San Pablo de la Cruz, sacerdote fundador (II)

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El Santo escribiendo las Reglas de los Pasionistas. Obra de Ignacio Tozi (XIX).

El Santo escribiendo las Reglas de los Pasionistas. Obra de Ignacio Tozi (XIX).

Ayer, brevemente, escribíamos sobre la vida de San Pablo de la Cruz. A partir de hoy queremos descubrir su personalidad, su religiosidad, su santidad y para eso, tenemos que recurrir en primer lugar a San Vicente María Strambi, quien en su primera biografía sobre el santo titulada: “Vita del Ven. Servo di Dio P. Paolo della Croce”, publicada en Roma en el año 1786 dice que “su presencia, además de amable, era grave y majestuosa, de estatura alta, de rostro sereno, modesto, con los ojos muy vivos, de frente elevada y espaciosa, su voz era clara, sonora y penetrante, sumamente afable y que respetaba a todos sin ningún tipo de afectación”. Muy pocos hubieran podido describirlo de esta manera, si no hubiera sido otro santo: físicamente fuerte, pero que a causa de sus mortificaciones y enfermedad llegó muy debilitado a su muerte, acaecida cuando tenía ochenta y un años de edad. Había sido una vida considerablemente larga para aquella época.

Sus otros biógrafos dicen igualmente que “era de una viveza y perspicacia singulares”, que “tenía un gran ingenio”, que “tenía un talento raro y una gran apertura de mente”, que “su memoria era increíble” y otras muchas cualidades más. Los a veces aventureros eventos de su vida no le permitieron ser muy constante en los estudios, obligándole a interesarse por muchas otras cosas, pero sin embargo, fue un hombre práctico, muy versátil, de una gran inteligencia que estaba plenamente adaptada a las profundidades de la teología más especulativa y sobre todo a la contemplación. Era un místico muy activo. En el proceso ordinario de su Causa, el padre Francisco llega a decir que cuando había alguna duda, “en sus respuestas siempre tocaba el punto justo, definiendo las cosas de modo tan maravilloso que ningún avezado teólogo escolástico hubiera podido responder mejor”.

El Santo, místico de la Pasión de Cristo.

El Santo, místico de la Pasión de Cristo.

Aunque no pudo dedicarse a los estudios de manera continuada y metódica, si tuvo el privilegio de vivir en un ambiente de cierto nivel cultural. En Ovada, con su padrino y los dominicos, en Cremolino con los carmelitas y con la familia de su madre y más tarde, en Castellazzo, con su tío don Cristóbal; en todos estos ambientes había un discreto nivel cultural, que le abrieron las vías del conocimiento. En Génova es probable que frecuentase el seminario y en Roma se preparó para el sacerdocio con los frailes franciscanos. No menos importante fue su amistad con teólogos, obispos, príncipes e incluso papas, todos los cuales le mostraron su aprecio y veneración en vida. Pero sobre todo, cuando estaba recluido en sus eremitorios, cuando estaba en soledad, llegó a conseguir un alto nivel de conocimientos teológicos, especialmente en ascética y mística, que tanto le sirvieron para llevar a cabo su proyecto. Llegó a conocer las obras de San Francisco de Sales, de Santa Teresa de Ávila, de San Juan de la Cruz. Leía la Biblia, las obras de los Santos Padres, la historia de la Iglesia y numerosas vidas de santos.

Su cultura se fue enriqueciendo y fue tomando su propio estilo: animado, espontáneo y reflexivo, llegando a ser un buenísimo orador e incluso un poeta muy sensible. Se conservan unas dos mil cartas suyas, escribió un tratado sobre la “Muerte mística”, un “Diario” y cinco redacciones de las “Reglas y Constituciones” de su Congregación y aun cuando su Instituto era muy austero y pobre, se encargó de manera muy especial de la formación intelectual de sus jóvenes religiosos.

