Santos de la Casa Saboya (IV)

Sierva de Dios Elena de Saboya, reina de Italia.

Sierva de Dios Elena de Saboya, reina de Italia.

Sierva de Dios Elena de Saboya, reina de Italia
Cettigne, 8 enero 1873 – Montpellier, 28 noviembre 1952

Elena (Jelena) Petrovic Njégos nació en Cettigne, entonces capital del reino de Montenegro, el 8 de enero de 1873, del entonces soberano S.M. Nicolás I. Se desposó, convirtiéndose al catolicismo, con el príncipe heredero de Italia S.A.R. Víctor Emmanuel de Saboya, asumiendo también ella el título de princesa de Nápoles. Con el asesinato de S.M. el rey Humberto I, en 1900 se vio el acceso al trono real de la nueva pareja. Desde el punto de vista oficial asumió, en términos femeninos, todos los título de su esposo, S.M. Víctor Emmanuel III: reina de Italia y, con la llegada del imperio colonial, reina de Albania y emperatriz de Etiopía. Su presencia junto al soberano siempre fue humilde y discreta, nunca mezclada con cuestiones políticas, sino más bien dedicada y atenta a las necesidades de su pueblo adoptivo.

El 27 de noviembre de 1939, tres meses después de la invasión alemana de Polonia y de la declaración de guerra de Gran Bretaña y Francia a Alemania, la reina Elena se sintió en el deber de escribir una carta a las soberanas de las naciones europeas todavía neutrales (Dinamarca, Holanda, Luxemburgo, Bélgica, Bulgaria y Yugoslavia) a fin de evitar para Europa y para el mundo la inminente tragedia de de la Segunda Guerra Mundial. Reconociendo sus otros méritos, el sumo pontífice Pío XII, el 15 de abril de 1937 le confirió la “Rosa de oro de la Cristiandad”, es decir, el más importante título honorífico para una mujer por parte de la Iglesia Católica en aquellos tiempos. Algunos meses después, la Universidad de Roma la proclamó Doctora en Medicina “honoris causa” y otros Estados le concedieron altísimos honores, que ella aceptó sólo por razón de Estado, siendo particularmente reacia a cualquier forma de vanidad.

Con la abdicación de su marido a la corona de Italia, se retiraron en exilio cerca de Alejandría de Egipto, donde el 28 de diciembre de 1947 Elena se quedó viuda. Tres años después se vio enferma de cáncer y se trasladó a Francia, a Montpellier, cerca del albergue Metrópoli, continuando en ayuda del prójimo, pero teniendo cada vez menos recursos y combatiendo extenuadamente contra el mal que la afligía. En 1951 se trasladó al “Mas du Rouel” y en noviembre de 1952 se sometió a una grave intervención quirúrgica en la clinica de “Saint Comé”, donde murió el 28 de noviembre de 1952. Fue enterrada, según su deseo, en una fosa común del cementerio civil de Montepellier, junto a los pobres que siempre había amado.

Sello de la Sierva de Dios con aportación contra el cáncer.

Sello de la Sierva de Dios con aportación contra el cáncer.

Con ocasión de los festejos para el 50 aniversario de la muerte de la reina Elena, la República Italiana ha querido dedicar a su memoria un sello conmemorativo con sobreprecio dedicado a la investigación y a la prevención del cáncer de mama. Siempre en tal recurrimiento (2001), el obispo de Montpellier dio oficialmente inicio a la causa de canonización de la Sierva de Dios Elena de Saboya (Jelena Petrovic Njégos), laica de la diócesis de Montpellier y del vicariado de Roma, esposa y reina de Italia. Actor del proceso fue la Asociación Internacional Reina Elena de Italia, con sede en 542 Rue de Centrayrargues, 34000 Montpellier, Francia; a la cual se puede recurrir para mayor información y relaciones de gracias obtenidas por la intercesión de la Sierva de Dios. La fama de santidad de la reina Elena había sido ya explicada por el cardenal Ugo Poletti, en una homilía en la cual se reportaban algunos pasajes del segundo documento que viene a continuación. La causa no ha llegado, por el momento, a la Congregación de las Causas de los Santos.

Carta a las reinas de Europa
“Señora y querida hermana,
la profunda conmoción inspirada por la visión de la inminente guerra que se está desatando en mar, tierra y aire, entre cualquier gran Estado y gran pueblo con todo su coraje, su genio y con todas sus riquezas, debatiendo sin tregua y sin piedad intereses y sentimientos enfrentados, me mueve a enviarle una cordial invitación: La guerra que inflama muchos actos heroicos para perder las almas, el trabajo, la fe en el futuro, es decir, los mismos principios de la civilización, amenaza con propagarse en el espacio y el tiempo, para reforzar sus terribles rigores cada día de forma peor, así como para sacudir los cimientos mismos de la comunión de las personas
.

Autoridades muy altas ya han recurrido a los beligerantes en el nombre de Dios y en el nombre de uno, o una nación neutral, deseos de paz que no fueron aceptados. Estos precedentes podrían secar las esperanzas y coraje para tomar nuevas iniciativas. Pero ello no impide a los corazones de innumerables mujeres de todas las regiones del mundo, elevar a los cabecillas de los Estados combatientes una invocación surgida de su propio horror, de su piedad y su propia sabiduría, para que dejen de tener en cuenta no sólo sus propias razones, sino también las del sentimiento humano. Se plantea una tregua a esa masacre de vidas y gran destrucción de la propiedad, agitación de los espíritus, y gran interrupción de las industrias, artes, estudios civiles; que nos lleve a la final de la guerra, no sólo para el amargo flagelo beligerante, sino para todos, sin distinción, debido a los inmensos sacrificios realizados.

Retrato de la Sierva de Dios por Eduardo Gioja (1913).

Retrato de la Sierva de Dios por Eduardo Gioja (1913).

Apelo, por lo tanto, a Su Majestad, a Su Majestad la Reina Isabel de Bélgica, a Su Majestad la Reina de Yugoslavia, a Su Majestad la Reina Juana de Bulgaria, a Su Majestad la Reina Alejandra de Dinamarca, a Su Majestad la Reina Guillermina de Países Bajos y a Su Majestad la Gran Duquesa Carlota de Luxemburgo, y le pedimos acepten esos gritos de madres, hermanas, esposas, hijas; para dar a las mismas invocaciones prestigio, fuerza, la difusión, la eficacia, la combinación de nuestras almas y nuestras voces, para conseguir que las hostilidades se suspendan y que los esfuerzos estén unidos, de manera que se llegue a un acuerdo y una paz duradera.

Nadie puede dudar de la devoción con la que cada uno de nosotros estaría dispuesto a sacrificarse y sus propios hijos a su tierra natal. Este mismo sentido común nos lleva a entender la ansiedad que viven hoy en día millones de madres, bien por el adecuado reconocimiento de los derechos de sus países, sino también por la salvación de los niños, por la misericordia y una paz definitiva y sabia. En esta invitación tengo la esperanza de unir los esfuerzos de nuestros pacificadores, me anima el ejemplo de dos princesas de Saboya: Margarita de Austria, viuda de Filiberto II, duque de Saboya, que fue nombrado por su padre, el gobernador de los Países Bajos; y Louise Angoulême, esposa de Carlos de Valois, nacida princesa de Saboya y madre del rey Francisco I de Francia. Estas dos princesas, empujadas irresistiblemente para detener el derramamiento de sangre producido por las guerras continuas entre el Imperio y Francia, en 1529 negociaron el Tratado de Cambrai, que en su honor fue llamado “Paix des Dames”. Que también nosotras podamos persuadir a los hombres a reconocer que la guerra debe acabarse, y que los métodos adecuados para resolverlo, con el honor de todos, sean igualmente buscados por las partes.”

De la homilía del cardenal Ugo Poletti
El 24 de octubre de 1993 tuvo lugar la inauguración solemne de la exposición de las vestiduras y el vestido nupcial de la reina Elena, restaurada por la Asociación Internacional reina Elena de Italia, con una Santa Misa celebrada por el cardenal Ugo Poletti, quien pronunció la homilía de la que a continuación se muestran los pasos más salientes e inherente a la vida de S.M. la reina Elena: “La memoria actual de la reina de Italia Elena de Saboya es una necesidad, incluso de acuerdo con las palabras de la Sagrada Escritura: “Mementote praepositorium vestrorum…” (Hbr.17, 7), “Acordaos de vuestros líderes”. La reina Elena fue tal vez demasiado subestimada, incluso también en la apreciación popular porque, entrando con noble discreación, humildad e inteligencia en la Familia Real, ha sido capaz de mantener en la historia del pueblo italiano, el papel de la reina con la generosidad y el espíritu silencioso, suelta y espontánea. Trajo a la Casa Real de Saboya, siempre marcada por un carácter austero, riguroso y altamente confidencial, características típicamente piamonteses, un toque de delicadeza, finura, de humanidad, de apertura a los pobres, como corresponde a los nobles y la regla de que deben tener cuidado y preocupación por todos los temas, pero también amor a los pobres. La reina Elena ha sido llamada la “Reina de la Caridad”, y ella no podía atribuirse título más noble y digno; ha convertido su alta dignidad en un trabajo realmente cristiano, en la más noble de todas las tareas: “servir”; servir a los necesitados, servir a la gente pobre.

