La salvación en Cristo (I)

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

"Salvator Mundi". Lienzo de escuela barroca florentina.

“Salvator Mundi”. Lienzo de escuela barroca florentina.

En estos días navideños es muy importante conocer que la venida de Jesucristo al mundo, su Encarnación, no es un momento de la historia sin más, sino que procede de la voluntad salvífica de Dios para con el hombre. El nacimiento de Jesús no es un acto entrañable, tierno, de mazapán, cariñoso, aunque estos y otros sentimientos parecidos aparezcan en nuestros corazones ante el Niño tumbado en el pesebre. El nacimiento del Niño Dios es un acontecimiento de la Creación de una importancia tan suprema para el hombre que es capaz de cambiar en éste su propia condición: de criatura de Dios, pasamos, por el Hijo, a ser hijos de Dios.

1. Necesidad de Cristo Salvador
Una de las cuestiones que más preocuparon a los Padres conciliares del Vaticano II fue la de mostrar al mundo la plena actualidad del mensaje de Cristo. Esta idea recurrente surge continuamente cuando leemos por encima algunos de los documentos de dicho concilio. La Iglesia, afirmaron, necesita actualizarse continuamente, es verdad, no puede vivir aislada de lo que ocurre a su alrededor, pero la Buena Nueva debe seguir siendo anunciada al mundo, sigue teniendo plena validez, frescura y vigor: ¡El mundo necesita a Cristo Salvador!

Sólo basta acudir al comienzo de la Lumen Gentium para descubrir esta preocupación de los Padres: “Cristo es la Luz de los pueblos. Por ello, este sacrosanto Sínodo, reunido en el Espíritu Santo, desea ardientemente iluminar a todos los hombres, anunciando el Evangelio a toda criatura…” (LG 1). Y tan fervientemente cree la Iglesia en Cristo salvador que afirma con contundencia en el final de GS 10: “Cree la Iglesia que Cristo, muerto y resucitado por todos, da al hombre su luz y su fuerza por el Espíritu Santo a fin de que pueda responder a su máxima vocación y que no ha sido dado bajo el cielo a la humanidad otro nombre en el que sea necesario salvarse”. En esta línea se pronuncian los demás documentos conciliares.

"Salvator Mundi", lienzo de Lorenzo Lotto.

“Salvator Mundi”, lienzo de Lorenzo Lotto.

Aunque haya pasado ya casi medio siglo de la redacción de estos documentos, la problemática del hombre contemporáneo de sentirse independiente de Dios, autónomo de toda redención y no necesitado del mensaje de Cristo, está plenamente vigente en nuestros días, resurgiendo continuamente en los medios de comunicación, publicaciones, y hasta en tertulia entre amigos y conocidos. ¿Cristo?, ¿para qué?, ¿qué aporta un galileo del siglo I a nuestro postmoderno mundo tecnificado?, ¿de qué le sirve al hombre seguirlo?. Y por otro lado, si realmente Cristo es el Salvador, ¿de qué nos salva?

El mismo nombre de Jesús, que en hebreo significa “Dios salva”, nos anuncia claramente su misión: “…Y todo el que invocare su nombre se salvará” (Hch 2, 21). “No hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos” (Hch 4, 12). Jesús se encarna, nace, vive, predica, anuncia, proclama, sufre y, finalmente, muere para salvar a la humanidad. En Jesús, Dios recapitula toda la historia de la salvación en favor de los hombres (Col 1, 19-20), lo envía para ser “salvador del mundo” (1 Jn 4, 14). Así lo ha vivido y confesado la Iglesia hasta el punto de que lo recordamos en el credo cuando decimos: “Por nosotros los hombres y por nuestra salvación, bajó del cielo…”

En la historia de la salvación Dios no se conforma con sacar a Israel de la esclavitud de Egipto (Ex 3, 7-10), sino que quiere salvarlo en su totalidad, todo él, pues toda dimensión humana necesita ser salvada. La venida de Cristo es el signo sobre todos los signos de que Dios ama al hombre y quiere salvarlo.

