Santos Fausta, Evilasio y Máximo, mártires

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Detalle de los Santos Fausta y Evilasio. Ilustración para el Prólogo de Ochrid.

Detalle de los Santos Fausta y Evilasio. Ilustración para el Prólogo de Ochrid.

Ayer se celebró la festividad de un grupo de mártires, dos hombres y una mujer (una niña, en realidad, como veremos) originarios de Cízico, ciudad del Helesponto, en Asia Menor. Uno de los dos varones, Evilasio, y la niña, Fausta, son conmemorados en el Martirologio Romano el día 20 de septiembre. Sin embargo, en los sinaxarios bizantinos aparece el grupo entero -incluyendo al otro varón, Máximo– el día 5 de febrero.

Conocemos su historia a través de una passio que fue asumida por Beda en su Martirologio, aunque entre los hagiógrafos e investigoradores serios nadie le da dado ningún crédito. De todos modos, vamos a seguirla y conocerla para comprender su veneración, patronazgo e iconografía.

Passio de los Santos
Fausta es el femenino del adjetivo latino faustus, que viene a significar “feliz, propicio, afortunado”. Una mártir con este nombre vino a nacer en la ciudad de Cízico, cercana al mar de Mármara. No era más que una niña cuando sus padres murieron, y desde ese momento llevó una vida totalmente austera, más por la precariedad que por pleno desentendimiento. El único consuelo que le cupo a Fausta en su triste haber cotidiano fue su fe cristiana, en la que se refugió por completo y por la que llegaría a sacrificar su propia vida.

En efecto, sólo tenía trece años cuando el gobernador de la ciudad, sabiéndola huérfana y cristiana, la puso bajo la tutela de Evilasio, un sacerdote pagano, para que se hiciera cargo de ella y, de paso, la convirtiera a la religión imperial. Al principio, Evilasio se valió de largas conversaciones, benévolas instrucciones y cariñosas exhortaciones para lograr convertir a su protegida. Pero el desprecio que la niña mostró de cara a las divinidades romanas y la absoluta resistencia a dejarse influenciar obligó al sacerdote a usar métodos muchísimo más duros.

Empezó por raparle por completo la cabeza, castigo humillante y harto ofensivo para una mujer de la época, pero Fausta no se dejó amedrentar, por lo que Evilasio mandó meterla dentro de un gran recipiente y prenderle fuego para asarla viva. Como quedara ilesa después de ello, mandó atarla desnuda a una mesa, abierta de brazos y piernas, y amenazarla con una gran sierra, diciendo que la serraría por la mitad, “como si fuera un leño”, si no cedía en su testarudez. Pese a ello la niña no cedió, de modo que procedieron a serrarla, pero de nuevo no pudo cumplir su amenaza ya que las sierras se rompían al tocar su cuerpo. Atemorizado por aquella fuerza divina que parecía protegerla, Evilasio renunció a hacerle daño alguno.

Martirio de los Santos. Lienzo de Pietro Sorri (1595). Iglesia de San Frediano, Lucca (Italia).

Martirio de los Santos. Lienzo de Pietro Sorri (1595). Iglesia de San Frediano, Lucca (Italia).

Cuando el gobernador supo que Evilasio había fracasado y que, incluso, se mostraba más inclinado a convertirse al cristianismo, mandó a un legado, llamado Máximo, para castigarle. Máximo trajo consigo a algunos verdugos, y ante los ojos de Fausta mandó torturar a Evilasio. El anciano, entretanto, dirigía su mirada a la joven y le gritaba: “¡Reza por mí, niña, para que pueda resistir estos tormentos!”. Al poco rato, se llevaron a Fausta y la arrojaron dentro de un pozo para que los buitres la devoraran, pero los animales la respetaron según se dice milagrosamente, aunque hoy en día sabemos que las aves rapaces rara vez atacarían a un ser vivo.

Luego fue Fausta la torturada en presencia del anciano sacerdote. Le taladraron la cabeza con martillos, le rasgaron el rostro y el cráneo con garfios de hierro y le traspasaron las zonas más sensibles de su cuerpo con clavos, hasta que, según dice Beda, “se parecía a la suela de una bota” (por estar tachonada con clavos). No pudieron hacer que se rindiera, y fue a parar, junto con Evilasio, dentro de un caldero de aceite hirviendo, donde murieron abrasados. Fausta miró entonces a Máximo y le dijo: “Sepas que te perdonamos, a pesar del daño que nos has hecho, y rezamos por ti y seguiremos rezando en el cielo, para que el Señor te ilumine. Nosotros no vamos a condenarte por tu crueldad, y esperemos que Él tampoco lo haga.” Estas palabras turbaron profundamente a Máximo. No era para menos, porque, como hemos podido ver en muchas passiones, los cristianos se deshacían en mil maldiciones contra los que los torturaban, y les auguraban fuego eterno, tormentos y la compañía de los condenados.

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Algunos días después de la muerte de Fausta y Evilasio, acudió ante el gobernador y se proclamó cristiano, al mismo tiempo que se declaraba culpable y pedía ser asado vivo en el mismo caldero para expiar la gran falta que había cometido. Se cumplió tal y como lo había pedido. Otras versiones, sin embargo, defienden que Máximo se convirtió en el instante en que Fausta y Evilasio eran martirizados y por tanto, los tres murieron juntos, simultáneamente en el mismo caldero.

Los tres mártires asados vivos. Menologio de Basilio II (s.X). Biblioteca Apostolica Vaticana, Roma (Italia).

