San Luís IX, rey de Francia (I)

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Detalle del Santo en una tabla de Simone Martini.

Detalle del Santo en una tabla de Simone Martini.

San Luís IX es uno de los personajes más famosos de la Edad Media, ya que fue el rey de Occidente más poderoso de su época, en unos momentos en los cuales el poder real francés se estaba reforzando considerablemente. Es por eso por lo que existe muchísima documentación sobre su persona y sobre su actividad como gobernante. Pero las informaciones más interesantes se las debemos a la veneración y al amor que la santidad de este rey suscitaba en aquellos que lo conocieron. En los años posteriores a su muerte – ocurrida en el año 1270 y a su canonización veintisiete años más tarde -, se encargaron de transmitirnos por escrito sus propios recuerdos, ya que de esas fechas tenemos cuatro “Vitas”, que nos ofrecen principalmente cómo era su vida privada, cómo era su vida espiritual, cuales eran sus virtudes y cómo era su carácter.

Estos testimonios proceden de Godofredo de Beaulieu (un dominico confesor del rey por espacio de veintidós años), Guillermo de Chartres (también dominico y que era familia del rey), Guillermo de Saint-Pathus (un franciscano, confesor de la reina Margarita, viuda del rey) y Juan de Joinville (un noble amigo íntimo del soberano). Como vemos, las fuentes no pueden ser más cercanas ni más fiables. Hay que decir también que en los Archivos Vaticanos y en el Archivo Nacional de París existe abundante documentación sobre el proceso de canonización. Con todo este material, aunque sea de manera sucinta, vamos a hacer un relato cronológico y después hablaremos de él como hombre y como rey.

San Luís nació en el año 1214, siendo elegido rey de Francia en el año 1226 a la muerte de su padre, Luís VIII, o sea, con doce años de edad se convirtió en rey. Después de un difícil período de regencia ejercida por su madre Doña Blanca de Castilla, en el año 1234, Luís se casó con Margarita de Provenza. Cuando su reino estaba más tranquilo, en el 1242 partió a Tierra Santa en la séptima cruzada, estando ausente de Francia por espacio de seis años. En el 1267 volvió a iniciar una nueva cruzada, muriendo ante los muros de la ciudad de Túnez el 25 de agosto del año 1270. Estas son sus fechas de nacimiento, ascenso al trono, matrimonio y muerte, pero ¿cómo era este hombre?

Entrevista de San Luís con el Papa Inocencio IV en Lyón. Lienzo de Louis Jean François Lagrenee.

Entrevista de San Luís con el Papa Inocencio IV en Lyón. Lienzo de Louis Jean François Lagrenee.

El mismo se definió como “prud’hommie” (hombre prudente): “Yo, por mi forma de ser, quiero recibir el nombre de prud’hommie, porque este nombre es algo tan grande y tan bueno que, con solo pronunciarlo, se te ha de llenar la boca” (Juan de Joinville, capítulo 5). Según nos cuenta este biógrafo suyo, este nombre asume el maravilloso equilibrio humano de una vida en la cual, cada cosa está en su sitio y en la que tanto Dios como el prójimo han de ser igualmente servidos, en el que la piedad y las responsabilidades del reino tienen que ser compatibles de la manera más armoniosamente posible, debiendo el rey mostrarse igualmente, de la misma forma, cuando las cosas le son favorables como cuando le son adversas. Para mostrarse de esta manera, con esta serenidad y con esta grandeza de alma, hay que suponer que su corazón estaba fijo en Dios del cual recibía toda su fuerza y toda su paz. Guillermo de Chartres nos dice: “la vista y la palabra del rey a menudo tenían el efecto de llevar la paz y la tranquilidad al alma de cualquiera que fuese a visitarlo con un corazón conmocionado por las pasiones”. Transmitía la paz que solo puede transmitir un santo.