San Vicente María Strambi nos sigue diciendo que “su temperamento era sanguíneo y muy sensible y lo mucho bueno que en él había correspondía a la apariencia externa de los movimientos de su corazón, de sus ejercicios piadosos, de su celo y estudio; por eso su rostro era el reflejo de su alma, dispuesta a alimentarse de la Verdad eterna”. Cuando leemos esto, no podemos olvidarnos que San Vicente María convivió con él, fue testigo ocular de muchas de sus actuaciones. Incluso con los defectos inevitables de toda criatura humana, podemos decir que San Pablo de la Cruz es una de las figuras más completas de toda la hagiografía cristiana. Esta riqueza explica la magnífica síntesis de aspectos aparentemente contradictorios, como el candor y la sagacidad, la bondad y la fortaleza, la austeridad y la cortesía. Siempre supo conciliar todo con una notable mesura. Esto es por lo menos lo que se deduce de la copiosa documentación que sobre este santo ha llegado hasta nosotros.

El Santo atiende a los necesitados. Pintura en la iglesia de San Euticio (Pasionistas) en Soriano nel Cimino.

El Santo atiende a los necesitados. Pintura en la iglesia de San Euticio (Pasionistas) en Soriano nel Cimino.

A la hermana Galdolfi le escribía: “Gracias a la misericordia de Dios no he mentido ni hablado con torpeza, sino con verdad y simplicidad”. O “lo que yo tengo en el corazón, lo tengo en la lengua”, como le decía al padre Juan María. El Papa Clemente XIV decía que había descubierto en él a un hombre hecho a la antigua, “aunque no es menos cierto que esta simplicidad era verdaderamente virtuosa, porque no prejuzgaba y gozaba muchísimo trabajando o ayudando a los demás. Era todo cautela, pensaba en todo, sabía intuir todo lo que entorpecía la obra de Dios; hacía el bien sabiendo que su simplicidad no era consecuencia de su falta de talento o de estupidez de su mente, sino de una gran inocencia en su manera de actuar y pureza de corazón”, como bien nos dice San Vicente María Strambi.

Atendía y defendía a los pobres, los enfermos, las personas abandonadas, los encarcelados, las prostitutas, a todos los asistía no solo dándoles pan y consuelo sino dándoles ejemplo con su forma de hacer y de ser. A sus hijos, en tiempos de carestías, solía decirles que “si la pobreza es buena, la caridad es mejor”. Con la gente malvada era benevolente y con su bondad sabía conciliar cualquier intransigencia. Decía que sus hijos eran “soldados de Cristo”. Nunca se le encontró áspero o alterado pues siempre estaba sereno y aunque su corazón siempre estaba abierto a cualquier dificultad, también decía que “no es buen superior el que no sabe decir que no”. Aún así era más que justo, reprimía con dulzura y de sus hijos decía que eran ángeles con cuerpo de hombres.

Su primer “no” fue a sí mismo al llevar tan austero régimen de vida, pues decía que “si eres pobre, serás santo”; de él se llegó a decir que era un mártir de la penitencia. Se disciplinaba todos los cinco sentidos, llevando una pureza de vida que se revelaba de forma tan extraordinaria que podría considerarse como un bien reservado a muy pocos.

Sabía armonizar la austeridad con la cortesía hacia los demás, por lo que sentía instintivamente, la exigencia de su propio decoro, cosa no muy común en su tiempo. No soportaba que el ser pobre tuviese que estar reñido con la higiene o con la decencia y en este sentido, algunas de sus recomendaciones denotaban una exquisita sensibilidad que hoy podríamos denominar como modernas para su época.

Urna con los restos del Santo en la basílica romana de los santos Juan y Pablo.

Urna con los restos del Santo en la basílica romana de los santos Juan y Pablo.

En el trato social era perspicaz, aunque respetuoso, discreto y muy afable con todos mostrando siempre un trato muy civilizado. Su conversación era alegre, cordial y sencilla, huía de toda manifestación majestuosa y según él, los religiosos tenían que ser “gentiles, desenvueltos y civilizados ya que el espíritu de la Congregación no era un espíritu de afectación ni de ficción”. Era de una argucia cortes y amable, sabía hablar de Dios a todos sin despertarles tedio alguno. Era un amigo delicado pero tenaz, cauto pero sereno y muy amable con las mujeres. Este era su trasfondo humano y mediante la gracia de Dios se convirtió en uno de los mayores santos de su época y de eso, de su santidad, seguiremos hablando mañana.

