San José, el hijo de Jacob

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Fresco ortodoxo del Patriarca, obra de Matthew Garrett. Iglesia Ortodoxa Antioquena de San Antonio, Bergenfield, Nueva Jersey (EEUU).

Fresco ortodoxo del Patriarca, obra de Matthew Garrett. Iglesia Ortodoxa Antioquena de San Antonio, Bergenfield, Nueva Jersey (EEUU).

La historia del Patriarca José, la conocemos porque viene bien relatada en las Sagradas Escrituras, concretamente en el Libro del Génesis, aunque el Libro del Eclesiástico también lo alaba diciendo: “Tampoco nació ningún hombre como José, el líder de sus hermanos y el sostén de su pueblo; sus huesos fueron tratados con respeto” (Eclesiástico, 49, 15). José fue hijo de Jacob y de su mujer predilecta, Raquel cuando aun estaban junto a Labán, en Haran (Mesopotamia). Su madre le llamó José, nombre que significa “al que Yahvé engrandece”.

Cuando tendría unos quince años de edad, quedó huérfano de madre cuando esta dio a luz a su hermano Benjamín, atrayendo sobre él la predilección de su padre. Las Sagradas Escrituras lo presentan como un joven bondadoso y temeroso de Dios, que odiaba el mal en todas sus manifestaciones y que detestaba la conducta inmoral de sus hermanos mayores, que lo escandalizaban y desorientaban. Sintiendo la necesidad de contarle a su anciano padre las actuaciones de sus hermanos, como Jacob los reprendió, ellos decidieron vengarse del joven José, que para ellos era un reproche viviente de sus reprobables conductas. El libro del Génesis nos dice que “amando Jacob (Israel) a José más que a todos sus hijos, porque lo había tenido en su vejez, le hizo una túnica de diversos colores” (Génesis, 37, 3) y no solo hizo esto para distinguirlo, sino para premiarlo, cosa que incrementó el odio de sus hermanos, que planearon deshacerse de él buscando el mejor momento para hacerlo.

José vendido por sus hermanos. Lienzo de Konstantin Flavitsky, 1855.

José vendido por sus hermanos. Lienzo de Konstantin Flavitsky, 1855.

Un día en el que los hijos de Jacob se encontraban con sus rebaños pastando junto a Siquén, José fue enviado por su padre para que viera cómo estaban sus hermanos y sus rebaños de ovejas y le informara. Llegado a Siquen, le dijeron que sus hermanos estaban en Dotán (la actual Tell-Dota), que era un lugar de tránsito del comercio entre Siria y Egipto. Cuando llegó a Dotán, sus hermanos lo vieron de lejos y decidieron matarlo. Su hermano Rubén se opuso: “No derraméis su sangre; metedlo en esta cisterna que está en el desierto y no pongáis vuestras manos sobre él”. Cuando llegó José, le quitaron sus vestidos – símbolo de la predilección de su padre – y lo metieron en la cisterna, que estaba vacía. Y pasando por allí algunos mercaderes de Madián camino de Egipto, lo sacaron de la cisterna y lo vendieron por veinte piezas de plata. Los mercaderes se llevaron a José a Egipto. Sus hermanos hicieron ver a Jacob que José había muerto atacado por algún animal.

En Egipto, José fue vendido a Putifar, que era el jefe de la guardia del Faraón y en la casa de este poderoso personaje, no terminaron sus tribulaciones, ya que al ser joven y de aspecto físico agradable y como era el mayordomo de la casa, atrajo la atención de la esposa de Putifar que le propuso acostarse con ella: “¿Cómo haría yo este gran mal pecando contra Dios?”, fue su respuesta (Génesis, 39, 9). O sea, que José, al ser un varón justo sabía que el pecado de fornicación era una ofensa a Dios. No traicionó su conciencia y era por esa virtuosidad por lo que Putifar le había encargado la mayordomía de su casa. La mujer insistió una y otra vez y José tuvo que huir dejando sus ropas entre sus manos. Ella lo acusó de haber querido violentarla sexualmente. Putifar lo atrapó y encarceló, pero “Yahvé estaba con José y le extendió su misericordia, haciéndole ser bien visto por el jefe de la cárcel. Este entregó en las manos de José el cuidado de todos los presos que había en aquella prisión. Todo lo que se hacía allí, él lo hacía. El jefe de la cárcel no necesitaba atender cosa alguna que estuviese al cuidado de José, porque Yahvé estaba con José y lo que él hacía, Yahvé aun lo mejoraba” (Génesis, 39, 21-23).

José interpreta los sueños del faraón. Lienzo de Arthur Reginald, 1894.

José interpreta los sueños del faraón. Lienzo de Arthur Reginald, 1894.

En la cárcel estaban detenidos con él, el copero y el panadero del Faraón. José se hizo amigo de ellos e interpretó algunos de sus sueños. El sueño del copero fue interpretado como un buen augurio, ya que pronto sería excarcelado, pero el sueño del panadero predecía su muerte (Génesis, cap. 40). José le pidió al copero que cuando fuese puesto en libertad, se acordara de él e intercediera a su favor, pero este se olvidó de José, quién permaneció dos años más en la cárcel.

Pero dos sueños providenciales del Faraón, que no fueron interpretados por nadie, marcaron su suerte, pues en ese momento el copero recordó cómo José había interpretado sus sueños y aconsejó que se acudiera a su interpretación. Y esta fue su interpretación: “Esto es lo que respondo al Faraón. Lo que Dios va a hacer, os lo ha mostrado. He aquí que vienen siete años de gran abundancia en todas las tierras de Egipto y tras ellos, seguirán siete años de hambre y toda la abundancia será olvidada en Egipto y el hambre consumirá la tierra. La abundancia no se recordará porque el hambre que la siga será gravísima. Al haber soñado esto el Faraón dos veces, significa que la voluntad de Dios es firme y que se apresura a hacerla”. Y se atrevió a darle la solución a tal problema: “Provea ahora el Faraón de un varón prudente y sabio y póngalo sobre la tierra de Egipto. Haga esto el Faraón y ponga gobernadores por todo el país y exija el quinto a Egipto en los siete años de abundancia. Junten todas las provisiones de esos buenos años que vienen y recojan el trigo en nombre del Faraón a fin de mantener a las ciudades y guárdenlo. Y esté esta provisión en depósitos a disposición del país, para que cuando vengan los siete años de hambre que padecerá Egipto, el país no perezca de hambre” (Génesis, 41, 28-36).

José y sus hermanos son bienvenidos en la corte del faraón. Lienzo de James Tissot, 1900.

José y sus hermanos son bienvenidos en la corte del faraón. Lienzo de James Tissot, 1900.

El faraón, admirado y conquistado por la sabiduría y virtud de José, le propuso el aprovisionamiento de Egipto, dándole la responsabilidad de gobernar Egipto siendo su mano derecha y es en este momento donde quedaron claros los designios de Dios sobre la turbulenta vida de José, que se convertiría en el salvador de su propia familia.

Sus hermanos también empezaron a sufrir la carestía que afectaba a Egipto y allí marcharon en busca de alimento. José los reconoció sin ser reconocido y después de haberlos sometido a varias pruebas, finalmente se dio a conocer, los perdonó generosamente e hizo que llevaran a su padre Jacob y a toda su familia a Egipto, asignándoles la fértil tierra de Gosen. El encuentro de José con sus hermanos recoge las más bellas palabras del Antiguo Testamento por el “πάθος” que las impregna. (Recordemos que “πάθος” es un concepto ético que representa todo lo que se siente o experimenta: estado del alma, tristeza, pasión, padecimiento y enfermedad).

José murió con ciento diez años de edad y los hijos de Israel, cuando marcharon de Egipto bajo la guía de Moisés, transportaron sus restos a la tierra de sus padres: Moisés tomó consigo los huesos de José, pues éste había hecho jurar a los hijos de Israel, diciendo: Ciertamente Dios os visitará y entonces, llevaos de aquí mis huesos con vosotros” (Éxodo, 13, 19). Aconsejo leer los capítulos 37 y siguientes del Libro del Génesis.