Es de sobras conocido el horror que le imponía la posibilidad de caer en un pecado mortal, horror que era debido a la educación que había recibido por parte de su madre y que él mismo se esforzaba en infundir en todos aquellos que lo rodeaban, especialmente en sus propios hijos. Este terror, que puede parecer algo negativo, no era más que un punto de partida y es que el rey, en su vida privada, en realidad se comportaba como si fuera un monje. Gran parte del día lo dedicaba a la oración y a la recitación del Oficio Divino, que cantaba solemnemente junto con los clérigos de la corte en su capilla privada. Incluso cuando estaba de viaje, recitaba diariamente la Liturgia de las Horas, algo que inspiraba confianza, paz y respeto en todos sus acompañantes. Diariamente asistía a dos Misas: una ofrecida por los difuntos y otra cantada según el “Ordo Ecclesiae” (la misa del día). Llevaba a la práctica aquello que recomendaba a sus hijos: “Rogad a Dios con el corazón y con los labios, especialmente durante la Misa en el momento de la Consagración”. A estas oraciones, que podríamos llamar oficiales, unía también largos momentos de oración en privado después del canto de las Completas o del Oficio de Maitines. Permanecía de rodillas junto a un banco, con la cabeza profundamente inclinada, viéndosele a veces tremendamente cansado y demacrado.

Reliquias del santo -túnica y disciplinas- en Notre Dame de París (Francia).

Reliquias del santo -túnica y disciplinas- en Notre Dame de París (Francia).

Este rey, profundamente piadoso, apreciaba muchísimo el llamado “don de lágrimas” y sentía el no poseerlo en un grado aun mayor. Sin embargo se sabe que lo tenía: “quandoque Dominus in oratione aliquas lacrymas sibi dedit. Quas cum sentirte per genas suaviter ad os influere, non solum cordi sed gustui suo dulcissime sapiebant” (A veces el Señor le concedía algunas lágrimas en la oración, las cuales, al sentirlas deslizarse por sus mejillas hasta la boca, no solo le sabían dulcísimas al corazón, sino también al gusto) ¡Qué preciosa frase! A todas estas oraciones, todas las tardes unía cincuenta genuflexiones acompañadas cada una de ellas por el rezo del “Ave María”. En esta práctica puede verse cierto vínculo con una antigua práctica penitencial proveniente de Irlanda, que posteriormente daría origen al rezo del Rosario.

Todos los viernes se confesaba y después de hacerlo, su propio confesor lo disciplinaba. En un principio, su confesor lo flagelaba a base de bien, aunque el rey nunca se quejó, sino que sonreía; con el tiempo, el confesor fue siendo cada vez más indulgente. Comulgaba seis veces al año: Pascua, Pentecostés, Asunción, Todos los Santos, Navidad y la Fiesta de la Purificación, acercándose a la Eucaristía con el máximo respeto, con la cabeza descubierta, habiéndose lavado previamente las manos y la boca y no habiendo tenido relaciones matrimoniales con su esposa en los días anteriores a recibir el sacramento. Desde el coro avanzaba de rodillas hacia el altar, allí recitaba el “Confiteor” y posteriormente, comulgaba. En los dos o tres días siguientes, por respeto al sacramento, observaba también la continencia matrimonial. Siempre fue fiel a estas prácticas piadosas, incluso cuando estaba de viaje. De hecho, cuando embarcaba, hacía llevar el Santísimo Sacramento al barco poniéndolo dentro de un tabernáculo en un lugar de honor, cantando ante él diariamente todas las horas canónicas y celebrándose todos los oficios litúrgicos, como si estuviese en tierra firme. Cuando fue hecho prisionero, hizo exactamente lo mismo dentro de la cárcel.

El Santo comulgando. Iluminación de las Grandes crónicas de Francia del siglo XIV. Biblioteca Nacional de París.

El Santo comulgando. Iluminación de las Grandes crónicas de Francia del siglo XIV. Biblioteca Nacional de París.

Ayunaba de manera asidua y rigurosa. Lo hacía durante todos los días del Adviento y de la Cuaresma, en los días que van desde la Ascensión a Pentecostés, en las llamadas “Cuatro Témporas” y en determinadas vigilias. El resto del año, ayunaba todos los viernes y otros muchos días se abstenía de comer carnes, comiendo solo verduras. Sus comidas eran muy frugales, cuando bebía vino lo mezclaba con agua e incluso, causando disgusto a quienes le servían, cuando le ponían sabrosas salsas él les echaba agua. Normalmente, comía las viandas sin condimento, renunciaba normalmente a las frutas y las primeras recolecciones fueran cuales fuesen, eran para los pobres.