Los tres mártires asados vivos. Menologio de Basilio II (s.X). Biblioteca Apostolica Vaticana, Roma (Italia).

Como se comprenderá, la abundancia de datos fabulosos y situaciones extrañas en este relato hace ver el por qué ha sido descartado como un documento fidedigno para conocer las vivencias de estos mártires. Sin embargo, algo podemos decir de sus reliquias.

Reliquias
La tradición dice que las reliquias de esta mártir, Fausta de Cízico -que no debe ser confundida con Santa Fausta romana, madre mártir que aparece en la passio de Santa Anastasia de Sirmio, ni con Santa Fausta de Roma (otra), que es una viuda- sufrieron un doble traslado.

Primeramente, en el siglo VI, las reliquias fueron a Narni en Italia y, posteriormente, en el siglo IX, fueron a Lucca. En Narni precisamente, un tal obispo llamado Casio (537-558) quiso erigir un monumento funerario a su querida esposa, llamada Fausta, para lo cual embelleció el sepulcro con reliquias de la patrona de la difunta. Eso propició que empezara a venerarse una Santa Fausta de Narni que, realmente, es la misma Santa Fausta de Cízico, o eso parece. Sin embargo, otras fuentes, como la Bibliotheca Sanctorum, defienden que la mártir de Cízico no es la misma Santa Fausta que se venera en Narni y en Lucca, por lo que esas reliquias corresponderían a otra.

Relicario con un hueso de la Santa.

Relicario con un hueso de la Santa.

Sin embargo, si esto es cierto, ¿por qué en Lucca la Santa tiene la misma iconografía que la mártir de Cízico, es decir, aparece metida en un caldero y traspasada por clavos, como vemos en el lienzo adjunto? Ahí queda la duda.

Iconografía
Santa Fausta de Cízico es muy reconocible, y distinguible de otras santas y mártires homónimas -de las cuales hay muchas, especialmente mártires de las catacumbas- por estar asociada a la iconografía de la sierra, los clavos y el caldero. Es por tanto habitual verla metida en un caldero, a punto de ser serrada por Evilasio o con el cuerpo desnudo sembrado de clavos. No es raro que aparezca junto a sus compañeros de martirio, sobre todo Evilasio.

Meldelen

Bibliografía:
– VVAA, Bibliotheca Sanctorum: enciclopedia dei Santi, Città Nuova Editrice, Roma 1984.

Enlace consultado (20/09/2015):
– www.santiebeati.it/dettaglio/70900

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Santos Lucía y Geminiano, mártires romanos

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Santos Lucía y Geminiano. Iglesia de Santa Lucia alla Tinta, Roma (Italia).

Santos Lucía y Geminiano. Iglesia de Santa Lucia alla Tinta, Roma (Italia).

El pasado 16 de septiembre se celebraba la festividad de dos mártires de Roma, una mujer, llamada Lucía -que no debe ser confundida con la célebre mártir de Siracusa– y un hombre llamado Geminiano, que aparecen inscritos en el Martirologio Romano este mismo día y que, desde el siglo VIII, son recordados en las fuentes litúrgicas. Vamos a hablar de ellos en el día de hoy y, para ello, seguiremos el texto de una passio que fue compuesta después del año 645.

Passio de los Santos
Según esta historia, que viene reproducida en los martirologios de Beda, Adón y en el Sinaxario Constantinopolitano, Lucía era una noble viuda cristiana que, siendo ya muy anciana -concretamente, a los 75 años de edad- fue denunciada por su propio hijo ante las autoridades, acusándola de cristiana. El hijo, Euprepio, quería heredar ya todo el patrimonio de su madre y hacer uso de él, a lo que ella se opuso, de ahí que Euprepio optara por hacer esto, para quitársela de en medio (!!). Era la época de la persecución de Diocleciano por lo que Lucía fue arrestada, flagelada y martirizada continuamente durante tres días consecutivos, aunque al final del tormento, cuando volvían a buscarla siempre aparecía ilesa (!!). Probando otro medio de humillarla, decidieron cargarla de cadenas y pasearla así por las calles de Roma.

Sucedió que al pasar delante de la casa de un hombre llamado Geminiano, que ante la vista de la maltrecha anciana encadenada quedó tan impactado que, guiándose por un impulso interior, decidió abrazar la fe cristiana. Siguió a Lucía hasta la cárcel, donde fue bautizado por el sacerdote Protasio. Por último, el cónsul Megasio condenó a ambos a morir decapitados, tras lo cual, una cristiana llamada Máxima los robó, recuperó y sepultó.

Sin embargo, este relato sufrió posteriores reelaboraciones, llegando a adoptarse a esta mártir Lucía como la titular de un monasterio benedictino siciliano en la provincia de Siracusa. Esta segunda o tercera redacción aparece en algunos códices del siglo X y es conocida también por el Sinaxario Constantinopolitano, que llega a contar que, después de haber sido torturados en Roma, ambos mártires fueron llevados a Sicilia por cuatro ángeles -en otras versiones, son ellos mismos los que logran escapar-, que primero los dejaron en Taormina, donde obraron numerosos milagros y finalmente los llevaron a la localidad de Mendola dentro de la misma provincia, y allí se quedaron al oír la voz de Dios: “Ésta es vuestra sede, fijadla aquí para siempre”.

Geminiano es sorprendido y ejecutado mientras entierra a Lucía. Menologio de Basilio II (s.X), Biblioteca Apostolica Vaticana, Roma (Italia).

Geminiano es sorprendido y ejecutado mientras entierra a Lucía. Menologio de Basilio II (s.X), Biblioteca Apostolica Vaticana, Roma (Italia).