– Quiere salvarlo del pecado y de la muerte, reconciliarnos con Dios. Su pueblo es consciente cada vez más de la necesidad de esa redención (Sal 50, Lc 1, 78-79). El pecado es el mayor obstáculo para que el hombre cumpla con su vocación de hijo de Dios, es causa de todo su servilismo.

– Quiere salvarnos del odio, mostrarnos cuánto amor nos tiene. “En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió a su Hijo único, para que vivamos por medio de Él” (1 Jn 4, 9)

– Quiere liberarnos de nuestra naturaleza deformada, pues con la Encarnación es sanada, restablecida, resucitada. “El Hijo Unigénito de Dios, queriendo hacernos partícipes de su divinidad, asumió nuestra naturaleza, para que, habiéndose hecho hombre, hiciera dioses a los hombres” (Sto. Tomás de Aquino, opusc. 57 in festo Corp. Chr., 1).

"Salvator Mundi", lienzo atribuido a Jean de Boulogne.

“Salvator Mundi”, lienzo atribuido a Jean de Boulogne.

– Quiere ser liberación de nuestra pobre historia como hombres. Si nos alejamos de Cristo el hombre está perdido, vaga por su vida sin sentido, sin cimiento, sin roca donde apoyarse en un desaliento eterno, con una sed terrible que sólo sacia Jesús, el agua viva. La vida del hombre es un continuo penar, expuesto a mil peligros, mil perdiciones que sólo conducen a la nada. Expone muy claro todo este pensamiento J. L. Martín Descalzo: …Jesús concibe la vida del hombre como una tremenda apuesta, como una gran opción en la que el hombre debe elegir vivir o no vivir, salvarse o perderse… Jesús no oculta nunca que el hombre vive en un océano de tormentas. Sabe que su vida en una tensa escalada en los que los peligros de destrucción acechan incesantes. El hombre se juega todo en esta gran aventura. Y si Cristo trae una gran salvación es porque el riego de perdición es muy hondo (Vida y misterio de Jesús de Nazaret II, pág. 400).

– Quiere salvarnos para que estemos “siempre” con Él. No se entiende la vida del cristiano sin la “espera” del gran acontecimiento de la salvación, no sólo “ahora y en este lugar”, sino también, y de manera especial, en el Último día, meta de la historia, en la cual se llevará a perfección al hombre y al mundo. Cristo es Juez Universal, adquiriendo este derecho por su Cruz. Él salvará a quien acoja su gracia (Jn 3, 17), pues por el rechazo de esta gracia es por lo que cada uno se juzga ya a sí mismo.

Esta salvación se espera como un don, no como una conquista personal, aunque exige empeño y cooperación con Dios por parte del hombre. Esta espera laboriosa es como la de los siervos fieles que hacen fructificar los talentos recibidos (Mt 25, 14-30). Se presenta la salvación como un gran paradoja: don de Dios en su origen, y colaboración, tarea y responsabilidad del hombre.

La salvación no es fruto de nuestros esfuerzos: no se construye ni se edifica, ni se crea por el hombre, sino que irrumpe con fuerza. Es regalo, herencia de Dios por pura misericordia y gracia suyas. La tarea del hombre consiste pues en, con alegría y agradecimiento de niño (Mt 18, 2), creer en ella, esperar en ella, acogerla, aceptar al dador de todo bien: Dios, capaz de cambiar nuestra vida y nuestra historia.

"Salvator Mundi", busto del escultor barroco Gian Lorenzo Bernini.

“Salvator Mundi”, busto del escultor barroco Gian Lorenzo Bernini.

Pero, ¿el hombre ha de tener una actitud pasiva? No, de ningún modo, hay que eliminar todo aquello que impide el acoger la salvación, esos obstáculos que le impiden a Dios entrar en mi vida. Trabajar sí, pero no para que la salvación llegue, sino porque, “precisamente”, está llegando. Como la salvación es gratis estamos más obligados aún a hacer, a cooperar con Dios que viene a salvarnos.

Evidentemente la doctrina anterior es fruto de siglos de estudios y disputas teológicas. El equilibrio gracia-voluntad-justificación ha causado en la Iglesia mucho dolor y disensiones entre sus miembros.