Los acontecimientos de la vida de José nos muestran cómo actúa la Divina Providencia, que dirigiendo los asuntos humanos los conduce a su fin último: Jacob es el fundador de una gran familia y sus hijos, las ramas de un gran árbol, cuyo fruto más precioso es el Mesías, que nacerá de la estirpe de Judá. José es un protagonista involuntario, aunque consciente, de un drama que en un principio fue solo familiar; toda su vida fue conforme a la voluntad divina, al servicio de Dios y es por eso, que representa anticipadamente a otro José – el esposo de María -, que fue también puesto a prueba y que fue un precioso instrumento puesto en las manos de Dios: cuidó y educó a su Hijo, Jesús de Nazareth.

José también nos prefigura, nos representa anticipadamente a Cristo. Tertuliano dijo: “Ioseph in Christum figuratur” y este paralelismo fue desarrollado por San Isidoro de Sevilla en su obra “Quaestiones in vetus Testamentum”, así como por San Pedro Crisólogo, arzobispo de Ravenna en su sermón “De Nativitate”, que fue popularizado en el siglo IX por Rabano Mauro y por Walafrido Strabon e incluso en el siglo XIII, en las Biblias mozárabes:

Tumba del Santo en Hebrón, Palestina.

Tumba del Santo en Hebrón, Palestina.

“Ioseph descendit in Aegyptum et Christus in mundum.
Nudaverunt Ioseph fraters sui tunica polymita,
Iudaei Christum expoliaverunt tunica corporali.
Ioseph mittitur in cisternam et Christus descendit in Infernum”.
“Ioseph exit de cisterna,
Christus redit ad superna,
Post mortis supplicium”
.
(Creo que se entiende de sobras, que no es necesaria traducción alguna).

José vendido por sus hermanos y Jesús traicionado por Judas por treinta monedas. José fue llevado forzosamente a Egipto y Jesús también se vio forzado a huir a Egipto huyendo de la matanza de Herodes. José fue encerrado por Putifar en una prisión junto con dos condenados (el copero y el panadero) y Jesús también fue crucificado entre dos ladrones. José salió de la cisterna y de la prisión y Jesús, salió del sepulcro. José facilitó alimento a su pueblo y a sus hermanos y Jesús alimentó a sus discípulos y a un inmenso gentío con la multiplicación de los panes. Incluso en la Edad Media, algunos exégetas llegaron a comparar los honores recibidos por José, con la glorificación y ascensión de Jesús a los cielos: “Ille post tribulationem pervenit ad honorem; Christus post resurrectionem triumphans ascendit ad Patrem”.

Jacob, en el lecho de muerte bendijo a los hijos de José cruzando los brazos “in modum crucis”: “José tomó a los dos, a Efraím con la derecha, a la izquierda de Israel (Jacob) y a Manasés con la izquierda, a la derecha de Israel y los acercó a éste. Jacob extendió su diestra y la puso sobre la cabeza de Efraím aunque era el menor, y su izquierda sobre la cabeza de Manasés: es decir que cruzó las manos, puesto que Manasés era el primogénito” (Génesis, 48, 13-14). La interpretación simbólica de este gesto es que Jacob prefirió a Efraím (que personifica en sí a los gentiles) ante Manasés (que personifica a los judíos por ser el primogénito), siendo esto también un anticipo de Cristo, que sustituyó a un pueblo que se mantuvo terco en el error, por un nuevo pueblo de Dios: la Iglesia. La Iglesia sustituye a la Sinagoga, la Nueva Alianza, sustituye a la Antigua.

Tumba de José antes de 1899 . Monte Ebal.

Tumba de José antes de 1899 . Monte Ebal.

Según el Calendario Palestino-georgiano del “Sinaiticus 34” y según el Leccionario Jerosolimitano, la fiesta del Patriarca José se celebraba en Jerusalén el 4 de septiembre, junto con la de Moisés y el mártir Julián, en un monasterio erigido por la noble Flavia en el Monte de los Olivos a mediados del siglo V. Pero no existen señales de culto en los sinaxarios bizantinos ni en los martirologios occidentales. Sin embargo, la Iglesia Etiópica lo conmemora, junto con su esposa Asenet, el 26 de mayo y el 31 de julio.

Antonio Barrero

Bibliografía:
Biblia de Jerusalén, Editorial Española Desclée de Brouwer, S.A., Bilbao, 1967.
– DA SORTINO, P., “Bibliotheca sanctórum, tomo VI”, Città Nuova Editrice, Roma, 1988.
– HOLZAMMER, G., “Manual de Historia Bíblica: el Antiguo Testamento”, Torino, 1939.

Enlace consultado (07/08/2014):
– http://en.wikipedia.org/wiki/Joseph_(son_of_Jacob)

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Contestando a algunas preguntas breves (X)

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Detalle de un fresco ortodoxo griego de San Filónides de Kourion.

Detalle de un fresco ortodoxo griego de San Filónides de Kourion.

Pregunta: Está claro que un suicida no puede ser canonizado, pero yo he oído hablar de que en la antigüedad fue canonizado un santo que se suicidó voluntariamente. ¿Eso es verdad? Estoy muy interesado en este tema tan curioso. Muchas gracias.

Respuesta: No seré yo quien juzgue las razones por las cuales una persona puede decidir suicidarse, ya que sólo Dios y esa misma persona saben, qué puede pasarle por la cabeza a quien toma esa trágica decisión. Pero yendo al meollo de tu pregunta, te diré que sí, que existe un Santo del cual se dice que se suicidó y es San Filónides de Kourion. Te resumiré su vida.

San Filónides nació en Chipre a mediados del siglo III. Muy joven fue ordenado de sacerdote y nombrado primer obispo de Kourion. Cuando se desató la persecución de Diocleciano, el gobernador Máximo lo capturó y encarceló y con él a sus tres compañeros: al sacerdote Aristocles, al diácono Dimitriano y al lector Atanasio, a quienes martirizaron hasta la muerte, de manera terrible, porque no quisieron ofrecer sacrificios a los dioses. Después de esto, los verdugos dijeron a Filónides que si no ofrecía sacrificios, lo desnudarían y abusarían sexualmente de él.

Ante esta amenaza, el obispo se quedó espantado y, después de haber orado durante largo tiempo, llamó a unos cristianos, les contó lo que le iban a hacer y su intención de sacrificarse, pues no quería escandalizar a nadie por la forma vergonzosa en la que lo iban a matar. Huyó por un pasadizo secreto que había en la cárcel hasta llegar a lo alto de un acantilado y, después de cubrirse el rostro y de hacer la señal de la cruz tres veces, se tiró por el precipicio. Dice la tradición que, antes de llegar su cuerpo al suelo, su alma voló a los cielos. Su cuerpo fue arrojado al mar, pero el mar lo devolvió a la orilla y pudo ser enterrado; era el año 305. Poco después de su muerte, se le apareció a unos cristianos con la palma del martirio en la mano y una corona en su cabeza.

Parece que se suicidó, pues se tiró voluntariamente por el acantilado para que su muerte no escandalizara a sus fieles, pero la Iglesia lo venera como santo mártir: el Sinaxario Constantinopolitano lo conmemora el 30 de agosto y el Sinaxario de San Nicodemos el Hagiorita, lo menciona el 17 de junio. Yo, personalmente, en este acto no veo un suicidio, sino un acto de amor a sus fieles.

"Magdalena penitente", óleo de Domenikos Theotokopoulos "El Greco" (1585-1590). Museo Cau Ferrat, Sitges (España).

“Magdalena penitente”, óleo de Domenikos Theotokopoulos “El Greco” (1585-1590). Museo Cau Ferrat, Sitges (España).

Pregunta: Buenos días. Quisiera saber cómo puedo localizar los textos de Hipólito donde nombra a María Magdalena como “Apostola apostolum” y también el himno penitencial de Kassia a María Magdalena. Muchísimas gracias.

