Pascua y Pentekostarion en la Iglesia Ortodoxa

La Santísima Trinidad. Fresco en la bóveda de la catedral ortodoxo rumana de Nuremberg, Alemania.

La Santísima Trinidad. Fresco en la bóveda de la catedral ortodoxo rumana de Nuremberg, Alemania.

La alegría de la Pascua y el período del Pentekostarion según el ritual de la Iglesia Ortodoxa
En el artículo que escribí el 6 de abril desarrollé la importancia del tiempo del Triodion, que abarca el tiempo de algunas semanas de preparación y la Gran Cuaresma, un total de 10 semanas. En este artículo pretendo describir del mismo modo el tiempo del Pentekostarion, que abarca los cuarenta días entre la Pascua y la Ascensión, los diez días siguientes hasta la fiesta de Pentecostés (de ahí viene el nombre de Pentekostarion) y una semana más, que termina con el Domingo de Todos los Santos, en total, ocho semanas y nueve domingos.

Comenzando con la medianoche de la fiesta de la Resurrección, el tiempo de Pentekostarion es un tiempo de alegría. Los cantos de lamentación se olvidan, las canciones recuerdan el arrepentimiento sólo en pasado, como si los cristianos viviesen ya en tiempos escatológicos. Por no menos de cuarenta días, el saludo habitual “Buenos días” se reemplaza por el de “Cristo ha resucitado”, al cual debemos responder “En verdad ha resucitado”, tanto en la iglesia, como en las calles, en casa, en todas partes. La primera semana está prácticamente inundada de la obsesiva repetición del troparion “Cristo ha resucitado de los muertos, por la muerte, la muerte hollando; y a los que están en las tumbas la vida dando”, cantado en diferentes tonalidades y a menudo en diferentes lenguas. Pero comencemos por la noche de Pascua.

En Sábado Santo, a medianoche, los cristianos se encuentran en la iglesia, de donde tomarán la “Santa Luz”. Así pues, todas las luces, ya sean velas o eléctricas, todas deben apagarse, con la excepción de la vela que cuelga de la Cruz, en el lado oriental de la mesa del altar. Esta luz la usará el sacerdote para encender su propia vela. Él abre las “puertas imperiales”, es decir, las puertas centrales de la cámara del altar, que simboliza ahora la tumba, y grita en voz alta a la gente que espera: “¡Venid e iluminaos!”. Inmediatamente, el coro canta: “Tu Resurrección, Cristo Dios, es alabada por los ángeles del cielo. ¡Haznos a nosotros, desde la tierra, dignos de alabarte con corazón puro!”. Este troparion se canta mientras el sacerdote da luz a todas las velas de los presentes en la iglesia, caminando lentamente hacia el exterior, donde una mesa está preparada para la primera parte de la ceremonia de Pascua. Aquí él lee un texto del Evangelio sobre la tumba vacía y canta por primera vez “Cristo ha resucitado”, seguido por el coro. Con este repetitivo troparion, toda la comunidad rodea la iglesia en el sentido de las agujas del reloj y regresa a la entrada, que está ahora cerrada. Esto representa el Paraíso, cerrado a los humanos tras el pecado de Adán. El sacerdote, que simboliza a Cristo, llama a la puerta con una pequeña cruz, y recita algunos versos del salmo 24 (23), versículos 7 y 8: “Alzad vuestras cabezas, oh puertas, y alzaos, puertas eternas, y entrará el Rey de la gloria”. Alguien, desde el otro lado de la puerta, que simboliza el Querubín con la espada de fuego, pregunta: “¿Quién es este Rey de la gloria?”, a lo que el sacerdote responde: “El Señor fuerte y poderoso, el victorioso en la batalla. El Señor de las huestes, ¡Él es el Rey de la gloria!” (versos 8 y 10). Entonces las puertas se abren, aunque el servicio prosigue en el exterior de la iglesia durante un rato, con el Canon de la Pascua, una composición de San Juan de Damasco, una obra maestra de la literatura cristiana.

Toma del cementerio de Serbanesti (Rumanía), en la noche de Pascua de 2009.

Toma del cementerio de Serbanesti (Rumanía), en la noche de Pascua de 2009.

El hecho de que la ceremonia comience fuera de la iglesia es un símbolo de que toda la creación debe participar de la alegría de la Resurrección; es un signo de la re-creación, como veremos después. En el artículo dedicado a la Gran Cuaresma escribí que el tiempo se precipita en Semana Santa, de modo que los servicios matutinos se celebran por la tarde y los vespertinos, por la mañana; pues bien, ahora, en la noche de Pascua, todo se calma y regresa a la normalidad, una normalidad de alegría y luz.

Antes de que comience la Divina Liturgia, el sacerdote permanece de pie con el libro litúrgico del Evangelio y la cruz, para que cada cristiano venga a besarlos. A la salutación del sacerdote: “Cristo ha resucitado”, todos deben responder: “¡En verdad ha resucitado!”, lo cual es, como ya he dicho, el saludo habitual en la temporada siguiente. Entonces el sacerdote lee otra obra maestra de la literatura cristiana, la Homilía de Pascua de San Juan Crisóstomo. El motivo principal es que, en medio de la alegría, todos están invitados a participar de la fiesta, los preparados y los no preparados, los que ayunaron y los que no, porque el demonio ha sido derrotado y, con él, la muerte y el dolor.

La Liturgia de Pascua, que sigue con el Canon, comienza en torno a la una o dos de la madrugada, por lo que tiene el typikon de las grandes fiestas. Comienza con el canto del “Cristo ha resucitado” por el sacerdote y después por el coro. Los sacerdotes rodean el altar y recitan el salmo 68 (69) recordando la Resurrección: “Que Dios se alce, que sus enemigos sean dispersados: que los que le odian huyan ante Él…” (y los siguientes versos, desde otro ángulo del altar). Otro cambio ocurre cuando las típicas antífonas se sustituyen por antífonas especiales que contienen los versos del salmo recordado arriba, combinados con el estribillo “Cristo ha resucitado…”. Pero en lugar de recordar la Resurrección, el Evangelio leído durante el servicio es el Protoevangelio de San Juan -otro símbolo de que los cristianos no celebran especialmente el evento histórico de la Resurrección, sino más bien sus efectos, que es la re-creación del Cosmos. Incluso el Icono de la Pascua refleja, en la tradición ortodoxa, no la Resurrección de los Muertos, sino el Descenso de Cristo al Inframundo, quien destruye las puertas del Sheol, encadena al demonio y toma a Adán y a Eva de las manos, como signo de que Él los ha salvado.

Fresco de Cristo rescatando a Adán y Eva del Sheol. Catedral ortodoxa rumana de Nuremberg, Alemania.

