La Muerte de Jesús (II)

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

"Cristo de San Juan de la Cruz", óleo del pintor surrealista Salvador Dalí (1951). Museo Kelvingrove, Glasgow (Reino Unido).

“Cristo de San Juan de la Cruz”, óleo del pintor surrealista Salvador Dalí (1951). Museo Kelvingrove, Glasgow (Reino Unido).

En el artículo anterior veíamos posibles causas determinantes de la muerte de Nuestro Señor y las descartábamos a todas por separado, porque decíamos que el fallecimiento de Cristo fue debido a la conjunción de diversos factores. Hoy continuamos desmenuzando todo este complejo proceso.

Recordemos que Jesús fue crucificado en un palo horizontal quedando los brazos en posición de ángulo recto con respecto a la vertical y que al conjuntar el “patíbulum” con el “stipes”, el cuerpo se hundió a consecuencia de su peso. Sobre los brazos recaía casi todo el peso corporal y muy poco sobre los pies debido a la posición del crucificado, ya que las rodillas estaban dobladas. En esta posición, con los brazos en alto y tanto peso sobre ellos, se produjo cierta inmovilidad en las costillas, debido a lo cual, los músculos intercostales prácticamente no funcionaban debido sobre todo al terrible castigo de la flagelación. Esta posición y circunstancias hacía que la respiración fuera muy dificultosa: entraba aire en los pulmones pues lo facilitaba el hecho de que los brazos estaban en alto, pero apenas podía espirar, expulsar el aire viciado. Esta insuficiencia respiratoria iba cada vez más en aumento.

La respiración se hacía cada vez más fatigosa, más jadeante y Jesús sentía que se ahogaba. El corazón trabajaba cada vez más acelerado y las condiciones de sus pulmones y aparato circulatorio le provocaron una taquicardia que iba en aumento. La intoxicación de la sangre por la falta de oxígeno y exceso de anhídrido carbónico pasaba a todas las células y órganos de su cuerpo, los cuales se vieron gravemente afectados, especialmente el corazón y el cerebro. Jesús se iba intoxicando cada vez más, se iba asfixiando y los órganos comenzaban a fallarle.

En los músculos se produjo un insoportable cuadro de calambres cada vez más dolorosos, el diafragma (que había sufrido bastante en la flagelación) se iba tensionando más y más y aumentaba sin cesar la acumulación de dióxido de carbono, la llamada “hipercapnia”. Si Jesús quería sobrevivir tenía que realizar un enorme esfuerzo apoyándose en los clavos de los pies para poder elevar un poco su cuerpo. Así aliviaba este cuadro agónico, pero esto le traía como consecuencia unos terribles dolores. Así, expulsaba algo de aire viciado sintiendo un cierto alivio en su asfixia, pero este alivio era momentáneo, porque al flaquearle los pies y caer de nuevo el cuerpo por su peso, se reanudaban las contracciones, los calambres, la cianosis y la tetanización. Para sobrevivir tenía que seguir haciendo esa dolorosa maniobra de levantamiento, pero cada vez las fuerzas eran menos y la maniobra, cada vez más dificultosa. Fueron tres horas de agonía, de subidas y bajadas del cuerpo, cuyo agotamiento iba en aumento. Terminó siendo incapaz de hacerlo.

Vista de la posición adoptada por el Hombre de la Síndone en la crucifixión.

Vista de la posición adoptada por el Hombre de la Síndone en la crucifixión.

Los calambres y la tetanización se extendieron por todos sus tendones y sus músculos. Comenzaron en los brazos, se extendieron al tórax – cuyos músculos son tan importantes para la respiración -, al torso, el abdomen y a las piernas. No podemos hacernos una idea de lo terribles que fueron estas tres horas para un Hombre que llevaba varios días sufriendo. Si cuando hacemos deporte y nos da un calambre en una pierna nos quedamos paralizados por el dolor, ¿qué sería sentir estos calambres continuamente en todas las partes del cuerpo? Ni imaginarlo podemos.

