Beato Martín Martínez Pascual, sacerdote mártir

Fotografía del Beato, tomada por el periodista alemán Hans Gutmann minutos antes de morir fusilado.

Fotografía del Beato, tomada por el periodista alemán Hans Gutmann minutos antes de morir fusilado.

“Hermano, siervo de Dios, practica… la religión” (cf. 1 Tim 6,11). Haciendo referencia a estas palabras del Evangelio, se dirigía San Juan Pablo II al grupo de sacerdotes mártires de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos que fueron beatificados el 1 de octubre de 1995. Estas palabras encajan a la perfección con el carisma fundado por el Beato Manuel Domingo y Sol, que se encargaba precisamente de esto: formar a futuros sacerdotes y catequizar a todos los necesitados.

Infancia
En el pueblo de Valdealgorfa, provincia de Teruel, nació el día 11 de noviembre de 1910 el niño Martín Martínez Pascual. Sus padres eran un matrimonio muy trabajador y cristiano. Dº Martín Martínez Callao era un conocido carpintero de la localidad y Dña Francisca Pascual Amposta era ama de casa. El matrimonio se esforzó en inculcar muchos y buenos valores a sus tres hijos, los educaron en la Fe cristiana desde una religiosidad sencilla. Al día siguiente de nacer, lo bautizaron en la majestuosa iglesia de Nuestra Señora de la Natividad. Le pusieron el nombre de Martín en honor a su padre.

Como todos los niños en su infancia, era travieso y alegre, le gustaba pasar largas jornadas de juegos con sus amigos, llevaba siempre la iniciativa. En el año 1919, cuando contaba con nueve años de edad, ayudaba como monaguillo en el convento que las Hermanas Clarisas tenían cerca de su casa; con estas religiosas le unió hasta su muerte un gran cariño. Aquí se sintió muy atraído por la adoración al Santísimo Sacramento. Le llamó especialmente la atención cómo estas religiosas se arrodillaban y pasaban largas horas de recogida oración delante de la custodia o el sagrario, adorando a Jesús Sacramentado. Este hecho con toda probabilidad fue el que influyó a la hora de encauzar su vida por el sacerdocio, ya que desde muy joven dijo a sus padres que quería ser sacerdote. Uno de sus amigos de infancia recuerda al Beato Martín de esta forma: “De chico era muy bueno y muy piadoso. Animaba a los demás chicos a ser buenos y rezaba con ellos”, Martín “era un santito”.

Los nueve sacerdotes operarios diocesanos beatificados el 1-X-1995. El Beato Martín está marcado con un asterisco.

Los nueve sacerdotes operarios diocesanos beatificados el 1-X-1995. El Beato Martín está marcado con un asterisco.

Vocación
Como ya hemos dicho, el joven Martín sintió muy pronto la llamada al sacerdocio, casi con toda la seguridad podamos decir que esta vocación maduró día tras día en este convento de las Clarisas. Sus padres tenían mucho interés en que el joven fuese Guardia civil, era una carrera con bastantes salidas en aquella época, aparte de que estaba bien vista por la sociedad. Martín era buen estudiante y sus padres estaban convencidos de que no le supondría mucho esfuerzo sacar esta carrera, pero él dijo que no, que sería sacerdote, y así se lo hizo saber al párroco, Dº Mariano Portolés Piquer. Este sacerdote fue muy querido en Valdealgorfa por encargase de cuidar y dirigir las vocaciones religiosas que surgían en este pueblo- que eran muchas –, a todos los seminaristas y novicias daba muy buenos consejos que acompañarían a éstos a lo largo de sus vidas. Algunos vecinos y compañeros del Beato declararon que la vocación del Beato Martín podría venir del ejemplo de Dº Mariano, ya que era un sacerdote modelo que suscitó muchas vocaciones gracias sus virtudes.

Con inmensa alegría marchó desde su pueblo natal hasta el Seminario menor de Belchite (Zaragoza). En los primeros años no destacó del resto de seminaristas, era un seminarista más, aplicado en los estudios y obediente en lo que le encargaban sus superiores. En el tiempo libre que tenía con los demás seminaristas no dejó a un lado sus travesuras, le gustaba gastar pequeñas bromas. Esto cambió de alguna forma cuando empezó a estudiar la materia de filosofía, a partir de entonces se esforzó mucho por alcanzar la perfección en todo aquello que emprendía. No podemos confundir su cambio con una especie de misticismo, todo lo contrario, él siguió esforzándose con la misma sencillez y naturalidad de siempre, aunque sí que es cierto que en esto tuvo que ver mucho “Historia de un alma”, libro de Santa Teresita de Niño Jesús (durante ese tiempo, el Beato Martín leyó este libro). La alegría que desbordaba por donde pasaba todos la recuerdan como una de sus mayores virtudes, era una alegría natural que cautivaba a todos con los que trataba.

Composición fotografica de los mártires de la H.S.O.D. El asterico marca al Bto Martín.

Composición fotografica de los mártires de la H.S.O.D. El asterico marca al Bto Martín.

En esta última etapa del Seminario de Belchite dejó muy buen recuerdo en todos los seminaristas menores. Estos jóvenes lo recuerdan como un hermano mayor muy alegre y simpático, encargado de hacer de mediador en los roces de caracteres que surgían entre ellos. A parte también lo recuerdan por su amor al Santísimo Sacramento, a la Inmaculada Concepción, a San José y a Santa Teresita del Niño Jesús. Sin ni tan siquiera él saberlo, empujaba con su devoto ejemplo a hacer lo mismo a los jóvenes seminaristas, en concreto a visitar al Santísimo y pasar largas jornadas adorándolo. Dº Martín Fuster, paisano suyo y entonces seminarista, lo recuerda de esta manera: “En el Seminario, sobre todo los últimos años, fue ejemplar. En vacaciones era seminarista modelo y apóstol entre nosotros, los seminaristas más pequeños. Ya entonces gozaba de fama, no solamente de bueno, sino de santo”.

En el año 1932 ya estaba cerca el fin de su carrera y con ello pronto sería ordenado sacerdote. El día 12 de noviembre, un día después de haber cumplido veintidós años, recibió la tonsura, un día después los ministerios de ostiario y lector, pocos días más tarde los de exorcista y acólito.

Sacerdote de la Hermandad de los Sacerdotes Operarios Diocesanos
Desde que el Beato Martín leyó los libros de Santa Teresita del Niño Jesús deseaba ser misionero, a medida que pasaba el tiempo está más convencido de serlo. No encontró facilidades para cumplir este deseo, él quería cumplirlo de inmediato y esto conllevaba una serie de “burocracias” que se resolverían a largo plazo, y no a corto plazo como era su deseo.

En el año 1934 solicitó entrar en la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos, instituto fundado por el Beato Manuel Domingo y Sol. El Director General de la Hermandad era Dº Pedro Ruiz de los Paños (beato y mártir), fue él quien dirigió la solicitud de admisión al arzobispo de Zaragoza, quien finalmente lo admitió. Según él mismo Beato Martín contó en una ocasión, ingresó en la Hermandad de los Sacerdotes Operarios con el celo de preparara sacerdotes santos con espíritu apostólico que llevaran el mensaje del Evangelio por todas partes del mundo. Estaba convencido de que siendo él mismo un santo dentro de la Hermandad, surgirían vocaciones de misioneros santos en todos los seminarios de este instituto. En cambio, su familia no mostraba mucho agrado por la idea de que ingresara en la Hermandad, pensaban que en una parroquia de la diócesis podría estar más comunicado con los padres, que ya eran mayores. Finalmente, vieron con buenos ojos su reciente ingreso.

