fin de liberar a la Iglesia de Inglaterra de las limitaciones que él mismo había consentido que se aplicaran: quería la independencia de la Iglesia del poder civil, la libertad para elegir obispos y el respeto a las propiedades eclesiásticas. Viendo el rey el cambio de actitud del arzobispo, convocó al clero en la abadía de Westminster exigiéndose el sometimiento a su única autoridad civil. Aunque algunos clérigos estaban dispuestos a admitir los deseos del rey, Tomás se negó rotundamente. Como el rey no quiso mantener una disputa pública con el arzobispo, llegaron a una especie de compromiso, aunque sin resolver las cuestiones de fondo que les separaban. Todo quedó envuelto en una larga lucha en la cual, ni el arzobispo ni el rey cedían lo más mínimo. Tomás fue objeto de represalias e incluso se le reclamó el dinero recibido durante su etapa de canciller.

Lugar donde fue asesinado.

Lugar donde fue asesinado.

El 30 de enero de 1164 el rey convocó una asamblea en Clarendon en la que imponía sus criterios en un documento de dieciséis puntos. El clero se sometió pero Tomás se negó y no firmó el tratado. A partir de ese momento la lucha solapada entre ambos se convirtió en una guerra abierta entre Enrique y Tomás. El rey lo convocó el 8 de octubre de ese mismo año a un consejo celebrado en Northampton acusándolo de oponerse a la autoridad real y haber abusado de su cargo de canciller. En este consejo Tomás Becket se quedó solo, se opuso a las reivindicaciones reales, apeló al Papa y huyó a Francia llegando a Sens. En esta ciudad se encontró con el Papa, quién, aunque no quiso romper totalmente con el rey se negó a sus pretensiones y mostró su total apoyo a Tomás. Aunque Enrique siguió persiguiendo al arzobispo, este, en su exilio recibió la ayuda del rey francés Luís VII, quién lo protegió en la abadía cisterciense de Pontigny por espacio de dos años.

Mientras, Alejandro III trataba de buscar una solución aceptable para ambas partes, no queriendo abandonar por completo la ayuda del rey Enrique; el Papa, aunque simpatizaba con las ideas del arzobispo se negó a excomulgar al rey como Becket le solicitó. Dado el empecinamiento de Tomás, las relaciones con el Papa empeoraron cuando Alejandro III en el 1167 envió a unos legados suyos a Inglaterra a fin de actuar como árbitro entre ambos. Tomás pactó con los delegados pontificios que se sometería a las condiciones del rey si este respetaba los derechos de la Iglesia. Como el rey seguía empecinado en sus pretensiones, el Papa estuvo a punto de excomulgarlo en el año 1170 y ante esta amenaza papal, Enrique permitió el regreso de Tomás a Inglaterra, aunque sus tierras estaban confiscadas y sus defensores eran perseguidos; la reconciliación era solo aparente. Tomás permaneció en el exilio por espacio de siete años convenciéndose por si mismo de que las leyes canónicas, por si solas, no resolverían la cuestión y que dicha controversia solo se resolvería mediante la muerte de alguno de los dos o de ambos.

Martirio del Santo. Grabado de 1220 conservado en la British Library de Londres, Reino Unido.

Martirio del Santo. Grabado de 1220 conservado en la British Library de Londres, Reino Unido.

Pero la lucha personal entre ambos seguía siendo feroz, sus posiciones eran irreconciliables, ya que el rey se negaba a devolver a la Iglesia las propiedades que le había confiscado. El rey estaba convencido de que tenía que utilizar mano dura contra Tomás, que a su vez no dudó en utilizar la censura eclesiástica contra algunos de los defensores del rey, llegando incluso a amenazar con el interdicto, que es una censura eclesiástica por la cual se prohíbe a los fieles la asistencia a los oficios divinos, la recepción de los sacramento y incluso el recibir sepultura cristiana.

