San León IX, papa

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Detalle del Santo en un mosaico moderno de Mont-Sainte-Odile, Alsacia.

Detalle del Santo en un mosaico moderno de Mont-Sainte-Odile, Alsacia.

Introducción
San León IX ocupa un lugar insigne dentro de la historia de Papado, pues con su actividad pastoral impulsó a la Iglesia a salir de un estado de decadencia y a gestar el movimiento de reforma que llegaría a su esplendor con San Gregorio VII y los Papas que le siguieron. Fue un hombre que configuró en su estilo el ser pastor sin dejar de dar importancia a las actividades curiales de la Santa Sede, teniendo la visión de salir de las oficinas de la Curia y ser un mensajero del Evangelio.

Infancia y juventud
Bruno de Egisheim-Dagsburg nació el 21 de junio de 1002, en Eguisheim, en el seno de la familia de los Condes de Alsacia, estando por ello emparentado con los Emperadores Conrado II y Enrique III. De pequeño estudió en la escuela episcopal de Toul, junto con su primo Aldaberón, que sería Obispo de Metz. Bruno fue un joven de cualidades de espíritu aunque algo enfermizo, obteniendo la curación de su salud gracias a la intercesión de San Benito abad. Con un estado sano, decide ingresar en el estado eclesiástico, cursando los estudios con notables resultados, ganándose por esto la confianza del Obispo Hermann de Toul. Por este tiempo conoció la obra reformadora de los cluniacenses y otras órdenes monásticas. Por el ascendiente que tenía su familia con el Emperador Conrado II, obtuvo un cargo de alto rango en la corte imperial; él, sin embargo, a pesar del cargo, se comportó con humildad y sencillez, gran calidad humana, sirviendo a las personas comunes y corrientes con calidad, amabilidad, teniendo por ello notable popularidad y recibiendo por esta razón el apodo de “el buen Bruno”.

Relicario del cráneo en su localidad natal.

Relicario del cráneo en su localidad natal.

Obispo
Al morir el Obispo Herman de Toul, los eclesiásticos y el pueblo eligieron a Bruno como nuevo obispo, elección que él aceptó porque era el episcopado de una diócesis pobre, comenzando pronto un ministerio lleno de entusiasmo y con el propósito de fomentar la reforma eclesiástica. Fue un obispo humilde, paciente, lleno de tenacidad, hombre de acción y buenas intenciones, por lo que pronto se ganó la simpatía de sus diocesanos. Ejerció una fecunda labor pastoral desde el año 1026, en que fue consagrado obispo hasta el año 1048, en que ocupó la Cátedra de San Pedro. Como obispo supo defender sus derechos con firmeza y sin herir susceptibilidades frente al metropolitano de Worms; celebró varios sínodos diocesanos, estableció lazos fraternos con los obispos circunvecinos y participó en algunos concilios provinciales, siempre con afán de promover la reforma de la Iglesia. Tuvo mucha simpatía por las órdenes monásticas, especialmente por la obra de Cluny. El obispo Bruno se relacionó con hombres que tenían el deseo de renovar y purificar a la Iglesia, proyecto que los Papas Clemente II y Dámaso II se proponían implementar, pero que por la brevedad de sus pontificados no se pudo cristalizar.

Papa
A la muerte de Dámaso II, una embajada de la lglesia de Roma se entrevistó con el emperador Enrique III para solicitar su apoyo y que la Sede de San Pedro fuera ocupada por el arzobispo Halinard de Lyon, quien rechazó decididamente esta propuesta. Con este resultado, el soberano convocó una dieta en Worms en 1048, donde Bruno resultó elegido Papa. Él mismo participaba en esa reunión y quedó sorprendido y contrariado por la elección, pidiendo tres días para dar una respuesta definitiva, luego de los cuales, habiendo orado y reflexionado profundamente y descubriendo que esa era la voluntad de Dios, aceptó pero poniendo solamente una condición: que el clero y el pueblo de Roma lo ratificaran como su obispo. Allá fue en diciembre de 1048 y fue presentado en la Basílica de San Pedro por el arzobispo de Tréveris como el candidato del emperador, aclamado por el clero y el pueblo allí presentes, Bruno se inclinó humildemente y aceptó el cargo, tomando el nombre de León IX. Fue un Papa inflamado del amor de Dios y partidario de la reforma en la Iglesia, era el pastor que se necesitaba en esos momentos. Entre los primeros aciertos que tuvo para promover esta reforma, fue el de tener contacto con hombres que tuvieran también este proyecto: San Hugo, abad de Cluny, San Pedro Damián y el referido arzobispo Halinard de Lyon. También llamó al valiente y decidido Hildebrando, a quién luego San Gregorio VII, nombró archidiácono y secretario pontificio. Supo maniobrar con destreza al Colegio Cardenalicio, haciendo de él un instrumento eficaz y dócil, incluyendo en él a eclesiásticos no romanos, como a Hugo Cándido y Humberto de Silva Cándida.

