Los santos y el sufrimiento (III)

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Óleo-retrato de la Santa en su lecho de sufrimiento. La leyenda dice en alemán: "Beata Ana Schäffer, ruega por nosotros".

Óleo-retrato de la Santa en su lecho de sufrimiento. La leyenda dice en alemán: “Beata Ana Schäffer, ruega por nosotros”.

Santa Ana Schaeffer
Mindelstetten (Baviera, Alemania), 18 de febrero de 1882 – 5 de octubre de 1925

Fue la tercera de los ocho hijos que tuvieron el carpintero bávaro Miguel Schaeffer y su esposa Teresa Forster. La familia no tenía muchos recursos y todos vivían de las pocas ganancias que conseguía su padre. Ana recibió la instrucción elemental en las escuelas de Mindelstetten y allí empezó a cultivar un sueño: ser religiosa y convertirse en misionera a tierras lejanas. Pero se necesitaba una dote para ser aceptada en una congregación religiosa y por eso, se marchó a trabajar a Regensburg, prestando sus servicios a una familia de buena posición social: Este fue el primer paso hacia la realización de su sueño.

Pero en aquel momento, ella no sabía que ese paso también sería el último. Su padre murió al año siguiente y ella tuvo que volver a Mindelstetten para ayudar a la familia que quedó huérfana, con cinco hermanos y hermanas más pequeños que ella. Se dedicó a trabajar tanto en su casa como en las de otros. Así transcurrieron algunos años: los pequeños de la casa crecieron y pronto no necesitarían de ella y ella podría repensarse alla lejana misión… Pero el 14 de febrero del año 1901, cuando tenía diecinueve años de edad, la desgracia hizo que quedara inválida para siempre. Sucedió en el lavadero de la casa forestal de Stammham, cerca de Ingolstadt, donde ella trabajaba: una chimenea estaba a punto de resbalar y caer y ella se subió a arreglarla, pero cayó en una tina llena de agua caliente con lejía sufriendo gravísimas quemaduras en las piernas, hasta las rodillas. La curaron en el hospital de Kosching y posteriormente, en el centro médico universitario de Erlangen, pero poco pudo hacerse contra las llagas que la acción corrosiva del detergente le habían provocado. Ana tuvo que volver a su casa de Mindelstetten después de meses de hospitalización, encontrándose inválida para siempre, convirtiendose ella y su familia en más pobres aun de lo que lo eran antes.

Vista del sepulcro de la Santa.

Vista del sepulcro de la Santa.

La familia se quedó en la ruina y ella prisionera de sus dolores, insoportables y con la certeza de que no tenían cura, que no acabarían nunca. Todo esto y con solo veintiún años de edad: una situación insoportable, no podía quedarse así, se rebelaba contra este sufrimiento sin esperaza y así se lo hizo conocer a los suyos, a sus amigos y al padre Karl Rieder, que era su párroco. La conquista de la serenidad no le llegó por súbitas iluminaciones, sino que fue una larga fatiga la que hizo que Ana se convenciera: lo suyo no era una condena, sino que era una tarea que el Señor le había confiado y a la que tenía que consagrarse; ser misionera así, desde el lecho del dolor, llena de llagas. Y lo aceptó, no como una rendición, sino como un acto de voluntad: Ana ofreció todos sus sufrimientos al Señor. Y tuvo mucho que ofrecer: las desgracias de la lavandería, las llagas, la parálisis total de sus piernas, rigidez de la médula espinal y para colmo, un cáncer intestinal. Asi, herida, hablaba de “sus sueños” en los cuales se les aparecieron Jesús y San Francisco.

Se dedicó a aconsejar y alentar a la gente que iban a solicitarle ayuda y apoyo. Se hizo necesaria, indispensable, segura y saludable; en la cama siempre estaba “de guardia” para atender a los demás incluso escribiendo cartas. No dejó de estar al servicio de los demás hasta que murió. En el mes de septiembre del 1925, una caída de la cama la dejó sin voz, solo susurraba: “Jesús, yo vivo en ti”. Después de su muerte dejó una fuerte presencia en toda la región bávara. Sepultada en el cementerio, su cuerpo fue transportado a la iglesia parroquial de Mindelstetten. San Juan Pablo II la beatificó el 17 de marzo de 1999, siendo canonizada por el Papa Benedicto XVI, el 21 de octubre del 2012.

Óleo de la Beata por Gabriel Cornelius Von Max.

Óleo de la Beata por Gabriel Cornelius Von Max.

Beata Ana Catalina Emmerick
Flamske (Alemania), 8 de septiembre de 1774 – Dülmen, 9 de febrero de 1824

Finalmente, esta religiosa venerable, mística, vidente y estigmatizada del siglo XVIII, después de un largo proceso de beatificación que duró más de ciento treinta y cinco años, fue inscrita en el catálogo de los beatos por San Juan Pablo II, el 3 de octubre del año 2004.

Ana Catalina Emmerick nació el 8 de septiembre de 1774 en Flamske bei Coestfeld (Westfalia, Alemania), siendo sus padres Bernardo Emmerick y Ana Hillers, que eran unos católicos de condición muy humildes, De pequeña, hizo de pastora y ya en este período de su vida advirtió su vocación religiosa, aunque se encontró con la oposición de su padre. Durante su juventud, Dios la colmó de grandes dones, como fenómenos de éxtasis y de visiones, aunque esto no la ayudó ya que fue rechazada por varias comunidades. En el 1802, cuando tenía veintiocho años de edad, gracias al interés de su amiga Clara Soentgen – una joven de la burguesía -, pudo entrar en el monasterio de las Canónigas Regulares de San Agustín en Agnetenberg, cerca de Dülmen. La vida en el monasterio fue muy dura para ella porque no tenía la misma condición social que el resto de las monjas y esto le hizo sufrir insistentes presiones. A esto se le unió el que sufría de varias enfermedades, como consecuencia de un incidente padecido en el año 1805, que la obligó a permanecer casi continuamente en su habitación desde el 1806 al 1812.

Cuando era una campesina, podía mantener ocultos los fenómenos místicos que se manifestaban en ella, pero en el monasterio, en un ambiente más restringido, esto le era imposible y, por lo tanto, algunas monjas, por celo o por ignorancia la hicieron objeto de insinuaciones maliciosas y de todo género de sospechas. En el año 1811 el convento fue suprimido por las legiones francesas de Napoleón Bonaparte y las hermanas tuvieron que dispersarse. Ana Catalina se puso al servicio de un sacerdote (don Juan Martín Lambert), procedente de la diócesis francesa de Amiens y que había emigrado a Dülmen. En casa de este sacerdote, a finales del 1812, los fenómenos místicos se multiplicaron y en los últimos días de diciembre recibió los estigmas de la Pasión. Durante dos meses pudo mantenerlos ocultos, pero el 28 de febrero no pudo levantarse más del lecho, que llegó a ser su instrumento de expiación por los pecados de los hombres, uniendo sus sufrimientos a los de la Pasión de Jesús.

Sepulcro de la Beata en la iglesia de la Santa Cruz de Dülmen, Alemania.

Sepulcro de la Beata en la iglesia de la Santa Cruz de Dülmen, Alemania.

Fue sometida a una investigación sobre los estigmas, los sufrimientos de la Pasión y los fenómenos místicos que se le manifestaban y la investigación demostró su absoluta inocencia y el carácter sobrenatural de los mismos. Se sabe que tuvo una visión sobre la vida de Jesús y de María, pero sobre todo de la Pasión de Cristo: por ejemplo, explicó detalladamente como era la casa donde vivía la Virgen en Éfeso y cómo era el castillo de Maqueronte, en el que fue decapitado San Juan Bautista. Es difícil saber cuales fueron efectivamente sus visiones, porque un contemporáneo suyo, el poeta y escritor Clemente Brentano (1778-1842), las publicó añadiéndole y adornándolas por su cuenta, creando así una gran confusión, que puso algunas dificultades en el proceso de beatificación.

Ana Catalina Emmerick murió en Dülmen el día 9 de febrero de 1824, llegando a ser una de las siervas de Dios más conocida de Europa. Por pertenecer a la Orden de las Agustinas, los monjes de esta Orden promovieron su Causa, que como ya he dicho sufrió varios reveses por parte de algunos obispos, del propio Papa León XIII y por motivos políticos ocurridos en Alemania… hasta que definitivamente, el 4 de mayo de 1981 se emitió el decreto de introducción de la Causa.

Fotografía de la Beata en su lecho.

Fotografía de la Beata en su lecho.

Beata Alejandrina Maria da Costa
Balasar (Portugal), 3 de marzo de 1904 – Balasar, 13 de octubre de 1955

Alejandrina Maria da Costa nació en Balasar (provincia de Oporto y archidiócesis de Braga), el 30 de marzo de 1904, siendo bautizada el 2 de abril siguiente, Sábado Santo. Su madre la educó cristianamente junto con su hermana Deolinda. Alejandrina permaneció con su familia hasta los siete años de edad, siendo entonces enviada a Povora do Varzim a la casa de la familia de un carpintero para así poder frecuentar la escuela elemental, pues en Balasar no la había. Allí hizo su primera comunión en el año 1911 y al año siguiente fue confirmada por el obispo de Oporto. Pasados dieciocho meses retornó a su pueblo para vivir con su madre y su hermana en aquella localidad lo que sería su Calvario hasta el día de su muerte. Como era de constitución robusta, comenzó a trabajar en el campo. Su infancia había sido muy animada, estaba dotada de un temperamento alegre y comunicativo, siendo muy querida por sus compañeras. Pero con doce años de edad enfermó: una grave infección (quizás una fiebre intestinal o tifoidea) la puso a un paso de la muerte. Superó el peligro, pero su físico quedó señalado para siempre. Con catorce años de edad le ocurrió un hecho que fue decisivo en su vida. Era el Sábado Santo del 1918.

Aquel día, ella, su hermana Deolinda y una muchacha aprendiza tenían intención de ponerse a coser cuando se encontraron con tres hombres que intentaban entrar en su habitación. Aunque debido a su fortaleza pudo cerrar la puerta, los tres hombres la forzaron y entraron. Alejandrina, para salvar su amenazada pureza, no tuvo suerte al saltar por la ventana de la habitación desde una altura de cuatro metros. Las consecuencias fueron terribles, aunque no inmediatas. Después de varias visitas al médico, le diagnosticaron un hecho irreversible. Con muchísima voluntad y tremendas dificultades pudo ir a la iglesia hasta que tuvo diecinueve años de edad; esto edificó de manera maravillosa a la gente de su pueblo. La parálisis fue progresando y los dolores se fueron haciendo cada vez más terribles, las articulaciones perdieron todo movimiento y quedó completamente paralizada. Era el 14 de abril de 1925 cuando Alejandrina ya no pudo levantarse de la cama, en la que permaneció por espacio de treinta años hasta su muerte.