Estampa devocional de los Beatos Mártires.

Estampa devocional de los Beatos Mártires.

En 1934, marcha para Tortosa (Tarragona) donde la Hermandad tenía sus principales casas y seminarios. Aquí se prepara con mucha humildad, alegría, confianza e intensa oración para su ordenación. El 4 de noviembre de 1934 fue ordenado subdiácono, el 10 de febrero de 1935 fue ordenado diácono y el 15 de junio de 1935 recibió la ordenación sacerdotal en Tortosa. Cantó la primera misa en la casa de Probación y después marchó hasta su pueblo, Valdealgorfa, para celebrar su segunda misa. Era el día del Corpus Christi y por la tarde sacó al Santísimo Sacramento en procesión por el pueblo.

Formador de sacerdotes en Murcia y última prueba: el martirio
En el curso que comprendía entre los años 1935-36, el Beato Martín fue destinado al colegio de vocaciones de San José en Murcia como formador y también como profesor de latín en el seminario Mayor de San Fulgencio. Era su primer destino como sacerdote y lo desempeñó poniendo todas sus fuerzas e ilusión. En este año su trabajo hizo una gran reforma, fue muy valorado y reconocido por superiores y alumnos. Muchos de sus alumnos dirían: “De no haber sido mártir, habría llegado a ser Santo de todas formas”.

En 1936 el ambiente político ya empezaba a preocupar al joven Dº Martín, no obstante, no se vino abajo por nada de lo que se veía y oía en la ciudad, mostraba siempre su confianza en la Providencia. Si por algo se preocupaba era por los jóvenes seminaristas, por si perdían la vocación en estos difíciles momentos. El 26 de junio de 1936 marchó para Tortosa a unos ejercicios espirituales, donde muchos de los sacerdotes de la Hermandad asistían (de los treinta asistentes a dichos ejercicios, murieron mártires veintidós). Terminados los ejercicios se dirigió a su pueblo natal, ese mismo día unos milicianos de otra localidad venían con órdenes estrictas de persecución a Valdealgorfa. Por esta razón celebró su última misa en público, comulgaron todas las monjas y los sacerdotes concelebrantes con el mayor recogimiento.

Desde este mismo día no le quedó otra opción que vivir oculto y vestir como laico. Estando oculto en la casa de sus padres, los milicianos fueron a buscarlo en varias ocasiones y él huía saltando tapias de una casa a otra, llevando encima el Santísimo Sacramento por si tenía ocasión de visitar por la noche a algún enfermo o moribundo. Después de deambular de casa en casa de sus buenos vecinos, marchó a ocultarse en una cueva a las afueras del pueblo. Aquí permaneció más de veinte días, que fueron su particular Viacrucis. Jesús Sacramentado, que lo acompañaba en esas horas amargas, era su fortaleza, intensificaba la oración y rezaba sin descanso, estaba seguro de que le quedaba poco tiempo para morir mártir.

Templo de la Reparación de Tortosa, España. Aquí yacen algunos Beatos de la H.S.O.D

Templo de la Reparación de Tortosa, España. Aquí yacen algunos Beatos de la H.S.O.D

El día 18 de agosto el comité emitió un bando para que se presentaran todos los sacerdotes del pueblo, al no acudir el Beato Martín, arrestaron a su padre con la amenaza de matarlo. Unos vecinos le hicieron llegar la noticia a la cueva donde se ocultaba y de inmediato corrió sin descanso para llegar al pueblo. Muchos vecinos se lo cruzaron y aseguraban que estaba alegre y sin muestras de miedo. Un miliciano amigo de la familia se acercó y le dijo que a él y a su padre no les pasaría nada, pero Martín le dijo al miliciano que les perdonaba a todos, a continuación le dio un abrazo para sus familiares y le aseguró que perdonaría a sus asesinos. Al poco tiempo fue detenido por confesar que era “Martín Martínez, sacerdote como los demás detenidos”. Sólo permaneció unos minutos encarcelado junto los demás sacerdotes del pueblo, en estos pocos minutos le dio tiempo a compartir las sagradas formas que llevaba ocultas, así pudieron comulgar todos. Seguidamente los montaron en un camión y pasaron a recoger a un grupo de seglares que tenían presos en una ermita, al subir éstos al camión, el Beato Martín dijo en voz alta: “¡Qué lástima no haber sabido yo esto, porque hubieran participado también éstos del banquete celestial!”.

En el momento final, los milicianos le dijeron que si quería decir sus últimas palabras, muy sereno dijo: “Yo no quiero sino daros mi bendición y que Dios no os tome en cuenta la locura que vais a cometer”. Acto seguido le ordenaron que se volviera de espaldas, y se dirigió a los milicianos diciendo: “Moriré de frente porque no he hecho ningún mal”. Al empezar los disparos gritó: “¡Viva Cristo Rey!” y se abrazó al joven Martín Fuster, que apenas había cumplido un mes desde que cantara su primera misa. Esto fue una prueba más de su protección, cariño y unión por las jóvenes vocaciones sacerdotales. Tenía veinticinco años y como vemos en la foto que abre el artículo murió alegre, sereno y amando a la Iglesia.

Beatificación
Después de reconocerse el martirio de este grupo de nueve Sacerdotes Operarios Diocesanos, encabezado por el Beato Pedro Ruiz de los Paños, fueron beatificados por San Juan Pablo II el 1 de octubre de 1995, junto a varios grupos de otros mártires del siglo XX de España. Estos nueve mártires no recibieron juntos el martirio, tampoco el mismo día, ni siquiera en la misma ciudad, pero la H.S.O.D unificó las causas. Actualmente los restos de parte de ellos descansan en el templo de la reparación de Tortosa.

David Garrido

Bibliografía:
– RUIZ MARTÍNEZ, Francisco, Beato Martín Martínez, sacerdote mártir, 1910-1936.

Enlaces consultados (28/01/2015):
– www.eltestigofiel.org/lectura/santoral.php?idu=4862
– www.sacerdotesoperarios.org

San Feliciano en Giugliano

Detalle del busto de la figura que contiene las reliquias de San Feliciano, mártir de las catacumbas venerado en Giugliano, Italia.

Detalle del busto de la figura que contiene las reliquias de San Feliciano, mártir de las catacumbas venerado en Giugliano, Italia.

Introducción
La vida cristiana está marcada por el don del Espíritu Santo que habla en nosotros y nos hace reconocer a Dios como Padre. El Espíritu de Jesús es el don que, de ser aceptado por nuestra libertad, ligándonos a Cristo, nos une a su destino: la santidad. De hecho, la Plegaria Eucarística III dice: “Padre Santo, fuente de toda santidad”; es el Padre que en Cristo, por obra del Espíritu Santo, aceptado por nuestra libertad, nos santifica. Así que cada uno de nosotros puede decir con el apóstol Pablo: “Por la gracia de Dios soy lo que soy y su gracia en mí no ha sido vana”. El Espíritu Santo, la gracia de Dios, nos es concedida a todos, es un don gratuito de Dios, es un don igual para todos porque es uno y es indivisible. Lo que crea la diversidad es causada por la respuesta de la libertad de cada uno de nosotros. Es precisamente aquí donde está la diferencia entre todos nosotros y los santos.