Fotografía de la Sierva de Dios con sus dos hijas, Yolanda y Mafalda.

Fotografía de la Sierva de Dios con sus dos hijas, Yolanda y Mafalda.

El ejemplo en el que la bondad y el cuidado maternal de la Reina brillaban de manera indeleble fue su actuación en el terrible terremoto que destruyó Mesina en 1908. La reina fue allí enseguida, en medio de las familias doloridas, incluidas casas en duelo, a ayudar a los heridos y guiar a los perdidos, siendo la persona que organiza un servicio eficaz e inteligente del amor, de la caridad cristiana, que se hizo querer por todo el pueblo italiano, que le atribuyó, como resultado, el nombre memorable de “Reina de la Caridad.” Ese episodio fue el más obvio. Pero la reina Elena ha prodigado el amor y la caridad en un millar de extrañas formas, en mil maneras, siempre personalizadas, llegó a los necesitados, al más oculto de la población italiana. Mujer fuerte, serena, abierta e incluso cortésmente extrovertida; consorte sabia y prudente; madre educadora cristiana; abuela cariñosa, alegre; buena y cariñosa persona al servicio de su pueblo italiano. Hablan de su propia vida pública, su dignidad y su nobleza siempre compuesta, su fe, su amor por el silencio, que Italia no puede olvidar. Estoy seguro de que la fe católica, que ha aceptado y abrazado con el fin de casarse con Víctor Emmanuel III, nunca ha sido para ella una formalidad, sino una regla de vida completo de servicio, y Él, que tiene en cuenta incluso las cosas más pequeñas, sin duda ya ha premiado en la gloria a esta noble mujer. Por lo tanto, no roguemos tanto por ella, sino recemos con ella, para que muchos aprendan esta lección: la nobleza más grande es la del espíritu, la verdadera nobleza es la que más ilustra, más ilumina la vida. Es verdadera dignidad real la que da realeza al espíritu. Roguemos para que el pueblo italiano nunca pierda los valores de respeto, de amor, de servicio al pueblo, a los pobres, a los más humildes. La reina Elena, en la Casa de Saboya y en la historia de Italia, es una joya de la dignidad real y la nobleza de los cristianos”.

Damiano Grenci

Bibliografía y sitios:
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12. Castronovo Valerio, Il Piemonte, Torino, 1977 (Otros títulos: Torino sabauda, Torino, 1990 Storia illustrata di Torino Torino, 1992 e Torino, Bari, 1987
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27. Gervaso Roberto, Storia aneddotica e descrittiva di Torino
28. Giaccaria, Angelo, Sebastiani, Maria Letizia (a cura di), Armi e monogrammi dei Savoia: mostra di legature dal XV al XVIII secolo, Ministero per i Beni Culturali e Ambientali, Roma 1992.
29. Giaccaria, Angelo, Sebastiani, Maria Letizia (a cura di), Armi e monogrammi dei Savoia: mostra di legature dal XV al XVIII secolo, Ministero per i Beni Culturali e Ambientali, Roma 1992.
30. Grenci Damiano Marco – archivio agiografico e iconografico, 1977 – 2014
31. Grenci Damiano Marco – Santità sabauda – Quaderno 16 – Ed. D.M.G. 2005 (I edizione)
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41. Montanelli – Gervaso, Storia d’Italia (varie edizioni – si trova anche in edicola)
42. Oliva Gianni, I Savoia, Oscar storia, Milano, 2001
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48. Regolo Luciano – Maria Cristina di Savoia . La regina innamorata di Gesù – Ed. Kogoi, 2014
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50. Ricotti E. – Storia della monarchia piemontese, Firenze, 1861.
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- www.il-regno.it/DEFAULT.HTM
- www.romacivica.net/anpiroma/DOSSIER/protagonistia.htm
- www.santiebeati.it

Mi agradecimiento particular a Fabio y a Patrizia de Cartantica.it.

Beatos Luis Martin y Celia Guérin, esposos (II)

Casulla bordada por Santa Teresita a partir de un vestido de su madre. Las dos rosas son sus padres, los nueve lirios son sus hijos; los capullos cerrados son los que murieron de niños.

Casulla bordada por Santa Teresita a partir de un vestido de su madre. Las dos rosas son sus padres, los nueve lirios son sus hijos; los capullos cerrados son los que murieron de niños.

Lisieux
Luego de la muerte de Celia, por invitación de su cuñado Isidoro y por convenirle a la familia Martin, se le convidó a don Luis a vivir en este lugar, donde ya vivía él. Así habitaron un edificio que se le llama “Les Buissonets”. El traslado se realizó antes de acabar el año, el 14 de noviembre. El modo de vida se organizó sin tardanza; bajo la dirección del señor Martin, el orden, la limpieza y el decoro se van perfilando en el nuevo hogar. No hay ociosidad, el estudio está presente, hay cordialidad no sólo entre la familia, pues la servidumbre es tratada con dignidad. En esta ciudad se educaron las señoritas Martin Guérin, recibiendo una formación acorde a su edad y su posición social. Aquí, el espíritu del mundo no saltó las barreras de esa casa.

La vida de la familia Guérin tuvo un curso ordinario: estudio, trabajo, paseos, teniendo como eje la misa. El Beato Luis Martin tenía la predilección por ir a la primera misa con sus hijas “a la que van los criados y los obreros, en ella estoy en compañía de los pobres”. Su preparación a la misma era extensa: muchas veces al volver a casa, estaba todavía absorto. “Continúo con nuestro Señor”. Gracias a su apostolado y devoción, se debió a la institución de la Adoración Nocturna en Lisieux. De su bolsillo se costeó el altar mayor de esta catedral. Si Luis Martin sabía que Cristo estaba en el sagrario, estaba consciente de su presencia en los pobres. Cada lunes llegaba a su casa un desfile de pobres y necesitados que reciben una dádiva generosa. Hombre lleno de piedad, su rostro le daba cierta venerabilidad que admiraban sus vecinos. Luis vivía para sus hijas y trabajaba por darles una vida apacible. Aunque vive en el mundo, no es del mundo. En su casa, propiamente en su despacho, vive como un monje. Allí trabaja, ora, medita, canta, recibe a sus hijas y escucha sus confidencias, lee, estudia, observa. En su estudio decrece la curiosidad del investigador y crece la avidez del creyente.

El rey y su reinecita
De las cinco hijas que vivían con él en los Buissonets, fue la menor, Teresita, quien más trato y cariño tuvo con su papá, al grado que don Luis Martin la llamaba “su reinecita” y por eso, ella le decía “rey”. Mucho convivieron y se trataron padre e hija. Ella era el alma de la casa y su padre se prodigaba en detalles hacia ella. Cuando Teresita contaba con 12 años, tuvo una crisis de convulsiones, alucinaciones e incoherencias que le pusieron al borde del sepulcro. El 13 de mayo de 1883, luego de haberse mandado celebrar varios novenarios de misas, de hacer hecho mucha oración a la imagen de Nuestra Señora que estaba en la familia desde hace un cuarto de siglo, ésta se animó y sonrió a la enferma, aliviándose entonces. Este episodio lo cuenta su padre con mucha emoción en una carta.

Escultura del Beato con su hija, Santa Teresita, rememorando el momento en que le pidió ingresar en el Carmelo.

Escultura del Beato con su hija, Santa Teresita, rememorando el momento en que le pidió ingresar en el Carmelo.

Cuando la Santa tenía 14 años, en esa Navidad esperaba el tradicional zapato, relleno de dulces y chucherías. El señor Martin expresó su disgusto al conocer esta expectativa de su hija y se lo hizo conocer a su hija Paulina, pues no estaba de acuerdo que a su edad, Teresa se comportara como una niña. Ésta dominó su emoción y recobró de pronto una fortaleza espiritual perdida tiempo atrás. Así consideró ella que este episodio fue su conversión, debida indudablemente al forjador de su carácter que fue su padre. Padre e hija eran íntimos confidentes. En cierta ocasión platicaban en el jardín sentados ambos, cuando Teresa le reveló su deseo de ser monja carmelita; su papá arrancó entonces una florecita y se la regaló. Por eso ella siempre se consideró una florecita, la Florecita de Jesús.