Respuesta: Éste es el texto del Tropario de Cassia (Himno penitencial a Maria Magdalena), que se canta el miércoles santo en las Iglesias ortodoxas de Grecia:

“Sintiendo tu divinidad, Señor, una mujer de muchísimos pecados, se convierte a sí misma en una portadora de mirra y con riguroso luto te trae este perfume a tu sepultura gritando: ¡Ay de mí! porque la noche es para mí un antro de lujuria, un eros oscuro y sin luna. Tú que recoges en los océanos, las aguas de las nubes, recibe Señor, la fuente de mis lágrimas. Bendice los dolores de mi corazón, Tú que nos bendices desde los cielos. Por tu anonadamiento inefable voy a besar tus pies inmaculados y secarlos con los mechones de mis cabellos. Esos mismos pies cuyo sonido al andar escuché en la oscuridad y que me hizo temer tu juicio dada la multitud de mis pecados. Oh Salvador de mi alma, tú, cuya misericordia es infinita, no ignores a tu sierva”.

Este texto lo he traducido del griego y creo que está más o menos bien traducido. En cuanto a los escritos de San Hipólito de Roma, los puedes localizar en una librería especializada o al menos, allí se los pueden buscar. Además, te aconsejo que leas los artículos que sobre Santa María Magdalena hemos publicado en este blog.

Pregunta: Soy de Toledo y tengo un blog dedicado a la “olvidada” historia de mi pueblo. Buscando en la red he dado con vuestro blog y me ha llamado mucho la atención que el padre del primer santo mexicano fuese de mi pueblo, cosa que creo ignora casi todo el mundo, pues es la primera referencia que tengo de esto. Quisiera que me aseguraseis que es de Illescas, pues en mi blog quiero hablar de este Santo y me gustaría tener más información. Muchas gracias.

Respuesta: Pues sí, San Felipe de Jesús nació en México pero de padres españoles como bien se explica en el artículo del día 5 de febrero del año pasado publicado sobre él, que es al que tú haces referencia.

Sobre los santos mártires del Japón existe mucha información publicada y sería larga la lista de bibliografía que podríamos facilitarte, aunque te advierto que poca está en castellano. Puedes dar por buenos los datos de nuestro artículo e, indagando en la historia de tu pueblo, verás como llegas hasta Don Alonso de Las Casas, quien nació en Illescas en el año 1547 y que era el padre de San Felipe.

Ejemplo de una auténtica.

Ejemplo de una auténtica.

Pregunta: Quisiera haceros algunas preguntas sobre los cuerpos santos: cuál fue la “auténtica” más antigua, qué pasa si se pierde una “autentica”, si todas las figuras yacentes de mártires son cuerpos santos y tienen “autentica”, qué datos se ponen en la “autentica”, qué es una lipsanoteca y si sabe por qué se roban algunas reliquias. Gracias.

Respuesta: ¿Cuál es la fecha más antigua de una “autentica” o certificación de autenticidad de una reliquia? Como comprenderás esa pregunta solo te la pueden contestar en el Vaticano. Yo, genéricamente, te diría siglo XII o XIII, pero comprenderás que la fecha exacta de la primera que se hizo, sólo la sabrán ellos.

Es verdad que debido a robos, incendios, guerras y otras catástrofes se han perdido muchas “autenticas”. Desde ese momento, al Santo en cuestión no se le puede dar culto público porque no existe su certificado de autenticidad. Si está en un altar, hay que quitarlo y reservarlo en un lugar digno pero donde no reciba culto. Desde ese momento, aunque estén justificadas, existen dudas y hay que ser consecuente.

Algunas veces no se veneran los restos reales del santo mártir y me explico. Hay muchas iglesias que tienen simples figuras yacentes de madera o cera con una minúscula parte del cuerpo del santo puesta en un pequeño relicario, por ejemplo, en el pecho. Como comprenderás esa figura no es el cuerpo del Santo. Casos de esos, hay cientos y esas figuras nunca tendrán una “autentica” como tal figura, sino que la “autentica” hará referencia sólo a la pequeña reliquia que porta.

En la “auténtica” consta el nombre del Santo, en qué condiciones se encuentra el cuerpo o reliquia, de donde se ha sacado, cómo se presenta en la urna y cómo es esa misma urna… (un ejemplo: “San Marcelo mártir extraído de las catacumbas de Calixto el día 1 de enero de 1740, cuyas reliquias están dentro de un cuerpo de cera, que aparece revestido de ropaje de lino rojo con una palma en la mano y que está acompañado por un vaso de vidrio que contiene su sangre y que se pone en una urna de madera dorada con cristales de vidrio, herméticamente cerrada y sellada…”), o sea, se dan todo tipo de detalles. Asimismo, se identifica al que lo certifica con su nombre completo y cargo eclesiástico que ostente, quién además tiene que firmar personalmente el documento y lacrarlo con su sello personal, indicando concretamente la fecha en que lo hace. Generalmente, el sello es en relieve para que no pueda falsificarse. Tiene además que decir si se permite o no poner la reliquia a la veneración pública, donde, a quién se le entrega, etc.

Una lipsanoteca es un recipiente que contiene una reliquia, pero si hablamos de la Lipsanoteca Vaticana, nos estamos refiriendo al Organismo Vaticano que se encarga de la custodia, control y reparto de las reliquias de los santos y beatos. Cada reliquia allí depositada, y son miles, tiene su “auténtica” correspondiente. Si una se entrega a alguien o a algún organismo eclesiástico, a la reliquia o cuerpo del Santo entregado (si es que está completo) tiene que acompañarle su “auténtica” correspondiente. Si no, no sirve.

Reliquias robadas en Grecia.

Reliquias robadas en Grecia.

¿Por qué se roban las reliquias? Pues eso lo sabrán quienes las roban, no yo. Puede ser para quedársela, para venderla, para regalarla, para profanarla… a saber… no te puedo ser más concreto. Recientemente, a un diácono ortodoxo griego le cogieron cientos de relicarios incluso de cráneos de Santos; los había robado para venderlos. El cráneo de San Francisco Solano lo robaron para hacer magia con él. Los restos de Santo Toribio de Mogrovejo se fueron quedando a trozos por cada localidad por donde pasaba desde el sitio en el que murió hasta donde finalmente se puso, llegando solo pequeños huesos y el cráneo, etc. Hay miles de casos.

En fin, termino diciéndote que sobre cuerpos santos hemos escrito muchos artículos en el blog y que sería bueno que los leyeras poco a poco.

Antonio Barrero

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San Moisés, profeta y legislador (II)

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"Moisés con las Tablas de la Ley", óleo de Rembrandt van Rijn (1659). Gemäldegalerie  de Berlín, Alemania.

“Moisés con las Tablas de la Ley”, óleo de Rembrandt van Rijn (1659). Gemäldegalerie de Berlín, Alemania.

En el artículo de ayer nos quedamos en el momento en el que el pueblo de Israel, guiado por Moisés, llegó al monte Sinaí. En este monte ocurrieron los acontecimientos más importantes y más decisivos de toda la historia de Israel: la constitución de la alianza entre Dios y todas las naciones mediante la publicación de los Diez Mandamientos, hecho que se produjo en una grandiosa manifestación de la teofanía. Moisés aparece con una grandeza sobrehumana, en íntima familiaridad con Yahvé y cuando Aarón y los suyos lo recibieron, su rostro irradiaba luz, que era reflejo del esplendor divino. Pero en este momento solemne también hubo un contratiempo doloroso: el pueblo había caído en la idolatría y se había abandonado al resplandor de un becerro de oro, que habían solicitado fabricar al débil Aarón. Dada la fragrante violación del decálogo de esta alianza apenas aceptada, Yahvé manifestó su intención de destruir a todo el pueblo de Israel y de constituir a Moisés como cabeza de una nueva estirpe, pero Moisés no sólo se negó, sino que se ofreció a sí mismo para salvar a su pueblo, intercediendo ante Dios y consiguiendo su perdón.