Todas estas penitencias y oraciones iban acompañadas de una vida muy activa, lo que pareció excesivo en más de una ocasión a sus cortesanos, quienes le convencieron para que las redujera. El lo aceptó alguna que otra vez cantando los Maitines no a mitad de la noche sino al final de la misma o antes de acostarse, cosa que le permitía alargar el sueño en vez de interrumpirlo de madrugada. (Recordemos que los monjes se acuestan después de cantar las Completas alrededor de las diez de la noche, se levantan a la una de la madrugada a cantar los Maitines, volviéndose a acostar alrededor de las dos y media para volverse a levantar a las cinco y media de la mañana). También accedió alguna vez a quitarse el cilicio que llevaba en ambas piernas todos los viernes de Cuaresma. Pero como dice uno de sus biógrafos – Juan de Joinville -, el ideal de penitencia estuvo siempre presente en su vida; en todas las cosas en las que podía obtener placer, él siempre imponía alguna restricción.

Biblia del Santo conservada en Notre Dame de Poissy, Francia.

Biblia del Santo conservada en Notre Dame de Poissy, Francia.

Pero con esta forma de comportamiento, viviendo más como un monje que como un rey, hay que preguntarse cual era su comportamiento con su esposa. Juan de Joinville nos cuenta que San Luís amaba tiernamente a su esposa Margarita de Provenza, con la que había llegado a una especie de acuerdo o estratagema para librarse de las intromisiones de la temida reina madre, Blanca de Castilla. La atendía y cuidaba, con ella tuvo once hijos y su descendencia llegó por vía masculina directa a todos los reyes que gobernaron Francia hasta la Revolución Francesa. Pero ¿cómo incidía en ellos la penitencia que Luís se imponía? Pues habían llegado a un acuerdo por el que guardaban continencia durante el Adviento y la Cuaresma, todos los viernes y sábados del año y los días anteriores y posteriores a la Comunión. Era un acuerdo tomado libremente entre ambos esposos. Por otra parte, independientemente del amor que existía entre ambos, Luís no quiso que su esposa desarrollara ningún rol político, dedicándose exclusivamente al cuidado y educación de sus hijos.

Con respecto a sus hijos, Luís adoptó un método muy simple: conforme iban adquiriendo una cierta madurez, los asociaba a sus prácticas de piedad tratándolos como adultos pequeños, algo natural en los métodos educativos de aquella época. Por lo tanto, ellos iban todos los días a Misa y al canto de las Horas Canónicas, escuchaban los sermones y recitaban en privado el Oficio Parvo. Después del rezo de Completas, se iban con su padre a su habitación a fin de escuchar sus recomendaciones. Les prohibió ponerse coronas de flores los viernes, “ya que un viernes coronaron atrozmente a Nuestro Señor con una corona de espinas. El rey hubiese querido que algunos de sus hijos hubieran entrado en algún monasterio y por eso, hizo educar en un convento a sus hijos Juan, Tristán y Pedro y a su hija Blanca, pero esto no se hizo realidad, en esto, fracasó.

El Santo haciéndose instruir por un monje. Miniatura de las Grandes crónicas de Francia del siglo XIV. Biblioteca Nacional de París.

El Santo haciéndose instruir por un monje. Miniatura de las Grandes crónicas de Francia del siglo XIV. Biblioteca Nacional de París.

De su ideal de educación quedan algunos testimonios conmovedores en las “Enseñanzas” que él escribió para sus hijos. Así son conocidos tres textos, uno dedicado a su hija Isabel (mujer de Tibaldo V, conde de Champagne y rey de Navarra), un segundo dedicado a su hijo Felipe y un tercero, más reducido, dedicado al resto de sus hijos. Este tercer texto parece que fue el primero en ser redactado. En estos textos se muestra toda la profundidad del alma de este santo rey, su profunda piedad y su ideal de gobierno en beneficio de los más necesitados.