Fresco de Cristo rescatando a Adán y Eva del Sheol. Catedral ortodoxa rumana de Nuremberg, Alemania.

La liturgia sigue su curso, y el troparion “Cristo ha resucitado” sustituye a muchas de las habituales respuestas litúrgicas, especialmente en el momento de la Comunión y después del mismo. En los pueblos de la Rumanía oriental las familias traen gallos blancos a la iglesia, que comienzan a cantar durante la Liturgia. Tradicionalmente se cree que cuanto más pronto canten, más ricas van a ser las cosechas ese año.

La Semana de Pascua, o la Semana Iluminada, tiene un programa especial y se repite diariamente el servicio de Pascua, aunque por supuesto no de noche. En este sentido, el servicio matutino se sustituye por el Canon de la Pascua, la Víspera es muy corta y en parte contiene el mismo Canon de Pascua; las Horas usuales (primera, tercera, sexta y novena) contienen salmos distintos de los habituales, y eso también ocurre con las completas y los servicios de medianoche en los monasterios. Cada vez que el sacerdote o diácono incensa a la gente y la iglesia, ellos saludan diciendo “Cristo ha resucitado” y portan una vela encendida. Sólo hacer una observación más sobre la comida de Pascua, que es por supuesto la más importante del año y contiene huevos rojos, especialidades de cordero, pasteles de Pascua y “Pasca”, una especie de pan con queso y huevos, símbolo de abundancia y vacaciones.

Los dulces pascuales de la tradición ortodoxa: huevos rojos, cozonacul y pasteles de Pascua.

Los dulces pascuales de la tradición ortodoxa: huevos rojos, cozonacul y pasteles de Pascua.

Después de Pascua
El domingo siguiente a la Pascua no es el “primero” sino el “segundo después de la Pascua, también conocido como Antipascha y dedicado a Santo Tomás, que dudó de la Resurrección, de modo que el Señor vino una semana después para mostrarse a él (lectura del Evangelio de San Juan 20, 19-31). Ahora comienza el servicio tonal habitual. En la semana que comienza con el Domingo de Tomás y termina el sábado siguiente se cantan canciones en el primer tono, la semana siguiente en el segundo tono, y así sucesivamente. Todos los servicios litúrgicos vuelven a entrar en el tiempo ordinario, salvo algunos “añadidos” de Pascua, como que cada servicio comienza siendo cantado “Cristo ha resucitado” tres veces, que el servicio matutino comienza con la exclamación del sacerdote “Gloria a la santa, consustancial, creadora de vida e indivisible Trinidad…”. El lunes es el primer día en que se aceptan servicios por los difuntos. En la Rumanía oriental este día es conocido como “la Pascua de los Justos”, es decir, de los difuntos. Los cristianos suelen tirar huevos rojos a los ríos, porque tradicionalmente se cree que llegarán al otro mundo, de modo que también los muertos sabrán que la Pascua ha llegado.

El domingo siguiente se dedica a las mujeres mirróforas (el Evangelio leído es el de Mc 15, 43-16, 8), muchos creen que éste es el auténtico Día de la Madre según la práctica ortodoxa, lo que dudo personalmente -porque el momento más grande de las madres en la historia cristiana es la Fiesta de la Anunciación-. El ritual sigue el de la semana anterior y permanece igual las semanas y domingos siguientes, dedicados al paralítico curado (Jn 5, 1-15), y el ciego curado (Jn 9, 1-38). El jueves siguiente los cristianos celebran la Ascensión del Señor. El canto de “Cristo ha resucitado” se detiene un día antes y se permite a veces en funerales o servicios de réquiem, aunque muy raramente.

Con la Ascensión, los cristianos se saludan con “Cristo ha resucitado”, a lo cual se responde “En verdad ha resucitado”, hasta Pentecostés. Ésta es también una fiesta para los héroes nacionales y varias comunidades dedican, después de la liturgia, un servicio de réquiem especial por los fallecidos en las guerras mundiales y la reciente revolución de 1989 (me refiero al caso rumano). En este tiempo se repite el hábito de colorear los huevos, de modo que puedan ser consumidos también el domingo siguiente (dedicado a los Padres del Concilio de Nicea, como una pre-fiesta de la Trinidad), hasta Pentecostés.

El Domingo de Pentecostés, conocido también como “El Domingo Santo”, “El Domingo del Descenso del Espíritu Santo”, tiene también un nombre popular, Rusalii. Esto procede de la antigua fiesta romana de Rosalia, que marca el inicio del verano. Algunas costumbres paganas todavía se mantienen, como entregar -en nombre de los difuntos, un día antes- cubos (o al menos tazas) de agua llenos de cerezas de mayo y flores del campo.

Tradicionales ofrendas de cerezas y flores con ocasión de la fiesta de Pentecostés rumana.

Tradicionales ofrendas de cerezas y flores con ocasión de la fiesta de Pentecostés rumana.

La Liturgia tiene el ritual habitual de las grandes fiestas -con canciones antifónicas especiales y la repetición del Troparion “Bendito seas, oh Cristo nuestro Dios, que has revelado a los pescadores como los más sabios, enviando sobre ellos el Santo Espíritu. A través de ellos arrastraste al mundo a tu red. Oh, Amante del Hombre, ¡gloria a Ti”. Inmediatamente la Liturgia prosigue con la Víspera de la Santísima Trinidad, que contiene siete oraciones especiales, tras las cuales se bendicen ramas de nogales o tilos y se comparten con todos los presentes, como símbolo de las lenguas de fuego del Espíritu Santo. Como es habitual después de una fiesta, el segundo día se dedica a las personas implicadas en esa fiesta, en este caso, a la misma Santísima Trinidad.

El período de Pentecostés está acabando: esta última semana termina con el Domingo de Todos los Santos. A diferencia de la tradición occidental, los cristianos ortodoxos celebran ahora a todos los santos. El primer domingo después de Pentecostés (que es también la Fiesta de la Fundación de la Iglesia) se dedica a la realización de la Iglesia, el anticipo del Reino de los Cielos, prácticamente vivido por los santos de la Iglesia. Esta gloriosa visión de la realización de los planes de Dios en la tierra comienza de este modo con el Domingo de la Expulsión de Adán del Paraíso, a principios de la Gran Cuaresma, que tiene su apogeo en la noche de Pascua y culmina después de Pentecostés, con la visión de Todos los Santos, que encarnan la mismísima presencia de los seres humanos deificados por la gracia del Espíritu Santo.

Fresco de Pentecostés, en la bóveda que recubre el altar. Catedral ortodoxa rumana de Nuremberg, Alemania.

Fresco de Pentecostés, en la bóveda que recubre el altar. Catedral ortodoxa rumana de Nuremberg, Alemania.