En esta localidad de Mendola, Lucía se dedicó a predicar el Evangelio y a obrar milagros: curaba enfermos, expulsaba demonios y devolvía la vista a los ciegos. El magistrado local, Aprofasio, al saber de esto, se trasladó a Mendola e hizo matar allí a 75 cristianos. Ante esto, Lucía y Geminiano huyeron y se ocultaron en una caverna cercana, que es el actual hipogeo. Parece que estuvieron ocultos allí durante un año, pues Lucía, exhausta y ya habiendo sufrido en Roma torturas por la fe, pidió al Señor que le permitiese morir en paz. Esto le fue concedido el 16 de septiembre de 299. Geminiano tomó su cuerpo y salió de la caverna para darle digna sepultura, creyendo que la persecución se habría calmado. Sin embargo, mientras realizaba esta tarea fue a caer en manos de un guardia servidor de Megasio (?), que lo decapitó. Sus cuerpos fueron sepultados por Máxima, quien además les erigió una iglesia allí, en Mendola.

Interpretación
Lo primero que hay que decir, y tener claro, es que estos mártires, Lucía y Geminiano, no existen, son un grupo ficticio creado por la fantasía de un escritor de leyendas.

Imagen de Santa Lucía romana venerada en Mendola, Italia.

Imagen de Santa Lucía romana venerada en Mendola, Italia.

El “Capitulare evangeliorum” del año 643, que es el libro litúrgico romano más antiguo en el que aparecen, anota a Lucía el 13 de diciembre y también el 16 de septiembre. Esta última conmemoración no es más que el recordatorio de la dedicación de una iglesia erigida por el Papa Honorio I en el Esquilino en honor de la mártir Lucía de Siracusa, la actual Santa Lucia in Scelse. Y bueno, sabemos de sobra que el 13 de diciembre es la fiesta propia de esta mártir de Siracusa. Por lo que por aquí no encontramos a ninguna Santa Lucía romana.

A partir del siglo VIII, las fuentes litúrgicas y hagiográficas, a Lucía le añaden el nombre de Geminiano, y así aparecen en el Sacramentario gregoriano-adrianeo del siglo VIII, en los sacramentarios gelasianos del mismo siglo y en los códices más antiguos del Martirologio Jeronimiano.

Los lugares donde se realizaron los prodigios, los tormentos y la decapitación final son los propios de las leyendas hagiográficas más fabulosas y poco creíbles. Además, la falta de indicaciones geográficas precisas acerca de donde estaba el sepulcro, no dejan lugar a duda sobre la falsedad de esta narración. Todo esto fue escrito para ilustrar la dedicación de la iglesia erigida por el Papa Honorio y darle una personalidad a la Santa a la que era intitulada, y aunque el autor de la passio sabía de sobras que la Lucía de la iglesia era la santa de Siracusa, mas no pudiéndolo decir, por alguna razón que desconocemos, se inventó a esta noble Lucia viuda romana, la cual sufrió el martirio en su localidad de origen y, para darle alguna apariencia de veracidad a su relato, cambió la tradición de Siracusa por otra inventada.

Sin embargo, la passio no aparece sólo circunscrita al ámbito de la basílica romana, de ahí que siglos después este relato se ampliara añadiendo “peripecias” en Taormina y Mendola.

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Concluyendo, toda la leyenda es falsa, esta Santa Lucía, realmente, es un desdoblamiento de la mártir de Siracusa; y San Geminiano es una pura invención hagiográfica sin ninguna consistencia histórica. Esto ha hecho que actualmente hayan sido eliminados de la presente edición del Martirologio Romano.

Detalle de la imagen procesional de Santa Lucía romana. Mendola, Italia.

Detalle de la imagen procesional de Santa Lucía romana. Mendola, Italia.

Culto e iconografía
Sin embargo, pese a la certeza de que estamos ante Santos que no existen, lo cierto es que el culto a ellos ha proseguido de forma local y muy limitada en la ciudad de Mendola, en Sicilia, donde incluso se han constituido asociaciones religiosas y culturales tratando de mantener vivo el culto y la veneración a estos dos Santos, particularmente a ella, Santa Lucía.

Conscientes, quizás, de la problemática que resulta la confusión de esta pretendida Santa local con la mártir de Siracusa -existiendo realmente sólo ésta última-, recientemente han optado por promover una nueva iconografía de la Santa que la muestra como una viuda cristiana, portando un crucifijo y orando en una gruta o cueva, en contraposición a la antigua iconografía que la mostraba como una mártir típica, con la palma, siendo más fácilmente confundirla con la mártir de Siracusa.

Meldelen

Bibliografía:
– VVAA, Bibliotheca sanctorum: Enciclopedia dei Santi, ed. Città Nuova, Roma 1984.

Enlace consultado (19/09/2015):
– http://santaluciadimendola.it

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San Hipólito de Roma, mártir

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Vidriera en la iglesia de San Juan Bautista, en Saint-Jean-sur-Vilaine (Francia) en la que es representado como sacerdote y escritor.

Vidriera en la iglesia de San Juan Bautista, en Saint-Jean-sur-Vilaine (Francia) en la que es representado como sacerdote y escritor.

El pasado 13 de agosto, cuando nuestra compañera Ana María escribió sobre Santa Concordia de Roma, se entabló un debate sobre San Hipólito: que si era sacerdote o soldado, que si era uno o eran dos, que si había desdoblamiento, que si era cismático o no lo era… Yo llegué tarde al debate y me comprometí a escribir sobre él, cosa que hago hoy intentando irme a las fuentes que más nos pueden aclarar este tema. Vamos con ello a ver si nos aclaramos; aunque puede que no del todo.

