Beato Inocencio XI, papa

Óleo-retrato del Beato fechado en 1787.

Óleo-retrato del Beato fechado en 1787.

En abril del año 2011, tras la ceremonia de beatificación del papa San Juan Pablo II, se decidió sacar de las grutas vaticanas el cuerpo de quien fuera papa desde 1979 hasta el año 2005. El cuerpo de San Juan Pablo II fue colocado en la basílica de San Pedro, donde hasta hacía unos días se encontraba el cuerpo de quien es considerado por algunos como el Papa más grande del siglo XVII, el Beato Inocencio XI (1611-1689), quien presidió la sede de Pedro desde el año de 1676 al 1689. Tras estos acontecimientos, me preguntaba quién era Inocencio XI y también quién fue Juan Pablo II; por qué quitar del altar a un pontífice beato para colocar a otro, pues como pasa en la sociedad, también en la Iglesia hay Santos populares y de moda que atraen más gente que otros, y éste quizá sea el caso del Beato Inocencio XI.

Su nombre de pila fue Benito Odescalchi, hijo de Livino Odescalchi y de Paola Castelli; y nació en el norte de Italia, en Como. Su familia se dedicaba al comercio y por tanto era rica, debido a este oficio en el que les iba bastante bien. Su padre moriría pronto y junto con tíos y su hermano, fundaron una banca en Génova, que tenía además varias sucursales.

Sus primeras letras las realizó en Como con los jesuitas, estudió derecho civil y derecho canónico, así que, como familiar de banqueros, también fue inculcado en los conocimientos de este oficio. Estudió en la universidad de La Sapienza de Roma y en la Universidad de Nápoles.

No se tienen datos sobre su vocación y su ordenación sacerdotal, pero ya en 1640 el papa Urbano VIII lo nombró protonotario apostólico “participantium” y, poco tiempo después, referendario de los tribunales de la Signatura Apostólica de Gracia y de Justicia. Fue un hombre generoso con los pobres, ya que tras ser nombrado en 1658 legado en la ciudad y territorio de Ferrara, ayudó a la población azotada por una severa hambruna. En 1645 el Papa Inocencio X lo nombró cardenal diácono de San Cosme y Damián y, de 1650 a 1656 ocupó, además, el cargo de obispo de Novara, tras ser consagrado obispo en 1650. En su nueva diócesis utilizó todo los recursos disponibles para ayudar a los pobres y a los enfermos.

Casa natal del Beato en la ciudad de Como (Italia).

Casa natal del Beato en la ciudad de Como (Italia).

Tras su renuncia a la diócesis, partió para Roma, donde fue consultor en diversas Congregaciones. Participó en los cónclaves donde fueron elegidos los papas Clemente IX y Clemente X; finalmente, el 21 de septiembre de 1676, fue elegido obispo de Roma, tomando el nombre de Inocencio XI.

Como pontífice tuvo problemáticas con cardenales franceses, así como el rey de Francia, como también los había tenido en su momento el papa Inocencio X. El papa Inocencio fue un hombre asceta, bondadoso y generoso con los pobres, luchó fuertemente contra el nepotismo del clero, cosa que no acabó por la falta de apoyo de los cardenales; fue, por fin, en el pontificado de Inocencio XII en 1692 cuando desapareció esta práctica. Recordemos que el nepotismo en la Iglesia durante la Edad Media fue usado con frecuencia para mantener oficios, terrenos, títulos y nombramientos, con la finalidad de mantener una línea de poder por parte de clérigos y pontífices. Además de esto, reformó la administración de la Curia y ordenó las finanzas del Estado Pontificio.

Sobre la comunión frecuente y diaria, aprobada siempre por los Padres de la Iglesia y que en la práctica de la vida de la Iglesia no se llevaba, llegó a decir que los fieles asistentes a cada misa, comulgaran, recibiendo sacramentalmente la Eucaristía. Tenía una justa razón para alentar esta práctica, afirmando que la Eucaristía era el pan o alimento que podría escudriñar todas aquellas distracciones espirituales y múltiples escondrijos de la conciencia que con el ojo humano no sería posible ver, por tanto la Eucaristía era vital. Para poderla recibir frecuentemente, era necesario que el confesor lo aprobase, ya que él era quien escudriñaba los corazones de los penitentes. Se preocupó por la preparación de los laicos para que conocieran y recibieran este Sacramento “de manera que con ayuda de los predicadores, párrocos y confesores ayudasen a los laicos a reconocer su propia flaqueza, a fin de que por la dignidad del Sacramento y por temor del juicio divino aprendan a reverenciar la mesa celeste en que está Cristo, y si alguna vez se sienten menos preparados, sepan abstenerse de ella y disponerse para mayor preparación”.

Como he mencionado antes, tuvo problemas con el rey Luis XIV de Francia, ya que éste no respetaba los derechos de la Iglesia. En 1682 el rey convocó en asamblea al clero francés, donde adoptó los cuatro artículos conocidos como “Declaratio cleri gallicani”, en la cual colocaba a la Iglesia como una institución sumisa al Estado. Los clérigos participantes en esta asamblea fueron excomulgados por el Papa, pero para apaciguar la relación, el rey revocó el edicto de Nantes que había firmado el rey Enrique IV de Francia en 1598, donde autorizaba la libertad de culto y de todos los demás, con algunos límites, a los protestantes calvinistas en Francia.