Al día siguiente comienza el ciclo litúrgico más largo, el Oktoechos (ocho tonos), que termina, nuevamente, al año siguiente, con el Triodion. El día siguiente comienza también, por lo normal, el período de ayuno dedicado a los apóstoles Pedro y Pablo, que se celebran el 29 de junio.

Mitrut Popoiu

Santa Joaquina de Vedruna, fundadora

Óleo-retrato pintado en 1903 por Francisco Morell i Cornet, a partir de una fotografía original retocada.

Óleo-retrato pintado en 1903 por Francisco Morell i Cornet, a partir de una fotografía original retocada.

Santa Joaquina de Vedruna nació en Barcelona el 16 de abril del año 1783, y el mismo día de su nacimiento fue bautizada en la iglesia parroquial de Santa Maria del Pi. Sus padres pertenecían a la aristocrática burguesía catalana: don Lorenzo de Vedruna – un alto cargo del Gobierno – y doña Teresa Vidal, quienes formaban un matrimonio de profundos sentimientos cristianos y de una integridad intachable, por lo que la niña, en aquel ambiente familiar, desde muy pequeña se sintió atraída hacia Dios, al que ofrecía hasta sus actos más insignificantes. Preguntada por su madre que cómo podía mantenerse durante tanto tiempo recogida, le contestaba que lo hacía hablando con Dios. Era extremadamente limpia y todo le recordaba a Dios: las clavijas que su madre utilizada para realizar los encajes de bolillos, le recordaban las espinas de la corona de Cristo, al que ofrecía aun los más pequeños sacrificios; los hilos que usaba para la costura, le recordaban las cuerdas con las que Jesús fue atado a la columna y las hierbas que nacían en los jardines junto a las flores, le recordaban sus propios defectos, los cuales tenía que erradicar antes aún de que surgieran. Así era la niña, extremadamente limpia, tanto por dentro como por fuera.

Con nueve años de edad hizo su primera Comunión, y con sólo doce años decidió consagrarse a Dios entrando en las Carmelitas de Barcelona, aunque las monjas no la admitieron en la clausura del convento por ser tan joven y “no tener la madurez suficiente”. Contaba apenas dieciséis años de edad cuando fue propuesta como esposa al aristócrata abogado Teodoro De Mas. También él se había sentido atraído fuertemente hacia la vida religiosa, pero se había encontrado con la negativa de sus padres, ya que al ser el primogénito, tenía que heredar la fortuna y el prestigioso nombre de la familia. Habiéndolo consultado con su confesor, quien le manifestó que ésa era la voluntad de Dios, contrajo matrimonio con Teodoro el día 24 de marzo del año 1799. La afinidad de estas dos almas gemelas hizo que su casa fuese un remanso de paz.

Ambos esposos empezaban el día dirigiéndose a la iglesia para rezar el rosario, al que con el paso del tiempo se le fueron uniendo los hijos nacidos en el matrimonio: nueve. Estos niños eran amados tiernamente por ambos padres, que se desvivían por ellos y que, pacientemente, con su propio ejemplo, iban corrigiendo sus defectos, les enseñaban la práctica de las virtudes cristianas, la caridad hacia los necesitados y el buscar su propia perfección.

Escultura de Francisco Carulla en la Sagrada Familia de Barcelona (España).

Escultura de Francisco Carulla en la Sagrada Familia de Barcelona (España).

En este tiempo, Napoleón se propuso conquistar España y, ante este atentado contra la libertad nacional, el pueblo español se levantó en armas. Teodoro De Mas, el esposo de Joaquina, era descendiente de una familia muy guerrera y valiente y, juzgando oportuno no mantenerse al margen, se unió a quienes defendían a la patria. Pero aunque la suerte le fue adversa a los españoles y favorable a los franceses, Teodoro consiguió resistir junto a un grupo de valerosos defensores en un castillo cercano a Vic, que los invasores franceses fueron incapaces de conquistar. Los acontecimientos llevaron a la familia a la ruina económica, por lo cual es posible comprender los sufrimientos de Joaquina en aquellos difíciles momentos, en los cuales veía en peligro la vida de su esposo, la de sus hijos y su propia subsistencia. Sin embargo, nunca se vino abajo, sus ánimos no desfallecieron, porque tenía la fortaleza que le daba su absoluta confianza en la Providencia Divina. Nunca se vio turbada, siempre sirvió de apoyo a quienes se acercaban a ella, jamás perdió su espíritu de oración ni se escuchó ningún lamento de sus labios.

Agotado por los sufrimientos que le había ocasionado la guerra, su esposo murió el 6 de marzo de 1816, cuando Joaquina contaba sólo con treinta y tres años de edad. En esos días, un gran Crucifijo que Joaquina tenía colgado en una de las paredes de su casa, exactamente enfrente de donde ella se acostaba, le habló diciéndole: “Ahora que has perdido a tu querido esposo, te elijo a ti como mi esposa”, pero la joven viuda tuvo que trasladarse por unos meses a Barcelona, a fin de defender los intereses de sus hijos, que se veían amenazados por algunos parientes. Cuando arregló estos asuntos, volvió a Vic, adonde había estado junto a su esposo, y allí se ocupó de la educación de sus hijos, de practicar obras de caridad y misericordia con todos sus vecinos, y de su propia santificación personal. Tres de sus hijos murieron muy jóvenes, cuatro abrazaron el estado religioso y dos se casaron, llevando una vida conyugal ejemplar.

Al sentirse más liberada de las tareas familiares, ella pensó que había llegado la hora de realizar aquello que creía era la voluntad de Dios: entrar en una Orden religiosa de vida austera, pero Dios dispuso otra cosa. A través de un fraile capuchino de Vic, llamado Fray Esteban de Olot, comprendió que Dios no la quería dentro del claustro de un convento, sino que quería que fundase una Congregación religiosa que se dedicase a la educación de las niñas y al cuidado de los enfermos. Ella lo aceptó, y el 6 de enero del 1826 hizo la profesión religiosa como Carmelita de la Caridad en la capilla del episcopado de Vic, de las manos del propio obispo – Pablo de Jesús Corcuera -, quien también se había empeñado en dicha obra y que era quien le dio la inspiración carmelita y escogió el nombre para la Congregación: Hermanas Carmelitas de la Caridad.

El 26 de febrero, muy de mañana, ella y nueve jóvenes aspirantes fueron a la iglesia de los capuchinos, escucharon Misa y realizaron el Vía Crucis; posteriormente se marcharon al “Manso Escorial” – el lugar donde había estado su esposo – donde iniciaron una nueva vida comunitaria en un ambiente de paz y fervor. No faltaron ni las dificultades ni las privaciones, pero todas las hermanas se amparaban en ella para soportar aquellos contratiempos. Ella era una verdadera madre, que se dedicaba a la formación espiritual de sus nuevas hijas y que se encargaba de transmitir este espíritu a su nueva Congregación, lo cual llegó a ser un factor fundamental en el método educativo de las Carmelitas de la Caridad.

