Santa Marina de Omura, mártir japonesa

Estampa devocional de la Santa, perteneciente a una serie italiana sobre santos dominicos.

Estampa devocional de la Santa, perteneciente a una serie italiana sobre santos dominicos.

Hoy se conmemora la festividad de una virgen y mártir japonesa, terciaria dominica, de nombre Marina -en honor a la mártir de Antioquía o, también, a la virgen de Siria que se hizo pasar por monje-, que nació en Omura y que fue quemada viva en Nagasaki. Ella jue, junto a Santa Magdalena de Nagasaki, a quien ya dedicamos un artículo, la primera mujer japonesa en ser añadida al canon de los Santos de la Iglesia Católica Romana, y de ella se ha dicho que fue “la mujer más valiente de Japón”.

Por desgracia, es poca la información que tenemos de ella. O al menos, la que ha podido hallarse para la realización del presente artículo, por lo que se pide de antemano disculpas a los lectores. Es muy probable que exista mayor información en japonés, pero por desgracia ésta no es una lengua que la autora del artículo domine, de modo que partiremos de traducciones al inglés de fuentes secundarias al respecto.

Contexto histórico: el cristianismo en Japón
Aunque la situación de los cristianos en Japón ya ha sido anteriormente comentada por los compañeros en otros artículos al respecto, es positivo hacer un repaso rápido que nos ayude a contextualizar un poco. Sabemos que la fe cristiana llegó a Japón de manos de San Francisco Javier, que desembarcó en Kagoshima el 15 de agosto de 1549. Su ministerio duró sólo dos años y tres meses, pero dejó una fundación que otros se encargaron de construir: le siguieron jesuitas y, posteriormente, franciscanos, dominicos y agustinos; entre todos llegaron a ver cómo los católicos alcanzaban un total de 300.000 personas en una población que giraba en torno a los veinte millones en 1614. A este período se le ha llamado “el siglo cristiano de Japón” y fue uno de los períodos más destacados de la Iglesia en Asia, siendo cierto, además, que muchos japoneses aceptaron la fe con profunda convicción y la vivieron con dedicación.

Pero durante estos años de crecimiento también fermentó la oposición entre los líderes religiosos y políticos, haciendo estallar la persecución. Entre 1597 y 1637 muchos japoneses fueron ejecutados tras crueles castigos. Es más, los castigos se volvían más y más salvajes con el tiempo, porque muchos cristianos japoneses, lejos de intimidarse ante las primeras muertes, se volvían más atrevidos en su deseo de morir por Cristo. Ante esto, los soldados y gobernadores decidieron que era mejor buscar que renegaran de su fe: en lugar de optar por simples ejecuciones, prolongaban sus agonías durante días y días, esperando debilitar la voluntad de los cristianos y disuadir a otros de imitarles.

Ilustración de la Santa, obra del artista filipino Nowitzki Tramonto.

Ilustración de la Santa, obra del artista filipino Nowitzki Tramonto.

Como resultado, Japón puede enorgullecerse de tener 29 mártires canonizados y 158 beatificados. Según período podrían dividirse entre los que fueron crucificados en 1597 (29); los que fueron martirizados de muchos modos entre 1617 y 1632 (158); y, por último, los nueve que fueron asesinados entre 1633 y 1637. Nuestra protagonista de hoy, Marina de Omura, pertenece a este último grupo.

Una terciaria dominica
Por lo que sabemos a través de sus biógrafos dominicos, Marina nació en la primera década del siglo XVII, quizá en 1610, en la ciudad japonesa de Omura. En aquella época, era un simple feudo, es decir, una parcela de tierra ligada a un señor en recompensa por un servicio concreto, localizado en la prefectura (provincia) de Nagasaki, que se halla en la parte noroeste de la isla de Kyushu, en el extremo oriental de Japón. Desde la Edad Media hasta el siglo XIX, Omura fue el centro del territorio regido por la familia homónima, de la cual tomó el nombre dicho lugar. Con la llegada de los portugueses, los primeros occidentales en pisar Japón, en 1543, Kyushu y la tierra controlada por el clan Omura floreció: prueba de ello es que un miembro de este clan, Sumitada Omura, fue el primer daimyo (señor) cristiano, es decir, que se convirtió al cristianismo y aparece citado como “Bartolomé” en diversos documentos europeos.

Pero volvamos a Marina. Sus biógrafos la describen como un ejemplo viviente de virtud y un buen ejemplo para todos los cristianos de Omura. Ella era buscada por personas que veían acercarse una posible situación de prueba para su fe y que, consecuentemente, necesitaban recuperar su coraje y fortaleza. Ella recibía a sus hermanos en la fe (sus “kirishitan”, como eran llamados los cristianos japoneses) en su hogar, que era su refugio, donde su fe era celebrada, nutrida y fortalecida.

Marina se hizo terciaria dominica en 1625 o 1626, por consejo de su director espiritual, el Beato Luis Eixarc i Bertran de Barcelona, un dominico español misionero en Omura que sería quemado vivo el 29 de julio de 1627 y beatificado el 7 de julio de 1867 por el papa Pío IX, y que en ningún caso debe ser confundido con San Luis Bertran de Valencia, quien también fue fraile dominico y de quien ya se ha escrito un artículo.

Pintura francesa estilo "manga" de la Santa, también llamada Marina de Nagasaki.

Pintura francesa estilo “manga” de la Santa, también llamada Marina de Nagasaki.

Martirio
En 1634, cuando el shogunato se dio cuenta de que ella estaba contribuyendo al apostolado misionero contra el que el gobierno estaba luchando, dio orden de arrestarla y encarcelarla por su fe junto con otros cristianos. Durante el interrogatorio que se llevó a cabo frente al tribunal en Omura, ella confesó que “era cristiana y que había usado su casa para dar hospitalidad a misioneros y cristianos”. Preguntada si estaba preparada para sufrir tortura, ella respondió, sin dudar, que con la gracia de Dios estaba dispuesta a ello, y añadió que, debido a su consagración a Dios por su voto de castidad, su cuerpo y su alma estaban limpios y eran morada del Espíritu Santo.

Aunque sus jueces no comprendían del todo qué significaban estas declaraciones, no eran estúpidos y escogieron para ella el castigo que más la iba a herir y humillar. No mandaron lesionarla ni dañar su cuerpo de ningún modo, sino que dieron orden de humillarla públicamente: Marina fue obligada a desfilar completamente desnuda por todas las aldeas de Omura, con las manos atadas a la espalda, para que no pudiese taparse de ninguna de las maneras. Recordando el ejemplo de las vírgenes de la Iglesia primitiva, Marina sufrió pacientemente este vergonzoso castigo sin debilitarse ni venirse abajo; porque ella estaba convencida de que su cuerpo era la morada de Dios, y que, por tanto, nada podía mancillarlo.