Urna donde estaba el cuerpo del Beato. Basílica de San Pedro del Vaticano, Roma (Italia).

Urna donde estaba el cuerpo del Beato. Basílica de San Pedro del Vaticano, Roma (Italia).

Consiguió un gran éxito cuando, en la guerra contra los turcos, consiguió establecer una alianza entre el emperador austriaco y el rey polaco Jan III Sobieski, gracias a la cual pudo llegar el 12 de septiembre de 1683 la victoria contra los turcos y la liberación de Viena. Luego del triunfo de la batalla de Viena, la Liga Santa llevó a cabo la toma de Hungría, en la que las ciudades de Buda y de Pest serían reconquistadas en 1686.

El Papa Inocencio XI escribió, además de hablar sobre la Eucaristía, también sobre materia de moral y de sistemas morales, así como del error sobre el sigilo de la confesión, para lo cual dijo: “Es lícito usar de la ciencia adquirida por la confesión, con tal que se haga sin revelación directa ni indirecta y sin gravamen del penitente, a no ser que se siga del no uso otro mucho más grave, en cuya comparación pueda con razón despreciarse el primero”, añadida luego la explicación o limitación de que ha de entenderse del uso de la ciencia adquirida por la confesión con gravamen del penitente excluida cualquier revelación; y en el caso en que del no uso se siguiera un gravamen mucho mayor del mismo penitente, se ha estatuido que “dicha proposición, en cuanto admite el uso de dicha ciencia con gravamen del penitente, debe ser totalmente prohibida, aun con la dicha explicación o limitación”.

Tras una larga enfermedad murió el 12 de agosto de 1689 en el palacio del Quirinal, llorado por todo el pueblo romano y fue sepultado en San Pedro. Su proceso de beatificación se vio frenado por la intromisión de Francia durante dos siglos y medio; ya que el proceso comenzó en 1714. Parece ser que el gobierno francés no olvidaba las disputas del rey con el pontífice y por tanto fue suspendido en 1744. Finalmente en el siglo XX se reabrió el proceso y el Venerable Pío XII lo beatificó el 7 de octubre de 1956. Su fiesta tiene lugar el 12 de agosto, que es el aniversario de su muerte.

Detalle de la figura que contiene los restos del Beato pontífice. Basílica de San Pedro del Vaticano, Roma (Italia).

Detalle de la figura que contiene los restos del Beato pontífice. Basílica de San Pedro del Vaticano, Roma (Italia).

Como he dicho antes, es muy difícil y poco probable ver la canonización del papa Inocencio XI, donde ahora yace en el altar de la Transfiguración, dentro de la basílica de San Pedro, al lado izquierdo del altar mayor. Y eso es difícil ya que, desafortunadamente, no existe un límite de plazo para la creación de un nuevo Santo, todo depende de la oración de los fieles y su interés por su persona, pero a la vez también la que debe de tener interés es la Curia romana en levantar la figura de un pontífice importante. Así que Inocencio XI seguirá beato como los papas Víctor III, Urbano II, Eugenio III, Gregorio X, Inocencio V, Benedicto XI, Urbano V y Pío IX, ya que gracias a Dios Juan XXIII será canonizado finalmente.

Emmanuel

Bibliografía:
- SCHAUBER SCHINDLER, Diccionario Ilustrado de los Santos, Grijalbo, 2001.

Enlaces consultados (08/03/14):
- http://es.catholic.net/biblioteca/libro.phtml?consecutivo=218&capitulo=2824
- http://es.wikipedia.org/wiki/Inocencio_XI

Beato Artémides Zatti, coadjutor salesiano

Fotografía del Beato.

Fotografía del Beato.

Introducción
La Congregación Salesiana, fundada por San Juan Bosco, es una institución religiosa mixta, es decir, está formada por sacerdotes y laicos consagrados (hermanos). Cuando la obra de Don Bosco se iniciaba, Italia estaba inmersa en su unificación política y el ambiente de gobierno era hostil a todo lo religioso. Por eso, el fundador determinó nominar su obra con términos educativos para no levantar sospechas y evitar confrontaciones: Instituto, Inspectoría y (Padre) Inspector, (en vez de Provincia y Padre Provincial), Rector Mayor. etc. También a los hermanos religiosos les dio un nombre laico: Coadjutor Salesiano. Con este término quiso evitar el término de fraile y su apócope de fray, dándoles el apelativo civil de “Señor” NN. Así, quiso poner también de realce el papel del laico consagrado en su misión como educador de la juventud. Por este motivo, tampoco quiso que usaran un hábito formal.

La misión del coadjutor salesiano es dar testimonio de su estado laical a la juventud, a la vez que vive su papel de consagrado mediante los votos dentro de esta Congregación. Por lo general, las funciones que desarrollan se encuentran en el sistema educativo, en los talleres técnicos, en la administración de algunas áreas determinadas y actualmente, gracias a la avanzada tecnología, en medios de comunicación, editoriales, etc. Aunque no se ordenan de sacerdotes, (hay casos en que los superiores lo determinan y lo promueven al estado clerical y al sacerdocio), gozan de los mismos derechos de los sacerdotes como miembros del instituto y, junto con ellos, son los responsables de mantener vivo el carisma salesiano y de transmitirlo a las nuevas generaciones. El Beato Artémides Zatti fue un coadjutor salesiano.

