San Gregorio Nacianceno, Obispo y Doctor de la Iglesia (II)

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Lienzo barroco del Santo.

Lienzo barroco del Santo.

Constantinopla
La capital del Imperio de Oriente, Constantinopla, luego de cuarenta años y gracias al apoyo de Valente, había quedado en manos de los arrianos, que con habilidad lograron seducir a la población, hasta el punto de que los ortodoxos se redujeron a un pequeño número sin pastor. De aquí salió la iniciativa para que se invitara a Gregorio para que los dirigiera. Es probable que San Basilio en su lecho de muerte haya recordado las capacidades su de amigo y hiciera alguna recomendación como defensor de la Ortodoxia en Constantinopla. Éste se venció a sí mismo y a sus repugnancias y aceptó el cargo. Al proponer a Gregorio, la comunidad vio en él su prestigio, capaz de imponerse en un ambiente difícil, tanto en el medio político como religioso, por lo que se exigía para el cargo un hombre con gran cultura. Sus dotes de orador, exponiendo una doctrina segura y su fuerte compromiso cristiano parecieron presentar a la persona adecuada; afortunadamente en esta ocasión se dedicaría con ahínco a su compromiso. En la casa donde se reunía la comunidad se habilitó una pequeña capilla, conocida como la “Anástasis”; este lugar marcaría la resurrección de la comunidad cristiana fiel a la fe apostólica de Constantinopla.

En la noche de la Vigilia Pascual del año 379 tuvo que soportar un fuerte ataque en el que los fieles fueron apedreados y a él mismo se le intentó asesinar; no tomó mayor importancia del penoso incidente y olvidó todo con un sincero perdón. Sucedió en esos días que se infiltró en la comunidad un filósofo cínico convertido al cristianismo, un tal Máximo, que se presentó como defensor de la doctrina del Concilio de Nicea (325). Tuvo la habilidad de engañar a todos, incluyendo a Gregorio, quien ignorando su pasado, le dio su confianza total. Este hombre conocía la rivalidad que tenía el arzobispado de Alejandría con el arzobispado de Constantinopla y obtuvo que desde aquella sede se enviara un grupo de obispos que lo consagrara a él como obispo para cerrar el paso a Gregorio al arzobispado constantinopolitano. Afortunadamente su ambición precipitada le hizo fracasar y tuvo que buscar otros proyectos. Sin embargo, este suceso lastimó a Gregorio, que tuvo la tentación de huir, pero finalmente le contuvieron sus fieles. Como resultado, él quedo avergonzado y expuesto a las críticas como un ingenuo provinciano incapaz de sobrellevar las políticas y las intrigas de la capital del imperio.

Segundo Concilio Ecuménico. Iglesia de San Atanasio o Gran Laura, Monte Athos, Grecia.

Segundo Concilio Ecuménico. Iglesia de San Atanasio o Gran Laura, Monte Athos, Grecia.

Apostólica y ardua fue la labor que San Gregorio Nacianceno realizó para devolver la fe ortodoxa a Constantinopla; enorme repercusión tuvieron para ello cinco discursos teológicos pronunciados en el verano del año 380, exponiendo con claridad y hondura para instrucción de los creyentes y refutación de los herejes, la doctrina limpia sobre la Santísima Trinidad y la divinidad del Verbo. Su grey quedó afianzada y los grupos heterodoxos como los arrianos, eunomianos, macedonianos y apolinaristas quedaron confundidos. Por medio de estos cinco discursos, San Gregorio Nacianceno llegó a la cima de su pensamiento teológico, mereciendo por esto el sobrenombre de “El Teólogo”. Tal fue su prestigio, que San Jerónimo, que vivía por entonces en Antioquía de Siria, fue a visitarlo para conocerlo. Según su propio testimonio, lo eligió como guía y orientador.

El 24 de noviembre Teodosio entró en Constantinopla, obligando enseguida a los arrianos a devolver a los ortodoxos todas las iglesias, desterró al obispo arriano Demófilo y entronizó solemnemente a Gregorio en la Basílica de los Santos Apóstoles, esperando que su iniciativa fuera aceptada por las autoridades competentes.