El Carmelo de Lisieux
La orden de Carmelo Descalzo llegó a Lisieux entre 1838 y 1839. En el convento aquí edificado ingresarán cuatro hijas del Beato Luis Martin: María Luisa, que tendrá por nombre María del Sagrado Corazón; Paulina, que se llamara Inés de Jesús; Teresa, que será Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz y Celina, que se conocerá como Genoveva de la Santa Faz. La última hija en ingresar a la vida conventual será Leonia, que tomará el nombre de Teresa Francisca en la Orden de la Visitación en Le Mans. Luis Martin, hombre de fe, supo desprenderse de sus hijas, cuya vocación aceptó y comprendió sin que por ello tuviera que tener la opción de no sufrirlo, poco a poco se las fue entregando a Dios, padeciendo la separación que traerá como consecuencia la enfermedad de sus últimos días.

Sin duda alguna el viaje a Roma que hizo con Teresita, con motivo de Jubileo del Papa León XIII, de entre los que hizo, es el más famoso. El carro del tren en que viajaba con Celina y Teresa se llamaba “San Luis”. Los demás pasajeros al tratarlo, decían que llevaban a San Luis en el carro de San Luis. En la Basílica de San Pedro fue presentado ante el Papa como padre de dos carmelitas y el Sumo Pontífice, como para agradecerle, tuvo su mano sobre su cabeza largo rato “como – dice Santa Teresita en su biografía- si en nombre de Jesucristo quisiera sellarlo con un signo misterioso”. Ni cuenta se dio por la emoción de este gesto, cuando su hija menor pidió al Papa permiso para entrar al convento con sus 15 años. Absorto, se le acercó Teresita toda llorosa para platicarle sobre su fallido intento. Ya hacía tiempo que conocía el interés de su hija por ingresar al convento, tras los pasos de sus hermanas mayores. Autorizó, para consuelo de ella, que ingresara al convento el 9 de abril de 1888. En casa quedó viviendo con Celina y Leonia, que pronto también optarán por la vida religiosa. Su vida hasta ahora es diáfana, pero entrará en la fase de penumbra.

Fotografía del Beato en sus últimos años, ya enfermo.

Fotografía del Beato en sus últimos años, ya enfermo.

El hombre de la cabeza velada
Hasta los 64 años, el Beato Luis Martin gozó de buena salud; pocas veces se enfermó y tuvo que ingerir medicamento. Tenía excelente vista, paso rápido, agilidad mental y parecía ser imposible de fatigar. Podría pensarse que alcanzaría las edades de sus padres al morir: 88 años su padre y 83 su mujer. Pero en 1887 comenzó a presentar una congestión cerebral, debida a una arterioesclerosis que se fue acentuando con el paso del tiempo, pese a las precauciones que él mismo se daba. Comprendió la gravedad de su mal cuando advirtió que, por negligencia, dejó morir a su cotorra favorita. Desde junio de 1888 el mal se declaró súbitamente. El 1 de enero de 1889 Santa Teresita vestiría el hábito. Luis Martin la llevó del brazo hasta la capilla, y ese día de fiesta fue el último para él en la tierra. Santa Teresita lo compara con un Domingo de Ramos.

Pocas semanas después tuvo una recaída y escapó de casa, alarmando a todos. Su cuñado tomo la decisión de internarlo en una casa de salud, el Sanatorio del Buen Salvador en Caen. Tenía ratos de lucidez, en los que mostraba su lado amable y su piedad ferviente y mantenía correspondencia con sus hijas carmelitas; tuvo períodos de alivio y tuvo la plena facultad de ofrecerse como víctima de holocausto a Dios. Poco a poco se fue paralizado de los miembros inferiores, al grado de usar una silla de ruedas, luego tuvo una enfermedad que le afectó los riñones. Sus facultades mentales disminuyeron casi en su totalidad.

Cuando Teresita era niña, tuvo una visión: vio a un hombre de la complexión de su padre que caminaba en el jardín, con la cabeza cubierta por un velo espeso. Ella, creyendo que era su papá que quería jugarle una broma, le llamaba sin obtener respuesta. El hombre desapareció sin dejar huella. Este episodio fue profético, pues dejó entrever el destino del señor Martin. El 29 de julio de 1894 comenzó su agonía. Antes de morir tuvo una mirada de lucidez, con la viveza de antaño, para consuelo de su hija Celina, que lo atendía. A las ocho y cuarto de la mañana, el fiel cumplidor del precepto dominical partió al cielo para participar en la misa eterna. Al día siguiente de su muerte, su cuñado Isidoro Guerin hizo exhumar los restos de su esposa Celia y de sus cuatro hijos para sepultarlos junto a los del jefe de la familia en el cementerio de Lisieux.

Silla de ruedas en la que el Beato pasó sus últimos años.

Silla de ruedas en la que el Beato pasó sus últimos años.

Culto
El proceso de beatificación de Luis Martin y Celia Guérin tuvo el tino de unificar en 1971 ambas causas, para promover a una pareja de esposos como ejemplo para tantos hombres y mujeres casados de nuestros días. Ambos fueron beatificados por disposición del papa Benedicto XVI en una ceremonia efectuada en la Basílica de Santa Teresita en Lisieux el 19 de octubre de 2008, ceremonia presidida por el cardenal José Saraiva Martins. Se determinó que la celebración litúrgica para ambos se realizara cada año el 13 de julio, aniversario de su matrimonio eclesiástico y comienzo de su vida como esposos.

Santa Teresita nos habla así de sus padres (tomado de Historia de un alma): [A mi madre querida Inés de Jesús] Los recuerdos que voy a evocar son también vuestros, pues a vuestro lado se deslizó mi infancia, y tuve la dicha de pertenecer a unos padres incomparables, que nos rodearon de los mismos cuidados y cariños. ¡Que se dignen ellos de bendecir a la flor más pequeña de sus hijos, y que la ayuden a cantar las misericordias divinas!… Quería Jesús sin duda, en su amor, hacerme conocer a la madre incomparable que me había dado, y a la que su divina mano quería a toda prisa coronar en el cielo… Dios se ha complacido en rodearme siempre de amor. Mis primeros recuerdos guardan la huella de las más tiernas sonrisas y caricias… Pero si el Señor puso mucho amor en torno a mi vida, se dignó también conceder a mi pequeño corazón un natural amoroso y sensible. Amaba yo mucho a papá y a mamá, y les demostraba de mil maneras mi ternura. ¡Qué rápido pasaron los años soleados de mi primera infancia! Pero también ¡qué dulce huella dejaron en mi alma! Recuerdo con agrado los días en que papá nos llevaba al Pabellón. Hasta los más pequeños detalles conservo grabados en el corazón… Recuerdo, sobre todo, los paseos del domingo, en los que siempre nos acompañaba mamá…

Relicario con el cabello de la Beata Celia Guérin.

Relicario con el cabello de la Beata Celia Guérin.

Conservo todavía en mi corazón todos los detalles de la enfermedad de nuestra querida madre. Me acuerdo, sobre todo, de las últimas semanas que pasó en la tierra. La pobrecita mamá estaba ya demasiado enferma para comer los frutos de la tierra. Ya sólo en el cielo se saciaría de la gloria de Dios, y bebería con Jesús el vino misterioso del que habló en su Última Cena, diciendo que lo compartiría con nosotros en el reino de su Padre. Quedó también grabada en mi alma la ceremonia emocionante de la extremaunción. Aún me parece ver el lugar que yo ocupaba, al lado de Celina. Estábamos las cinco colocadas por orden de edad. Y nuestro pobrecito padre también estaba allí, sollozando…

¡El corazón, ya tan cariñoso, de papá había añadido al amor que poseía un amor verdaderamente maternal!… No puedo decir cuánto amaba a papá, todo en él me causaba admiración. He aquí con cuánta fe aceptó papá la separación de su reinecita. Se la anunció a sus amigos de Alençon en estos términos: «Queridísimos amigos, ¡Teresa, mi reinecita, entró ayer en el Carmelo!… Sólo Dios puede exigir tal sacrificio… No me tengáis lástima, pues mi corazón rebosa de alegría.» Era, pues, hora de que un servidor tan fiel recibiese el premio de sus trabajos. Era justo que su salario fuera parecido al que Dios dio al Rey del cielo, su Hijo único… Papá acababa de hacer a Dios donación de un altar [para la catedral de Lisieux], él mismo fue la víctima escogida para ser inmolada en su ara santa juntamente con el Cordero sin mancha.