La Iglesia, según su tradición, venera a los santos y honra a sus reliquias y a sus imágenes; en las fiestas de los santos proclama las maravillas de Cristo en sus Siervos y le propone a los fieles ejemplos a los que imitar. Los primeros santos venerados en la Iglesia fueron sus propios mártires (testigos): aquellos hombres y mujeres que derramaron su sangre por mantenerse fieles a Cristo, el cual había sacrificado su vida por todos en la cruz: “Ninguno tiene un amor más grande que el que da la vida por sus amigos”. Jesús había preanunciado las persecuciones a las que se verían sometidos sus discípulos: “Yo os envío como ovejas en medio de lobos… seréis conducidos ante los gobernadores y reyes por mi causa, para dar testimonio ante ellos y ante los paganos. Y cuando seáis entregados en sus manos, no os preocupéis cómo y qué cosas deberéis decir: No seréis vosotros quienes habléis sino el Espíritu del Padre el que hablará por vosotros”.

La historia de la Iglesia, en todos los tiempos y en todos los lugares, desde la época apostólica hasta nuestros días, ha estado marcada por el testimonio de innumerables cristianos que han sido arrestados, torturados y matados por odio a Cristo. El martirio ha sido siempre tenido por los cristianos como un don, una gracia, un privilegio, la plenitud del Bautismo, porque así “somos bautizados en la muerte de Cristo”. El Concilio Vaticano II afirma: “desde los primeros tiempos, algunos cristianos han estado llamados a dar este supremo testimonio de amor delante de todos y también delante de los perseguidores y otros seguirán siendo llamados. El martirio hace al discípulo similar a su Maestro, que aceptó libremente la muerte para salvar al mundo y lo confirma con el derramamiento de su sangre; porque el martirio es estimado por la Iglesia como un don eximio, como una prueba suprema de caridad”. Fueron sobre todo los primeros cuatro siglos de la Iglesia los que se caracterizaron por feroces persecuciones que dieron un sin fin de mártires, que revelaron la fuerza del Espíritu del Padre hasta el punto de que Tertuliano decía a los paganos: “La sangre de los mártires es semilla de cristianos”.

Vista de la lápida de San Feliciano, mártir de las catacumbas venerado en Giugliano, Italia.

Vista de la lápida de San Feliciano, mártir de las catacumbas venerado en Giugliano, Italia.

Los cuerpos santos
Con el término “cuerpo santo” se identifican a aquellas reliquias óseas que, provenientes de las catacumbas romanas y no sólo de ellas, fueron trasladadas a la ciudad de Roma y repartidas por todo el Orbe en un perídodo que comprende desde finales del siglo XVI a la segunda mitad del siglo XIX. Pero ¿por qué “cuerpo santo” y no “santo cuerpo”? La posición diferente del atributo (santo) respecto al objeto (cuerpo) determina una sustancial diferencia: podemos definirla como una certeza de identidad del sujeto. El “cuerpo santo”, como tal, es un objeto, el cuerpo de un difunto de las catacumbas, que solo con posterioridad ha tenido un valor sagrado. Pero, ¿cómo reconocer un “cuerpo santo” de las catacumbas? ¿Es que todas las sepulturas eran de mártires?

Este es un gran discurso que dejamos a otros estudiosos; aquí sólo queremos recuperar a Marcantonio Boldetti (el famoso custodio pontificio encargado de la extracción de los cuerpos de las catacumbas), el cual daba por auténticos los restos descubiertos atribuyéndolos a un mártir de los tres primeros siglos. La simbología que definía la sepultura de un mártir era: la palma, el XP, el escrito B.M. (Beato mártir) y, posteriormente, en su interior un “vas sanguinis”. A veces, la lápida ponía el nombre del “mártir”; en caso contrario, después de la extracción se le atribuía un nombre, siendo varios los criterios utilizados para renombrar a los “cuerpos santos”: el nombre de un obispo diocesano o del pontífice de turno, el nombre del titular de la iglesia que acogiese el cuerpo, el nombre de la catacumba de la que había sido extraido, etc. Lo que importa actualmente es la validez simbólica del “cuerpo santo”: un cristiano de la iglesia de los primeros siglos, que estaba en comunión con la Sede de Pedro, que era un testimonio veraz del Evangelio y que, finalmente, donó su propia vida con el martirio.

Finalmente decir que el culto de las reliquias, que deriva del honor tributado al difunto, es hoy recomendado, pero no es impuesto por la iglesia. El Concilio de Trento, en su sesión número veinticinco, enmendó los excesos y el Concilio Vaticano II, así lo expresa: “La Iglesia, según su tradición, venera a los santos, a sus reliquias auténticas y a sus imágenes”. El culto a los “cuerpos santos” hoy en día se manifiesta de diferentes formas: algunos han caido en el olvido o han desaparecido pero sin embargo, otros tienen un culto muy vivo llegando a ser el santo patrón de algunas localidades.

Detalle de la urna de San Feliciano, mártir de las catacumbas venerado en Giugliano, Italia.

Detalle de la urna de San Feliciano, mártir de las catacumbas venerado en Giugliano, Italia.

“FELITIANUS. D IN PACE XP”
En lo relativo al “cuerpo santo” de Giugliano (el de San Feliciano), ¿qué podemos decir? En primer lugar que su nombre es propio, que no es un nombre impuesto posteriormente, ya que este nombre consta en la misma lápida. También podemos hacer otras observaciones en lo referente al “D IN PACE” y al “XP”, que dan testimonio de que la sepultura es de un cristiano, ya que las catacumbas eran también la sepultura de personas que no profesaban la fe en Cristo. El “XP” es el monograma de Cristo (gr. Χριστός), que está insertado en la lápida para identificar la religión a la que pertenecía el difunto, pero que también es un signo de reclamo pascual y por tanto, de resurrección. El término “IN PACE” hace referencia a la paz eterna que se solicita para el difunto: el Paraíso. Así que podemos decir que Feliciano es de Cristo en cuanto que fue bautizado, pero también está en Cristo, por el hecho de que se encuentra en la paz del Paraíso. En la lápida también aparecía una letra “D”. ¿Qué podemos decir acerca de este signo? Una probable interpretación devota viene a decirnos que nuestro Feliciano era un diácono, pero al conectar la “D” al “IN PACE”, podemos traducirlo como “depositus”, luego entonces: Feliciano reposa en la paz de Cristo.

Hagamos por último una referencia crítica a la novena de San Feliciano, datada en el 1795 y que es obra del reverendo Paoli. El texto nos cuenta el traslado de los restos del mártir y su llegada a Giugliano. Hasta aquí, nada que objetar, pero en lo referente a la escena hagiográfica del martirio, tenemos que hacer algunas objecciones: de hecho no hay ningún elemento histórico para reconstruir absolutamente nada acerca de la vida y del martirio de este “cuerpo santo” llamado Feliciano, venerado en la capilla del Palacio del Príncipe Colonna di Stigliano.