Tomás excomulgó a dos obispos que habían secundado las posiciones del rey y este fue el motivo decisivo por el cual Enrique II, en un ataque de furor ordenó a sus cortesanos que se deshicieran de ese embarazoso arzobispo. La tradición pone en boca del rey estas frases: “¿No habrá nadie capaz de librarme de este obispo turbulento?” y “Es imprescindible que Becket desaparezca”. Cuatro caballeros le tomaron la palabra y después de un altercado con Tomás lo asesinaron dentro de su propia catedral, el martes 29 de diciembre de 1170, mientras asistía al Oficio de Vísperas.

Sea cual sea el juicio que podamos hacer sobre su vida, una cosa es cierta y es cómo fue su muerte: Encomendó su causa a Dios y a los santos diciendo mientras lo asesinaban: “Acepto la muerte en el nombre de Jesús y por la Iglesia”. La noticia de su muerte sacudió a toda la cristiandad. Muy pronto se le atribuyeron numerosos milagros, sus responsabilidades fueron pronto olvidadas, siendo declarado mártir por la causa de la Iglesia. De hecho, como dije al principio, fue canonizado por el Papa Alejandro III tres años después de su muerte. El 12 de junio de 1174, el rey Enrique II tuvo que hacer penitencia pública arrodillándose ante la tumba de Becket como un peregrino más y, despojado de sus insignias reales, fue flagelado en presencia de los obispos, los abades y los monjes.

 Relicario en el Albert Victoria Museum de Londres, Reino Unido.

Relicario en el Albert Victoria Museum de Londres, Reino Unido.

Las representaciones de su martirio no se hicieron esperar y se difundieron rápidamente por toda Europa, incluida Islandia por el oeste y Armenia, por el este. Su biografía fue inmediatamente escrita en inglés, francés, islandés, castellano, italiano y en otros idiomas. En Canterbury, su culto sustituyó a los de los otros santos más antiguos venerados en aquella sede. Una serie de vidrieras de colores fueron instaladas en la catedral ilustrando la historia de su vida y de su muerte. Las peregrinaciones a Canterbury, inmortalizadas por Chaucer, fueron de las más importantes en toda Europa.

Inmediatamente fue conmemorado el 29 de diciembre, día de su muerte y el 7 de julio, día en el que en el año 1220 se hizo la traslación de sus reliquias a la capilla de la Trinidad. En Canterbury también se estableció la fiesta del regreso del exilio, el día 1 de diciembre. Pero en tiempos de Enrique VIII, concretamente en el año 1538, su tumba fue destruida, se prohibieron todas sus imágenes y se quitó su nombre en todos los libros litúrgicos. Actualmente es venerado tanto por la Iglesia Católica como por la Comunión Anglicana.

Antonio Barrero

Bibliografía:
– Foreville, R., “L’église et la royauté en Engleterre sous Henri II”, París, 1943.
– Knowles, D., “El arzobispo Tomás Becket: estudio de su carácter”, Cambridge, 1963.
– VV.AA., “Bibliotheca sanctórum, Tomo XII”, Città Nuova Editrice, Roma, 1990.
– Walberg, E., “La vida de santo Tomás el mártir”, Lund, 1922.

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San Juan Evangelista y el Logos

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San Juan en Patmos, óleo de Diego de Silva y Velázquez (1618). National Gallery de Londres, Reino Unido.

San Juan en Patmos, óleo de Diego de Silva y Velázquez (1618). National Gallery de Londres, Reino Unido.

El Logos, un término lleno de misterio
Hoy, festividad del evangelista San Juan, nos vamos a adentrar en uno de los temas más profundos de la cristología del cuarto evangelio. Se trata del término griego “Logos”, un término que aparece en distintas ocasiones en los escritos de este evangelista. De hecho, el párrafo más conocido donde aparece este término es el prólogo (o capítulo primero) del evangelio joánico. Se trata de una maravillosa y madurada composición teológica en forma de himno que ha causado y causa admiración, perplejidad, confusiones, controversias y hasta herejías. Es un capítulo, cuyo comienzo leemos en la solemnísima misa del día de Navidad y en algún que otro día de este tiempo litúrgico. Otros lugares donde aparecen son la Primera Carta de Juan (1 Jn. 1, 1) y en el complejo libro del Apocalipsis (Ap. 19, 13).

