Los santos y el sufrimiento (I)

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Fotografía de la Sierva de Dios María Antonia Samà en su lecho de paralítica.

Fotografía de la Sierva de Dios María Antonia Samà en su lecho de paralítica.

El IV domingo de la Cuaresma ambrosiana escucha y medita los siguientes textos bíblicos: Es. 34, 20-35; 2 Cor. 3, 7-13.17-18; y Jn. 9, 1-41. Es la llamada Domínica del Ciego de nacimiento y tiene una simbología bautismal, como ocurre con toda la Cuaresma de rito ambrosiano.

En este domingo, leyendo las lecturas, en pensamiento se detiene en los rostros de los personajes narrados en las mismas.
El rostro de Moisés envuelto en el velo
El rostro de un “testigo” que se refleja en un espejo
El rostro de Jesús, que es la luz del mundo
El rostro del ciego de nacimiento, que se goza y testimonia el encuentro con Jesús
El rostro de los padres, que tienen miedo de las presiones sociales y religiosas
El rostro de los fariseos, preocupados por las palabras y por las obras del Nazareno
El rostro de los discípulos, que son interrogados por el problema del mal y del pecado.

Pero me pregunto: ¿como es mi rostro? Muchos de nosotros tenemos la capacidad de mostrar con nuestro el estado de nuestro ánimo, aunque no siempre, la sonriza del rostro supone la sonriza del corazón y viceversa. Hay algunos hombres y mujeres en la historia de la Iglesia que lograron mantener en su rostro la gloria del Señor que en ellos habitaba, aunque sus cuerpos eran el Gólgota y la Cruz, donde Cristo había encontrado su dulce hogar. Recordemos:

Mariantonia (María Antonia) Samà
Mariantonia Samà nació el día 2 de marzo del año 1875 en Sant’Andrea Ionio, pequeña aldea de la provincia de Catanzaro y vivió en condiciones de extrema pobreza, en una pequeña habitación parecida a una celda. Con doce años de edad, siguiendo a su madre en el campo, fue invadida por el “espíritu maligno” después de haber bebido el agua que corría entre las piedras de un riachuelo. Comprobadas las inútiles bendiciones que le impartieron los hermanos del convento de la vecina localidad de Badolato, se recurrió al exorcismo en la Cartuja de Serra San Bruno (ahora en la provincia de Vibo Valentia). Después de algunas tentativas de un padre cartujo, Mariantonia fue liberada del “maligno” aunque se dice que este le dijo: “Te dejo con vida, pero lisiada”.

Fotografía de la Sierva de Dios María Antonia Samà

Fotografía de la Sierva de Dios María Antonia Samà

Despues de un par de años, Mariantonia – no se sabe si por la venganza de Satanás… – permaneció inmóvil en la cama hasta el día de su muerte y, por lo tanto, durante más se sesenta años en posición supina, con las rodillas siempre levantadas y contraidas. Así se inició un largo y doloroso calvario que soportó con la fuerza del amor, con la mirada puesta siempre en el Crucifijo que estaba en la pared frente a la cama. Guiada por el Espíritu Santo en la comprensión del “misterio de la Cruz”, siempre aceptó con serena resignación su enfermedad como un regalo, que ofrecía a Dios por la conversión de los pecadores, en reparación por sus ofensas y para responder a las peticiones de aquellos que buscaban consuelo en ella. Su pequeño lecho fue como un altar de ofrecimiento y de participación en la Pasión y en la Cruz de Jesús: “No soy yo el que vivo, sino que es Cristo quién vive en mí” (Pablo, Gál., 2, 20).

Siempre estuvo asistida por voluntarios, bajo la constante vigilancia de las Hermanas Reparadoras del Sagrado Corazón, que se preocuparon también de su preparación espiritual, transmitiéndole una sentida devoción hacia el Espíritu Santo y el Sagrado Corazón de Jesús, al cual, Mariantonia se encomendó durante toda su vida con espíritu de “reparación eucarística”. Las Hermanas decidieron agregarla a su Congregación y después de realizar los votos, Mariantonia llegó a ser para todos la “monjita de San Bruno”.