Concluyamos con algunas observaciones sobre la figura que contiene los sagrados huesos. Nuestro Feliciano está vestido de soldado y aunque no tiene armadura verdadera y propia, la factura nos induce a pensar en un soldado romano (era típico pensar en un mártir como soldado romano y así se piensa de San Sebastián, San Expedito, San Fermo y otros muchos), pero ¿por qué? La sensación era soldado de Cristo (pensemos en el sacramento de la Confirmación por el cual nos convertimos en soldados de Cristo). Feliciano es un soldado del Reino de Dios: saca la espada y viste el yelmo. Estos son signos de lo que podríamos llamar “memoria paulina”. Pero entonces, para realzar esta cuestión, el “mártir” lleva sobre su pecho el “XP”, “por Cristo, con Cristo y en Cristo” podríamos decir. Sobre su cabeza lleva una coronilla de flores blancas, signo de la pureza de su fe o de sus virtudes. También la figura muestra signos de que era joven de edad. Entonces, ¿qué decir? Que el “cuerpo santo” de Feliciano es un bello ejemplo de cómo nuestros padres deben educarnos, de manera clara y visible en los valores que debe mover el mundo; en una palabra después de todo lo dicho: Cristo y su Evangelio.

Damiano

Santos larineses

Santos Primiano, Firmiano y Casto. G. Petroschi, Archivo histórico-diocesano de Termoli-Larino.

Santos Primiano, Firmiano y Casto. G. Petroschi, Archivo histórico-diocesano de Termoli-Larino.

Larino, Lesina y Lucera son tres localidades cercanas entre si, pertenecientes a las actuales provincias italianas de Campobasso y Foggia, en las regiones de Molise y Puglia, relacionadas desde el punto de vista hagiográfico, con unos santos sobre los cuales queremos escribir hoy. Estos santos son:

Santos Primiano, Firmiano, Casto, Alejandro y Tellurio, mártires
A principios del siglo IV, durante la persecución de Diocleciano, en la región italiana de Molise fueron sacrificados los mártires de Larino, Primiano, Firmiano y Casto. El culto a estos santos se asentó firmemente durante el primer milenio, como lo demuestra la existencia de una basílica paleocristiana del finales del siglo IV dedicada a ellos, construida sobre un templo dedicado el dios Marte, que se cree fue el lugar donde estos mártires fueron decapitados. Entre los siglos VIII y X, cerca de esta basílica se construyó un monasterio benedictino, que alrededor del año 1300 fue absorbido por la Orden de Malta dándole el título de “Commenda de San Primiano”. Este antiguo templo, por estar en ruinas, fue demolido en el siglo XVIII por el obispo de Larino, Carlos María Pianetti. Los cuerpos de dos de estos santos – Primiano y Firmiano – se han visto trasladados de aquí para allá y vamos a ver el por qué, aunque lo veamos desde los tiempos más modernos a los más antiguos.

El 28 de abril del año 1598 fueron llevados a Nápoles y puestos en la iglesia de la Anunziata, las reliquias de los santos Primiano, Firmiano, Alejandro y Tellurio. ¿Por qué? Porque estando completamente en ruinas la ciudad y catedral de Lesina (Foggia) a causa de unas inundaciones producidas por el Mar Adriático, el sacerdote Aurelio Marra recibió el encargo de la casa real de Nápoles de preocuparse de la restauración del templo, pero juzgando que irremediablemente tenía que ser reconstruido, cosa que no era posible, entró en la cripta para recuperar las reliquias que en ella se guardaban. Y así encontró sepultados bajo el altar de la cripta, los cuerpos de estos santos dentro de unas urnas de mármol que contenían dentro unas láminas de plomo con sus respectivos nombres. De entre ellos, Primiano era considerado mártir porque en la catedral de Lesina existía una pintura en la que estaba representado con la palma del martirio en la mano. Todo esto nos lo narra así el propio sacerdote Marra, en un texto que fue publicado en las “Actas de los santos de Abril”.

Litografía de San Primiano. F. Apicella,

Litografía de San Primiano. F. Apicella,

Existe otro documento aun mas antiguo, la “Vita sancti Pardi episcopi”, escrita en el siglo XI por un diácono de Larino llamado Radoino, que también es considerado como un documento digno de toda credibilidad. En esta “Vita” se cuenta que cuando los bizantinos destruyeron la ciudad de Lucera en tiempos del emperador Constante II (641-668), el obispo y los fieles de aquella ciudad se marcharon a un lugar más cercano al mar y allí fundaron la ciudad de Lesina.

En el año 842, los sarracenos, en una de sus periódicas y sanguinarias incursiones en las costas italianas, destruyeron también la antigua ciudad de Larino y fue entonces cuando los habitantes de Lesina, viendo el abandono en el que se encontraba la ciudad y para proveer a sus iglesias de reliquias sagradas se llevaron las de los santos Primiano y Firmiano. Así quedó narrado: “Furtim tulerunt duo corpora sanctórum Primiani et Firmiani ibi quiescentium et duxerunt Lesinam” (creo que no hace falta traducción).

El hecho es plenamente verosímil en una época en la que “estas rapiñas sagradas” estaban a la orden del día. De esta información sabemos que en Larino eran venerados estos dos mártires que eran oriundos de la misma ciudad, que de Larino pasaron a Lesina y que desde Lesina fueron trasladados a Nápoles. Pero ¿y los otros dos?, ¿qué se sabe de Alejandro y de Tellurio? Pues de estos dos, de sus vidas y si fueron o no fueron mártires, no sabemos absolutamente nada, aunque sin embargo, los cuatro han sido unificados en una única celebración del calendario napolitano, fijándose esta fecha en el 28 de abril, que es el día del traslado desde Lesina a Nápoles.

 Reliquias de los santos Primiano y Firmiano, mártires de Larino, Nápoles.

Reliquias de los santos Primiano y Firmiano, mártires de Larino, Nápoles.

Pero al principio dijimos que con Primiano y Firmiano fue sacrificado también San Casto. ¿Qué ha sido de él?, ¿donde están sus reliquias?, ¿por qué no hemos hecho hasta ahora ninguna mención suya? Existe un documento sobre la inauguración del templo larinese de La Visitación (que es la actual iglesia de Nuestra Señora de las Gracias), en el que se dice que el obispo de Larino, Monseñor La Rocca, entre el 28 de julio y el 5 de agosto de 1833 llevó desde la catedral hasta esta iglesia el cuerpo de San Casto, que probablemente siempre estuvo en Larino ya que, según la tradición, no fue encontrado por los lesineses que robaron los otros dos cuerpos de Primiano y Firmiano.

San Pardo, obispo
Mientras que Ferrari defiende que San Pardo era un obispo de Larino, Ughelli mantiene que no, sino que era un obispo de una ciudad del Peloponeso repitiendo las noticias aportadas por una leyenda según la cual, el santo se vio obligado a huir de su sede a causa de la persecución contra los cristianos, buscando refugio en Roma cerca del Papa, el cual le ofreció una sede episcopal que él rechazó porque quería vivir en soledad en un eremitorio cercano a Lucera, en el cual pasó los últimos años de su vida. Después de su muerte, los habitantes de Larino recogieron su cuerpo y lo sepultaron en una iglesia que con el tiempo llegó a ser la catedral de la diócesis.

Relicario de San Tellurio mártir. Chiesa dell’Annunziata, Nápoles.

Relicario de San Tellurio mártir. Chiesa dell’Annunziata, Nápoles.

Como patrono de la ciudad y de la diócesis, San Pardo era celebrado el 26 de mayo, mientras que el 17 de octubre se conmemoraba el descubrimiento de su cuerpo. En unas notas posteriores añadidas por Coleti a la obra de Ughelli, se dice que San Pardo era obispo de Larino, considerándolo como el primer obispo de dicha sede. Sin embargo, la “Vita sancti Pardi episcopi” escrita por el diácono Radoino, que tiene toda la credibilidad de los bolandistas, quienes la han publicado, no proporciona ningún dato histórico que pueda fijar una cronología segura sobre San Pardo, aunque todo parece indicar que vivió en el siglo VII y que el traslado de su cuerpo se realizó en el siglo IX.