Infancia
Nació el 12 de octubre de 1880 en Boretto, en Reggio Emilia, Italia; siendo el tercero de ocho hijos del matrimonio de Luis y Albina. Su familia tenía muchos valores humanos y cristianos, pero estaba sumido en la pobreza, por lo cual nuestro Beato tuvo que abandonar los estudios primarios para dedicarse a trabajar a los nueve años. Ni con el trabajo de los hijos se podía salir adelante, por lo que el papá de Artémides decidió emigrar a América, hacia Argentina. Así, en 1897 ya estaban establecidos en Bahía Blanca.

Fotografía del Beato más joven.

Fotografía del Beato más joven.

Vocación religiosa
A los 17 años, gracias al contacto que tuvo con los salesianos de su parroquia, tuvo el deseo de ser él mismo salesiano. Así lo manifestó a su párroco, don Carlos Cavalli, quien le ayudó a entrar como postulante. Su primera labor fue la de cuidar a un joven sacerdote salesiano enfermo de tuberculosis, por lo terminó él mismo también contagiándose. Estuvo muy grave, a punto de morir, pero en medio de su enfermedad invocó a María Auxiliadora, le confió su problema a la Virgen Santísima y le prometió que, si le alcanzaba de Dios la curación, dedicaría su vida para atender a los enfermos. Admirablemente, quedó curado.

En 1908 emitió sus votos como salesiano y fue destinado a Viedma, donde atendería la farmacia del hospital que dirigía el sacerdote médico Evasio Garrone y a cuya muerte quedó bajo su responsabilidad. En este lugar, que fue la obra de su vida, tuvo su modo de ejercer la caridad, especialmente con los enfermos más pobres y más desamparados. Aquí, Artémides cumplió a la perfección la promesa hecha a María Auxiliadora y éste fue el lugar donde alcanzó la meta de la santidad. Hombre práctico, en 1913 estudió y se diplomó en Farmacología, para atender mejor a sus enfermos.

En abril de 1934 fue canonizado San Juan Bosco. Artémides obtuvo de los superiores el permiso de ir a Roma para esa celebración. Allí fue testigo, junto con la familia salesiana presente, de la solemne ceremonia que le llenó de gozo. Tuvo la oportunidad de visitar Turín, cuna de la Congregación y conocer personalmente los lugares que guardaban el recuerdo de su Santo fundador. También conoció la obra de San José Benito Cottolengo en esta ciudad que lo dejó gratamente impresionado. Alcanzó a desplazarse a su tierra natal, luego de cuarenta años de haberla dejado. Allí convivió con familiares y amigos en un encuentro inolvidable.

Sacerdote de cuerpos
Vuelto a Viedma, se dedicó más de lleno a atender a sus enfermos. Fue como un sacerdote de cuerpos y médico de almas para ellos. Estaba junto a ellos en el día, su charla amena les hacía olvidar las penas. Daba mucha confianza, pues muchas personas con enfermedades vergonzosas querían ser curadas sólo por él, que tenía una discreción muy fina, un tacto especial y una delicadeza angelical. También los enfermos de cáncer solicitaban mucho su apoyo. Le decían: “Don Zatti, ¿no tiene miedo de los microbios?” y él respondía con una sonrisa: “No, porque yo tengo unos microbios más fuertes”.

El Beato fotografiado junto a uno de sus pacientes, un niño hidrocefálico.

El Beato fotografiado junto a uno de sus pacientes, un niño hidrocefálico.

Dedicado a su misión al grado del heroísmo, no tenía menos sensibilidad que el resto de los mortales: el miedo a las infecciones y la repugnancia a las heridas que supuraban, que a otros hacían retroceder, él las pasaba por alto; y tal vez logró esto al recordar que personalmente sufrió en carne propia la tuberculosis. Con sencillez, con toda normalidad y naturalidad, atendía y curaba sin hacer muecas y con una sonrisa enfrentaba los más nauseabundo y repugnante. Es que la vivencia del Evangelio le inspiraba su vida y su acción. Decían del señor Zatti que “se había casado con el dolor y desposado con la miseria”. El Beato Artémides fue un artífice de vida. Por ello, consciente de que en un hospital no todos los enfermos se alivian y que en muchas ocasiones el lugar es antesala de la muerte, a los enfermos que veía que vendría pronto su desenlace, los animaba en su tristeza y les decía. “Eso pasará, lo único que vale es el amor de Dios”, y los ayudaba a prepararse al paso de esta vida a la otra.