Urna de la Santa conservada en Vic (España).

Urna de la Santa conservada en Vic (España).

Ante tantos contratiempos y pruebas, ella animaba a sus hijas, diciéndoles que “la Congregación no es obra mía, sino obra de Dios”, y esto se hizo realidad porque, aún viviendo ella, la Congregación se extendió por toda Cataluña y parte del resto de España. En septiembre de 1849 sufrió un primer ataque de apoplejía, al que siguieron algunos otros. El 28 de agosto de 1854, un último ataque la postró en cama, viéndose también afectada por una epidemia de cólera que diezmaba toda aquella región. Rodeada de sus hijas, murió serenamente, con setenta y un años de edad. Fue beatificada por el venerable Papa Pío XII el 19 de marzo de 1940, y canonizada por San Juan XXIII, el 12 de abril del 1958. Su fiesta se celebra el día de hoy.

Antonio Barrero

Bibliografía:
– DE PAMPLONA, Ignacio, “Vida y obra de la insigne educadora Santa Joaquina de Vedruna de Mas”, Manresa, 1946.
– VV.AA., “Bibliotheca sanctórum, tomo VI”, Città Nuova Editrice, Roma, 1988.

Sobre Santos africanos

Icono ortodoxo contemporáneo que representa a algunos Santos africanos, erróneamente, como personas de raza negra.

Icono ortodoxo contemporáneo que representa a algunos Santos africanos, erróneamente, como personas de raza negra.

Hace tiempo que vengo observando un fenómeno recurrente en Internet, y es el hecho de que bastantes personas tienden a suponer -automáticamente- que un santo africano es necesariamente un santo de raza negra. Así, basándose en este supuesto que sólo fundamentan en la pobre relación África=negro, ha empezado a difundirse la visión de que todos aquellos santos que vivieron en el Norte de África –provincia romana en la Antigüedad- eran de raza negra, y así han empezado a representarse en algunas obras artísticas contemporáneas, de modo que Agustín, Mónica, Perpetua, Felicidad, Julia, están empezando a aparecer con la piel de color negro, y hasta se ha llegado a proponer a Apolonia. Yo me centraré en estos ejemplos, aunque bien es cierto que se proponen muchos más, por ejemplo, en el icono que vemos sobre estas líneas: Paisio, Pacomio, Antonio, Macario, Onofre, Thais, Teodora de Alejandría, María Egipcíaca, Catalina de Alejandría, Isidora de Tabenna, Perpetua, Patapio, Jorge de Damasco, Moisés el Etíope -éste, por ser etíope, sí sería negro, lógicamente- Isidoro de Skete, Panfilio, Menas, Cipriano de Cartago, Atanasio de Alejandría, Sisoes y Mauricio, entre otros muchos.

Por eso he creído útil escribir este artículo para recordar que este supuesto es totalmente erróneo y no tiene ningún fundamento científico, antropológico ni histórico serio. Creo que tal bulo procede únicamente del desconocimiento general de lo que fue el Norte de África en la Antigüedad, y también de lo que es el Norte de África en la actualidad, porque cualquiera que se documente un mínimo sabe que el África llamada “negra” no empieza hasta una vez atravesado el Sáhara… de ahí que también sea llamada “África subsahariana”. Pues si hoy día la población negra no tiene origen más allá del Sáhara, estando el norte habitado por pueblos de otras etnias –árabes, bereberes, tuaregs, etc- mucho menos lo estaba en la Antigüedad, y así paso a explicarlo.

En la Antigüedad prerromana el norte de África estaba compuesto por un mosaico de diferentes pueblos que no expondré para no complicar el asunto. Digamos que, a partir de 146 a.C, con la definitiva destrucción de Cartago por los romanos, se inicia la presencia de Roma en este territorio, que mantuvo el gobierno de diferentes reyes locales hasta el 49 a.C, momento en que empieza a provincializarse bajo administración romana, depuesta la dinastía local. En el 36 a.C pasa a manos de Octavio –el futuro emperador Augusto- convertida en una única provincia, que recibió el nombre de Africa proconsularis (al estar gobernada por un procónsul). Esta provincia sufrirá remodelaciones importantes bajo Claudio y Diocleciano. Ojo, lo que los romanos conocían como África llegaba tan sólo hasta el Sáhara –en fin, lo que hoy es el África NO negra-. No había pues, pueblos de raza negra nativos en esta África que habitaron Agustín y los otros Santos, salvo la presencia de esclavos negros –lo que implica que, como mucho, tan sólo Santa Felicidad, esclava de Santa Perpetua, pudo haber sido de raza negra, mas no los demás-. Me explico.

Icono ortodoxo contemporáneo de Santa Perpetua, mártir de Cartago, erróneamente representada como mujer de raza negra.

Icono ortodoxo contemporáneo de Santa Perpetua, mártir de Cartago, erróneamente representada como mujer de raza negra.

Este territorio, que estuvo bajo administración romana hasta las tardías invasiones de pueblos germánicos, se caracterizó por una gran diversidad de pueblos, culturas y de gran riqueza económica y social, donde las personas negras nunca sobrepasaron el estatus de esclavos. Por tanto, Agustín, ilustre habitante de Hipona, y su madre, que eran de buena familia, nunca pudieron haber sido negros. Tampoco la mártir Vibia Perpetua, que por su doble nombre y por la posesión de una esclava personal, Felicidad, tampoco lo podría haber sido; y menos Julia, que aunque fue aprisionada y vendida como esclava, procedía de una familia acomodada. Y si saltamos hacia Egipto (que NO estaba incluido en lo que los romanos conocían como África), nos encontramos con un panorama riquísimo de pueblos y religiones, especialmente en la ciudad de Alejandría, donde había griegos y romanos en las clases más destacas, egipcios en las clases más pobres, y de nuevo esclavos negros importados de Etiopía (¡importados, al no haberlos en el África romana!). Además de un gran mosaico de religiones –los cultos egipcios fusionados con la religión grecorromana, el judaísmo, el cristianismo, y hasta ciertos cultos alternativos más relacionados con la filosofía-.