Expliquémoslo un poquito más. Existen dos biografías de San Pardo: una la del diácono Radoino y otra de autor anónimo del siglo X, pero sin embargo, como ha escrito el historiador Salvatore Moffa, ninguna de ellas ayuda a arrojar suficiente claridad sobre la vida del santo. Ambas coinciden en que el obispo Pardo, tuvo que abandonar su sede en el Peloponeso, buscar refugio en Roma y ser autorizado por el Papa a vivir en soledad cerca de Lucera. Lo que está en dudas es si fue o no fue obispo de Larino.

Como ya hemos dicho antes, aprovechándose de la devastación de Larino, los habitantes de las localidades cercanas se llevaron los cuerpos de los santos existentes en aquella ciudad. Pero los larineses, dándose cuenta del robo decidieron buscar los restos de sus conciudadanos y cerca de Lucera encontraron la tumba de San Pardo, decidieron coger su cuerpo y lo llevaron a Larino en un carro tirado por bueyes.

Busto relicario de San Pardo. Catedral de Larino, Italia.

Busto relicario de San Pardo. Catedral de Larino, Italia.

De los datos aportados por Radoino hay quienes deducen que el Papa que estaba en Roma en tiempos de San Pardo era San Cornelio y ya sabemos que este pontífice ocupó la sede de Pedro desde marzo del 251 a junio del 253. Este dato sería muy importante para poder fijar la época en la que vivió San Pardo, si es que este dato fuera cierto. También los habitantes de Lucera dicen que San Pardo fue su primer obispo, pero los datos históricos nos dicen que la presencia de una primera sede episcopal en Lucera fue en el siglo V, aunque es cierto que esto no implica que con anterioridad no hubiese llegado a dichas tierras el mensaje evangélico.

Monseñor Tria, basándose en las dos biografías antes mencionadas, que fueron publicadas en Roma en el año 1741, mantiene que San Pardo vivió entre finales del siglo VI y principios del siglo VII. El historiador Francisco Lanzoni en sus estudios sobre la historia de las diócesis italianas dice que un obispo dauno de nombre Pardo participó en el año 314 en el Concilio de Arlés convocado por el emperador Constantino para resolver la controversia donatista y no descarta que este Pardo sea el obispo venerado en Larino.

Algunos estudiosos contemporáneos como Giorgio Otranto, Pietro Di Biase, Antonio Papagna o Ada Campione sostienen que el Pardo del año 314 pertenece a la comunidad dauna de Salpi, que era una ciudad romana fundada en el siglo I, que surgió a poco más de veinte kilómetros al sur de Siponto, en la actual Manfredonia, justo al norte de Trinitápoli. Teniendo en cuenta que un obispo de los primeros siglos del cristianismo llamado Pardo se nombre en un documento histórico y que es aquel cuyo nombre figura claramente como el tercer firmantes de las actas conciliares aprobadas en Arles en el 314, es lógico aceptar la hipótesis de Lanzoni de que este Pardo y el patrono de la diócesis de Larino sean una misma persona.

Reliquias de San Pardo en la catedral de Larino, Italia.

Reliquias de San Pardo en la catedral de Larino, Italia.

Sobre su culto en Larino digamos que sus reliquias llegaron a Larino el 29 de mayo del año 842, que fueron puestas en la iglesia dedicada a la Virgen María, que con toda probabilidad se identifica con la parte más antigua de la actual catedral. En el año 1320 las reliquias fueron puestas en el altar mayor. El 18 de mayo del 1492, el obispo Bonifacio hizo trasladar el sepulcro de mármol que contenía las reliquias a una especie de catacumba existente en la nave derecha de la catedral. Posteriormente fueron trasladadas nuevamente al altar mayor de la catedral, habiéndosele hecho en el siglo XX dos reconocimientos canónicos: uno en el 1918 y otro en el 1997.

Antonio Barrero

Bibliografía:
– Lucchesi, G., “Bibliotheca sanctórum, apéndice I”; Città Nuova Editrice, Roma, 1987
– Mongelli, G., “Bibliotheca sanctórum, tomo X”, Città Nuova Editrice, Roma, 1990
– VV.AA. “Analecta bollandista, XXXVIII”, 1929.

Enlaces consultados (27/12/2014):
– www.cattedralesanpardo.it
– www.pinomiscione.it/historica/status-qu%C3%A6stionis

San Judas Tadeo, siervo de Jesucristo

Busto barroco alemán del Santo apóstol.

Busto barroco alemán del Santo apóstol.

Aunque son varias las opiniones de los Santos Padres y de los evangelistas sobre la piadosa prosa del apóstol San Judas Tadeo, todos comparten la opinión de que históricamente, él es descendiente del linaje real de David y por lo tanto, como tal, es consaguíneo de Jesucristo. En efecto, el padre de San Judas, llamado Cleofás, era hermano de San José, esposo de la Santísima Virgen; la madre, llamada María de Cleofás, era prima de la mismísima Virgen María, luego San Judas Tadeo era primo carnal de Jesús.

San Judas fue uno de los doce apóstoles y es enumerado, según San Mateo, en el décimo puesto de la jerarquía apostólica y, según San Lucas, en el undécimo puesto. El campo de acción de San Judas fue amplísimo; primero evangelizó Judea, después Mesopotamia y finalmente, Persia llevando a esos lugares la luz de la verdad, transmitiendo la palabra del Señor y obrando, en su nombre, los milagros más significados. El número de sus discípulos aumentaba de día en día, atraía hacia sí a muchísimos cristianos, nombraba diáconos, ordenaba a sacerdotes y obispos y fundaba iglesias cristianas en todas las tierras por las que pasaba.

Vuelto de Persia, se reunió con el apóstol San Simón y junto a él tuvo que combatir firmemente contra las herejías de Zaroes y de Arfexat, sacerdotes idólatras, que habían transtornado la conciencia de aquel pueblo, preparándole para revelarse contra la palabra y las obras de los dos santos apóstoles. San Judas sabía que su misión terrena llegaba a su fín y que el martirio, para gloria de Dios, era inminente.

Estando juntos en Suamyr, en Persia, los dos apóstoles buscaron alojamiento junto a un discípulo llamado Semme; la mañana siguiente a su llegada, los sacerdotes idólatras de aquella ciudad, seguidos de una gran multitud de gentes incitadas por las presiones de Zaroes y Arfexat, rodearon la casa de Semme reclamando a voz en grito la entrega de los dos apóstoles: “Entréganos, Semme, inmediatamente a los enemigos de nuestros dioses o quemarenos la casa”. Estas palabras amenazantes no admitieron réplica: San Judas y San Simón se entregaron, víctimas por su fe, a las manos de aquellos enloquecidos que les obligaron inútilmente a adorar a los ídolos. Apaleados hasta la muerte, encontraron fuerzas para mirarse a los ojos y San Judas, vuelto hacia su compañero de martirio, le dijo: “Hermano, veo al Señor Nuestro Jesucristo, que nos llama hacía sí”.

Milagros de los Santos Simón y Judas. Iluminación de un manuscrito de la Leyenda Áurea, Jean le Tavernier (s.XV).

Milagros de los Santos Simón y Judas. Iluminación de un manuscrito de la Leyenda Áurea, Jean le Tavernier (s.XV).

