San Pablo de la Cruz, sacerdote fundador (III)

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Lienzo-retrato del Santo.

Lienzo-retrato del Santo.

San Pablo de la Cruz era un hombre santo y nos lo dice otra vez San Vicente María Strambi: “fue un hombre de altísima oración y sublime unión con Dios, con un vivísimo celo para procurar el bien del prójimo, todo entereza y amor en la contemplación de la amarga Pasión y cruelísima muerte de Nuestro Divino Redentor, por cuyo amor se había transformado”. Esta descripción resume las características de la santidad del padre fundador de los Pasionistas. El juicio de la Iglesia, las características de su Congregación, sus biografías y los ensayos teológicos e históricos realizados sobre su espiritualidad, confirman el motivo central de su vida interior y de su apostolado: la Pasión redentora de Cristo como misterio supremo del amor de Dios.

Ya de joven se reveló como un hombre maduro; siendo adolescente ya estaba predispuesto a la oración, dándose por cierto que su nacimiento estuvo precedido de algunas señales que hacían presagiar la futura santidad del niño. Este ascenso en la vida de oración es difícil reducirlo a los clásicos esquemas de un normal ascenso en la santidad, por lo que, a nivel orientativo, quienes han estudiado a fondo la vida de San Pablo de la Cruz, explican que este ascenso se dio en tres partes: “gestación”, que abarca desde su nacimiento hasta la llamada “su segunda conversión” (1694-1714, “maduración”, desde su “segunda conversión” hasta la experiencia que tuvo en San Carlos (1714-1721) y “expansión”, que es desde esta experiencia hasta su muerte (1721-1775). Nosotros no vamos a entrar en este tema porque si lo hacemos estos artículos se harían interminables, por lo que, a quienes estén interesados en profundizar en ellos, los remitimos a los trabajos del padre pasionista Enrique Zoffoli.

La grandeza de San Pablo de la Cruz destaca por su extraordinaria caridad, que desde las cimas de la contemplación se reveló de manera incontenible como un alivio a la atormentada Italia de la época del Iluminismo y de la Revolución. Antes de recibir las órdenes sagradas, ya actuaba como un apóstol tanto entre sus familiares como entre un grupo de jóvenes que fascinados, se reunían en torno a él en su localidad natal. En Gaeta, en la isla de Elba, en las regiones de Umbría, de Las Marcas y del Lazio, eran centenares los fieles que se ponían bajo la dirección de un hombre, que aun siendo joven, mostraba un equilibrio y una madurez sometidos a todo tipo de pruebas. Su influencia se extendía a personas de ambos sexos y de todas las clases sociales. Hay que destacar de manera especial la amistad que le unía con la Venerable Lilia María del Crucifijo, con la Venerable Gertrudis Salandri, con la Venerable Columba Leonardi, con el Siervo de Dios Carlos de Motrone o con San Leonardo de Porto Mauricio. No es fácil realizar un listado completo de sus discípulos más ilustres: Ana María Calcagnini de Gaeta, Inés Grazi, Juana María Venturi de Orbetello, sor Querubina Bresciani, sor Columba Gertrudis Gandolfi, Teresa Palozzi de Ronciglione, etc., etc., etc.

Estampa contemporánea del Santo.

Estampa contemporánea del Santo.

Él tenía las ideas muy claras en lo relativo a la dirección espiritual de quienes se ponían bajo su custodia; era muy humilde aunque poseía una cultura inmensa, era intransigente consigo mismo, pero muy comprensivo con los demás. No era un teórico, era un hombre de una experiencia y de una clarividencia muy profunda y por eso era buscado por todo tipo de personas. Estaba convencido de que todo el mundo tenía derecho a la libertad y al gozo por el mero hecho de ser hijo de Dios. Quería que todos vivieran en paz, no se abatieran por sus defectos, no se perdieran en reflexiones inútiles, no se preocupase de la rumorología mundana, que todos tuvieran una actividad que les ayudase a distraerse, que no echaran cuenta a los escrúpulos, que se superase todo temor y melancolía.

A todos les repetía que “la vida era un tiempo de batalla”, que las tentaciones eran una prueba de Dios y un estímulo al progreso espiritual, que los inconvenientes que presentan la vida podían asumirse como “preciosos regalos” que los acercaba al cielo, que si se tenía fe, todo podía superarse a los pies de la Cruz. Recomendaba las mortificaciones de los sentidos pero siempre teniendo en cuenta el estado de cada persona y sin poner en peligro la propia vida, ya que esa era la forma de penitencia que más agradaba a Dios. A los seglares les recordaba que todos están llamados a la santidad, cada uno según su condición siempre y cuando respondiera al precepto universal del amor, precepto que no tiene límites. A los padres les aconsejaba que se trazaran una ética y una pedagogía cristiana para conseguir la educación de sus hijos. Trataba al mismo nivel el “gran gozo de la virginidad como la “gracia de la maternidad”; daba normas prácticas para el vestir femenino y los modos de divertirse según el estado de cada uno, cómo educar a los hijos, como desenvolverse sin agobios en los asuntos diarios, cómo vivir en sociedad siendo benevolentes, cómo afrontar los problemas del día a día.

