San Juan Evangelista y el Logos

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San Juan en Patmos, óleo de Diego de Silva y Velázquez (1618). National Gallery de Londres, Reino Unido.

San Juan en Patmos, óleo de Diego de Silva y Velázquez (1618). National Gallery de Londres, Reino Unido.

El Logos, un término lleno de misterio
Hoy, festividad del evangelista San Juan, nos vamos a adentrar en uno de los temas más profundos de la cristología del cuarto evangelio. Se trata del término griego “Logos”, un término que aparece en distintas ocasiones en los escritos de este evangelista. De hecho, el párrafo más conocido donde aparece este término es el prólogo (o capítulo primero) del evangelio joánico. Se trata de una maravillosa y madurada composición teológica en forma de himno que ha causado y causa admiración, perplejidad, confusiones, controversias y hasta herejías. Es un capítulo, cuyo comienzo leemos en la solemnísima misa del día de Navidad y en algún que otro día de este tiempo litúrgico. Otros lugares donde aparecen son la Primera Carta de Juan (1 Jn. 1, 1) y en el complejo libro del Apocalipsis (Ap. 19, 13).

Logos” es un término griego muy usado en la filosofía clásica que significa “ciencia, estudio, discurso racional” (de ahí su uso en muchas lenguas modernas como componente nominal del título de muchas disciplinas del saber, como teo-logía, antropo-logía, geo-logía, etc). Según algunos autores esta palabra se diviniza en la filosofía alejandrina, queriendo expresar algo así como “sabiduría divina”. Las controversias gnósticas de los primeros siglos del cristianismo habrían influido en que san Juan introdujera este término para la lucha contra esta herejía. Otros piensan que, aunque es un término indudablemente griego, su significado teológico en san Juan tiene más bien un origen rabínico y que se asimila al mismo Dios y su Ley (o Torá), pues todo lo que se dice del “Logos” en el primer capítulo joánico decían los rabinos de ésta: su importancia en el origen del mundo, su preexistencia, su ser en el mismo Dios… La expresión del v. 17: “Porque la Ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo”, da a entender que, al menos el evangelista tuviera presente esta semejanza. No hay que olvidar que este Evangelio también tiene tintes apologéticos antijudíos (Jn. 5,10; 5,31; 7,51; 8,17; 9,1-41; 10,32-36…).

Sea como fuere, el caso es que Juan fue el evangelista que lo usó de manera intencionada en las polémicas antignósticas y antijudías, apropiándoselo y dándole un nuevo significado cristológico que influyó posteriormente de una manera decisiva. La Vulgata de San Jerónimo traduce “Logos” por “Verbum”, traducción que al español resulta “Verbo o Palabra” (esta última es la que últimamente suele usarse más).

"Dios bendiciendo el Séptimo Día", lienzo de William Blake (ca. 1805).

“Dios bendiciendo el Séptimo Día”, lienzo de William Blake (ca. 1805).

Cualquiera que se introduce en este término queda fascinado por su riqueza, complejidad teológica y profundidad espiritual. Trataré con estas breves líneas de facilitar una aproximación al misterio de rodea a este término Logos, tan inalcanzable como cercano a la vez. Tomaré para ello como fuente principal el ya mencionado himno cristológico del prólogo de Juan.

¿Qué o quién es el Logos?
Es la pregunta que uno se hace cuando se acerca a este primer capítulo de san Juan. Como todo buen prólogo, da la impresión que el evangelista redactó este capítulo tras haber ya concluido su evangelio, pues es como un resumen de todo lo que en él quiere transmitirnos. Entonces, parece ya claro que si el evangelio nos habla de Jesús, este misterioso “Logos” debe ser el mismo Salvador, aunque nos aturde la manera en que la redacción nos habla de Él, con unos conceptos casi simbólicos o abstractos para un lector moderno. Partamos ahora de que no sabemos si se refiere a Jesús o no. Vayamos descubriéndolo.

Lo primero que se nos dice del Logos es que existe desde el principio y que era Dios (Jn. 1,1). Se identifica el “Logos-Palabra” con Dios. No es una idea nueva, ya hemos dicho. La Palabra de Dios se identifica con su esencia en la tradición veterotestamentaria (Is. 55,11). Decir que la Palabra es el mismo Dios no es descabellado para quien conoce los libros sapienciales. Es un lenguaje conocido para cualquier judío de la época.