El Concilio Ecuménico de Constantinopla
La finalidad del Concilio de Constantinopla se dio en un momento en que las divisiones teológicas y las luchas que surgieron de las mismas tuvieron un espacio de serenidad y con una oportunidad propicia para la unificación religiosa del imperio, que era la voluntad de Teodosio. Este Concilio se convocó para afianzar la fe de Nicea, para hacerla respetar y para establecerla como norma segura. En esta reunión participaron 150 padres conciliares, la mayor parte de ellos de la región oriental, especialmente integrada por el grupo de obispos de Antioquia, cuyo titular, San Melecio, fue investido como presidente del mismo, ya que era el decano del episcopado presente. Sin embargo, San Melecio era la cabeza de una facción semicismática, que tenía dividida a Antioquia, una circunstancia que no era bien vista en Roma por el Papa San Dámaso I, San Ambrosio de Milán y en general, por muchos obispos occidentales y no pocos orientales.

Concilio Ecuménico de Constantinopla.

Concilio Ecuménico de Constantinopla.

El primer punto a tratar fue la asignación de una cabeza al frente de la Iglesia de Constantinopla, por lo que se reafirmó la nulidad de la elección de Máximo y se rectificó como titular a San Gregorio Nacianceno. En este punto se tuvo que examinar cómo el Canon 15 del Concilio de Nicea ordenaba la no transferencia de una sede a otra. Para superar esa dificultad del pasado de Gregorio, San Melecio advirtió que esa norma prácticamente no estaba vigente y que se había escrito para frenar la ambición de poder, que obviamente no era el caso del Nacianceno; además, los traslados se hacían conforme fueran pastoralmente necesarios, como en la presente circunstancia y el mismo Melecio era un ejemplo vivo de ello, pues primero fue obispo de Sebaste y luego de Antioquia. Para remachar y no causar más dificultades a Gregorio, se aclaró también que nunca había tomado posesión de Sásima.

Otro punto que se vio en el Concilio, fue la intención de unir al grupo macedoniano con la ortodoxia. Este grupo aceptaba la divinidad de Cristo pero no la del Espíritu Santo, que era un punto de quiebre respecto a Nicea. Las negociaciones que se hicieron para llegar a un punto de acuerdo no prosperaron, tal vez porque en ambas partes se trataba de actuar con diplomacia y sutileza para no hundir el proyecto conciliar. En este punto San Gregorio Nacianceno se mantuvo inflexible, exponiendo la necesidad de una afirmación tácita de la divinidad de la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, más la buena disposición de ambos bandos con sus puntos de partida estaban muy distantes uno del otro y finalmente los macedonianos abandonaron el Concilio y la ciudad. Acabado este paréntesis, el trabajo continuó con el programa establecido.

Se determinó también que estaba prohibido a los obispos de una diócesis mezclarse en los asuntos de otra. En este punto se estructuró la administración eclesiástica con el uso de las diócesis civiles, demarcaciones políticas con zonas geográficas para una iglesia local. Por encima de un grupo de diócesis se ponía la figura de un metropolitano, que ocupaba la sede en la capital de una provincia del imperio. Esta fue una de las aportaciones más originales de este concilio.

Urna con reliquias del Santo. Patriarcado Ecuménico de Constantinopla, El Fanar, Estambul (Turquía).

Urna con reliquias del Santo. Patriarcado Ecuménico de Constantinopla, El Fanar, Estambul (Turquía).

Un punto álgido fue la asignación del primado de honor a Constantinopla entre las Iglesias Orientales, pues era la sede del poder temporal y conforme a la tradición oriental, la importancia de una sede iba a la par de la importancia política. En el fondo fue una jugada antialejandrina, pues esta sede pretendía la supremacía en Oriente, al haber actuado algún tiempo como sede vicaria de Roma, política que también tenía aires antipáticos hacia Roma.