Antonio Barrero

Bibliografía:
– Basilio de San Pablo, “La espiritualidad de la Pasión en el magisterio de San Pablo de la Cruz”, Madrid, 1961
– Zoffoli, E., “San Pablo de la Cruz; historia crítica”, tres volúmenes publicados en 1963, 1965 y 1968.
– Zoffoli, E., “Los pasionistas: espiritualidad y apostolado”, Roma, 1955.
– Zoffoli, E., “Bibliotheca sanctórum, tomo X”, Città Nuova Editrice, Roma, 1990.

Enlaces consultados (28/12/2014):
– http://ilcristotuttoamore.blogspot.com.es/2013_07_01_archive.html
– http://paolodellacroce.altervista.org/biografia_capitolo32.htm

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15 pensamientos en “San Pablo de la Cruz, sacerdote fundador (II)

  1. Estoy siguiendo atento esta serie de artículos de San Pablo de la Cruz, he leído anteriormente por ahí en algo de su vida y se habla del tratado de la Muerte Mística pero no abunda en datos no podrás decir de que se trata el escrito y su espiritualidad… Saludos Toño!

    • Quién mejor que él para explicártelo.

      “……Una sola cosa pide Dios de mí, pero se exigen muchísimas para llegar a alcanzarla.
      ¡Oh Dios, qué violencia! ¡Es necesario Morir y Obedecer!
      ¡Jesús mío! Demasiado me pides de una vez, pues —ante todo— quieres que muera contigo sobre la Cruz, con una muerte mística. Muerte demasiado dura para mí, pero suave, porque antes de esa muerte me debo someter a mil otras muertes.
      ¡Señor!, sólo con pensarlo, la naturaleza humana se horroriza, tiembla y se desalienta; pero, como Tú lo enseñas, el espíritu está pronto para realizarlo con la infalible certeza de que, si Tú lo quieres, no faltará tu auxilio para lograrlo. Por eso debo superar esta reacción, para poder correr en fe y a ciegas —con toda indiferencia—, como ciervo sediento, a la fuente de las divinas disposiciones, con un abandono total en ti, dejándome guiar como Tú quieres, donde quieras y cuando quieras, no buscándome a mí mismo, sino únicamente la complacencia de Dios en sí mismo mediante el cumplimiento de su Voluntad.

      Me sumergiré en mi propia nada, admirado de que quiera Dios recibir la menor complacencia de parte de una criatura tan miserable, y llena de defectos y pecados.
      Por esta razón, me humillaré siempre en mi interior, estimándome en lo que soy, y tendré un concepto altísimo de Dios, como Señor de todo, amor inmenso, juez inexorable, bondad infinita. ¡Oh Dios!
      No me moveré en absoluto de mi nada, a no ser que me sienta movido por Dios, primer principio y último fin, y —entonces— no me alzaré a más de lo que Dios quiera, a fin de que, por mi presunción, no llegue a hundirme. ¡No, Señor mío!

      Permaneceré sumiso y disponible al divino querer, no anhelando ni rehusando nada e igualmente contento de cualquier querer suyo.
      Me despojaré de todo con un total abandono de mí mismo en Dios, dejando que Él cuide enteramente de mí. Él sabe —no yo— lo que me conviene; por eso recibiré con igual sumisión lo mismo la luz que las tinieblas; lo mismo las consolaciones que las calamidades y las cruces, lo mismo el sufrir como el gozar.
      En todo y por todo lo bendeciré y, más que nada por la mano que me azota, confiando enteramente en Él. Y en el caso de que me quisiera agraciar con su presencia, o solo con los efectos de la misma, o con el acto práctico y continuo, no me aficionaré jamás al gusto del espíritu, ni me afligiré por el temor de verme privado del mismo; antes bien, muy dispuesta a la pena merecida de sus abandonos, le brindaré siempre el don de mi pura y desnuda voluntad, ofreciéndoselo a Él: un alma crucificada y muerta, a Jesús crucificado y muerto, porque a Él así le place.
      Contento y resignado volveré a las tinieblas y agonías, mientras así lo quiera, rogándole que me permita poder decir: espero la luz después de las tinieblas.
      ¡Te adoro, Jesús mío, y me siento morir porque no muero! ¡Oh qué santa muerte! ¡Muerte de agonía!
      Si Jesús me quisiera desolado, muerto y sepultado en las tinieblas, reflexionaré que, debiendo estar merecidamente en el infierno por mis enormes pecados, se debe a la bondad de mi Dios el habérmelo cambiado por tales penas. Me asiré fuertemente al áncora de su potentísima misericordia, para evitar que, desconfiando de ella, no ofenda a bondad tan grande. ¡Qué bondad la de Dios!