La Beata fotografiada durante un éxtasis.

La Beata fotografiada durante un éxtasis.

Hasta el 1928 no dejó de pedirle al Señor por intercesión de la Virgen, la gracia de la curación haciendo la promesa de que si se curaba se convertiría en misionera. Pero finalmente tuvo que comprender que el sufrimiento era su vocación, lo que aceptó de manera gustosa. Decía: “Ahora, nuestra Señora me ha concedido una gracia aun mayor. Primero la resignación, después la conformidad completa a la voluntad de Dios y finalmente, el deseo de sufrir”. Pertenecen a este período los primeros fenómenos místicos, cuando Alejandrina inició una vida de gran unión de Jesús en el Tabernáculo a través de la Santísima Virgen. Un día en el que se encontraba sola, le vino de improviso este pensamiento: “Jesús, tu estás prisionero en el Tabernáculo y yo en mi cama por tu voluntad. Hagámosnos compañía”. Desde ese momento comenzó su misión: se convirtió como en la lámpara del Tabernáculo. En todas las Misas se ofrecía al Padre Eterno como víctima por los pecadores, junto a Jesús y conforme con sus intenciones. En ella crecía más y más el amor por el sufrimiento al mismo tiempo que su vocación de víctima se veía con más claridad. Hizo voto de hacer siempre aquello que creyese era lo más perfecto.

Desde el viernes 3 de octubre de 1938 al 24 de marzo de 1942, o sea, ciento ochenta y dos veces, vivió todos los viernes los sufrimientos de la Pasión. Alejandrina, superando su estado habitual de parálisis, se levantaba de la cama y con movimientos y gestos acompañados de terribles dolores, reproducía los diversos momentos del Vía Crucis durante tres horas y media. “Amar, sufrir, reparar” fue el programa que el Señor le indicó.

Desde el 1934 – invitada por el jesuita Mariano Pinho que fue su director espiritual hasta el año 1941 – , Alejandrina escribía todo aquello que Jesús le decía. En el 1936, por orden de Jesús, a través del padre Pinho, solicitó al Papa la consagración del mundo al Corazón Inmaculado de María. Esta súplica fue varias veces renovada hasta finales de 1941, cuando la Santa Sede la interrogó por tres veces a través del arzobispo de Braga. El 31 de octubre de 1942, el Papa pío XII consagró el mundo al Corazón Inmaculado de María mediante un mensaje transmitido a Fátima en lengua portuguesa. Este acto fue renovado en Roma, en la Basílica de San Pedro, el 8 de diciembre del mismo año.

Fotografía de la Beata en la cama, con una imagen de María Auxiliadora.

Fotografía de la Beata en la cama, con una imagen de María Auxiliadora.

El 27 de marzo de 1942, Alejandrina dejó de alimentarse, viviendo solamente de la Eucaristía. En el año 1943, durante cuarenta días con sus cuarenta noches, fue controlado estrictamente por médicos cualificados su absoluto ayuno y anuria en el hospital de la Foce del Duro, cerca de Oporto. En 1944, su nuevo director espiritual, el salesiano don Humberto Pasquale, alentó a Alejandrina para que continuase dictando su diario, después de comprobar las altas cotas de espiritualidad a las que había llegado. Ella lo hizo obedientemente hasta su muerte. Ese mismo año, Alejandrina se inscribió en la Unión de los Cooperadores Salesianos. Quiso colocar su diploma de Cooperadora “en un lugar en el que estuviese siempre bajo sus ojos”, para colaborar con su dolor y con sus oraciones a la salvación de las almas, sobre todos las de los jóvenes. Oró y sufrió por la santificación de los Cooperadores Salesianos de todo el mundo. A pesar de sus sufrimientos, siempre se interesaba y empeñaba a favor de los pobres, del bien espiritual de sus parroquianos y de otras muchas personas que recurrían a ella. En su parroquia, promovió la celebración de triduos, las Cuarenta Horas y la Cuaresma.

De manera muy especial, en los últimos años de su vida, acudían a ella muchísimas personas venidas desde muy lejos, atraidas por su fama de santidad; muchos de ellos, atribuían su conversión a los consejos recibidos de Alejandrina. En el año 1950 festejó el XXV aniversario de su inmovilidad. El 7 de enero de 1955 se fue preanunciado que aquel sería el año de su muerte y así, el 12 de octubre quiso recibir la Unción de los Enfermos. El 13 de octubre, aniversario de la última aparición de la Virgen de Fátima, sintieron que exclamaba: “Estoy muy feliz porque me voy al cielo” y, efectivamente, murió a las siete y media de la tarde.

Sepulcro de la Beata.

Sepulcro de la Beata.

En su tumba pueden leerse estas palabras suyas: “Pecadores, si las cenizas de mi cuerpo pueden serte útiles para salvarte, pasa sobre ellas hasta que desaparezcan, pero no peques más. No ofendas a nuestro Jesús”. Esta es la síntesis de su misma vida; exclusivamente, la salvación de las almas. En Oporto, en la tarde del día 15 de octubre, los floristas quedaron desprovistos de rosas blandas; todas habían sido vendidas. Fue un homenaje floral a Alejandrina, que había sido la rosa blanca de Jesús. Fue beatificada por San Juan Pablo II el 25 de abril del año 2004.

Estos han vivido en el sufrimiento la intimidad con el Señor, descubriendo no tanto un refugio consolador, “sino al Único que conoce el dolor y la solidaridad hasta el fondo de nuestra experiencia” (T. Bello). Ellos, ahora, son aquel “todos nosotros” como dice San Pablo, “con el rostro descubierto, reflejando como en un espejo la gloria del Señor”, han manifestado la gloria que en ellos habitaba y “de gloria en gloria” (porque la gloria de Cristo es el fruto de su Cruz…”mete aquí la mano”, dijo el Resucitado a Tomás), dieron la cara a la acción del Espíritu Santo.

Damiano Grenci

Bibliografía y sitios:
* AA. VV. – Biblioteca Sanctorum (Enciclopedia dei Santi) – Voll. 1-12 e I-II-III appendice – Ed. Città Nuova
* C.E.I. – Martirologio Romano – Libreria Editrice Vaticana – 2007 – pp. 1142
* Grenci Damiano Marco – Archivo privado iconográfico y hagiografico: 1977 – 2008
* Dora Samà – “La vita nascosta in Cristo. La Monachella di San Bruno”, Sud Grafica Marina di Davoli (2006)
* AA. VV. de santibeati.it

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Los santos y el sufrimiento (II)

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Fotografía del Siervo de Dios Angelo Bonetta.

Fotografía del Siervo de Dios Angelo Bonetta.

Siervo de Dios Angelo Bonetta
Cigole (Brescia), 18 de septiembre de 1948 – 28 de enero de 1963

Como las chispas de un fuego crepitante, el aumento de brillantes y ardientes, que no llegan todos a la misma altura, muriendo unos antes que otros o que caen en el fuego que los generó, así, entre los seres humanos, hay ciertas almas que todavía viven en la juventud de la vida, antes de volver al Padre, sin llegar a ver un largo camino en su existencia. Este es el caso de tantos niños, adolescentes y jóvenes, afectados plenamente en su desarrollo físico y mental por enfermedades incurables o por accidentes mortales; la pérdida de los parientes es aun mucho mayor, cuando el Calvario es prolongado pero el final, sin embargo, es seguro. El sufrimiento vivido por los jóvenes y adolescentes es aún más desgarrador, porque junto al dolor es visible una vitalidad propia de la edad, que por la enfermedad lo comprime y bloquea permaneciendo en el lecho del dolor. Pero también en muchos casos sorprende la serenidad y la aceptación de la voluntad de Dios, a veces difícil de encontrar entre los adultos.

La Iglesia, la comunidad parroquial y civil, las asociaciones, los mismos parientes y amigos, lo han hecho después de la muerte prematura transmitiendo los mensajes recibidos de ellos, aunque sea en su breve vida terrenal, pero especialmente ayudando con ejemplos al distraido, frenético y convulso mundo de los jóvenes de hoy en día. Algunos son Siervos de Dios, otros son Venerables e incluso Santos y Beatos a los que llamamos o definimos como “testigos de la fe de nuestro tiempo”. Citemos a algunos de estos jóvenes, que son explendores de la fe cristiana, ángeles que pasan por la tierra dejando una luminoso estela de virtud, pureza, ejemplos y amor: Silvio Dissegna de doce años, de Moncalieri; Aldo Blundo de quince años, de Napoles; Angela Iacobellis de treve años, de Napoles; José Ottone de trece años, de Torre Annunziata; Maggiorino Vigolungo de catorce años, de Benevello (Cuneo); Maricarmen Gonzalez-Valerio, de nueve años y española; Laura Vicuña de trece años y chilena; Santo Domingo Savio de quince años y de Torino; Aldo Marcozzi, de catorce años y de Milano; Paola Adamo, de quince años y de Taranto; Ninni Di Leo, de dieciseis años y de Palermo; Pedro Percumas de diecinueve años y lituano; Domenico Zamberletti de trece años y de Varese; Willy De Koster, mexicano de diez años, etc.

A ellos hay que añadir al Siervo de Dios Ángel Bonetta, de catorce años de edad, o sea, un adolescente, que nació el 18 de septiembre del 1948 en Brescia, hijo de Francisco Bonetta y de Julia Scarlatti. Vivísimo e inteligente, como siempre suele decirse, estaba siempre dispuesto a crear problemas uno detrás del otro provocando una fuerte reacción de sus padres. Pero en el ámbito de esta vivacidad se vio obligado a echar el freno a causa de su pasión por la natación. Con la complicidad de su hermana y ocultándoselo a sus padres, iba a menudo a nadar al río Mella, que es un río peligroso como casi todos los ríos. Pero si su hermana confesaba a sus padres la escapada de Ángel, estos le prohibían que fuera a nadar al río. Por eso tuvo que echar el freno.

El Siervo de Dios Ángel Bonetta postrado en su lecho.

El Siervo de Dios Ángel Bonetta postrado en su lecho.