Aquella turba de idólatras, ignorante de estos celestiales coloquios, empujadas por un furor insano, se abalanzó con mayor furia sobre los cuerpos sanguinolentos de los dos santos apóstoles, destrozándolos: la corona del martirio brillaba sobre sus gloriosas cabezas. Mientras sus almas volaban hacia la Patria eterna y eran puestas a la derecha del Padre por Aquel que había dado su vida en holocausto, el cielo de Suamyr, teatro de aquel bárbaro martirio, fue rasgado por terribles rayos, el templo idólatra se derrumbó y los dos sacerdotes Zaroes y Arfexat fueron fulminados por la justicia divina. Se estima que el martirio ocurrió en el año 70 de la era cristiana, o sea, treinta y seis años después de la Ascensión de Jesucristo a los cielos.

Los cuerpos de los dos santos apóstoles fueron custodiados en Babilonia, en un suntuoso templo hecho construir en tres años por un rey cristiano, llegando a ser su sepulcro inmediatamente glorioso por la frecuencia de los milagros obrados por los dos santos. Desde Babilonia las reliquias fueron llevadas a Roma y puestas en la Basílica Vaticana a los pies de un altar dedicado a los dos santos apóstoles mártires. En la Basílica de San Pedro del Vaticano, las reliquias de Simón el Cananeo y Judas Tadeo son veneradas desde el 27 de octubre del año 1605 en el altar central del transepto izquierdo o tribuna de los Santos Apóstoles Simón y Judas, que en el año 1963 fue dedicado a San José, patrono de la Iglesia Universal. Los restos estuvieron previamente puestos en un altar dedicado a ellos en la antigua basílica, que fue transformado en capilla por el Papa Pablo III. El cráneo de San Simón se encuentra en el Museo de la catedral de Pienza.

La Iglesia griega lo venera el día 19 de julio con gran solemnidad. Es importante el culto que le tributan los armenios que fijan la fecha de la memoria del santo el día 16 de febrero o los coptos, que lo fijan el 2 de julio. San Judas Tadeo, junto con Santa Rita de Cascia, son invocados como protectores de los casos imposibles. En la Iglesia latina la fiesta de los dos santos apóstoles se celebra el día 28 de octubre.

El Santo mostrando la imagen de Cristo. Estampa devocional.

El Santo mostrando la imagen de Cristo. Estampa devocional.

Judas Tadeo, apóstol de la Síndone
Una tela, el Mandylion (pañuelo) sobre la cual está impresa la imagen del rostro de Jesús. Un viaje desde un camino incierto, copias reproducidas en monedas y en iconos. Una historia que se entrelaza con aquella de la Síndone. Existen documentos que indican que fue el apóstol San Judas Tadeo el que llevó a Edessa (la actual Urfa en Turquia), la imagen que conserva la “fisonomía de la forma humana de Jesús”. Existen testimonios que permiten identificar el propio Mandylion con la tela que se guarda en la catedral de Turín. Emanuela Marinelli, profesora, sindonóloga desde el año 1977 con muchísimos años de cursos formativos, con muchos libros y estudios sobre sus espaldas, vuelve sobre este viaje y esta historia acompañándola con la proyección de numerosas diapositivas.

Estamos en la parroquia de San Giuda Taddeo ai Cessati Spiriti, en el barrio Appio-Latino de Roma, cuatro dias antes de la fiesta patronal que como he dicho se celebra el 28 de octubre. Sin ningún aire de sensacionalismo, impulsado por el párroco don Attilio Nostro, pero con la intención de poner en valor la devoción al santo que nos invita a contemplar el rostro de Cristo. El que propone es Jesús, a través de la memoria de su gloriosa resurrección. Es en este contexto en el que en la parroquia recien inaugurada, es colocada junto al altar de la iglesia, una escultura que representa a Judas Tadeo, con un rostro radiante, con un trapo entre sus manos que lleva impreso el rostro de Jesús. Dice Marinelli: “Él no pide veneración para sí mismo, sino para Cristo”. Judas, llamado Tadeo – o sea “de pecho amplio”, “magnánimo” -, que era el hermano de Santiago (apóstol como él, hijo de Alfeo y de María de Cleofá), evangelizador de Persia y de otras regiones de Oriente, patrono de las causas imposibles, por la oración escuchada de manera milagrosa incluso cuando la demanda de toda espectativa humana parece no tener esperanza, es invocado ahora, por Emanuela Marinelli, también como santo patrono de los sindonólogos, los estudiosos de la Síndone, porque él contribuyó a salvar la Síndone.

Según las informaciones aportadas por los autores siríacos, la actividad apostólica de Judas Tadeo llegó a Edesa. Él llevó allí el Mandylion como lo atestigua en el siglo VIII Jorge el Monje: “Está en la ciudad la imagen de Cristo no hecha por mano humana alguna, que obra extraordinarias maravillas. El mismo Señor, después de haber impreso en un “soudarion” el aspecto de su forma, envió la imagen que conserva la fisonomía de su forma humana por intermedio de Tadeo apóstol a Abgar, toparca de la ciudad de los edesenios y lo curó de su enfermedad”. De este mismo periodo existe otro documento del secretario del Patriarca Tarasio, que cuenta la llegada de Tadeo a Edesa y la veneración de los habitantes de la ciudad a la “fisonomía del Señor no hecha por mano de hombre alguno”. Lo que parece, un pequeño pañuelo, Emanuela Marinelli revela que se trata de “una tela doblada, replegada”. Y hace hincapié en la identidad del rostro de la Síndone y las copias del Mandylion, por ejemplo, aquellos de los iconos realizados a partir del siglo VI: hay más de cien puntos de congruencia, es decir, la superposición de las dos figuras.

Tabla del Santo en la Piccola Casa, Roma (Italia).

Tabla del Santo en la Piccola Casa, Roma (Italia).

Carta Católica de San Judas
(atribuida a San Judas Tadeo)

Introducción a la lectura
Esta epístola es un texto muy singular e interesante, ya sea por el carácter duro y amenazante que revela a un autor profundamente celoso de la Palabra de Dios y de las enseñanzas cristianas. Se evidencia una clara preocupación: defender los fundamentos de la fe, denunciar los errores y a los partidarios de tendencias desviadas. El contexto histórico es el de finales del siglo I, en los últimos años de la era apostólica.

El autor se presenta como Judas, hermano de Santiago, la persona más influyente de la comunidad de Jerusalén y parece ser un personaje que, después de la muerte de su hermano Santiago en el año 62, había tenido un rol importante en aquella comunidad. Se trata, por lo tanto, de un hombre muy bien informado sobre la literatura hebrea y sobre los acontecimientos de su tiempo. El modo expecialmente fuerte en el que se expresa no debe sorprender si se piensa que responde a un estilo muy decidido, bastante frecuente en la literatura religiosa de su tiempo.

Contenido de la Carta
La epístola se inicia con la presentación y el saludo del autor (vv. 1-2), que presenta un inicial intento remoto y una razón urgente para ponerse en contacto con los destinatarios, a los que conoce bien y con los que conecta lo suficiente como para llamarlos “queridísimos” (3).

