San Esteban y el nacimiento del diaconado

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Icono ortodoxo ruso de San Esteban, diácono protomártir.

Icono ortodoxo ruso de San Esteban, diácono protomártir.

Hoy, día 26 de diciembre, festividad de San Esteban, protomártir, miraremos a este gran santo desde otra perspectiva diferente a la ya abordada hace unos años por nuestro compañero Antonio Barrero en esta misma web. En esta ocasión contemplaremos el otro apelativo que aparece a veces junto al nombre de este gran santo: el de protodiácono. En efecto, a veces se olvida que la Tradición de la Iglesia considera que san Esteban, junto a otros seis compañeros, fue el primer miembro de todo un orden eclesial, el de los diáconos (en griego, servidores). Por tanto, hoy dedicaremos este sencillo artículo a hablar de los comienzos de este ministerio ordenado, tan antiguo en la Iglesia, más incluso que el de los presbíteros.

La diakonía-servicio de Cristo
Aunque el conocido pasaje de Hch 6, 1-6 ha sido tomado como el momento fundacional del orden de los diáconos, realmente el mandato a la diakonía (en griego, servicio) está en la predicación del propio Jesús. Todo ministerio de la Iglesia tiene su origen en el mandato de Cristo de servir a los hermanos: Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros. En verdad, en verdad os digo: no es más el siervo que su amo, ni el enviado más que el que le envía (Jn 13, 14-16). Por el deseo de acoger este precepto del mismo Jesús (diakonía Christi), en las nacientes comunidades cristianas surgen diferentes formas de solucionar las necesidades tanto puntuales como permanentes del servicio eclesial.

Desde el mismo origen de estos ministerios hay una identidad entre el hacer y el ser [1]. No era suficiente servir como Jesús, había que ser otro Cristo siervo. El ministro no quería sólo actuar como Jesús, sino que ordenaba todo su ser con Él. Todo ello hizo guías del servicio a estas primeras comunidades y modelo para la Iglesia en los siglos posteriores.

Ordenación diaconal.

Ordenación diaconal.

Todo bautizado, por el hecho de ser discípulo de Cristo Sacerdote, Rey y Profeta no puede dejar nunca a un lado su vocación bautismal al servicio de los demás: dicho bautismo le demanda cumplir con sus promesas. Pero cada uno debe definir esa llamada de servicio en un ministerio concreto, que no es más que un modo de entrega a la edificación de la Iglesia. Por tanto hemos de distinguir la llamada universal que todos los bautizados tienen al servicio, y el ministerio ordenado de los servidores-diáconos, llamados a ser signo de Cristo servidor en el mundo, ministerio que brota de los Apóstoles.

En el caso del ministerio que nace del de los Apóstoles, éstos, desde el principio, eligieron a colaboradores y sucesores para que continuasen la difusión del Evangelio y el cuidado del Pueblo de Dios [2]. La Iglesia entendió desde siempre el carácter privativo de esta misión, revestida con la gracia sacramental: es el llamado sacramento del Orden. Esta manera de resolver ministerialmente las necesidades eclesiales convertirán estos especiales ministerios en patrimonio de toda la Iglesia. Si acudimos al primer número del Catecismo que aborda este sacramento encontramos: El Orden es el sacramento gracias al cual la misión confiada por Cristo a sus Apóstoles sigue siendo ejercida en la Iglesia hasta el fin de los tiempos: es, pues, el sacramento del ministerio apostólico. Comprende tres grados: el episcopado, el presbiterado y el diaconado [3] . Es pues un sacramento que confiere un sacerdocio diferente al sacerdocio común que todos los fieles reciben por el bautismo, pues está profundamente relacionado con el ministerio de los Apóstoles: en él se fundamenta, en él se mira, de él bebe.