En cierta ocasión atendía un niño campesino con mucho cariño, era un enfermo recién ingresado. Y sabía bien que no tenía esperanza. Se dio cuenta de que no había hecho la Primera Comunión y lo preparó personalmente. Cuando estuvo preparado lo llevó a la catedral para recibir a Jesús por primera vez en el Sacramento del altar como su fuera su padre. Ni el niño ni Don Zatti sabían que era el último día de su vida. Al regresar al hospital, la salud del niño empeoró, aunque el niño rebozaba de alegría por ese primer encuentro con Cristo. Al poco rato le manda llamar y le dice: “Don Zatti, me muero…” y el Beato le respondió: “Bueno, si quieres morir, comienza por hacer la señal de la Cruz. Ahora, junta tus manos y ya puedes irte al cielo, así, sonriendo…”. El niño obedecía paso a paso y gesto a gesto las indicaciones y quedó serenamente. Al día siguiente, un médico le informó: “Ha muerto el enfermito, pero qué cosa más curiosa, ha quedado con una sonrisa en los labios”. Corrió el Beato a verlo y esa sonrisa que él había dibujado en los labios, continuaba impresa en su rostro.

Su servicio se extendió fuera de la ciudad, sin importar que fuera de noche o de día. Llegaba hasta los tugurios y muchas veces no cobraba la revisión. No es raro que muchas veces los enfermos prefirieran la presencia del enfermero santo a la de los médicos. Amaba a sus enfermos, al grado de ver en ellos el rostro de Cristo. No era raro que a veces le dijera a una enfermera: “Hermana, ¿tiene ropa para un Jesús como de 12 años?”. Infatigable, se cuenta que nunca tuvo tiempo de descanso más que cinco días que estuvo en la cárcel por culpa de un detenido que se escapó del hospital, fuga de la que trataron hacerlo responsable. Su persona irradiaba a Dios. Un médico incrédulo decía: “Desde que he tratado al señor Zatti, creo en Dios”.

Mural contemporáneo y sepulcro del Beato.

Mural contemporáneo y sepulcro del Beato.

Personalidad
La práctica puntual de sus obligaciones es el matiz que abre esta faceta de su vida. Edificante en su vida religiosa, se notaba en él el esfuerzo continuo por la superación espiritual. Servicio sacrificado a todas horas, sin malas caras y con la dedicación intensa a los enfermos más repugnantes. Siempre sereno, nunca alterado, con una alegría y optimismo que contagiaba. Luchaba por acabar con la pobreza y escasez del hospital. Confiaba mucho en la Divina Providencia, pero decía: “No le pido a Dios que me consiga las cosas, sino que me diga dónde hay para yo ir por ellas”.

Enfermedad y muerte
En 1950 se cayó en una escalera y entre este año y el siguiente tuvo que guardar reposo a grandes intervalos. Es entonces cuando él mismo, al examinar los síntomas detecta que tiene cáncer, pero don Zatti no perdió la serenidad. Así, el 15 de marzo de 1951, vivió su pascual personal. Toda Viedma estuvo pendiente de su enfermedad y se hizo presente en su funeral. Todos querían darle el último adiós a quien había pasado su vida en la tierra haciendo el bien. Sus pobres y sus enfermos lo acompañaron, todos querían estar a su lado para llevarlo a su última morada.

Culto
Fue beatificado por San Juan Pablo II el 14 de abril de 2002. Su celebración litúrgica se determinó entonces que se celebrara el 15 de marzo, aniversario de su muerte. En el año 2000 se canonizó a los Santos mártires Luis Versiglia y Calixto Caravario, salesianos. A ellos se les celebraba el 13 de noviembre, aniversario de la primera expedición misionera salesiana. Pero en el reordenamiento del calendario propio de la familia salesiana, efectuada unos años después, se les asignó como fecha de celebración el 25 de febrero, aniversario de su muerte. Al quedar vacante la fecha del 13 de noviembre, se ha traslado a este día la celebración del Beato Artémides Zatti, cuya ocurrencia dentro de la Cuaresma impide celebrarlo con mayor solemnidad.

Humberto

Bibliografía:
- MARTÍNEZ PUCHE José A., Nuevo Año Cristiano, Marzo, Editorial Edibesa, Madrid, 2002, pp. 188-193

Santa Juana Francisca Frémyot de Chantal

Estampa de la Santa fundadora con sus atributos iconográficos.

Estampa de la Santa fundadora con sus atributos iconográficos.

Esta peculiar mujer sin duda vivió todas las vocaciones específicas que enseña la Iglesia como formas de alcanzar la santidad, puesto que el mismo Señor nos dice: “Sean Santos como el Padre Celestial es Santo”. Santa Juana nació en Dijon el 23 de enero de 1572, en un momento de guerras civiles y religiosas en Europa, algunas a causa del nacimiento del protestantismo. Era hija de Benignio Frémyot, quien había sido Presidente del Parlamento, y de Margarita de Barbissy. Juana se educó en la casa de su hermana mayor, Margarita, quien más tarde sería la baronesa de Francs tras la prematura muerte de su madre, cuando contaba con sólo año y medio de edad.

Con sólo 20 años, en el invierno de 1592, contrae matrimonio con Cristóbal Rabutín, con el cual tuvo seis hijos, aunque dos de ellos murieron en la infancia. A pesar de vivir un matrimonio con mucho amor, su esposo murió tras un accidente de cacería en 1601 con su primo D’Áulézy. Afectada por el acontecimiento, hace voto de castidad y se dedica a la educación de sus hijos y a practicar la caridad con los más pobres. Vivió tras la muerte de su esposo con su suegro, el barón de Chantal, de carácter insoportable, en Monthelon y allí estuvo como una especie de criada durante siete años.