Nuestro padre querido bebería la más amarga, la más humillante de todas las copas. ¡Ese día ya no dije que podía sufrir todavía más! Las palabras no pueden expresar nuestras angustias, por eso, no intentaré describirlas. Un día, en el cielo, nos gustará hablar de nuestras gloriosas tribulaciones. ¿No nos gozamos ya ahora de haberlas sufrido? Sí, los tres años de martirio de papá me parecen los más amables, los más fructuosos años de toda nuestra vida. No los cambiaría por todos los éxtasis y revelaciones de los Santos. Mi corazón rebosa de gratitud al pensar en este tesoro inestimable, capaz de despertar una santa envidia aun en los mismos ángeles de la corte celestial. El 29 de julio del año pasado, Dios rompió las ataduras mortales de su incomparable servidor, llamándole a la recompensa eterna”.

Detalle del relicario de los Beatos.

Detalle del relicario de los Beatos.

Oración
Señor Dios, que has dado a los Beatos Luis y Celia Martin la gracia de santificarse como esposos y padres; concédenos por su intercesión saber amarte y servirte fielmente, pues la santidad de sus vidas es un ejemplo para cada uno de nosotros. Por Jesucristo…

Humberto

Bibliografía:
- PIAT, Esteban José, OFM, Historia de una familia, Editorial El Monte Carmelo, Burgos, 1950.

Beatos Luis Martin y Celia Guérin, esposos (I)

Fotomontaje con los retratos de los esposos, realizado para su beatificación.

Fotomontaje con los retratos de los esposos, realizado para su beatificación.

Introducción
“Por sus frutos los conoceréis” (Mateo 7, 16). El santoral contiene los nombres de todos los bautizados que se tiene la certeza de que han llegado al cielo y conforman la Iglesia Triunfante. Esta lista está conformada por hombres y mujeres de todos los pueblos, de todas las razas, de todas las naciones, de todas las edades, de todos los tiempos. Sin embargo, queda la sensación al leerlo de que son los consagrados quienes ocupan únicamente un lugar en este listado. Eso es necesario aclararlo: los laicos tienen un espacio propio desde el principio; baste recordar las primeras generaciones de mártires. Por ello y acorde al espíritu del Concilio Vaticano II que impulsa la figura del laico y que promueve su desarrollo como protagonista de la Iglesia que peregrina en este mundo, desde el pontificado de San Juan Pablo II, se ha vuelto nuevamente la mirada hacia el laico para proponerlo como ejemplo de santidad. Baste recordar a los Beatos Luis y María Beltrami Quatrocchi, Pedro Jorge Frasatti, Laura Vicuña, etc. quienes conforme al Evangelio, han tomado en serio lo que dice: “Ustedes son la sal del mundo y la luz de la tierra” (Mateo 5, 13-14), “Que los hombres vean sus obras para que den gloria a su Padre celestial”, (Mateo 5, 16).

Al referirse este artículo a una pareja de esposos, Luis Martin y Celia Guérin, padres de Santa Teresita del Niño Jesús, es necesario aclarar que ellos no son Santos porque son progenitores de esta Santa Doctora de la Iglesia; su grandeza de espíritu y su vida de cristianos ejemplares son el origen de la eximia y preclara santidad de la Santa de Lisieux. Así, en el núcleo familiar de Alençon y luego de Lisieux, se generó un modo de vida donde Dios fue todo en todos. Luis y Celia enarbolaron como insignia las palabras del Evangelio: “Un árbol bueno no puede producir frutos malos, ni un árbol malo producir frutos buenos”. (Mateo 7,18).

Refiérese que cuando San Pío X (José Sarto entonces) fue nombrado obispo, al enseñarle su anillo episcopal a su madre, ésta le enseñó su argolla matrimonial y le dijo: “Sin éste, no hubiera ése”. Así pues, si la más grande Santa de los tiempos modernos, como llamó este Papa a Santa Teresita, es quien es, esto se debe sin duda alguna a sus padres, a quien la Iglesia propone como ejemplo ahora a todas las parejas de esposos y padres cristianos.

La Beata con sus dos hermanos.

La Beata con sus dos hermanos.

Celia Guérin
Azelia María o Celia María Guérin, como ella misma se presenta, nació el 23 de diciembre de 1831 en Pont, Gandelain, siendo la segunda hija del matrimonio formado por Isidoro Guérin y Luisa Juana Macé. Sus hermanos fueron María Luisa, que sería religiosa visitandina, e Isidoro. Su infancia fue enfermiza y creció junto con una rígida educación dada por su madre. En 1843 se muda con su familia a Alençon. Allí estudió con las Religiosas de los Sagrados Corazones, con quienes obtuvo muy buenas calificaciones. Alguna vez, motivada por la familiaridad con estas hermanas, tuvo la idea de consagrarse, pero Dios le tenía preparado otro destino; trató de ingresar con las Hermanas de la Caridad de San Vicente de Paul, pero la superiora le hizo ver que ésa no era la voluntad de Dios. Desde entonces, ésta era su oración: “¡Dios mío, ya que no soy digna de ser tu esposa como mi hermana, aceptaré el matrimonio para cumplir tu santa voluntad! Entonces dame, te ruego, muchos hijos, y haz que todos se consagren a Ti”. Convenía preparar su porvenir y, conforme a una inspiración, se puso a estudiar el arte del punto de Alençon. Pronto obtuvo una gran destreza en esta artesanía y estableció un taller en su casa, donde trabajaba primorosamente y con dedicación por horas, produciendo verdaderas obras de arte que eran consideradas de alto valor, con cuyo comercio dio prosperidad a su hogar.

En 1853 su hermana ingresa en el monasterio de la Visitación de Mans, allí toma el nombre de Sor Dositea; por correspondencia mantendrá una relación fraternal y amistosa con ella, porque la quería muchísimo. Con la separación de su hermana, se abrió realmente la posibilidad del matrimonio. La joven tenía una figura atrayente. Era vivaz, fuerte, amable, muy alegre y culta, práctica e íntegra, con una gran fe. Por estas cualidades, era normal que atrajera las miradas de los muchachos. En cierta ocasión atravesó el puente de San Leonardo y se cruzó con un hombre de noble fisonomía. Sintió que una voz le decía; “Éste es el hombre predestinado para ti.” Discretamente se enteró del nombre de ese joven: Luis Martin.

Uno de los encajes realizados por la Beata.

Uno de los encajes realizados por la Beata.

Luis Martin
Conocemos bastante del Beato Luis Martin gracias a los escritos de Santa Teresita, quien lo describe como un viejo venerable, muy piadoso, que adora a sus hijas, es un poco soñador y que vive de sus rentas. Luis José Luis Estanislao Martin nació el 22 de agosto de 1823 en Burdeos, hijo del matrimonio formado por Pedro Martin y María Ana Fanie Boureau. Recibió el agua bautismal sin tardanza, difiriéndose la crismación hasta octubre del mismo año porque su padre, que era militar, no estaba presente. El arzobispo de Burdeos debió presentir su futuro, pues dijo a los padres del pequeño: “Regocíjense: ¡Este niño es un predestinado!”. Por los azares de la milicia, la familia que tuvo otros cuatro hijos, vivió en Avignon, Estrasburgo y finalmente Alençon; luego el capitán Martin se jubiló y allí estableció una relojería. De él se refiere que era gallardo y muy piadoso. En alguna ocasión el capellán del regimiento le preguntó por qué permanecía arrodillado durante la misa tanto tiempo y le respondió: “Lo hago porque creo”. Este hombre forjará el carácter, la fe y la personalidad de su hijo Luis Martin, que era el predilecto. A él sus padres le dieron una buena educación, desde joven fue aficionado a la lectura y en Rennes estudio la relojería. En su juventud era un excelente nadador.

Cuando cumplió 22 años tuvo el deseo de una vida más perfecta, su fe era grande; tenía el deseo enorme de servir con agrado a Dios. Por septiembre de 1845 hizo un peregrinaje a pie hasta Suiza, al Gran San Bernardo, buscando una orientación vocacional y con el deseo de ser admitido en este lugar. Cuando el prior del monasterio platicaba con el joven, al advertirle que no sabía hablar latín, le sugirió que volviera entre los suyos y allí terminara de estudiar humanidades; hasta el fin de sus días añoró no haberse quedado a vivir allí. Luis Martin vio en este percance una indicación providencial y se dedicó de lleno a su oficio de relojero.