Después de haber sido devuelta a prisión, se le informó de que iba a ser trasladada a la ciudad de Nagasaki, donde fue sentenciada por el shogunato a morir quemada. Allí fue obligada a tomar parte en una “marcha de la muerte” con otros cristianos, incluyendo a San Jacinto Jordán Ansalone de San Esteban, San Tomás Hioji Rokuzayemon Nishi de San Jacinto de Hirado y la misma Santa Magdalena de Nagasaki.

Martirio de la Santa. Detalle del lienzo de los mártires japoneses. Parroquia de Quezon City, Filipinas.

Martirio de la Santa. Detalle del lienzo de los mártires japoneses. Parroquia de Quezon City, Filipinas.

Al llegar a la colina de Nishizaka, ella rezó y animó a sus compañeros cristianos, diciéndoles que pronto estarían en el cielo, en la paz y alegría eternas. Entonces, la ataron a una estaca y la rodearon de leña pensada para ser quemada lentamente. Era éste un suplicio de crueldad refinada, pues la mártir fue quemada muy lentamente, cocida por las brasas que ardían colocadas a cierta distancia de ella, pero manteniéndose a su alrededor. “Ella expiró como un pan cocido al horno”, se ha dicho de su martirio, “quemada, sí, pero más por el Amor Divino que por el fuego material”. Durante todo el tiempo que duró su lenta agonía, mientras era consumida por el fuego, no dejó de rezar, rogando constantemente y pidiendo perdón para sus verdugos. Era el 11 de noviembre de 1634, y ella tenía en torno a 25 años de edad.

Culto y memoria
Al igual que se hizo con el resto de los mártires, sus cenizas fueron esparcidas por las aguas de la bahía de Nagasaki, para impedir que los cristianos recuperaran sus reliquias y les dieran culto.

Fue beatificada junto a otros quince compañeros, mártires de Japón en 1633, 34 y 37, de varias nacionalidades, encabezados por San Lorenzo Ruiz de Manila, y vinculados de muchas maneras a la familia dominica, por el papa San Juan Pablo II, el 18 de febrero de 1981, en Rizal, Filipinas. Este mismo grupo fue canonizado por el mismo Papa el 18 de octubre de 1987. La fiesta de la mártir parece que ha sido trasladada del 28 de septiembre a su fecha actual, fecha de su martirio, hoy, día 11 de noviembre.

Iconografía
A la iconografía de Santa Marina de Omura le ocurre un poco lo mismo que a la de Santa Magdalena de Nagasaki, con lo cual ambas mártires son fácilmente confundibles. La representación más correcta es como una mujer con un traje de laica dominica, llevando un crucifijo en las manos junto al pecho y de pie sobre una hoguera. Sin embargo, ha proliferado una visión idealizada y poco realista que la representa con un tradicional kimono japonés que, sin embargo, parece que no era muy usado entre las terciarias.

Representación errónea de la Santa como monja dominica. Iglesia católica de Kakomachi, Omura (Japón).

Representación errónea de la Santa como monja dominica. Iglesia católica de Kakomachi, Omura (Japón).

En la iglesia de Kakomachi, en Omura, hay una representación bastante errónea de la Santa, donde la vemos como una monja dominica -lo que no era-, coronada de espinas y de pie sobre una hoguera. Parece que se haya inspirado en una escultura de Santa Catalina de Siena, pues además, lleva una flor blanca a los pies, símbolo de virginidad, y carece de la palma de martirio.

Meldelen

Bibliografía:
– CLARK, Francis, SJ, Asian Saints, International Congress on Mission, East Asian Pastoral Institute, 1979.

San Martín, obispo de Tours (II)

Muerte del Santo. Altar en la basílica de Ottobeuren, Alemania.

Muerte del Santo. Altar en la basílica de Ottobeuren, Alemania.

Pastor del rebaño
Martín, como Ambrosio de Milán, trabajó por establecer la libertad de la Iglesia ante el poder civil. Tuvo buenas relaciones con quienes detentaban la autoridad y condescendía en cuanto podía por el progreso social, pero si era necesario, impedía que alguien con mucho poder y que indigno por la manera que le ejercía, se sentara en compañía de los monjes por ser inmerecido de su compañía.

La firmeza como trabajaba le atrajo el encono de los prelados aristócratas, amigos del lujo, tibios en la fe, que no podían padecer su buen ejemplo; por ello le llamaban hipócrita, lo acusaban de ser priscilianista y observó con dolor cómo los obispos emanados del monasterio que fundó, eran relegados mientras se hacían querellas administrativas con fines de poder y de dinero.

Martín fue asceta y apóstol, un hombre de oración profunda, la que no dejó de practicar en medio de sus agotadoras jornadas de trabajo. Aún cuando parecía hacer otras cosas, siempre oraba. Mortificado y penitente, pobre, humilde, sereno ante la adversidad, apartado de las vanidades del mundo, su ejemplo contribuyó a forjar la idea de cómo tenía que ser un obispo.

Construyó muchas iglesias y salió al encuentro de sus ovejas para que los fieles asistieran a estos lugares. Su estilo de monje obispo fue distinto al de oriente: por el desierto tendrá el contexto de la ciudad, el diálogo en silencio con Dios en el monasterio se convierte luego en palabra que evangeliza, si en el desierto los monjes combaten a los demonios, en la ciudad él se opone a los paganos.

Muerte
Según es la vida, así es la muerte y el paso de este mundo al cielo de San Martín fue ejemplar y digno de recordar. Su fallecimiento ocurrió mientras estaba de visita pastoral en la parroquia de Candes, a donde había acudido con la intención de restablecer la paz entre sus clérigos. Una vez que concluyó su visita, cuando se disponía a volver a su monasterio, se sintió sin fuerzas y se dio cuenta que la vida se le acababa; mandó llamar a sus colaboradores más cercanos y les hizo ver que se estaba muriendo.

Relicario con el presunto cráneo del Santo. Ribas de Campos, España

Relicario con el presunto cráneo del Santo. Ribas de Campos, España

Ellos, llenos de aflicción se entristecieron mucho y llorando le decían: “¿Por qué nos dejas padre? ¿A quién nos encomiendas en nuestra desolación? Invadirán lobos rapases a tu grey ¿Quién nos defenderá de sus mordeduras si nos falta el pastor? Sabemos que deseas estar con Cristo, pero una dilación no hará que se pierda o disminuya tu premio, compadécete mas bien de nosotros, a quienes dejas”. El anciano obispo se conmovió profundamente por el sufrimiento de sus hermanos y también lloró, vuelto en oración a Dios entonces, le imploró: “Señor, si aún soy necesario para tu pueblo, no rehúyo el trabajo; hágase tu voluntad”. En ese trance, unos sacerdotes le recomendaron que se pusiera cómodo y cambiara su cuerpo de posición y el Santo les dijo: “Dejen, hermanos, dejen que mire al cielo y no a la tierra y que mi espíritu, a punto ya de emprender su camino, se dirija al Señor.” Entonces, vio al demonio acechándolo y le reprochó: “¿Por qué estás aquí, bestia feroz? Nada hallarás en mí, malvado; el seno de Abraham está a punto de acogerme”. Entregó su alma a Cristo lleno de paz. Era el 8 de noviembre del año 397. Aunque sus reliquias están repartidas entre varias ciudades europeas, la mayor parte de ellas están en su sepulcro en Tours.