Sepulcro en la basílica vaticana.

Sepulcro en la basílica vaticana.

Reforma
Dos llagas herían escandalosamente por entonces a la Iglesia: la simonía y el concubinato de los eclesiásticos, señalándose a ambos como los abusos fundamentales que originaban otros males. Para corregir estos desvíos, San León IX se valió de Sínodos y Concilios Provinciales, comenzando por Roma y luego en otras Provincias eclesiásticas, de donde emanaban disposiciones para corregir estos pecados. Las fuentes antiguas refieren como San León IX estuvo movido por el amor de Dios y por la salvación de las almas, haciendo por ello varias peregrinaciones fuera de Roma. Este término lo conocemos ahora como Viajes Apostólicos. Así, pues, visitó Italia, Alemania y Francia, presidiendo en 1049 dos fructíferos Concilios en Reims y Maguncia. Por esta razón, el Papado se impulsó como la autoridad que gobierna a la Iglesia Católica y de ser un concepto apenas distinguible, se convirtió en una fuerza eficaz y tangible. Luego de dos sínodos en Roma y Pavía para los domingos de Cuasimodo y Pentecostés respectivamente, donde asentó las bases de su proyecto reformador, fue a Colonia, donde se reunió con el emperador Enrique III, su primo e íntimo amigo, celebrando con él y allí, la fiesta de San Pedro y San Pablo. Pasó también por Aquisgrán, Maguncia y Toul su antigua diócesis, festejando allí el 14 de septiembre la Exaltación de la Santa Cruz. Entretanto, el Concilio de Reims se había convocado teniendo la oposición del rey de Francia, Enrique I; allí llegó San León IX el 29 de septiembre y el día 1 de octubre consagró la Iglesia Abacial de San Remigio.

En Reims se realizó uno de los Concilios Provinciales más célebres de Francia y de Europa. El canciller Hildebrando transmitió la razón de esta convocación: “A la simonía, a la usurpación de los laicos de los cargos y rentas eclesiásticas, al desprecio de las más grandes leyes del matrimonio, etc, se invitaba a reflexionar delante de Dios”. El Concilio tuvo efectos positivos, aunque durante su desarrollo y posteriormente hubo quienes se opusieron porque no se avenían a entrar en el camino de la conversión, de la transformación y del cambio. San León IX tuvo la habilidad para, con prudencia concertar y consumar el cambio que necesitaba la Iglesia. Concluido el Concilio, se dirigió a Alemania, pasando por Verdún y Metz, consagrando sendas iglesias en estos lugares. En Maguncia presidió otro Concilio Provincial, que fue una continuación del de Reims, luego estuvo en Alsacia, Habsbugo y Constanza, celebró la Navidad en Verona y a comienzos de 1050 estaba de vuelta en Roma. El trabajo de reforma de San León IX se logró gracias a un trabajo de equipo, donde sobresalió Hildebrando, pero fue mérito de este Papa el haber programado y detallado este proceso.

Pintura decimonónica del Santo.

Pintura decimonónica del Santo.

Sombras
Si en el ámbito eclesial su pontificado fue afortunado, no lo fue en cambio en el ámbito de la política y de la unidad eclesial con Constantinopla. Desde principios del siglo XI, los normandos se habían asentado en el sur de Italia y en su avance dejaban una estela de destrucción y de muerte, devastando también las provincias eclesiásticas en un afán por derrotar a los musulmanes y a los griegos para luego someterlos. San León IX trató de unirse a los griegos para detener este avance, pero no logró ningún acuerdo, por lo que pidió ayuda a Enrique III, quien exigió a cambio, unas concesiones al Papa. Sin embargo, el apoyo que envió, en la mayoría de los casos, las tropas tuvieron que regresar a Alemania por diversas circunstancias. Sin darse por vencido, San León IX siguió con su campaña, siendo derrotado con su ejército en Civitate, donde fue hecho prisionero. Para lograr su liberación, tuvo que ceder a los francos estos territorios como feudo. Poco tiempo después, consumido por la empresa y las emociones, murió el 19 de abril de 1054.