La posición de los brazos y todo el peso del cuerpo tirando de ellos le produjo, como hemos dicho anteriormente, una potente sudoración (exceso de sudor) y no solo en la frente, sino por todos los poros del cuerpo, sudor que caía hacia el suelo formando un charco en el mismo. Esto le produjo un intenso frío en todo el cuerpo por más que su temperatura corporal superaba los 40º C. Cada vez con menos fuerzas, cada vez más impotente, hecho un verdadero guiñapo y con la tensión arterial por los suelos. Cada vez respiraba menos porque cada vez le costaba más apoyarse en los pies para elevar el cuerpo.

Cristo Crucificado. Óleo de Pedro Pablo Rubens.

Cristo Crucificado. Óleo de Pedro Pablo Rubens.

En este terrible estado de postración, cada vez la sangre tenía menos oxígeno y más anhídrido carbónico, su piel estaba mas azulada, los músculos estaban más contraídos, aumentaba más el dolor y peor podía respirar. Así, no podía vivir. Los órganos vitales se degradaron, comenzaron a fallar los riñones y el hígado (ya dañados por la flagelación), el ritmo cardíaco se trastornó y el corazón entró en una arritmia incontrolada, llegando a la fibrilación ventricular. En estas condiciones, la vida era imposible: el cuerpo estaba cianótico en su totalidad, se asfixiaba, el tórax estaba hinchado, los ojos desencajados, la cara desfigurada, la mente obnubilada y prácticamente ciego. Aunque era joven (37-38 años de edad) y había sido fuerte, su naturaleza no pudo más: susurró un último deseo al Padre, inclinó la cabeza y expiró. “Todo está consumado, e inclinando la cabeza, entregó su espíritu” (Juan, 19, 30).

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Así murió nuestro Salvador, el Señor de la Vida. En ese instante, la Creación entera se estremeció. “Inmediatamente, el velo del Templo se rasgó en dos de arriba abajo, la tierra tembló, las rocas se partieron y las tumbas se abrieron…, y el centurión y los guardias que lo custodiaban, al ver el terremoto y todo lo que pasaba, se llenaron de miedo y dijeron: ¡Verdaderamente, este era el Hijo de Dios!” (Mateo, 27, 51-54).

Añadamos las palabras del salmista: “Miserere mei, Deus: secundum magnam misericordiam tuam. Et secundum multitudinem miserationum tuarum, dele iniquitatem meam”. (Salmo 50, 3).

(“Miserere”, Salmo 50)

Antonio Barrero

Bibliografía:
– Cabezón Marín, C., “Así murió Jesucristo”, Edicel, Centro Bíblico Católico, Madrid 2003.
– Hermosilla Molina, A., “La pasión de Cristo vista por un médico”, Sevilla, 1984
– Sagrada Biblia de Jerusalén.

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

3 pensamientos en “La Muerte de Jesús (II)

  1. Valla descripcion de la muerte de nuestro señor Jesucristo muy desconocida para mi no cabe duda que cada dia se aprende algo nuevo saludos.

  2. Gracias Antonio, siempre aprendo algo nuevo con tus artículos. Esperaba que pasaran los días santos (en los que estoaba muy ocupado) para comentar. Lo que principalmente creo fue causa de la muerte, fue la asfixia de quedar el cuerpo suspendido de la cruz, aunque tambien podía ser la causa la dura flagelación a la que fue sometido.
    Sin embargo no nos quedamos en la muerte puesto que es una alegría su resurrección. ¡El no está aquí, ha resucitado!

  3. La Muerte de Nuestro Señor Jesucristo es uno de los tres misterios de nuestra religión, no se puede entender como es que Él siendo Dios haya muerto. En lo particular para mi es una circunstancia que mayor adoración, respeto y veneración merece.
    Sólo te hago ahora un pregunta, aunque no eres el crucificado para responderla: no pongo en duda que Jesús padeció todo esto, pero ¿que se puede agregar a lo que Él dijo: “a mi nadie me quita la vida. Yo la doy cuando quiera y tengo también el poder para recuperarla cuando quiera”. Su muerte física y humana pudo ser un acto de la voluntad de su naturaleza divina más que consecuencias de sus torturas?
    Saludos.

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