Logos” es un término griego muy usado en la filosofía clásica que significa “ciencia, estudio, discurso racional” (de ahí su uso en muchas lenguas modernas como componente nominal del título de muchas disciplinas del saber, como teo-logía, antropo-logía, geo-logía, etc). Según algunos autores esta palabra se diviniza en la filosofía alejandrina, queriendo expresar algo así como “sabiduría divina”. Las controversias gnósticas de los primeros siglos del cristianismo habrían influido en que san Juan introdujera este término para la lucha contra esta herejía. Otros piensan que, aunque es un término indudablemente griego, su significado teológico en san Juan tiene más bien un origen rabínico y que se asimila al mismo Dios y su Ley (o Torá), pues todo lo que se dice del “Logos” en el primer capítulo joánico decían los rabinos de ésta: su importancia en el origen del mundo, su preexistencia, su ser en el mismo Dios… La expresión del v. 17: “Porque la Ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo”, da a entender que, al menos el evangelista tuviera presente esta semejanza. No hay que olvidar que este Evangelio también tiene tintes apologéticos antijudíos (Jn. 5,10; 5,31; 7,51; 8,17; 9,1-41; 10,32-36…).

Sea como fuere, el caso es que Juan fue el evangelista que lo usó de manera intencionada en las polémicas antignósticas y antijudías, apropiándoselo y dándole un nuevo significado cristológico que influyó posteriormente de una manera decisiva. La Vulgata de San Jerónimo traduce “Logos” por “Verbum”, traducción que al español resulta “Verbo o Palabra” (esta última es la que últimamente suele usarse más).

"Dios bendiciendo el Séptimo Día", lienzo de William Blake (ca. 1805).

“Dios bendiciendo el Séptimo Día”, lienzo de William Blake (ca. 1805).

Cualquiera que se introduce en este término queda fascinado por su riqueza, complejidad teológica y profundidad espiritual. Trataré con estas breves líneas de facilitar una aproximación al misterio de rodea a este término Logos, tan inalcanzable como cercano a la vez. Tomaré para ello como fuente principal el ya mencionado himno cristológico del prólogo de Juan.

¿Qué o quién es el Logos?
Es la pregunta que uno se hace cuando se acerca a este primer capítulo de san Juan. Como todo buen prólogo, da la impresión que el evangelista redactó este capítulo tras haber ya concluido su evangelio, pues es como un resumen de todo lo que en él quiere transmitirnos. Entonces, parece ya claro que si el evangelio nos habla de Jesús, este misterioso “Logos” debe ser el mismo Salvador, aunque nos aturde la manera en que la redacción nos habla de Él, con unos conceptos casi simbólicos o abstractos para un lector moderno. Partamos ahora de que no sabemos si se refiere a Jesús o no. Vayamos descubriéndolo.

Lo primero que se nos dice del Logos es que existe desde el principio y que era Dios (Jn. 1,1). Se identifica el “Logos-Palabra” con Dios. No es una idea nueva, ya hemos dicho. La Palabra de Dios se identifica con su esencia en la tradición veterotestamentaria (Is. 55,11). Decir que la Palabra es el mismo Dios no es descabellado para quien conoce los libros sapienciales. Es un lenguaje conocido para cualquier judío de la época.

A continuación, Juan nos habla de nuevo de la divinidad del Logos, pero esta vez mencionándonos su acción: “por medio de Él se hizo todo”. Antes se nos dijo que el Logos es Dios, ahora que es ser Creador. La “Palabra” es creadora. La Palabra tiene una dimensión cósmica. ¿Y quién es Creador sino el mismo Dios? Era impensable en aquella época que Dios no fuera el Creador. También, después de hacer una alusión a Juan el Bautista, se nos dice que el Logos es “vida y luz”, dos términos que nos evocan el Génesis.

"El Anciano de los Días", lienzo de William Blake.

“El Anciano de los Días”, lienzo de William Blake.

Pero hasta el momento no se nos cuenta nada extraordinario que un judío no pudiera aceptar. No en vano, lo que venimos leyendo de este capítulo nos recuerda a lo que se decía de la Sabiduría bíblica, que unía Sabiduría con Yahvé hasta hacerlo uno. Incluso Juan era considerado un profeta más y bien puede anunciar al mismo Dios. Lo que ya nos hace el texto algo novedoso, algo eminentemente cristiano, son los versículos posteriores.