Frecuentó el asilo de las Canosianas que, vigilantes y atentas, notaron la fuerte inclinación del niño hacia la oración. Tenía una profunda devoción a Jesús, que se llegó a acrecentar con los años por el amor a la Eucaristía y al sacramento de la confesión. Las hermanas canosianas fueron siempre para Ángel como una segunda familia y su escuela, como una segunda casa. Su bondad se vía en sus ojos que eran brillantes y sinceros.

El 14 de abril del 1955, con seis años de edad y preparado por las Hermanas Canosianas, recibió la primera comunión. Entusiasmado actuaba como monaguillo en la Misa dominical, era simpático con los amigos y con los más pequeños, jugaba muy bien al fútbol, especialmente arbitrando con la confianza de todos sus compañeros. Terminada la escuala elemental, con once años de edad entró en un colegio de Brescia para continuar sus estudios, más apenas pasados quince días comenzó visiblemente a cojear debido a un terrible dolor en una rodilla. Informados sus padres, fue ingresado en un hospital de Brescia, donde después de realizarle unas exhaustivas pruebas se le diagnosticó un tumor. Así inició un largo y doloroso Calvario, entre cuidados intensivos y hospitalizaciones que terminaron con la amputación de una pierna el día 2 de mayo del 1961. El período postoperatorio fue muy difícil, debido a que a los fortísimos dolores físicos se le sumaron los síquicos originados al saber que había perdido una pierna.

Solo tenía doce años de edad y en los momentos más difíciles encontró la fuerza al invocar la ayuda de Jesús y de la Virgen: “Señor, te ofrezco todo por los pobres pecadores, pero ayúdame Tu a no negarte nada”. En la mesilla de noche tenía la historia de los niños videntes de Fátima, a quienes la Virgen María había invitado a ofrecer penitencias y oración por la conversión de los pecadores y Ángel (o Angelino) como le llamaban, estaba destinado a imitarlos. En su larga convalecencia en el hospital conoció el Centro Voluntario del Sufrimiento y allí se convenció de que un enfermo que tiene un mínimo de fuerzas, debe ofrecerlas a Jesús Crucificado para conseguir la salvación del mundo. Y así, fue invitado a orar y a ofrecer sus sufrimientos por un anciano protestante de sesenta años de edad que estaba lejos de recibir los sacramentos y por un joven ateo inflexible.

Foto de su sepultura.

Foto de su sepultura.

De vuelta a casa, le organizaron una fiesta, pero sus amigos, avergonzados y tristes por su pierna perdida, no estaban de humor para divertirse. A Angelino se le ocurrió una broma para romper el hielo ante el asombro de todos los presentes: “¿Qué pasa con esas caras? ¿Esta es una fiesta? Mirad el lado positivo porque ahora me voy a lavar los pies y a cortarme las uñas”. El deterioro no lo detuvo, siempre estaba bromeando y de buen humor moviéndose fácilmente con las muletas. En agosto del año 1961 en los ejercicios espirituales realizados en Re (Novara) por Voluntarios del Sufrimiento, se convirtió en un amigo de todos y en un modelo para los enfermos. Minimizando su mal, comenzó a consolar a los pacientes de las distintas salas del hospital donde era ingresado de vez en cuando, instando a todos a tener una tranquila resignación y a coger fuerzas con la oración.

Pero este adolescente deseaba donarse aun más completamente a Dios, aunque sin embargo, su corta edad podría ser un impedimento. De este pequeño apóstol, se acordó el Beato Luis Novarese, fundador de los Voluntarios del Sufrimiento, quién en mayo de 1962 invitó a Angelino a prepararse para consagrarse al Señor. El 21 de septiembre de 1962, con algo menos de catorce años, pronunció los votos de pobreza, castidad y obediencia, en la Asociación de los “Silenciosos Operarios de la Cruz”, fundados también por don Novarese el 1 de noviembre del año 1950. Esta fue la alegría más grande que recibió en aquellos años de dolor, ya que veinte días más tarde, el 12 de octubre de 1962 se vio obligado a quedarse en cama de la que ya nunca se levantaría. No obstante la amputación, el tumor avanzaba en su joven cuerpo, originándole otros largos meses de sufrimiento, que fueron útiles para que consiguiera el Paraiso y la conversión de algunas almas.

Una noche le dijo a su madre: “Si yo muero pronto, ¿tú que harás?” Y ella respondió inmediatamente: “Siempre cumpliremos la voluntad de Dios”. Esta sublime afirmación iluminó a Ángel que veía presente su hora de partida hacia el Paraiso. El 27 de enero de 1963, el párroco lo confesó, le llevó la Eucaristía como Viático y le administró la Unción de los Enfermos. Cerca de la medianoche, Ángel invitó a rezar a los presentes y se quedó dormido. Sobre las dos de la madrugada, se despertó y mirando dulcemente a su madre, le dijo: “Mamá, estamos aquí. Esta es mi hora” y mirando a una imagen de la Virgen que estaba sobre su mesilla de noche, se durmió en el Señor. Era el 28 de enero de 1963. El 19 de mayo de 1998 fue abierta su Causa de beatificación.

Fotografía de la Beata Clara Luz Badano

Fotografía de la Beata Clara Luz Badano

Beata Clara Luce Badano
Vivía en Sassello, con su padre Ruggero, que era camionero y con su madre María Teresa, que era ama de casa. De fuerte carácter, dura, desinteresada, de rasgos finos y ojos claros grandes, de sonrisa abierta, le encantaba la nieve y el mar y practicaba muchos deportes. Sentía cierta debilidad por las personas ancianas a las que cubría de atenciones. Con nueve años de edad, conoció a los “Focolarini” de Clara Lubich entrando a formar parte de ellos. En la lectura de sus cuadernos subyace la alegría y el asombro por descubrir la vida. Terminado el preescolar en Sassello, se marchó a Savona donde asistió a la escuela primaria.

Con seis años de edad, durante una partida de tenis, sintió sus primeros dolores en la espalda: el primer diagnóstico fue un callo óseo, que se convirtió en un osteosarcoma después de realizarle unos análisis. Fueron inútiles las intervenciones en la columna vertebral, la quimioterapia, llegando pronto los espasmos y la paralización de las piernas. Rechazaba la morfina porque le quitaba lucidez. Quiso estar informada de todo sin perder nunca su habitual sonrisa. Algunos médicos, no practicantes, le aconsejaban recurrir a Dios.

Su habitación, primero en el hospital y posteriormente en su casa, se convirtió en una pequeña iglesia, lugar de encuentro y de apostolado: “Lo importante es hacer la voluntad de Dios…, es mantener su juego, pues otro mundo está esperando por mi. Me siento envuelta en un hermoso diseño que, poco a poco, se revela en mi… Me gustó mucho el ciclismo, pero Dios me ha quitado las piernas, aunque me dio alas…”. Clara Libich, que la seguía de cerca durante toda su enfermedad, le escribió una carta que la llenó de alegría.

Monseñor Livio Maritano, el obispo diocesano, la recuerda así: ”En ella se sentía la presencia del Espíritu Santo que la hizo capaz de convencer a la gente que se acercaban a ella, por su amor a Dios y a los hombres. Regaló a todos una experiencia muy rara y muy ecepcional”. En sus últimos días, Clara apenas podía hablar, pero quiso prepararse para encontrarse con su Esposo eligiendo un sencillo vestido blanco, muy simple, con una banda de color rosa. Llamó a una amiga para ver cómo le sentaba y dijo a su madre cómo quería que la peinase y con qué flores engalanara la iglesia, que canciones y qué lecturas quería para su funeral, porque el rito tenía que ser una fiesta.

Sus últimas palabras fueron: “Mamá, se feliz porque yo lo soy. ¡Adiós!”. Murió al amanecer del día 7 de octubre de 1990. Desde entonces, su tumba en Sassello es meta de peregrinaciones, sobre todo de jóvenes que le llevan flores, cartas, ofertas para sus negritos de África y peticiones de gracias. El proceso de su Causa de beatificación, después de la clausura de su fase preliminar diocesana, iniciada el 7 de diciembre de 1998, prosiguió en Roma desde el 7 de octubre del año 2000 hasta su beatificación por SS. Benedicto XVI el 25 de septiembre de 2010.

Fotografía de Gema Galgani, tomada cuando tenía 22 años de edad.

Fotografía de Gema Galgani, tomada cuando tenía 22 años de edad.

Santa Gema Galgani
Bogonuevo (Lucca), 12 de marzo de1878 – 11 de abril de 1903

Gema Galgani nació el 12 de marzo del año 1878 en Bogonuovo (Lucca), recibiendo el bautismo al día siguiente de su nacimiento, El 26 de mayo del 1885, en la iglesia de San Michele in Foro, el arzobispo de Lucca le administró la confirmación. Su madre Aurelia murió en el mes de septiembre de 1886, lo que le produjo un gran dolor, así como la muerte de su hermano Gino, que era seminarista y que ocurrió en el año 1894 cuando apenas tenía dieciocho años de edad.

En el año 1895, Gema recibió la inspiración de seguir con empeño y decisión la vida de la cruz como si fuera el itinenario del cristiano. Tuvo algunas visiones de su ángel custodio que le recordaba que las joyas de una esposa del Crucificado eran la cruz y la corona de espinas. El 11 de noviembre de 1897 murió también su padre Enrique y las miserables condiciones de vida de la familia la obligaron a dejar su casa en la calle San Jorge para cambiarse a otra más modesta en la calle del Biscione, nº 13. Estuvo un cierto tiempo en Camaiore, junto con una tía que había querido llevársela consigo después de la muerte de su padre, pero en el otoño del año 1899, enfermó gravemente y retornó a su casa.

Los meses del invierno marcaron un gran sufrimiento para toda la familia debido a las penurias económicas propias de toda familia numerosa, porque además de dos tías llamadas Elisa y Elena, estaban los hermanos de Gema: Gil, Héctor y Tonino y las hermanas, Angelina y Julieta. Gil, que era el hermano mayor, estudiaba en Pisa y después de licenciarse en farmacia, trató de ayudar a su familia trabajando en el hospital de Lucca. También, con el sacrificio de todos, Totino estudiaba en Pisa. Durante el período de su enfermedad, Gema leía la biografía del venerable pasionista Gabriel de la Dolorosa (hoy santo) y tuvo la aparición del venerable que le dio palabras de consuelo.

La Santa en éxtasis. Lienzo basado en una fotografía real.

La Santa en éxtasis. Lienzo basado en una fotografía real.