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En su tiempo se consumó la separación entre la Iglesia Ortodoxa y la Iglesia Católica. Este doloroso episodio tuvo una gestación de tiempo atrás, que tuvo su culmen cuando San León IX envió una legación a Constantinopla buscando un apoyo contra los normandos. La delegación estaba integrada por el Cardenal Humberto de Silva Cándida y por los arzobispos Federico de Lorena y Pedro de Amalfi. La falta de táctica diplomática y caridad de estos prelados se expuso ante las torpes actitudes del Patriarca Miguel I Cerulario, que poco antes había amenazado con clausurar todas las iglesias de la ciudad que no celebraran en rito griego. El Cardenal Humberto de Silva Candida puso entonces en duda la legitimidad del Patriarca y éste se negó entonces a recibir a los delegados de Roma. El purpurado escribió un libro titulado “Diálogo entre un romano y un constantinopolitano” donde critica las costumbres griegas y luego redactó la bula de excomunión que depositó en el altar de la Basílica de Santa Sofía el 16 de julio de 1054, tras lo cual, la delegación abandonó la ciudad. La reacción inmediata ocurrió el 24 de julio siguiente, cuando se excomulgó al Cardenal Humberto y a su séquito, desde entonces, el nombre del Papa se borró de la liturgia en Constantinopla y las iglesias quedaron cerradas para el culto latino. Es oportuno señalar aquí que este lamentable suceso no se debió a la decadencia del Papado, pues estos defectos no causaron tales desperfectos en los siglos X y XI, cuando la Iglesia occidental y con ella el Papado llegaron a su mayor desprestigio. Este episodio ocurrió luego del pontificado de San León IX, cuando se avanzaba en la reforma y rehabilitación. Por otro lado, éste Santo no pudo intervenir en el curso de los acontecimientos, pues la mutua excomunión se realizó cuando este ya había muerto, con lo que incluso quedan en entredicho las facultades del Cardenal legado.

Escultura del Santo en la abadía de Altfort, Francia.

Escultura del Santo en la abadía de Altfort, Francia.

Durante sus últimos días, San León IX, sintiéndose herido de muerte, manifestó una vida llena de piedad y de resignación cristiana, mostrando así como debe morir un creyente. El pueblo romano sintió hondamente su muerte, que ocurrió cuando apenas contaba con 52 años. Sobre su tumba se grabó este epitafio: “Roma vencedora está dolida al quedar viuda de León IX, segura de que, entre muchos, no tendrá un padre como él”. El suyo fue un pontificado pleno, lleno de incansable actividad y de dedicación apasionada, motivado por el amor de Dios, encarriló la reforma eclesiástica que luego llegaría a su perfecto desarrollo.

Humberto

Bibliografía:
– VVAA, Año Cristiano IV abril, Editorial BAC, Madrid, 2003, pp. 407-414.

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10 pensamientos en “San León IX, papa

  1. Gracias Humberto, hablarnos de este pontífice fue hablarnos de su labor pastoral, que no solo lo sintió el pueblo romano sino toda la Iglesia Universal; quisiera resaltar la tristeza de este episodio que fue el principio de la división del cristianismo, sin embargo como tu bien dices, se estaba gestando desde hace mucho tiempo. Y las primeras chispas fueron el llamado cisma fociano, encabezada por el patriarca Focio de Constantinopla (venerado por nuestros hermanos ortodoxos como santo) quien tuvo conflictos con el papa Nicolás I por la razón de la clausula Filioque y por influencia del emperador de Constantinopla. El patriarcado de Focio era ilegítimo puesto que habían desterrado al legítimo que era Ignacio sin embargo al restituirlo Focio fue exiliado hasta que tomó por segunda vez el trono patriarcal, con la confirmación del papa Juan VIII. Se dedicó a la evangelización pero con una política cada vez mas separada de Roma hasta que fue exiliado y murió. Con León, el conflicto esta vez fue político, y Celulario que fue elegido patriarca por la facción que de alguna u otra manera fue antirromana y fue cuando los disturbios se hicieron más evidentes; los cardenales delegados firmaron una excomunión que la colocaron en la basílica de Santa Sofía y el patriarca respondió de la misma manera. Quedaba ya consumada la ruptura, en mi opinión fue mas un conflicto político que termino en una irreparable ruptura de la Iglesia, por errores de ambos bandos; y lo que es peor aún no lo reconocemos, pueden dar los pontífices abrazos con los patriarcas o firmar declaraciones conjuntas, pero nadie se atreve a dar el siguiente paso, este conflicto fue una gran mancha para el pontificado de este papa y es increíble que aún hoy en día a pesar de que se revocaron las mutuas excomuniones no hemos dado el siguiente paso, la reconciliación, igual con la Iglesia Copta, la Armenia, y la Antioquena y muchas mas, seguimos atacandonos unos a los otros y solo la sangre es la que hace el ecumenismo