Son numerosas las virtudes que caracterizaron su vida: sencillez de ánimo, humildad, modestia, serenidad que brillaba en su rostro aun en los momentos de mayor sufrimiento, su disponibilidad, generosidad y una inmensa confianza en la Divina Providencia. Ella, que solo vivía de limosnas, repartía con el resto de necesitados de su pueblo todo aquello cuanto recibía, segura de que al día siguiente Dios proveería, demostrando así la verdad de las palabras de San Pablo: “Es más feliz dar que recibir” (Hechos, 20, 35).

Sepulcro de la Sierva de Dios María Antonia Samà.

Sepulcro de la Sierva de Dios María Antonia Samà.

La virtud ejercitada por Mariantonia de manera extremadamente heróica, era sin dudas, la paciencia que le impedía no solo revelarse contra su enfermedad, sino no quejarse cuando el dolor era insoportable, especialmente durante la Cuaresma, que siempre sufrió compartiendo con Cristo y que martirizaba su débil cuerpo. Y viceversa, su espíritu era tan fuerte, que lo alimentaba diariamente con la oración y con la Eucaristía que le llevaba puntualmente su confesor y que le servía de sostenimiento para soportar sus sufrimientos, para luchar contra el mal y para vivir en permanente amistad con Dios. Su habitación, tapizada con numerosas imágenes sagradas, era como un pequeño templo, sobre todo cuando durante tres veces al día se recitaba comunitariamente el Santo Rosario, siendo Mariantonia como un imán de oraciones.

Durante su vida ya se difundió su fama de santidad entre los habitantes de la zona, muchos de los cuales habían experimentado en ellos mismos los dones de profecía y de sanación que poseía Mariantonia. Pero además de estos, muchos otros dones les fueron concedidos por el Espíritu Santo: el don de éxtasis, de introspección, de bilocación, apariciones, de fragancia o perfume siempre presente en su habitación, de la puesta en común de los sufrimientos de Jesús durante la Cuaresma y la Pasión y por fin, el don de inmunidad a las llagas producidas por la posición de decúbito, cosa científicamente inexplicable, aunque fue un fenómeno objetivo y visible a todos. Mariantonia exhaló su último suspiro la mañana del 27 de mayo del año 1953.

Las exequias se desarrollaron por la tarde del mismo día de su muerte y el arcipreste, don Andrea Samà, en consideración a su fama de santidad, ordenó que el cadáver fuese puesto en un ataúl abierto, a fin de consentir el último saludo de sus conciudadanos, siendo acompañado en procesión por algunas calles de la localidad, antes de llegar el cementerio. Allí permaneció expuesta a los fieles hasta la mañana del 29 de mayo, atestiguando muchos el haber visto cómo al besarla, sus párpados se levantaban y bajaban y que desprendía un agradable olor a rosas, no proveniente de las flores que la rodeaban. Actualmente, los restos de la Sierva de Dios Mariantonia Samà, junto a su inseparable rosario, se encuentran en la iglesia parroquial de los Santos Pedro y Pablo, a donde fueron trasladados el día 3 de agosto del año 2003.

Siervo de Dios Antonio Bello (Don Tonino).

Siervo de Dios Antonio Bello (Don Tonino).