En ese tiempo, maduró en ella una decisión y en la tarde del 8 de diciembre, fiesta de la Inmaculada, hizo voto de virginidad. La noche siguiente, el venerable Gabriel se le apareció de nuevo llamándola “hermana mía” y dandole para que lo besara el emblema de los pasionistas que llevaba en el pecho. En el mes de enero, siendo baldías todas las terapias médicas, la enfermedad de Gema (una osteítis en las vértebras lumbares con absceso inguinal) llegó a paralizarle las piernas. Para agravar la situación, el 28 de enero apareció una otitis purulenta que le afectó el mastoides. En aquellos días, su hermano Gil se marchó a Bagni di San Giuliano donde obtuvo una farmacia. Gema siguió recibiendo el consuelo de las visiones del venerable Gabriel y de su ángel custodio, pero tentada por el demonio, logró vencerlo con la ayuda de Gabriel, que se había convertido en su guía espiritual.

El 2 de febrero los médicos la dieron por desahuciada; según ellos, no pasaría de aquella noche, pero Gema entre indecibles sufrimientos, sigue pasando sus días en oración. El 3 de marzo es el primer viernes del mes y la joven ha terminado una novena en honor de la entonces Beata Margarita María de Alacoque, pero al acercarse a la Eucaristía, se produce una curación milagrosa. El 23 del mismo mes, de vueltas a casa después de comulgar, Gema tuvo otra visión del venerable Gabriel que le indicaba el Calvario como su meta final. El 30 de marzo, Jueves Santo, estando Gema en oración cumpliendo la “Hora Santa” en unión con Jesús en el Huerto de los Olivos, se le aparece el mismo Cristo herido y sufriente. El mes de abril siguiente, preocupada por no saber amar a Jesús, Gema se encuentra nuevamente delante del Crucifijo y escucha palabras de amor: Jesús la ha amado hasta la muerte y es el sufrimiento el que enseña a amar.

Matrimonio místico de Santa Gema, en presencia de su ángel de la guarda. Lienzo contemporáneo.

Matrimonio místico de Santa Gema, en presencia de su ángel de la guarda. Lienzo contemporáneo.

El 8 de junio, después de haberse acercado a la Eucaristía, Jesús se le aparece anunciándole una enorme gracia. Ella siente el peso de los pecados, pero tiene una vivisón de la Virgen, del ángel custodio y de Jesús. María, en nombre de su Hijo perdona los pecados y le pide que su misión sea que de las heridas de Jesús no salga más sangre y con llamas de fuego toca las manos, los pies y el corazón de Gema. Ella se siente morir, está a punto de caerse al suelo, pero Maria la abraza y le besa la frente. Gema está arrodillada, en la tierra, con un fortísimo dolor en las manos, en los pies y en el corazón, del que le sale sangre, pero estos dolores no la afligen sino que le dan una paz perfecta. A la mañana siguiente se acercó a comulgar con las manos tapadas. Los dolores le duraron hasta las tres de la tarde del viernes, fiesta del Sagrado Corazón de Jesús.

Desde aquella tarde, todas las semanas, Jesús llamó a Gema para que ejerciera con Él la obra de la salvación, uniéndola a todos sus sufrimientos físicos y espirituales. Esta grandísima gracia, para Gema fue motivo de inefables alegrías pero también de profundos dolores. En su casa había confusion e incredulidad por lo que le ocurría; a Gema la regañaban sus tías y sus hermanos, a veces se veía ridiculizada y burlada por sus hermanas, pero ella lo soportaba en silencio y esperaba. En los meses de aquel verano conoció a los padres Pasionistas comprometidos en una misión popular en la Catedral; uno de ellos entró en la casa de los Giannini. Gema conocía ya a la señora Cecilia con la que había iniciado una verdadera y profunda amistad, por lo que era para ella como una segunda madre y en enero del 1900 comienza a escribirle al padre Germán – el sacerdote pasionista al que había conocido -, encontrándose con el personalmente en el mes de septiembre. También en septiembre, Gema abandonaba definitivamente a su familia para irse a vivir a la casa Giannini, volviendo a su casa solo en raras ocasiones para consolar a su hermana Julieta.

Relicario con el corazón de la Santa. Santuario de Santa Gema Galgani, Madrid (España)

Relicario con el corazón de la Santa. Santuario de Santa Gema Galgani, Madrid (España)

En el mes de mayo del año siguiente, Gema enfermó de nuevo, se repone pero recae en octubre. Mientras tanto, mueren su hermana Julia (el 19 de agosto) y su hermano Tonino (el 21 de octubre). El 24 de enero, por orden médica, la familia Giannini debe transferir a Gema a un apartamento alquilado por su tía Elisa, viviendo allí Gema la experiencia del abandono de Jesús en la cruz y el silencio de Dios. Es fuertemente tentada por el demonio, pero su fe no se viene abajo, no perderá la paciencia y siempre estará llena de amor y de reconocimiento hacia quienes la atienden en su enfermedad. Al mediodía del 11 de abril del 1903, Sábado Santo, como antes se hacía, las campanas anuncian la resurrección de Cristo y a las dos menos cuarto de la tarde, Gema se dormirá en el Señor asistida amorosamente por la familia Giannini.

El 14 de mayo de 1933 el Papa Pío XI incluirá su nombre entre los beatos de la Iglesia. El 2 de mayo de 1940 el Papa Pío XII reconociendo la práctica heroica de sus virtudes, la elevará a la gloria de los santos y la pondrá como modelo para la Iglesia universal. Su fiesta se celebrará el 11 de abril, mientras que en la Familia Pasionista y en la diócesis de lucca, se la festejará el 16 de mayo.

Damiano Grenci

Bibliografía y sitios:
* AA. VV. – Biblioteca Sanctorum (Enciclopedia dei Santi) – Voll. 1-12 e I-II-III appendice – Ed. Città Nuova
* C.E.I. – Martirologio Romano – Libreria Editrice Vaticana – 2007 – pp. 1142
* Grenci Damiano Marco – Archivo privado iconográfico y hagiografico: 1977 – 2008
* Dora Samà – “La vita nascosta in Cristo. La Monachella di San Bruno”, Sud Grafica Marina di Davoli (2006)
* AA. VV. de santibeati.it

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Los santos y el sufrimiento (I)

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Fotografía de la Sierva de Dios María Antonia Samà en su lecho de paralítica.

Fotografía de la Sierva de Dios María Antonia Samà en su lecho de paralítica.

El IV domingo de la Cuaresma ambrosiana escucha y medita los siguientes textos bíblicos: Es. 34, 20-35; 2 Cor. 3, 7-13.17-18; y Jn. 9, 1-41. Es la llamada Domínica del Ciego de nacimiento y tiene una simbología bautismal, como ocurre con toda la Cuaresma de rito ambrosiano.

En este domingo, leyendo las lecturas, en pensamiento se detiene en los rostros de los personajes narrados en las mismas.
El rostro de Moisés envuelto en el velo
El rostro de un “testigo” que se refleja en un espejo
El rostro de Jesús, que es la luz del mundo
El rostro del ciego de nacimiento, que se goza y testimonia el encuentro con Jesús
El rostro de los padres, que tienen miedo de las presiones sociales y religiosas
El rostro de los fariseos, preocupados por las palabras y por las obras del Nazareno
El rostro de los discípulos, que son interrogados por el problema del mal y del pecado.

Pero me pregunto: ¿como es mi rostro? Muchos de nosotros tenemos la capacidad de mostrar con nuestro el estado de nuestro ánimo, aunque no siempre, la sonriza del rostro supone la sonriza del corazón y viceversa. Hay algunos hombres y mujeres en la historia de la Iglesia que lograron mantener en su rostro la gloria del Señor que en ellos habitaba, aunque sus cuerpos eran el Gólgota y la Cruz, donde Cristo había encontrado su dulce hogar. Recordemos:

Mariantonia (María Antonia) Samà
Mariantonia Samà nació el día 2 de marzo del año 1875 en Sant’Andrea Ionio, pequeña aldea de la provincia de Catanzaro y vivió en condiciones de extrema pobreza, en una pequeña habitación parecida a una celda. Con doce años de edad, siguiendo a su madre en el campo, fue invadida por el “espíritu maligno” después de haber bebido el agua que corría entre las piedras de un riachuelo. Comprobadas las inútiles bendiciones que le impartieron los hermanos del convento de la vecina localidad de Badolato, se recurrió al exorcismo en la Cartuja de Serra San Bruno (ahora en la provincia de Vibo Valentia). Después de algunas tentativas de un padre cartujo, Mariantonia fue liberada del “maligno” aunque se dice que este le dijo: “Te dejo con vida, pero lisiada”.

Fotografía de la Sierva de Dios María Antonia Samà

Fotografía de la Sierva de Dios María Antonia Samà

Despues de un par de años, Mariantonia – no se sabe si por la venganza de Satanás… – permaneció inmóvil en la cama hasta el día de su muerte y, por lo tanto, durante más se sesenta años en posición supina, con las rodillas siempre levantadas y contraidas. Así se inició un largo y doloroso calvario que soportó con la fuerza del amor, con la mirada puesta siempre en el Crucifijo que estaba en la pared frente a la cama. Guiada por el Espíritu Santo en la comprensión del “misterio de la Cruz”, siempre aceptó con serena resignación su enfermedad como un regalo, que ofrecía a Dios por la conversión de los pecadores, en reparación por sus ofensas y para responder a las peticiones de aquellos que buscaban consuelo en ella. Su pequeño lecho fue como un altar de ofrecimiento y de participación en la Pasión y en la Cruz de Jesús: “No soy yo el que vivo, sino que es Cristo quién vive en mí” (Pablo, Gál., 2, 20).

Siempre estuvo asistida por voluntarios, bajo la constante vigilancia de las Hermanas Reparadoras del Sagrado Corazón, que se preocuparon también de su preparación espiritual, transmitiéndole una sentida devoción hacia el Espíritu Santo y el Sagrado Corazón de Jesús, al cual, Mariantonia se encomendó durante toda su vida con espíritu de “reparación eucarística”. Las Hermanas decidieron agregarla a su Congregación y después de realizar los votos, Mariantonia llegó a ser para todos la “monjita de San Bruno”.