La piedad de San Luís era distinta a la de los seglares de su época: le gustaba escuchar sermones para lo cual, incluso cuando estaba de viaje, se acercaba a alguna abadía cerca de la cual pasase, a fin de que los monjes los exhortara y para conocer sus costumbres. Escuchaba y se unía a los cantos sagrados y siempre intentaba llevarse algo nuevo que pudiese servirle en sus prácticas de piedad. Tenemos que decir también que tenía una gran biblioteca llena de libros sobre temas religiosos porque, según su biógrafo y amigo Juan de Joinville, para él no era “tan interesante la lectura de un ilustre magistrado, como la lectura de los auténticos libros sagrados”. Es evidente que en estos libros y en los sermones encontraba el alimento de su vida espiritual, y es por eso por lo que no se sentía atraído por otro tipo de lecturas.

Hemos hablado de sus prácticas de piedad y de sus penitencias, pero ¿qué decir de las obras de caridad que realizaba? Pues que amaba profundamente a los más necesitados, a los enfermos, huérfanos y viudas y a los religiosos que pertenecían a las órdenes mendicantes como los franciscanos, dominicos, etc. Realizaba numerosas y cuantiosas limosnas a todo tipo de instituciones benéficas e iba personalmente a darles el dinero acompañado de sus hijos para que así aprendieran. Existen numerosos testimonios en este sentido. Diariamente daba de comer a más de cien pobres a los que más de una vez cada semana atendía personalmente. Todos los sábados les lavaba los pies a tres pobres poniéndose de rodillas delante de ellos y diariamente, otros tres se sentaban a su mesa, número que aumentaba a trece durante toda la Cuaresma.

Relicario en el Palazzo Pitti de Florencia (Italia).

Relicario en el Palazzo Pitti de Florencia (Italia).

Fundó la abadía cisterciense de Royaumont y en ella se sentía como en su propia casa: servía a los monjes en la mesa y se encargaba de visitarlos en la enfermería, animaba a los que estaban enfermos y dedicaba especial atención a un monje leproso que estaba separado del resto viviendo en una cabaña. El le daba personalmente de comer, le llegaba golosinas y dulces y atendía a todas sus peticiones. Pero no solo hacía esto en esta abadía, sino que actuó de igual manera en otros muchos lugares de su reino; valga como ejemplo recordar que habiendo abierto un hospital en Compiègne, él se encargó personalmente de llevar en sus brazos al primer enfermo que tenía que ser atendido; quienes lo acompañaban, quedaron sorprendidos e hicieron lo mismo, incluido el rey de Navarra. Y con igual respeto trataba a los difuntos. Se cuenta que en ese mismo hospital de Compiègne asistió al funeral del primer enfermo fallecido y que en Sión (Tierra Santa) ordenó construir un cementerio para los cruzados muertos en combate encargándose él personalmente en transportar los cadáveres aunque estuvieran en descomposición. Realmente era un hombre piadoso, que vivía conforme al Evangelio.

Hoy hemos escrito de él como hombre y mañana lo haremos sobre su comportamiento como rey y sobre su canonización.

Antonio Barrero

Bibliografía:
– Dimier, M.A., “San Luís y los cistercienses”, París, 1954
– Jarry, E., “Texto de la biografía escrita por Juan de Joinville”, Angers, 1942.
– Le Nain de Tillemont, L.S., “Vie de Saint Louis”, París, 1950
– VV.AA., “Bibliotheca sanctórum, tomo VIII”, Città Nuova Editrice, Roma, 1988.

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12 pensamientos en “San Luís IX, rey de Francia (I)

  1. San Luis IX a mi parecer es junto con San Fernando el rey santo más famoso y cada vez que leo sobre su vida no cabe duda el porque es tan celebre, es un hombre que a pesar de tener un poder político y económico enorme, fue de lo más sencillo y humilde. San Luis es de esos santos que nos demuestran que el tener dinero o poder no esta peleado con la santidad si sabes usarlos en el bienestar de todos los demás y no sólo en tu interés propio, lástima que como sabemos sus posteriores sucesores en el trono de Francia no siguieren las directrices, la piedad, humildad y humanidad de San Luis.

    Una duda Antonio, se que San Luis es también muy famoso por ser terciario franciscano, de los santos más populares de los terciarios franciscanos, pero eh escuchado que fue terciario de otras varias ordenes ¿sabes a cuales otras pertenecía?