      Procuraré con todas veras seguir las huellas de mi Jesús. Si me siento afligido, abandonado, desolado, le haré compañía en el huerto. Si despreciado, injuriado, le haré compañía en el Pretorio. Si deprimido y angustiado en las agonías del padecer, con fidelidad le haré compañía en el Monte, y con generosidad, en la Cruz atravesado con la lanza el Corazón. ¡Oh, qué dulce morir!
      Me despojaré de todo interés propio, para no mirar ni a pena ni a premio, sino solo a la gloria de Dios y al puro agrado suyo, no buscando otra cosa sino permanecer entre estos dos extremos: agonizar aquí hasta que Dios quiera, o morir aquí de puro amor suyo.
      ¡Oh, cuán bendito amor el de Jesús!
      No buscaré ni amaré otra cosa sino solo a Dios, porque en esto solo gozaré el paraíso, la paz, el contento y el amor; y me armaré de un odio santo e implacable contra todo y cuanto me pudiera apartar de Él. ¡Jesús mío, jamás pecado en el corazón! Alejaré de mí todo insensato temor que pudiera hacerme pusilánime en su santo servicio; convencida de que, siendo fuerte y fiel a Dios, Él siempre será mío.
      Solo a Él temeré, huyendo siempre de cuanto pudiera procurarle disgusto. Por tanto, estaré siempre sobre mí mismo, procurando con todas veras —en cuanto me sea posible con su divina gracia— no causarle el menor disgusto. ¡Oh, qué hermosa esperanza!
      Si por mi debilidad cayera en cualquier error, me levantaré inmediatamente por el arrepentimiento, reconociendo mi miseria, y lo que soy, y lo que puedo. Rogaré a mi Dios, rostro en tierra, con lágrimas en los ojos y suspiros en el corazón, pidiéndole perdón y gracia para no traicionarlo más, sino estar cada vez más unido a Él.
      No me detendré en ello más de lo que me conviene para reconocerme miserable a mí mismo; e inmediatamente tornaré a Él diciendo: ¡Dios mío, Jesús mío!, este es el fruto de mi cosecha.
      ¡No te fíes de mí, que soy miserable!
      Fijaré siempre mi corazón en Dios, apartándolo con todo el esfuerzo posible, de la tierra y de todo lo que no sea Él. Quiero que sea morada de Jesús, haciendo del mismo un Calvario de penas, como la beata Clara de Montefalco, y entregando a Él solo la llave, a fin de que sea el dueño absoluto y habite allí a su gusto con todo lo que le agrada. Mi corazón no será ya mío, porque ni siquiera yo soy ya mío. Mío sólo será Dios. ¡He aquí mi amor!
      Moriré del todo a mí mismo para vivir sólo en Dios y para Dios. Yo, ciertamente, tengo que morir porque sin Dios no puedo vivir. ¡Oh, qué vida! ¡Oh, qué muerte! Viviré, pero como muerto, y con convicción viviré mi vida en una continua muerte. Quiero decidirme a morir de obediencia. ¡Bendita obediencia!
      Aplicaré esta sólida doctrina espiritual de la muerte mística a los tres votos religiosos, de pobreza, castidad y obediencia.