San Hipólito de Roma es uno de los santos más discutidos en la hagiografía. De acuerdo con la reconstrucción realizada en el siglo XX sobre este personaje, Hipólito habría sido un sacerdote de la Iglesia romana, un escritor muy fecundo, cismático, antipapa entre los pontificados de San Calixto y San Ponciano, exiliado con éste en Cerdeña donde ambos se reconciliaron y donde murió como mártir. En resumen, esto.

Pero esta reconstrucción de la personalidad de San Hipólito fue sin embargo puesta en discusión por espacio de más de veinte años, ya que se observó que las fuentes históricas, arqueológicas y litúrgicas en las que se habían basado esta reconstrucción, parecían que no coincidían en una misma persona, sino que más bien llevaban a incertidumbres, a incongruencias e incluso a contradicciones, por lo cual podrían distinguirse a más de un personaje, bien caracterizados e independientes el uno del otro. Dada esta situación, aun incierta para algunos estudiosos, parece apropiado presentar de manera cronológica y sistemática todas las fuentes, aunque dejando plena libertad a cada uno para que, finalmente, acepte la opinión que más le convenza.

El documento más antiguo que nos habla de la existencia del mártir San Hipólito, es el “Cronografo” del 354, pero asimismo, hay otras fuentes también antiquísimas. La “Depositio martyrum”, dice el 13 de agosto: “Yppoliti in Tiburtina et Pontiani in Calisti”. A su vez, el “Catalogo Liberiano” añade a la biografía de San Ponciano “que en tiempo de los cónsules Severo y Quintiliano, el obispo Ponciano y el presbítero Hipólito fueron deportados a la perjudicial isla de Cerdeña”, o sea, en el año 235. En estos dos textos se ha encontrado el primer elemento para la reconstrucción de la personalidad de San Hipólito. En ambos textos, no se dice que Hipólito fuera un cismático y es muy significativo que también en ambos textos, Hipólito está íntimamente unido al Papa Ponciano. Pero no podemos pasar por alto el hecho de que mientras que el autor del “Liber Pontificalis” dice que San Fabián trasladó el cuerpo de San Ponciano desde Cerdeña hasta el cementerio de Calixto en Roma, de San Hipólito no dice absolutamente nada.

Martirio del Santo. Detalle de un tríptico de Dieric Bouts y Hugo van der Goes. Groeningemuseum de Brugge (Bélgica).

Martirio del Santo. Detalle de un tríptico de Dieric Bouts y Hugo van der Goes. Groeningemuseum de Brugge (Bélgica).

Sin embargo, antes del “Liber Pontificalis”, tenemos el testimonio del Papa San Dámaso, el cual a través el presbítero León restauró el sepulcro de San Hipólito e incluso compuso unos versos en honor del mismo. En el texto de estos versos es donde se dice que Hipólito era un sacerdote pro Novaciano (cismático), pero que antes de morir abjuró de su error y exhortó a los novacianistas a retornar a la fe, por lo cual “merece ser reconocido como confesor y mártir”. Pero aun así, guardándose las espaldas, San Dámaso se cuida de advertir a quién lea sus versos que lo que él cuenta “es una tradición”, de la cual no tiene absoluta garantía. Pero lo que está claro es, que si San Hipólito era novacianista y fue asesinado en una persecución, no pudo haber sido exiliado en Cerdeña en el año 235, ya que este cisma promovido por Novaciano cuando fue elegido el Papa San Cornelio, ocurrió más tarde, concretamente en el año 251; luego Hipólito, como muy pronto, habría sido martirizado en tiempos de Valeriano (257-258).

Por otra parte, no deja de ser importante el tener en cuenta de que si el Hipólito recordado en la “Depositio martyrum” fuese idéntico al recordado en el “Catálogo Liberiano” y que si este hubiera sido cismático – algo que en realidad no está probado -, tendríamos la incongruencia de que el Papa Ponciano habría sido pospuesto, tanto en su recuerdo como en su veneración por parte de la Iglesia romana, a quién habría sido su propio antagonista, su propio contrincante.

Lápida sepulcral con la mención del Santo. Basílica de San Lorenzo Fuori le Mure, Roma (Italia).

Lápida sepulcral con la mención del Santo. Basílica de San Lorenzo Fuori le Mure, Roma (Italia).

Por el himno que Prudencio dedica al mártir Hipólito en su obra “Peristephanom”, podemos deducir cómo era de confusa la tradición sobre este mártir incluso a finales del siglo IV, o sea, algo más de un siglo más tarde. El poeta, que había visto la tumba del mártir y que había leído “el carmen” (los versos) de San Dámaso, de los cuales hace una amplia explicación de su contenido a fin de aclararlo y hacerlo más asequible en todos sus aspectos, añade sin embargo en lo referente a su martirio, algo que San Dámaso no sabía y que estaba relacionado con la “passio Polychronii”. Así que según Prudencio, el presbítero Hipólito, después de haberse retractado de sus errores novacianistas, fue conducido ante el tribunal del perseguidor romano, que estaba en el puerto de Ostia, y condenado a ser arrastrado por unos caballos, muriendo a consecuencia de los golpes recibidos. Los cristianos fueron recogiendo los miembros del santo que quedaron por las calles del puerto y lo sepultaron en una cripta en Roma.