    • Bueno, André, comparas a dos santos reyes, San Luis IX y San Fernando III, que en realidad eran primos carnales, pues sus madres eran hijas del rey Alfonso VIII de Castilla. Fueron sus madres quienes, desde pequeños, les inculcaron las obras de caridad y de piedad y fueron ellos quienes desarrollaron y practicaron esas virtudes a lo largo de sus vidas. Desde luego que si todos los gobernantes tuviesen el concepto de justicia, de piedad y de caridad que tuvieron estos dos monarcas, “otro gallo nos cantaría” y seguro que el pueblo sería más atendido en sus necesidades. Aqui, acabamos de empezar una campaña electoral, en la que todos prometen “el oro y el moro” y después, en infinidad de casos, ya sabemos lo que pasa. Los gobernantes tienen a buenos personajes históricos en los que mirarse y al menos, los que se hacen pasar por cristianos, no sería malejo que lo hicieran.

      Sabemos de la predilección de San Luis por las órdenes mendicantes y además también sabemos que conoció personalmente a San Buenaventura (franciscano) y a Santo Tomás de Aquino (dominico). Aunque no se sabe la fecha exacta, ni cómo entró en la Tercera Orden Franciscana, se le considera terciario franciscano y de hecho es el santo patrono de esta Orden. Los dominicos también lo consideran terciario dominico e incluso la tradición trinitaria hace lo mismo, pero fechas exactas y datos concretos, no te los puedo facilitar.

  2. Gracias, Antonio. Bueno, para no comentar lo mismo que habéis comentado vosotros y que por supuesto comparto, me ha llamado la atención la “planificada” vida sexual del rey, que sólo es un poco más estricta que lo que de hecho ordenaban las costumbres: no se podían tener relaciones sexuales durante la Cuaresma ni durante el Adviento, ni en miércoles ni en viernes, ni los domingos ni las fiestas de guardar, y eso lo ordenaba el clero para todos los feligreses, no era un invento mortificatorio que Luis IX hubiese ideado para sí mismo. Era lo que el calendario marcaba. Por supuesto, había quien lo cumplía a rajatabla, como nuestro Santo de hoy, y había quien se lo pasaba por el forro. Me consta que en la dictadura franquista todavía había quien seguía estas normas, como las del ayuno.

    A pesar de que parece un plan de vida muy casto y austero, lo cierto es que si la reina Margarita de Provenza tuvo once hijos es que, fuera de estas restricciones, el real matrimonio no perdió el tiempo y se dedicó a lo que se le exigía a la casta gobernante, que era engendrar hijos que heredaran el patrimonio real y continuaran la dinastía. Hace poco vi un grabado romántico que me resultó simpático y mostraba al Santo y su mujer en actitud cariñosa sentados en el lecho matrimonial, mientras la reina Blanca de Castilla entraba en el cuarto y les interrumpía el idilio (o los preliminares, como se quiera ver). Sobre la reina madre, que había sido regente durante la minoría de edad del rey, también se podría hablar, porque fue bastante influyente y puede que llegara a hacerse molesta para el rey y para su nuera. No voy a hacer el típico chiste de la suegra temible porque de verdad que odio estos clichés. Pero no me cabe duda de que si apartó a su esposa de cualquier tarea política, algo desacertado pues bien le podría haber ido su colaboración en no pocas tareas que las mujeres de la corte dominaban, fue, aparte de la típica misoginia medieval, porque quizá estaba hasta las narices de la influencia de la reina madre. Y que conste que no la culpo a ella. Pero lo tuvo que pagar la reina consorte, vaya: para la cama te quiero, para lo demás… pero eso no es nada raro en la época que tratamos.

    Por lo demás, aparte de las restricciones sexuales me parecen excesivas, aunque también hijas de su época, las prácticas penitenciales: muslos lesionados por el cilicio, flagelación cotidiana… en fin, mejor no lo comento. Lo bueno es que todo ello le ayudó a ser mejor gobernante, cuando, sin una clara vocación o devoción, este tipo de vida amarga al más pintado.