  2. René Alejandro, gracias por tu participación, San León IX es un Papa con una trayectoria muy importante dentro de la Iglesia, lamentablemente y tal vez sea bueno, la liturgia no se da abasto para celebrar en el calendario a tanto santo, por eso no está incluido en el calendario universal y es raro que no lo haya estado antes, supongo que su memoria será celebrada en donde tenga más relación con él.
    Pero no por esto debemos minimizar su gestión en la Sede Apostólica, pues gracias a él comenzó un periodo de purificación en la Iglesia, concretamente con el clero. Por ahí leí que si el sacerdote es santo, el pueblo será fervoroso, si el sacerdote es fervoroso, el pueblo será recto, si el sacerdote es recto, el pueblo será tibio, si el sacerdote es tibio, el pueblo será pecador, y si el sacerdote es pecador, ¿qué será del pueblo? Creo que la reforma, el cambio, la penitencia, la metanoia, son necesarios en todos los tiempos, no sólo con el clero, los bautizados de a pie dejamos mucho que desear.
    Esta es la reforma de San León, por eso salió para ser apóstol, supo ser pastor universal y no ver las cosas desde un escritorio, burocráticamente como se acusa constantemente a la Curia, sea de Roma o cualquier otra diócesis, no hay como trabajar en campo para ver la realidad de un problema y buscar una solución conveniente.
    ¿Por qué te digo todo esto? Porque tocaste el punto más álgido que se generó en su ministerio pero que se consumó fuera del mismo y para muchos parece que fuera lo más interesante a considerar, y pues tu mismo ya lo has analizado, un problema que se gestó desde mucho tiempo antes, con antecedentes políticos, con errores humanos, y yo diría con actitudes antievangélicas por parte de los legados pontificios y también por el clero constantinopolitano, con Miguel Cerulario a la cabeza; si ambas partes hubieran estado conscientes de la barbaridad que estaban cometiendo, si supieran las consecuencias que iban a pasar, de la responsabilidad ante Dios de sus actos, tal vez lo hubieran pensado dos veces, pero bien sabes que el hubiera no existe.
    El problema como bien dices, está en la soberbia de quienes no quieren ceder, así como de la falta de empeño de quienes debieran insistir más. Yo pienso que aquí en Latinoamérica no percibimos este problema en su justa dimensión porque desde siempre tuvimos una uniformidad católica, el ecumenismo por acá se hace con los cristianos venidos de la reforma protestante. Sin embargo en Europa ambas iglesias conviven, hay ciudades donde interactúan, donde una es mayoría y otra minoría o visceversa e incluso conviven con otros credos.
    Toño sabe muy bien de todo esto y te aseguro que muchos otros también, Mitrut es ortodoxo y es un ejemplo del ecumenismo que por lo pronto nosotros, este equipo, los que escribimos y los lectores, somos un germen de unidad, de reconciliación, de familia.
    ¿Qué más falta hacer, quépodemos hacer? Por lo pronto y de menos, orar, para que el Espíritu Santo mueva los corazones, para que con su poder, haya una epíclesis que cure, transforme y unifique al cuerpo místico de Cristo, cada quien además, dentro de sus posibilidades y según sus carismas, hará lo que crea conveniente conforme a la voluntad de Cristo: “que todos sean uno, como Tú y Yo, Padre, somos uno”. Y claro está, esta labor no es sólo del Papa y los Patriarcas Ortodoxos, o de los Santos Sínodos y de la Sagrada Congragación para la Unidad de los Cristianos. Cada bautizado, católico, ortodoxo o protestante esta llamado a poner su granito de arena.
    Saludos.