A continuación, Juan nos habla de nuevo de la divinidad del Logos, pero esta vez mencionándonos su acción: “por medio de Él se hizo todo”. Antes se nos dijo que el Logos es Dios, ahora que es ser Creador. La “Palabra” es creadora. La Palabra tiene una dimensión cósmica. ¿Y quién es Creador sino el mismo Dios? Era impensable en aquella época que Dios no fuera el Creador. También, después de hacer una alusión a Juan el Bautista, se nos dice que el Logos es “vida y luz”, dos términos que nos evocan el Génesis.

"El Anciano de los Días", lienzo de William Blake.

“El Anciano de los Días”, lienzo de William Blake.

Pero hasta el momento no se nos cuenta nada extraordinario que un judío no pudiera aceptar. No en vano, lo que venimos leyendo de este capítulo nos recuerda a lo que se decía de la Sabiduría bíblica, que unía Sabiduría con Yahvé hasta hacerlo uno. Incluso Juan era considerado un profeta más y bien puede anunciar al mismo Dios. Lo que ya nos hace el texto algo novedoso, algo eminentemente cristiano, son los versículos posteriores.

En el 13 se nos dice algo muy importante, pero que incluso con matices, puede ser aceptado también por un judío: “los que aceptan la Palabra les da Dios el poder de ser sus hijos”. No es algo absolutamente nuevo en el Antiguo Testamento. Yahvé llama hijos a sus fieles en varias ocasiones (Ex. 4, 22; Dt. 32, 6; Jer. 31, 9; Os. 11, 1). La diferencia cristiana es que somos hijos de Dios por el Hijo, gracias a Él, gracias a su venida y acción salvífica. En el Antiguo testamento, el apelativo “hijo” no es tanto una condición rotundamente filial, sino algo más creatural.

Resumiendo. Las características que Juan va asignando al Logos van poco a poco desvelándonos quién es éste: es preexistente, es Dios, es Creador. Todo ello nos dan como resultado que el Logos es identificado con Dios. Pero, de momento, ni rastro de Jesús. ¿Es Jesús este Logos? Sigamos.

El Logos encarnado
Lo sobrecogedor y ya plenamente cristiano viene a continuación. El versículo 14 es el que trajo de cabeza a los teólogos de los primeros siglos debido a la ruptura total con el pensamiento judío y helenista imperante en esa época. En él se nos dice: “Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada (o acampó, según traducciones) entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad”. Esto es lo trascendental y que nos debe dar pavor, vértigo y asombro: Dios se encarna, Dios se hizo uno de nosotros, Dios vivió entre nosotros (la imagen de poner su morada, de acampar entre nosotros es preciosa). El hecho de que Dios se haga hombre (Lc 1, 32-35) y pase por uno de tantos (Fp. 2, 6-7) es un acontecimiento que no está presente en ninguna otra religión. Que Dios-Logos se haga cercano, accesible, uno de nosotros es de una trascendencia absoluta que conmueve las entrañas de la Creación.

Es curioso que los demás evangelios partan de la existencia terrena de Jesús para luego concluir, por sus hechos, milagros y resurrección que ese hombre llamado Jesús es el mismo Dios. En Marcos, por ejemplo no se habla de la divinidad de Jesús hasta el final del evangelio, con su propia confesión y la del centurión (Mc. 14,62; 15,39). Aquí no, aquí Juan, impaciente, nos lanza la bomba desde el comienzo: “el Logos es Dios” (Jn. 1,1), es preexistente, anterior a todo. “El Prólogo de Juan nos sitúa ante el hecho de que el Logos existe realmente desde siempre y que, desde siempre, él mismo es Dios. Así pues, no ha habido nunca en Dios un tiempo en el que no existiera el Logos. El Verbo ya existía antes de la creación” [1]. Luego el testimonio del mismo Jesús va confirmando esta preexistencia. El mismo Jesús diría de sí mismo: “Antes de que Abrahán naciera, yo soy” (Jn. 8,58). En la oración final dirigida al Padre en la Última Cena, Jesús habla con rotundidad de la gloria que Él tenía junto al Padre antes “que el mundo fuese” (Jn. 17,5.24). También recordamos el “¡Señor mío y Dios mío!” en la conmovedora confesión de Tomás (Jn. 20, 28). Ahora, por tanto, sí. Ya sabemos quién es el Logos. Ahora podemos unir Logos con Jesús. ¡El Logos es Jesús! ¡El Logos se ha hecho carne! [2]

Cristo del mosaico bizantino de la Deesis. Iglesia de Santa Sofía, Estambul, Turquía.