      Me consideraré muerto en la pobreza.
      El muerto, me diré a mí mismo, no tiene sino lo que le ponen encima. No se ocupa de que sea bueno o malo. Nada pide y nada quiere, porque no es ya de este mundo. Yo también —por no ser ya de este mundo— seré pobrísimo como el muerto. Y, en cuanto me fuere posible, no tendré cosa alguna para mí, persuadido únicamente de que no debo tener nada, y todo me sobra, como el muerto, que le resulta superfluo todo lo que le ponen.
      Lo que me den, lo recibiré por caridad, sin lamentarme nunca, sino que lo tendré siempre por excesivo, por no merecer yo nada.
      No pediré nada sino es por extrema necesidad, y lo recibiré por pura caridad, siendo remiso en pedirlo, a fin de experimentar y sufrir las incomodidades de la santa pobreza.
      En la comida y el vestido me procuraré siempre lo peor, muriendo a todo deseo y gusto del sentido, no exigiendo ni reteniendo jamás nada sin licencia de mis superiores. Y les rogaré que sean también conmigo rigurosos, para darme la menor satisfacción posible, entregándome todo a Dios.
      Trataré de imitar en esto a Jesús pobre en todo. Siendo Señor del Cielo, no desdeñó abrazarse con esta extrema pobreza, llevando una vida pobrísima y abyecta en todo por mi amor y ejemplo.
      Me despreciaré a mí mismo y gozaré de verme despreciado por los demás, y pospuesto a todos. El muerto es el verdadero pobre de Jesús; no se cuida de los honores y desprecios. Por eso no demostraré deseo ni inclinación a cosa alguna, a fin de no verme complacido. En resumen, intentaré ser pobrísimo, y verme privado de lo que tengo, porque no es mío, y cada vez más pobre para hacerme semejante a Jesús pobrísimo.
      ¡Moriré pobre en la Cruz como Tú!

      Moriré en la castidad sujetando mi cuerpo a toda suerte de dolores y sufrimientos por amor de mi Dios. Y, para que no se revele haciéndome empañar tan hermoso lirio, huiré de toda ocasión, y guardaré mis sentimientos con suma vigilancia, de manera que no entre por ellos cosa mala.
      El muerto no tiene sentimientos; tampoco yo quiero tener sentimientos que ofendan a Dios.
      Evitaré también la menor ocasión de apego, porque Jesús quiere ser Él solo el único dueño de mi corazón. Puro en las intenciones: gloria de Dios, salud del alma, puro de efectos: nada de amor a las criaturas, ni de otra cosa; puro de deseos para no buscar sino a Jesús, que se apacienta entre lirios inmaculados.
      Así quiero morir a toda complacencia mía, sacrificándome siempre a la Cruz purísima de mi purísimo Esposo Jesús.
      ¡Oh, muerte santa de quien vive casto por ti, Jesús mío!

      Moriré en la obediencia. ¡Oh qué santo sacrificio! ¡Oh santo martirio de la voluntad pura!, el morir totalmente en la obediencia. Aquí es donde se ha de terminar de morir sometiendo en todo la propia voluntad, el juicio y el entender, en todo, venciéndolos del todo, hasta que quede realmente muerto, sin exhalar siquiera un suspiro.
      Estaré, con la gracia del Señor, disponible e incansable para la obediencia, ciega, sin réplica, ni excusa, si me fuere mandada alguna cosa ardua y difícil y de suma repugnancia: una mirada a Jesús en la columna; otra en el Huerto, en la agonía de su oración; otra en la Cruz, en la que expiró por obediencia al eterno Padre…
      Acordándome de estas enseñanzas, diré en todo esto: Bendita obediencia, santa obediencia, me haces morir, me haré santa y, por fin, bienaventurada. Así se me hará dulce y suave la obediencia y la cumpliré con alegría.
      ¡O feliz muerte la del que muere por obediencia!, como la de Jesús, Esposo querido de mi alma.
      Además, no obedeceré sólo a quien debo, sino también a los iguales e inferiores. Procuraré ser toda de todos, a fin de que todos me puedan mandar con libertad.
      Permaneceré indiferente en todo, no mostrando desagrado o amargura en cosa alguna, para dejar una santa libertad de mandarme.
      Estaré siempre sobre mí mismo para no dar a entender la menor inclinación que me sea satisfecha, ni siquiera con pretexto de que me mortifiquen, queriendo también en esto hacer que desaparezca el amor propio. Lo haré morir en todo, más que nada contenta con las repugnancias, de modo que se me mande siempre contra mi querer y voluntad, conociendo por luz de Dios que consiste en este fuerte punto la sólida virtud y la obediencia que se llama verdadero sacrificio del espíritu.
      Caminaré siempre así contra mí mismo, sin fiarme nunca de mí y pisoteando mis malas inclinaciones, soberbia y pasiones, privándome siempre del propio gusto, tanto en lo temporal como en lo espiritual, y estando en esto dispuesto a dejar al mismo Dios por Dios, con aquella santa libertad de espíritu y pura intención que debe tener un religioso muerto a sí misma hasta el último aliento.
      ¡Oh santa muerte que hace vivir del verdadero espíritu de Jesús! ¡Santa obediencia! ¡Santa muerte! ¡Santo amor!