A los que querían seguir la vida religiosa les decía que ser fieles a su vocación era un signo infalible de una llamada a la vida eterna, por lo que debían corresponder con generosidad. Los orientaba desde el momento en el que tomaban el hábito hasta cuando realizaban sus votos, que suponía la consagración definitiva a la oferta que habían recibido del Señor y a los superiores les aconsejaba que fueran “mártires de la paciencia, de la caridad y de la mansedumbre”. Sus frecuentes encuentros con el clero diocesano y el continuo trato con sus religiosos lo estimulaban a insinuarles consejos y facilitarles normas para cumplir con sus deberes sacerdotales o religiosos, tanto “en el altar como en el confesionario”. Sobre esta faceta de director espiritual se podría escribir mucho más sobre este santo, pero nuevamente me remito a los obras del padre Zoffoli.

Teca con reliquia de primera clase de San Pablo de la Cruz.

Teca con reliquia de primera clase de San Pablo de la Cruz.

San Pablo de la Cruz fue también un gran misionero en su época, predicaba la palabra de Dios a un pueblo que estaba ansioso por encontrar respuestas cristianas a las situaciones de miseria y pobreza en las que vivía y en este sentido, desde muy joven, el santo se mostró con mucha franqueza y mucho ardor. A finales del año 1720, refiriéndose a las injusticias sociales decía: “Yo no renuncio a mi deseo de convertir a todos los pecadores y me siento conmovido de manera muy especial para pedir a mi Dios que no sea jamás ofendido”. Ya actuaba como misionero cuando era ermitaño en el 1721 y lo siguió siendo hasta su última misión en Roma, cuando en el año 1769 continuaba con esta labor en la iglesia de Santa María in Trastévere. Había recorrido toda Italia: desde el principado del Piamonte hasta la república de Génova, desde el gran ducado de Toscana hasta el reino de Nápoles, llegando a predicar en más de treinta diócesis. Su humildad y su celo apostólico lo llevó desde las tierras más pobres hasta los lugares más privilegiados y esta inquietud se la inculcó a sus hijos incluyendo estas normas en la propia Regla.

Antes de ordenarse como sacerdote ejercía este apostolado como catequista y sólo de manera esporádica, como predicador; y una vez ordenado, no sólo recibió la facultad de confesar, sino la de predicar y misionar siempre que le fuera requerido. El propio Papa Clemente XII le dio la facultad de impartir la bendición apostólica con indulgencia plenaria, extendiéndole esta facultad el 22 de enero de 1738 para toda Italia, confiriéndole la calificación de misionero apostólico. Por lo tanto, las misiones populares llegaron a ser la forma más típica del ministerio sagrado de su nuevo Instituto. El Papa Benedicto XIV cuando aprobó las Reglas a finales del año 1741 lo hizo “sub conditione quod Clerici huius Congregationis, quorum finis unicus est peragandi sacras Missiones, debeant specialiter Missiones facere…”.

Evidentemente, su actividad misionera no le apartaba de la oración ni del estudio: “Hay que absorberse en el diálogo con Dios y ser consciente de la importancia de los estudios”, pero la predicación tenía que ser una de sus prioridades. Donde lo hiciera, no sólo destacaba la fuerza y la dulzura de su elocuencia, sino que ésta se veía apoyada por su alta estatura, por la expresividad de sus manos, por el tono de una voz sonora y bien modulada y por la penetrante vivacidad de su mirada. De él se llegó a decir que predicando “parecía un San Vicente Ferrer. Cuando hablaba del infierno se le veía temblar y se le rizaban los cabellos, pero cuando hablaba del cielo la dulzura salía de sus labios, aunque su fuerte era hablar sobre la Pasión de Cristo. De él se ha dicho que cuando hablaba de la Pasión “de sus ojos salían un efluvio de lágrimas”, que “alzaba el dedo en un acto de gran admiración y con el corazón y los labios decía ¡todo un Dios muerto por mí!”, o que “sus palabras eran como golpes de espada”. Cuando con sus palabras enternecía los corazones de los oyentes, remachaba diciendo que todo se debía a la “gracia del Amor Crucificado”. Hacía que quienes le oían meditaran sobre la Pasión de Cristo; ése era el meollo de su predicación y ése era su fruto principal.

Urna con los restos del Santo en la basílica romana de los santos Juan y Pablo.

Urna con los restos del Santo en la basílica romana de los santos Juan y Pablo.