Antonio Bello (Don Tonino)
Alessano, Lecce, 18 de marzo de 1935 – Molfetta, 20 de abril de 1993

Es imposible describir en pocas líneas lo que Su Excelencia Antonio Bello (llamado por todos, Don Tonino) representó para la Iglesia y para todos los que viven en los márgenes de una sociedad que a menudo presta muy poca atención a los problemas reales y dolorosos de la “gente común”. Nació en Alessano (Lecce) en el año 1935 y con solo veintidós años de edad, fue ordenado sacerdote en el 1957. En 1982 fue nombrado obispo de Molfetta, Ruvo, Giovinazzo y Terlizzi. A pesar del alto cargo eclesial, Don Tonino era afable y siempre estaba dispuesto a atender a cuantos acudían a su puerta buscando una palabra de consuelo, una ayuda material o un momento de descanso para el alma. Se tomaba a pecho cada situación concreta abordándola con determinación. Cuando se le preguntaba qué le aquejaba más, Don Tonino respondía: “Me hace sufrir muchísimo la imposibilidad de echarle una mano a todos”.

Tenía una agenda sobrecargada de personas que solicitaban una visita, un apoyo, dinero, una solución a sus problemas… “Nos gustaría tener los ojos y las manos de todo el mundo, pero no puedo, y esto es lo que más lamento”. Una frase que a menudo resonaba en su boca era: “Ánimo, no temáis”. En uno de sus escritos titulado “mis noches de insomnio”, Don Tonino hace una larga lista de una serie de temores que contaminaban al hombre moderno, minando su relación con Dios. Temores fruto de un progreso que, después del entusiasmo inicial, se vuelven contra el hombre que vive con la ilusión de mantenerse al día con los tiempos, olvidando que “es en el corazón humano donde nace y se desarrolla una nube tóxica provocada por los miedos contemporáneos”.

Pero existe un antídoto contra el miedo, el llamado Evangelio del antimiedo como le gustaba definirlo a Don Tonino: “Alzáos…, levanta la cabeza”. (Lc 21, 25-28.34-36). Este es el evangelio que se lee en el primer domingo de Adviento, en el que Jesús exhorta a la oración y en la confianza en la liberación definitiva de todos los temores, de todos los miedos, de todo aquello que es negativo. Quizás fuera con su sintonía con la espiritualidad franciscana (formaba parte de la Tercera Orden de San Francisco), a Don Tonino le encantaba dejarse guiar por el Evangelio “sine glossa”, descuentos en la verdad, ni diluciones o prudencias humanas. No en vano decía de si mismo que “era un cobarde”, pero capaz de todo porque sabía que cuanto más se abandonaba en las manos de Dios, más llegaba a mejorar la gente que estaba a su alrededor. Don Tonino era también un verdadero enamorado de la Inmaculada y, en muchos de sus escritos, este amor se convertía en una verdadera declaración amorosa a la Madre celestial.

Tumba de Don Tonino en Molfetta (Italia).

Tumba de Don Tonino en Molfetta (Italia).

Desde el 22 al 29 de julio de 1991 predicó un Curso de Ejercicios Espirituales con ocasión de la 40ª Peregrinación de la Legión Sacerdotal Mariana a Lourdes, del que se elaboró el maravilloso libro Cirineos de la gloria”. Compartió con los sacerdotes enfermos ese momento en el que el corazón humano se agarra sin reservas a la gracia de Dios, pidiendo la intercesión de la Santísima Virgen, ofreciendo al Señor su propia debilidad e inseguridad terrenal. Estaba acostumbrado a prolongadas horas de oración delante del sagrario, del que extraía todas sus energías e inspiraciones y muchas de las cartas que enviaba a los que, a menudo estristecidos y con el corazón roto, se volvían hacia él.

Incluso en el tema del sufrimiento, Don Tonino permaneció adherido al espíritu evangélico que subyacía en su camino. Tenía que ver con los enfermos, con los discapacitados, con aquellos a los que nadie echaba cuenta y permanecían silenciosos en su dolor; dolores diversos, pero ardientes, que desgarran el alma, que tienen la voz sofocada por la indiferencia colectiva, que crean cicatrices en el corazón de aquellos que tienen que sufrir. Pero para Don Tonino el sufrimiento solo tenía un verdadero sentido si era compartido amorosamente con Dios. Decía: “Se da el caso, y es muy común, que el dolor mejora la intimidad con el Señor, el cual es descubierto no tanto como refugio de consolación, sino como alguien que “tiene experiencia en el padecimiento” y que se solidariza hasta el fondo con toda nuestra experiencia”.

