San Esteban y el nacimiento del diaconado

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Icono ortodoxo ruso de San Esteban, diácono protomártir.

Icono ortodoxo ruso de San Esteban, diácono protomártir.

Hoy, día 26 de diciembre, festividad de San Esteban, protomártir, miraremos a este gran santo desde otra perspectiva diferente a la ya abordada hace unos años por nuestro compañero Antonio Barrero en esta misma web. En esta ocasión contemplaremos el otro apelativo que aparece a veces junto al nombre de este gran santo: el de protodiácono. En efecto, a veces se olvida que la Tradición de la Iglesia considera que san Esteban, junto a otros seis compañeros, fue el primer miembro de todo un orden eclesial, el de los diáconos (en griego, servidores). Por tanto, hoy dedicaremos este sencillo artículo a hablar de los comienzos de este ministerio ordenado, tan antiguo en la Iglesia, más incluso que el de los presbíteros.

La diakonía-servicio de Cristo
Aunque el conocido pasaje de Hch 6, 1-6 ha sido tomado como el momento fundacional del orden de los diáconos, realmente el mandato a la diakonía (en griego, servicio) está en la predicación del propio Jesús. Todo ministerio de la Iglesia tiene su origen en el mandato de Cristo de servir a los hermanos: Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros. En verdad, en verdad os digo: no es más el siervo que su amo, ni el enviado más que el que le envía (Jn 13, 14-16). Por el deseo de acoger este precepto del mismo Jesús (diakonía Christi), en las nacientes comunidades cristianas surgen diferentes formas de solucionar las necesidades tanto puntuales como permanentes del servicio eclesial.

Desde el mismo origen de estos ministerios hay una identidad entre el hacer y el ser [1]. No era suficiente servir como Jesús, había que ser otro Cristo siervo. El ministro no quería sólo actuar como Jesús, sino que ordenaba todo su ser con Él. Todo ello hizo guías del servicio a estas primeras comunidades y modelo para la Iglesia en los siglos posteriores.

Ordenación diaconal.

Ordenación diaconal.

Todo bautizado, por el hecho de ser discípulo de Cristo Sacerdote, Rey y Profeta no puede dejar nunca a un lado su vocación bautismal al servicio de los demás: dicho bautismo le demanda cumplir con sus promesas. Pero cada uno debe definir esa llamada de servicio en un ministerio concreto, que no es más que un modo de entrega a la edificación de la Iglesia. Por tanto hemos de distinguir la llamada universal que todos los bautizados tienen al servicio, y el ministerio ordenado de los servidores-diáconos, llamados a ser signo de Cristo servidor en el mundo, ministerio que brota de los Apóstoles.

En el caso del ministerio que nace del de los Apóstoles, éstos, desde el principio, eligieron a colaboradores y sucesores para que continuasen la difusión del Evangelio y el cuidado del Pueblo de Dios [2]. La Iglesia entendió desde siempre el carácter privativo de esta misión, revestida con la gracia sacramental: es el llamado sacramento del Orden. Esta manera de resolver ministerialmente las necesidades eclesiales convertirán estos especiales ministerios en patrimonio de toda la Iglesia. Si acudimos al primer número del Catecismo que aborda este sacramento encontramos: El Orden es el sacramento gracias al cual la misión confiada por Cristo a sus Apóstoles sigue siendo ejercida en la Iglesia hasta el fin de los tiempos: es, pues, el sacramento del ministerio apostólico. Comprende tres grados: el episcopado, el presbiterado y el diaconado [3] . Es pues un sacramento que confiere un sacerdocio diferente al sacerdocio común que todos los fieles reciben por el bautismo, pues está profundamente relacionado con el ministerio de los Apóstoles: en él se fundamenta, en él se mira, de él bebe.

Es cierto que los diversos ministerios que auxiliaron a los Apóstoles, han tenido una evolución a lo largo de los siglos y un cambio en su concepción, funciones y una mayor profundidad teológica, pero no puede negarse que los tres grados del Orden que la Iglesia acepta, se fundamentan directamente en la institución de Cristo, la Sagrada Escritura y la Tradición eclesial. El ministerio jerárquico, cuyo paulatino desarrollo refieren los escritos neotestamentarios, quedó fijado de manera definitiva como estructura fundamental de la jerarquía eclesial que peregrina en un conjunto integrado por los Obispos y sus colaboradores los presbíteros y los diáconos [4].

Ordenación diaconal.

Ordenación diaconal.