Terminemos este artículo diciendo que fue el santo protector de los bandidos, que mansos como corderos, se echaban a sus pies; y que fue un heroico confesor que eliminó las clásicas procesiones de penitencia y los aspavientos que sólo conseguían despertar el horror en quienes los veían o escuchaban.

Antonio Barrero

Bibliografía:
– Basilio de San Pablo, “La espiritualidad de la Pasión en el magisterio de San Pablo de la Cruz”, Madrid, 1961
– Zoffoli, E., “San Pablo de la Cruz; historia crítica”, tres volúmenes publicados en 1963, 1965 y 1968.
– Zoffoli, E., “Los pasionistas: espiritualidad y apostolado”, Roma, 1955.
– Zoffoli, E., “Bibliotheca sanctórum, tomo X”, Città Nuova Editrice, Roma, 1990.

Enlaces consultados (28/12/2014):
– http://ilcristotuttoamore.blogspot.com.es/2013_07_01_archive.html
– http://paolodellacroce.altervista.org/biografia_capitolo32.htm

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

10 pensamientos en “San Pablo de la Cruz, sacerdote fundador (III)

  1. Antonio comentas en el articulo que su nacimiento estuvo predecido por unas señales que hacian presagiar la futura santidad de San Pablo.¿Se menciona algo mas sobre estas señales?
    Tambien que el santo consiguio eliminar las procesiones de penitencia y aspavientos que causaban horror en quienes lo veian,¿que hacian ese tipo de penitentes para despertar tal horror?
    Si ya algunas penitencias que se realizan en la actualidad me parecen monstruosas no quiero imaginarme las de esa epoca.
    Gracias por este tercer articulo en el que nos sigues descubriendo a la persona tras el santo.

    • Abel,
      En la bibliografía consultada se hace esa afirmación de que su nacimiento estuvo precedido de unas señales que presagiaban la futura santidad de Pablo, pero la realidad es que entrando más de lleno en la lectura de la época del matrimonio de sus padres y su nacimiento, yo lo único que encuentro que pueda considerarse “como extraordinario” es algo que en realidad no lo es y lo explico: que en un primer matrimonio su padre no tuvo hijos ya que su esposa murio relativamente joven. Casado de nuevo con la madre de San Pablo, tuvo familia numerosa y uno de los hijos, Pablo, que nació un domingo, día de fiesta que da a entender que su vida sería una fiesta para la Iglesia, que fue bautizado el día de Reyes (un regalo para la Iglesia), que su padrino fue el mismo sacerdote que ofició la boda de sus padres (que se llevaban 15 años de edad) y que le pusieron el nombre del abuelo, que había fallecido tres meses antes de su nacimiento diciendo que al primer nieto que naciera después de su muerte, le pusieran su nombre. Si a esos datos se les pueden llamar signos prodigiosos, pués lo serán como dice el biógrafo, pero yo no encuentro nada más.

      Y con respecto al tema de las procesiones penitenciales o rogativas nos estamos refiriendo a las llamadas estaciones de penitencia que se hacían yendo en procesión de una iglesia a otra, cantando las letanías de los santos, yendo en penumbras e iluminados con antorchas y los típicos penitentes que hacían todo tipo de barbaridades penitenciales, algunas de las cuales (para mi, por desgracia), aun se ven en algunos lugares y en algunas épocas del año. Antes, incluso alguna de estas procesiones de penitencia se hacían en tiempo Pascual (antes de la Ascensión) y tú me dirás si era lógico que ese tipo de cosas se siguieran haciendo….

  2. Es de admirar todos los consejos que daba a sus hijos espirituales, aunque algunos hoy nos parezcan anticuados, otros en cambio son adelantados a la época, como los que se refieren a los laicos. Veo que su tarea de evangelizador y director espiritual fue exquisita. Todo esto demuestra lo que precisamente ayer decía, que no solo se dedico a formar su orden y ganar almas para esta, sino que también ganaba almas para Dios fuese cual fuese su estado, condición, edad etc.
    San Pablo de la Cruz predicaba lo que sentía con tanto celo, lo vivía, por eso mismo convertía y convencía a todos los que lo escuchaban. Todo esto giraba en torno a la Pasión de Cristo, contemplando este misterio hizo su forma de vida.

    • Yo creo, David, que lo que estamos viendo (leyendo) en esta serie de artículos lo que demuestra es lo que dijimos en el primero de ellos: que San Pablo de la Cruz era uno de los mayores hombres de Iglesia, uno de los mayores santos de su tiempo, que golpeó muchas conciencias, que promovió muchos cambios eclesiales (sobre todo en actitudes) y que fomentó un tipo de oración-contemplación-acción basado en uno de los misterios más profundos del cristianismo: el por qué, sin necesidad de ello, el Hijo de Dios escogió el sufrimiento por nuestra salvación.