Fotografía del Beato a los 40 años de edad.

Fotografía del Beato a los 40 años de edad.

Poseedor de una estatura alta, fisonomía simpática, aire militar, frente ancha y abierta, faz bella y ovalada, con unos ojos dulces y profundos; anhelaba consagrar a Dios su libertad y había hecho de su taller un retiro claustral. Le gustaba la pesca y hacer largos paseos. Era austero y su tenor de vida era causa de aflicción para su madre, pues por lo visto no tenia intenciones de formar un hogar a sus 35 años. Fue la madre de nuestro Beato quien logró que se relacionara con Celia Guérin, luego del misterioso encuentro con ella en el puente de San Leonardo.

Matrimonio
Los jóvenes no tardaron en apreciarse y amarse; luego de tres meses de haberse conocido, se casaron el 13 de julio de 1858. El evento se realizó a medianoche, con discreción, en silencio. La señora Celia Martin se mudó a vivir con su esposo, donde instaló también su taller. Al casarse, ambos tenían una visión muy apreciada y respetada sobre el matrimonio y, como cualquier pareja, se enfrentaron a la aventura de ser esposos y formar una familia. No había por entonces un manual de preparación al matrimonio y el tema de la sexualidad estaba cerrado a la formación de las personas. Cuando Celia Guérin se enfrentó a esta realidad, tuvo un choque psicológico. Gracias a la comprensión de Luis Martin y su actitud acogedora y llena de consuelo, fueron creciendo en un amor espiritual, pero sin consumar el matrimonio. Luego de diez meses y con la ayuda oportuna de un confesor, los esposos Martin pudieron realizar de otro modo los deseos del cielo sobre su matrimonio, y su idea del mismo se amplió. A la repugnancia original sucedió la entrega normal de la unión conyugal. La expresión del amor sin reservas se hizo para conllevarse a Dios. Santa Teresita referirá esta idea sobre el matrimonio: “El matrimonio es hermoso para aquellos a quienes Dios llama a tal estado: es el pecado el que le desfigura y lo mancilla”. Luis y Celia Martin hallaron en adelante en la vivencia del matrimonio su centro de equilibrio y su manantial de perfección. En el matrimonio y por el matrimonio se santificaron y también demostraron que el desposorio no es donde naufraga la devoción y el deseo de la santidad, sino un punto de partida a una ascensión más inflamada porque se efectúa entre dos.

Una familia
El hogar formado por estos esposos tuvo nueve vástagos: María Luisa, María Paulina, María Leonia, María Elena, María José Luis, María José Juan Bautista, María Celina, María Melania Teresa y la benjamina María Francisca Teresa. De ellos, cuatro morirán en la primera infancia, las cinco restantes profesarán en la vida religiosa, cuatro en el Carmelo y una en la Visitación. En esta vida familiar, tanto Celia como Luis aprendieron a ser esposos y a ser padres. Celia tenía el proyecto de ser una madre distinta a la suya, todo cariño, amor y entrega a sus hijos; ella estaba convencida de que los hijos son la obra maestra de la mujer.

Dibujo a carboncillo de la Beata y su hija, Santa Teresa de Lisieux, hecho por Celina.

Dibujo a carboncillo de la Beata y su hija, Santa Teresa de Lisieux, hecho por Celina.

Ambos esposos trabajaron con entusiasmo para que en su hogar hubiera alegría. Luis y Celia se dedicaron con entusiasmo a sus labores en la relojería y el taller de encaje como un apostolado, en el que se santificaban para dar el sustento a su prole. Así, laboraban arduamente toda la semana y no consentían, por todas las fortunas del mundo, quebrantar el descanso dominical. Este detalle les obtuvo la bendición de Dios, pues ambos tuvieron un rápido aumento de su clientela y la comodidad económica para su familia; cabe mencionar como una virtud especial del Beato Luis Martin el ser un buen administrador y ser cuidadoso con pagar a tiempo y justamente a los empleados.

La vida espiritual de ambos comenzaba con la misa cotidiana cada mañana, practicaban la comunión frecuente, la lectura de libros piadosos, el rezo del rosario. Esta vida anclada en Dios les dio la fortaleza para enfrentar entre 1865 a 1873 la apertura del sepulcro, cuatro de ellas para otros tantos hijos. En el hogar enseñaron a adorar a Dios como soberano, a confiar en su Providencia y a abandonarse a su voluntad; obedientes siempre de la Iglesia, es memorable su respeto a la abstinencia y los ayunos prescritos, aunque Celia expresaba lo difícil que le costaba cumplirlos. Esta mujer era servicial con todos, pero rigurosa consigo misma. Esta disciplina la obtuvo de su espiritualidad franciscana, pues perteneció a la Tercera Orden de San Francisco. Luis Martin, en cambio, estuvo afiliado a la Cofradía del Santísimo Sacramento. Ambos esposos honraban y hacían amar en su casa a la Santísima Virgen María: la imagen que hoy se conoce como Nuestra Señora de la Sonrisa era venerada especialmente en el mes de mayo.

Esta fe les impulsó a dar donativos económicos a familias pobres, a visitar a los enfermos y atenderlos, procurar que el Viático llegara a los moribundos y ayudar en los trámites de la inhumación de los que no podían pagar esos gastos. Cuando alguien estaba por morir y no daba señales de reconciliarse con Dios antes de abandonar el mundo, toda la familia oraba por su conversión. De estas plegarias se alcanzaron muchas victorias. Don Luis Martin era un hombre que arrastraba con el ejemplo. Muchas personas frecuentaron por su causa el Circulo Católico, a participar en la misma, a visitar a los pobres, a alistarse, como él, en las conferencias de San Vicente de Paul. Por él muchos se hicieron miembros activos de la obra más predilecta que tenía: la Adoración Nocturna.

Puente de San Leonardo en Alençon, donde se conocieron los Beatos.

Puente de San Leonardo en Alençon, donde se conocieron los Beatos.

En un hogar así no hubo nunca un ambiente o atmósfera de sacristía. Los cantos y los gritos se escuchaban por todas partes, la alegría reinaba en la casa, pero sin alboroto ni algarabía. Hay una educación esmerada que forma en valores, actitudes y decisiones. Los padres convivían con sus hijas; dialogaban, paseaban, jugaban, vivían en una admirable comunión. Como esposo, Luis daba toda autoridad y libertad a su señora para la dirección de la casa y el cuidado de su familia, así el señor Martin ejercía toda su autoridad que siempre era respetada.

Como en todas las familias, algún hijo es el motivo de preocupación. En este caso tocó a Leonia ser causa de una atención especial. Era indisciplinada y, según su madre, una inteligencia retrasada; por más que buscaba corregirla, los métodos o disciplinas fracasaban. Realmente era una niña caprichosa. Tras esta conducta estaba la manipulación que hacía sobre la niña una criada. Esto significó para la Beata Celia Guérin una verdadera cruz, pues ignoraba la razón de la volubilidad de su hija. Gracias a la observación que hizo otra hija, María, se logró resolver el asunto. Esta táctica fue tan solapada que la mamá no la advirtió nunca.

Enfermedad y muerte de Celia Guérin
Doña Celia padeció un cáncer de pecho: con el tiempo y pese a su heroísmo, la enfermedad avanzaba. Entonces aceptó hacer una peregrinación a Lourdes, para visitar la gruta de Massabielle y pedir a la Virgen su curación. Su corazón flota entre la última esperanza y el presentimiento del fin: “Nosotros debemos situarnos en disposición de aceptar la voluntad divina, cualquiera que ella sea, porque nos reservará lo que mejor nos convenga”, escribió a su hija Paulina. Llegaron a Lourdes el 18 de junio de 1877. La peregrinación fue una serie de sinsabores y sacrificios para la mujer. A pesar de las oraciones y las abluciones, el cielo no respondió a sus deseos. En una carta escribió a su cuñada: “La Santísima Virgen nos ha dicho, como a Bernardita: “Yo os haré felices, no en este mundo, sino en el otro”. Volvió alegre a su casa y muy animosa. A su hija Paulina, que se mostró enojada con Nuestra Señora, le dice: “No esperes muchas alegrías sobre la tierra, y si no esperara las del cielo, me sentiría muy desgraciada”.

La enfermedad se aceleró con el viaje a Lourdes. Ante la inminencia de su desenlace, diagnosticado por su hermano Isidoro, le confió a éste: “¿Qué será de ese pobre Luis con sus cinco hijas? En fin, les abandono a todos en la Providencia de Dios”.

Muerte de la Beata en presencia de su marido e hijas.