Culto
Como una compensación a los ataques que había sufrido en los últimos años, de todas partes se levantaron las voces para aclamarlo con veneración. El pueblo en masa lo reverenció como santo. Pronto se elevó una modesta capilla sobre su tumba a la que San Perpetuo, sucesor suyo en la sede de Tours, transformó en una importante basílica. Desde muy antiguo su sepulcro se convirtió en meta de peregrinaciones, alcanzando en la época merovingia un enorme prestigio su culto y devoción. Se dice que hay quienes ven en el apellido de los reyes de Francia: Capeto, una analogía con “cappatus” es decir, que estaban bajo la capa del santo y que por ello se honraron titulándose como abades de San Martín de Tours.

En Francia, un fervoroso devoto suyo, ha contado la cantidad de 3.667 parroquias dedicadas a su nombre; en Alemania, tal vez por sus actividades a Tréveris es sumamente conocido. Gracias a la escena de su capa compartida con un pobre en Amiens, los artistas lo tomaron como modelo para muchas obras de arte. Este tema se tomará incluso como insignia en los hierros para confeccionar hostias, en los juegos de damas, en muebles e incluso en las cubas para servir la sidra. En el Quijote de la Mancha, hay un episodio donde el caballero de la triste figura dice a su escudero Sancho Panza al ver una imagen suya: “Este caballero también fue de los aventureros cristianos y creo que fue más liberal que valiente, como lo puedes echar de ver Sancho, en que está partiendo la capa con el pobre y le da la mitad y sin duda debía ser entonces invierno, que si no, él se la hubiera dado toda, según era de caritativo”.

Sepulcro del Santo.

Sepulcro del Santo.

Su culto y devoción fue combatido en 1912 por E. Ch. Babut, que alegaba en un libro por él publicado, que San Martín y su biógrafo eran unos oscuros personajes sin historia, miembros de un sospechoso grupo filial a los priscilianistas y que el obispo santo era un hombre sin relieve, que tenía su fama porque la realidad estaba olvidada y la biografía escrita por Sulpicio Severo fue intencionadamente hecha para darle un lugar en la historia.

Junto a San Silvestre Papa, es el primer santo representado en un mosaico sin ser mártir. Su iconografía lo representa como el caballero por excelencia, dando ello difusión a este episodio de su vida y dejando por debajo su vida episcopal. Sin embargo, en sus representaciones como obispo, se le incluye una oca silvestre, aludiendo a la migración de estas aves por las fechas de sus fiestas.

Su celebración litúrgica tiene el grado de memoria obligatoria y se celebra el 11 de noviembre, aniversario de sus funerales. En muchos lugares este día es una fiesta, con un clima benigno porque no comienza aun el frío invernal, por eso esta fecha es conocida como “veranillo de San Martín”, una ocasión para beber vino nuevo, encender hogueras, danzar y hacer el balance de las cosechas.

Imagen del Santo venerado en su catedral de Zamora, Michoacán (México).

Imagen del Santo venerado en su catedral de Zamora, Michoacán (México).

San Martín de Tours en la Arquidiócesis de Guadalajara
San Martín de Tours es patrono secundario de Guadalajara, Jalisco; su nombre se une a los de San Miguel Arcángel, San Clemente I, Papa y mártir, San Sebastián mártir y Nuestra Señora de la Soledad. Dicho patronazgo le viene desde la época de la colonia. El libro 8 de los Acuerdos del Cabildo Eclesiástico de la Catedral refiere que como el libro cuatro de Actas está faltante, se hace la nota aclaratoria de la fiesta que la Real Audiencia notificó al Ayuntamiento y las órdenes religiosas. La dicha acta dice que el Cabildo y Regimiento de Guadalajara solicitó a Don Alonso de la Mota y Escobar, obispo de Guadalajara de 1598 a 1607, un Patrono contra la plaga de hormigas. Luego de celebrarse una misa para invocar la ayuda de Dios, se hizo la elección echando suerte con treinta cédulas con los nombres de otros tantos santos inscritas en ellas, así como otras tantas cédulas en blanco y una que tenía la inscripción de “sancte advocate ora pro nobis” la que salió al mismo tiempo con la que tenía el nombre de San Martín obispo, resultando de esta suerte ser el patrono contra esta plaga.

Se le prometió colocar y erigir un altar con retablo en la Catedral, cuyo costo se comprometió el Ayuntamiento a pagar, junto con las limosnas que se pedirían a sus devotos, de las que se tomaría una parte para distribuir entre los pobres, imitando así la caridad de San Martín.

Actualmente la imagen de San Martín se encuentra en el retablo de Nuestra Señora de Guadalupe en la nave norte de la Catedral, junto al presbiterio del Altar Mayor. Esta escultura es obra de Mariano Perusquía y es de tamaño natural, (mide 2.05 mts.) está esculpida en media talla, representando al Santo Obispo con ropa pontifical y destacando por su mitra alta. Lamentablemente, su culto y devoción han quedado en los registros de la historia.

Imagen del Santo venerada en Guadalajara, México.

Imagen del Santo venerada en Guadalajara, México.

San Martín obispo tiene otras parroquias dedicadas en la zona metropolitana. La principal se ubica en el Sector Libertad, por la calle de Belisario Domínguez. En esta Parroquia el Santo recibe culto en un cuadro que lo representa como San Martín Caballero. En Tlaquepaque, en el Barrio de San Martín de las Flores también tiene culto y devoción; más moderna es la Parroquia que se le dedicó en Zapopan, en la colonia llamada Ciudad Granja, titulada San Martín Obispo. En la Región Valles, el municipio de San Martín Hidalgo, recibe el nombre de este santo francés, cuya parroquia también le ha sido dedicada.

Oración
Renueva, Señor en nosotros las maravillas de tu gracia, para que, al celebrar hoy la memoria de San Martín, obispo, que te glorificó, tanto con su vida como con su muerte, nos sintamos fortalecidos de tal manera, que ni la vida ni la muerte pueda separarnos de tu amor. Por…

Humberto

Bibliografía:
Liturgia de las Horas según el rito romano, Tomo IV, Obra Nacional de la Buena Prensa A.C. México, San Adrián del Besós, Barcelona, 2000, pp.1510-1514.
– MARTINEZ, Héctor Antonio, La Catedral de Guadalajara, AMATE Editorial, Guadalajara, Jalisco, 1992, pp. 160.
– MARTÍNEZ PUCHE José A., Nuevo Año Cristiano, Noviembre, Editorial EDIBESA, Madrid, 2006pp.201-210.
– VVAA, Año Cristiano XI noviembre. Editorial BAC, Madrid, 2006, pp. 225-234.
– VVAA, Diccionario de los Santos, Volumen II. Ediciones San Pablo, Madrid, no refiere año, pp. 1658-1661.