Es cierto que los diversos ministerios que auxiliaron a los Apóstoles, han tenido una evolución a lo largo de los siglos y un cambio en su concepción, funciones y una mayor profundidad teológica, pero no puede negarse que los tres grados del Orden que la Iglesia acepta, se fundamentan directamente en la institución de Cristo, la Sagrada Escritura y la Tradición eclesial. El ministerio jerárquico, cuyo paulatino desarrollo refieren los escritos neotestamentarios, quedó fijado de manera definitiva como estructura fundamental de la jerarquía eclesial que peregrina en un conjunto integrado por los Obispos y sus colaboradores los presbíteros y los diáconos [4].

Ordenación diaconal.

Ordenación diaconal.

Yendo más concretamente al diaconado, su sacramentalidad está fundamentada en el mismo Jesús, en su diakonía, en su servicio, que según algunos autores tiene incluso una impronta salvífica que no hay que menospreciar teológicamente si interpretamos bien, unidas, las dos partes de la siguiente sentencia de Jesús: El Hijo del hombre no vino a ser servido, sino a servir y dar la vida en rescate por muchos (Mc 10, 45). Él viene para servir y dar la vida, no viene sólo para servir a modo de un esclavo de la época, sino que lo pone todo en juego, su vida entera y el rescate de todos. Vemos que el servicio de Jesús está profundamente relacionado con la donación de su vida, con su entrega redentora [5]. Es un pasaje que expresa el sentido esencial de la diakonía de Jesús, y no lo limita a un servicio meramente asistencial, benéfico, o incluso evangelizador. Se trata de algo hondo, vivencial, que engloba la totalidad de su existencia, su misión, su presencia en el mundo. El que además en la Última Cena ejerciera de servidor-diácono en el lavatorio de pies (cfr. Jn 13, 5-16) y sus mismas palabras en el cenáculo, Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve (Lc 22, 27), denota que este servicio no era ni algo accesorio en el ministerio y vida de Jesús ni algo que no tuviera que ver con la ofrenda-oblación de su mismo Cuerpo y Sangre. Por eso el servidor al modo de Jesús no lo es sólo cuando colabora con las tareas que le son encomendadas, sino que es servidor-diácono siempre, de día y de noche.

El Texto de Hch 6, 1-6
Por aquellos días, al multiplicarse los discípulos, hubo quejas de los helenistas contra los hebreos, porque sus viudas eran desatendidas en la asistencia cotidiana. Los Doce convocaron la asamblea de los discípulos y dijeron: «No parece bien que nosotros abandonemos la Palabra de Dios por servir a las mesas. Por tanto, hermanos, buscad de entre vosotros a siete hombres, de buena fama, llenos de Espíritu y de sabiduría, y los pondremos al frente de este cargo; mientras que nosotros nos dedicaremos a la oración y al ministerio de la Palabra.» Pareció bien la propuesta a toda la asamblea y escogieron a Esteban, hombre lleno de fe y de Espíritu Santo, a Felipe, a Prócoro, a Nicanor, a Timón, a Pármenas y a Nicolás, prosélito de Antioquía; los presentaron a los apóstoles y, habiendo hecho oración, les impusieron las manos.

Icono ortodoxo americano del Santo. Iglesia de la Santa Dormición de Cumberland (EEUU).

Icono ortodoxo americano del Santo. Iglesia de la Santa Dormición de Cumberland (EEUU).

Si este texto no inaugura la diaconía de Jesús, y la sacramentalidad del diaconado no se basa en él, ¿qué nos narra entonces? Vemos que el ministerio diaconal ordenado surge por las quejas de los helenistas contra los hebreos porque sus viudas eran desatendidas en la asistencia cotidiana. Parece que estaba a flor de piel la tensión entre los cristianos provenientes del judaísmo y los provenientes de la gentilidad, y que las viudas de estos últimos eran discriminadas en la atención caritativa cotidiana. Los nombres de los varones elegidos para suplir esa carencia denotan que todos eran de origen helenista. Pero, una tarea a primera vista tan sencilla, ¿requiere la ordenación, imposición de manos, para realizarla?