Pasado un año, se reanudó el camino hacia el norte y llegados a Cadesh, Moisés mandó a unos exploradores para estudiar el país de Canaán (Números, 13) y así, iniciar su conquista. Ellos informaron de las dificultades, por lo que el pueblo se rebeló contra él y de nada valieron las protestas de Josué y de Caleb, que habían formado parte del grupo de exploradores. Quisieron lapidarlo y que otro, los guiase de nuevo a Egipto. Yahvé intervino: “¿Hasta cuándo ha de irritarme este pueblo? ¿Hasta cuando no me creerán con todas las señales que he hecho en medio de ellos? Yo los heriré de muerte y los destruiré y a ti (a Moisés) te pondré al frente de gente más grande y más fuerte que ellos” (Números, 14, 11-12). Nuevamente intercedió Moisés ante Dios recordándole su misericordia; sus oraciones fueron escuchadas y Yahvé nuevamente perdonó a su pueblo, pero la generación que inició el Éxodo no entraría en la tierra prometida. Todos morirían en el desierto, por lo cual fueron condenados a vagar por él por espacio de treinta y ocho años.

Dios entrega las Tablas de la Ley a Moisés. Mural románico.

Dios entrega las Tablas de la Ley a Moisés. Mural románico.

El oasis de Caleb se convirtió en el centro donde las tribus se cobijaron, con la tienda-santuario (tabernáculo) instalada en el centro como lo había ordenado el gran legislador. Durante aquel largo período de tiempo, Moisés los dirigió, proveyó la organización del culto, recopiló las tradiciones ancestrales y formuló una serie de normas o leyes a seguir. Pero sobre todo, Moisés se ocupaba de educar a Israel en el monoteísmo, en la observancia amorosa de los pactos alcanzados con Dios en el Sinaí, inculcándoles la conciencia de la altísima misión que Yahvé les había confiado: ser la lumbre que iluminara a todos, “la porción elegida entre todas las naciones”, “la reserva real de Yahvé”. (Éxodo, 19, 5 y sig.). De esta manera se estaba preparando la realización del plan salvífico de Dios a favor de toda la humanidad. La alianza con Abrahán, renovada con Israel, tiene como última meta la venida del Mesías, de Cristo Redentor. Israel sería como una especie de levadura entre la masa de todas las naciones, el pueblo de Dios que llegaría a incluir a toda la raza humana.

Compleja fue la tarea de Moisés, al frente de un pueblo que durante toda su historia, ha sido difícil de gobernar, pueblo recalcitrante y revoltoso, por lo que, cuánto más alta era la meta a alcanzar, Moisés se veía más estimulado. Tan fatigoso e infructuoso parecía su trabajo – recriminaciones y rebeliones que fueron castigadas con la muerte de toda aquella generación en el desierto – que el mismo Moisés llegó a desear y a rogarle al Señor que lo dejase morir: “Y si así lo haces tu conmigo, yo te ruego que me des muerte si he hallado gracia ante tus ojos y que yo no vea mi mal” (Números, 11, 15). Pero la nueva generación no pareció mejor que la anterior. Cuando al cabo de cuarenta años ellos reemprendieron la marcha hacia Canaán, se repitieron las murmuraciones, las rebeliones, habiendo incluso casos de inmoralidad e idolatría en las estepas de Moab, ya muy cercana al río Jordán. Sin embargo, aun así, en todo el Antiguo Testamento no se encuentra un período más intenso en milagros y en signos tangibles de la intervención divina. No hubo tanta benevolencia que no fuera pagada con tanta ingratitud.

Vista aérea del monte Sinaí.

Vista aérea del monte Sinaí.

Era la víspera de la salida de Cadesh. Aparecía finalmente el momento de entrar en la “tierra prometida”. Los israelitas se reagrupaban y como no había agua para toda aquella muchedumbre de gente, nuevamente se amotinaron contra Moisés y Aarón: “Y porque no había agua para todos, se unieron contra Moisés y Aarón. Y habló el pueblo contra Moisés diciendo: ¡Ojalá hubiéramos muerto cuando perecieron nuestros hermanos delante de Yahvé! ¿Por qué nos hiciste venir a este desierto para que muramos aquí nosotros y nuestro ganado? ¿Y por qué nos has hecho salir de Egipto para traernos a este lugar? No es lugar de sementera, de higueras, de viñas ni de granadas y ni aun de agua para beber. Y se fueron Moisés y Aarón a la puerta del tabernáculo y se postraron sobre sus rostros y la gloria de Yahvé apareció sobre ellos. Y habló Yahvé a Moisés diciendo: Toma la vara y reúne a todo el pueblo, tu y Aarón, tu hermano y habladle a las rocas delante de ellos y ella os dará su agua y sacarás agua de las peñas y darás de beber al pueblo y al ganado. Entonces Moisés, tomó la vara delante de Yahvé, como él le había ordenado. Y reunieron Moisés y Aarón a todos delante de la roca y les dijo: ¡Oíd ahora, rebeldes! ¿Hemos de hacer brotar agua de esta peña? Entonces, alzó Moisés su mano y golpeó la peña con su vara dos veces y salió mucho agua y bebieron el pueblo y su ganado. Pero Yahvé dijo a Moisés y a Aarón: Por cuanto no creísteis en mi, para mostrar mi santidad delante de los hijos de Israel, no entrará este pueblo en la tierra que les he dado”. (Números, 20, 2-12)

Al límite de sus fatigas, Moisés acogió humildemente este último anuncio que le produjo un gran dolor a nivel personal, pero lo permutó por un sacrificio en favor de ese ingrato pueblo al que tanto había amado. Conquistada la Transjordania y asignándoseles el territorio a las tribus de Ruben, Gad y Manasés, se preocupó ante Dios para que su pueblo no permaneciera como un rebaño sin pastor, indicándole Yahvé que transmitiera su autoridad a Josué y así, en el monte Nebo, Dios le concedió el privilegio de poder contemplar “la tierra prometida”, que había sido la meta de toda su vida. “Subió Moisés de los campos de Moab hasta el monte Nebo, a la cumbre de Pisga que está enfrente de Jericó y Yahvé le mostró toda la tierra de Galaad, todo Neptalí y las tierras de Efraín y de Manasés, toda la tierra de Judá hasta el mar que está al occidente; el Neguev y la llanura y la vega de Jericó, ciudad de las palmeras hasta Zoar. Y Yahvé le dijo: esta es la tierra de la cual juré a Abrahán, a Isaac y a Jacob, diciéndoles: la daré a tu descendencia. Te he permitido verla con tus ojos, pero no la pisarás. Y allí murió Moisés, el siervo de Yahvé, en la tierra de Moab conforme había dicho Yahvé. Y fue enterrado en el valle, en la tierra de Moab, enfrente de Bet-peor y nadie conoce el lugar de su sepultura hasta el día de hoy. Tenía Moisés cuando murió, ciento veinte años de edad y sus ojos nunca se oscurecieron ni perdió su vigor”. (Deuteronomio, 34, 1-7). Y así terminó el Éxodo, en las tierras del Jordán e Israel se estableció como una nación. A Josué le tocó continuar su obra. Hasta aquí, todo lo que sabemos acerca de Moisés según los libros sagrados del Pentateuco.

Vista de la "tierra prometida" desde el monte Nebo.

Vista de la “tierra prometida” desde el monte Nebo.

A este importante personaje del Antiguo Testamento, la Iglesia le rinde culto como santo. Los coptos y los etíopes, lo conmemoran el día 8 de septiembre; los sirios, el 5 de agosto; las iglesias occidentales lo conmemoran el 26 de febrero, el 1 o el 12 de marzo y el 5 de agosto. La Iglesia de Jerusalén lo conmemora con Oficio propio el día 4 de septiembre y ese mismo día es celebrado en el Duomo Patriarcal de Venecia.

Sobre el Monte Tabor existe una gran basílica dedicada a la Transfiguración y en ella también es celebrado, contando asimismo con numerosos templos cristianos dedicados a él en los territorios palestinos. El Martirologio Romano dice el 4 de septiembre: “In Monte Nebo terrae Moab sancti Moysis legislatoris et prophetae”.

Antonio Barrero

Bibliografía:
“Biblia de Jerusalén”, 1967, Bilbao, Imprenta Elespuru Hermanos, S.A.
– DENNEFELD L., “Histoire d’Israël et de l’ancien Orient”, París, 1935
– SPADAFORA S., “Bibliotheca sanctorum” vol. IX, Città N. Editrice, Roma, 1989.

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San Moisés, profeta y legislador (I)

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Escultura de Moisés, obra de Miguel Ángel Buonarroti (1515). Iglesia de San Pedro ad Vincula, Roma (Italia).