San Martín, obispo de Tours (I)

Detalle del Santo en su retablo de la iglesia de Ebersheim, Francia.

Detalle del Santo en su retablo de la iglesia de Ebersheim, Francia.

Introducción
El culto a los santos comenzó durante las persecuciones del imperio romano hacia los cristianos. En efecto, fueron los mártires los primeros en ser venerados como ejemplos y a quienes también se invocaba para obtener su protección. Cada año, en el aniversario de su sacrificio, el día llamado “dies natalis”, se reunía la comunidad cristiana para celebrar el Santo Sacrificio sobre su sepultura. Casi simultáneamente, aunque con más posteridad, se veneró a los santos ermitaños y anacoretas, que huyendo de esa violencia persecutoria, se adentraban al desierto y la soledad para dedicarse a la oración, la penitencia y la meditación. Casi terminados los periodos de persecución, se elevó como signo de santidad entre los fieles la figura de los santos pastores, es decir, los obispos, quienes conforme a la etimología de esta palabra “episcopoi”, (el que vigila) fueron el vigía atento para que en la comunidad se viviera correctamente la ortodoxia y la ortopraxis. Desde hacía tiempo, el obispo y mártir ya era un binomio inseparable y figura referida; así lo vemos por ejemplo en los casos de San Ireneo de Lyon, San Ignacio de Antioquía, San Policarpo de Esmirna, San Apolinar de Rávena, etc.

Cuando la Iglesia tuvo libertad de culto, el obispo concretó en su persona la autoridad civil y religiosa, de ahí que fuera como un gobernante, de estilo monárquico, que tenía que ver por una parte las actividades catequéticas, litúrgicas y clericales, y por otra, la atención al derecho civil, el cuidado del orden social y económico de los fieles bajo su autoridad. Muchos de estos obispos fueron más padres que gobernantes y se valieron de su autoridad para servir. Otros, por el contrario, se comportaron como autoridades civiles que aglutinando el poder, terminaron por corromperse.

Entre los primeros encontramos ahora a San Martín, obispo de Tours; su obra y mensaje caló hondamente en el pueblo creyente, quien desde su muerte lo veneró con piedad filial. Es muy probable que este santo obispo haya sido el primero en ser venerado, no ya como mártir pero si por una vida de santidad admirable. Baste trascribir aquí una parte del oficio divino compuesto en su honor, y que todavía en nuestro tiempo conserva partes propias: “¡Oh bienaventurado pontífice que amaste con todo tu corazón a Cristo Rey y no temiste los poderes de este mundo! ¡Oh alma santísima, que sin haber sido separada de tu cuerpo por la espada del perseguidor, has merecido, sin embargo, la palma del martirio!” (Antífona del cántico evangélico de Vísperas). Como se desprende de lo anterior, San Martín es comparado como un mártir, es decir, el testigo de Cristo que con sus obras manifiesta su fe. Desde este punto comienza la vida de un santo, ser como Cristo, actual, pensar, vivir, amar y entregarse como Él; este es el proceso para llegar a la veneración de los altares.

San Martín y el mendigo. Lienzo de Domenikos Theotokopoulos, "El Greco" (1597-1600). Galería Nacional de Arte de Washington, EEUU.

San Martín y el mendigo. Lienzo de Domenikos Theotokopoulos, “El Greco” (1597-1600). Galería Nacional de Arte de Washington, EEUU.

San Martín caballero
Pero antes de pasar a conocer la biografía de este santo es necesario evocar antes un apelativo que le ha dado la verdadera fama a nuestro Martín. Realmente son pocas las personas que conocen e identifican a Martín de Tours con Martín Caballero. Es este último papel el que lo hace identificar y por lo que le viene la fama y el cariño. La iconografía ha sido vasta para representar un episodio de su vida que ha inspirado verdaderas obras de arte.

La historia refiere que Martín era un joven de 18 años y catecúmeno cuando era militar al servicio del Imperio Romano. En una ocasión venía el gallardo soldado montado sobre su corcel cuando a la entrada de Amiens, a la vera del camino, un hombre pobre le pidió una caridad. Probablemente no llevaría monedas encima, pero su generosidad le hizo empuñar la espada y con ella dividir su amplia capa para compartirla con el miserable hombre. Esa noche Martín soñó que estaba ante la corte celestial y Dios presumía ante sus ángeles la capa dividida: “Miren lo que me ha dado Martín”. La pobreza y necesidad, a veces rayana en la miseria, hicieron que Martín fuera dadivoso y por ello, amado y conocido por este episodio. Sin embargo, al final de sus días, Martín continuaba siendo igual o más generoso. Otro episodio de igual talante se recuerda: el obispo Martín se dispone a celebrar la Santa Misa muy de madrugada, era pleno invierno y un hombre semidesnudo se le acercó llorando para pedirle ropa y no teniendo nada más que darle, le cedió su túnica. El archidiácono se acercó entonces para avisarle que ya era hora de celebrar la misa, pero él le replicó que no celebraría hasta que el hombre pobre tuviera que vestir. En efecto, Martín era ese hombre pobre. El archidiácono fue entonces a buscar la túnica donde la hallara y la compró de la más baja calidad y malhumorado y se la entregó al Santo Obispo que pudo finalmente vestir algo debajo de las vestiduras litúrgicas. El hombre le entregó la ropa diciéndole: “Aquí está el vestido, pero el pobre ya no está”. Martín lo hizo salir, se vistió y celebró la Eucaristía.

Son muchas las obras de arte que representan a Martín como el caballero generoso más que como obispo entregado, pero su desprendimiento es el mismo. Esta compasión es la que despertó tanta simpatía y que lo hace invocar por tantas almas necesitadas, aunque es conveniente referir aquí como esta devoción no se ha visto libre de contaminaciones supersticiosas, como el hecho de poner cerca de su imagen una herradura para su caballo y atraer la buena suerte, así como arrimarle macetas de albahaca para atraer su protección.

Busto relicario en plata del Santo. Iglesia de la Consolación de Nereto, Italia.

Busto relicario en plata del Santo. Iglesia de la Consolación de Nereto, Italia.

Martín de Tours, Martín de Panonia
Martín es uno de los Santos más populares y su biografía se debe a San Sulpicio Severo, discípulo suyo. La razón que lo lleva a escribir su vida es la profunda admiración que siente por su maestro: muchos hombres con glorias del mundo son recordados y honrados, ¿Por qué no Martín, que de manera santa ha logrado ganar lo que es valioso a los ojos de Dios? Además de esta fuente, existen otras cartas donde el mismo autor da referencias sobre su biografiado. Llama la atención que casi no refiere fechas y en algunos puntos se indica la edad del Santo, lográndose por ello, determinar ciertos tiempos determinados en su vida. San Gregorio de Tours, obispo de la misma ciudad dos siglos después, por testimonio suyo hará a conocer otras fechas.