Parece que el servicio a las mesas (caridad) no era sólo lo que realizan estos primeros diáconos, pues vemos, por la acción de Esteban y Felipe, más funciones en los capítulos posteriores del mismo libro de Hechos: predicación y evangelización (Hch 8, 5.12; 27, 8-9), bautismo (8, 38) y exorcismo y sanación (8, 7). Curiosamente del servicio a las mesas no se nos vuelve a hablar. Es lógico pensar que, los Siete tenían un campo ministerial más amplio del que se desprende de Hch 6, 1-6, por lo que quizá fueran elegidos para ser líderes o guías de las comunidades helenistas [6], en donde los Apóstoles, por el problema del idioma y la cultura, se desenvolverían de un manera no tan eficaz. El tener auxiliares para dichas comunidades sería de gran ayuda. Posteriormente, en los primeros siglos vemos cómo a los diáconos se le suman a estas funciones otras, las cuales han permanecido bastante estables a lo largo de los siglos.

De los Siete de Hch 6, sólo conocemos la actividad de dos: Esteban y Felipe. De Esteban ya conocemos su historia sobradamente. Su catequesis a las autoridades judías, repasando la historia de la salvación queda como uno de los discursos más logrados de la Sagrada Escritura. Su martirio, el primero de los seguidores de Cristo resucitado, es recordado en el día de hoy, y plasmado infinidad de veces en numerosas obras de arte que han servido de inspiración y consuelo a los cristianos perseguidos de todos los tiempos. Estos hechos gloriosos recordados por el autor de Hechos, san Lucas, seguramente propiciarían el ser nombrado en primer lugar en la lista de los Siete.

Martirio del Santo. Mural románico catalán en la iglesia de Sant Joan de Boi, Lleida (España).

Martirio del Santo. Mural románico catalán en la iglesia de Sant Joan de Boi, Lleida (España).

Un texto del Nuevo Testamento discutido, que algunos autores [7] atribuyen al santo que nos ocupa, es el de 1Cor 16, 15-16: Un último ruego, hermanos: Sabéis que la casa de Esteban (o Estéfanos, según traducciones) es primicia de Acaya y que se pusieron al servicio de los santos. Someteos también vosotros a gente como esta y a cualquiera que coopere en sus esfuerzos. De tratarse de Esteban, san Pablo, como sabemos presente en el martirio del mártir y diácono, nos hablaría aquí de una casa de acogida y descanso para los cristianos que fueran de paso por la ciudad de Acaya, modelo de la casa de cualquier seguidor de Cristo. La misión diaconal del padre de familia, Esteban, ya fallecido, seguía viva en esa casa. Sus habitantes eran una auténtica familia diaconal al servicio de la Iglesia. Este texto es de gran valía para la reflexión y oración personal de las familias de los actuales diáconos permanentes.

¿Cómo se desarrolló este ministerio diaconal a lo largo de la historia? Pues sería muy largo explicar sus avatares a lo largo de los siglos. Baste decir que en el catálogo de los santos hay numerosos diáconos, algunos muy importantes en la historia eclesial: san Lorenzo, san Vicente, san Efrén doctor de la Iglesia, san Antolín, san Eulogio, san Francisco de Asís… El diaconado tuvo gran auge en los primeros siglos de la Iglesia, siendo un ministerio de gran prestigio y poder. Pero precisamente por ese poder, y por la codicia humana (administraban los bienes), a partir del siglo VI cae en declive. El presbiterado, posterior en el tiempo al diaconado, gana terreno y se convierte en el prototipo y modelo de clérigo. Quedó el diaconado sólo con sus funciones litúrgicas y, en todo caso, como un paso transitorio de los aspirantes al presbiterado (también lo es hoy día), desapareciendo como ministerio permanente. Aunque el concilio de Trento quiso restaurarlo, no fue hasta el Vaticano II cuando se rescató para la Iglesia católica de rito latino (en algunos de los ritos católicos orientales aún se mantenía). El deseo de volver a sus orígenes tal y como se desarrolló en los primeros siglos fue tal, que se dio la opción de poder ordenar a varones célibes o casados. Estos últimos podían ejercer un papel muy importante como puente entre la jerarquía y el laicado. En Lumen Gentium 29 se concreta esta restauración [8].