Palabras proféticas, porque golpeado por un mal incurable, mantuvo sus compromisos de pastor con entusiasmo, pero sobre todo, con una humanidad verdaderamente extraordinaria a pesar del sufrimiento que le atormentaba. La enfermedad de Don Tonino era una de las que no perdonan, que produce un tremendo dolor, lo cual debilita el cuerpo y el espíritu. Sin embargo, no se detuvo ni un solo momento en afrontar el sufrimiento que le afectaba personalmente, dejando siempre espacio, tiempo, para escuchar a los que le pedían ayuda o solicitaban una respuesta convincente sobre lo absurdo del dolor. Consumó lentamente los últimos meses de su vida entre su gente, entre los pobres, entre los gritos desatendidos de la “gente común”. Su muerte le llegó prematuramente, pues murió el 20 de abril de 1993 con cincuenta y ocho años de edad.

Sierva de Dios Clelia María Russo.

Sierva de Dios Clelia María Russo.

Clelia Maria Russo
Gaeta, 23 de noviembre de 1845 – Napoles, 27 de agosto del 1903

¡Cuantos jóvenes, laicos y laicas, han convertido su casa y su lecho del dolor, debido a que sufren enfermedades dolorosas y debilitantes, en un lugar de acogida para los necesitados de consuelo y consejo y en un altar de expiación en el que ofrecen sus sufrimientos por la causa de Cristo y la salvación de las almas! Nombremos algunos: la Sierva de Dios Luigia Mazzota (1900-1922), la Sierva de Dios Luisa Piccarreta (1865-1947), el Siervo de Dios Luigi Avellino (1862-1900), el Siervo de Dios Angel Bonetta (1948-1968), el Siervo de Dios Francisco Vevan (1840-1874), el Siervo de Dios Silvio Dissegna (1967-1979), ecc.

Como ellos, fue víctima de expiación la Sierva de Dios Clelia María Russo, nacida en Gaeta el 23 de noviembre de 1845, la última de los dieciseis hijos que tuvieron Pasquale Russo, general de artillería del ejército borbónico y Cayetana de los marqueses Gadaleto, que era originaria de Lecce. En aquellos tiempos del “Resurgimiento italiano”, el ejército borbónico estaba en un estado de alarma y las tropas se movían en el Reino de las Dos Sicilias, según las necesidades. La familia Russo seguía a su padre, primero en Puglia y posteriormente en Sicilia. Hacia el 1860 la familia estaba en Nápoles, mientras Garibaldi efectuaba la conquista del Reino con la expedición de los Mil. Clelia tenía once años y fue inscrita en el Educandato Regio de los Milagros de Nápoles, al que frecuentó solo durante dos años, porque la familia la retiró cuando comenzaron a manifestarse en ella los estragos producidos por varias enfermedades, que condicionaron su vida hasta su muerte. De esta experiencia educativa permaneció su amistad fraterna con la directora del Educandato, Bianchina Dusmet.

A causa de estas enfermedades, siempre vivió en familia, postrada en la cama, sufriendo terriblemente pero plena de espiritualidad que se caracterizaba por la aceptación voluntaria del dolor y del sacrificio, participando intensamente en la Pasión de Cristo. Espiritualmente fue asistida por toda una serie de excelentes sacerdotes de gran fama: el canónigo Francisco Minervino, el agustino padre Mariano Amodei, Don federico Pizza (posteriormente obispo de Manfredonia), don Alejandro Gicca, don Vicente Sarnello (posteriormente obispo de Nápoles) y otros. Durante años, estos sacerdotes celebraban la Eucaristía en el oratorio privado de su casa de Nápoles, pues Clelia había obtenido un permiso especial a causa de su mal estado de salud. Fue dotada del don de saber aconsejar, convirtiéndose así su casa en el centro de un inmenso movimiento de personas, que se acercaban solicitándole consejo y oraciones.