    Mañana seguiremos hablando.

    • Que muchas de estas prácticas piadosas, de mortificación, de abstinencia sexual, etc., estuvieran implantadas en su época no le quita valor alguno porque él se excedía en todas ellas. Está claro que en algunas tenía que tener la complicidad de su esposa y de sus más allegados, pero es que a él le salía de dentro porque llevaba una intensa vida espiritual.
      Con respecto a la influencia de su madre ya utilizo yo la expresión de que Luís y su esposa Margarita utilizaban ciertas estratagemas para “librarse de las intromisiones de la temida reina madre”, o sea, que Doña Blanca de Castilla ejercía de suegra de todas, todas, de las que se meten hasta en lo que no les importa. Era de linaje real, fue reina regente y aunque piadosa, debía de tenerlos bien puestos y además lo sabía y se lo creía. Luís, su esposa, sus nietos y sus cortesanos, seguro que se llevaron más de un disgusto por culpa de ella.

      • Yo no he dicho que le quite ningún valor, sólo que estaba dentro de la mentalidad y las prácticas de la época. Por otra parte me acabo de acordar que también durante el embarazo estaba prohibido el tener relaciones sexuales, así que durante los once embarazos de la reina -más otros tantos que pudo tener, que seguro que todos los hijos no nacieron vivos ni se llevaron a término todos los embarazos-, pues tampoco.

        No dudo que tuviese la complicidad de su esposa, porque con tanto embarazo y con tanto parto, seguro que hasta ella rezaba para que llegara el Adviento, la Cuaresma, el miércoles, el viernes o lo que fuera. La verdad es que no la envidio, ni a ella ni a ninguna noble de la época, reducidas a ese papel de gestadoras y nada más.

        Sé que lo que digo es crudo o que incluso pueda sonar irrespetuoso para con el Santo -no es la intención-, pero son cosas en las que casi nadie piensa cuando se habla de la vida de los reyes y no está de más tenerlo en cuenta.

  3. Toño, me has dado mucha alegría al escribir sobre este santo al cual le tengo especial afecto. Desde pequeño supe que el 25 de agosto era su fiesta pues es el cumpleaños de una tía abuela que tiene su nombre. Luegho, cuando estuve en la primaria al estudiar las Cruzadas lo conocí en algunas ilustraciones precisamente mostrando su muerte en Túnez, y refiriendo que su cruzada había sido un fracaso.
    Con el tiempo tuve tiempo de salir de mi casa independientemente y pude conocer una imagen suya muy bonita en el templo de San Francisco en Guadalajara, que lo representa con la corona de espinas en sus manos. Esta imagen lamentablemente fue relegada al coro alto donde nadie se da cuenta de su existencia luego de que la capilla dedicada a San Antonio se dedicó al Santísimo y San Antonio anduvo rodando hasta que ocupo el lugar de San Luis y así varios movimientos hasta quellegamos a este punto que te refiero.
    De San Luis me ha llamado la atención que se denominara a sí mismo como Luis de Poyssi, lugar de su bautismo. Un ejemplo que nos invita a reflexioanr que lugar damos en nuestra vida a los compromisos bautismales.
    También recuerdo haber le{ido que fueron a decirle que en la capilla del palacio había un milagro eucarístico, para que fuera a verlo y él se negó, aduciendo que sabía perfectamente que la Sagrada Forma era el Verdadero Cuerpo de Cristo.
    Sabes, difiero de tí en que escuchara dos misas diarias, según lo que yo se, eran tres, una para prepararse a la misa, la que participaba y luego otra en acción de gracias.
    Un ultimo punto, sobre Doña Blanca de Castilla, en alguna fuente que debo de tener por allí la refiere como Santa, pero de esas no canonizadas, pero dándole una fecha, que si mal no recuerdo es en mayo. De ella hay una anécdota que dice que a sus hijos, luego de que nacieran, no les daba el primer beso hasta que hubieran sido bautizados, pues por el sacramento se hacían hijos de Dios y esto le parecía más valioso que fueran sus hijos carnales.
    Saludos

    • Como comprenderás, mi querido amigo, yo no voy a discutir contigo acerca de si San Luis diariamente participaba en una o en cuatro misas. La información que yo tengo de sus biógrafos habla de dos, pero es muy probable que a veces participara en más y otras en menos. Lo cierto es que diariamente escuchaba misa.