Tabla gótica del Santo, obra de Giotto di Bondone (s.XIV).

Tabla gótica del Santo, obra de Giotto di Bondone (s.XIV).

En lo personal, como diácono permanente, san Esteban ha sido mi gran modelo diaconal. Curiosamente, él es titular de la parroquia donde he prestado servicio pastoral en los últimos años: la parroquia de san Esteban protomártir, del barrio burgalés de Villafría. He mirado muchas veces a su imagen en el retablo pidiendo ser un buen servidor-diácono y un buen testigo de Cristo. Que la intercesión de este santo tan importante para la Iglesia, el primero que derramó su sangre por el Salvador, y el primero del orden de los servidores-diáconos, nos ayude a todos a soportar las contrariedades de la vida, ser constantes en la fe y manifestar sin miedo al mundo que Cristo ha venido para salvarnos.

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David Jiménez, diácono


[1] Cfr. J. RODILLA MARTÍNEZ, El diaconado permanente en los albores del tercer milenio, Valencia 2006, 54.
[2] Cfr. LG, 20.
[3] CEC, 1536.
[4] Cfr. LG, 20.
[5] Cfr. J. N. COLLINS, Los diáconos y la Iglesia. Conexiones entre lo antiguo y lo nuevo, Madrid 2004, 46.
[6] Cfr. COMISIÓN TEOLÓGICA INTERNACIONAL, El diaconado: evolución y perspectivas, Madrid 2003, 29.
[7] Cfr. J. RODILLA MARTÍNEZ, El diaconado permanente en los albores del tercer milenio, Valencia 2006, 57.
[8] LG, 29: En el grado inferior de la jerarquía están los diáconos, que reciben la imposición de manos no en orden al sacerdocio, sino en orden al ministerio. Así confortados con la gracia sacramental en comunión con el Obispo y su presbiterio, sirven al Pueblo de Dios en el ministerio de la liturgia, de la palabra y de la caridad. Es oficio propio del diácono, según la autoridad competente se lo indicare, la administración solemne del bautismo, el conservar y distribuir la Eucaristía, el asistir en nombre de la Iglesia y bendecir los matrimonios, llevar el viático a los moribundos, leer la Sagrada Escritura a los fieles, instruir y exhortar al pueblo, presidir el culto y oración de los fieles, administrar los sacramentales, presidir los ritos de funerales y sepelios. Dedicados a los oficios de caridad y administración, recuerden los diáconos el aviso de San Policarpo “Misericordiosos, diligentes, procedan en su conducta conforme a la verdad del Señor, que se hizo servidor de todos”.
Teniendo en cuenta que, según la disciplina actualmente vigente en la Iglesia latina, en muchas regiones no hay quien fácilmente desempeñe estas funciones tan necesarias para la vida de la Iglesia, se podrá restablecer en adelante el diaconado como grado propio y permanente en la jerarquía. Tocará a las distintas conferencias episcopales el decidir, oportuno para la atención de los fieles, y en dónde, el establecer estos diáconos. Con el consentimiento del Romano Pontífice, este diaconado se podrá conferir a hombres de edad madura, aunque estén casados, o también a jóvenes idóneos; pero para éstos debe mantenerse firme la ley del celibato.

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10 pensamientos en “San Esteban y el nacimiento del diaconado

  1. Es una pena que en artículo tan explicativo y bien documentado, hayas cometido la falta de no mencionar el nombre de ninguna mujer diaconisa, ni de mencionar tampoco que hubo mujeres diaconisas. San Pablo nos cita el nombre de varias: Febe, Priscila, María, Trifena, Trifosa, Pérside, Evodia, Síntique; y muchas de ellas también están inscritas en el catálogo de los Santos, además de Ciríaca (Domenica), Teosebia, Taciana, Xenia, Apolonia, Gorgonia, Platónide, Junia, Macrina, Irene, Olimpia, Lidia, Nona, Justina, Poplia, Tabita, Susana, Melania y muchas otras.