Entrando en el cuerpo de la carta, el autor se expresa inmediatamente en términos de abierta denuncia contra los perturbadores de la verdadera fe y de las enseñanzas ortodoxas (4). En su condena expresa más de una vez la historia de la salvación a aquellos que niegan o corrompen la revelación del Señor (5) y les advierte para que reflexionen y rectifiquen. Sigue una pesada evalución (8) de los que perturban a la comunidad creyente, frente a las amenazas (11) a los culpables y hace referencia a los castigos ejemplares que encontramos en el Antiguo Testamento (14). La conclusión se caracteriza por una celosa preocupación pastoral (17).

Detalle de una imagen del Santo venerada en Racconigi, Italia.

Detalle de una imagen del Santo venerada en Racconigi, Italia.

Apela a la comunidad para que se mantenga fiel a las enseñanzas apostólicas dando algunas pautas útiles para este caso. En este sentido, se indica una espiritualidad que se basa en la auténtica fe, en la oración al Espíritu Santo (20), cuidando mantenerse en el amor de Dios con una actitud humilde de espera en la misericordia del Señor (21).

Las últimas palabras insisten en una verdadera y real táctica de comportamiento para la mejor recuperación de la situación anterior y prevenir los riesgos: primero convencer a los vacilantes, arrebatar a cuantos más posibles del error, compasión y preocupación por los irrecuperables y finalmente, prevenir un riesgo de contagio (23). La epístola concluye con una solemne doxología de alabanza a Dios, glorioso, potente y eterno (24). La confianza en Él garantiza vivir en la esperanza y conseguir la salvación.

Texto de la Epístola
Judas, siervo de Jesucristo y hermano de Santiago, saluda a aquellos que son llamados y amados por Dios Padre y protegidos en Jesucristo. A vosotros, la misericordia, la paz y el amor en abundancia.

Queridos míos, yo tenía un gran deseo de escribiros acerca de nuestra común salvación, pero me he visto obligado a hacerlo con el fin de exhortaros a combatir por la fe, que de una vez para siempre ha sido transmitida a los santos. Porque se han infiltrado entre vosotros ciertos hombres, cuya condenación estaba preanunciada desde hace mucho tiempo. Son impíos que hacen de la gracia de Dios un pretexto para su libertinaje y reniegan de nuestro único Dueño y Señor, Jesucristo.

Quiero recordar, aunque vosotros ya lo habeis aprendido de una vez por todas, que el Señor, después de haber salvado al pueblo sacándolo de Egipto, hizo morir enseguida a los incrédulos y que a los ángeles que no supieron conservar su preeminencia y abandonaron su propia morada, el Señor los tiene encadenados eternamente en las tinieblas para el juicio del gran Día.

San Judas Tadeo. Lienzo de Georges de La Tour (1615-1620). Museo Toulouse, Albi (Francia)

San Judas Tadeo. Lienzo de Georges de La Tour (1615-1620). Museo Toulouse, Albi (Francia)

También Sodoma y Gomorra y las ciudades vecinas que se prostituyeron de un modo semejante a ellos, dejándose arrastrar por relaciones contrarias a la naturaleza, han quedado como ejemplo, sometidas a la pena de un fuego eterno. Lo mismo pasa con estos impíos: en su delirio profanan la carne, desprecian la autoridad e injurian a la majestad.

Ahora bien, el mismo arcángel Miguel cuando se enfrentaba con el demonio disputando con él respecto del cuerpo de Moisés, no se atrevió a proferir contra él ningún juicio injurioso, sino que dijo solamente: “Que el Señor te reprima”. Estos impíos, en cambio, hablan injuriosamente de lo que ignoran; y lo que conocen por instinto natural, como animales irracionales, sólo sirve para su ruina.

¡Ay de ellos!, porque siguieron el camino de Caín; por amor al dinero cayeron en el extravío de Balaam y perecieron en la rebelión de Coré. Ellos manchan las comidas fraternales porque se dejan llevar de la glotonería sin ninguna vergüenza y solo tratan de satisfacerse a si mismos. Son nubes sin agua llevadas por el viento, árboles otoñales sin frutos doblemente muertos y arrancados de raiz; olas bravías del mar, que arrojan la espuma de sus propias deshonras, estrellas errantes a las que está reservada para siempre la densidad de las tinieblas.

A ellos se refería Enoc, el séptimo patriarca después de Adán, cuando profetizó: “Ya viene el Señor con sus millares de ángeles para juzgar a todos y condenar a los impíos por las maldades que cometieron y a los pecadores, por las palabras insolentes que profirieron contra él”. Todos estos son murmuradores y descontentos que viven conforme al capricho de sus pasiones: su boca está llena de petulancia y adulan a los demás por interés.

Pero en cuanto a vosotros, queridos míos, acordáos de lo que predijeron los apóstoles de nuestro Señor Jesucristo. Ellos les decían: “En los últimos tiempos habrá gente que se burlará de todo y vivirá de acuerdo con sus pasiones impías”. Estos son los que provocan divisiones, hombres sensuales que no poseen el Espíritu. Pero vosotros, queridos míos, edificáos a vosotros mismos sobre el fundamento de la fe santísima, orando en el Espíritu Santo. Mantenéos en el amor de Dios, esperando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para la vida eterna. Tratad de convencer a los que tienen dudas y salvadlos liberándolos del fuego. En cuanto a los demás, tened piedad de ellos, pero con cuidado, aborreciendo hasta la túnica contaminada por su cuerpo.

Sepulcro de los Santos Simón y Judas Tadeo. Basílica de San Pedro del Vaticano, Roma (Italia).

Sepulcro de los Santos Simón y Judas Tadeo. Basílica de San Pedro del Vaticano, Roma (Italia).

A Aquel que puede preservaros de toda caida y haceros comparecer sin mancha y con alegría en la presencia de su gloria, al único Dios que es nuestro Salvador, por medio de Jesucristo nuestro Señor, sea la gloria, el honor, la fuerza y el poder, desde antes de todos los tiempos, ahora y para siempre. Amén.

Damiano Grenci

Bibliografia y sitios
* atorinoinfo.it
* compagniadeicavalieridisangiudataddeo.it
* Enciclopedia dei Santi, Città Nuova
* Kuhn, Die Polnische Kunst von 1800 bis zur Gegenwart, Berlino 1930, pp. 67, 129;
* L. Llewellyn, Folk Art in Poland, in Magazine of Art, XLII (1949), pp. 27-29; Kaftal, coll. 965-68;
* M. Walicki, Malarstwo Polskre XV weekn, Varsavia 1938, tav. 47; Braun, coll. 389-91;
* saintjude.biz
* sangiudataddeo.net
* santiebeati.it
* Vincenzo Mercante, La leggenda del principe triste e il santo dei casi disperati. San Giuda Taddeo, Ed. Il Segno
* web.tiscali.it/ghirardacci1/quaderni/giuda/giuda.html
* xoomer.alice.it/santi_santini/Home.html

San Ginés de Arlés, mártir

Detalle del Santo en una vidriera decimonónica. Iglesia de San Trófimo de Arlés, Francia.

Detalle del Santo en una vidriera decimonónica. Iglesia de San Trófimo de Arlés, Francia.

El pasado 5 de diciembre, contestando a una pregunta sobre San Ginés de la Jara, decíamos que aquel santo era un desdoblamiento de San Ginés de Arlés y prometimos escribir en otra ocasión sobre el verdadero santo histórico. Hoy lo hacemos, a sabiendas de que estamos hablando de un personaje sobre cuya existencia no existe la más leve duda y del que han derivado otros, de los cuales no podemos decir lo mismo.