Cristo del mosaico bizantino de la Deesis. Iglesia de Santa Sofía, Estambul, Turquía.

Sería muy interesante, después de leer este versículo 14, enlazarlo con el comienzo de la primera carta de Juan pues nos da la razón de esta noticia tan impactante: “lo que existía desde el principio, lo que hemos visto y oído… os lo anunciamos… “ (1 Jn. 1,1 ss). El Logos por tanto es algo que se ve y se toca, no algo abstracto-racional, sino algo que les llegó a los testigos por los sentidos. Era algo, como luego veremos, que no podía ser aceptado por muchos. Surgirían las llamadas herejías cristológicas que hicieron muchísimo daño a la Iglesia y que sólo se superaron después de los cinco primeros concilios aproximadamente: de Nicea (325), Constantinopla I (381), Éfeso (431), Calcedonia (451) y Constantinopla II (553). Sería muy largo ahora, y no es objeto del presente artículo, el explicar cada una de las herejías que surgieron en torno al “Logos”, sus refutaciones, los escritos de los Padres y las definiciones dogmáticas de cada concilio. Baste decir que versaron sobre la naturaleza humana y/o divina de Jesús, sobre su relación de igualdad o subordinación con el Padre y sobre el encaje trinitario del propio “Logos”. Ahora vemos claro la doctrina católica, pero hay que pensar que la teología de entonces estaba en pañales y que fue normal que surgieran discrepancias en temas tan nucleares.

El Logos revelado
El himno cristológico del Logos termina con una afirmación que merece la pena no desdeñar: “A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado” (v.18). En efecto, hasta la llegada de Jesús Dios era el inaccesible, el lejano, el que raramente se daba a conocer. Ahora con Jesús, todo cambia. Dios se hace accesible al hombre, Jesús lo da en bandeja a todos los que lo deseen. “Lo que había sido revelado ya anteriormente, pero que en cierto sentido se hallaba cubierto por un velo, ahora, a la luz de los hechos de Jesús, y especialmente y especialmente en virtud de los acontecimientos pascuales, adquiere transparencia, se hace claro y comprensible” [3].

Cubierta de una carta pastoral.

Cubierta de una carta pastoral.

Conviene aquí traer a colación un bello párrafo de la Constitución Dogmática Dei Verbum, del Vaticano II, que me permito transcribir íntegro dada la claridad con que nos explica esto que venimos diciendo: “Después que Dios habló muchas veces y de muchas maneras por los Profetas, “últimamente, en estos días, nos habló por su Hijo”. Pues envió a su Hijo, es decir, al Verbo eterno, que ilumina a todos los hombres, para que viviera entre ellos y les manifestara los secretos de Dios; Jesucristo, pues, el Verbo hecho carne, “hombre enviado, a los hombres”, “habla palabras de Dios” y lleva a cabo la obra de la salvación que el Padre le confió. Por tanto, Jesucristo -ver al cual es ver al Padre-, con su total presencia y manifestación personal, con palabras y obras, señales y milagros, y, sobre todo, con su muerte y resurrección gloriosa de entre los muertos; finalmente, con el envío del Espíritu de verdad, completa la revelación y confirma con el testimonio divino que vive en Dios con nosotros para librarnos de las tinieblas del pecado y de la muerte y resucitarnos a la vida eterna. La economía cristiana, por tanto, como alianza nueva y definitiva, nunca cesará, y no hay que esperar ya ninguna revelación pública antes de la gloriosa manifestación de nuestro Señor Jesucristo” (cf. 1 Tim., 6,14; Tit., 2,13) [4].

Es decir, Jesucristo es el Logos, la Palabra definitiva del Padre, lo que Él quiere revelarnos, decirnos, por puro amor, para nuestra salvación. El Logos no se encarnó para darse una vuelta por el mundo de los hombres a ver qué tal iban las cosas. Se encarnó por nuestra salvación. Ese Logos, esa Palabra definitiva, ese Jesús, es transmisión directa del Padre, Verbo de vida y luz. Y es su última Palabra antes de la parusía. Eso es lo que realmente celebramos en estos días navideños y no asuntos de pastores, abetos, comilonas y regalos. Ahora nos toca a nosotros acoger esa salvación que se nos ofrece. Y si no lo hacemos, entonces, ¿para qué Jesús ha nacido, predicado, padecido tormentos y muerto en la Cruz?