De sus cuatro hijos que le quedaron con vida, María Amada se casó pronto con el barón de Thorens, hermano menor de San Francisco de Sales, quien murió enseguida, en la guerra de 1617. A los pocos meses dio a luz a un hijo, pero no sobrevivió. Su hija Francisca se casó con el conde de Toulongeon. El mayor de los hijos, Celso Benignio, se casó en 1624 con María, hija del señor Coulanges, pero éste murió en la guerra de 1627; de este matrimonio tuvo una hija, conocida como madame de Sevigné.

San Francisco entrega la Regla a Santa Juana Francisca de Chantal. Lienzo de Janez Valentin Matzinger, Galería Nacional de Eslovenia.

San Francisco entrega la Regla a Santa Juana Francisca de Chantal. Lienzo de Janez Valentin Matzinger, Galería Nacional de Eslovenia.

Buscó incansablemente a un director espiritual que le ayudase a seguir una vida espiritual, camino que no le fue fácil, pues se llegó a topar y tener por director espiritual a un hombre que le exigió voto de obedecerle (más que de obediencia), de no abrirse a nadie más, de no admitir pensamiento en contra de esto. Mas sin embargo, tras año y medio con este sacerdote, el buen Dios la guió en la Cuaresma de 1604 con el obispo de Ginebra, Francisco de Sales. De manera separada se dice que tuvieron ambos una visión: ella yendo a caballo veía a lo lejos un sacerdote que le pareció un obispo, sintiendo en su interior que él sería su director espiritual; por otra parte, Francisco de Sales vio en una visión a una mujer joven y viuda que sería la piedra fundamental de una congregación que él fundaría.

Mantuvieron contacto por carta entre los años 1604-1610, cuando comienza aquello que sería conocido como la Orden de la Visitación. Para ello distribuye entre sus hijos la hacienda y, al querer salir de su casa, su hijo Celso, de apenas 15 años de edad, pretende retenerla: “Tendréis que pasar sobre el cuerpo de vuestro hijo”. Juana siente desgarrársele el corazón, pero sin dudar pasa por encima y se detiene un momento con los ojos humedecidos.

Comienzos de la Orden
Fue fundada el 6 de junio de 1610 en una casa en Annecy, con mucha sencillez y mucha pobreza. San Francisco le entregó las Constituciones a Juana más dos compañeras suyas, además de otra sencilla hermana lega. Se vistieron con un traje negro con cuello blanco. En su inicio era una Congregación sin votos solemnes, dedicadas a la oración y también dedicadas al alivio de enfermos, necesitados y desvalidos. Podremos afirmar que era una orden contemplativa-activa. Otro dato de suma importancia era el hecho de admitir a la vida religiosa a aquellas mujeres que padecían debilidad corporal y avanzada edad, o por aquellas Órdenes con prácticas penitenciales rigurosas no apropiadas para personas con debilidad corporal.

Las primeras Visitandinas. Anónimo del siglo XVIII. Iglesia de San Luís en L’Ille (Francia).

Las primeras Visitandinas. Anónimo del siglo XVIII. Iglesia de San Luís en L’Ille (Francia).

Mas sin embargo la intromisión del cardenal Marquemont de Lyon por querer poseer un monasterio de clausura movió los deseos iniciales de Francisco y Juana a aceptar semejante cambio, pues el cardenal no aceptaba una Congregación de media clausura con apostolado. Así pues, en 1618, sin poder convencer el obispo Francisco al cardenal de Lyon sobre la forma de vida inicial de la Visitación, habló con Juana y el Instituto se convirtió en orden estricta clausura, bajo la regla de San Agustín.

Siempre se preocupó por el fervor de su familia, de sus hijos, de sus hijas espirituales. Fue una madre dulce y ejemplar, esposa y viuda con una caridad peculiar; era de temperamento serio y austero. Su forma de ser le dio fama en vida, tan es así el caso que cuando iba a París salió a su encuentro la reina María Ana de Austria, que deseaba conocerla, consiguiendo así verla en Saint Germain con sus hijos y le besó muchas veces las manos y le pidió que la bendijera.

Hablando con sus hijas de la Visitación, llegó a expresar que la mayor parte de los Santos Padres y Doctores de la Iglesia no sufrieron el martirio porque existe también otro martirio: el martirio del amor, un martirio que hiere el alma y el corazón.

Tras la muerte de Francisco de Sales en 1622, Juana continuó fundando monasterios, llegando a tener aproximadamente ochenta y siete. Murió en olor de santidad el 13 de diciembre de 1641, en Moulins, tras haber sentido fiebre repentina, gozando sin embargo de buena salud. Se dice que San Vicente de Paul vio subir su alma al cielo en forma de globo, acompañada por otro globo del que pensó que sería San Francisco de Sales recibiéndola.

Relicario con el corazón incorrupto de la Santa.

Relicario con el corazón incorrupto de la Santa.

El cuerpo de Juana fue embalsamado y estuvo en velación durante tres días, y secretamente fue trasladada a Annecy, donde fue sepultada. Tras muchos milagros, fue beatificada en 1751 por el papa Benedicto XIV y canonizada por el papa Clemente XIII en 1767.