    • Creo que no me expliqué bien, y que se ha dado esta confusión, yo incluso alabo la labor ecuménica que estan hacieno ustedes, y yo seguiré su ejemplo (de otra manera claro está), de ya no ver a nuestros hermanos como cismáticos, sino como hermanos, lo que quise decir es que mucho se ha hablado del tema y desgraciadamente unos a otros se siguen atacando tratandose de herejes unos a otros, donde quedó el Mandato del Maestro que dice amaos unos a los otros como yo los he amado; y perdon pero también aquí hay pequeñas comunidades ortodoxas (en México), en la iglesia las opiniones andan divididas unos a favor y otros en contra, queda orar si pero tambien hay que actuar, a que temen que formalmente volvamos a una sola unidad me pregunto a qué

  3. Humberto,
    Yo tengo mis dudas acerca de la legalidad y legitimidad de la bula de excomunión puesta sobre el altar de Santa Sofía en Constantinopla y tengo mis dudas por dos razones: porque el Papa no envió a sus legados con ese mandato y porque cuando el cardenal Humberto lo realizó, el Papa había muerto tres meses antes. Y si Humberto se precipitó, otro tanto hizo el Patriarca Miguel al responder de la misma manera.
    Yo se que los problemas venían de antes, pero a veces, más por cuestiones retóricas y políticas que por cuestiones verdaderamente dogmáticas.

    Se que me saldrás con el tema del “Filioque”, pero tenemos que reconocer que en este tema, quién metió la pata fue Roma que se saltó a piola lo decretado por el Concilio de Calcedonia, que prohibió expresamente modificar el Credo nicenoconstantinopolitano, en cuyo texto original no venía esa expresión. Acuérdate que San León Magno decía en el siglo V que “El Espíritu Santo procede del Padre en cuanto Padre del Hijo”, o sea, no utiliza el “filioque”, cláusula que se introdujo en el Credo en el Concilio II de Lyón, cuando ya la Iglesia estaba dividida, saltándose la prohibición del de Calcedonia.
    Pero dejemos este tema que si que fue uno de los motivos del jirigay con Focio, no lo fue en el 1054.

    Hay quienes afirman que Miguel Cerulario excomulgó a Roma porque negaba su primacía y eso no es cierto. Cerulario pone como argumentos de su excomunión lo del uso del pan ácimo, lo de afeitarse la barba, el que los monjes podían comer carne, el ayuno de los sábados y cosas por el estilo, pero no menciona para nada el tema de la primacía papal, conociendo como conocía la reivindicación del Papa sobre esta primacía. San Teodoro Estudita y San Máximo el Confesor, santos orientales, habían dejado bien clara su defensa de la primacía papal y durante este tiempo de la llamemos pre-ruptura, Constantinopla no abordó ese tema. Y recordemos que estos dos santos bien que son venerados por las Iglesias Orientales.

    No quiero enrollarme mucho más, pero además tu sabes que, la ruptura no fue automática al mismo tiempo en todo Oriente. Durante siglos, iglesias como la rusa y la ucraniana siguieron teniendo comunión con Roma. Solo las Iglesias griegas fueron las que rompieron. Los rusos siguieron financiando la construcción de algunos monasterios latinos en Occidente, hasta el siglo XIII hubo iglesias latinas en la Rus’, Santa Parasceve de Polostk vivió en Roma siete años muriendo allí en el 1239 y la Iglesia Rusa la canonizó 34 años más tarde, el príncipe Yaropolk de Kiev estuvo en Roma a finales del siglo XI mostrando su devoción al Papa y aun así está canonizado por las iglesias bizantinas…., o sea, que la ruptura no fue automática, que lo decretado por el patriarca Cerulario no se llevó a efecto en todo Oriente. Fueron desencuentros posteriores los que terminaron por enconar las relaciones entre los latinos y los bizantinos.

    Y yo si que creo en el ecumenismo y creo en él porque se que la Unidad es el deseo de Cristo, es el deseo de la inmensa mayoría del pueblo cristiano que pide a gritos la unión de las Iglesias, aunque comprendo que hay intransigentes en ambas partes debido a tantos siglos de litigios, saqueos, puñaladas traperas y desencuentros, y que estos, no pueden desaparecer de la noche a la mañana. Dejemos a los teólogos que sigan dirimiendo las diferencias, recemos por la unidad y sobre todos, practiquemos especialmente el amor con nuestros hermanos cristianos aunque no sean católicos. Como dice además el Papa, la sangre de los mártires de todas las Iglesias se unen en un mismo chorro y sin dudas que eso será semilla de unidad.