Por lo que estamos leyendo, iremos comprobando que esta cuestión, de simple no tiene absolutamente nada: sacerdote, escritor, cismático, mártir… A todo esto, hay que añadir como algo fundamental, los testimonios de Eusebio de Cesarea y de San Jerónimo, aunque debemos hacerlo con mucha precaución porque lo más probable es que estos dos autores se estén refiriendo a otra persona distinta al Hipólito del que venimos hablando.

Eusebio de Cesarea, en su “Historia Ecclesiastica” dice haber visto en la biblioteca de Jerusalén “unas cartas que algunos eruditos” se intercambiaron a principios del siglo III, en las que se dicen que “Hipólito era el cabecilla de una iglesia”, añadiendo él por su cuenta que este Hipólito era el autor de un canon sobre la Pascua basado en un ciclo de dieciséis años, que terminó el primer año de gobierno del emperador Alejandro Severo, o sea, en el año 222. A su vez, San Jerónimo en su obra “De viris illustribus” dice de manera explícita que el escritor Hipólito era un obispo del cual no se pudo conocer su sede (“Hippolitus cuiusdam ecclesiae episcopus, nomen quippe urbis scire non potui”), que había recitado una homilía en presencia de Orígenes y algunas otras cosas más. Luego, leyendo a Eusebio y a Jerónimo, podemos imaginarnos que están hablando de un obispo oriental, escritor, que nada tiene que ver con el mártir romano del que estamos hablando, por mucho que en la reconstrucción de su personalidad se haya añadido que también era escritor.

Escultura romana antigua, identificada como San Hipólito, encontrada en 1551 en Via Tiburtina, Roma, y actualmente en la Biblioteca Vaticana (siglo IV-V).

Escultura romana antigua, identificada como San Hipólito, encontrada en 1551 en Via Tiburtina, Roma, y actualmente en la Biblioteca Vaticana (siglo IV-V).

Como el tema no está liado, para liarlo un poquito más, algunos autores han hecho referencia a una famosa estatua que estaba en el Museo Lateranense y que hoy se encuentra en la Biblioteca Apostólica Vaticana. Del origen de esta estatua se han dicho varias cosas: la primera es que había sido encontrada en el cementerio de San Hipólito en la Vía Tiburtina y que a este personaje es al que se refieren Eusebio de Cesarea y San Jerónimo. Baronio (que se metía en todos los berenjenales) dice en la edición del Martirologio Romano del año 1586 que la estatua fue encontrada en Porto, aunque luego, al escribir los “Annales” en el año 1602 dice que fue encontrada en el “Agro Verano” y Pirro Liborio, que fue quién la restauró, dice que fue encontrada “entre la Vía Nomentana y la de Tivoli, siempre fuera de los muros de la ciudad, no muy lejos del castrum donde se alojaban diariamente los pretorianos”. Esa escultura ha sido estudiada por diversos especialistas y finalmente han llegado a la conclusión de que ni es el Hipólito obispo oriental, ni es el Hipólito mártir de Roma, sino que pertenece a otro personaje que estuvo en conflicto con los papas San Ceferino y San Calixto, que si que fue un verdadero cismático, pero del cual no se puede afirmar con certeza que se llamara Hipólito. Así, que ya tenemos a tres: el mártir romano, el obispo escritor oriental y el cismático. Intentar encajar todas las piezas de este puzzle es lo que se hizo en el siglo pasado, es lo que yo indiqué al principio de este artículo y por eso dije que cada uno crea lo que estime más pertinente.

Pero fuera quién fuera, soldado desde luego no fue y desde muy pronto recibió culto. Aunque inevitablemente el artículo se alargue, algo habrá que decir con respecto a esto. Dejando aparte a los otros dos personajes y a los problemas que llevan aparejados, hablemos del mártir romano venerado el 13 de agosto en la Vía Tiburtina, o sea, el que salió a colación en el artículo del 13 de agosto sobre Santa Concordia.

Desgraciadamente, aparte de lo que dice la “Depositio martyrum” (que debemos considerar que es el testimonio más antiguo de su veneración), de él no se conoce ninguna otra cosa que podamos dar por completamente segura, aunque numerosas fuentes arqueológicas, litúrgicas y martiriales atestiguan que, después de la paz que vino en tiempos de Constantino, su culto tuvo un gran desarrollo no solo en Roma y en Italia, sino en todo el Imperio. Por eso no es extraño que su vecindad con el sepulcro y con el “dies natalis” del famoso mártir San Lorenzo, haya asociado a ambos en la literatura hagiográfica (acordaos del artículo de Ana María).

Reliquias del santo en la parroquia de san Hipólito de Voltregà (Barcelona).

Reliquias del santo en la parroquia de san Hipólito de Voltregà (Barcelona).

Como ya hemos dicho, el Papa San Dámaso acondicionó su sepulcro y le compuso unos versos y Prudencio, que visitó su cripta a finales del siglo IV, nos dice que estaba llena de mármoles y de plata y que en el día de su fiesta se acercaban a venerarlos numerosos peregrinos de las regiones del Lazio, Campania, Etruria y Piceno. Además de este santuario sepulcral, en Roma existía otro oratorio en el “Vicus Patricius”, que fue construido por el presbítero Ilicio a finales del siglo IV.