Yendo más concretamente al diaconado, su sacramentalidad está fundamentada en el mismo Jesús, en su diakonía, en su servicio, que según algunos autores tiene incluso una impronta salvífica que no hay que menospreciar teológicamente si interpretamos bien, unidas, las dos partes de la siguiente sentencia de Jesús: El Hijo del hombre no vino a ser servido, sino a servir y dar la vida en rescate por muchos (Mc 10, 45). Él viene para servir y dar la vida, no viene sólo para servir a modo de un esclavo de la época, sino que lo pone todo en juego, su vida entera y el rescate de todos. Vemos que el servicio de Jesús está profundamente relacionado con la donación de su vida, con su entrega redentora [5]. Es un pasaje que expresa el sentido esencial de la diakonía de Jesús, y no lo limita a un servicio meramente asistencial, benéfico, o incluso evangelizador. Se trata de algo hondo, vivencial, que engloba la totalidad de su existencia, su misión, su presencia en el mundo. El que además en la Última Cena ejerciera de servidor-diácono en el lavatorio de pies (cfr. Jn 13, 5-16) y sus mismas palabras en el cenáculo, Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve (Lc 22, 27), denota que este servicio no era ni algo accesorio en el ministerio y vida de Jesús ni algo que no tuviera que ver con la ofrenda-oblación de su mismo Cuerpo y Sangre. Por eso el servidor al modo de Jesús no lo es sólo cuando colabora con las tareas que le son encomendadas, sino que es servidor-diácono siempre, de día y de noche.

El Texto de Hch 6, 1-6
Por aquellos días, al multiplicarse los discípulos, hubo quejas de los helenistas contra los hebreos, porque sus viudas eran desatendidas en la asistencia cotidiana. Los Doce convocaron la asamblea de los discípulos y dijeron: «No parece bien que nosotros abandonemos la Palabra de Dios por servir a las mesas. Por tanto, hermanos, buscad de entre vosotros a siete hombres, de buena fama, llenos de Espíritu y de sabiduría, y los pondremos al frente de este cargo; mientras que nosotros nos dedicaremos a la oración y al ministerio de la Palabra.» Pareció bien la propuesta a toda la asamblea y escogieron a Esteban, hombre lleno de fe y de Espíritu Santo, a Felipe, a Prócoro, a Nicanor, a Timón, a Pármenas y a Nicolás, prosélito de Antioquía; los presentaron a los apóstoles y, habiendo hecho oración, les impusieron las manos.

Icono ortodoxo americano del Santo. Iglesia de la Santa Dormición de Cumberland (EEUU).

Icono ortodoxo americano del Santo. Iglesia de la Santa Dormición de Cumberland (EEUU).

Si este texto no inaugura la diaconía de Jesús, y la sacramentalidad del diaconado no se basa en él, ¿qué nos narra entonces? Vemos que el ministerio diaconal ordenado surge por las quejas de los helenistas contra los hebreos porque sus viudas eran desatendidas en la asistencia cotidiana. Parece que estaba a flor de piel la tensión entre los cristianos provenientes del judaísmo y los provenientes de la gentilidad, y que las viudas de estos últimos eran discriminadas en la atención caritativa cotidiana. Los nombres de los varones elegidos para suplir esa carencia denotan que todos eran de origen helenista. Pero, una tarea a primera vista tan sencilla, ¿requiere la ordenación, imposición de manos, para realizarla?

Parece que el servicio a las mesas (caridad) no era sólo lo que realizan estos primeros diáconos, pues vemos, por la acción de Esteban y Felipe, más funciones en los capítulos posteriores del mismo libro de Hechos: predicación y evangelización (Hch 8, 5.12; 27, 8-9), bautismo (8, 38) y exorcismo y sanación (8, 7). Curiosamente del servicio a las mesas no se nos vuelve a hablar. Es lógico pensar que, los Siete tenían un campo ministerial más amplio del que se desprende de Hch 6, 1-6, por lo que quizá fueran elegidos para ser líderes o guías de las comunidades helenistas [6], en donde los Apóstoles, por el problema del idioma y la cultura, se desenvolverían de un manera no tan eficaz. El tener auxiliares para dichas comunidades sería de gran ayuda. Posteriormente, en los primeros siglos vemos cómo a los diáconos se le suman a estas funciones otras, las cuales han permanecido bastante estables a lo largo de los siglos.

De los Siete de Hch 6, sólo conocemos la actividad de dos: Esteban y Felipe. De Esteban ya conocemos su historia sobradamente. Su catequesis a las autoridades judías, repasando la historia de la salvación queda como uno de los discursos más logrados de la Sagrada Escritura. Su martirio, el primero de los seguidores de Cristo resucitado, es recordado en el día de hoy, y plasmado infinidad de veces en numerosas obras de arte que han servido de inspiración y consuelo a los cristianos perseguidos de todos los tiempos. Estos hechos gloriosos recordados por el autor de Hechos, san Lucas, seguramente propiciarían el ser nombrado en primer lugar en la lista de los Siete.

Martirio del Santo. Mural románico catalán en la iglesia de Sant Joan de Boi, Lleida (España).

Martirio del Santo. Mural románico catalán en la iglesia de Sant Joan de Boi, Lleida (España).

Un texto del Nuevo Testamento discutido, que algunos autores [7] atribuyen al santo que nos ocupa, es el de 1Cor 16, 15-16: Un último ruego, hermanos: Sabéis que la casa de Esteban (o Estéfanos, según traducciones) es primicia de Acaya y que se pusieron al servicio de los santos. Someteos también vosotros a gente como esta y a cualquiera que coopere en sus esfuerzos. De tratarse de Esteban, san Pablo, como sabemos presente en el martirio del mártir y diácono, nos hablaría aquí de una casa de acogida y descanso para los cristianos que fueran de paso por la ciudad de Acaya, modelo de la casa de cualquier seguidor de Cristo. La misión diaconal del padre de familia, Esteban, ya fallecido, seguía viva en esa casa. Sus habitantes eran una auténtica familia diaconal al servicio de la Iglesia. Este texto es de gran valía para la reflexión y oración personal de las familias de los actuales diáconos permanentes.

