San Timoteo, discípulo de San Pablo y obispo mártir de Éfeso (I)

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Icono ortodoxo griego del Santo.

Icono ortodoxo griego del Santo.

Ya va siendo hora de que escribamos sobre uno de los principales evangelizadores del siglo I, de la era de los apóstoles: San Timoteo, obispo mártir de Éfeso, a quién nuestros hermanos ortodoxos le dan el calificativo de apóstol, cosa que en realidad, lo fue. Hoy me propongo hacerlo y lo haremos en dos artículos. Para ello, inevitablemente, nos tenemos que basar fundamentalmente en las Sagradas Escrituras, ya que estas son las fuentes más fiables sobre su vida y su ministerio. Vamos a basarnos, sobre todo en esta primera parte, en los trabajos de monseñor Giovanni Lucchesi, profesor del seminario de Faenza y director de la biblioteca “Cardinale Gaetano Cicognani” de la misma ciudad.

Que San Timoteo tuvo una estrecha relación con el apóstol Pablo, lo muestra el hecho de que fueron íntimos colaboradores en la predicación del evangelio y en las continuas menciones que el apóstol de los gentiles hace de él en diferentes textos del Nuevo Testamento: “Hijo mío queridísimo y fiel en el Señor” (I Corintios, 4, 17), “Hermano nuestro y ministro de Dios en la predicación del evangelio de Cristo” (I Tesalonicenses, 3, 2), “Mi colaborador” (Romanos, 16, 21), “Mi genuino hijo en la fe” (I Timoteo, 1, 1), “Mi hijo querido” (II Timoteo, 1, 1). Alaba su desinterés y su espíritu de sacrificio al seguirlo: “Espero, con la ayuda del Señor Jesús, enviarles muy pronto a Timoteo para tener noticias vuestras y experimentar yo mismo un alivio, porque no encuentro a otro que tome tan a pecho como él vuestros asuntos. Todos los demás buscan sus propios intereses y no los de Cristo Jesús y ya sabéis que él ha dado pruebas de su virtud, porque sirvió conmigo a la causa del Evangelio, como un hijo junto a su padre” (Filipenses, 2, 19-22). Asimismo, de él recuerda con conmoción las lágrimas con las que lo saludó por última vez: “Al acordarme de tus lágrimas, siento un gran deseo por verte a fin de que mi felicidad sea completa” (II Timoteo, 1, 4). Pero no solo tenemos estos textos, sino que las mismas fuentes hagiográficas del uno son las del otro. Quién nos da a conocer a San Pablo nos da también a conocer a San Timoteo y si no, releamos nuevamente el Libro de los Hechos de los Apóstoles y todas las cartas de San Pablo, a excepción de las escritas a los Gálatas, Efesios y Tito.

Alrededor del año 47, en la ciudad de Listra, perteneciente a la colonia romana de Licaonia, San Pablo había convertido a dos mujeres judías: a Loida y a su hija Eunice, esta última, mujer de un griego, o sea, que con toda probabilidad perteneciente a una rica familia. Estas habían educado de manera piadosa a su respectivo hijo y nieto Timoteo, según el culto de las Sagradas Escrituras, aunque sin circuncidarlo: “…recuerdas que desde la niñez conoces las Sagradas Escrituras: ellas pueden darte la sabiduría que conduce a la salvación, mediante la fe en Cristo Jesús…” (II Timoteo, 3, 14-17). Cuando en el año 50 San Pablo volvió a Listra, el joven Timoteo que había sido testigo de los extraordinarios acontecimientos acaecidos durante la primera visita del apóstol y de las persecuciones y padecimientos que había sufrido, ya era cristiano. Los fieles de aquella región dieron buenas pruebas de ello y Pablo lo llevó consigo, circuncidándolo por causa de los judíos, ya que como sabemos, su padre era griego y por lo tanto, pagano: “Después llegó a Derbe y a Listra y he aquí que había allí un cierto discípulo llamado Timoteo, hijo de una mujer creyente, pero de padre griego; Los hermanos que estaban en Listra y en Iconio daban buen testimonio de él. Quiso Pablo que este fuese con él y tomándole, le circuncidó a causa de los judíos que había en aquellos lugares, ya que todos sabían que su padre era griego” (Hechos, 16, 1-3).