Muerte de la Beata en presencia de su marido e hijas.

Los dos meses que le quedaban de vida fueron atroces, pero no decayó. Aprende su oficio, decía. Éste es su camino de la cruz, por el cual se irá desprendiendo poco a poco de la tierra. Dos veces sale más muerta que viva a la iglesia y en casa, la plegaria, en medio de sus atroces sufrimientos, es la respiración de su alma. En su última carta escribe a su hermano: “¿Qué queréis? Si la Virgen no me cura, es que mi tiempo ha concluido y que Dios quiere bondadosamente que yo descanse fuera de la tierra….” El 26 de agosto de 1877 terminó su paso por este mundo. Al día siguiente fueron sus funerales y recibió sepultura en el cementerio de Nuestra Señora de Alençon.

Humberto

Bibliografía:
- PIAT, Esteban José, OFM, Historia de una familia, Editorial El Monte Carmelo, Burgos, 1950.

Santas Praxedis y Pudenciana, mártires romanas

Esculturas de las Santas Praxedis (dcha.) y Pudenciana (izqda.) en la balaustrada de San Pedro del Vaticano, Roma (Italia).

Esculturas de las Santas Praxedis (dcha.) y Pudenciana (izqda.) en la balaustrada de San Pedro del Vaticano, Roma (Italia).

Aunque se celebran en dos fechas diferentes, hablamos hoy, fiesta de una de ellas, de estas dos hermanas tan conocidas gracias a sus basílicas intituladas en Roma desde tiempos muy antiguos. Se trata de Santa Praxedis (o Práxedes) y Santa Pudenciana (Potenciana) quienes, al igual que sucede con el caso de Santa Petronila, son veneradas únicamente como vírgenes cuando, de hecho, todos los indicios apuntan a que murieron mártires.

Pruebas documentales
Sobre estas dos Santas existe muchísima información. Además de las fuentes principales, que son los documentos relativos al Titulus Pudentis o Basilica Pudentiana y al Titulus Praxedis y de las Actas legendarias, estas mártires figuran en todos los Itinerarios del siglo VII, en los que se afirman que eran veneradas por los peregrinos en el cementerio de Priscila en la vía Salaria. El Itinerario Salisburgense y el De Locis las mencionan en el mismo cementerio, así como la Notitia portarum de Guillermo de Malmesbury. También son mencionadas en algunos códices del Martirologio Jeronimiano, en el Capitulare Evangeliorum de Würzburg, en el Kalendarium Vaticanum, etc.

Las Actas o Gestas de estas dos Santas forman parte de aquellos relatos hagiográficos llamados Legendarios o pasionarios romanos, compuestos entre los siglos V-VI, y usados por los clérigos y los monjes para componer las lecciones de los oficios litúrgicos. Estas Actas de Praxedis y Pudenciana se componen de tres partes: dos cartas y un relato, todos escritos por un sacerdote contemporáneo llamado Pastor.

Las Santas recogiendo los cuerpos de los mártires. Lienzo de Paolo Rossetti (1621). Iglesia de Santa Pudenciana, Roma (Italia).

Las Santas recogiendo los cuerpos de los mártires. Lienzo de Paolo Rossetti (1621). Iglesia de Santa Pudenciana, Roma (Italia).

En la primera parte, Pastor escribe una carta a Timoteo por mediación de Eusebio, subdiácono de la iglesia de Roma, narrándole todo y confirmándole las donaciones realizadas por Novato. Éste es el texto: “Pudente, después de la muerte de su padre Punicio, de su madre Priscila y de su esposa Sabinela, ha transformado su casa, situada “in loco qui appellatur vicus Patricii”, en una iglesia siendo ayudado por Pastor, quién llegó a ser el primer sacerdote de la misma. Pudente murió dejando dos hijos: Timoteo y Novato y dos hijas: Potenciana y Práxedes. Las dos hermanas, de acuerdo con Pastor y con la aprobación del Papa Pío, construyeron un baptisterio en la iglesia fundada por su padre y allí bautizaron a numerosos esclavos, a quienes antes prepararon para su conversión. También fueron bautizados muchos otros paganos. El propio Papa Pío visitó numerosas veces esta iglesia, ofreciendo el santo sacrificio. Potenciana murió el XIV de las Kalendas de junio a la edad de dieciséis años, siendo sepultada en el cementerio de Priscila, en la vía Salaria, cerca de su padre Pudente. Con ocasión de la muerte de su hermana, Práxedes recibió la visita de su hermano Novato. Posteriormente cayó enfermo y su hermana le devolvió la visita, así como el Papa Pío y el sacerdote Pastor. Novato murió después de cederles todos sus bienes a su hermana y al sacerdote”. En la segunda parte, Timoteo responde aceptando las disposiciones de Novato y dándoles a Pastor y a Práxedes la facultad de disponer del resto de los bienes familiares.

En la parte tercera, Pastor continúa su relato: “Práxedes solicitó al Papa Pío la erección de una iglesia en las termas de Nonato “in vico Patricius”, accediendo el Papa, quien dedicó dicha iglesia a su hermana Potenciana. Erigió también otra “in vico Lateranus” y en ella, Práxedes construyó otro baptisterio. Dos años más tarde, se inició una violenta persecución y Práxedes ocultó en dicha iglesia a numerosos cristianos, pero teniendo conocimiento de esto el emperador Antonino, la hizo arrestar y condenó a muerte a un gran número de fieles, entre ellos al sacerdote Semetrio. Práxedes, durante la noche, recogió los cuerpos de los mártires y los sepultó en el cementerio de Priscila. Era el VII de las Kalendas de junio. Ella fue martirizada algunos días más tarde – el VII de las Kalendas de agosto y el sacerdote Pastor la sepultó en el cementerio de Priscila junto a su padre Pudente”. Como he dicho anteriormente, de este relato se deduce que el escritor de dichas Actas, o sea, Pastor, fue un testigo ocular de todo lo que escribió.

Santa Praxedis recogiendo la sangre de los mártires. Lienzo de Scipione Pulzone.

Santa Praxedis recogiendo la sangre de los mártires. Lienzo de Scipione Pulzone.

Resumiendo las Actas: la vida de Santa Praxedis
La historia, por tanto, cuenta que Pastor, sacerdote de Roma, escribió a Timoteo, – a menudo considerado el mismo discípulo del apóstol Pablo, lo cual es discutible-, diciendo que Pudente, “amigo de los apóstoles”, tras la muerte de sus padres y de su esposa Sabinela, había transformado su casa en iglesia con la ayuda del propio Pastor.

Este Pudente, senador romano convertido al cristianismo, murió dejando cuatro hijos: dos varones, Timoteo y Novato, y dos mujeres, Praxedis y Pudenciana. Ellas fueron quienes, con el consentimiento de Pastor y del papa Pío I (140-155) construyeron un baptisterio junto a la iglesia fundada por su padre, convirtiendo y administrando el bautismo a numerosos esclavos y otros muchos paganos.

En efecto, hoy sabemos que uno de los primeros lugares del culto cristiano, si exceptuamos las catacumbas, fueron los hogares de las clases bienestantes. Uno de los dos patios de su hogar estaba destinado a lugar de reunión, y en las dependencias anexas se conservaban códices y pergaminos, así como la habitación del obispo. Tanto Praxedis como Pudenciana se comprometieron a sacar adelante la comunidad cristiana y decidieron consagrar su virginidad a Cristo. Las hermanas hacían su mayor labor al mantener abiertas las puertas de su casa día y noche, dando refugio a los perseguidos.

Parece ser que por esta actividad subversiva, Pudenciana fue juzgada, sentenciada y degollada a los 16 años de edad, aunque no es un dato seguro. Es decir, es muy probable que Santa Pudenciana muriese mártir por su tierna edad -16 años- y porque su actividad era perseguida por el Estado romano. Su martirio es un dato que muchos dan por bueno, aunque culturalmente esta Santa ha sido venerada sólo como virgen. Lo que sí es seguro es que sepultada junto a su padre Pudente en el cementerio de Priscila, sobre la Via Salaria.

Poco tiempo después, Novato cayó enfermo y antes de morir, donó todos sus bienes a su hermana Praxedis, al sacerdote Pastor y a Pío I. Envió una carta a su otro hermano Timoteo, que se hallaba ausente, para pedir su aprobación. Timoteo accedió, poniendo en manos de Praxedis todo el patrimonio familiar.

Glorificación de Santa Pudenciana. Lienzo del altar mayor de la iglesia de la Santa en Roma, Italia.

Glorificación de Santa Pudenciana. Lienzo del altar mayor de la iglesia de la Santa en Roma, Italia.