      La madre de San Luís, Blanca de Castilla es venerada como santa aunque nunca ha sido ni beatificada ni canonizada. De hecho incluso en algún que otro lugar celebran su fiesta el día 2 de diciembre.
      Ella padecía de corazón y murió en París el 27 de noviembre del 1252, mientras su hijo estaba en las Cruzadas, Su cuerpo se conserva en la abadía de Maubuisson fundada por ella misma en el año 1242 y donde tomó el hábito cisterciense un año antes de su muerte, Su corazón incorrupto se conserva en la abadía de Lys, cerca de Melún a donde fue llevado el 13 de marzo del año 1253.
      Dicho todo esto, no retiro que debió ser una “metomeentodo” ya que su hijo y su esposa tuvieron que buscarle más de una vez las vueltas para que los dejara tranquilos.

  4. Antonio gracias por hablarnos en este articulo de hoy (y el de mañana) sobre el gran rey San Luis.
    De nuevo,no dejo de sorprenderme con las mortificaciones de esos siglos.
    En este caso el mismo confesor le flagelaba (¡y a base de bien al principio!).
    Me parece monstruoso semejante acto,vamos.
    Ya de por si me parece terrible que alguien se flagele o auto-mutile (opino que los cilicios acaban por mutilar a la persona de una manera u otra),solo me faltaba leer lo del confesor…..en fin,que dejando eso bien aparte fue un gran cristiano (de la epoca) y esta claro que amaba al projimo,que con eso no tengo nada mas que decir.
    Mañana la segunda parte.

    • Yo creo que fue un gran cristiano de su época y que si hubiese vivido en esta, hubiera sido un gran cristiano de nuestros días. Era una persona limpia de corazón y eso “no pasa de moda” independientemente de las normas o costumbres de cada momento.

    • Pues si eso te parece monstruoso -lo mismo hacía una monja con Santa Jacinta Mariscotti-, lo que el confesor de Santa Isabel de Hungria hizo con ella ya es de órdago, creo que sólo lo supera lo que el confesor de Santa Thais hizo con ella… Historias para no dormir, y lo peor es que lo hacían con pleno consentimiento del supliciado. Yo creo que algo de masoquismo sí que había, si no no se explica. Claro que en masoquismo creo que pocos ganan a Santa Magdalena de Pazzis, que no necesitaba a nadie, se lesionaba ella sola.

  5. Que suerte poder conocer de cerca a un santo tan popular como el Rey San Luís de Francia.
    Yo lo conocía como santo franciscano, por su vinculación a los terciarios. También me gusto mucho de ver sus esculturas y pinturas en la romana iglesia de San Luís de los Franceses. Si estoy en lo cierto, allí hay reliquias suyas.
    La vida de este Rey no es una vida que se pueda comparar a los reyes de su época y de las posteriores, una vida atípica, diría yo. El ejemplo que dio a todos de buen soberano y mejor cristiano es grandioso. ¿¡ Cuantos gobernantes religiosos habría que ni se arrimaban a hacer la mínima parte de lo que el hacía!?, y es que más bien parece que llevo la vida de un fraile.
    No me parece raro que se rodeara de la amistad de algunos santos, seguro que aprendió mucho de ellos.
    Verdaderamente si que resulta raro que ninguno de sus once hijos fuera sacerdote, monje o monja. En las familias reales (de distintas épocas ) era normal que algun@ se dedicara a las cosas de Dios. Para mi no es un fracaso de San Luís, si no tenían vocación no se podía hacer otra cosa. Mejor eso que no ponerles en un cargo eclesiástico a dedo: cardenal, abadesa, prior etc, a lo largo de la historia hemos visto como estos nombramientos han dejado mucho que desear.
    Gracias Antonio.

    • Eso que dices es real: si hubiese querido, hubiera enchufado en un alto puesto eclesiástico a algunos de sus hijos. Esto se llevaba en aquella época.
      En la Iglesia romana de San Luis de los Franceses hay alguna reliquia del santo.

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