Así pues, Martín nació en Panonia (Zombathely), hoy Hungría, posiblemente hacia el año 317, hijo de una familia de buena posición social cuyos padres eran paganos. La educación la recibió en Pavía. Como su padre, sirvió en el ejército desde los 15 hasta los 20 años, aunque posiblemente su permanencia como militar sea hasta el año 356. La razón de esta circunstancia se debe a que entonces las leyes canónicas no eran muy favorables al ingreso a la vida clerical de los antiguos militares, ya que la vida castrense parecía estar en contradicción con la costumbre cristiana. Además el pasado militar lo desprestigiaba y daba pie a críticas de sus adversarios, por ello, Sulpicio Severo trata de hacer pasar como breve este periodo. Lo que si es cierto es que el hombre se negó a participar en un combate que le habría dado un gran rango y fuertes ingresos.

El emperador Juliano el Apostata lo seleccionó para una batalla pero él se enfrentó: “Hasta hoy he estado a tu servicio, permíteme a partir de ahora estar al servicio de Dios; que acepte tu “donativum” quien tenga intención de combatir, yo soy soldado de Cristo y no tengo derecho a combatir”. El emperador lo tachó de cobarde y le espetó que por miedo y no por su fe era que declinaba luchar, pero Martín le dijo que en nombre de Cristo lo pusiera sin ninguna protección de arma o defensa sino con la Cruz para atravesar así las líneas enemigas. Cuando iba a realizar ese reto, el enemigo se rindió y negocio su paz. Martín dio con esto ejemplo de defender su conciencia a tantos que no quieren cumplir la ley en nombre de su religión.

El Santo es elegido obispo. Relieve decimonónico en un retablo de la iglesia de Pfaffenheim, Francia.

El Santo es elegido obispo. Relieve decimonónico en un retablo de la iglesia de Pfaffenheim, Francia.

Un cristiano que se hace monje y un monje elegido obispo
Desde su juventud primera, Martín tenía el deseo de ser monje y no fue hasta cuando abandonó el ejército que recibiera el Bautismo. En esos días oyó hablar sobre San Hilario de Poitiers y se marchó a Francia atraído por su noble figura. Entonces se unió al grupo de sus discípulos y por sus cualidades fue propuesto al diaconado, cosa que rechazó por humildad, aunque aceptó ser ordenado exorcista. En el año 356, el Santo Doctor (Hilario) fue exiliado a Oriente durante las luchas arrianas y su discípulo aprovechó esta coyuntura para visitar su tierra natal, logrando allí la conversión de su madre; un poco después visita Milán donde hace la experiencia de vivir en un cenobio. Cuando le llega la noticia de que su maestro ha vuelto a Poitiers, vuela inmediatamente a su lado. Entonces el santo obispo pudo ordenarlo primero como diácono y luego como sacerdote. Se ha dicho que Martín fue “soldado a la fuerza, obispo por obligación y monje por gusto”. En Ligugé, orientado por San Hilario, fundó un monasterio, con lo que realizó un acariciado deseo; sin embargo, este periodo iba a ser breve, porque la sede de Tours estaba vacante y gracias a su fama por la ejemplaridad de vida, se le hizo ir a la ciudad con el pretexto de que aliviara a un enfermo (ya tenía fama de taumaturgo) y el 4 de julio del año 370 fue consagrado obispo. Su elección fue realizada por aclamación popular y con la oposición de algunos obispos que fueron invitados a consagrarle. Una de las primeras actividades episcopales que realizó fue fundar el monasterio de Marmoutier que sería un auténtico semillero de obispos de Las Galias.

Episcopado
No por ser obispo dejó de vivir como monje, por ello trabajó tanto como se dedicó a orar. Se preocupó por la formación del clero y la evangelización de las zonas rurales. Combatió la idolatría y cuando los campesinos se opusieron hostilmente a que destruyera sus santuarios paganos, él les desviaba con palabras que iluminaban sus almas y les convertían a la fe, destruyendo luego ellos mismos sus templos. Fue tal vez su intensa vida de oración la que le hizo ser un gran misionero, pues fueron muchas las regiones a las que se dedicó a llevar el Evangelio.

El Santo, meditando, es avisado de que tiene que celebrar misa. Detalle de un fresco de Simone Martini. Basílica inferior de San Francisco, Asís (Italia).

El Santo, meditando, es avisado de que tiene que celebrar misa. Detalle de un fresco de Simone Martini. Basílica inferior de San Francisco, Asís (Italia).

Martín fue un pastor que se hizo todo para todos según lo que decía San Pablo, para poder acercarlos a Cristo. Siempre fue solidario con su pueblo, llorando con los que lloraban, pero ágil siempre en la piedad y misericordia para llevar su caridad a todos los que acudían a él. Curaba a los enfermos y expulsaba a los demonios y nunca fue servil al poder imperial; en efecto, mientras muchos obispos ensalzaban al emperador Máximo y se doblegaban ante él, Martín era el único que alzaba la voz intercediendo por los pobres, pidiendo que se diera una solución a sus necesidades. En una ocasión se sentó a la mesa con Máximo y se negó a pasarle la copa en señal de respeto y honor, pues consideraba que comprometía su libertad y por eso la pasó a un sacerdote, en señal de veneración de su dignidad.

Ante este mismo emperador sucederá un episodio que le amargó por mucho tiempo la existencia. Intercedió ante el mismo para que no se vertiera la sangre del obispo heterodoxo Prisciliano y de algunos de sus seguidores, como pretendían algunos obispos. Fue hasta Tréveris para interceder por estos que se señalaban como herejes, arriesgándose a sí mismo a ser considerado como hereje también. Él entendía que no es con la violencia como se puede combatir el mal. El emperador lo recibió amablemente y le concedió lo que pedía, pero tuvo que pagar muy caro este gesto: comulgar con los obispos que perseguían al heresiarca cuando se consagró al nuevo obispo de Tréveris. Este gesto le dolió mucho, pues el compromiso con los obispos indignos le recordó como a éstos los había despreciado San Ambrosio y que también la Sede de Roma los había amonestado. Solo su caridad pudo salvar momentáneamente a los acusados, pues Máximo, faltando a su compromiso, terminó por decidir la ejecución poco tiempo después.
Mañana seguiremos con la segunda parte.

Humberto

Bibliografía:
Liturgia de las Horas según el rito romano, Tomo IV, Obra Nacional de la Buena Prensa A.C. México, San Adrián del Besós, Barcelona, 2000, pp.1510-1514.
– MARTINEZ, Héctor Antonio, La Catedral de Guadalajara, AMATE Editorial, Guadalajara, Jalisco, 1992, pp. 160.
– MARTÍNEZ PUCHE José A., Nuevo Año Cristiano, Noviembre, Editorial EDIBESA, Madrid, 2006pp.201-210.
– VVAA, Año Cristiano XI noviembre. Editorial BAC, Madrid, 2006, pp. 225-234.
– VVAA, Diccionario de los Santos, Volumen II. Ediciones San Pablo, Madrid, no refiere año, pp. 1658-1661.