Son numerosas las virtudes que caracterizaron su vida: sencillez de ánimo, humildad, modestia, serenidad que brillaba en su rostro aun en los momentos de mayor sufrimiento, su disponibilidad, generosidad y una inmensa confianza en la Divina Providencia. Ella, que solo vivía de limosnas, repartía con el resto de necesitados de su pueblo todo aquello cuanto recibía, segura de que al día siguiente Dios proveería, demostrando así la verdad de las palabras de San Pablo: “Es más feliz dar que recibir” (Hechos, 20, 35).

Sepulcro de la Sierva de Dios María Antonia Samà.

Sepulcro de la Sierva de Dios María Antonia Samà.

La virtud ejercitada por Mariantonia de manera extremadamente heróica, era sin dudas, la paciencia que le impedía no solo revelarse contra su enfermedad, sino no quejarse cuando el dolor era insoportable, especialmente durante la Cuaresma, que siempre sufrió compartiendo con Cristo y que martirizaba su débil cuerpo. Y viceversa, su espíritu era tan fuerte, que lo alimentaba diariamente con la oración y con la Eucaristía que le llevaba puntualmente su confesor y que le servía de sostenimiento para soportar sus sufrimientos, para luchar contra el mal y para vivir en permanente amistad con Dios. Su habitación, tapizada con numerosas imágenes sagradas, era como un pequeño templo, sobre todo cuando durante tres veces al día se recitaba comunitariamente el Santo Rosario, siendo Mariantonia como un imán de oraciones.

Durante su vida ya se difundió su fama de santidad entre los habitantes de la zona, muchos de los cuales habían experimentado en ellos mismos los dones de profecía y de sanación que poseía Mariantonia. Pero además de estos, muchos otros dones les fueron concedidos por el Espíritu Santo: el don de éxtasis, de introspección, de bilocación, apariciones, de fragancia o perfume siempre presente en su habitación, de la puesta en común de los sufrimientos de Jesús durante la Cuaresma y la Pasión y por fin, el don de inmunidad a las llagas producidas por la posición de decúbito, cosa científicamente inexplicable, aunque fue un fenómeno objetivo y visible a todos. Mariantonia exhaló su último suspiro la mañana del 27 de mayo del año 1953.

Las exequias se desarrollaron por la tarde del mismo día de su muerte y el arcipreste, don Andrea Samà, en consideración a su fama de santidad, ordenó que el cadáver fuese puesto en un ataúl abierto, a fin de consentir el último saludo de sus conciudadanos, siendo acompañado en procesión por algunas calles de la localidad, antes de llegar el cementerio. Allí permaneció expuesta a los fieles hasta la mañana del 29 de mayo, atestiguando muchos el haber visto cómo al besarla, sus párpados se levantaban y bajaban y que desprendía un agradable olor a rosas, no proveniente de las flores que la rodeaban. Actualmente, los restos de la Sierva de Dios Mariantonia Samà, junto a su inseparable rosario, se encuentran en la iglesia parroquial de los Santos Pedro y Pablo, a donde fueron trasladados el día 3 de agosto del año 2003.

Siervo de Dios Antonio Bello (Don Tonino).

Siervo de Dios Antonio Bello (Don Tonino).

Antonio Bello (Don Tonino)
Alessano, Lecce, 18 de marzo de 1935 – Molfetta, 20 de abril de 1993

Es imposible describir en pocas líneas lo que Su Excelencia Antonio Bello (llamado por todos, Don Tonino) representó para la Iglesia y para todos los que viven en los márgenes de una sociedad que a menudo presta muy poca atención a los problemas reales y dolorosos de la “gente común”. Nació en Alessano (Lecce) en el año 1935 y con solo veintidós años de edad, fue ordenado sacerdote en el 1957. En 1982 fue nombrado obispo de Molfetta, Ruvo, Giovinazzo y Terlizzi. A pesar del alto cargo eclesial, Don Tonino era afable y siempre estaba dispuesto a atender a cuantos acudían a su puerta buscando una palabra de consuelo, una ayuda material o un momento de descanso para el alma. Se tomaba a pecho cada situación concreta abordándola con determinación. Cuando se le preguntaba qué le aquejaba más, Don Tonino respondía: “Me hace sufrir muchísimo la imposibilidad de echarle una mano a todos”.

Tenía una agenda sobrecargada de personas que solicitaban una visita, un apoyo, dinero, una solución a sus problemas… “Nos gustaría tener los ojos y las manos de todo el mundo, pero no puedo, y esto es lo que más lamento”. Una frase que a menudo resonaba en su boca era: “Ánimo, no temáis”. En uno de sus escritos titulado “mis noches de insomnio”, Don Tonino hace una larga lista de una serie de temores que contaminaban al hombre moderno, minando su relación con Dios. Temores fruto de un progreso que, después del entusiasmo inicial, se vuelven contra el hombre que vive con la ilusión de mantenerse al día con los tiempos, olvidando que “es en el corazón humano donde nace y se desarrolla una nube tóxica provocada por los miedos contemporáneos”.

Pero existe un antídoto contra el miedo, el llamado Evangelio del antimiedo como le gustaba definirlo a Don Tonino: “Alzáos…, levanta la cabeza”. (Lc 21, 25-28.34-36). Este es el evangelio que se lee en el primer domingo de Adviento, en el que Jesús exhorta a la oración y en la confianza en la liberación definitiva de todos los temores, de todos los miedos, de todo aquello que es negativo. Quizás fuera con su sintonía con la espiritualidad franciscana (formaba parte de la Tercera Orden de San Francisco), a Don Tonino le encantaba dejarse guiar por el Evangelio “sine glossa”, descuentos en la verdad, ni diluciones o prudencias humanas. No en vano decía de si mismo que “era un cobarde”, pero capaz de todo porque sabía que cuanto más se abandonaba en las manos de Dios, más llegaba a mejorar la gente que estaba a su alrededor. Don Tonino era también un verdadero enamorado de la Inmaculada y, en muchos de sus escritos, este amor se convertía en una verdadera declaración amorosa a la Madre celestial.

Tumba de Don Tonino en Molfetta (Italia).

Tumba de Don Tonino en Molfetta (Italia).

Desde el 22 al 29 de julio de 1991 predicó un Curso de Ejercicios Espirituales con ocasión de la 40ª Peregrinación de la Legión Sacerdotal Mariana a Lourdes, del que se elaboró el maravilloso libro Cirineos de la gloria”. Compartió con los sacerdotes enfermos ese momento en el que el corazón humano se agarra sin reservas a la gracia de Dios, pidiendo la intercesión de la Santísima Virgen, ofreciendo al Señor su propia debilidad e inseguridad terrenal. Estaba acostumbrado a prolongadas horas de oración delante del sagrario, del que extraía todas sus energías e inspiraciones y muchas de las cartas que enviaba a los que, a menudo estristecidos y con el corazón roto, se volvían hacia él.

Incluso en el tema del sufrimiento, Don Tonino permaneció adherido al espíritu evangélico que subyacía en su camino. Tenía que ver con los enfermos, con los discapacitados, con aquellos a los que nadie echaba cuenta y permanecían silenciosos en su dolor; dolores diversos, pero ardientes, que desgarran el alma, que tienen la voz sofocada por la indiferencia colectiva, que crean cicatrices en el corazón de aquellos que tienen que sufrir. Pero para Don Tonino el sufrimiento solo tenía un verdadero sentido si era compartido amorosamente con Dios. Decía: “Se da el caso, y es muy común, que el dolor mejora la intimidad con el Señor, el cual es descubierto no tanto como refugio de consolación, sino como alguien que “tiene experiencia en el padecimiento” y que se solidariza hasta el fondo con toda nuestra experiencia”.

Palabras proféticas, porque golpeado por un mal incurable, mantuvo sus compromisos de pastor con entusiasmo, pero sobre todo, con una humanidad verdaderamente extraordinaria a pesar del sufrimiento que le atormentaba. La enfermedad de Don Tonino era una de las que no perdonan, que produce un tremendo dolor, lo cual debilita el cuerpo y el espíritu. Sin embargo, no se detuvo ni un solo momento en afrontar el sufrimiento que le afectaba personalmente, dejando siempre espacio, tiempo, para escuchar a los que le pedían ayuda o solicitaban una respuesta convincente sobre lo absurdo del dolor. Consumó lentamente los últimos meses de su vida entre su gente, entre los pobres, entre los gritos desatendidos de la “gente común”. Su muerte le llegó prematuramente, pues murió el 20 de abril de 1993 con cincuenta y ocho años de edad.

Sierva de Dios Clelia María Russo.

Sierva de Dios Clelia María Russo.

Clelia Maria Russo
Gaeta, 23 de noviembre de 1845 – Napoles, 27 de agosto del 1903

¡Cuantos jóvenes, laicos y laicas, han convertido su casa y su lecho del dolor, debido a que sufren enfermedades dolorosas y debilitantes, en un lugar de acogida para los necesitados de consuelo y consejo y en un altar de expiación en el que ofrecen sus sufrimientos por la causa de Cristo y la salvación de las almas! Nombremos algunos: la Sierva de Dios Luigia Mazzota (1900-1922), la Sierva de Dios Luisa Piccarreta (1865-1947), el Siervo de Dios Luigi Avellino (1862-1900), el Siervo de Dios Angel Bonetta (1948-1968), el Siervo de Dios Francisco Vevan (1840-1874), el Siervo de Dios Silvio Dissegna (1967-1979), ecc.

Como ellos, fue víctima de expiación la Sierva de Dios Clelia María Russo, nacida en Gaeta el 23 de noviembre de 1845, la última de los dieciseis hijos que tuvieron Pasquale Russo, general de artillería del ejército borbónico y Cayetana de los marqueses Gadaleto, que era originaria de Lecce. En aquellos tiempos del “Resurgimiento italiano”, el ejército borbónico estaba en un estado de alarma y las tropas se movían en el Reino de las Dos Sicilias, según las necesidades. La familia Russo seguía a su padre, primero en Puglia y posteriormente en Sicilia. Hacia el 1860 la familia estaba en Nápoles, mientras Garibaldi efectuaba la conquista del Reino con la expedición de los Mil. Clelia tenía once años y fue inscrita en el Educandato Regio de los Milagros de Nápoles, al que frecuentó solo durante dos años, porque la familia la retiró cuando comenzaron a manifestarse en ella los estragos producidos por varias enfermedades, que condicionaron su vida hasta su muerte. De esta experiencia educativa permaneció su amistad fraterna con la directora del Educandato, Bianchina Dusmet.