La diaconisa Apolonia, como su nombre revela, fue probablemente de origen griego, y por su cargo y la importancia que llegó a alcanzar en la comunidad cristiana local, también es absurdo pretender que fuese de raza negra. Esta población, miserablemente capturada en sus países de origen, traficada y deportada por las caravanas de esclavos a través del desierto, nunca tuvo otro destino que acabar en la esclavitud en el campo o en las casas de los ricos. Que luego la fe cristiana endulzara esta experiencia, no quitó que la vivieran hasta el fin de sus días. Por tanto, de todos aquellos Santos nacidos en el África romana, de ninguno cabe esperar que fuesen de raza negra, al menos los no esclavos.

Es el desconocimiento de esta realidad lo que mueve a algunos entendidos y artistas contemporáneos a llevar a cabo estas suposiciones, sin haberse documentado previamente. Con sólo decir que he conocido personas extranjeras que creen que España es un país africano, habitado por pueblos de raza negra… es fácil comprender que supongan automáticamente que Egipto y el Magreb fuesen parte de África negra. Pero no lo son ahora, ni lo fueron en la Antigüedad.

Detalle de las Santas Perpetua y Felicidad. Catedral de Ntra. Sra. de los Ángeles, Los Ángeles (EEUU). Las modelos que posaron para ello son de raza negra, un error de base.

Detalle de las Santas Perpetua y Felicidad. Catedral de Ntra. Sra. de los Ángeles, Los Ángeles (EEUU). Las modelos que posaron para ello son de raza negra, un error de base.

Aunque me parece una perogrullada, debo aclarar que, por supuesto, esto no significa que tenga nada en contra de las personas de raza negra ni de su aspiración a la santidad, que es igual que en otras razas. Por ello en este blog hemos dedicado algunos artículos a santos que sí fueron, sin dudas, personas de raza negra: San Carlos Lwanga y compañeros, Santa Josefina Bakhita, San Benito de Palermo, Beato Isidoro Bakanja, Beata Anwarite Nengapeta, Beato Cipriano Iwene Tansi, Beato Antonio el Etíope, Sierva de Dios Teresa Juliana Tshikaba, Venerable Zeinab Alif, Siervo de Dios Augusto Tolton, Rasalama y Manche Masemola; entre otros.

Para redondear la cuestión, añado un documental de National Geographic donde se recrea el martirio de Santa Perpetua y, nuevamente, se ha escogido a una actriz de raza negra para interpretarla. Sorprende que una sociedad de científicos e investigadores como NatGeo haya caído, también, en un error tan garrafal.

Meldelen

Beato Pedro To Rot, catequista mártir

Estampa hecha en base a una foto.

Estampa hecha en base a una foto.

Pedro To Rot nació en el año 1912 en Rakunai, un poblado en la isla melanesia de Nueva Bretaña, perteneciente actualmente a Papúa Nueva Guinea. Debido a la falta de documentación, destruida por los japoneses durante la Segunda Guerra Mundial, es imposible determinar con exactitud su fecha de nacimiento, así como otros muchos datos acerca de su vida. En aquellos tiempos, los habitantes de la actual Papúa no eran muy dados a utilizar documentos públicos, y los pocos que existían, fueron destruidos por los japoneses durante la guerra.

Se sabe que sus padres se llamaban Ángel To Puia Rot y María Ja Tumul, que tuvieron seis hijos, siendo Pedro el tercero, y que fueron bautizados ya adultos, perteneciendo a la primera generación de católicos en aquellas islas. El 29 de septiembre del año 1882 llegó a Matupit el primer grupo de Misioneros del Sagrado Corazón y, diez años más tarde, también lo hicieron un grupo de misioneros metodistas que crearon una misión en Malaguna. El padre del beato Pedro, que era el gran jefe de la tribu Gunantuna, que habitaba la aldea Rakunai, recurriendo a los Misioneros del Sagrado Corazón, les manifestó en el año 1898 que todos los habitantes de su poblado querían ser católicos y no metodistas. Él y otros líderes de su tribu y de otras tribus fueron bautizados, formando el primer núcleo o generación de católicos de aquellas islas, colaborando abiertamente con los misioneros, preocupándose del bienestar social y religioso de su pueblo, lo que conllevó que siguiera siendo el jefe tribal por espacio de cuarenta años.

Ya de niño y aun más de adolescente, Pedro To Rot era muy dócil y obediente, y viendo su padre en él unas especiales cualidades que podían llevarle a ser su sucesor al frente de su pueblo, nunca lo mimó, frecuentemente lo aconsejaba y le reprendía todas sus travesuras, por pequeñas que fuesen; en más de una ocasión se llevó un tortazo por parte de su padre. Fue escolarizado con siete años de edad y, salvo que estuviese enfermo, jamás faltó a clase. Esto, que parece algo obvio, no lo era tanto, pues entonces la asistencia diaria a la escuela no era obligatoria, ya que en su tribu los niños eran casi independientes, vivían con quienes querían – ya fuesen sus padres o sus tíos maternos -, pero siempre bajo el dominio o protección de la madre, ya que aquella era una sociedad casi matriarcal.

Foto familiar.

Foto familiar.

Era muy inteligente y religioso, y como aprendió muy pronto el catecismo, fue admitido a recibir la primera comunión no teniendo aún la edad reglamentaria. Desde ese momento se hizo muy devoto de la Eucaristía y, siempre que acudía a la iglesia, se le veía postrado ante el sagrario. Era el líder de todos los compañeros de la escuela, estaba al frente de sus juegos y de sus trabajos, y todos lo obedecían; era lo que quería su padre: un verdadero jefe. Nunca se le escuchó ninguna palabrota, aunque era muy bromista y, cuando veía posibilidades de conflictos entre algunos de sus compañeros, siempre se dirigía a ellos bromeando, a fin de hacerles reír y lograr que el enfado desapareciese. Siempre ponía paz entre ellos. Pronto mostró una fuerte inclinación hacia la piedad y obediencia a su párroco, que era el padre Emilio Jakobi, manifestándole que quería ser sacerdote. Pero al padre Jakobi aquella decisión le pareció prematura, porque consideraba que los habitantes de aquellas islas aún no estaban preparados para recibir el sacerdocio. Sin embargo, ante la insistencia del muchacho, accedió a formarlo para que fuera un buen catequista.

Con dieciocho años de edad, en el año 1930, fue inscrito en la escuela de catequistas de la misión, donde empezó a colaborar con los misioneros en la evangelización de sus conciudadanos, y donde se fue preparando como catequista, cosa que consiguió tres años más tarde, después de haberse esforzado en estudiar a fondo las verdades de la fe católica. Pero sus estudios los compaginaba con los ratos de expansión y de deportes, siendo especialmente aficionado al fútbol. Los misioneros llegaron a manifestar que, “aunque era el más joven de cuantos estaban en el colegio, dejándose guiar de buen grado por los consejos de los más veteranos, siendo modesto y sencillo y careciendo de toda vanidad, superó al resto de los estudiantes y pronto se convirtió en el líder indiscutible de todos ellos”.