Beato Juan Duns Scoto, fraile franciscano

Tabla flamenca del Santo, anónimo de Gante (ca. 1460-80).

Tabla flamenca del Santo, anónimo de Gante (ca. 1460-80).

Quiero escribir sobre una de las lumbreras de la Edad Media, cuya festividad celebramos en el día de hoy, de cuya vida sabemos relativamente poco, pero que escribió abundantemente sobre temas filosóficos y teológicos. Me estoy refiriendo al llamado “Doctor de la Inmaculada Concepción”, el Beato Juan Duns Scoto.

Nació en Duns, en el condado de Verwik (Escocia) en el invierno de 1265-1266, siendo hijo de Ninian Duns, pequeño terrateniente que poseía tierras en Litledean, bien relacionado con los frailes franciscanos por lo que envió a su hijo a la escuela de los frailes en Addington, donde realizó sus primeros estudios. Su tío Elías Duns fue elegido provincial de la Orden en el año 1278 y conociendo las virtudes y cualidades de su sobrino lo preparó para que ingresara en el noviciado con solo quince años de edad, aunque las leyes canónicas de la época exigían una edad mínima de dieciocho años. Terminado el noviciado y los estudios eclesiásticos, con veinticinco años de edad fue ordenado sacerdote por el obispo de Lincoln, el 17 de abril del año 1291.

Inmediatamente después de su ordenación, enseñó como profesor en la Orden hasta el año 1293, cuando fue enviado a París para completar sus estudios, permaneciendo allí hasta el año 1296. Conseguido el título de bachiller (lo que hoy sería una licenciatura) fue enviado a Cambridge – donde por primera vez leyó el libro de las “Sentencias” de Pedro Lombardo – y después a Oxford, donde las comentó. En el año 1302 volvió a París como profesor universitario y allí releyó y volvió a comentar las “Sentencias”, comentarios que son conocidos como las “Reportatas de París” y las “Cuestiones Disputadas”, discusiones en las que él intervenía bien como director o como oponente. Pero aunque tenía un buen porvenir como profesor, al no querer subscribir una apelación promovida por el rey francés Felipe el Hermoso contra el Papa Bonifacio VIII, tuvo que abandonar la Universidad. Prefirió renunciar y abandonar su cátedra volviendo a Oxford antes que firmar la carta contra el Papa.

Miniatura del Beato en su scriptorium. Manuscrito de las Quaestiones.

Miniatura del Beato en su scriptorium. Manuscrito de las Quaestiones.

Cuando en octubre del 1303 murió Bonifacio VIII, su sucesor firmó la paz con el rey francés y Scoto regresó con la intención de conseguir el doctorado, llevando consigo una carta de presentación de Gondisalvo de España – Superior General de la Orden -, que había sido su maestro. En esta carta Gondisalvo lo elogiaba diciendo que estaba plenamente informado acerca del candidato, “estoy plenamente informado, en parte por mi propia experiencia y en parte por la fama de su vida, que es digna de alabanza por su excelente preparación, por su sutilísimo ingenio, así como por otras insignes cualidades”. En 1305 consiguió el título de doctor, permaneciendo en París como maestro regente del “Studium” franciscano. Por defender el dogma de la Inmaculada, a fin de evitar la prisión, tuvo que abandonar París y a finales del 1307 lo vemos enseñando en Colonia hasta que murió el 8 de noviembre del año 1308, con cuarenta y tres años de edad. Fue sepultado en la iglesia de los franciscanos de Colonia y no en el cementerio del convento, lo que da a entender la santidad, el prestigio y la estima que lo acompañaron durante su vida.

Entre sus principales obras hay que destacar: “Los comentarios al Libro de las Sentencias”, llamado también “Ordinatio”, los comentarios a los escritos de Aristóteles (“Methaphysica”, “De anima”, “De Praedicamentis”, “Perihermenías” y el “Liber Elenchorum”), varias “Disputationes”, entre las que destacan “De Quodlibet”, escrita en Oxford y “Collationes”, escrita en París, así como el “Tractatus de primo principio e Theoremata”. En el conjunto de todas ellas expone cual es su pensamiento, aunque la más importante de todas es “Ordinatio”.

Heredero de la escuela de Oxford, Juan Duns Scoto siguió el método estrictamente científico de cualquier demostración matemática; por lo tanto, evaluaba con muchísimo rigor las opiniones de los anteriores maestros así como las opiniones de sus contemporáneos, sin resentimientos ni partidismos, sino movido únicamente por un irresistible deseo de buscar y encontrar la verdad. No criticaba por criticar, sino que cuando lo hacía, le movía el deseo de esclarecer la verdad. Y lo hizo especialmente con Enrique de Gand y Godofredo de Fontaine, aunque como dice Gerson en su “Opera Omnia”, lo hacía “non singularitate contentiosa vincendi, sed humilitate concordandi” (no con la intención de vencer, sino de acordar humildemente).

Lienzo decimonónico del Beato.

Lienzo decimonónico del Beato.

Scoto raramente cita y discute las sentencias de Santo Tomás de Aquino, y cuando lo hace, lo realiza de forma indirecta. Cuando tomó posesión de su cátedra universitaria después de la condena de algunas tesis averroísticas y tomistas por parte de las autoridades eclesiásticas de París y de Oxford, el beato Juan Duns Scoto se “encontró en una situación similar a la que se encontraban los teólogos después de la condena del modernismo” (E. Gilson, “Jean Duns Scot. Introduction à ses positions fondamentales”, París, 1952). Por lo tanto, sería injusto culparle si “en presencia de un naturalismo filosófico” a él le pareció menos urgente aceptar y exaltar la filosofía que “defender la autonomía de la teología”, sigue diciendo Gilson en su obra.

La base del sistema filosófico del Beato Scoto, es la primacía del “ente” (lo que existe o puede existir) en el campo de la epistemología (rama de la filosofía cuyo objeto de estudio es el conocimiento) y la metafísica (rama de la filosofía que estudia la naturaleza, estructura, componentes y principios fundamentales de la realidad). La primacía de la voluntad es la característica de su ética y la doctrina del amor es el principio de su teología. Para él, la predestinación divina está centrada en el amor: “Dios, en primer lugar se ama a sí mismo”, por lo que el fin supremo de la creación es su glorificación. En segundo lugar, “se ama a sí mismo en los demás”, luego la creación es también el reflejo de su amor; y en tercer lugar “quiere ser amado por Aquel que puede amar en grado sumo” y este es Jesucristo. Por lo tanto, la Encarnación que es la “Obra Suprema de Dios” (Summum Opus Dei), no puede estar condicionada a la caducidad del hombre ni tener un puesto secundario en los designios divinos. Por eso, la Encarnación es el centro de la Creación y todo está ordenado en torno a ella.