Escultura de Moisés, obra de Miguel Ángel Buonarroti (1515). Iglesia de San Pedro ad Vincula, Roma (Italia).

La imagen que las Sagradas Escrituras nos da de Moisés es la de un maravilloso guía de su pueblo, excelentemente dotado en el arte de saber gobernar, el legislador más inteligente de la historia y el más fiel ejecutor de la voluntad de Yahvé, con el cual llega incluso a entretenerse en momentos de intimidad. A él le cabe el honor de ser el escogido por Dios para dar a conocer, con una simplicidad sublime, cuales son las normas que no sólo han de valer para su generación, sino también para todas las generaciones futuras. Pero no hay que perder de vista que Dios, más que Moisés es en realidad el autor de estas leyes: los diez mandamientos. Yahvé es en el fondo, el legislador, es el padre de Israel y Moisés es su instrumento.

L. Dennefeld, en su obra “Histoire d’Israël et de l’ancien Orient”, publicado en París en el año 1935, defiende que Moisés pensó en el sacerdocio y en el culto al verdadero Dios, el ceremonial que habían de seguir los levitas en torno a la tienda-santuario que guardaba el arca de la alianza y en torno al altar y dio las instrucciones litúrgicas a seguir en los diferentes sacrificios. Quitarle a Moisés esta preocupación por el culto divino y afirmar que el llamado código sacerdotal en su integridad, se hizo después del exilio (Éxodo) para el servicio del Templo construido en tiempos de David, es confundir el resultado de una evolución secular con una legislación inicial. ¿Cómo representar un legislador genial, como Moisés, que vivía en un mundo profundamente religioso, que gozaba de íntimos coloquios con Dios y que él no pensara ni en el sacerdocio ni en el culto que habría de tributarse a Yahvé? Moisés, un verdadero hombre de Dios, es el primero y el más ilustre de entre los profetas del Antiguo Testamento, hombres elegidos por Dios para que venerasen su santo nombre y marcasen al pueblo sus directrices. Podríamos compararlo con San Pablo: Moisés es el elegido por Dios para dirigir al pueblo de Israel y San Pablo, es el instrumento elegido por Cristo para establecer el nuevo Israel, o sea, la Iglesia o nuevo pueblo de Dios.

En Moisés hubo una doble influencia: la de su madre natural, que era hebrea y cuya educación lo predestinaba a mantenerse fiel a Yahvé y la de la corte de Egipto, que hizo de él un egipcio culto, capaz de gobernar a su pueblo y de darle unas leyes con una capacidad poco común en el ambiente de su tiempo. Pero además, Moisés se robusteció en el desierto del Sinaí cuando recibió la primera manifestación divina, que le ordenaba la pesada misión de liberar a su pueblo de la esclavitud de Egipto; era inútil resistirse a este estímulo divino recibido desde la zarza ardiente.

"El hallazgo de Moisés", óleo de Frederick Goodall (1885). Auckland Art Gallery, Nueva Zelanda.

“El hallazgo de Moisés”, óleo de Frederick Goodall (1885). Auckland Art Gallery, Nueva Zelanda.

Posteriormente, en el Sinaí tuvo lugar el pacto solemne entre Yahvé e Israel, sellado por Moisés con la sangre de las víctimas ofrecidas como sacrificio a los pies del monte. La fe inquebrantable en la alianza con Yahvé fue el pilar fundamental de la propia existencia de Israel. Moisés fue el mediador y, posteriormente, el juez de dicha alianza, celoso guardián del honor de Yahvé, pero al mismo tiempo, pastor amoroso del pueblo que le había sido confiado. Fue Moisés, el autor del código de la alianza (Éxodo, 20, 22-26), y un genial legislador conforme a su preparación cultural e intelectual en la corte del faraón. Por todo esto, hay que decir que la vida y la misión de Moisés fue de una extraordinaria complejidad, que fue la figura más importante del Antiguo Testamento – más aun que Abrahán – y que fue uno de los más grandes genios religiosos de todos los tiempos.

Vivió ciento veinte años, aunque su vocación divina, imprevista y repentina, destaca en su dedicación exclusiva en los últimos cuarenta años de su vida al servicio de Dios y al servicio de su pueblo. En los primeros ochenta años, Dios lo había preparado para que pudiese desempeñar semejante tarea: nació durante el período más cruel de la persecución egipcia contra los israelitas (en la primera mitad del siglo XV a.C. en tiempos de Thutmosis III o entre finales del siglo XIV o principios del XIII a.C.), cuando “todo recién nacido debía ser lanzado al río Nilo”. Él era el tercer hijo de Amram y Jochabed, que pertenecían a la tribu de Leví, siendo sus hermanos mayores, María y Aarón. Era precioso como una flor y, después de haber estado oculto durante tres meses, fue puesto en una cesta de papiro, untada con asfalto y brea y depositada entre los juntos de la ribera del Nilo, “permaneciendo la hermana del niño a una cierta distancia para ver qué sucedía” (Éxodo, 2, 4).

Ellos sabían que la hija del Faraón descendía hacia el río para pasear y bañarse, por lo que preveían que el cesto sería descubierto y la princesa se interesase por el niño, cosa que ocurrió y que fue observado por su hermana María. Viendo que el niño lloraba, la princesa ordenó que se buscase a una nodriza y la propia hermana de Moisés se brindó a buscar a una, por lo que finalmente, fue la propia Amram quién crió a su propio hijo. Cuando el niño creció, la madre lo llevó a la hija del Faraón, quién se hizo cargo de él y le puso el nombre de Moisés, nombre egipcio que simplemente significa “niño pequeño” (común entre los nombres teóforos, como Ahmosis, Thutmosis…). Leed el capítulo segundo del Libro del Éxodo.

"El hallazgo de Moisés", óleo de Sir Lawrence Alma-Tadema (1904). Colección privada.

“El hallazgo de Moisés”, óleo de Sir Lawrence Alma-Tadema (1904). Colección privada.

De esta manera, la Divina Providencia procuraba al futuro guía y legislador de su pueblo, una educación cultural perfecta, hebrea de nacimiento y egipcia de adopción, por lo que tuvo acceso a la literatura egipcia, a la literatura acádica (a los mitos, leyendas y legislación babilónicas) y a la lengua, costumbre y leyes de los hititas. Asimismo, un elemento decisivo fue la formación religiosa que mamó de los pechos de su madre, lo cual fue predestinado por Dios, que había dirigido los acontecimientos de modo que la influencia de la corte no lo apartase del sufrimiento del pueblo. La Biblia no da muchos más detalles sobre los más de cuarenta años que Moisés pasó en palacio, sino el final del mismo y solo de manera indicativa y significativa.

El Libro de los Hechos de los Apóstoles (Act., 7, 23) nos dice: “Cuando hubo cumplido la edad de cuarenta años, le vino al corazón el visitar a sus hermanos, los hijos de Israel”. Fue entonces cuando pudo comprobar cuán penosos eran sus trabajos, “observando como un egipcio golpeaba a uno de los hebreos, sus hermanos. Entonces, mirando a todas partes y viendo que no aparecía nadie, mató al egipcio y lo escondió en la arena” (Éxodo, 2, 11 y sig.).

La grandiosidad de la capital, la fertilidad de sus tierras, el encanto de aquella región, el lujo y el bienestar de la corte no hicieron que Moisés se olvidara de la suerte que corría su gente, a los cuales, se acercaba para animarlos, instruirlos quizás, tal vez, añorando las glorias del pasado, desde Abrahán hasta José, recordando las promesas hechas por Dios a estos antepasados y exhortándolos a la confianza y a la esperanza de su cumplimiento. En el estudio de la cultura babilónica y de las costumbres ititas, revivía la historia, el marco geográfico, las costumbres de sus ancestros. Tomó más conciencia de lo que significaba las tradiciones de su pueblo, la superioridad absoluta derivada de la revelación divina que había determinado que Israel fuera el depositario de esos designios. Eran unas tradiciones admirables que habían sido guardadas celosamente por los patriarcas y transmitidas fielmente de generación en generación. Todo esto, hizo tal vez que Moisés viera que detrás de aquella dura persecución egipcia estaba la mano de Dios, que quería recuperar a los indolentes hebreos a fin de que volvieran a desear la tierra de Canaán, “la tierra prometida”. Era la ocasión providencial para dar cumplimiento a la primera parte de la alianza hecha por Dios con Abrahán: “Haré de tu descendencia una gran nación” (Génesis, 17, 1-8).