En el 13 se nos dice algo muy importante, pero que incluso con matices, puede ser aceptado también por un judío: “los que aceptan la Palabra les da Dios el poder de ser sus hijos”. No es algo absolutamente nuevo en el Antiguo Testamento. Yahvé llama hijos a sus fieles en varias ocasiones (Ex. 4, 22; Dt. 32, 6; Jer. 31, 9; Os. 11, 1). La diferencia cristiana es que somos hijos de Dios por el Hijo, gracias a Él, gracias a su venida y acción salvífica. En el Antiguo testamento, el apelativo “hijo” no es tanto una condición rotundamente filial, sino algo más creatural.

Resumiendo. Las características que Juan va asignando al Logos van poco a poco desvelándonos quién es éste: es preexistente, es Dios, es Creador. Todo ello nos dan como resultado que el Logos es identificado con Dios. Pero, de momento, ni rastro de Jesús. ¿Es Jesús este Logos? Sigamos.

El Logos encarnado
Lo sobrecogedor y ya plenamente cristiano viene a continuación. El versículo 14 es el que trajo de cabeza a los teólogos de los primeros siglos debido a la ruptura total con el pensamiento judío y helenista imperante en esa época. En él se nos dice: “Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada (o acampó, según traducciones) entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad”. Esto es lo trascendental y que nos debe dar pavor, vértigo y asombro: Dios se encarna, Dios se hizo uno de nosotros, Dios vivió entre nosotros (la imagen de poner su morada, de acampar entre nosotros es preciosa). El hecho de que Dios se haga hombre (Lc 1, 32-35) y pase por uno de tantos (Fp. 2, 6-7) es un acontecimiento que no está presente en ninguna otra religión. Que Dios-Logos se haga cercano, accesible, uno de nosotros es de una trascendencia absoluta que conmueve las entrañas de la Creación.

Es curioso que los demás evangelios partan de la existencia terrena de Jesús para luego concluir, por sus hechos, milagros y resurrección que ese hombre llamado Jesús es el mismo Dios. En Marcos, por ejemplo no se habla de la divinidad de Jesús hasta el final del evangelio, con su propia confesión y la del centurión (Mc. 14,62; 15,39). Aquí no, aquí Juan, impaciente, nos lanza la bomba desde el comienzo: “el Logos es Dios” (Jn. 1,1), es preexistente, anterior a todo. “El Prólogo de Juan nos sitúa ante el hecho de que el Logos existe realmente desde siempre y que, desde siempre, él mismo es Dios. Así pues, no ha habido nunca en Dios un tiempo en el que no existiera el Logos. El Verbo ya existía antes de la creación” [1]. Luego el testimonio del mismo Jesús va confirmando esta preexistencia. El mismo Jesús diría de sí mismo: “Antes de que Abrahán naciera, yo soy” (Jn. 8,58). En la oración final dirigida al Padre en la Última Cena, Jesús habla con rotundidad de la gloria que Él tenía junto al Padre antes “que el mundo fuese” (Jn. 17,5.24). También recordamos el “¡Señor mío y Dios mío!” en la conmovedora confesión de Tomás (Jn. 20, 28). Ahora, por tanto, sí. Ya sabemos quién es el Logos. Ahora podemos unir Logos con Jesús. ¡El Logos es Jesús! ¡El Logos se ha hecho carne! [2]

Cristo del mosaico bizantino de la Deesis. Iglesia de Santa Sofía, Estambul, Turquía.

Cristo del mosaico bizantino de la Deesis. Iglesia de Santa Sofía, Estambul, Turquía.