Los cristianos de Roma acudían a ella para reafirmar su fe cuando las promesas los seducían o las torturas los aterraban. Pero además, la joven, portando una crátera y una esponja, se personaba en las cárceles, lugares de tortura y hacinamiento; y se dedicaba a curar heridas, a reparar huesos, a dar alimentos y medicinas a los presos. Ni el olor ni la visión de la sangre, la podredumbre y las más repugnantes heridas la asustaban. Solía esperar a que finalizara el tormento o la ejecución, para luego limpiar la sangre vertida empapándola con la esponja y escurriéndola en la crátera, o recoger miembros amputados, coser cadáveres y darles sepultura. Actividad que, como ya hemos dicho en el caso de su hermana Pudenciana, en suma implicaba problemas, dado que suponía una filiación con el cristianismo.

Aproximadamente dos años después del martirio de Pudenciana, Praxedis acogió en su hogar a 22 cristianos, a los que ocultó junto al presbítero Simetrio. El emperador Antonino Pío, al ser informado de ello, mandó que los degollaran a todos sin previo aviso. Praxedis, llena de osadía, se encaró con el emperador y le dijo: “Si encuentras todo esto razonable, respétalo; si lo juzgas ridículo, desprécialo; pero no condenes a muertes a los inocentes que no han hecho ningún daño”. Posteriormente a la ejecución, se encargó de sepultarlos, pero algunos días después fue arrestada por su decidido apoyo a los cristianos y decapitada. Pastor la sepultó junto a su padre y hermana.

Así pues, ciñéndonos a estos textos, si bien el martirio de Santa Pudenciana es una suposición por contexto, el de Santa Praxedis es seguro. Aún así, tanto una como la otra, como ya hemos adelantado, han sido veneradas desde siempre únicamente desde su virginidad y no desde su martirio, lo que resulta extraño pero no infrecuente, si recordamos los casos de Santa Petronila y Santa Balbina, por citar sólo dos ejemplos. Pero naturalmente, nos falta la crítica hagiográfica, que presentamos a continuación.

Realidad histórica versus relato legendario
Todos los hagiógrafos modernos admiten que en los relatos de los Legendarios y pasionarios romanos hay mucho de fantasioso, por lo que en las Actas de estas dos Santas, recogidas – como dije antes – dentro de estos documentos, también puede haber algo de fantasía. Hecha la excepción de la existencia de las dos Santas y de sus sepulturas en las catacumbas de Priscila donde fueron veneradas por los peregrinos durante la Edad Media, casi todo el resto puede ser obra de la buena intención del monje o del clérigo redactor del relato de los siglos V-VI.

Miniatura de Santa Pudenciana en el Misal de Atavante, Lyon (Francia). La Santa aparece sosteniendo la palma del martirio.

Miniatura de Santa Pudenciana en el Misal de Atavante, Lyon (Francia). La Santa aparece sosteniendo la palma del martirio.

Es decir, que no cabe dudar que estamos ante dos mujeres reales, muy probablemente mártires, que estuvieron sepultadas en las catacumbas y que fueron veneradísimas desde la tardía Antigüedad, incipiente Edad Media. Por ello se las menciona en muchos textos antiguos. Pero no es adecuado tomar el relato de las Actas al pie de la letra, aunque hay que admitir que no contienen ningún dato explícitamente inverosímil, como sí ocurre con otras actas y leyendas conocidas.

Sin embargo, esto no quita la existencia de algunas tesis que pretenden negar la existencia de las dos Santas o, al menos, de una de ellas: Pudenciana. Así pues, apoyándose en el hecho de que las dos hermanas eran vinculadas al fundador de la antigua iglesia del titulus Pudentis o ecclesia Pudentiana, se creyó que Pudente era el Pudente discípulo del apóstol Pedro, que vivió en el siglo I, y Potenciana, que en realidad se llamaría así, vio su nombre transformado en Pudenciana y fue considerada sin más hija suya; y Praxedis, su hermana, y también hija de Pudente. Según esta teoría, por tanto, Pudenciana no sería sino una interpretación errónea de ecclesia Pudentiana (la iglesia de Pudente), haciendo creer que estaba dedicada a una Santa llamada así, cuando, simplemente, era el nombre de su fundador. Queda a merced del lector el ponderar esta rebuscada, aunque fascinante teoría.

Culto y memoria de las mártires
El culto litúrgico de estas dos Santas es muy antiguo y prueba de ello es – como hemos dicho -, que ambas son mencionadas en varios códices del Martirologio Jeronimiano, en los que el dies natalis es mencionado: Potenciana, el XIV Kal. Iunii (19 de mayo) y Práxedes, el XII Kal Augusti (21 de julio). Asimismo su culto es mencionado en los sacramentarios Leoniano, Gelasiano y Gregoriano. En el Kalendarium Vaticanum de la Basílica de San Pedro – que es del siglo XII – a Potenciana (como Pudenciana) se la festeja el 19 de mayo y a Práxedes, el 21 de julio.

Sarcófago con los cuerpos de las mártires. Iglesia de Santa Práxedes, Roma (Italia).

Sarcófago con los cuerpos de las mártires. Iglesia de Santa Práxedes, Roma (Italia).

Se sabe que en tiempos del Papa Pascual I (817-824), el 20 de enero del 827, se sacaron de las catacumbas 2300 cuerpos de mártires -¡ahí es nada!- que fueron repartidos entre varias iglesias de la ciudad de Roma, cosa que se hizo para evitar que fueran profanados por los longobardos. La iglesia de Santa Práxedes, que había sido reconstruida por dicho Papa, fue la más favorecida; y es muy probable que fuera en esta ocasión cuando las reliquias de Potenciana fueran transferidas desde la iglesia de San Pudente a la de Santa Práxedes. Las reliquias de ambas fueron puestas en la cripta bajo el altar mayor.

Con ocasión de la transformación que se hizo en la iglesia a finales del siglo XVI, un nuevo altar mayor sustituyó al antiguo y las reliquias de ambas fueron puestas bajo el mismo. Este altar fue nuevamente sustituido a principios del siglo XVIII. Actualmente, las reliquias de ambas y las de otros muchos Santos se conservan en la cripta de la iglesia dentro de cuatro antiguos sarcófagos. Una inscripción indica que las reliquias de estas dos hermanas reposan actualmente en el sarcófago inferior de la parte derecha.

Con todo, es curioso remarcar que en la capilla de Santa Ana del palacio de la Almudaina de Palma de Mallorca (Mallorca, España) se venera una urna con unos huesos atribuidos a Santa Praxedis. Estamos hablando de un esqueleto casi completo que el rey Jaime III trajo a la isla y que siempre ha sido venerado como los huesos de la mártir romana, que teóricamente siguen en su basílica de Roma. Incluso se le atribuyen poderes milagrosos y la veneración local que llegó a alcanzar -no en vano fue copatrona del reino de Mallorca- hizo que hasta hace bien poco muchas mujeres mallorquinas se llamasen en su honor Práxedes. Pero si resulta que la mártir romana está junto con su hermana en la Ciudad Eterna, ¿de quién son estos huesos? Ahí lo dejo.

Imagen de Santa Praxedis con sus atributos habituales: esponja y vasija, y uno nada frecuente, la palma del martirio. Iglesia de la Santa en Sherbrooke, Québec (Canadá).

Imagen de Santa Praxedis con sus atributos habituales: esponja y vasija, y uno nada frecuente, la palma del martirio. Iglesia de la Santa en Sherbrooke, Québec (Canadá).

Iconografía y festividad
Como hemos dicho ya numerosas veces, es muy probable que estas dos hermanas murieran mártires. De Pudenciana se intuye y de Praxedis se afirma en las Actas; si bien es cierto que deben ser tomadas con cautela; aunque realmente sólo los mártires despertaban tal veneración en el período que nos ocupa. Sin embargo, esta imprecisión respecto al martirio hace que este detalle no haya trascendido a la iconografía de las Santas, salvo muy pocas excepciones. Recordadas popularmente sólo como vírgenes, aparecen representadas como dos jóvenes que recogen los cuerpos de los mártires, les dan sepultura y limpian los restos de sangre y miembros dispersos. Cuando no aparecen las dos juntas, es Praxedis la que aparece sola, siendo la esponja y la crátera llena de sangre su atributo principal. Cuando Pudenciana aparece representada sola también suele aparecer con estos atributos, aunque con menor frecuencia que su hermana.