Estampa relicario.

Estampa relicario.

Terminados sus estudios a los tres años, a Pedro se le asignó la misión de su propio pueblo, por lo que comenzó su trabajo de catequista ayudando al párroco de Rakunai. Trabajó intensamente organizando la catequesis, creando grupos de formación y familiarizándose con todas las personas. Era muy sencillo y muy eficaz, siempre llevaba consigo la Biblia – algo muy raro en aquella época -, a cuyos textos recurría cada vez que era necesario o tenía oportunidad. Estaba especialmente dotado para granjearse la confianza de la gente, que recurría a él no sólo para contagiarse de su innata alegría, sino también para contarle sus problemas y recibir sus consejos.

El 11 de noviembre del año 1936 – ésta es la única fecha exacta que conocemos de su vida – contrajo matrimonio con una joven católica de un poblado vecino, llamada Paula Ja Varpit. El matrimonio se celebró en la iglesia de Rakunai, pero incluyendo muchas de las tradiciones locales, como por ejemplo el uso de los cincuenta collares. Su joven esposa, aunque había nacido en Ramalmal, con catorce años se había ido a la granja de su madre en Rakunai y, asistiendo a la escuela de la misión, fue alumna de Pedro, su futuro esposo. Tuvieron tres hijos: un niño llamado Andrés que murió después de la guerra, otra niña llamada Rufina y un tercer hijo, cuyo nombre se desconoce y que murió prematuramente después del martirio de su padre en el año 1945. Con su primer hijo tuvo una relación muy especial, de tal modo que el niño tenía más contacto con su padre que con su madre. Cuando nació Rufina en el año 1942, ya había comenzado la ocupación japonesa de la isla y, aunque en los primeros momentos los militares se mostraron tolerantes, pronto cambiarían las cosas. Pero Pedro fue siempre un esposo y un padre ejemplar. El jefe Tarúe, pariente suyo, lo afirmó con estas palabras: “To Rot era un hombre íntegramente bueno, que nunca decepcionó a nadie. Sus palabras eran tan buenas como sus acciones. Sólo pensaba en su familia, su pueblo y la religión. Para él su matrimonio era sagrado, luchando contra la secularización de este vínculo, defendida por otros”.

En el año 1942, después de la ocupación de la isla por parte de las tropas japonesas, todos los misioneros y el personal europeo de la misión fueron encarcelados en un campo de concentración, a excepción de Pedro que, como no era un cristiano europeo, quedó como único guía espiritual de todos los católicos del poblado de Rakunai. Continuó con la catequesis, realizaba liturgias de oración, administraba el bautismo, conservaba la Eucaristía que le hacían llegar los misioneros de manera clandestina y que él distribuía entre los fieles, especialmente entre los enfermos y se dedicaba a asistir a los más pobres. A las afueras del poblado construyó con ramas una iglesia, iglesia que sería destruida por los japoneses.

Estandarte bordado del Beato.

Estandarte bordado del Beato.

Cuando el ejército japonés empezó a perder algunas batallas, se desquitaron atacando a los cristianos nativos, presionándoles para que abandonasen el cristianismo y volvieran a la poligamia. La policía militar japonesa sustituyó a las policías locales y se creó un auténtico clima de represión. La policía japonesa prohibió el culto cristiano y todo tipo de reuniones públicas o privadas. Poco a poco, la represión se fue haciendo cada vez más violenta y Pedro To Rot se enfrentó a ellos. Como consecuencia de esto, fue detenido en mayo de 1945 y condenado a dos meses de prisión. En la cárcel escribiría: “Estoy aquí por aquellos que han roto sus votos de indisolubilidad del matrimonio y por aquellos que no quieren que siga creciendo el Reino de Dios”. Posteriormente fue llevado a un campo de concentración en Rakunai, acusándolo de celebrar reuniones religiosas, interferencia injustificada con el plan japonés de la poligamia y perseverancia en sus actividades de catequista.

A pesar de los esfuerzos del líder metodista Navunaram para que lo liberaran, Pedro no fue liberado. En la cárcel fue visitado por su anciana madre y por su esposa, que le llevaban diariamente comida. En una de sus visitas, aunque estaba algo enfermo, le dijo a su madre: “La policía me ha dicho que el doctor japonés me dará algunos medicamentos, pero yo supongo que es un truco, pues realmente no estoy tan mal y no sé qué se traen entre manos”. Y en efecto: había truco porque, a pesar de las precauciones que tomaron los japoneses, un prisionero llamado Arap Para Binabak pudo ver la habitación donde el médico japonés puso una inyección a Pedro, le dieron algo de beber y luego le llenaron los oídos y la nariz con algodones. El médico y la policía le dijeron que se acostase y cuando se acostó, empezó a sufrir convulsiones y vómitos. El médico le cerró violentamente la boca y Pedro quedó inconsciente hasta que murió. Había sido envenenado y asfixiado. Era el 7 de julio de 1945.

Los japoneses no dejaron que el resto de los presos vieran el cadáver de Pedro hasta la mañana siguiente, cuando lo colocaron en el suelo de su celda e hicieron ver que se lo habían encontrado muerto como consecuencia de una infección secundaria. Entregaron el cuerpo a su familia y permitieron que lo enterrasen, pero sin la celebración de ningún rito religioso. A pesar de la presencia de la policía japonesa, una gran multitud acudió al entierro de Pedro, que de inmediato fue considerado como un mártir. Ante esta desgracia, su esposa, que tenía veinticinco años, creyó enloquecer y, a pesar de su juventud, no quiso que le hablasen de un nuevo matrimonio, porque decía: “Nunca encontraré a un hombre como Pedro”. Pero pasados unos años, debido a la presión de sus parientes y ante la necesidad de atender a sus hijos, aceptó casarse de nuevo.

Sepulcro del Beato en Rakunai, Papúa Nueva Guinea.

Sepulcro del Beato en Rakunai, Papúa Nueva Guinea.

En el año 1983 se creó un comité, cuyo propósito era promover la canonización de Pedro. El 13 de enero de 1985, se le presentó al arzobispo de Rabaul la posibilidad de abrir la Causa, la cual comenzó a nivel diocesano un año más tarde, terminada la cual, pasó a la Sagrada Congregación para las Causas de los Santos, siendo su postulador el padre Lucio De Stefano, misionero del Sagrado Corazón, cuya bibliografía hemos utilizado para la realización de este artículo.

Pedro To Rot fue beatificado el día 17 de enero de 1995 en Port Moresby (Papúa Nueva Guinea), por el santo Papa Juan Pablo II, siendo el primer beato de aquel país. Su fiesta se celebra el día 7 de julio.