Así sucedía todo esto con la efervescencia propia de estos tipo de eventos en Oriente, cuando de repente San Melecio murió, quedando vacía la presidencia del Concilio y dejándolo paralizado. Luego de sus funerales, la presidencia y dirigencia del mismo recayó en San Gregorio Nacianceno, que tuvo como primer punto a tratar el espinoso asunto de la sucesión de un pastor para Antioquia, con la finalidad de acabar con el escándalo del cisma que tenía dividida a esa sede; entonces, propuso como candidato al obispo contrario, rechazado entonces como cismático también y que no estaba presente: Paulino de Antioquia.

Esta sede tenía dos bandos confrontados: neonicenos, con San Melecio a la cabeza y Paulino, que dirigía a los veteronicenos. Gregorio pensaba de esta manera que la división que venía desde hacía décadas terminaría con esta propuesta, logrando la pacificación, incluso con los observadores occidentales, que reconocieron a Paulino como legítimo, pero esta propuesta de paz se estrelló contra un muro de intransigencia, tan profundo como largo era el tiempo de la duración del conflicto, hasta el punto de que por ello, los obispos occidentales veían con buenos ojos a los veteronicenos. Además este grupo no olvidaba la intransigencia de San Dámaso I que había pretendido imponerse a San Basilio Magno y al propio San Melecio de Antioquia. Esta animadversión occidental hizo fracasar la propuesta que cicatrizaría la herida y hasta los amigos más cercanos a Gregorio se alejaron de él, pues no podían olvidar lo que San Dámaso hizo batallar a San Basilio. Entonces, los favorables al Concilio se agruparon en torno a Flaviano, el presbítero que más había colaborado con Melecio de Antioquia y Gregorio, enfadado por el resultado, se ausentó de la asamblea aduciendo como excusa su frágil estado de salud. Este comportamiento tan desatinado, le arrebató la simpatía de muchos obispos que lo habían aprobado como obispo de Constantinopla.

Detalle de la mano incorrupta del Santo. Fuente: makisgonimo@blogspot.gr

Detalle de la mano incorrupta del Santo. Fuente: makisgonimo@blogspot.gr

La renuncia a la sede de Constantinopla
Sin embargo, lo peor estaba por suceder, pues llegó ya adelantado el curso del Concilio. Un grupo de obispos llegaron procedentes de Egipto y de Macedonia, sobresaliendo de entre ellos Timoteo de Alejandría, Doroteo de Oxirrinco y Acolio de Tesalónica, aunque que no está claro cuantos y quienes más pudieron ser los demás integrantes de este grupo, solo es seguro hacer referencia a éstos. Su llegada también es motivo de investigaciones, pues no queda claro cómo es que llegaron en ese momento; se piensa que fueron invitados por el propio Teodosio tras las tensiones surgidas. Si así fue, tal vez ocurrió no como una compensación al grupo inferior de los melecianos, sino para hacer más representativa la participación en la reunión y lograr así una restauración más sólida de la enseñanza nicena. A fin de cuentas, fuera como hubiere sido, llegaron protestando por no haber sido convocados desde el principio y se integraron provocando una revancha, revisando y poniendo en discusión las decisiones ya tomadas por el Concilio. No prestaron atención al episodio de Máximo, sino a los puntos vistos posteriormente.

Las quejas se estrellaron sobre la compacta unidad de los melecianos por lo que pasaron al punto de la ratificación de Gregorio como obispo de Constantinopla. Fue Acolio de Tesalónica quien objetó esta circunstancia contraria al canon 15 de Nicea, obedeciendo de esta manera las indicaciones de San Dámaso hechas un año antes. Su intervención fue secundada por los obispos egipcios y no hubiera tenido éxito de no ser porque la relación entre San Gregorio y los melecianos había entrado en crisis. Además, el Santo cometió un error fatal: sus nervios – de constitución frágil y duramente probados en los días precedentes -, se resintieron al haber sido atacado por parte de quienes esperaba apoyo al favorecer a Paulino; entonces, manifestó su deseo de desistir a la dignidad de la que se le acusaba de haberse apropiado irregularmente. En una personalidad compleja y contradictoria como la suya, no es posible excluir que su sinceridad fuera acompañada por otra causa secreta: la de que su aspiración fuera reforzada al ser rechazada y confirmada solemnemente pues así lo parecen explicar sus amargas expresiones: “¡Dejadme ser como el Profeta Jonás! Fui el responsable de la tormenta, pero me sacrificaré por la salvación de la nave. Cogedme y echadme… No fui feliz cuando me ascendieron al trono, y con alegría descenderé del él”.