A causa de estas enfermedades, siempre vivió en familia, postrada en la cama, sufriendo terriblemente pero plena de espiritualidad que se caracterizaba por la aceptación voluntaria del dolor y del sacrificio, participando intensamente en la Pasión de Cristo. Espiritualmente fue asistida por toda una serie de excelentes sacerdotes de gran fama: el canónigo Francisco Minervino, el agustino padre Mariano Amodei, Don federico Pizza (posteriormente obispo de Manfredonia), don Alejandro Gicca, don Vicente Sarnello (posteriormente obispo de Nápoles) y otros. Durante años, estos sacerdotes celebraban la Eucaristía en el oratorio privado de su casa de Nápoles, pues Clelia había obtenido un permiso especial a causa de su mal estado de salud. Fue dotada del don de saber aconsejar, convirtiéndose así su casa en el centro de un inmenso movimiento de personas, que se acercaban solicitándole consejo y oraciones.

Murió en Nápoles, con cincuenta y ocho años de edad, el 27 de agosto de 1903. Por sus méritos y extendida fama de santidad, fue abierto el proceso informativo en la diócesis de Nápoles. El 15 de marzo de 1906 fue efectuado el reconocimiento canónico de sus restos en la capilla de la “Archiconfraternidad de los Nobles de la Vida” en el cementerio de la ciudad. El 27 de febrero de 1924 se aprobó el decreto sobre sus escritos y la Causa se encuentra actualmente en la Congregación Vaticana, estando en fase “silent”.

Damiano Grenci

Bibliografía y sitios:
* AA. VV. – Biblioteca Sanctorum (Enciclopedia dei Santi) – Voll. 1-12 e I-II-III appendice – Ed. Città Nuova
* C.E.I. – Martirologio Romano – Libreria Editrice Vaticana – 2007 – pp. 1142
* Grenci Damiano Marco – Archivo privado iconográfico y hagiografico: 1977 – 2008
* Dora Samà – “La vita nascosta in Cristo. La Monachella di San Bruno”, Sud Grafica Marina di Davoli (2006)
* AA. VV. de santibeati.it

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

San Pedro Regalado, fraile franciscano

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Capilla de San Pedro Regalado, iglesia vallisoletana de El Salvador.

Capilla de San Pedro Regalado, iglesia vallisoletana de El Salvador.

San Pedro Regalado ha sido el primer franciscano español canonizado. Nació en la calle de Las Platerías de Valladolid en el año 1390, siendo el hijo de los nobles Pedro Regalado y María de la Costanilla, que aunque eran judíos neoconversos, profesaban la fe cristiana de manera muy virtuosa. El niño fue bautizado en la iglesia del Salvador y se le impuso el nombre de Pedro. Como su padre murió muy prematuramente, la madre tuvo que duplicar su esfuerzo a fin de que el niño fuese instruido en la fe y creciera en la piedad.

Con solo trece años de edad mostró una vocación precoz hacia los franciscanos, pues en Valladolid existía un convento de franciscanos conventuales que eran precisamente un modelo de observancia en unos tiempos en los que la disciplina y las costumbres de los sacerdotes y de los religiosos llegaron a niveles escandalosos de relajación. En el noviciado, estudiando la Regla y la vida de San Francisco se convenció de que la vida practicada por muchos frailes de conventos vecinos no eran conforme con el espíritu franciscano. El Cisma de Occidente, que había hecho estragos en el clero y la peste negra habían dejado despoblados muchos conventos y para llenarlos de nuevo, habían sido admitidos muchos indeseables que solo buscaban sus intereses personales amparados en la inmunidad que ofrecían los claustros. El profesó en ese convento en el año 1404, o sea, con catorce años de edad.

Litografía mostrando el cruce del río Duero sobre su capa.

Litografía mostrando el cruce del río Duero sobre su capa.

Para solucionar este tema de indisciplina y relajación surgieron reformadores dentro de la Orden y mientras en Italia fue San Bernardino de Siena quién promovió una vasta reforma de la observancia, en España también hubo otras iniciativas reformistas, destacando la llevada a cabo por fray Pedro de Villacreces, que también era vallisoletano y que tenía fama de santo. Un día, fray Pedro – que ya tenía sesenta años de edad -, se presentó de improviso en el convento de Valladolid y todos los frailes se arremolinaron alrededor de él. Fray Pedro, con su sola presencia mostraba que había dos formas de entender la vida franciscana en comunidad. Con el permiso de sus superiores, fray Pedro se había acercado a Valladolid para llevarse con él a algún religioso que quisiera unirse a su reforma y así, en el 1405, el adolescente fray Pedro Regalado – que solo tenía quince años de edad -, se unió al anciano fraile y con un bastón y un breviario, mendigando de puerta en puerta por cuantos pueblos pasaban, se pusieron en camino hasta que llegaron al eremitorio de La Aguilera (Burgos), fundado por fray Pedro de Villacreces con el permiso del obispo de Osma. Desde ese momento, Pedro Regalado se convirtió en su más estrecho colaborador.

Fue en ese pequeño convento de La Aguilera – al que acudieron otros discípulos de fray Pedro de Villacreces -, donde se restauró la vida religiosa franciscana en su más auténtica pureza, después de que el 24 de septiembre del 1409 el Papa Alejandro V promulgara la bula “Ordinem Fratum Minorum” autorizando esta reforma. Pedro Regalado, compaginó su preparación al sacerdocio con tareas de cocinero, limosnero y portero y allí celebró su primera misa cuando fue ordenado sacerdote en el año 1415.

Litografía mostrando el milagro de convertir el pan en rosas.

Litografía mostrando el milagro de convertir el pan en rosas.

Ese mismo año, ambos reformadores fundaron en tierras vallisoletanas el eremitorio de El Abrojo en la localidad de Laguna de Duero, donde se quedó Pedro Regalado como padre guardián y maestro de novicios, tareas que compaginaba con la predicación por los pueblos vecinos. Cuando estaba ausente Fray Pedro de Villacreces ejercía también de vicario de La Aguilera, cargo que mantuvo durante toda su vida desde el año 1422, cuando murió Fray Pedro de Villacreces en el convento de Peñafiel. Los frailes de los eremitorios de La Aguilera (Domus Dei) y El Abrojo (Scala Coeli), eligieron a Pedro Regalado como su superior, ya que el fervor seráfico había sido el mismo en ambos fundadores y el cumplimiento riguroso de la Regla les había granjeado gran fama de santidad a ambos conventos, dependientes de la Provincia Observante de la Concepción.

En sus conventos implantó una forma de vida similar a la que llevaba San Francisco de Asís cuando habitaba en la Porciúncula: muchas horas de oración repartidas a lo largo del día, trabajar manualmente para ganarse el sustento, prohibición de poseer nada que no fuese absolutamente imprescindible para el sustento, celdas individuales limpias pero pobremente equipadas, prohibición absoluta a recibir dinero ni siquiera como estipendio de las misas y silencio casi absoluto.

Al ser el vicario de ambos conventos, distribuía su tiempo entre uno y otro hasta que decidió trasladarse durante la mayor parte del año al de La Aguilera, ya que este era más propicio para dedicarse a la oración y al silencio. Como el convento de El Abrojo esta cercano a Valladolid, era muy frecuentado por determinados personajes de la Corte, incluso por el rey Don Juan II de Castilla y como este trajín no le agradaba, por eso decidió retirarse a La Aguilera.

Grabado con el milagro del toro.

Grabado con el milagro del toro.

Como la fama de santidad de ambos eremitorios se extendió por toda Castilla, pronto se adhirieron a ellos otros conventos llegándose a conformar los denominados “siete conventos de la fama”, que con el tiempo, servirían de base para la reforma llevada a cabo por el cardenal Cisneros. El 20 de enero del 1455, el Ministro General de la Orden, le escribía desde Nápoles elogiando su trabajo y constituyéndolo como rector, gobernador, comisario y vicario de aquellos eremitorios, al frente de los cuales ya él estaba.

A San Pedro Regalado se le atribuyen las siguientes obras: la “Vita” de su maestro Pedro de Villacreces, la “Exposición de la Regla Franciscana, Constituciones y Reglamentos” destinado a los frailes de La Aguilera y El Abrojo, “Ejercicios de vida activa y contemplativa” para los novicios de ambos conventos y “Opúsculo sobre el árbol de la vida: la Santa Cruz”. Hay autores que, basándose en que San Pedro Regalado no frecuentó ninguna escuela académica, le niegan la autoría de estos escritos y es por eso, por lo que estas obras no son ni siquiera mencionadas en el proceso de su canonización. Wadding en su “Scriptores Ordinis Minorum”, publicado en Roma en el año 1650, también las ignora.

Pero ¿por qué San Pedro Regalado que era un predicador elocuente y un maestro de santidad, no se dedicó más a los estudios? Simplemente por imitar a su maestro, fray Pedro de Villacreces, quién decía: “Quiero hombres penitentes, no estudiantes. Yo recibí en Salamanca el grado de maestro, que no merezco, pero aprendí más en la celda llorando entre tinieblas que en Salamanca alumbrado por una candela. Pobre de mi si estudio ciencias para curiosear buscando los defectos ajenos y olvido los míos. Quiero ser más un viejo simplón que practica la caridad con Dios y el prójimo, que un gran teólogo como San Agustín o el Doctor Sutil Scoto.

Conjunto escultórico del milagro del anciano pidiendo pan. Laguna de Duero (Valladolid). Fotografía: Jesús Sinovas

Conjunto escultórico del milagro del anciano pidiendo pan. Laguna de Duero (Valladolid).Fotografía: Jesús Sinovas

Pedro Regalado fue el santo que supo practicar y enseñar a los demás con su ejemplo, lo que es la vida mística. Su misticismo tenía tres puntales fundamentales: la Eucaristía, su devoción a la Virgen y el recuerdo de la Pasión de Cristo. De él se cuenta que en el llamado Cerro del Águila, que está cercano al convento, se retiraba a ejercitar el Vía Crucis, cargando con una cruz y poniéndose una corona de espinas en la cabeza y una soga al cuello.

Sintiendo que su final estaba cercano, San Pedro se fue al convento de San Antonio en Fresneda, a fin de visitar a León Salazar, su principal colaborador, recomendándole continuase con la reforma emprendida. De allí se marchó a El Abrojo a fin de darles a aquellos frailes sus últimas recomendaciones y consejos espirituales. Finalmente, retornó a La Aguilera donde murió santamente el día 30 de marzo del año 1456, con sesenta y seis años de edad. Fue sepultado en el cementerio anexo al convento.