A los tiempos del emperador Teodosio pertenece el sarcófago de Apt, en cuyo frente, en las dos extremidades, están esculpidos San Hipólito y San Sixto II. En este sarcófago se demuestra por tanto la influencia de la “passio Laurentii”, pues recordemos que San Lorenzo era uno de los diáconos de dicho Papa. Asimismo, con este mismo Papa y con San Lorenzo aparece representado en unos vidrios dorados del siglo IV que se encuentran repartidos entre el British Museum, Florencia y la Biblioteca Vaticana. De este tiempo es también el oratorio dedicado a los santos Sixto II e Hipólito en la Basílica milanesa de San Lorenzo y en otra dedicada a los tres en Fossombrone, en la región italiana de Las Marcas. En el siglo V, tenía dedicada una basílica en Porto y un siglo más tarde, su imagen era reproducida en los mosaicos de San Apolinar Nuevo en Ravenna y en la iglesia romana de San Lorenzo al Verano. Fuera de Italia, su culto era muy floreciente tanto en Cartago como en Hispania.

Reliquias del santo en Chavignon, Aisne (Francia).

Reliquias del santo en Chavignon, Aisne (Francia).

En una lápida existente desde el siglo XI en la basílica de San Lorenzo fuori le Mura se dice que allí está sepultado. El cráneo del mártir se conserva en un relicario de plata en la sacristía de dicho templo. Según la lápida de la consagración de la iglesia de Santa María in Cosmedin, en la misma está la reliquia de un brazo. El 10 de agosto del 1740 parte de su cráneo fue utilizado por monseñor Crispi para la consagración del altar del oratorio del Santísimo Crucifijo en la iglesia de San Marcelo. Sin embargo, en las “Memorias de los mártires de Roma”, escritas por Caselli y publicadas en 1959, él dice que su cuerpo fue trasladado al monasterio del Santísimo Salvador sobre el Monte Letenano, cerca de Rieti. Asimismo, tanto en Saint-Hippolite (Alsacia) como en Saint Pölten (Austria) dicen poseer su cuerpo!!! En otros lugares existen reliquias más pequeñas del santo.

Además de recordarlo el día 13 de agosto, el Martirologio Jeronimiano lo recuerda en otros días y con diversas indicaciones geográficas, especialmente relacionándolo a Porto, pero estos recuerdos dependen sobre todo de las tradiciones hagiográficas aparecidas entre los siglos IV y V. A estas mismas tradiciones o fuentes, recurren los diversos Sacramentarios, los Itinerarios del siglo VII (de los que tantas veces hemos hablado), los diversos martirologios históricos y, finalmente, los actuales Breviario y Martirologio Romano. Resumiendo: santo romano muy venerado desde muy antiguo.

Reliquias del santo en Saint-Hippolyte, Alsacia (Francia).

Reliquias del santo en Saint-Hippolyte, Alsacia (Francia).

Como era de esperar, la ausencia de noticias históricas dio pie a que se originase más de una leyenda, las cuales no tienen ningún valor histórico y desfiguran la personalidad del santo presentándola primero como un sacerdote, después como un obispo, más adelante como un soldado y hasta como un antipapa. Estudiando de nuevo cronológicamente las fuentes, aunque sea de manera muy somera, veamos como fue surgiendo cada una de estas leyendas, cómo de manera gradual y haciendo verdaderos malabarismos, se intentó justificar cada leyenda como si fuera una verdad histórica.

En la segunda mitad del siglo IV, como resultado de los versos de San Dámaso, se dijo que era un sacerdote ex novacianista y en este mismo tiempo fue compuesta la fábula de la “passio Polychronii”, en la cual se asociaban los martirios de San Lorenzo y San Sixto II a San Hipólito diciendo que este último había sido el carcelero del primero. ¡Cuento chino! Y como lo es, no entro en los detalles relatados en la mencionada “passio”. Esta leyenda, contaminada por el himno de Prudencio, fue muy divulgada hasta mediados del siglo VI. Recordemos que Prudencio era el que había dicho que era un novacianista arrepentido que había sido arrastrado por unos caballos en Porto, siendo sepultado en la Vía Tiburtina. Como allí se construyó una basílica en su honor, se fue abriendo paso una nueva tradición hagiográfica independiente de la tradición romana. Entretanto, la tradición romana fue incluida en los Itinerarios del siglo VII y en los primeros martirologios, los llamados históricos y de ellos, pasó al Martirologio Romano.

Mosaicos en la basílica de San Apolinar Nuevo en Ravenna (Italia).

Mosaicos en la basílica de San Apolinar Nuevo en Ravenna (Italia).

En Porto, bien porque se olvidó la verdadera personalidad del mártir que allí se veneraba o porque fue tomando cuerpo la tradición que decía que se había llevado a Roma, se creó una nueva leyenda: la “passio Aureae diciendo que el mártir de Porto se llamaba Nonno (“Beatus Nonnus qui etiam Ypolitus nuncupatur; Beatus Ypolitus qui etiam Nonnus vocatur”), del cual se dijo que era un obispo de la ciudad que había muerto tirado a un pozo en tiempos del emperador Claudio. Este mismo tipo de muerte se repite en la “passio Censurini” y con mayor ahínco en la redacción latina de la “passio Hippolyti-Nonni”, en la cual se nos presenta a Hipólito como obispo y escritor. Este nuevo personaje ficticio también tuvo cabida en los martirologios incluyendo los Jeronimiano y Romano, saliéndole un falso competidor al verdadero mártir romano, o sea, un falso obispo mártir de Porto.

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Esta compleja figura de San Hipólito ha hecho que se le haya representado tanto como sacerdote que como soldado, como escritor y como carcelero, como obispo… en fin, de diversas maneras, pero en este tema si que no entro y lo dejo para quién entienda más de iconografía.