    Que el papel de la mujer diaconisa haya sido suprimido posteriormente por el secular machismo de la jerarquía eclesiástica, de la cual adolecía el mismo San Pablo que, sin embargo, no olvida mencionarlas, no significa que no estuvieran ahí. A mi modesto entender, y sin ánimo de ofender, a este artículo le ha faltado acordarse del diaconado femenino para ser perfecto. Saludos y Feliz Navidad.

    • Lo último sobre el tema apareció hace unos quince años. La Comisión Teológica Internacional, en el documento “El Diaconado: evolución y perspectivas” (fácilmente encontrable en Internet), sin negar la existencia de mujeres servidoras-diaconisas en las primeras comunidades, determinó que sus funciones no eran en modo alguno asimilables a las de los diáconos varones. Tampoco su sacramentalidad fue en modo alguno reconocida en aquellos siglos (no recibian la imposición de manos del obispo). Es una cuestión zanjada magisterialmente desde hace mucho tiempo.

      ¿Tratar aquí en el artículo sobre ello? Pues pudiera ser, pero ese ministerio femenino del pasado, ya digo, no está reconocido ni entonces ni ahora por la Iglesia como perteneciente al sacramento del Orden en grado diaconal. Me remito a lo dicho en el citado documento.

      • Estoy al tanto de esas conclusiones, David, y de hecho, me parecen lógicas y acordes con la mentalidad machista del momento, pero tú mismo lo has dicho: no se niega la existencia de mujeres diaconisas en las primeras comunidades, así que, ¿para qué omitirlas? ¿Simplemente porque no recibían la imposición o no se las consideraba ministros? Estaban ahí, ¿no? ¿Para qué ignorarlas, si el mismo San Pablo no las ignora y les dedica sus saludos y bendiciones? Eso implica que como mínimo eran importantes, ¿o no?

        Las diaconisas debieron hacer un gran papel de soporte y servicio a las comunidades cristianas, particularmente a las mujeres y a los niños, así como a las vírgenes, a las que serían muy próximas. Sabemos que las religiones son factores culturales que se transmiten, ante todo, por vía femenina. Sabemos que las religiones que excluían a la mujer de los ritos y prácticas cultuales, como el célebre mitraísmo, que era exclusivamente masculino, desaparecieron rápidamente y no a causa de la ascensión de otros cultos como el cristianismo, sino por la falta de la principal transmisora de cultura, la mujer, en los círculos de devotos. Es un hecho estudiado y probado por mitólogos, especialistas en religión e historiadores. El mismo Jesús tenía discípulas y las Escrituras las mencionan.

        Podemos decir que muchas comunidades cristianas florecieron y salieron adelante no sólo gracias a la tarea predicadora de apóstoles, ministros y diáconos varones, sino también por sus equivalentes femeninos. Así que, ¿por qué ignorarlas, más siendo algunas de ellas veneradas como santas y mártires? Realmente, no es justificable. El que no fueran valoradas al mismo nivel de un diácono varón no resta que estuvieran ahí y prestaran servicio. No hay motivo alguno para eludirlas.

  2. No quiero entrar en disputa alguna. Me ciño a lo dicho ya: era otro ministerio, por eso la Iglesia no lo reconoce como dentro del ordo diaconorum. Tampoco aquí podemos incluirlo, en este día, porque aquí se trata de hablar del nuevo grupo que nace con S. Esteban y los otros seis. Las diaconisas, que existieron, eran otra cosa.
    No veas machismo. Tampoco los hombres podemos formar parte del orden de las vírgenes consagradas y no nos sentimos desdeñados. Todos, cada uno en su vocación, formamos parte de un mismo cuerpo eclesial. Todos igualmente importantes y con nuestra misión.