Tuvo mucha fuerza en los primeros siglos del cristianismo las tesis de Pelagio, monje alto y corpulento originario de la provincia romana de Britania. Su rigurosa ascesis y penitencia le había granjeado simpatías entre eremitas y mujeres piadosas, recordemos que muy abundantes en la capital del Imperio sobre los siglos IV y V. Lo novedoso de sus ideas puede resumirse en los siguientes puntos:

– La voluntad humana posee en sí misma todas las cualidades precisas para evitar el mal y hacer el bien.
– No es necesaria, por tanto, la gracia divina, sólo se precisa la voluntad del hombre, su esfuerzo y su interés para seguir el camino recto.
– El pecado original es algo personal de Adán y Eva. Para nada nos afecta a nosotros, sus descendientes.
– La oración y la redención de Jesús de nada sirve, si acaso como ejemplo para sus seguidores.

Frente a ello, numerosos Padres de la Iglesia, con S. Jerónimo y S. Agustín a la cabeza, y varios concilios de los primeros años actuaron con rotundidad, proclamando la colaboración en la justificación entre la gracia de Dios y la libertad del hombre. Famosa es la siguiente cita agustiniana: “Ciertamente nosotros trabajamos también, pero no hacemos más que trabajar con Dios que trabaja” (S. Agustín, De natura et gratia, 31). La oposición del santo de Hipona no desanimó a Pelagio, el cual, a pesar de las persecuciones que sufrió en Roma no se retractó y huyó a Oriente, a Belén, donde tuvo, para él, la mala suerte de encontrarse, retirado y envejecido, pero aún con numerosas energías apologéticas, al corajudo S. Jerónimo. Este santo se convierte en un acérrimo y activo antipelagiano, llegando a escribir todo un tratado contra el britano díscolo: su célebre Diálogo contra pelagianos.

"Salvator Mundi", detalle de una tabla gótica de Berrguete.

“Salvator Mundi”, detalle de una tabla gótica de Berrguete.

A pesar del tiempo transcurrido desde estas primeras discusiones teológicas es, sin embargo, un tema recurrente en la Iglesia. Quizás ya nadie defiende a Pelagio, ni se declara su seguidor, pero sus ideas poseen un atractivo que seducen a muchos cristianos. Hay, sin duda “pelagianismo”, pero nadie lo llama así. Aparece hoy disfrazado con sutileza, y se desliza en la práctica religiosa del pueblo de Dios: una ascesis, penitencia o austeridad mal orientadas, o diversas formas de piedad descentradas, pueden ser la disimulada puerta de entrada de las tesis del testarudo monje de Britania. Previniendo esto, a través de los siglos, diversos documentos eclesiales vienen recordados a los fieles el mantenerse alerta ante esta doctrina errónea. Vemos un ejemplo de los numerosos documentos tridentinos: “Cuando Dios toca el corazón del hombre mediante la iluminación del Espíritu Santo, el hombre no está sin hacer nada al recibir esa inspiración, que por otra parte puede rechazar; y, sin embargo, sin la gracia de Dios, tampoco puede dirigirse, por su voluntad libre, hacia la justicia delante de Él (Cc. De Trento: DS 1525). También el Vaticano II nos lo recuerda: “La libertad humana, herida por el pecado… ha de apoyarse necesariamente en la gracia de Dios” (GS 17). Todo ello nos hace tener muy presente la necesidad de una existencia humana vinculada fuertemente a la presencia de Dios. La criatura necesita a su Creador para desarrollarse en plenitud, para perseverar en la vocación de todo hombre: el amor.