Antonio Barrero

Bibliografía:
– Amore, A., “Notas sobre San Hipólito mártir”, revista Arqueología Cristiana, XXX, 1954.
– Bovini, G., “San Hipólito, doctor y mártir del siglo III”, Roma, 1943.
– Caselli, V., “Memoria de los mártires de Roma”, Roma, 1959.
– Delehaye, H., “Búsquedas sobre las leyendas romanas”, publicado en Analecta Bollandista, LI (1933).
– Hanssens, J.M., “¿Fue San Hipólito de Roma un novacianista?”, Roma, 1965.
– Palachkovschy, V., “La tradición hagiográfica sobre San Hipólito de Roma”, Berlín, 1961.
– Sicari, G., “Reliquie Insigni e Corpi santi a Roma”, Roma, 1998.
– VV.AA., “Bibliotheca sanctórum, tomo VII”, Città Nuova Editrice, Roma, 1988.

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Beato Pío Alberto del Corona, obispo fundador

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Fotografía del Beato en su atuendo episcopal.

Fotografía del Beato en su atuendo episcopal.

Hoy es beatificado en San Miniato (Italia) el Venerable Siervo de Dios Pío Alberto del Corona, obispo dominico y fundador de las Hermanas Dominicas del Espíritu Santo. Por este grato motivo, queremos dedicarle este artículo en esta fecha tan señalada.

Alberto del Corona nació el 5 de julio del año 1837 en Livorno, en un barrio muy popular llamado “Venezia”, siendo hijo de José Del Corona y de Ester Bucalossi, ricos comerciantes de calzado. Fue bautizado tres días más tarde en la catedral de la ciudad, donde le impusieron el nombre de Alberto Francisco Filomeno. Fue el cuarto y último hijo del matrimonio ya que su madre murió cuando el niño solo tenía dos años de edad. De su infancia no se sabe prácticamente nada; solo existe una carta que revela que estuvo algún tiempo en Tremoleto junto a unos antiguos zapateros. Su hermana Teresa fue quién hizo las veces de madre. A pesar de ser muy joven, sentía verdadera pasión por la música, a la que siempre amó y con la cual se deleitaba, aunque no fue capaz de adaptarse a sus estudios. También sentía atracción por las ciencias, en especial, por las matemáticas.

Con diez años de edad fue estudiante externo de los padres barnabitas en el Colegio de San Sebastián, donde se le dieron muy bien las asignaturas de letras y donde fue educado por espacio de cinco años. Tuvo tal pasión por los estudios que tuvieron que prohibirle en más de una ocasión que estudiase, proponiéndole que compaginara los estudios con las distracciones. Esto fue para él “como si le quitaran la vida”. El 16 de abril del 1851, hizo la Primera Comunión en la iglesia de los barnabitas, y desde ese momento mostró un especial amor hacia la Eucaristía, amor que siempre caracterizaría su espiritualidad.

Con catorce años de edad se inscribió como aspirante en las Conferencias de San Vicente de Paúl, siendo destinado a la distribución de ayuda a las familias pobres y a enseñar la catequesis durante las clases de la tarde en la iglesia de los dominicos; en el cumplimiento de estas tareas, se ganó los elogios del Beato Federico Ozanam, que estuvo en Livorno en el año 1853. Estuvo asociado a la Tercera Orden Dominica durante los años 1851 al 1854, cuando en el convento de Santa Catalina estaba como prior el padre Domenico Verda y como párroco, el padre Constancio Mori. Tenía un carácter muy vivo, un talento muy versátil que desde muy pequeño estaba inclinado hacia la piedad, lo que hacía que a veces pusiera su casa patas arriba montando púlpitos para predicar, altares, etc. Su mayor placer era escuchar la palabra de Dios en la iglesia, por lo que asistía a todos los sermones, sin moverse como si fuera una estatua, siempre mirando fijamente al predicador para luego repetir, palabra por palabra, el sermón que había escuchado.

Foto en el convento de santo Domingo. En el centro está el beato Jacinto Cormier y él está a su derecha.

Foto en el convento de santo Domingo. En el centro está el beato Jacinto Cormier y él está a su derecha.

Sintiendo la llamada a la vida religiosa, Alberto tomó su decisión estando en Montenero, un santuario mariano cercano a Livorno. Teniendo dudas acerca de si marchar con los barnabitas o con los dominicos, se decidió por estos últimos debido a su devoción a Santa Catalina de Siena y a la atracción por la vida dominicana, que era monástica y apostólica al mismo tiempo, vida dividida entre la oración, el estudio y la predicación. La partida de su amigo Hugo Becherini, que dejó Livorno para tomar el hábito en el convento de San Marcos donde cambió su nombre por el de Ludovico el día 27 de mayo del 1854, fue un estímulo para su decisión y con diecisiete años de edad, o sea, ese mismo año, entró como postulante en el convento de San Marcos en Florencia. Aunque dejó contento su casa paterna, su naturaleza y el cariño a los suyos se impuso y pasó llorando en el convento sus ocho primeros días.

El 1 de febrero del año 1855, vigilia de la Purificación de Nuestra Señora, después del canto de Vísperas, vistió el hábito dominicano tomando el nombre de Pío Tomás. El 3 de noviembre del 1859 hizo su profesión religiosa, consiguiendo una dispensa de veintiún meses requerida por las leyes imperantes en la región de Toscana, dispensa que fue verdaderamente extraordinaria “por ser fray Pío Del Corona un joven de una capacidad intelectual poco común y una conducta ejemplar”.