La revisión más antigua de las Actas de San Ginés dicen que era natural de Arlés, que entró en el servicio imperial siendo muy joven y que en él consiguió el empleo de “notarius” (secretario o escribano), lo que consistía en tomar breves notas a mano, dando fe de actos o dichos realizados en su presencia. Cuando se inició la persecución contra los cristianos, abandonó de forma imprevista esta tarea y huyó escondiéndose de los perseguidores. ¿Por qué lo hizo? Pues porque era catecúmeno y se estaba preparando para recibir el bautismo, sacramento que ya había solicitado, pero que el obispo no le pudo administrar; bien porque lo impidieron las limitaciones de tiempo, o porque fuera aún demasiado joven e insuficientemente preparado. Así lo narra la “passio”: “Arelatensis urbis indigena… eam officii partem… complexus… quae… iudicum signorum brevium notata compendiis manu raperet… vel temporis angustiis impeditus vel iuvenili aetate diffidens… distulit”.

En su persecución, fue descubierto junto al río Ródano. Había conseguido atravesarlo, pero en la otra orilla, fue capturado, martirizado y matado. Recibió el llamado “martirio de sangre”. Los cristianos recuperaron su cuerpo y continuaron recordándolo (conmemorándolo) en el lugar donde había sufrido el martirio. De “cosecha propia”, algunos hagiógrafos de la Edad Media añadieron que, siendo el secretario del magistrado de Arlés, se negó a transcribir el edicto de persecución de Diocleciano, que tiró los papeles a los pies del magistrado y que murió decapitado en el año 303, al pie de un árbol junto al Ródano.

Desde muy antiguo su nombre aparece en el Martirologio Jeronimiano, y según un manuscrito del siglo XIII conservado en París, esta “passio”, de la que hemos extraído estas breves notas, fue redactada en su memoria por un tal “Paulino obispo”. Algunos hagiógrafos, como por ejemplo, Ruinart, confundieron al tal Paulino con el santo obispo de Nola, mientras que otros han defendido que fue un obispo llamado Paulino que gobernó la diócesis de Béziers desde el año 400 al 419. También existe otro texto sobre este santo mártir, que tiene el mismo valor biográfico y que es un sermón atribuido a un tal Eusebio de las Galias, aunque no es posible identificar al tal Eusebio. Estas autorías han sido puestas en entredicho por Cavallín, que ha probado que la “passio” es de finales del siglo V, por lo que no pudo ser escrita por ninguno de los dos Paulinos mencionados, aunque sabemos que San Paulino de Nola fue un importante hagiógrafo, pues escribió sobre San Juan Bautista, San Félix, Santa Melania la Anciana, etc., aunque con una prosa totalmente distinta a la usada en estas Actas de San Ginés de Arlés.

Martirio del Santo. Lienzo en el altar mayor de su iglesia en Madrid, España.

Martirio del Santo. Lienzo en el altar mayor de su iglesia en Madrid, España.

Aún así, hay que aceptar el testimonio del escritor de la “passio” que manifiesta claramente que él se limita a escribir aquello que le ha llegado según una autorizada tradición oral, la cual reproduce con total fidelidad: “… ea quae adhuc viva recordatione rerum ut gesta sunt referuntur… haec omnia fideliter atque ut gesta sunt, vel dicta vel comperta… agnoscite”. Resumiendo: estamos ante un texto pobre en noticias, pero que conserva fielmente una tradición oral que, en líneas generales, llegó inalterable hasta finales del siglo V, como ya hemos dicho.

Entonces, ¿podemos tener algún tipo de dudas acerca de la historicidad de este mártir? Rotundamente no y no sólo por los dos testimonios que acabamos de mencionar (“passio” y sermón), sino porque Prudencio en el “Peristephanon” y Venancio Fortunato en su “Carmen VIII” también lo mencionan. Prudencio dice: “teque praepollens Arelas habebit-sante Genesi” y Venancio Fortunato afirma: “porrigit ipsa decens Arelas pia dona Genesi-astris, Caesario concomitante suo”. Es cierto que ambos simplemente mencionan al santo mártir, colocándolo en su contexto, pues mencionan a Ginés como el santo propio de la ciudad de Arlés, a semejanza de lo que hacen otras ciudades de las Galias o de Hispania, las cuales donaron a Cristo sus propios mártires: Arlés le ofrece a Cristo a Ginés como un mártir suyo propio. Ginés es de Arlés, como tal se ofrece y como tal lo mencionan.

Pero además, hay un detalle más, que no es menos importante. En esta ciudad, en Arlés, existen una serie de sarcófagos del siglo IV, que muestran en sus extremidades unos rostros imberbes; pues bien, De Rossi y Le Blant defienden la hipótesis de que esto no es casualidad, estos rostros no son simples figuras decorativas, sino que hacen referencia a San Ginés, haciendo alusión de manera evidente a su juventud: Ginés era un mártir de edad juvenil.

Existen otros muchos testimonios que nos confirman la existencia de este santo mártir, como la peregrinación que hizo San Apolinar de Valenza a su tumba o lo que escribe San Gregorio de Tours sobre los milagros que ocurrían en ella. Todos estos son datos objetivos que confirman un culto muy antiguo al santo no sólo en Arlés, sino también en otras ciudades de las Galias e incluso de fuera de ellas, y precisamente de ahí vienen los desdoblamientos de los cuales hablábamos cuando escribimos sobre San Ginés de la Jara: Ginés de Alvernia, Ginés de Béziers, Ginés de Barcelona, Ginés de Córdoba e incluso Ginés de Roma, que también es puesto en entredicho, aunque de este último merece que hablemos en otra ocasión.

Urna del Santo dentro de la capilla de las reliquias de San Trófimo de Arlés, Francia.

Urna del Santo dentro de la capilla de las reliquias de San Trófimo de Arlés, Francia.

De San Ginés de la Jara dijimos ya lo suyo, pero ¿San Ginés de Córdoba? Pues de él nos habla Juan Tamayo de Salazar haciendo referencia a un antiguo breviario mozárabe que contenía un himno sobre San Ginés, pero que sin duda era sobre San Ginés de Arlés, aunque el breviario tuviese origen cordobés. Algo semejante podemos decir de San Ginés de Alvernia, ya que San Gregorio de Tours, en su obra “De gloria martyrum”, nos dice que el obispo Avito construyó una gran basílica sobre la tumba del mártir del lugar, donde, sin embargo, lo que habían eran reliquias de San Ginés de Arlés, y lo mismo pasó en Béziers y en… Este es un fenómeno del desarrollo del culto de un mártir, que se transforma en otros personajes distintos, a los que se les inventa una historia, se les da una fisonomía y pasado el tiempo, incluso se confirma. Como ya sabemos, no es el único caso presente en la hagiografía.

La festividad de San Ginés se celebra el día 25 de agosto, aunque la dedicación de su basílica en Arlés se conmemora el 16 de diciembre. Debido a su profesión dentro de la milicia o servicio imperial, es el santo patrono de los notarios y secretarios. Las reliquias se conservan en la capilla-relicario de la iglesia de San Trófimo de Arlés.

Antonio Barrero

Bibliografía:
– Cavallin, S., “Saint Gènes le notaire”, Eranos Löfstedtianus, XLIII, Upsala, 1945.
– Franchi De’Cavalieri, P., “San Genesio di Arelate…” Note Agiografiche, Vaticano, 1935.
– VV.AA., “Bibliotheca sanctórum, tomo VI”, Città Nuova Editrice, Roma, 1988.