      Tendré caridad con todas las almas y en particular con aquellas hacia las que sintiera alguna antipatía: con las defectuosas, impacientes y soberbias, y me diré: Señor, he aquí mi santo ejercicio para ser santa. Esta es mi ganancia, he aquí mi paz: vencerme a mí mismo, devolviendo bien por mal, amor por odio, humildad por desprecio, y paciencia por impaciencia.
      El que está muerto no se resiente. Así quiero hacerlo yo. Cuanta más caridad tenga hacia el prójimo, tanta más la tendrá Jesús conmigo. Aquí no yerro. La caridad roba el Corazón de Jesús, con ella puedo ser un gran santo.
      ¡Sí, quiero morir muriéndome a mí mismo!

      No sentiré ninguna compasión por mí mismo, como conviene al estado de una persona penitente que quiere ganar el Cielo con el esfuerzo.
      Trabajaré sin descanso por la gloria de Dios y por la santa Religión. Para aliviar en sus fatigas a los demás, me ofreceré a hacer cuanto pueda, y me ocultaré toda en mi oficio, dejando la dirección a mi compañera, estando yo allí solo para trabajar, para servir, para humillarme, y ser mandado como la menor del monasterio, y ser —lo digo de corazón—, como decía la gran Magdalena de Pazzi, noble y delicada joven, pero gran penitente y humildísima: quiero ser el estropajo del monasterio.

      ¡Dios mío! Todo esto y más haré con tu gracia; pero si te apartas un tanto de mí, haré más mal que el bien que ahora me propongo. A fin de que no suceda así para desgracia mía —ese es mi gran temor, pero mayor es mi confianza en ti—, procuraré estar siempre unido a ti, temiendo apartarme un instante de ti. Un solo momento que me aparte de ti, puedo perderte, y perdiéndote a ti, todo lo pierdo.
      Con estos santos sentimientos, quiero verme reducido a una agonía espiritual, que destruya todo mi amor propio, inclinaciones, pasiones y voluntad. Quiero morir así en la Cruz con aquella santa muerte de Jesús, con la que mueren en el Calvario, con el Esposo de las almas enamoradas. Mueren con una muerte más dolorosa que la del cuerpo, para resucitar después con Jesús triunfante en el Cielo.
      Dichoso yo si practico esta santa muerte. La bendeciré en mi última hora con gran consolación mía.
      Jesús esté siempre conmigo.
      Jesús, tu nombre sea mi última palabra.
      Jesús, mi último aliento sea tu amor. Amén.
      Pablo de la Cruz

  2. Con lo que refieres nos das a conocer un ser humano con carismas que hacen resaltar su personalidad. Creo que un santo es un ser humano ante todo, que con la gracia de Dios hace de su vida un milagro. Y lo digo sin referir cosas sobrenaturales, sino simplemente como hace divino lo humano y humano lo divino. Por eso se convirtió en consejero de los grandes, porque tuvo tiempo para dedicarlo a Dios, encontrando ese silencio que es el medio pir el cual Dios habla al corazón.
    Hoy en día vivimos inmersos en el activismo y no nos rinde el tiempo. Tanta actividad agobia y cansa. Que bueno que todos tuviéramos ese rato diario de retiro, de silencio, de soledad, para encontrarnos con nosotros mismos y sobre todo con el Padre.
    Decía San Vicente de Paul: qué bueno es Dios que ha hecho a Monseñor Francisco de Sales. Creo que podría decir lo mismo de San Pablo de la Cruz con lo que hoy nos has descrito. Saludos.