Moisés y la zarza ardiendo. Mosaico bizantino.

Moisés y la zarza ardiendo. Mosaico bizantino.

Pero el asesinato del egipcio fue conocido en la corte del Faraón. Entre los judíos no faltaban los delatores, que a fin de conseguir algunas ventajas eran capaces de vender a los suyos. “Al día siguiente salió y vio a dos hebreos que reñían; entonces dijo al que maltrataba al otro: ¿por qué golpeas a tu hermano? Y él respondió: ¿Quién te ha puesto a ti por príncipe y juez sobre nosotros? ¿Piensas matarme como mataste al egipcio? Entonces Moisés tuvo miedo y dijo: Ciertamente esto ha sido descubierto. Oyendo el Faraón acerca de este hecho, procuró matar a Moisés, pero Moisés huyó del Faraón y habitó en la tierra de Madián” (Éxodo, 2, 13-15). No estaba lejos de la verdad, se veía una conexión expresa entre la respuesta del delator y la noticia que había llegado a oídos del Faraón. Fue un episodio que, aunque doloroso, tuvo que golpear la mente de Moisés haciéndole ver que aunque fuera benevolente con los suyos, tenía que tener mucho cuidado. En realidad, ese episodio era un presagio: sería la respuesta del pueblo de Israel a quien tanto bien le hizo sacándolo de Egipto y al que tantas pegas puso en su deambular por el desierto.

Moisés se marchó al desierto, más allá de los límites orientales del delta del Nilo, viviendo durante algún tiempo en la parte sur-oriental de la península del Sinaí. Allí, vagó como un nómada entre las tribus madianitas que estaban emparentadas con los hebreos. Moisés encontró una buena acogida en casa de uno de ellos, llamado Jetro, quién le dio a su hija Séfora como esposa. En el silencio del desierto y cuidando el rebaño de su suegro, revivió como fugitivo, el deambular de los patriarcas por las tierras de Canaán bajo la suprema vigilancia de la Divina Providencia y recordó el gemido de su pueblo bajo el yugo de los opresores. La soledad, sus pensamientos, así como la dura vida de los nómadas del desierto, creó en él el ambiente más propicio para dedicarse a la meditación. Egipto le había dado una vida cortesana, una cultura, una vida social, el conocimiento de muchas personas, pero también le había dado una mezcla de bondad, de incomprensión y de maldad: la naturaleza en su expresión más genuina, desnuda y grandiosa al mismo tiempo. Había visto las obras de los hombres que tanta sangre había derramado en las construcciones faraónicas y ahora percibía claramente, sin distracción alguna, la presencia indiscutible de un Ser Supremo. “El hombre es como la hierba, sus días florecen como la flor del campo: sacudida por el viento, desaparece sin dejar rastro alguno. Pero el amor del Señor es eterno y siempre está con los que le temen; su justicia está con los hijos de sus hijos, con los que cumplen su pacto y se acuerdan de sus preceptos para hacerlos realidad”, cantaría David siglos más tarde. (Salmo 103, 15-18). Moisés tuvo conciencia de su propia debilidad, pero también la tuvo sobre la magnanimidad de Dios para con su pueblo.

"Dios se aparece a Moisés en la zarza ardiente", óleo de Eugène Pluchart (1848). Catedral de San Isaac, San Petersburgo (Rusia).

“Dios se aparece a Moisés en la zarza ardiente”, óleo de Eugène Pluchart (1848). Catedral de San Isaac, San Petersburgo (Rusia).

El mismo Yahvé lo atestiguará: “Oíd mis palabras: Cuando haya entre vosotros un profeta, me revelaré a él en visiones y en sueños, hablaré con él. No así a mi siervo Moisés, que ha demostrado que es el más fiel en toda mi casa. Con él, yo hablaré cara a cara, claramente y no a través de figuras y verá la presencia de Yahvé”. (Números, 12, 6-8). El sentimiento de profunda humildad aparece vivamente en las primeras apariciones. Dios lo llama, mientras él está en el Monte Sinaí, desde una zarza en llamas que no se consume: “Moisés, Moisés; quítate las sandalias de los pies porque el lugar que pisas es un lugar sagrado” (Éxodo, 3, 4-5). Es Dios mismo el que le habla; la zarza ardiente es el símbolo de su santidad; Él es el Dios de los Patriarcas, ha escuchado el gemido de su pueblo bajo la opresión de Egipto y quiere intervenir para liberarlo y conducirlo a Canaán, formando una nación. “Yo te enviaré al faraón para que los deje salir en libertad. Entonces Moisés, respondió a Yahvé: ¿quién soy yo para que vaya al Faraón y saque de Egipto a los hijos de Israel? Y Dios le respondió: Ve porque yo estaré contigo” (Éxodo, 3, 10-12). “Entonces Moisés respondió diciendo: He aquí que ellos no me creerán, ni oirán mi voz porque dirán: no se te ha aparecido el Señor” (Éxodo, 4, 1). Y el Señor le dio el poder de hacer milagros atestiguando con estos signos extraordinarios la misión que Dios le había encomendado. Leer Éxodo, 4, 2-9.

Pero Moisés insiste: “¡Ay, Señor! yo nunca he sido hombre de fácil palabra… Y Yahvé le respondió: ¿Quién dio la boca al hombre? o ¿Quién hizo al mudo y al sordo, al que ve y al ciego? ¿No soy yo Yahvé? Ahora pues, ve y yo estaré en tu boca y te enseñaré lo que hayas de hablar. Y Moisés le dijo: ¡Ay, Señor! envía tu mensaje por medio del que debes enviar”. (Éxodo, 4, 10-13). Pero Dios, que conoce cómo somos, le concede asociarse con su hermano Aarón para que le sirva como portador y transmisor. “Os enseñaré lo que tenéis que hacer. Él hablará al pueblo por ti… y tomarás en tu mano esta vara, con la cual harás los prodigios” (Éxodo, 4, 15-17). Rápidamente, Moisés inicia su nueva vida, realizando su misión con ardor hasta su muerte y con una tenacidad ciertamente heroica.

Moisés y Aarón ante el faraón. Vidriera contemporánea en la catedral de Heights, Washington DC (EEUU). Fotografía: George Reader.

Moisés y Aarón ante el faraón. Vidriera contemporánea en la catedral de Heights, Washington DC (EEUU). Fotografía: George Reader.

Parece que se resiste a la llamada divina, considerándose indigno de una misión tan sublime, pero sometido a la voluntad de Dios, se sintió respaldado cuando surgieron las dificultades. Asume por completo la responsabilidad de todo un pueblo y, en los momentos más difíciles y dramáticos, su única fuerza y su fe están en Dios. Pero no fue débil, ya que cuando se trataba del honor de Dios, sus acciones se caracterizan por una extremada energía: rompe las tablas de la ley y el becerro de oro, recurre a la espada para castigar a los idólatras (Números, 25, 5), mientras que no le da importancia alguna a su propia persona y utiliza con todos su mayor dulzura, incluso con aquellos que le amargan la vida. Ruega por su pueblo incluso cuando este se revela contra él. “Moisés era muy humilde, más que todos los hombres que había sobre la tierra” (Números, 12, 3) y el libro sagrado lo dice, inmediatamente después del episodio celoso y mezquino de sus propios hermanos, Aarón y María, en contra de él. No se preocupa en absoluto de su propia preeminencia; todo lo pone en manos de Dios y se refugia y reconforta en la oración (Éxodo 8, 4-24; 10, 17; Números 11, 11 y siguientes). El Señor habría podido decir de Moisés, lo que dijo de San Pablo en el momento de su conversión: “Yo le mostraré cuánto ha de sufrir por mi nombre” (Hechos, 9, 16).