David Jiménez


[1] Benedicto XVI. Exhortación apostólica postsinodal Verbum Domini, 6
[2] Benedicto XVI. Exhortación apostólica postsinodal Verbum Domini, 7
[3] San Juan Pablo II. Catequesis 3/6/1987, 2
[4] Concilio Vaticano II. Constitución Dogmática Dei Verbum, 4.

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4 pensamientos en “San Juan Evangelista y el Logos

  1. Muchas gracias, David, por este interesantísimo artículo sobre la teología del Verbo según el evangelista San Juan. Has desmenuzado de manera muy didáctica este núcleo fundamental de nuestra fe en el Señor Jesús, tal y como Juan lo expuso en el prólogo de su evangelio que antiguamente escuchábamos todos los días al final de la Santa Misa.
    No parece nada extraño lo que dices de que quizás el escritor del Cuarto Evangelio hizo este prólogo cuando terminó de escribir el texto sagrado aunque luego lo pusiera al principio del mismo. Es el resumen, el compendio final de toda su teología cristológica, que hoy nos parece absoluta y totalmente razonable y razonada, aunque en los primeros siglos de la Iglesia contribuyera a tantas discusiones e incluso trifulcas.

    Es Palabra de Dios: “En el principio existía el Verbo y el Verbo estaba en Dios y el Verbo era Dios….. y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros y hemos visto su gloria, gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad”. Ἐν ἀρχῇ ἦν ὁ λόγος, καὶ ὁ λόγος ἦν πρὸς τὸν θεόν, καὶ θεὸς ἦν ὁ λόγος…..καὶ ὁ λόγος σὰρξ ἐγένετο καὶ ἐσκήνωσεν ἐν ἡμῖν, καὶ ἐθεασάμεθα τὴν δόξαν αὐτοῦ, δόξαν ὡς μονογενοῦς παρὰ πατρός, πλήρης χάριτος καὶ ἀληθείας.

    Tengo que reconocer que este texto sagrado a mi siempre, absolutamente todos los días, me afianza en la fe de que el Señor Jesús es el Verbo de Dios, el mismísimo Dios hecho carne, que vivió como nosotros, que quiso que formáramos una gran familia, que nos comprometiéramos los unos con los otros a fin de hacer que en este mundo, aunque sea extremadamente difícil, se pueda vivir en paz y felicidad. Este artículo nos viene como anillo al dedo en estos días en los que todos hacemos propósito de ser mejores, de ser más solidarios, de trabajar más por el bien de los otros y nos viene como anillo al dedo porque nos confirma que detrás nuestro, apoyándonos, ayudándonos y animándonos está el mismísimo Hijo de Dios.
    Gracias, David.

  2. Mi Evangelio favorito siempre ha sido el de Lucas por su cercanía, sencillez y papel de las mujeres en él; pero he de admitir que pocas introducciones hay más bellas que la del Evangelio de Juan, quizá únicamente superada por la del Génesis. Estoy familiarizada con el texto latino de la Vulgata – In principio erat Verbum, et Verbum erat apud Deum, et Verbum erat Deum…- porque lo he trabajado y traducido muchas veces en Paleografía durante la carrera, bajo distintas formas de escritura medieval, desde la compleja cursiva beneventana hasta la elegante carolina que era tan fácil de descifrar y leer. Vamos, un texto de lo más familiar; pero en latín, que no en griego.

    En griego son otros textos los que he trabajado -en su mayoría mitológicos o profanos y sólo algún extracto del Evangelio o el Ave María, por ejemplo- y es por eso que no sabía que Verbum o Palabra equivale a Logos en griego; aunque sí intuía que Logos, como Verbum y como Palabra, alude a Jesús, cómo no. Saludos y felices fiestas.

  3. Muchas gracias. Los comentarios aportados ayudan a redondear el artículo. A mí también me gusta más la traducción Verbo que Palabra, porque indica movimiento y acción como san Jerónimo entendió.

  4. David

    Para mi el Evangelio de San Juan es muy hermoso, me gusta como inicia el Evangelio y es la cita que se me viene a la mente con frecuencia.

    El verbo de Dios se hizo carne y habitó entre nosotros, que grande sin duda es Dios.

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