A esta doctrina de la Iglesia, el pensamiento contemporáneo se enfrenta claramente: el hombre, como ser autónomo, puede autorrealizarse plenamente sin la acción de ninguna deidad, puede aprender, madurar, desarrollarse, encontrar su camino, descubrir su vocación, obrar según su propio sentir o pensar, en definitiva, vivir, sin necesitar ningún añadido externo, ningún tipo de “gracia”. No deja de ser un pelagianismo aún más radical que el original, el cual al menos estaba en la órbita cristiana, ya que incluso excluye cualquier forma de transcendencia. No es más que un pelagianismo ateo, acorde con los tiempos de desierto de la fe que padecemos en nuestra cultura postmoderna, donde la nueva deidad es el propio hombre: “…Los que profesan este ateísmo afirman que la esencia de la libertad consiste en que el hombre es el fin de sí mismo, el único artífice de su propia historia… El sentido de poder que el progreso técnico actual da al hombre puede favorecer esta doctrina” (GS 20).

Es curioso que este humanismo actual donde el hombre es supuestamente elevado hasta cotas que poco tiene que ver con su realidad limitada, no hacen sino evitar que éste se realice plenamente como hombre. Sólo con Dios el hombre puede ser más hombre, alcanzar sus proyectos y sueños, perfeccionarse y madurar.

"Cristo, Salvador del mundo". Conjunto escultórico en El Salvador.

“Cristo, Salvador del mundo”. Conjunto escultórico en El Salvador.

2. Todo camina hacia Él: Perspectiva unitaria de la creación y de la salvación, a la luz de la creación en Cristo
Creación y salvación, dos conceptos que bien pudiera pensarse que están separados, no dejan de ser dos caras de una misma moneda, dos etapas del mismo camino y proyecto de Dios. El hombre es creado por Dios para ser salvo. Dios acuna a su pueblo para salvarlo, para liberarlo y conducirlo a la tierra de promisión. No puede entenderse la creación sin la salvación, dos verbos unidos irremediablemente en la Sagrada Escritura y en el plan de Dios sobre el hombre.

Si la historia comienza con la creación paterna de Dios, esa historia tiene como Señor a Cristo; como impulso, al Espíritu Santo; como sentido final, la salvación. El hombre que desee entrar en el plan salvífico de Dios debe unir, sintonizar, acoplar “su” historia vital personal a la historia de Dios y su pueblo, la historia de salvación. Uniéndose a Cristo, la historia personal y particular de cada hombre que lo proclama como su salvador se une entonces al torrente de la gran historia de todos los hijos de Dios. La privacidad, la fe en lo secreto, en lo íntimo del hogar deja de tener así sentido alguno. La fe no es algo privado, alejado de las realidades presentes. Se es cristiano en todo lugar, en todo tiempo, en toda circunstancia: Cristo reina en el universo. No puede el hombre confesar su fe en lo privado y apostatar en lo público, ser cristiano, en definitiva, en su dimensión religiosa, pero ateo en su día a día, en su trabajo, ocio o amistades. Correríamos el riesgo de tener una religiosidad camaleónica, que se adapta a las realidades del momento, sin compromiso temporal cristiano, pensando quizás en el Cielo, pero olvidando la tierra. Seríamos un nuevo Pedro negando antes del canto del gallo.

Recuerda muy bien J. M. Capodevilla este momento y lo une maravillosamente con el tema de la gracia, que antes vimos: La Historia del las negaciones de Pedro arranca de muy atrás: arranca exactamente de sus afirmaciones, de aquellas afirmaciones suyas demasiado rotundas y presuntuosas: “Yo daré mi vida por ti”. “Aunque todos se escandalizaren”… En el momento que hacía estas jactanciosas protestas, andaba ya en realidad el discípulo negando a su Maestro, porque estaba apoyándose en sí mismo, en sus propias menguadas fuerzas, porque estaba negando la necesidad de la gracia. De tales protestas a las negaciones el camino es derecho, la pendiente inevitable: sólo es menester que la ocasión se presente.

David Jiménez

Bibliografía:
– Benedicto XVI. Jesús de Nazaret. Ed. La Esfera de los Libros. Madrid, 2007
– Martín Descalzo, J. L. Vida y Misterio de Jesús de Nazaret. Ediciones Sígueme. Salamanca, 1996
– Moreno, F. San Jerónimo. La espiritualidad del desierto. Biblioteca de Autores Cristianos. Madrid, 1994
– Nouwen, H. J. M. El Regreso del Hijo Pródigo. Editorial PPC. Madrid, 1999
– Sesboüe, B. Creer. Editorial San Pablo. Madrid, 2000
– Varios. Catecismo de la Iglesia Católica. Asociación de Editores del Catecismo. Madrid, 1993
– Varios. Documentos del Vaticano II. Biblioteca de Autores Cristianos. Madrid, 1980
– Varios. Venid y lo Veréis. Catequesis de Adultos. Editorial PPC. Madrid, 1998.