Antonio Barrero

Bibliografía:
– DE STEFANO, L., “Papua Nuova Guinea avrà il suo primo santo?”, Annali di Nostra Signora del Sacro Cuore, nº 5, 1985.

San Pablo I, obispo mártir de Constantinopla

Icono ortodoxo griego del Santo.

Icono ortodoxo griego del Santo.

San Pablo de Constantinopla fue un excepcional ejemplo de fe, la cual consolidó junto con San Atanasio de Alejandría en los disturbios dogmáticos acaecidos en el siglo IV. Nació en Tesalónica a finales del siglo III y, como secretario-notario del obispo Alejandro de Constantinopla, participó en el Concilio de Nicea en el año 325, destacando como un elocuente orador en defensa de la ortodoxia. Después del concilio, su lucha contra los arrianos se hizo aun más virulenta, sobre todo porque el emperador estaba influenciado por los seguidores de Arrio. Por aquel entonces, Pablo, que sólo era sacerdote, participó muy activamente en la defensa de la fe.

Antes de morir en el año 335, el obispo Alejandro propuso a dos candidatos para que le sucedieran: al joven sacerdote Pablo y al anciano diácono Macedonio, alentando, sin embargo, la elección del primero por considerarlo más piadoso y más docto en la doctrina, por lo que Pablo fue elegido como su sucesor en la sede constantinopolitana, siendo consagrado en la iglesia de la Paz por algunos obispos presentes en la ciudad. En aquella época, los obispos arrianos estaban reunidos en Tiro, confabulando contra San Atanasio de Alejandría. El bueno de Pablo ordenó de sacerdote a su contrincante Macedonio, el cual inmediatamente rompió su comunión con él por haberse opuesto a los arrianos. Acusó a Pablo de haberse autoelegido sin el consentimiento del consejero imperial, el arriano obispo Eusebio de Nicomedia, que no se destacaba por llevar una vida ejemplar y que quería ocupar aquella sede a toda costa, por lo que utilizó todo tipo de artimañas en contra de Pablo, acusándolo incluso de ser el cabecilla de toda la sedición suscitada alrededor de la ciudad imperial.

El emperador Constantino, en febrero de 336, exilió a Pablo en el Ponto y estableció a Eusebio como Patriarca. Pero el emperador murió el 22 de mayo del año siguiente, y Pablo pudo regresar a su sede – que momentáneamente estaba sometida al emperador Constantino II -, en contra de la oposición de los arrianos, que querían imponer el obispo Macedonio. En junio del 338, la ciudad pasó a manos del emperador Constancio, defensor de los arrianos, lo que hizo cambiar la suerte de todos aquellos que defendían las posiciones nicenas. Una vez que tomó posesión en su palacio, reunió un sínodo de obispos arrianos, que condenó a Pablo por haber querido recuperar su sede bizantina, la cual seguía en manos del arriano Eusebio de Nicomedia. Los enfrentamientos en la ciudad fueron tan grandes que el emperador condenó nuevamente a Pablo al exilio, deportándolo a Tesalónica.

Medallón de San Julio I, papa. Galería de Papas en la Basílica de San Pablo Extramuros, Roma (Italia).

Medallón de San Julio I, papa. Galería de Papas en la Basílica de San Pablo Extramuros, Roma (Italia).

Desde Tesalónica, San Pablo marchó a Roma, donde se encontró con el santo Papa Julio I y con San Atanasio. El Papa invitó a los seguidores de Eusebio para que participasen en un sínodo romano que examinase las apelaciones de los obispos depuestos; éstos no asistieron y el sínodo, comprobando la inocencia de Pablo, le reconoció el derecho a tomar posesión de su sede. A facilitarle su retorno a Constantinopla contribuyó la muerte de Eusebio de Cesarea y la ayuda del obispo niceno Asclepio de Gaza. Pablo recuperó su sede y fue acogido calurosamente por su pueblo. Poco después, propuso a los obispos arrianos, abanderados por Teodoro de Heraclea y Narciso de Gerápolis, entrar en comunión eclesial, a lo que éstos se opusieron.

En el verano del año 342 fue invitado al Sínodo de Sárdica, pero sus fieles impidieron su asistencia, temiendo que en su ausencia los arrianos tomaran otra vez la sede constantinopolitana, ya que se habían reunido en una de las iglesias de la ciudad para consagrar como obispo a Macedonio. Como consecuencia de esto, se originó una auténtica guerra civil. Los enfrentamientos fueron tan grandes que el emperador Constancio, que se encontraba en Antioquía, envió al comandante de caballería Hermógenes para que expulsara a Pablo, pero los fieles salieron en defensa de su obispo, arrestaron a Hermógenes, lo mataron y arrastraron su cadáver por toda la ciudad. Informado Constancio, abandonó Antioquía, entró en Constantinopla y expulsó al obispo, acusándolo como responsable de aquellos desórdenes. A Macedonio sólo se le permitió reunirse con sus fieles en la iglesia donde había sido consagrado, lo que podía interpretarse como que las otras iglesias de la ciudad estaban bajo la jurisdicción de Pablo.

Aún así, Pablo fue conducido encadenado a Singara, en Mesopotamia, lugar que estaba en los confines del Imperio. Estaba en el exilio cuando, en el otoño del año 343, se celebró el Sínodo de Sardica (Sofía). De Singara fue trasladado a Emesa, en Siria, quizás como consecuencia de la victoriosa campaña de Constancio contra los persas, pero Pablo se las arregló para llegar a Constantinopla en el verano del 344. Nuevamente el emperador ordenó expulsarle, pero esta vez lo hizo utilizando una estratagema: por temor a otro levantamiento popular, encargó al prefecto Filipo que invitara a Pablo a reunirse con él en unos baños públicos para discutir sobre algunos asuntos públicos. Intuyendo Pablo la argucia del emperador, fue acompañado por numerosas personas. Aun así, el prefecto hizo pasar a Pablo al interior del recinto y allí le mostró el edicto imperial de expulsión. Para evitar un nuevo derramamiento de sangre, Pablo no opuso resistencia y se dejó conducir en secreto a través de unas puertas que comunicaban los baños con el palacio imperial, siendo embarcado en el Bósforo y deportado a su localidad natal, Tesalónica, prohibiéndosele regresar a Constantinopla. Esta nueva tentativa del emperador para reponer a Macedonio en la sede constantinopolitana generó unos gravísimos desórdenes, en los que murieron más de tres mil personas.

Icono ortodoxo griego del Santo.

Icono ortodoxo griego de San Atanasio de Alejandría.