  4. Gracias Toño por compartirnos este pensamiento, eres una referencia obligada cuando se aborda este espinoso asunto de la división entre occidente y oriente, esta precisión es muy importante para darnos una idea de este asunto que sigue siendo trascendental.

    Con lo que refieres del filioque, entiendo su significado etimológico y su paso en la historia, pero no entiendo una cosa: hacia el final del Cisma de Occidente y aún luego del Concilio Vaticano I se temía al concilio por la doctrina que proponía que el Concilio está por encima del Papa, la cual definitivamente se enterró al concluir dicho concilio, pues ha quedado definida la suprema potestad del Papa en materia de fe. Antecediéndonos en el tiempo, esta doctrina siempre estuvo presente en los ámbitos romanos, ¿no es un reflejo de estas decisiones lo que entonces pasó con el Filioque? ¿Fue un Papa el promotor de esta inclusión en el Credo, o la Curia, una corriente teológica? y luego, entonces, ¿no sería válida teológicamente esta fórmula actualmente? En un congreso teológico al que asistí se proponía una formula: “que viene del Padre, que procede del Padre y del Hijo”. Realmente un enredo lingüistico que actualmente no me parece que deba seguir siendo un obstáculo para la unificación, hay otras cosas más importantes que tratar. A mi me parece un capricho de Oriente no querer aceptarlo o no querer dialogar sobre el mismo si es que en la mesa del diálogo se trata de este asunto.
    Ahora dices que el Concilio prohibió alguna modificación al Credo, si otro Concilio Ecuménico se sucediera, como antes, y se acordara una modificación al Credo, a la liturgia, a alguna celebración como se ha propuesto de fijar la Pascua en una fecha fija como recientemente propuso el Papa ¿esto no sería suficiente para sanjar el asunto? ¿o es el corazón del hombre el que tuerce la intención? Finalmente, Roma, el Papa, la infabilidad, ¿no sería suficiente garantía para el sustento doctrinal de nuestra fe? Gracias por compartirme tu punto de vista.

    • Amigo Humberto,
      Lee atentamente y despacio lo que te voy a comentar:
      Yo no discuto la “procedencia del Espíritu Santo” sino la conveniencia o no de haber incluido la cláusula del “Filioque” en el Símbolo Niceno-constantinopolitano, cuando expresamente, el Concilio Ecuménico de Calcedonia (donde también estaba la representación de Roma) prohibió expresamente modificarlo.

      El Símbolo decía textualmente: “Καὶ εἰς τὸ Πνεῦμα τὸ Ἅγιον, τὸ κύριον, τὸ ζωοποιόν, τὸ ἐκ τοῦ Πατρὸς ἐκπορευόμενον, τὸ σὺν Πατρὶ καὶ Υἱῷ συμπροσκυνούμενον καὶ συνδοξαζόμενον, τὸ λαλῆσαν διὰ τῶν προφητῶν”. O sea: “Y en el Espíritu Santo, Señor Vivificador, que procede del Padre, que con el Padre y el Hijo es juntamente adorado y glorificado, y que habló por los profetas”.
      En este texto aunque no se dice que el Espíritu procede del Hijo, está claro que da a entender que existe una estrecha relación entre ambos, porque ambos son Dios, junto con el Padre y los tres tienen que ser adorados y glorificados.

      Yo se que en Occidente, desde los tiempos de San Ambrosio y San Agustín había quienes defendían lo expresado por dicha cláusula del Filioque, pero también es verdad que entre los Santos Padres orientales, también habían quienes no lo hacían, como San Basilio o San Atanasio. San Ireneo lo dice de otra manera: “Todo viene del Padre por el Hijo en el Espíritu Santo”. Durante siglos coexistieron pacíficamente las dos fórmulas: “qui ex Patre procedit” y el “qui ex Patre Filioque procedit”, pero el Credo decía lo que decía y expresamente se prohibió cambiarlo. Se planteaba de diferente manera el acceso al misterio de la Trinidad, pero todos aceptaban su integridad.