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

3 pensamientos en “La salvación en Cristo (I)

  1. Muchísimas gracias, David, por estos dos artículos sobre la Salvación en Cristo, epílogo de las publicaciones de este blog en el 2014. Yo no puedo por menos que identificarme completamente con la tesis que expones, meollo de nuestra fe como cristianos, que es bueno que releamos de vez en cuando para no perder la perspectiva de cual es el sentido de nuestras vidas.
    Aunque supongo que lo terminarás exponiendo, esto debe llevarnos a comprometernos con nuestros hermanos los hombres, independientemente de sus creencias y razas, especialmente con los más desfavorecidos, hijos especialmente amados por nuestro Dios. El no quiere que haya desigualdades, las hemos creado nosotros y nosotros debemos eliminarlas. Cada uno poniendo nuestro granito de arena.
    Desde este blog, dando a conocer la santidad de la Iglesia, no solo queremos hacer biografías de personas consecuentes con su fe, sino que queremos poner modelos de vida que nos ayuden a ser consecuentes con ella y nos haga provechosos para cambiar este mundo de desigualdades. Cristo es el Salvador, el Camino, la Verdad y la Vida, pero también es la Justicia y sobre todo, el Amor y con El, tenemos que colaborar poniendo todos nuestros esfuerzos.
    Gracias de nuevo, David.

  2. Gracias, David. Has hecho una disertación teológica básica para cualquier cristiano e interesante para el que se precie; aunque es de entender que, para el que no sea cristiano o no pretenda serlo, esto no pertenezca ni pueda pertenecer a su esfera de concepción de las cosas ni forma de entender el mundo. Y no necesariamente se tiene que ser ateo para ello, claro. No todos conciben lo trascendente del mismo modo.

    Por otra parte, es comprensible que para el cristiano actual, que ya sabe que muchos pasajes del Antiguo Testamento son míticos y/o simbólicos, sea muy difícil entender eso del pecado original o que el desliz de dos personajes literarios como Adán y Eva tenga algo que ver con él o con su vida diaria y actual. Por eso no creo que se pueda acusar a nadie de pelagianista actualmente, simplemente, hemos nacido en otra época y en otro orden de cosas. Como bien se dice, hay que hacer teología para el siglo XXI, porque las lecturas del pasado, con problemas del pasado y mentalidades del pasado, ya no sirven para los cristianos de hoy, por más que muchos conservadores quieran vivir anclados en el pasado como un tonto que se agarra a una reja. Y todo eso sin renunciar a la fe ni a Cristo como Salvador nuestro, faltaría más.

    Pero vivimos en un mundo tan amplio como lo fue en el pasado y ahora más complejo y mejor comunicado. Los cristianos ya no estamos “solos” y no podemos seguir mirándonos al ombligo. Reforzados en nuestra fe, pero como parte de una gran familia donde otros hermanos ven a Dios de otras maneras, o tan sólo lo intuyen, o simplemente no lo ven. La forma en que concibamos esta convivencia y esta nueva forma de vivir nuestra fe también nos será interpelada cuando comparezcamos ante el trono de gracia. Las rencillas del pasado no deberían ser excusa para prolongaciones en el presente y en el futuro. Y todo eso, sin renunciar a lo que tenemos.

  3. Gracias David, verdaderamente me ha gustado mucho leer este articulo que nos has preparado. Planteas al principio una serie de preguntas que hoy en día son muy comunes, todos las hemos oído o bien no las han preguntado en alguna ocasión.
    No puedo añadir nada mas, salvo las frases que citas de Santo Tomas de Aquino, en mi opinión hacen un resumen muy fiel al mensaje que nos describes hoy.

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