Relicario del santo conservado en la diócesis de Fort  Worth, Texas (EEUU).

Relicario del santo conservado en la diócesis de Fort Worth, Texas (EEUU).

Muchos exégetas bíblicos creen que fue en aquellos momentos cuando tuvo lugar la ordenación del joven Timoteo, a través de la designación profética, de su solemne profesión de fe delante de muchos testigos y la imposición de las manos por parte de Pablo y del colegio de ancianos. Para afirmar esto se basan en los siguientes pasajes bíblicos: designación profética: “Hijo mío, te hago esta recomendación, conforme a lo que se dijo de ti por inspiración de Dios, a fin de que luches valientemente” (I Timoteo, 1, 18); solemne profesión de fe delante de muchos testigos: “Pelea el buen combate de la fe, conquista la vida eterna a la que has sido llamado y en vista de la cual hiciste una magnífica profesión de fe en presencia de numerosos testigos” (I Timoteo, 6, 12); imposición de las manos por parte de Pablo: “Por eso te recomiendo que reavives el don de Dios que has recibido por la imposición de mis manos” (II Timoteo, 1, 6) e imposición de las manos por parte del colegio de ancianos: “No malogres el don espiritual que hay en ti y que te fue conferido mediante una intervención profética, por la imposición de las manos del presbiterio” (I Timoteo, 4, 14). Es en estos textos bíblicos donde aparecen por primera vez una ordenación sagrada. Desde aquel momento, toda la vida de Timoteo estuvo ligada a la vida de Pablo, del cual fue su hijo, su colaborador, su compañero de viajes, su confidente, su amigo y su heredero.

Mientras cruzaban Macedonia en el año 51, Silas y Timoteo permanecieron en Berea durante algún tiempo aunque Pablo los llamó junto a si a Atenas: “Inmediatamente los hermanos enviaron a Pablo que fuese hacia el mar, quedándose allí Silas y Timoteo. Y los que se habían encargado de conducir a Pablo, le llevaron a Atenas, aunque recibiendo la orden para que Silas y Timoteo viniesen hacia él lo antes posible”. (Hechos, 17, 14-15). Desde Atenas, San Timoteo es enviado a Tesalónica para confirmar en la fe a los cristianos de aquella ciudad: “Por eso, no pudiendo soportarlo más, resolvimos quedarnos en Atenas y enviaros a Timoteo, nuestro hermano y colaborador de Dios en el anuncio de la Buena Noticia de Cristo y lo hicimos para afianzaros y confortaros en la fe”. (I Tesalonicenses, 3, 1-2) y posteriormente lo envía también a Corinto y es en esta ciudad, donde junto a Pablo y Silas firma las dos cartas a los tesalonicenses.

Relicario del cráneo del Santo en Termoli, Italia.

Relicario del cráneo del Santo en Termoli, Italia.

Durante el tercer viaje apostólico, Timoteo se queda con Pablo en Éfeso, por espacio de un año y medio y desde allí, el apóstol lo envía a Corinto para recordarle a aquella iglesia los principios de la vida en Cristo: “…Por esta misma razón, os envié a Timoteo, mi hijo muy querido y fiel en el Señor; él os recordará mis normas de conducta, que son las de Cristo, y que yo enseño siempre en todas las Iglesias”. (I Corintios, 4, 17), recordándoles que cuando llegue pueda estar entre ellos sin temor alguno porque trabaja en la misma obra en la que trabaja él: “Si llega antes Timoteo, procurad que permanezca entre vosotros sin ninguna clase de temor, porque él trabaja en la obra del Señor de la misma manera que yo”. (I Corintios, 16, 10).