Sólo en muy pocas representaciones artísticas podemos ver a las hermanas sosteniendo el atributo del martirio -la palma o rama- lo que prueba que, generalmente, no se ha seguido con atención el relato de las Actas y ante la imprecisión del dato del martirio -en el caso de Pudenciana, que no en el de Práxedes- se ha ignorado que estamos ante dos vírgenes mártires.

Mención aparte merecerían las basílicas dedicadas a las hermanas en Roma, que son una joya del arte paleocristiano, pero éste no es el objeto del presente artículo, que prefiere centrarse en sus titulares. Las Santas, aunque hermanas entre sí, se celebran en días distintos, los de su martirio según los textos: 19 de mayo Santa Pudenciana, 21 de julio, o sea hoy, Santa Praxedis.

Meldelen

Bibliografía:
- VVAA, Bibliotheca sanctorum (Enciclopedia dei Santi), Ed. Città Nuova, Roma 1984.

Enlaces consultados (17/07/2014):

http://www.ciutat.es/portada/cultura/item/8678-jaume-iii-y-los-huesos-de-santa-praxedes

http://www.diariodemallorca.es/palma/2008/10/17/huesos-santa-praxedes/401440.html

Santos Reinilde y compañeros, mártires

Vidriera de la Santa en la iglesia de San Wasnon, Condé (Francia).

Vidriera de la Santa en la iglesia de San Wasnon, Condé (Francia).

Hoy hablaremos de una santa merovingia cuyo nombre se escribe de muchas maneras -Reinilde, Reinalda, Reinildis, Reinelda-; una virgen taumaturga y peregrina cuyo asesinato a manos de los hunos se consideró, desde el mismo instante en que se produjo, como un testimonio de martirio, de suerte que es venerada como virgen y mártir. Es conmemorada junto con sus dos compañeros de martirio -Grimoaldo y Gonfoldo- y está emparentada, según su Vita, con importantes santos de veneración merovingia.

La primera Vita escrita sobre estos Santos se ha perdido, pero tenemos una segunda escrita en el siglo XII por un monje de la abadía de Lobbes, que en parte es legendaria. Según esta Vita, Reinilde era hija del conde merovingio Witger y de su esposa Santa Amalberga, la cual estaba emparentada con la familia de los Pipinos. Tuvo una hermana llamada Gúdula – que no es otra que Santa Gúdula, virgen patrona de Bruselas – y un hermano – San Emeberto, que fue obispo, pero sin ninguna diócesis definida, y de hecho hay quienes lo identifican con San Ildeberto, obispo de Cambrai-.

Reinilde nació en la villa de su padre, el “Castrum Condacense”, hoy identificada con la localidad de Kontich, a mitad de camino entre Amberes y Mechelen, en torno al año 630. Sus padres, cuando terminaron de educar a sus tres hijos, se retiraron a un monasterio: Witger se fue a la abadía de Lobbes y Amalberga a Maubeuge, donde murió y donde se la venera también como Santa.

Reinilde y Gúdula decidieron consagrarse a Dios; fueron a Lobbes, el monasterio donde se había retirado su padre, para entregar todos sus bienes, pero no fueron bien recibidas, ya que hasta ese momento ninguna mujer había osado pisar el umbral de la abadía. Gúdula, al verse rechazada, se marchó de inmediato, pero Reinilde tuvo más paciencia y se mantuvo en la puerta por espacio de tres días, sin comer ni beber. Entonces, dice la Vita que las puertas se abrieron solas y las campanas comenzaron a repicar sin que nadie las tocara. Ante estos signos prodigiosos, los monjes no pudieron oponerse a que ella entrara y les entregara todos sus bienes.

Martirio de la Santa. Grabado barroco en una estampa devocional italiana.

Martirio de la Santa. Grabado barroco en una estampa devocional italiana.

Después de esto y acompañada por algunos criados, emprendió un viaje a Tierra Santa y al cabo de dos años, volvió a su tierra, trayendo numerosas reliquias. Se retiró a un lugar en los confines de Brabante y Hainaut, lugar que con el tiempo, en su honor, vino a denominarse “Xantas”. Allí se dedicó a llevar una vida de oración y penitencia, hasta el año 700, en que aquellas tierras fueron invadidas por los hunos, que incendiaron y saquearon la ciudad.

La población del entorno huyó, pero Reinilde se refugió en una iglesia con dos de sus servidores, el clérigo Grimoaldo y el seglar Gondolfo. Probablemente esperaban verse a salvo en el interior de la iglesia, pero fue en vano, ya que los hunos igualmente la asaltaron, reventando las puertas en busca de los tesoros sacros; y los tres fueron martirizados delante del altar de la iglesia; eran finales del siglo VII. Reinilde fue arrastrada de los cabellos hasta el exterior de la iglesia y asesinada. Si damos por buenas las fechas sugeridas, era ya una anciana de avanzada edad: tenía 70 años y llevaba toda una vida de virginidad dedicada a la oración y la penitencia.

Haciendo una crítica no muy severa a esta narración, pueden darse por buenas algunas de las cosas que se cuentan. El viaje a Lobbes puede servir para legitimar la discutida posesión de tantas riquezas en dicha abadía. La peregrinación a Tierra Santa sirve de coartada para garantizar la autenticidad de determinadas reliquias conservadas en Lobbes, pero la noticia referente a los hunos es totalmente anacrónica, ya que dicha invasión tuvo lugar dos siglos antes de la época en que se ubica a la Santa (!!!). Posiblemente se tratara de la incursión de algunas bandas de ladrones frisones o sajones, que en aquellos tiempos eran paganos y que fueron los precursores de las feroces incursiones de los normandos en tiempos posteriores. Sin embargo, la existencia histórica de Reinilde está fuera de toda duda, así como su reputación de Santa. Es posible que, en efecto, una virgen peregrina y ermitaña fuese martirizada en una de estas razzias sacrílegas, que eran frecuentes en la época.

En el año 866, el obispo San Juan de Cambrai fue a Saintes (“Xantas”) e hizo la elevación de sus reliquias, lo que suponía de facto su canonización. A partir de ese momento, su culto se difundió y es muy posible que fuese en ese período cuando se escribió la primera “Vita”, hoy perdida. Posteriormente, se han hecho otros reconocimientos de las reliquias: 1170, 1344, 1562, 1620 y 1811. Huelga decir que la autenticidad de estas reliquias también está fuera de toda duda.

Urna que contiene las reliquias de la Santa.

Urna que contiene las reliquias de la Santa.

Reinilde, Grimoaldo y Gondolfo son muy venerados en esa archidiócesis, especialmente en Saintes y en Kontich. Ella es especialmente invocada contra las enfermedades de la vista -al igual que otras Santas como Lucía, Otilia y Maxellendis- y su fiesta durante un tiempo fue celebrada el 16 de julio -es decir, hoy-, aunque ahora se celebra el día 21 del mismo mes, probablemente por ser la primera fecha la celebración de Nuestra Señora del Carmen. Sin embargo, hemos decidido publicar este artículo hoy porque el próximo día 21 se dedica a dos Santas también celebradas ese día, las mártires romanas Praxedis y Pudenciana.

A la Santa se le representa unas veces vestida como princesa y otras veces como peregrina con un bastón en la mano, o incluso mezclando ambos atuendos. Incluso ha llegado a representarla como si fuera una monja benedictina, cosa que no era. También se la representa con una espada, símbolo de su martirio, en ocasiones sustituida por una pica o un hacha; o pisando una corona, símbolo de su renuncia a las riquezas del mundo. La imagen más antigua de ella es de madera y data del siglo XV. También aparece en una miniatura de un misal del siglo XV, junto con su hermana Santa Gúdula cuando iban a visitar la abadía de Lobbes.

En la zona de Saintes existe una fuente que, según la leyenda, brotó cuando la Santa plantó en la tierra su bastón de peregrina. Se considera que sus aguas son medicinales y la gente solía acudir a lavarse los ojos en ella para invocar la protección de la Santa sobre su vista.

Fuente de la Santa en Saintes (Francia), cuyas aguas se consideran buenas para la vista.

Fuente de la Santa en Saintes (Francia), cuyas aguas se consideran buenas para la vista.

Como ocurre con muchas otras Santas medievales, la cuestión sobre si su asesinato debe considerarse martirio es algo que depende del cristal con que se mire. Claramente quienes la asesinaron eran paganos y profanaron la iglesia para saquearla, no teniendo respeto ni consideración ni por el lugar sagrado ni por la anciana virgen que había dedicado su vida a Dios. ¿Es esto martirio? Cada cual que saque sus conclusiones.

Bibliografía:
- VAN DEN BERGH, Karel, “Bibliotheca sanctórum, tomo XI”, Città Nuova Editrice, Roma, 1990.