Algunos cronistas de la época dicen que, ya difunto, como acudieron muchos fieles a venerarle, estuvo varios días sin sepultar sin que mostrara ningún signo de descomposición y que se le cambió el cutis de su rostro. Parecía dormido y no muerto. Después de muerto se fueron recopilando algunos prodigios que le fueron atribuidos y entre ellos está el don de bilocación y la realización de numerosos milagros.

Urna de mármol que contiene sus restos.

Urna de mármol que contiene sus restos.

Se dice, por ejemplo que estando un 25 de marzo rezando maitines en El Abrojo al mismo tiempo estaba en La Aguilera y no nos olvidemos de que entre uno y otro hay más de ochenta kilómetros de distancia. También que llegó a celebrar capítulo simultáneamente en los dos conventos, que atravesó los ríos Duero y Riaza montado sobre su capa extendida, que amansó a un toro bravo que se había escapado después de haber sido picado en las fiestas de Valladolid, que en alguna ocasión convirtió el pan en rosas y que incluso un día cuando los frailes estaban rezando entró en el convento un viejo enfurecido pidiendo pan y como los frailes con sus cantos no lo oían, él se levantó del sepulcro, le dio pan al anciano y este se fue calmado. Se le atribuye también el don de profecías, como por ejemplo, que él dijo a sus frailes antes de morir que no le dieran la Extremaunción porque vendría a administrársela Don Pedro de Castilla, que era el obispo de Palencia.

En el año 1492 (año del descubrimiento de América) fue a visitar su sepulcro la reina Isabel la Católica, quejándose del por qué un gran santo estaba todavía sepultado en un sepulcro común. Ordenó exhumarlo y durante la exhumación pudo comprobarse que su cuerpo estaba incorrupto y que incluso sangraba por una herida. Sorprendida por este prodigio ordenó a la condesa de Haro que le hiciera construir un elegante mausoleo de alabastro con un epitafio en su memoria.

Capilla donde se encuentran sus restos en el convento de La Aguilera.

Capilla donde se encuentran sus restos en el convento de La Aguilera.

El proceso de beatificación se inició en el año 1628 y después de una larga instrucción se reanudó en el año 1675 y finalizado en el 1683 fue beatificado por el Papa Inocencio XI el 11 de marzo de 1684. El proceso de canonización se introdujo en el año 1742 concluyéndose dos años más tarde. Fue canonizado por el Papa Benedicto XIV el día 29 de junio de 1746. Su fiesta litúrgica se celebra el 30 de marzo, o sea, pasado mañana, aunque en el Martirologio también figura inscrito el día 13 de mayo, que es cuando es festejado en Valladolid y en La Aguilera. Es el santo patrono de la ciudad de Valladolid en cuya iglesia de San Juan de Letrán se conserva una reliquia. Sus restos están en el convento de La Aguilera. Debido al supuesto milagro del toro ha sido declarado patrono de los toreros.

Antonio Barrero

Bibliografía:
– González, M., “San Pedro Regalado” en “Año Cristiano, tomo I”, Madrid, 1959
– Monzaval, M., “Historia de las heroicas virtudes de San Pedro Regalado”, Valladolid, l984
– VV.AA., “Bibliotheca sanctórum, tomo X”, Città N. Editrice, Roma, 1990
– Zubero, P., “El santuario de San Pedro Regalado en La Aguilera”, Valladolid, 1908.

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

El Señor de la Penitencia de Mexicaltzingo

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Vista de la imagen completa. Fotografía: Peregrino Zapopano.

Vista de la imagen completa. Fotografía: Peregrino Zapopano.

Introducción
Hasta hace unos años, la semana laboral en Guadalajara era compaginada con devociones que los tapatíos dedicaban a un día especial. En efecto, el lunes se visitaba, en la Catedral Metropolitana, la Capilla del Señor de las Aguas, para honrar a Dios Padre, por lo que dicha capilla también se le conoce como del Padre Eterno. El martes, San Antonio de Padua era visitado en su parroquia de la Colonia Moderna. El miércoles estaba dedicado a Santa Edwiges, en la parroquia de San Juan de Dios o de la Santa Cruz. El jueves estaba dedicado a Santa Filomena, recibiendo culto en la parroquia de San Pío X en la Colonia Morelos: el fervor era tan grande que este templo se conoció popularmente como Santa Filomena; vestigio de este fervor es la estación del tren eléctrico que pasa por afuera de este templo y que se conoce oficialmente como Santa Filomena. Concluía este peregrinar de templos los viernes, con la visita al templo parroquial de San Juan Bautista de Mexicaltzingo, para venerar un crucifijo, llamado “El Señor de la Penitencia” y suplicarle su ayuda y protección. Si bien la devociones antes mencionada continúan con sus días establecidos, la afluencia ha mermado, pero el cariño de los devotos continúa y permanece de frente ante el paso del tiempo, la secularización y la indiferencia religiosa; con menor cantidad de personas pero con un compromiso por vivir la fe con mayor calidad.

Mexicaltzingo
La Ciudad de Guadalajara se fundó el 14 de febrero de 1542, luego de un itinerario que sus moradores hicieron para buscar el lugar más apropiado y fue en el valle de Atemajac donde finalmente se asentó la población. El fundador de la ciudad fue Cristóbal de Oñate, quien puso el nombre a la ciudad en honor a la ciudad donde nació Nuño Beltrán de Guzmán, principal colonizador de estas tierras del occidente de México. Entre los días 14 y 16 del mismo mes y año, se fundó el barrio de Mexicaltzingo, creado por el Virrey Antonio de Mendoza para que lo habitaran los indígenas que el mismo trajo para sofocar la rebelión de los indígenas caxcanes en el cerro del Mixtón, la que puso en peligro la conquista de México. Luego de este episodio, ellos se quedaron a vivir en ese lugar y por ello recibió el nombre de Mexicaltzingo, que significa “donde están las casitas de los mexicanos”.

Detalle del rostro de la imagen. Archivo de Peregrino Zapopano, órgano de difusión de la guardia de honor de Nuestra Señora de Zapopan.

Detalle del rostro de la imagen. Archivo de Peregrino Zapopano, órgano de difusión de la guardia de honor de Nuestra Señora de Zapopan.

La ciudad entonces fundada tenía como eje el río de San Juan de Dios, que dividía al poniente este barrio y al oriente el barrio de Analco, creado para ser habitado por los españoles. Como 1.5 km. Al norte estaba el centro de la incipiente ciudad y más al norte se ubicaba el barrio de Mezquitán. Al comienzo del S. XVII, Mexicaltzingo era atendido espiritualmente en una capilla de adobe dedicada a San Juan Bautista, la cual era dirigida por los frailes franciscanos, quienes habitaban el convento de San Francisco de Guadalajara. En este lugar tiene su origen la historia del Santo Cristo sobre quien trata ese artículo.

El Señor de la Penitencia
Como todas las imágenes famosas y antiguas, la historia del Señor de la Penitencia tiene parte de leyenda y parte de historia. Se cuenta que hacia finales del S. XVI, en el referido convento de San Francisco, moraba un religioso que tenía muchas ganas de tener un Crucifijo; en una ocasión el portero atendió a unas personas que llegaron buscando a tal hermano para venderle un crucifijo de tamaño natural que representaba a nuestro Señor muerto en la cruz. El portero avisó al superior, quien atendió a los visitantes diciéndoles que un fraile, por su voto de pobreza, no podía tener una imagen propia, por lo que era imposible que el hermano que buscaban comprara la imagen pues estaba limitado por su voto. Más los personajes no se desanimaron, insistiendo en dejar allí la imagen de Cristo y que luego de un tiempo, regresarían por el pago del mismo. El religioso que deseaba la imagen entonces rogó tanto al superior que aceptara, que éste finalmente accedió y la imagen se quedó en el convento.

Detalle del busto de la imagen. Fotografía: Peregrino Zapopano.

Detalle del busto de la imagen. Fotografía: Peregrino Zapopano.

El M.I. Sr. Cango. Don Luis Enrique Orozco Contreras, en su magnífica obra de varios tomos “Los Cristos de caña de maíz y otras venerables imágenes de Nuestro Señor Jesucristo”, refiere al respecto que es muy probable que la imagen date de 1585 y que lo más seguro es que fuera elaborada en los talleres de Matías y Luis de la Cerda en Pátzcuaro, donde los misioneros se surtían de imágenes del Señor y de la Santísima Virgen para llevarlas en sus correrías apostólicas. Se tiene casi por seguro que fue Fray Lorenzo de Zúñiga quien consiguió esta imagen con otra muy semejante para traerlas a Guadalajara. La segunda de ellas permaneció en la iglesia del convento desde fines del S. XVI hasta la madrugada del 14 de abril de 1936, en que un incendio destruyó gran parte del templo, quemando totalmente esta imagen conocida como Señor de los Desamparados.

La otra imagen, la que nos concierne, estuvo colocada en el ángulo noroeste del convento, al pie de una escalera del antecoro del claustro y es de este lugar donde obtiene su nombre, pues cuando los estudiantes coristas no sabían dar la lección a sus maestros o cometían alguna falta, eran enviados a rezar su penitencia en lugar ante este Cristo, por esta causa se le quedó el nombre del Señor de la Penitencia. Este Cristo fue luego trasladado a una capilla llamada De Profundis, que era donde se velaba a los difuntos.

A comienzos del S. XVII, la imagen se hallaba en mal estado y desgastada por los efectos del tiempo, estaba desfigurada y apolillada. Esto hizo que los frailes la retiraran del culto público en el convento y encargaran a un indio vecino de Mexicaltzingo, responsable de estos menesteres, que se deshiciera de misma y la incinerara, para obtener cenizas y usarlas en el Miércoles de Ceniza. Este hombre quedó tan prendado del Crucifijo, que rogó a los frailes que mejor se la regalaran como finalmente sucedió. Le llevó entonces a su domicilio y viéndola tan picada, determinó llevarla al Convento de Jesús María, para que las monjas la restauraran, le hicieran una cabellera y la dotaran de un cendal. (Cabe recordar que en ese convento, atendido por las madres dominicas, es donde se venera a Nuestra Señora del Rayo, de quien ya se ha escrito un artículo.)

La imagen colocada en su altar. Fotografía: Parroquia de San Juan Bautista de Mexicaltzingo.

La imagen colocada en su altar. Fotografía: Parroquia de San Juan Bautista de Mexicaltzingo.