Reliquias de los tres Doctores Orientales: Basilio, Juan y Gregorio. Monte Athos, Grecia.

Reliquias de los tres Doctores Orientales: Basilio, Juan y Gregorio. Monte Athos, Grecia.

Nadie le había pedido que renunciara a su dignidad y pretendiendo de manera emotiva presentar su dimisión, esperando que le fuera denegada, su actuación fue contraproducente pues la renuncia le fue aceptada, circunstancia que le cayó de sorpresa. Las cosas no se revirtieron para San Gregorio, pues cuando el santo obispo se presentó ante Teodosio para comunicarle su renuncia, éste, a pesar de admirar su elocuencia, de su conducta irreprochable y de sus santas dotes doctrinales, debió convencerse de que Gregorio no era el hombre más apto para dirigir una Iglesia tan delicada como era la de la capital del Imperio y de llevar a buen término la conclusión del Concilio como presidente. Así pues, el Nacianceno se despidió de su sede y del Concilio de manera digna y solemne – aunque sin esconder su amargura -, en la Iglesia de los Santos Apóstoles, en presencia de la Corte y de los Padres Conciliares. Ni siquiera se esperó a la conclusión del Concilio, regresó a Capadocia para reponer su quebrantada salud y recuperar la calma interior luego de estos penosos avatares, retomando la administración de la diócesis de Nacianzo, hasta que años después hizo elegir a su amigo Eulalio para ese cargo. Posteriormente se retiró definitivamente a Arianzo.

Personalidad
Al equilibrio y vivacidad de Basilio, se oponen el idealismo e inconstancia de Gregorio, quien se había apoyado en su amigo como guía seguro. Gregorio fue dueño de una gran inteligencia que lo impulsó como eximio teólogo, un modelo para las generaciones posteriores, aunque también en este campo hay que admitir una inestabilidad de carácter que le impidió una aplicación sistemática y constante. Él fue un literato, un retor, un poeta que experimentaba el placer de encontrarse en el centro de la atención y de las miradas de todos. También tuvo un alma delicada y sensible, a la que cautivaron más las cuestiones espirituales, con una vocación siempre tendiendo a la oración y al recogimiento; las necesidades del momento lo hicieron actuar como se requería, aunque experimentó miedos, dudas, inseguridades y fracasos. Como era muy expresivo, cualquier circunstancia le hacía escribir y por eso su prosa es tan extensa. Hecho más para la contemplación que para la acción, vio claro cuál era su deber y supo sobreponerse y renunciar a su amada soledad.

Humberto

Bibliografía:
– Lodi, E, “Los Santos del Calendario Romano, orar con los santos en la liturgia”. Ediciones Paulinas, Madrid, pp 37-40.
– Sineaux, R. “Los Doctores de la Iglesia”, Editorial Tradición, México, D.F., 1980, pp 69-76.
– VV.AA, “Nuevo Año Cristiano, enero”, editorial EDIBESA, Madrid, 2001, pp 75-88.
– VV.AA, “Año Cristiano enero”, Editorial BAC, Madrid, 2002, pp 49-54. 
– VV.AA, “Diccionario de los Santos, Volumen I”, Ediciones San Pablo, Madrid, pp 998-1003.

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Enlaces consultados:
– www.vatican.va
– www.wikipedia.org

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Un pensamiento en “San Gregorio Nacianceno, Obispo y Doctor de la Iglesia (II)

  1. Muy agradecido por la exposición.

    Cuando uno repasa la historia de la Iglesia, aún indivisa, las tensiones doctrinales que ahora pueden haber en la Iglesia católica pueden parecer casi un juego de niños comparado con las pugnas, alianzas, traiciones y “tutti quanti” que por aquel entonces se producían alrededor de las definiciones básicas de los dogmas de fe, y todo debidamene aderezado con las inevitables interferencias políticas.

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