Sigue diciendo que “Dios, en un único y solo decreto con Cristo, predestinó que su divina Madre, la más bendita entre todas las mujeres, en previsión de los méritos de su Hijo, fuese preservada del pecado original”. Y así como en la Encarnación brilló el amor de Dios, en la Redención brilló este divino amor aun mucho más y que habiendo podido el Verbo encarnado redimirnos de diversas maneras, quiso padecer y morir en una cruz “para atraernos a su amor”. Ese fruto de la Redención llega a los hombres a través de los sacramentos, entre los cuales, sobresale por excelencia el “Sacramento del Amor”, la Eucaristía, centro de la vida de la Iglesia y sacramento esencial para el culto latréutico (culto de latría), ya que es la Víctima del sacrificio del Nuevo Testamento.

Ilustración contemporánea del Beato.

Ilustración contemporánea del Beato.

Este amor, esta caridad es el pilar de la perfección sobrenatural del hombre, que tiene como objeto primario a Dios como bien supremo en sí mismo, y en segundo lugar, a uno mismo y al próximo: “Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo, como a uno mismo”. La felicidad eterna consiste en el amor beatífico delante de Dios y este amor, sin dejar de ser libre, es estable e indefectible gracias a una predestinación positiva de la voluntad divina. En la doctrina del beato Duns Scoto hay también que mencionar sus enseñanzas sobre el magisterio de la Iglesia que aunque la acepta como una norma próxima a la verdad, antepone a ella la verdad de las Sagradas Escrituras. El siempre vivió conforme a este pensamiento y por eso había renunciado a su cátedra en París.

Vemos que Juan Duns Scoto fue un acérrimo defensor de la Inmaculada Concepción y en este tema quiero detenerme un poco. Era doctrina tradicional de la Iglesia que María no tuvo ninguna relación con el pecado y a mediados del siglo XII en algunas iglesias francesas e inglesas se había empezado a celebrar la festividad de la Inmaculada Concepción. San Bernardo de Claraval desautorizó esta celebración porque mantenía que esta doctrina entraba en contradicción con lo dicho por San Pablo: “Todos hemos pecado en Adán y todos hemos sido redimidos por Jesucristo”. (Primera Corintios, 15, 22). La opinión de San Bernardo tuvo una gran influencia entre los teólogos que afirmaban que María había sido concebida como todos, en pecado, pero que “fue santificada” desde el primer momento en el seno de su madre. Con esto pretendían armonizar las dos corrientes de opinión: los eruditos defendían la opinión de San Bernardo mientras que el pueblo llano decía que la Concepción de María era Inmaculada.

Juan Duns Scoto, a pesar de la autoridad de San Buenaventura, que había sido General de la Orden y que participaba de la opinión de San Bernardo, defendió la Inmaculada Concepción, no solo en Oxford y Cambridge, sino también en la Sorbona, donde defendió su posición en su comentario al tercer libro de las “Sentencias”. Hablando de Cristo y de sus relaciones con su Madre, defendió este privilegio de María. Fue el primero que se atrevió a hacerlo en París y la Universidad reaccionó de inmediato, organizando discusiones públicas, a veces violentas, sobre esta nueva doctrina llegando incluso a amenazarlo con la hoguera. Lo acusaron de hereje por ir en contra de las opiniones de San Bernardo, San Buenaventura y Santo Tomás de Aquino, pero él, aunque tuvo que abandonar la Universidad parisina, salió airoso de esta disputa y desde entonces, dentro de la misma Universidad se abrió una corriente de opinión que vino en denominarse “opinión escotista”. Esta opinión fue poco a poco calando y gracias al entusiasmo de los fieles, fue finalmente aceptada por los teólogos e incluso por el beato Papa Pío IX, que en 1854 lo declaró dogma de fe.

Sepulcro del Beato.

Sepulcro del Beato.

Con la fama de su doctrina se divulgó también su fama de santidad, por lo que muy pronto recibió culto, prueba del cual fueron las frecuentes traslaciones y reconocimientos canónicos de sus reliquias, la última de las cuales se realizó en el año 1954. Muchas son las imágenes existentes en las que se le da el título de “Doctor de la Inmaculada”, muchos siglos antes de su beatificación. Igualmente, antes del reconocimiento oficial, ya recibía el título de beato y como tal consta en numerosos martirologios y calendarios. Incluso en el Oficio de la Inmaculada Concepción, aprobado por el Papa Sixto IV en el año 1480, ya es elogiado. En consideración a todo esto, la Orden Franciscana promovió el proceso a fin de que fuese confirmado el culto “ab immemorabili”, que fue reconocido el 6 de julio del 1991 por San Juan Pablo II mediante el Decreto “Qui docti fuerint”, en el que se reconoce oficialmente la santidad del Beato Juan Duns Scoto. El mismo Papa lo volvió a reiterar el 20 de marzo de 1993. Como he dicho, su fiesta se celebra el día de hoy.

Antonio Barrero

Bibliografía:
– BALIC, C., “Bibliotheca sanctórum, tomo IV”, Città Nuova Editrice, Roma, 1987.
– BONNEFOY, J. F., “El Doctor de la Inmaculada Concepción”, Roma, 1960.
– SCHAEFER, O., “Bibliografía de la vida, obras y doctrina de Juan Duns Scoto”, Roma, 1955.

Enlace consultado (05/10/2014):
– www.franciscanos.org/santoral/juanduns2.htm

San Melecio el Joven

Fresco ortodoxo griego del Santo.

Fresco ortodoxo griego del Santo.

San Melecio el Joven, llamado así para diferenciarlo de su homónimo Melecio, patriarca de Antioquía, es uno de los principales reformadores de la vida monástica griega en el siglo XI. Vivió en tiempos del emperador Alejo I Comneno y fue tan grande su figura y su obra que se ocuparon de escribirla Nicolás de Metón – solo treinta y seis años después de la muerte de Melecio – y Teodoro Prodromo, más o menos en el mismo tiempo. La biografía escrita por el primero de ellos, al basarse sobre todo en los testimonios proporcionados por los discípulos del santo, parece más fiable y en general, muestra una mayor escrupulosidad histórica en lo que cuenta, mientras que la biografía escrita por Teodoro Prodromo tiende más a alabar la figura del santo.

Melecio nació en Moutalaski, en la Capadocia, en el año 1035, o sea, pocos años antes de la culminación del Gran Cisma que separaría a la Iglesia de Oriente y de Occidente en el 1054. Sus padres eran muy virtuosos, se llamaban Juan y Sofía y desde muy pequeño inculcaron a su hijo algo que de por si, ya él sentía: una inclinación innata hacia todo lo relacionado con la religión. Aun así, cuando solo tenía quince años de edad – la mínima edad para hacerlo -, sus padres quisieron que contrajese matrimonio, pero él, deseando abrazar la vida monástica, se escapó de su casa, dejando a sus padres y a sus amigos y se fue a Constantinopla ingresando en el monasterio de San Juan Crisóstomo, en el cual, a los tres años vistió el hábito monástico.