Y Moisés retornó a Egipto. A Thutmosis III, el faraón opresor que él había conocido, le sucedió Amenofis II; (otros autores hablan de Ramsés II y Merneftah). Junto con su hermano Aarón, se presenta ante los suyos y les anuncia que la liberación está cercana. Les habla sobre la misión que Dios le ha encomendado, les dice que el Dios de sus Padres es “El que es”, inmutable, eterno. “Y habló Aarón acerca de todas las cosas que Yahvé había dicho a Moisés y realizó prodigios delante de sus ojos. Y el pueblo creyó y, oyendo que Yahvé había visitado a los hijos de Israel y que había visto su aflicción, se inclinaron y lo adoraron”, (Éxodo, 4, 30-31).

El paso del Mar Rojo. Lienzo contemporáneo obra de la Dr. Lidia Kozenitzky.

El paso del Mar Rojo. Lienzo contemporáneo obra de la Dr. Lidia Kozenitzky.

Y es entonces cuando se inician las acciones de Moisés y Aarón delante del faraón: le piden permiso para que su pueblo pueda marcharse al desierto para adorar a su Dios. La tenaz obstinación del faraón hace que se desaten las famosas “diez plagas” que sufrió Egipto, probablemente, desde el mes de junio hasta el mes de abril del año siguiente. Las primeras nueve plagas fueron verdaderos castigos, pero la décima plaga, la muerte de los primogénitos de Egipto en la noche del 14 al 15 de Nisan (marzo-abril), fue el golpe último y decisivo. El faraón ya no solo les permite que se vayan, sino que se lo ordena y aquella misma noche se inicia el Éxodo. La dirección que Dios les marca, no es Gaza o Palestina, sino hacia el sur, en dirección al Mar Rojo. El Señor hace que lo atraviesen de manera milagrosa y sepulta en el mar al ejército del faraón. Israel, libre del peligro de Egipto inicia su emigración a través del desierto. Dios les provee del sustento, del maná, de codornices, de agua brotada de las rocas, siendo siempre Moisés el intermediario, el ejecutor de todos estos prodigios. Pasados tres meses, llegaron al Sinaí.

Antonio Barrero

Bibliografía:
“Biblia de Jerusalén, 1967, Bilbao, Imprenta Elespuru Hermanos, S.A.
– DENNEFELD L., “Histoire d’Israël et de l’ancien Orient”, París, 1935
– SPADAFORA S., “Bibliotheca sanctorum” vol. IX,  Città N. Editrice, Roma, 1989

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Santo Rey David (II)

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Tabla gótica flamenca del Santo en su atuendo real.

Tabla gótica flamenca del Santo en su atuendo real.

Estando David en Jerusalén, durante el asedio de Rabba por parte de los amonitas, cometió adulterio con Bethsabé, mujer de Urías el Hitita, que era uno de sus oficiales más valientes. Para ocultar su pecado, hizo venir desde el frente al marido traicionado, ordenándole que fuera adonde estaba su esposa. No consiguiendo su propósito, lo hizo emborrachar y posteriormente, ordenó a Joab que lo hiciera morir en una acción de guerra, culpando de ello a los amonitas. Así, desembarazándose de Urías, tomó como esposa a su viuda, que posteriormente sería la madre de su hijo Salomón. Este episodio es la parte más oscura de la vida de David, pero ante la dura reprimenda que le hizo el profeta Natán, él se arrepintió de su pecado. Yahvé lo perdonó, inflingiéndole sin embargo algunos castigos ejemplares: el hijo fruto del adulterio moriría y la ofensa que hizo al honor de Urías reclamaba una humillación ejemplar.

En aquella época se iniciaron una serie de desórdenes en la Casa de David: primero, Amnón que era su primogénito, cometería incesto con su hermana Tamar y Absalón lo vengaría matando a Amnón. Más tarde, Absalón se revelaría contra su propio padre, por lo cual David humilló a su mujer y lo excluyó del trono forzando su fuga; asimismo, las revueltas de Sheba ensombrecerían a Israel. Otro pecado de David fue el censo que intentó realizar de todo Israel, ya que lo hacía para vanagloriarse, descuidando el aspecto teocrático de su reino y la propia voluntad de su pueblo. A pesar de que no fue acabado y registrado, como nos cuentan los dos Libros de las Crónicas, Dios castigó a todo el reino de Israel con una epidemia de peste que mató a setenta mil personas, y esto, aunque el rey se había arrepentido de aquel fallo.

Podríamos decir sumariamente, que los últimos eventos de la vida de David fueron los siguientes: dominada la revuelta de Absalón, él retornó al trono con solemnes manifestaciones populares, no pudo ocultar su enorme dolor por la muerte de su hijo, depuso a Joab como cabeza del ejército sustituyéndolo por Amasa, que sin embargo, fue muerto a traición, organizó internamente su reino, perdonó a Semei que lo había maldecido y ofendido durante su fuga y entregó a los gabanoitas los dos hijos de Resfa, que era la concubina de Saúl y a cinco hijos de Merab, hija mayor de Saúl. Posteriormente, ya viejo y enfermo, se vio forzado a intervenir en la sucesión al trono. No tuvo el coraje suficiente para reprender a Adonías que era su segundo hijo y que llegó a hacerse aclamar como rey y solo bajo la presión del profeta Natán, decidió que fuese consagrado como rey su hijo Salomón, el cual fue aclamado por el pueblo.

David espía a Betsabé durante su baño. Lienzo de Francesco Hayez (1859). Pinacoteca de Brera, Milán (Italia).

David espía a Betsabé durante su baño. Lienzo de Francesco Hayez (1859). Pinacoteca de Brera, Milán (Italia).

David dio gracias a Dios porque vio que su dinastía continuaría, aconsejó al nuevo rey para que fuese fuerte, para que observara todo lo prescrito por las leyes de Moisés y le dio instrucciones sobre cómo comportarse con Joab, Barzilai y Simi. Hizo entronizar a Salomón por segunda vez y así, murió en Jerusalén con setenta y un años de edad, colmado de riquezas y coronado de gloria (I Par., 29, 26-28).

De diversas mujeres, había tenido seis hijos en Hebrón y nueve en Jerusalén, sin contar a aquellos que tuvo con las concubinas, además de una hija. El Libro del Eclesiástico, en su capítulo 47, elogia su fuerza física, su victoria contra Goliat, sus victorias militares y las derrotas infringidas a los filisteos, su obra a favor del culto divino por medio de los salmos y de los instrumentos musicales, por el esplendor y la solemnidad de las fiestas y por haber alabado a Dios todos sus días y amado de todo corazón a su Creador, el cual le perdonó sus pecados, exaltó su poder y le otorgó una alianza real y un trono de gloria en Israel (Eclesiástico, 47).

En el Segundo Libro de Samuel se le llama “Hombre de Dios exaltado”, “el ungido del Dios de Jacob y “el suave salmista de Israel”. En el Nuevo Testamento es mencionado en numerosas ocasiones, aún por boca del mismo Cristo.

Con sus virtudes y culpas, David, de alguna manera, es el centro de la revelación, por cuanto el Mesías está en estrecha relación con su persona, con su reino, con su dinastía, con su descendencia. Isaías dice que el Mesías será el brote de la raíz de Jessé, San Mateo dice que Jesús es descendiente de David, los Libros de las Crónicas y San Lucas dirán que David estará sentado en su trono eternamente y otras muchas alabanzas que a su persona, aparecen en distintos Libros Sagrados.

Es cierto que sus sombras ofuscaron su virtud: en el Primer Libro de Samuel, se le atribuyen mentiras, ficciones, exterminios de tribus y de pueblos, venganzas y maquinaciones para matar a personas e incluso traición a su propia patria. Pero todo esto es anterior a su ascenso al trono y está conectado con las guerras dirigidas contra él por parte del rey Saúl. Esta guerra era injusta y David tenía el derecho a defenderse por lo que, todas sus acciones de guerra, tenían un propósito defensivo. Dios intervenía en los momentos justos para impedir que cometiera otros crímenes.

Natán reprende a David por su adulterio con Betsabé. Iluminación griega de un salterio bizantino.

Natán reprende a David por su adulterio con Betsabé. Iluminación griega de un salterio bizantino.