Poco antes de abandonar Éfeso para marchar hacia Occidente, San Pablo hizo que Timoteo y Erasto le precedieran en Macedonia y más allá, quizás desde Filipos, escribió junto con Timoteo su segunda carta a los corintios, recordándoles todo lo que los dos habían hecho. Desde Corintos, San Pablo escribe a los romanos a los cuales les envía saludos de Timoteo: “Os saludan Timoteo mi colaborador, Lucio, Jasón y Sosípatros, mis parientes”. (Romanos, 16, 21), el cual lo acompañará en su viaje de retorno a través de Macedonia y lo precederá en Jerusalén: “Y le acompañaron hasta Asia, Sosípater de Berea, Aristarco y Segundo de Tesalónica, Gayo de Derbe y Timoteo. Y de Asia: Tiquico y Trofimo. Estos, habiéndose adelantado, nos esperaron en Troas”. (Hechos, 20, 4-5), donde el apóstol Pablo pretendía llegar antes de la fiesta de Pentecostés. Pero en Jerusalén, Pablo fue arrestado y conducido como prisionero a Cesarea y posteriormente, a Roma. Durante este primer aprisionamiento en Roma, ocurrido entre los años 61 al 63, Timoteo siempre estuvo cerca de su maestro, firmando con él las cartas a los colosenses, a los filipenses y a Filemón. En la mente del apóstol estuvo el enviarlo a Filipo a fin de que lo alegrase trayéndole buenas noticias de aquella comunidad: “Espero, con la ayuda del Señor Jesús, enviaros muy pronto a Timoteo para tener noticias vuestras y experimentar yo mismo un alivio”. (Filipenses, 2, 19).

Solo con posterioridad a estos acontecimientos, narrados en el libro de los Hechos de los Apóstoles, es cuando San Pablo escribe sus dos cartas a Timoteo: la primera, cuando Pablo liberado retorna a Asia habiéndolo dejado como cabeza de la comunidad de Éfeso, donde espera poderlo ver de nuevo: “Aunque espero ir a verte pronto, te escribo estas cosas”. (I Timoteo, 3, 14) y la segunda, estando ya de nuevo en prisión en Roma esperando su martirio. En esta carta es San Pablo el que manifiesta esperar que Timoteo vaya a verlo:”Ven a verme lo más pronto posible”. (II Timoteo, 4, 9), llevándole libros, los rollos de pergamino y una capa que se dejó olvidada en la casa de Carpo en Tróades. En estas dos cartas, San Pablo recuerda a Timoteo las normas que ha de seguir en el gobierno de la Iglesia efesina, lo exhorta a leer las Sagradas Escrituras y le deja su testamento espiritual.

Reliquias del Santo. Iglesia de los Santos Cosme y Damián, Mainz, Alemania.

Reliquias del Santo. Iglesia de los Santos Cosme y Damián, Mainz, Alemania.

En todos estos textos de San Pablo se nos permite seguir la vida y la actividad apostólica de San Timoteo por espacio de unos veinte años y sobre todo, se nos permite comprender el inmenso cariño que le mostraba como hijo espiritual suyo. En realidad, especialmente en las cartas que a él le escribe, se revela una extraordinaria ternura de San Pablo hacia quién consideraba su hijo, su confianza en confiarle las más importantes iglesias que él había fundado, su sensación de tranquilidad, sus in interrumpidas oraciones por él, su preocupación por su salud material y espiritual, su aliento para cuando en el futuro se viera solo, el recuerdo de los años vividos juntos, su testamento espiritual y su deseo de no morir sin verlo de nuevo. Timoteo era realmente el hijo de Pablo y entre ellos existía un amor parecido al existente entre Jesús y el “discípulo amado”.

Antonio Barrero

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Himnos bizantinos a San Timoteo

Bibliografía:
– De Ambroggi, P., “Le epistole pastorali di San Paolo a Timoteo e a Tito”, Roma, 1953.
– Delehaye, H., “Les Actes de Saint Timothée”, Manchester, 1939.
– Ferrua, A., “Le reliquie di San Timoteo”, Civiltà Cattolica, 1947.
– Lucchesi, J., “Bibliotheca sanctórum, tomo XII”, Città Nuona Editrice, Roma, 1990
– Spicq, C., “Saint Paul. Les Epîtres Pastorales”, Paris, 1947.
– Usener, H., “Acta s. Timothei”, Bonn, 1877.

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