Melecio visitó todos los lugares sagrados de Constantinopla y posteriormente quiso hacer una larga peregrinación tanto a Tierra Santa como a Roma. La primera etapa de este viaje fue Tesalónica, donde veneró el sepulcro de San Demetrio. Se dice que estando en esta ciudad, por inspiración divina se le advirtió que prosiguiera hacia Roma, aunque sin embargo, él se fue a Atenas y posteriormente a Tebas de Beocia, donde se quedó durante algún tiempo en la iglesia de San Jorge, situada al norte de la ciudad y donde llevó una vida ascética. Muy pronto se reunieron junto a él un numeroso grupo de discípulos, por lo que tuvo que transformar la iglesia en monasterio.

Icono ortodoxo griego del Santo.

Icono ortodoxo griego del Santo.

Teodoro Prodromo dice que San Melecio vivió en ese monasterio por espacio de veintiocho años, aunque no se sabe si en este cómputo mete solo el tiempo de estancia en el monasterio o también el tiempo que necesitó para hacer sus viajes, ya que por ejemplo, se sabe que en Jerusalén estuvo alrededor del año 1070. Con respecto a sus dos peregrinaciones a Roma y Tierra Santa, sus dos biógrafos proporcionan informes contradictorios, ya que mientras Nicolás de Metón dice que el santo visitó Roma en primer lugar, Teodoro dice que primero fue a Jerusalén; esto último parece ser lo más probable.

Durante su viaje a Jerusalén fue hecho prisionero por los agarenos y estuvo a punto de perder la vida. Consiguió salvarse y seguir viaje a Palestina, donde estuvo tres años visitando todos los lugares sagrados. Cuando abandonó Palestina, se marchó a Roma con la intención de venerar las tumbas de los apóstoles Pedro y Pablo. Teodoro Prodromo incluso añade que continuó su viaje por Hispania para venerar en Compostela el cuerpo del apóstol Santiago.

Hispania (España), sería la última etapa de su peregrinación. Desde allí retornó a Tebas, donde fue recibido con gran alegría y respeto por los monjes del monasterio que él mismo había fundado, donde se quedó llevando una vida aun más rígida que la anterior: continuos ayunos, pasaba prácticamente toda la noche en oración y las escasas horas que dormía lo hacía en un jergón de paja, trabajaba manualmente con sus manos incluso en las labores más humildes del monasterio. Como tenía el don de milagros, esto hizo que al monasterio acudiera una multitud de fieles, lo que le ocasionaron una serie de molestias, que le indujeron a abandonar el monasterio de San Jorge y refugiarse en el Monte Citerón, entre Ática y Beocia, donde se encontraba el llamado monasterio “Σύμβουλος”, cercano a Atenas y donde fue recibido por el egumeno Teodosio. A la muerte de Teodosio, Melecio asumió el egumenato y el monasterio se convirtió en el centro monástico más importante de la zona, con cerca de cien monjes, llegando a transformarse en una Gran Lavra (Μεγίστη Λαύρα), bajo cuya jurisdicción había más de veinte monasterios.

Fue ordenado sacerdote en tiempos del Patriarca Ecuménico Nicolás III el Grammatikos; de esta manera, al recibir el Sacramento del Orden pudo convertirse en el confesor de sus monjes, cuyo número iba en constante aumento. Se preocupó de ampliar la iglesia principal del monasterio trabajando con sus propias manos y reorganizó las normas de convivencia, siendo reconocida y premiada esta actividad con generosas donaciones por parte del emperador Alejo I Comneno. Al igual que lo habían hecho San Lucas de Steirion en Beocia y San Nicón el Metanoita en el Peloponeso, se preocupó de mejorar el nivel cultural de sus monjes.

Relicario del cráneo del santo. Monasterio San Melecio, Kitheronas, Grecia.

Relicario del cráneo del santo. Monasterio San Melecio, Kitheronas, Grecia.

Su modelo monástico comportaba el llevar una vida ascética muy severa, una vida monacal muy simple y la privación de todo lo superfluo e incluso de parte de lo necesario. Pero esta disciplina se la aplicaba a él mismo con mayor rigor que a sus monjes y como muestra, un botón: aunque no comía nada más que pan y agua, se sentaba todos los días a la mesa con sus monjes para que éstos sí que comieran. Esta forma de actuar impresionó profundamente a los fieles, los cuales hacían numerosas donaciones al monasterio, lo que le permitió la fundación de muchas “metochia” (iglesias autónomas) en diversas regiones de Grecia. Se dice que debido a la santidad de su vida, obtuvo el don de la clarividencia, lo que le permitió realizar numerosas obras a favor de mucha gente. En este sentido, tanto Nicolás de Metón como Teodoro Prodromo (sus biógrafos) narran numerosos milagros realizados por él tanto dentro del monasterio como fuera del mismo.

San Melecio murió el día 1 de septiembre del año 1105, con setenta años de edad. Fue sepultado en el nártex de la iglesia del monasterio, el cual recibió su nombre inmediatamente después de su muerte. Desde entonces, el día de su muerte es conmemorado solemnemente en toda la zona de influencia del monasterio, el cual siguió creciendo aun después de la muerte de su fundador. Nicolás Metón dice que cuando él estaba escribiendo esta biografía, el monasterio contaba con una población de más de trescientos monjes.

En el siglo XIII el monasterio fue asediado por el Déspota de Epiro, Teodoro Ángel Comneno Duca, pero aun así, no perdió su esplendor. En su honor fueron emitidos varios sigilos patriarcales y llegó a ser una “Σταυροπηγιακές“”, o sea, un monasterio que en vez de estar bajo la jurisdicción del ordinario del lugar, lo está bajo la jurisdicción del patriarca; dependía directamente del Patriarcado Ecuménico.

Tumba del Santo.

Tumba del Santo.

Durante la dominación otomana el monasterio siguió creciendo y el metropolita Nicanor de Atenas (1570-1592) lo reestructuró y conservó. El monasterio fue visitado por el prestigioso monje Pacomio Visanos y por el célebre viajero inglés William Martín Leake, el cual lo describe detalladamente en el relato de sus viajes. Desgraciadamente, durante la revolución griega del 1821, el edificio sufrió daños importantes por parte de los turcos, quienes finalmente lo incendiaron. Una vez que Grecia fue liberada, se restauró y comenzó inmediatamente a funcionar como monasterio, aunque con menos monjes de los que antes tenía. En abril de 1883 fue anexionado al monasterio Faneromeni de Salamina. En los años veinte del siglo pasado, gracias al arzobispo ateniense Crisóstomo Papadopoulos, el monasterio fue reestructurado y refundado.

Antonio Barrero

Bibliografía:
– PAPADOPOULOS, Ch., “El beato Melecio el Joven”, Atenas, 1968.
– PASCHALIDES, S., “Bibliotheca sanctórum orientalium, volumen II”, Città Nuova Editrice, Roma, 1999.

Enlaces consultados (02/10/2014):
– http://agiosgeorgiosthivas.blogspot.com.es/p/blog-page_59.html
– http://users.uoa.gr/~nektar/arts/tributes/fwths_kontogloy/o_agios_meletios.htm