    • Hombre, por supuesto que los hombres no os sentís desdeñados. No hay función alguna a la que no podáis acceder. Si queréis ser sacerdotes, podéis ser sacerdotes, y de ahí a obispos, arzobispos y cardenales. Si queréis ser diáconos, podéis ser diáconos. Si queréis simplemente ser frailes y vivir con voto de pobreza, castidad y obediencia, que es exactamente lo mismo que hacen las vírgenes, podéis también. Podéis elegir las funciones que deseéis dentro de la Iglesia, ¿cómo vais a sentiros desdeñados? Tenéis todas las puertas abiertas. No podéis ser “vírgenes”, pero podéis ser frailes, laicos consagrados con voto de celibato, y es lo mismo. ¿Qué se os ha negado? Nada.

      Ahora bien, una mujer, ¿puede ser sacerdote, obispo, cardenal? ¿Puede ser diaconisa? No, sólo puede ser virgen seglar o monja consagrada, y ahí queda todo. Es a la mujer a la que se le niegan parcelas del cuerpo eclesial a las que el hombre tiene pleno acceso. En consecuencia, no somos iguales. En consecuencia, hay machismo.

      Una cosa es aceptar que las diaconisas no tuvieron exactamente la misma función que los diáconos, pero de ahí a negar la existencia del machismo en la Iglesia o el afirmar candorosamente que todos somos iguales dentro de la misma, se va un trecho.

      Es fácil condescender cuando uno tiene todas las puertas abiertas y puede elegir, a su gusto, cuál quiere que sea su posición dentro de la Iglesia. Y que conste que yo tampoco estoy entrando en disputa alguna, sólo estoy debatiendo un tema que me interesa mucho y que he abierto porque viene a cuento, creo yo.

  3. Muchas gracias, David, por este artículo sobre los orígenes del diaconado y las funciones (servicios) que prestaba a la primitiva Iglesia.
    Yo también me he leído el documento “El diaconado: evolución y perspectivas” publicado en el año 2002 por la Comisión Teológica Internacional y con tu permiso, me atrevo a poner el link donde puede leerse al completo: http://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/cti_documents/rc_con_cfaith_pro_05072004_diaconate_sp.html#El_ministerio_de_las_diaconisas
    En el se trata de forma extensa el tema en el que os habéis “enzarzado” Ana María y tu.

    Creo que fue un acierto que el Concilio Vaticano II restaurara el diaconado permanente, sobre todo en hombres casados, pero lo que echo de menos es el servicio socio-eclesial que estos ordenados deben realizar en la Iglesia. Por lo que yo conozco, hay más dedicación al servicio sacramental que al servicio social y creo que su origen fue más por lo segundo que por lo primero.

    • Gracias, Antonio, por el enlace. Lo he leído con interés y me ha servido de “repaso”, porque es más o menos lo que ya recordaba. Destaco este fragmento:

      “La presente panorámica histórica nos permite constatar que ha existido ciertamente un ministerio de diaconisas, que se desarrolló de forma desigual en las diversas partes de la Iglesia. Parece claro que este ministerio no fue considerado como el simple equivalente femenino del diaconado masculino. Se trata al menos, sin embargo, de una verdadera función eclesial ejercida por mujeres, mencionada a veces antes de la del subdiaconado en la lista de los ministerios de la Iglesia[78]. ¿Era este ministerio conferido por una imposición de manos comparable a aquella, por la que eran conferidos el episcopado, el presbiterado y el diaconado masculino? El texto de las Constituciones apostólicas dejaría pensar en ello; pero se trata de un testimonio casi único y su interpretación está sometida a intensas discusiones[79]. ¿La imposición de manos sobre las diaconisas debe asimilarse a la hecha sobre los diáconos, o se encuentra más bien en la línea de la imposición de manos hecha sobre el subdiácono y el lector? Es difícil zanjar la cuestión a partir únicamente de los datos históricos.”