En este lugar la imagen del Crucificado se renovó a si sola, quedando como recién hecha, ante la admiración de todos. Allí el Señor de la Penitencia curó a una monja paralítica y se dice que otra monja se desposó con este Cristo, de cuya imagen se desprendió la mano derecha de la cruz, presentándole el dedo anular para colocar el anillo de sus desposorios eternos. La religiosa tomó entonces el nombre de Sor María de Jesús de la Penitencia. (No hay una fecha precisa del suceso que se puede ubicar no antes de 1722 en que se fundó el convento de Jesús María y no después de 1762, en que el párroco del Sagrario Metropolitano, de donde dependía entonces la ermita de Mexicaltzingo, daba cuenta a la curia de lo abrumado que se sentía por el gran número de devotos que visitaban a ese milagrosa imagen. La tradición refiere el año de 1760).

El indígena llevó luego la imagen a su casa, donde ésta recibía muchas visitas y peregrinaciones, pues muchísimos llegaron atraídos por la noticia de la restauración milagrosa; entonces la Sagrada Mitra determinó que fuera colocada en la pequeña capilla de San Juan Bautista de Mexicaltzingo para ser allí venerada. Esta capilla fue ampliada por disposición del Siervo de Dios Don Fray Antonio Alcalde, Obispo de Guadalajara quien luego la erigió en parroquia el 29 de julio 1782. Este mitrado, aparte de tener un gran amor a Nuestra Señora de Guadalupe, tuvo un particular afecto al Señor de la Penitencia a quien visitaba con cierta frecuencia, al grado que a su muerte, dejó estipulado en su testamento, que era su voluntad que su carroza fuera donada a esta parroquia para ser “estufa” del Santísimo Sacramento. Además de su bolsillo hizo una donación para la edificación del curato de la parroquia, cuyo edificio tuvo una construcción que resultó defectuosa, por lo que se han tenido que hacer más restauraciones: en 1844, 1858, 1880 y 1912. Durante la gestión del Señor Cura, el M.I. Sr. Cango y Mons. Don Hermión Aranda (1994-2003) se continuó con la construcción de las torres inconclusas de la iglesia, terminándose hasta la fecha únicamente la torre oriente tras muchos desacuerdos.

Mas la historia de esta imagen todavía incluye otra renovación: el 11 de octubre de 1872. Ya el párroco de esta iglesia había constatado en la tradicional bajada del Santo Cristo en el Martes de Carnaval que la pintura de la imagen sufría un grave deterioro y pasó que en la fecha referida, siendo ya muy noche y estando el templo cerrado, unos vecinos se percataron de que las ventanas de la iglesia despedían mucha luz; temiendo un incendio, avisaron entonces al sacristán y éste al párroco, quienes con unos vecinos ingresaron al recinto y constataron que del templete donde estaba la imagen brotaba un resplandor notabilísimo pero no de fuego. Esperando que llegara el día para despejar el enigma, se dieron cuenta que la imagen no solo estaba intacta sino inexplicablemente restaurada. Se levantó una relación canónica de lo sucedido pero lamentablemente se ha perdido.

Otro detalle del busto de la imagen. Fotografía: Peregrino Zapopano.

Otro detalle del busto de la imagen. Fotografía: Peregrino Zapopano.

Descripción de la imagen
La imagen del Señor de la Penitencia es de tamaño natural y está elaborada en Tzatzengui, pasta de caña de maíz. La obra en sí es realista y expresiva, lo que le ha causado la devoción de quienes lo veneran. Representa a Nuestro Señor Jesucristo muerto en la cruz, está sangrante pero no causa desagrado. Representa con crudeza los tormentos que el Señor padeció al ser sacrificado por nosotros, resaltando de manera particular las huellas de la flagelación. El tono de su piel es blanco, tiene la particularidad de pender en forma “Y” de la cruz. La delgadez de su cuerpo acusa origen patzcuareño y por la forma piramidal del abdomen, lo marcado de las costillas, la herida del costado muy abierta y la abundante sangre renegrida, se acentúa su estilo tarasco. La sangre de las heridas es profusa en todo el cuerpo y está bañado lastimosamente en ella desde el cuello.

Su semblante tiene una mezcla de dolor y angustia que despiertan veneración y respeto, su gesto es una mezcla de virilidad, ternura y compasión. Un fino bigote está sobre los labios y se pierde en una barba partida a la mitad, la cual está tallada. Sobre su cabeza se coloca una peluca postiza y se le sobrepone una corona de plata dorada con las tradicionales tres potencias. Su cintura aparece cubierta por cendales de diferentes colores, bordados y adornados con primor artístico. La cruz es de madera pintada de negro y de forma rolliza, de palos delgados; tanto la cabeza de la cruz como los brazos rematan en cantoneras de plata; el asta lleva en la parte superior el letrero tradicional de INRI.

Culto
En un principio, la imagen del Señor de la Penitencia se cubría con un velo, el cual se descorría los viernes para ser venerada, costumbre que se mantuvo hasta muy entrado el S. XIX; esto tuvo como resultado que el día dedicado a su culto fuera el viernes. El día de su fiesta desde antiguo es el Jueves de Ascensión, fiesta que ha sido trasladada a domingo con la reforma del calendario litúrgico. Fray Luis del Refugio Palacio refiere en sus apuntes que en el S. XIX, cada viernes del año era innumerable la afluencia de peregrinos al templo desde el amanecer hasta que era cerrado y que el día de la fiesta, la iglesia no daba cabida a todos los devotos que iban a visitarlo.

Otra vista de la imagen colocada en su altar.  Archivo de Peregrino Zapopano, órgano de difusión de la guardia de honor de Nuestra Señora de Zapopan.

Otra vista de la imagen colocada en su altar. Archivo de Peregrino Zapopano, órgano de difusión de la guardia de honor de Nuestra Señora de Zapopan.

En 1971 se creó la guardia de Honor del Señor de la Penitencia; en 1972 se celebró con esplendor el primer centenario de la segunda renovación, fecha en que se ciño su cabeza con una corona de oro elaborada por el afamado orfebre Manuel Peregrina. Esta ceremonia la presidió el entonces Arzobispo Primado de México, Cardenal Ernesto Corripio Ahumada. Actualmente la imagen del Señor de la Penitencia preside el retablo del altar mayor, ubicado en la hornacina superior. Cada año, como es tradicional, el Martes de Carnaval, la imagen, que está a la intemperie, es bajada y se limpia con bolitas algodón, las que son luego distribuidas como reliquias entre sus devotos.

En octubre de 2007, con motivo de las bodas de oro sacerdotales del ahora Arzobispo Emérito de Guadalajara, Cardenal Juan Sandoval Íñiguez, se reunieron luego de una procesión, varias imágenes célebres del Señor Crucificado hechas de pasta de caña de maíz en la Catedral de Guadalajara. De esta manera, el Señor de la Penitencia volvió a la Iglesia Madre de la Diócesis una vez más luego de mucho tiempo, pues en otras ocasiones ya había sido llevado para pedirle su protección durante el temporal de lluvias. En 1809 se le hizo en esa misma iglesia un novenario para pedirle por la independencia de España, que estaba entonces bajo el dominio de los franceses.

Vista completa del altar mayor, con el Cristo coronándolo. Fotografía: Parroquia de San Juan Bautista de Mexicaltzingo.

Vista completa del altar mayor, con el Cristo coronándolo. Fotografía: Parroquia de San Juan Bautista de Mexicaltzingo.

Este jubileo dio pie para dar una revisión profunda a la escultura, la que se encontró deteriorada nuevamente. La comunidad parroquial no contaba con fondos para hacer una restauración adecuada, pero hizo un gran esfuerzo para recabar fondos con que pagar los gastos de la misma, la que finalmente pudo hacerse con un resultado exitoso. Esta vez, sin necesidad de sucesos sobrenaturales, el Señor de la Penitencia luce como nuevo en su sede. Esta restauración la hizo Felipe Flores con el método tradicional con que fue elaborada; se descubrió entonces al revisarse la espalda, que la imagen era hueca, sostenida por una penca de maguey, la que se llenó de haces de caña de maíz y con ello se vino abajo la conseja que aseguraba que al renovarse, se había transformado en una materia sólida y pesada.

En el año 2008, el referido Arzobispo Cardenal Juan Sandoval, elevó al grado de Santuario Diocesano del Señor de la Penitencia a la Parroquia de San Juan Bautista de Mexicaltzingo; no es posible dejar de referir que en el interior de esta Iglesia se conserva la pila bautismal donde recibió el primer sacramento San José Jenaro Sánchez Delgadillo, uno de los Santos Mártires mexicanos. También conviene destacar que la Beata María Vicenta de Santa Dorotea Chávez Orozco vivió en este barrio y por influencia del Hospital sostenido por las Damas de las Conferencias de San Vicente de Paul, nació su carisma fundacional de la Congregación de la Siervas de la Santísima Trinidad y de los Pobres.

Un signo característico de esta devoción tiene su origen el 27 de abril de 1896, cuando un robo sacrílego despojó a la imagen de una corona de espinas de oro, los clavos y algunas sortijas puestas en sus dedos. El mortificado párroco aunó el disgusto de los tapatíos por este crimen y para desagraviar a Dios por este suceso, implementó un acto de desagravio que causó la práctica piadosa de imponer cada viernes la Corona del Señor de la Penitencia a los peregrinos que la visitaban. El Arzobispo de Guadalajara, Don José de Jesús Ortiz, además de aprobar este acto de piedad, concedió 100 días de indulgencia a los que la practicaran. Al ser impuesta la corona se dice: “Veneramos Señor tu corona, adoramos tu gloriosa Pasión, concédenos la gracia de la conversión”.

Fachada de la parroquia de San Juan Bautista de Mexicaltzingo, México, donde se venera la imagen.

Fachada de la parroquia de San Juan Bautista de Mexicaltzingo, México, donde se venera la imagen.

Cada viernes se celebran en esta iglesia cuatro misas debido a la gran afluencia de devotos: 8.00. 12.00, 19.00 y 20.00. Quienes visitan al Señor de la Penitencia en este día, se les coloca su corona lo invocan con esta plegaria:

“¡Oh Dios de suma bondad
pues eres toda clemencia,
de nosotros ten piedad,
Señor de la Penitencia!”

Humberto

Bibliografía:
– HÍJAR ORNELAS, Tomás de, Bicentenario del Templo Parroquial de Mexicaltzingo. Fe, Historia y Arte, Guadalajara, Jalisco, 2008.

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es