Murió en Nápoles, con cincuenta y ocho años de edad, el 27 de agosto de 1903. Por sus méritos y extendida fama de santidad, fue abierto el proceso informativo en la diócesis de Nápoles. El 15 de marzo de 1906 fue efectuado el reconocimiento canónico de sus restos en la capilla de la “Archiconfraternidad de los Nobles de la Vida” en el cementerio de la ciudad. El 27 de febrero de 1924 se aprobó el decreto sobre sus escritos y la Causa se encuentra actualmente en la Congregación Vaticana, estando en fase “silent”.

Damiano Grenci

Bibliografía y sitios:
* AA. VV. – Biblioteca Sanctorum (Enciclopedia dei Santi) – Voll. 1-12 e I-II-III appendice – Ed. Città Nuova
* C.E.I. – Martirologio Romano – Libreria Editrice Vaticana – 2007 – pp. 1142
* Grenci Damiano Marco – Archivo privado iconográfico y hagiografico: 1977 – 2008
* Dora Samà – “La vita nascosta in Cristo. La Monachella di San Bruno”, Sud Grafica Marina di Davoli (2006)
* AA. VV. de santibeati.it

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4 pensamientos en “Los santos y el sufrimiento (I)

  1. Muchas gracias, Damiano, por este primer artículo dedicado a los santos y el sufrimiento, tema que siempre será difícil de entender por mucha fe que se tenga.
    Yo creo que cualquier ser humano tiene pavor, horror al sufrimiento, al dolor y que todos deseamos que nunca nos toque ni a nosotros ni a ninguno de nuestros seres queridos. Lo vemos como un fallo de la naturaleza, unas veces provocado por nosotros mismos y otras no, sino que aparece de forma fortuita.

    Sabemos también que Nuestro Señor, cuya Pasión, Muerte y Resurrección conmemoramos en esta Semana, sufrió lo indecible y de manera voluntaria para acercarnos más a Dios, para redimirnos de nuestros pecados. Pudo hacerlo de otra manera, pero deliberadamente lo quiso así aunque, como Hombre sintió el miedo cuando vio el sufrimiento de cerca.

    Aunque quizás no lo comprenda, admiro la resignación, fortaleza, paciencia y entrega que estos santos, beatos, venerables y siervos de Dios que, al verse abocados al sufrimiento, lo aceptaron incluso gustosos para unirlos a los sufrimientos de Cristo. Así se santificaron y, muy posiblemente, así también ayudaron a la santificación de quienes les rodearon. De todos modos – y Dios en su sabiduría infinita sabe lo que hace –, si es posible, deseamos que este trago no le toque a nadie y admiramos a quienes se resignan y lo aceptan una vez que ha llegado.
    El sufrimiento y el dolor puede santificar (seguro que santifica), pero quiera Dios que la ciencia avance lo suficiente para que cada vez sean menos las personas que se vean afectadas.

  2. Gracias Damiano.
    Estos casos son un claro ejemplo de la santificación desde la enfermedad. Es un testimonio muy duro, porque nadie queremos estar enfermos y menos sufrir. Pero a pesar de esto, aceptaron la voluntad divina y hasta el final invitaron a Jesucristo, que murió dando ejemplo y sufriendo en la Cruz.
    En caso de Don Tonino me ha llamado mucho la atención, me gustaría conocerlo mas y saber si esta o no su causa de beatificación avanzada.

    • El proceso diocesano de Don Tonino finalizó el 30 de noviembre del año 2013. Dicho proceso aun no ha sido validado mediante decreto de la Congregación Para las Causas de los Santos.

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