    • Yo creo, Humberto, que cuando hablamos de los santos – por lo menos de los que hemos conocido recientemente, de los modernos y no de aquellos de los que solo sabemos su vida porque escrita desde antaño nos ha llegado a nosotros -, es maravilloso que nos adentremos en su personalidad humana, con sus aciertos y sus fallos, porque para ser santo o santa antes hay que ser hombre o mujer y ya sabemos cuantos tipos de seres humanos existen.
      Los santos son de carne y hueso. Si conocemos su carácter, sus virtudes, sus fallos e incluso su físico (por simple que parezca esta última expresión), más facilmente los podremos tomar como ejemplos para nuestras vidas. Porque para eso la Iglesia nos pone a los santos ante nuestros ojos, para que nos sirvan de modelo para llegar a nuestra meta final, que es Jesús de Nazareth, aunque bien es verdad que solo Él es el único camino, la única verdad y la única vida.

  3. Aunque no es la primera vez que veo óleos de este tipo, siempre me impactará ver escenas de Santos bebiendo la sangre de Cristo directamente del lanzazo de su costado, y qué pocas veces vemos que el receptor sea un hombre, como en este caso, San Pablo de la Cruz. Normalmente son mujeres, como las místicas Catalina de Siena, o Angela de Foligno, o Catalina de Ricci, Rosa de Lima, Lutgarda o alguna otra. Ver a hombres en esta situación es más bien raro, quizá porque en nuestro ideario occidental machista no se considera una escena precisamente “viril”. Esto, aunque a alguno le pueda escandalizar, es así.

    De todos modos, esta escena, ¿corresponde a una visión o sueño personal del Santo, o es una especie de alegoría aludiendo a que él era un gran devoto y místico de la Pasión? Gracias.

    • Ana María,
      Decir que San Pablo de la Cruz estaba constantemente embebido en el misterio de la Pasión de Cristo, yo creo que era una realidad y prueba de ello es que casi siempre que terminaba una charla lo hacía diciendo “gracias al Amor Crucificado”.
      En este sentido, a mi no me extrañaría que él hubiera tenido ese tipo de éxtasis, o sueño, o como queramos llamarlo, aunque al cien por cien no te lo podría afirmar, por lo cual, la representación de este cuadro pudiera deberse a cómo lo vió así el artista.
      Si alguien tiene alguna información más precisa, a mi también me gustaría conocerla.

  4. Antonio con respecto al tratado de la Muerte Mistica ya te ha preguntado mi compañero Tacho por mi,debo decir que me impresiona leer las propias palabras del santo al respecto.
    Se me quedo otra pregunta en el tintero sobre el primer articulo,pero prefiero preguntartelo aqui.
    Se trata del sueño/vision del santo que le dio forma al emblema de la congregacion.
    No se menciona el que las palabras y la cruz estuvieran dentro de un corazon,por lo que me imagino que San Pablo lo debio añadir al tenerlas inscritas en la vision,en esa parte del cuerpo.¿Me equivoco?
    Y es bueno tener todos los apuntes sobre los rasgos tanto fisicos como intelectuales y espirituales del santo,como siempre hacen estas descripciones,nosercan mas a los santos.

    • Buen pregunta Abel, yo también me preguntaba esto mismo desde hace tiempo.
      Otros santos, como por ejemplo, San Josemaría Escrivá tuvo una inspiración mientras celebraba la misa de como sería el emblema que representaría al Opus Dei.