Emmanuel

Bibliografía:
- CHIFROTTI, “Giovanna Francesca Frémyot de Chantal”, en Encliclopedia dei Santi. Vol. VI p. 581-586 2° ED., Roma, 1996
- ECHEVERRÍA, “Santa Juana Francisca de Chantal”, Barcelona, 1991.

San Augusto Chapdelaine, sacerdote mártir en China

Retrato de San Augusto Chapdelaine en Boucey, Francia.

Retrato de San Augusto Chapdelaine en Boucey, Francia.

San Augusto Chapdelaine nació el 6 de enero del año 1814 en la granja que sus padres poseían en La Rochelle (Normandía), siendo el octavo hijo de un matrimonio formado por Nicolás de Montyiron y por Magdalena Dodeman. Asistió a la escuela de su pueblo, donde recibió la instrucción primaria, destacando por ser un niño muy obediente, trabajador, pero poco comunicativo. Frecuentemente asistía a la catequesis y con quince años de edad se inclinó hacia el sacerdocio, manifestando que quería ser misionero, algo no muy común en aquella zona rural, pues en Francia imperaba un ambiente un tanto anticlerical, como consecuencia de la aún relativamente reciente Revolución Francesa.

Pero, por otro lado, el gobierno de la Restauración se empeñaba en restablecer el catolicismo más conservador e intentaba reconstruir un nuevo clero, por lo que empezaron a surgir algunas vocaciones sacerdotales, aun dada la escasez de centros propios de formación. En el campo, sin embargo, el anticlericalismo imperaba, pero el nuevo gobierno intentaba contrarrestarlo. Roma mostraba su preocupación y así, la Congregación para la Propagación de la Fe trabajaba a fin de fomentar las vocaciones misioneras y la formación del clero, no solo en Francia, sino en toda Europa. Augusto, en este ambiente, posiblemente vio pocas posibilidades en su pueblo y es posible que, conscientemente, buscase otras salidas. Pero en casa no se lo pusieron fácil, pues sus padres se acababan de mudar a Gouaiserie y él era imprescindible en la granja, por lo que le pusieron pegas para entrar en el seminario. Pero en el año 1834 murieron dos hermanos suyos, la familia marcha a Metairie y a Augusto, que ya tenía unos veinte años, le permitieron entrar en el seminario. En él se preparó para el sacerdocio, siendo ordenado de sacerdote en la catedral de Coutances el día 10 de junio del año 1843, cuando tenía veintinueve años de edad.

En febrero del año 1844 fue nombrado vicario de Boucey y él, que soñaba con grandes espacios donde llevar a cabo su tarea evangelizadora, se encontró con una pequeña población, con una parroquia abandonada por un sacerdote que se había dado por vencido. Llegó a considerar que estaba en el exilio, pero hizo frente a su situación, organizando grupos de caridad, de educadores de la juventud y de rehabilitación del templo parroquial. Allí estuvo hasta el mes de enero del 1851, dejando un grato recuerdo, y lo hizo porque fue admitido en el Seminario de las Misiones Extranjeras, su gran ilusión. Después de despedirse de Boucey, pasó una semana con su familia en La Rochelle y, posteriormente, se trasladó a París para ya nunca volver a su tierra.

Escultura del Santo en la parroquia de Boucey, Francia.

Escultura del Santo en la parroquia de Boucey, Francia.

En el seminario se preparó, demostrando a sus superiores la fuerza de su vocación misionera y su buena salud física, requisito indispensable para ser admitido a marchar a las misiones. En el seminario parisino pasaba mucho tiempo rezando en la capilla de los mártires de la Congregación, sin imaginarse que años más tarde, allí también estarían partes de sus pertenencias como reliquias.

El 20 de marzo de 1852, cuando tenía treinta y ocho años de edad, le comunicaron su lugar de destino: China. Alborozado, le escribió una carta al alcalde de Boucey, en la que le comunicaba que iba a ser enviado a Kwangtung, Kwangsi y a la isla de Hainan. Aquella misión le había sido confiada a la Congregación cuatro años antes y sólo había diez misioneros para una población de casi cincuenta millones de personas, aunque bien es verdad que cristianos había muy pocos. En China, la religión cristiana estaba prohibida y era perseguida con mayor o menor virulencia, dependiendo del gobernador y los mandarines de cada provincia. Todo esto se lo cuenta él al alcalde de Boucey, lo que nos indica que era muy consciente de la situación que allí le esperaba.

Los chinos consideraban a los misioneros como avanzadillas del colonialismo de las naciones europeas. La dinastía manchú, intentando abrir sus puertos al comercio exterior, era más o menos tolerante, pero esto era mal visto por los mandarines y por algunos gobernadores provinciales. El tribunal de Pekín trató de organizar la resistencia y ordenó a los mandarines que fueran beligerantes con los extranjeros, especialmente con los sacerdotes católicos, a quienes obstaculizaban su ministerio, aprisionaban e incluso ejecutaban. Ésa era, a grandes rasgos, la situación en la que él se iba a encontrar.