      Tú sabes que la teología oriental parte de la confesión en las Tres Personas Divinas para hablar después de su Unidad en esencia, mientras que en Occidente se habla primero de Un Solo Dios, para seguir diciendo que en Él hay Tres Personas distintas. Ambas posturas no son incompatibles, sino que son complementarias. La oposición entre ambas teorías es ficticia.

      Cuando San León Magno en el Sermón de Pentecostés I utiliza el Filioque en el año 447, no está dogmatizando. Entonces, los dogmas no los declaraba Roma sino que lo declaraban los Concilios Ecuménicos. Si hubiera sido declarado dogma por San León Magno, ¿cómo el Papa San León III, en el concilio de Aquisgrán que fue convocado por Carlomagno, prohibió el uso de esta cláusula del Filioque, para que el Credo volviera a su definición original?

      Pero conforme nos acercamos a finales del siglo IX, la cosa se va liando, más por cuestiones políticas que estrictamente religiosas y en el Concilio IV de Constantinopla se excomulga al Patriarca Focio, a quién las Iglesias Ortodoxas consideran como un gran Santo teólogo. ¿Excomulgado y Santo? No nos extrañemos porque también nosotros tenemos a anti-papas santos. Y es aquí cuando empieza la gestión del Gran Cisma que culmina en el 1054.

      Resumiendo: cuando el Papa Benedicto VIII incluyó la cláusula del “Filioque” en el rezo del Credo de la misa de consagración del emperador Enrique II en el año 1014, “metió la pata hasta el corbejón”; el Gran Cisma vendría cuarenta años más tarde.

      Mi opinión: El Concilio cuando dogmatiza, está por encima del Papa y desde luego, en aquellos tiempos, los dogmas eran declarados por el Concilio. Para mi, la verdadera infalibilidad está en el Concilio, que es donde se expresa el pensamiento de la Iglesia.

      Parece ser que el Papa Juan Pablo II quiso dogmatizar sobre el tema del sacerdocio femenino y fue precisamente Benedicto XVI quién le quitó la intención de hacerlo. Si hubiera dogmatizado sobre este tema, ¿no habría metido la pata hasta el corbejón? Pues claro que si, porque el tema del sacerdocio femenino no es un tema de dogma, sino que es de simple tradición.
      Cristo instituyó este sacramento en la Última Cena y ¿estamos seguros que allí solo estaban los doce apóstoles? ¿Podemos asegurar que no había ninguna mujer? Una cosa es que los evangelios no digan nada y otra cosa es que lo negaran, cosa que no ocurre.

  5. Estuve en el Vaticano por mi luna de miel, por supuesto, y hubiese querido traeros fotos de los sepulcros papales de buena calidad. Pero no pudo ser. Las capillas donde están los Papas eran para el culto y no se podía acceder. Creo que un par pude sacar de lejos, pero no al detalle en que vemos en la foto del artículo.

    Sin embargo, mi mayor frustración en este lugar fue el no poder acceder hasta el sepulcro de Santa Petronila, porque habían cerrado toda la nave izquierda lateral a partir del transepto, con la excusa de que era zona de confesiones. Podría haber rodeado por otro sitio o pasar en silencio, ya que la capilla de Santa Petronila quedaba lejos de los confesionarios y no hubiese sido la menor molestia para los penitentes. Se lo expliqué al guardia. Se lo volví a explicar. Razoné. No hubo manera. Le pedí entonces confesarme, si luego se me pemitía ir hasta Santa Petronila. No hubo manera. Así que me enfadé y le reñí. Ni por ésas.

    Dios, qué poco respeto tienen en los lugares presuntamente más santos del mundo, por los peregrinos y los devotos. No le estaba pidiendo hacer cabriolas en torno a los confesionarios. Sólo quería venerar los restos de la Santa. Pues no.

  6. Gracias Humberto por este artículo.

    Cada vez comprendo mejor la situación en la que se dio la problemática de esta división que ni siquiera es la primera división que forma a la Iglesia.

    Fíjate que he visto sacerdotes que piensan de esta manera: Reformar es sumamente difícil y más aun que las acepten y vivan esas reformas. Como ya son sacerdotes de cierta edad y ya con sus mañas pues es difícil que quieran eliminar esas formas de vida. Y que sería mejor engendrar una nueva generación de sacerdotes, así la clave será el seminario atacar ahí y formar a futuros sacerdotes ya con otros ideales.

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