¿Cómo se desarrolló este ministerio diaconal a lo largo de la historia? Pues sería muy largo explicar sus avatares a lo largo de los siglos. Baste decir que en el catálogo de los santos hay numerosos diáconos, algunos muy importantes en la historia eclesial: san Lorenzo, san Vicente, san Efrén doctor de la Iglesia, san Antolín, san Eulogio, san Francisco de Asís… El diaconado tuvo gran auge en los primeros siglos de la Iglesia, siendo un ministerio de gran prestigio y poder. Pero precisamente por ese poder, y por la codicia humana (administraban los bienes), a partir del siglo VI cae en declive. El presbiterado, posterior en el tiempo al diaconado, gana terreno y se convierte en el prototipo y modelo de clérigo. Quedó el diaconado sólo con sus funciones litúrgicas y, en todo caso, como un paso transitorio de los aspirantes al presbiterado (también lo es hoy día), desapareciendo como ministerio permanente. Aunque el concilio de Trento quiso restaurarlo, no fue hasta el Vaticano II cuando se rescató para la Iglesia católica de rito latino (en algunos de los ritos católicos orientales aún se mantenía). El deseo de volver a sus orígenes tal y como se desarrolló en los primeros siglos fue tal, que se dio la opción de poder ordenar a varones célibes o casados. Estos últimos podían ejercer un papel muy importante como puente entre la jerarquía y el laicado. En Lumen Gentium 29 se concreta esta restauración [8].

Tabla gótica del Santo, obra de Giotto di Bondone (s.XIV).

Tabla gótica del Santo, obra de Giotto di Bondone (s.XIV).

En lo personal, como diácono permanente, san Esteban ha sido mi gran modelo diaconal. Curiosamente, él es titular de la parroquia donde he prestado servicio pastoral en los últimos años: la parroquia de san Esteban protomártir, del barrio burgalés de Villafría. He mirado muchas veces a su imagen en el retablo pidiendo ser un buen servidor-diácono y un buen testigo de Cristo. Que la intercesión de este santo tan importante para la Iglesia, el primero que derramó su sangre por el Salvador, y el primero del orden de los servidores-diáconos, nos ayude a todos a soportar las contrariedades de la vida, ser constantes en la fe y manifestar sin miedo al mundo que Cristo ha venido para salvarnos.

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David Jiménez, diácono


[1] Cfr. J. RODILLA MARTÍNEZ, El diaconado permanente en los albores del tercer milenio, Valencia 2006, 54.
[2] Cfr. LG, 20.
[3] CEC, 1536.
[4] Cfr. LG, 20.
[5] Cfr. J. N. COLLINS, Los diáconos y la Iglesia. Conexiones entre lo antiguo y lo nuevo, Madrid 2004, 46.
[6] Cfr. COMISIÓN TEOLÓGICA INTERNACIONAL, El diaconado: evolución y perspectivas, Madrid 2003, 29.
[7] Cfr. J. RODILLA MARTÍNEZ, El diaconado permanente en los albores del tercer milenio, Valencia 2006, 57.
[8] LG, 29: En el grado inferior de la jerarquía están los diáconos, que reciben la imposición de manos no en orden al sacerdocio, sino en orden al ministerio. Así confortados con la gracia sacramental en comunión con el Obispo y su presbiterio, sirven al Pueblo de Dios en el ministerio de la liturgia, de la palabra y de la caridad. Es oficio propio del diácono, según la autoridad competente se lo indicare, la administración solemne del bautismo, el conservar y distribuir la Eucaristía, el asistir en nombre de la Iglesia y bendecir los matrimonios, llevar el viático a los moribundos, leer la Sagrada Escritura a los fieles, instruir y exhortar al pueblo, presidir el culto y oración de los fieles, administrar los sacramentales, presidir los ritos de funerales y sepelios. Dedicados a los oficios de caridad y administración, recuerden los diáconos el aviso de San Policarpo «Misericordiosos, diligentes, procedan en su conducta conforme a la verdad del Señor, que se hizo servidor de todos».
Teniendo en cuenta que, según la disciplina actualmente vigente en la Iglesia latina, en muchas regiones no hay quien fácilmente desempeñe estas funciones tan necesarias para la vida de la Iglesia, se podrá restablecer en adelante el diaconado como grado propio y permanente en la jerarquía. Tocará a las distintas conferencias episcopales el decidir, oportuno para la atención de los fieles, y en dónde, el establecer estos diáconos. Con el consentimiento del Romano Pontífice, este diaconado se podrá conferir a hombres de edad madura, aunque estén casados, o también a jóvenes idóneos; pero para éstos debe mantenerse firme la ley del celibato.

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