      Las diaconisas instruyeron y prepararon, ante todo, a las mujeres neófitas para el bautismo, y asistieron a las viudas, las enfermas y las vírgenes de las comunidades cristianas en las que operaban. Por lo tanto, aunque no se las ordenara con imposición de manos o no realizaran un ministerio sacramental, su papel fue importante y muy activo en las comunidades, porque se ocupaban de la mitad de sus miembros, es decir, de las mujeres. Semejante papel no puede ser ignorado ni desechado de pasada. Debe tenerse en cuenta.

  4. Gracias David por escribir este artículo en la fiesta de nuestro santo protomártir, el día 24 pasado hubo ordenaciones diaconales en mi arquidiócesis, cerca 15 aproximadamente. Ese día me acorde de San Esteban y su ministerio.
    Fíjate que en mi diócesis hay abundancia de sacerdotes, aunque claro nunca serán suficientes, por ello la figura del diácono permanente es poco usual, aunque yo conocí hace tiempo uno en mi parroquia, al que por cierto le perdí el rastro. Creo que la función del diácono está actualmente infravalorada, porque casi siempre sobresalen en las misas presididas por el obispo, hace algún tiempo pensaba yo como lograr que tengan mayor protagonismo o servicialidad, sobre todo cuando hay sacerdotes muy ancianos cuya homilía es ininteligible.
    Una pregunta: se que sí alguien desea renunciar al diaconado, es viable. ¿Hay algún protocolo para ello?
    Gracias.

    • El hecho de que haya diáconos o no, no debería supeditarse a la abundancia o escasez de presbíteros. Son ministerios distintos con funciones diferentes. Es un error muy habitual.

      En cuanto al papel que deben desarrollar sería muy extenso explicar ahora, pero se centran en la Caridad, la Liturgia y la Palabra. La homilía puede ser pronunciada, sin problema, por el diácono. Es una de sus funciones si el que preside delega en él.

      En las misas episcopales (precisamente en un ratillo voy yo a una), el diácono destaca porque ejerce unas funciones litúrgicas de servicio al obispo, y se le ve bastante porque se sienta a su lado, le ayuda con la mitra y el báculo, lee el Evangelio, etc… Las dalmáticas, por distintas, también suelen ser llamativas. No es protagonismo, es que es su función de servicio episcopal. Lo mismo cuando celebra con un presbítero. Está para ayudar.

      No entiendo lo de si alguien puede renunciar al diaconado. ¿Te refieres a un candidato al presbiterado? Un seminarista, antes de recibir el presbiterado ha de ser ordenado de diácono. Ha de ejercer este ministerio al menos seis meses. Es una ordenación, la diaconal, que nunca más se le “borra”. Aunque luego sea ordenado de presbítero sigue siendo diácono para siempre. De hecho ejerce algunas de sus funciones porque precisamente “es” también diácono (como leer el Evangelio, por eso si hay diácono en una celebración lo hace éste).

      ¿Te refieres a que si un obispo puede renunciar a tener diáconos permanentes en su diócesis? Pues con no instaurar este ministerio en su diócesis basta. Hay algunas en que aún no está restaurado, y eso que han pasado ya 50 años del Vaticano II. Esto lo determina el obispo según las necesidades que vea en su diócesis.

      Pero si ya está restaurado (ya ha habido decreto de restauración por él o por un predecesor en el cargo) puede paralizar las ordenaciones si lo cree oportuno. Pero lo mismo puede paralizar ordenaciones presbiterales, presencia de religiosos y tantas cosas más. Es un tema de voluntad episcopal. Los diáconos no entendemos porqué algunos obispos no apuestan por este ministerio. Su distribución en el mundo es muy desigual. Mientras hay países o diócesis con una presencia fuerte, hay otros en los que un diácono permanente es una “cosa rara”.

      • Vale, vale,… Ahora entiendo lo que dices, sobre si un diácono puede pedir ser secularizado… Pues puede, claro, como cualquier clérigo, pero el sacramento no se “borra”, pues imprime carácter. Lo que hace es pedir dejar de ser clero, su estatus jurídico. Desconozco exactamente el proceso exacto, pero imagino que irá por su obispado.

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