Sería muy interesante, después de leer este versículo 14, enlazarlo con el comienzo de la primera carta de Juan pues nos da la razón de esta noticia tan impactante: “lo que existía desde el principio, lo que hemos visto y oído… os lo anunciamos… “ (1 Jn. 1,1 ss). El Logos por tanto es algo que se ve y se toca, no algo abstracto-racional, sino algo que les llegó a los testigos por los sentidos. Era algo, como luego veremos, que no podía ser aceptado por muchos. Surgirían las llamadas herejías cristológicas que hicieron muchísimo daño a la Iglesia y que sólo se superaron después de los cinco primeros concilios aproximadamente: de Nicea (325), Constantinopla I (381), Éfeso (431), Calcedonia (451) y Constantinopla II (553). Sería muy largo ahora, y no es objeto del presente artículo, el explicar cada una de las herejías que surgieron en torno al “Logos”, sus refutaciones, los escritos de los Padres y las definiciones dogmáticas de cada concilio. Baste decir que versaron sobre la naturaleza humana y/o divina de Jesús, sobre su relación de igualdad o subordinación con el Padre y sobre el encaje trinitario del propio “Logos”. Ahora vemos claro la doctrina católica, pero hay que pensar que la teología de entonces estaba en pañales y que fue normal que surgieran discrepancias en temas tan nucleares.

El Logos revelado
El himno cristológico del Logos termina con una afirmación que merece la pena no desdeñar: “A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado” (v.18). En efecto, hasta la llegada de Jesús Dios era el inaccesible, el lejano, el que raramente se daba a conocer. Ahora con Jesús, todo cambia. Dios se hace accesible al hombre, Jesús lo da en bandeja a todos los que lo deseen. “Lo que había sido revelado ya anteriormente, pero que en cierto sentido se hallaba cubierto por un velo, ahora, a la luz de los hechos de Jesús, y especialmente y especialmente en virtud de los acontecimientos pascuales, adquiere transparencia, se hace claro y comprensible” [3].

Cubierta de una carta pastoral.

Cubierta de una carta pastoral.

Conviene aquí traer a colación un bello párrafo de la Constitución Dogmática Dei Verbum, del Vaticano II, que me permito transcribir íntegro dada la claridad con que nos explica esto que venimos diciendo: “Después que Dios habló muchas veces y de muchas maneras por los Profetas, “últimamente, en estos días, nos habló por su Hijo”. Pues envió a su Hijo, es decir, al Verbo eterno, que ilumina a todos los hombres, para que viviera entre ellos y les manifestara los secretos de Dios; Jesucristo, pues, el Verbo hecho carne, “hombre enviado, a los hombres”, “habla palabras de Dios” y lleva a cabo la obra de la salvación que el Padre le confió. Por tanto, Jesucristo -ver al cual es ver al Padre-, con su total presencia y manifestación personal, con palabras y obras, señales y milagros, y, sobre todo, con su muerte y resurrección gloriosa de entre los muertos; finalmente, con el envío del Espíritu de verdad, completa la revelación y confirma con el testimonio divino que vive en Dios con nosotros para librarnos de las tinieblas del pecado y de la muerte y resucitarnos a la vida eterna. La economía cristiana, por tanto, como alianza nueva y definitiva, nunca cesará, y no hay que esperar ya ninguna revelación pública antes de la gloriosa manifestación de nuestro Señor Jesucristo” (cf. 1 Tim., 6,14; Tit., 2,13) [4].

Es decir, Jesucristo es el Logos, la Palabra definitiva del Padre, lo que Él quiere revelarnos, decirnos, por puro amor, para nuestra salvación. El Logos no se encarnó para darse una vuelta por el mundo de los hombres a ver qué tal iban las cosas. Se encarnó por nuestra salvación. Ese Logos, esa Palabra definitiva, ese Jesús, es transmisión directa del Padre, Verbo de vida y luz. Y es su última Palabra antes de la parusía. Eso es lo que realmente celebramos en estos días navideños y no asuntos de pastores, abetos, comilonas y regalos. Ahora nos toca a nosotros acoger esa salvación que se nos ofrece. Y si no lo hacemos, entonces, ¿para qué Jesús ha nacido, predicado, padecido tormentos y muerto en la Cruz?

David Jiménez


[1] Benedicto XVI. Exhortación apostólica postsinodal Verbum Domini, 6
[2] Benedicto XVI. Exhortación apostólica postsinodal Verbum Domini, 7
[3] San Juan Pablo II. Catequesis 3/6/1987, 2
[4] Concilio Vaticano II. Constitución Dogmática Dei Verbum, 4.

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