El 29 de abril del 1852, seis sacerdotes se prepararon para partir mediante una celebración litúrgica; y el 5 de mayo embarcaron en el puerto de Amberes, rumbo a China. Augusto era el mayor del grupo y, por lo tanto, el encargado del tema financiero. Durante la travesía se dedicaron a aprender el chino y, después de varios meses de navegación, llegaron a Singapur el día 5 de septiembre. El 15 de octubre, a bordo de un barco portugués, marcharon a China, llegando a la península de Macao en la víspera del día de Navidad. Después de atravesar el estuario del río Cantón, llegaron a Hong Kong, siendo recibidos por el procurador de las Misiones Extranjeras. El enclave de Hong Kong, que estaba bajo el dominio inglés desde el año 1842, era un puesto de avanzadilla, pero también de retirada en caso de conflicto en territorio chino. Allí estuvieron algo más de diez meses, tiempo que aprovecharon para perfeccionar sus conocimientos del idioma, que no llegaron a dominar.

Retrato de San Augusto Chapdelaine en China, vestido a la usanza del lugar.

Retrato de San Augusto Chapdelaine en China, vestido a la usanza del lugar.

El 12 de octubre del 1853 marchó acompañado de algunos cristianos, con la intención de llegar a Guangxi; y en febrero del año siguiente llegaron a Kouy-Yang, que era un lugar donde estaba asentada una misión cristiana, donde fueron muy bien recibidos. A la espera de poder alcanzar Guangxi, estuvo como responsable pastoral de tres poblados chinos, asimilando sus costumbres y su modo de vestir. Su deseo de mezclarse entre las gentes fue bien visto por los cristianos, quienes le llamaban el padre Ma. Allí se reunió con dos cristianos muy comprometidos: Jerónimo e Inés Tsao-Kouy; y gracias a ellos pudo entrar en lo que él llamaba “su provincia”, donde celebró su primera Misa el día de la Inmaculada de 1854. Sin embargo, su labor apostólica sólo duró nueve días, porque el día 17 fue apresado por el mandarín de Si-Lin, que, aunque lo trató cortésmente, lo mantuvo encerrado por espacio de cinco meses. Fueron puestos en libertad en el mes de abril de 1855 y volvió a Guizhou.

En el mes de diciembre, San Augusto volvió a Guangxi, donde había un mandarín menos tolerante que el anterior. Como había entrado ilegalmente, vivió en clandestinidad, escondido por algunas familias cristianas que le aconsejaban huir de la zona. Pero le faltó tiempo, pues denunciado por Bai San, que era pariente de un nuevo converso, fue detenido en Yaoshan la noche del 25 al 26 de febrero de 1856. Llevado ante el tribunal, junto con otros cristianos, se le acusó de instigar al pueblo para que se rebelase y de ser el amante de Inés Tsao-Kouy. Aunque no entendía bien la acusación, él la rechazó; pero eso no le valió para que no fuese salvajemente torturado: planchas ardientes en la cara, la llamada tortura de la cruz en las espaldas y otras muchas.

Finalmente, Augusto e Inés fueron llevados a una jaula, donde los torturados eran inmovilizados por la cabeza, dejando los brazos y los pies suspendidos. La jaula fue colgada en la puerta de la cárcel y, aunque su constitución física era robusta, Augusto moría la noche del 27 al 28 de febrero, después de soportar una terrible agonía. Ya muerto, le cortaron la cabeza y su cuerpo fue echado a los perros. Un cristiano recogió algunos pequeños restos y pertenencias y los llevó a Hong Kong. Ahora están expuestos en la sala de los mártires de la Congregación de las Misiones Exteriores de París en la rue du Bac.

Martiro del Santo. Grabado de "Le Monde illustré", número del 27  de febrero de 1858. Fuente: http://www.dunwich.org/genea/fg/martyrerp.html

Martiro del Santo. Grabado de “Le Monde illustré”, número del 27 de febrero de 1858. Fuente: http://www.dunwich.org/genea/fg/martyrerp.html

Inés murió poco después, soportando el mismo castigo que el sacerdote, mientras que su hermano Jerónimo fue decapitado por negarse a renunciar a su fe. La pequeña comunidad cristiana formada alrededor del Santo prácticamente se disolvió; y su muerte tuvo ciertas consecuencias internacionales ya que, desde el año 1844, existía un tratado comercial entre Francia e Inglaterra por un lado y China por el otro; y en él se estipulaba que no se haría daño físico a ningún europeo.

El 12 de julio, el jefe de las Misiones Francesas en Hong Kong se enteró de su muerte, que se la comunicó al encargado de negocios de Courcy, en Macao, el día 17. Una semana más tarde, presentaron una enérgica protesta ante el gobierno chino, que se defendió diciendo que el tratado de 1844 sólo permitía la predicación de los misioneros en los cinco puertos donde se daba el comercio entre ambas partes; y que el padre Chapdelaine había violado el tratado al predicar el Evangelio en el interior del país. Aun así, el mandarín que había ordenado su muerte fue destituido.

La muerte de Chapdelaine fue el pretexto para que las dos naciones europeas aumentasen sus monopolios sobre China y atacasen la ciudad de Cantón. Sin embargo, tres años después de su martirio, se llegó a un acuerdo de paz, por el cual China se comprometía a dejar libertad para que pudiese predicarse el catolicismo en su territorio y derogar todas las leyes chinas hechas contra los cristianos. Cuando un año más tarde fueron a China los representantes europeos para ratificar el tratado, fueron recibidos a cañonazos, por lo que una fuerza franco-británica invadió China, lo que obligó a que los chinos firmasen un nuevo tratado, más ventajoso para los europeos. Sin haberlo querido el Santo, su muerte fue el pretexto para que el colonialismo avanzase enormemente en China.