Pablo se marchó a Italia, a fin de reunirse con San Atanasio y, juntos, exponerle todo este problema al emperador de Occidente, Constante. Un Sínodo ortodoxo celebrado en Milán condenó a Macedonio, acusándole de usurpar la sede de Pablo. Constante le dio un ultimátum a Constancio, restituyéndole sus respectivas sedes tanto a Pablo como a Atanasio. Constancio, cegado por los arrianos, amenazó con la guerra al emperador Constante, pero finalmente cedió, permitiendo el regreso de Pablo. Éste llegó a Constantinopla en 346, acompañado por dos obispos y portando las cartas credenciales del emperador Constante y de los padres asistentes al Sínodo milanés. Macedonio le cedió la sede y se retiró a una de las iglesias de la ciudad.

Cuando el 18 de enero del año 350 el emperador Constante murió en las Galias, quedando Constancio como único emperador, los arrianos se sintieron fuertes y quisieron nuevamente desterrar a los obispos defensores de la ortodoxia, entre ellos a Pablo, al que enviaron a Cucusus, en la Capadocia; y posteriormente, al desierto taurino en Armenia, donde lo encerraron en una prisión subterránea y donde lo tuvieron sin comer ni beber, a fin de que muriese de hambre. Al sexto día de encierro, como todavía estaba vivo, los arrianos lo estrangularon, difundiendo los rumores de que había muerto a causa de una enfermedad. Filagrio, gobernador de aquella provincia, muy conocido por su crueldad, se lamentaba de no haberlo podido matar él mismo con sus propias manos. Al enterarse, San Atanasio llegó a decir: “En mi vida no he visto a nadie padecer tanto sufrimiento ni persecución”.

En el verano del año 381, al concluir el Concilio Ecuménico de Constantinopla, que había condenado a los macedonianos, los despojos de San Pablo fueron transferidos desde Ancira a Constantinopla y puestos solemnemente en la iglesia de Santa Irene, que había sido construida por Macedonio y que, desde entonces, se tituló de San Pablo. Rorhbacher, basándose en los escritos de Sozomeno y Focio, escribe: “El Primer Concilio de Constantinopla terminó muy ceremoniosamente con el traslado de las reliquias de San Pablo, Patriarca mártir de Constantinopla. El emperador Teodosio ordenó que sus restos fueran traídos desde Ancira en el año 381. El obispo Nectario y todos los obispos presentes en la ciudad fueron a recibir las reliquias mucho más allá de Calcedonia y lo saludaron cantando salmos. Ceremoniosamente fue llevado a la ciudad, depositándolos en la iglesia de la Paz, donde el santo normalmente celebraba y al día siguiente, de manera mucho más ceremoniosa, sepultaron su cuerpo en presencia de los obispos, el pueblo y el emperador, en la iglesia levantada en su honor”.

Pero, por otra parte, da la impresión de que, sólo un siglo más tarde, San Pablo no fuese muy conocido, porque por ejemplo, su exilio y su muerte no son mencionados por San Juan Crisóstomo en ninguna de sus cartas. La tradición bizantina no concede a San Pablo el título de mártir, sino el de confesor, conmemorándose en Oriente el día 6 de noviembre o el domingo siguiente, según consta en el Menologio de Basilio y en el Sinaxario Constantinopolitano. En las revisiones coptas de los sinaxarios jacobitas, la fiesta está inscrita el 2 de octubre. Entre los elogios en su honor, se conservan uno de San Teodoro Studita y otro del Patriarca Juan Xifilino. En el Códice Jeronimiano del año 710, se le recuerda el día 7 de junio, pero como un santo procedente de África. Sin embargo, Floro y Adón introdujeron su memoria como Pablo de Constantinopla, ese mismo día, en el Martirologio de Lyon.

Reliquias del Santo, revestidas del atuendo episcopal. Vodnjan, Croacia.

Reliquias del Santo, revestidas del atuendo episcopal. Vodnjan, Croacia.

Se desconoce la fecha exacta en la que su cuerpo fue trasladado desde Constantinopla a Venecia. Flaminio Corner, en su libro “Historia de las iglesias y monasterios de Venecia”, editado en el año 1758, dice que su cuerpo y los de otros santos orientales estaban en la iglesia veneciana de San Lorenzo y que, probablemente, parte de estas reliquias fueron las que el emperador Alejo I Comneno, a finales del siglo XI, regaló a Venecia, en señal de gratitud por la ayuda prestada en su lucha contra los normandos. Las reliquias se guardaban en esa iglesia porque estaba cercana al famoso monasterio benedictino en el que habitaban las hijas de las familias más nobles de la ciudad. Probablemente, después de la muerte de las monjas debido a unas enfermedades infecciosas, el cuerpo quedó en el olvido, sepultado bajo una losa en el altar. Sin embargo, cuando la abadesa Elisabetta Molin quiso desmantelar dicho altar en 1 de mayo de 1493, se encontró el sarcófago de mármol que contenía el cuerpo del Santo, el cual estaba revestido con los ornamentos propios de un obispo. Se le comunicó la noticia al Patriarca Tommaso Dona, que era también benedictino, el cual las puso bajo la custodia de su vicario Giacomo. Junto al sarcófago había una nota que decía: “Bajo este altar se encuentra el cuerpo de San Pablo, obispo mártir”.

Convencido de la autenticidad del documento, el Patriarca depositó el cuerpo en el mismo lugar. Posteriormente, la abadesa María Soranzo construyó un nuevo altar más lujoso y puso en él los cuerpos de San Pablo y de Santa Bárbara. A esta ceremonia, junto a los Patriarcas veneciano y de Aquileya, asistieron los obispos de Concordia, Torcello, Zante, Chioggia, Candie y Tira. Se decidió conmemorar la festividad de San Pablo el día 6 de noviembre, fecha de su martirio, aunque con posterioridad fue trasladada al 7 de julio, fecha del traslado desde Constantinopla a Venecia. Actualmente, el cuerpo del Santo se encuentra en la ciudad croata de Vodnjan.

Por último, quiero reseñar una curiosidad: Isabel de Francia poseía el cráneo de un San Pablo. El Papa Clemente IV le escribió en el mes de abril del año 1268, comunicándole que no era el cráneo del Apóstol de los gentiles y, ni corta ni perezosa, empezó a venerarlo como el cráneo de San Pablo I de Constantinopla. Como podemos observar en la foto del relicario de Vodnjan, el cuerpo está completo, luego el otro cráneo es una reliquia falsa.

Antonio Barrero

Bibliografía:
– STIERNON, D., “Bibliotheca sanctórum, tomo X”, Città N. Editrice, Roma, 1990.
– TELFER, W., “Paul of Constantinople”, The Harvard Theological Review, XLIII, 1950.

Enlace consultado (02/03/2014):

http://zupavodnjan.com/sveta-tijela