Es verdad que según los criterios evangélicos, David debería ser condenado, pero se trataba de acciones de guerra que serían justificadas actualmente según el derecho internacional. El exterminio completo de los pueblos vencidos se practicaba en gran escala fuera de Israel, pero David aparece como más comprensivo, más suave si se le compara con los antiguos conquistadores asirios y babilónicos.

Su grave pecado fue el adulterio y el homicidio subsiguiente. En este caso, David actuó como un despótico rey que le quitó su esposa a uno de sus más valerosos soldados, que intentó esconder su pecado engañando y emborrachando al marido y que posteriormente, fue el culpable de su muerte. Pero David se arrepintió, lloró amargamente su pecado – se le atribuye en ese momento la composición del salmo “Miserere mei Deus” – y Dios le perdonó ese pecado, que llevó sobre sus espaldas durante toda su vida.

Es verdad que cometió otro pecado con el intento de hacer el censo de Israel, pero también en este caso, se arrepintió y pagó su pena. Después de haber sido proclamado rey de todas las tribus de Israel, se nota un cierto período de decadencia en su corte: incesto, venganza, asesinato – ya lo hemos relatado anteriormente – y David no tuvo la fuerza necesaria para prevenir ni para reprimir estos abusos, fue débil, aunque en otros muchos momentos – como también hemos relatado – fue astuto. Podríamos decir que fueron debilidades de padre. Todo esto es reprobable, pero valga como atenuante la situación política de entonces y la disminución de sus energías físicas; esto no puede impedirnos reconocerle una fe inquebrantable en Dios, una confianza constante e inquebrantable y un amor a Dios como padre.

Todo esto destaca porque su vida estuvo llena de tribulaciones y de mortales emboscadas. Sería demasiado larga la enumeración de sus virtudes, pero resaltemos el perdón a sus perseguidores y calumniadores, el amor y la observancia de la Ley escrita por Moisés tanto desde el punto de vista moral como litúrgico y su celo por el culto y la gloria de Dios. David quiso darle al Arca una sede conveniente, proveyó de todo lo necesario para construir el Templo, dio una sólida organización al servicio divino con respecto a los sacerdotes, levitas y ministros de rango inferior. El Primer Libro de las Crónicas resalta esta obra de David: estuvo en contacto continuo con los sumos sacerdotes Abiatar y Sadoc y con los profetas Samuel, Natán y Gad. Consultó al Señor en todas las vicisitudes de su vida y Yahvé siempre le respondió.

El rey David cantando los Salmos. Fresco ortodoxo griego.

El rey David cantando los Salmos. Fresco ortodoxo griego.

Tuvo el don de la inspiración divina para componer el Libro de los Salmos y el diseño del Templo; el mismo Samuel lo exalta como un gran santo y el Espíritu de Dios estuvo con él desde su juventud hasta su muerte y continuó en su descendencia. Caminó en la presencia de Dios con un corazón sincero, fiel, justo y recto, como es mencionado en el Segundo Libro de las Crónicas y en el Primero de los Reyes, los cuales, refiriéndose a Dios lo denominan como “el Dios de David”. Fue realmente un modelo para los futuros reyes de Judá. Y además, se puede decir también que fue un profeta porque algunos de sus salmos son ciertamente mesiánicos.

Flavio Josefo hizo un elogio muy noble sobre el rey David, ofreciendo además algunas noticias sobre su sepulcro (Antiq., VII, 12, 2). Estas noticias fueron precedidas por varias leyendas que decían que Salomón había escondido un tesoro de incalculable valor, que había sido saqueado por Juan Ircano, quién sustrajo tres mil talentos de plata. Este saqueo, posteriormente fue repetido también por Herodes el Grande, que se encontró oro en abundancia. Sin embargo, también se dice que Herodes, queriendo hacer un exacto reconocimiento de los huesos de David y de Salomón, tuvo que desistir porque dos de sus sirvientes que estaban sobre la tumba, fueron devorados por unas llamas misteriosas que salieron del sepulcro. Herodes, para reparar la ofensa, erigió en la entrada un monumento de mármol blanco, que es mencionado también por el historiador Nicolás de Damasco. Flavio Josefo atribuye las desgracias que abatieron a la familia de Herodes, a la violación del sepulcro de David.

Dos son las tradiciones existentes sobre el presunto sepulcro de David: una lo coloca en Belén y la otra, que es más creíble, lo sitúa en Jerusalén, pero en el Monte Sión y no en el Cenáculo. En tiempos de Cristo, este sepulcro era muy conocido, pero fue destruido por Adriano en el año 133. Actualmente hay un cenotafio en el lugar del Cenáculo.

Presunto sepulcro del rey David en Monte Sión, Jerusalén (Israel).

Presunto sepulcro del rey David en Monte Sión, Jerusalén (Israel).

El Martirologio Romano lo conmemora el día 29 de diciembre: “Hierosolymis Sancti David regis et prophetae” (En Jerusalén, San David rey y profeta). Los griegos lo conmemoran, junto con San José y San Jacobo el hermano del Señor, el domingo después de la Navidad; los armenios lo hacen el 14 de khalots (22 de diciembre); los coptos, el 23 de khoiak (9 de diciembre) y los melquitas, el 2 de diciembre. Los hebreos festejan su nacimiento y su muerte el segundo día de Pentecostés. Es el santo patrono de los poetas y de los músicos.

Homilía de San Nicolás Velimirovich sobre el arrepentimiento del rey David
“Y David dijo a Natán:” He pecado contra el Señor” (II Samuel 12:13). “Mis lágrimas son mi pan de día y de noche” (Salmo 42:3).
El rey David pecó en contra de Dios y se arrepintió, y Dios lo perdonó. El pecado del rey era grande, pero más grande aún fue su arrepentimiento. Era culpable ante Dios de dos graves pecados: el adulterio y el asesinato. Pero cuando Natán, el profeta de Dios le denunció, él lanzó un grito de angustia: “¡He pecado contra el Señor!” Así confesó su pecado y se arrepintió amargamente. Desconsolado, oró a Dios, con llanto y con ayuno, tirado en el suelo y soportando dócilmente los terribles golpes que Dios envió sobre él, su casa y su pueblo a causa de sus pecados.

En sus salmos penitenciales, dice: “Yo soy un gusano, no un hombre” (Salmo 22:6), “Por la voz de mi gemido mis huesos se aferran a mi carne” (Salmo 102:5), “Yo he comido ceniza como pan y mi bebida mezclada con lágrimas” (Salmo 102:7, 9), “Mis rodillas están debilitadas por el ayuno” (Salmo 109:24).
Aquí está el verdadero arrepentimiento, aquí está un verdadero penitente. No se endurece en el pecado ni tampoco cae en la desesperación pero, con la esperanza en la misericordia de Dios, se arrepintió sin cesar. Y Dios, que ama al penitente, mostró misericordia con este modelo de penitencia. Dios lo perdonó y glorificó por encima de todos los reyes de Israel, y le dio la gran gracia de componer las oraciones penitenciales más bellas y profetizar la venida al mundo del Santísimo Salvador, el cual, sería de su descendencia.

Escultura contemporánea del rey David en Monte Sión, Jerusalén (Israel).

Escultura contemporánea del rey David en Monte Sión, Jerusalén (Israel).

Hermanos, ¿verdad que es maravillosa la misericordia de Dios para con los penitentes? Tanta misericordia tenía Dios en este arrepentido David que Él no se avergonzó de tomar sobre sí la carne de la semilla de David. Bienaventurados los que no se endurece en el pecado y que no caen en la desesperación a causa del pecado. El arrepentimiento salva del mal, tanto a unos como a otros. ¡Oh Señor misericordioso!, ablanda nuestros corazones con lágrimas de arrepentimiento. A ti sea la gloria y la alabanza por siempre. Amén”.

Antonio Barrero

Bibliografía:
– AMSLER, S., “David, Roi et Messie”, Neuchâtel, 1963
“Biblia de Jerusalén”, Imprenta Elespuru Hermanos, S.A., Bilbao, 1967
– MARIANI, B. “Bibliotheca sanctorum” vol. IV, Città N. Editrice, Roma, 1987
– RICCIOTTI, G., “Storia d’Israele”, Torino, 1932

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