Reliquias del Santo en la parroquia de Boucey, Francia.

Reliquias del Santo en la parroquia de Boucey, Francia.

Pero, sin lugar a dudas, las cualidades humanas de San Augusto fueron determinantes en su vida y en su corto ministerio: bondad, paciencia, coraje, honestidad. Destaquemos también su tesón, porque desde adolescente quiso ser misionero y lo logró a través de la Congregación de las Misiones Extranjeras de París. Llegó a China, se dedicó a su ministerio evangelizador, pero su vida de apóstol terminó muy pronto y de manera trágica. Aunque su comunidad no sobrevivió a su muerte, sin embargo, ésta fue una prueba más de la existencia de hombres y mujeres valientes que renuncian a todo por propagar la fe en Cristo, incluso dando sus vidas por Él; y aunque no fue el primer cristiano martirizado en China, su muerte tuvo una enorme importancia en el contexto de las relaciones comerciales entre Europa y la dinastía manchú. Digamos que los intereses económicos y políticos instrumentalizaron su muerte para conseguir sus objetivos.

Dos años después de su martirio se inició el proceso de beatificación; y el 27 de mayo del año 1900, el Papa León XIII lo beatificó, siendo finalmente canonizado por el Papa San Juan Pablo II, el día 1 de octubre del año 2000, junto con otros ciento diecinueve compañeros mártires en China. Dos días más tarde, la agencia de noticias china Xinhua reaccionó ante la canonización de los mártires, emitiendo un comunicado de prensa denigrando la intervención de los misioneros europeos y acusando al Vaticano de intromisión en los asuntos internos de China.

Antonio Barrero

Bibliografía:
- VV.AA. “Bibliotheca sanctorum, tomo III”, Città N. Editrice, Roma, 1990

Enlaces consultados (07/02/2014):

http://www.landrucimetieres.fr/spip/spip.php?article2317

http://en.wikipedia.org/wiki/Auguste_Chapdelaine

Iglesia de San Jorge al Velabro

Vista de la fachada del templo.

Vista de la fachada del templo.

Iglesia de San Jorge al Velabro
Via del Velabro, 19
Roma

Bella e importante basílica, aunque sin embargo famosa a causa del criminal atentado ocurrido en julio de 1993 que la ha dañado gravemente. La restauración posterior le ha devuelto a la iglesia su aspecto precedente. Es uno de los lugares más sugestivos e históricos de Roma, en el corazón del llamado Velabro, que en origen era un valle pantanoso donde, según la tradición, llegó junto al Ficus Ruminalis la cesta que llevaba a Rómulo y a Remo. Aquí surge esta iglesia, recordada desde finales del siglo VII como diaconía, es decir, como centro asistencial de la Iglesia para el pueblo romano. Fue dedicada a San Jorge en tiempos del papa Zacarías (741-752), y la presencia del santo militar se debía al vecino alojamiento de las milicias bizantinas del Palatino.

La iglesia misma debía de ser de rito griego, como atestiguan las numerosas inscripciones en esta lengua. El edificio actual fue reconstruido en tiempos de Gregorio IV (847-855), y al inicio del Duecento le fue añadido un pórtico, arquitrabado con columnas jónicas y pilastras, con hermosos adornos y decoraciones recuperadas, mientras que el campanario románico es del siglo precedente. El sugestivo pero desnudo interior es resultado de las profundas restauraciones ocurridas en el Ottocento y en los años veinte del siglo pasado; estando más bajo que el nivel de la calle y siendo muy húmedo, dividido en tres naves separadas por columnas desnudas.

Vista del interior del templo, nave central.

Vista del interior del templo, nave central.

En el presbiterio sobreelevado, el altar mayor está formado losa cosmatesca entre columnitas, mientras que en el ábside hay un fresco que representa a Cristo, la Virgen y Santos, obra de 1295 de Pietro Cavallini y sus discípulos, restaurado recientemente. En el exterior, al lado izquierdo de la iglesia está adosado el arco de los Plateros, dedicado por la corporación homónima en 204 al emperador Septimio Severo y a su familia. Hijos de este emperador fueron los dos hermanos Caracalla y Geta, que aparecían representados en el arco junto al emperador y su consorte. Una vez accedió al poder, Caracalla hizo matar a su hermano Geta y quiso destruir su memoria, barriendo de toda Roma la imagen y el nombre de su hermano. El arco no escapó a este destino. Caracalla hizo romper a golpes de martillo la figura de su hermano y borró su nombre. El arco está formado por dos ornadísimas pilastras que sostienen un arquitrabe de mármol también ricamente decorado.

Fue el papa Zacarías (741-752) quien hizo trasladar aquí la cabeza de San Jorge, mártir, descubierta en San Juan de Letrán, con una solemne procesión. La insigne reliquia, en un relicario de plata, fue guardada en San Pedro del Vaticano, pero en 1408 regresó al Velabro, donde es visible la pequeña urna que contiene una mitad (la otra mitad fue donada a Ferrara en el Seicento), bajo la fenestella confessioni del altar mayor.

Felice Stasio