  3. Antonio

    San Pablo de la Cruz eliminó las penitencias exageradas que se imponían a los fieles desde hace siglos?!! o a qué te refieres cuando hablas de las confesiones al final del artículo.

    • Pues que fue un hombre sensato, que sabía de sobras que vale más un corazón arrepentido que comprende que es mejor dirigir sus actos a hacer el bien a los que te rodean, comparado con hacer grandes procesiones, grandes penitencias que castiguen tu cuerpo, largos y largos recitales oracionales que se toman como retahilas.
      Como dice el salmista, un corazón contrito y humillado, Dios no lo desprecia. Los aspavientos, no sirven para nada. San Pablo era un hombre razonable y práctico.

  4. Me llama la atención su vida de oración, que es un encuentro y un diálogo con el Padre. Es sabido que la oración. Es al alma lo que el deporte al cuerpo. Que bueno fuera que nosotros tuviéramos por lo menos 15 minutos de oración diarios. Y digo 15 porque cuanto tiempo más se nos va en chat o whatsap o redes sociales. Cuando se quiere a alguien, todo el tiempo del mundo es poco para platicar con esa persona. No es este lugar el adecuado para dar una catequesis sobre la oración, que San Pablo de la Cruz bien pudiera haberla hecho, pero si recomendar esta práctica que para la mayoría de los bautizados es ajena o vista de reojo.
    También señalar lo importante que es llevar un guía espiritual. A veces no es necesario que sea un sacerdote, clérigo o monjita. Hay laicos con buena madera para dar pautas. Ayer leía un frase algo dramática pero no sin sentido: si se diera la atención que se da a los que están agonizando físicamente a los que agonizan espiritualmente, serían muchas almas las que se librarían de la perdición eterna.
    Nuestra sociedad tan comunicativa hoy encierra al individuo en una burbuja que lo hace impersonal. Por ello los problemas existenciales y el auge de la psicología. El conocimiento de nuestra alma y la ayuda de alguien para fortalecerla es muy necesario. Y ojo, no quiero decir con esto que para ello está la confesión. Una buena confesión no es terapia psicológica, algo que muchos tienden a suponer.
    Saludos.

    • Yo no estoy en contra de lo que tu dices y se que cuando te refieres a la oración, lo estás haciendo a la oración mental, pero en parte veo la cosa de otra manera distinta. Oración tienen que ser las 24 horas de todos nuestros días, porque tenemos que tener conciencia de que siempre estamos delante de Dios, de que incluso aunque en un momento no lo recordemos explicitamente, lo que hagamos tiene que estar conforme con su voluntad.
      Vivir enfrascado en nuestros problemas diarios es compatible con tener plena conciencia de que estamos siempre en la presencia de Dios, aunque realicemos el acto mental de pensar en Él solo de vez en cuando.
      A mi me dice muchísimo esa oración que de chico se nos enseñó y que tiene un trasfondo inmenso: “Actiones nostras, quaesumus Domine, aspirando praeveni et adiuvando prosequere: ut cuncta nostra oratio et operatio a te semper incipiat, et per te coepta finiatur”.

  5. Pues es incluso impactante saber que un pasionista, devoto de la Pasión de Cristo, no veía con buenos ojos que otros reprodujeran en su cuerpo los sufrimientos de Cristo en la Pasión – bueno, aproximadamente… de verdad de verdad, ni en broma, o habrían muerto -. Yo soy de la opinión de que Él ya pagó el precio por nosotros y de que es bastante absurdo, incluso ofensivo, que la gente se flagele y se lacere las carnes, derramando sangre, en memoria a su sacrificio. Yo no soy quién para suponer los pensamientos del Amor, pero creo que a Él eso no le complace, ni aunque sea en memoria suya. Para memoria suya instituyó la Eucaristía, el sacrificio incruento. No esos espectáculos carniceros de mal gusto.

    • Es que San Pablo de la Cruz era un místico y un enamorado de Cristo, pero al mismo tiempo era un enamorado de las personas y de ellas, solo quería su felicidad y su salvación.
      Yo se que es bueno el privarse de algunas cosas a fin de mortificarse: me apetecen dos cafes y me tomo solo uno, por poner un ejemplo simplón, pero atentar contra el cuerpo yo me atrevería incluso a decir que es pecado. Yo se que es infinitamente más bueno y saludable el regalarle la vida a los demás que el regalársela uno a si mismo, pero hacer lo necesario para que nuestro cuerpo goze de buena salud y esté siempre dispuesto a poder hacer el bien a los demás, es cosa más grata a Dios que el disciplinarse y mortificarse duramente. Lo importante es el amor y ese hay que derrocharlo en Dios y en nuestros hermanos, aunque dejemos un poquitin para nosotros mismos.
      Ya Él sufrió todo lo indecible por nosotros y tanto nos amó que incluso se quedó aqui en medio de nosotros.

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