    • Abel,
      Existe un trabajo del padre Francisco Murray en el que realiza algunas reflexiones sobre el escudo pasionista y sus símbolos y en este trabajo, entre otras muchas cosas se dice:

      Una de ellas, es ver cómo la cruz está colocada, impresa, clavada en el corazón. Es la experiencia de quienes hemos sentido que en la profundidad de nuestro corazón ha ido calando hondo la pasión.
      También veo cómo el corazón le da sentido a la cruz, nos invita a mirar cordialmente la muerte, el dolor y el sufrimiento, para poderlo vivir pascualmente. Del corazón que ama, nace la pasión. Del corazón solidario brota asumir la cruz. Del corazón contemplativo surge una mirada diferente al Crucificado. Del corazón profético la cruz no permanece callada ante la injusticia.

      En la cultura hebrea, en la sangre estaba la vida. Por eso, creo que entre el corazón y la cruz debe haber un “flujo de sangre”, es decir, de vida en plenitud, de entrega total, de donación profunda. La sangre fluye entre el corazón y la cruz.
      Este era el espíritu de San Pablo, así debió verla y sentirla él.
      Yo te aconsejo que leas este trabajo. Te lo acabo de enviar por e-mail

  5. Gracias Antonio, hoy hemos conocido un poquito mas el aspecto personal del Santo fundador de la familia Pasionista. Nos has descrito ( con ayuda de San Vicente M. Strambi 🙂 🙂 ) con todo detalle la personalidad de la que gozaba San Pablo de la Cruz. No es de extrañar que ya en vida muchos lo consideraran santo, estos dones que Dios le dio los puso a disposición de todos cuantos le rodeaban, mas aún cuando se trataban de las personas mas marginadas por la sociedad. Fue un pastor que no se limito solamente a sentar los cimientos de su obra, sino que también salio a la periferia ( esto lo escuchamos hoy mas que nunca, pero por desgracia a lo largo de la historia muchos lo olvidaron y actualmente lo olvidan).

    • Los santos no lo olvidan, David, porque ellos saben que Cristo envió a sus discípulos a predicar la Buena Noticia, de dos en dos por todos los caminos y pueblos y después de resucitar de entre los muertos, les ordenó anunciarle a todas las naciones, saliéndose de sus lugares de residencia y aventurándose a anunciar el evangelio más allá de lo que su vista les alcanzara.
      Los verdaderos apóstoles se arriesgan a lo desconocido, dejan lo más fácil para alcanzar lo difícil, dejan las comodidades y se marchan a la aventura a sitios donde no saben si serán o no bien recibidos. Eso es salir a la perisferia, eso es lo que hoy también nos pide Cristo a través de las palabras de Francisco.
      Asi se cimientan las obras, no quedándose estancados cómodamente donde uno se encuentra. Esto, como no podía ser de otra manera, lo entendió perfectamente San Pablo de la Cruz y, posteriormente, sus hijos e hijas.

      • Estas palabras que le describes a David deberías de publicarlas en la pagina web de la conferencia episcopal de mis vecinos del norte, que les encanta atraer seminaristas ya en etapas teológicas para que solo estudiando unos 2 años inglés terminen la teología y listo.

        Pero claro, que muchos seminaristas se van alegando que hay necesidad de evangelizar ahi, de que la formación sacerdotal en México es pésima y la educación tambien. Pero aqui existe el trasfondo de ellos mismos que solo buscan comodidad y vivir mejor… ha para pastorcitos que tendremos el día de mañana. Claro que no generalizo, pero si ubico varios, y que conste que dedos me faltan para contarlos.

        San Pablo de la Cruz clarísimo ejemplo de vivir una vida pobre y dedicarse verdaderamente lo que conviene y no atarse a distractores. Hoy una sociedad que inventa necesidades y que cada vez abruma más al hombre mismo.

        • Pues “aviao” va el que se mete en el seminario para vivir cómodamente como sacerdote. Es posible que lo consiga, pero siempre será un fracasado, por no decirte, un desgraciado a nivel personal.
          El que tiene verdadera vocación sacerdotal sabe que la vida no le va a ser de color de rosa, que se va a encontrar muchas incomprensiones, que va a tener que renunciar a muchas cosas, pero que siempre tendrá el consuelo de saber que está haciendo el bien y la alegría de poder administrar la gracia a través de los sacramentos.
          Dios nos envía a muchos seminaristas santos que quieran ser sacerdotes santos.

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