Como las humanidades las había estudiado con los padres barnabitas, fray Pío continuó con sus estudios filosóficos y teológicos y el 20 de noviembre del 1859 recibió el título de lector, o sea, se había laureado. Fue ordenado de sacerdote y el 12 de febrero del 1860, con solo veintitrés años de edad, celebró su Primera Misa en la iglesia de San Marcos de Florencia. Inmediatamente fue destinado a impartir clases de filosofía, teología y lenguas, teniendo entre sus alumnos a estudiantes tan excepcionales como el padre Ambrosio Luddi, quién llegaría a ser obispo de Asís y a monseñor Donato Velluti, que llegaría a ser arzobispo titular de Patrasso.

Foto con las hermanas del Monasterio de el Asilo, en Florencia.

Foto con las hermanas del Monasterio de el Asilo, en Florencia.

Desde los primeros años de su sacerdocio se reveló en él una especial cualidad como orador y como escritor, predicó el Adviento en la catedral de Florencia y publicó la obra “Elevazioni sull’Eucaristia e i quattro cardini della felicità” (Las elevaciones sobre la Eucaristía y los cuatro pilares de la felicidad). Entre los años 1872 y 1874 ejerció la responsabilidad de prior en el convento de San Marcos y tras la expulsión de los religiosos, se esforzó muchísimo para recuperar el convento de Santo Domingo en Fiesole, que más tarde compró y reabrió el 10 de noviembre del 1879.

Diez años antes, el encuentro que tuvo con la señora Elena Bonaguidi, lo indujo a realizar una inspiración que había tenido mientras leía la vida de Santa Paula de Roma y que era, fundar una Comunidad que reflejara la fundada por la Santa en el Aventino. Esta inspiración se materializó el 12 de noviembre del 1872, cuando con la aprobación del padre Vicente Jandel – que era el general de la Orden -, se inauguró la pequeña comunidad de Villa Nuti, en la calle florentina de Santa Marta.

Entre los años 1875 y 1878 se construyó en la vía Bolognese un monasterio más grande el cual se puso bajo la advocación del Espíritu Santo y el 28 de octubre ingresaron las primeras diez terciarias las cuales vistieron el hábito religioso de las propias manos del padre fundador. En los primeros años del pontificado del Beato Pío IX se aprobó la fundación del nuevo monasterio, encargándose de la dirección espiritual monseñor Pío Del Corona – que ya había sido consagrado obispo en el 1875 -, permitiéndosele que lo visitase cada dos meses. El 21 de junio del 1881 fue terminada y bendecida la nueva capilla del monasterio, que posteriormente, el 7 de junio del año 1906 fue consagrada de manera solemne por el propio fundador. A este monasterio, casi recién construido, comenzó a denominársele “Asilo”. Esta comunidad, que había estado bajo la jurisdicción del obispo de Florencia, fue transferida a la jurisdicción de la Orden Dominica el 5 de septiembre del 1912.

De cuerpo presente.

De cuerpo presente.

Como hemos dicho anteriormente, en el mes de noviembre del 1874, el Beato Papa Pío IX nombró al padre Pío Alberto obispo titular de Draso y coadjutor de monseñor Aníbal Barabesi, obispo de San Miniato. Este último, teniendo serios problemas con algunos sacerdotes de su diócesis, fue invitado por la Santa Sede para que dimitiera, pero como se negó le pusieron un obispo auxiliar para que buscara la paz entre el clero y se encargara de la tarea de gobernar espiritualmente la diócesis, dejando para Barabesi solo las tareas económicas y administrativas. Fue consagrado obispo el día 3 de enero del 1875 en la iglesia romana de San Apolinar e hizo su ingreso en San Miniato el día 18 del mismo mes, ganándose muy pronto el cariño y la estima de todos hasta el punto de que el Papa, en un Breve Pontificio se complacía alabando su prudencia y su caridad. En un principio, la convivencia entre los dos obispos fue difícil y problemática, pero muy pronto llegaron a convertirse en dos grandes amigos. Barabesi, hasta su muerte, continuó viviendo en el palacio episcopal y cobrando el estipendio que el Reino de Italia tenía asignado a todos los obispos, mientras que el Beato Pío Alberto se vio obligado a vivir de las donaciones de sus feligreses, hospedándose fuera del obispado.

Durante su episcopado realizó numerosas visitas pastorales a los centros parroquiales y sociales de la diócesis, estuvo muy atento a la formación del clero, impartiendo él mismo algunas clases a los seminaristas. En este tiempo escribió e imprimió “La Pequeña Summa Teológica” e “Historias y doctrinas evangélicas”, dos obras ricas en doctrina y en piedad. En 1887 predicó la Cuaresma en San Miniato y consagró la diócesis al Sagrado Corazón de Jesús. Periódicamente, enviaba cartas pastorales tanto al clero como a los fieles y él mismo predicaba las misiones en la diócesis, visitaba los hospitales y las cárceles, llegando incluso a dar ejercicios espirituales a un grupo de presos. Dio clases de religión en el Colegio de Santo Tomás de Aquino en San Miniato, interesándose por los estudiantes, seglares y clérigos, no solo intelectualmente sino espiritualmente. Cuando el colegio fue cerrado a causa de sus deudas, él, aunque no estaba obligado, se hizo cargo de buscar el dinero para saldarlas.

Traslado a la cripta de la iglesia del Asilo en 1925.

Traslado a la cripta de la iglesia del Asilo en 1925.

Cuando en el año 1897 murió monseñor Barabesi, a pesar de su negativa, fue nominado obispo de San Miniato, nombramiento que fue recibido con mucho júbilo tanto por el clero, como por los religiosos y los fieles de la diócesis. En 1899 fue nombrado asistente al Solio Pontificio y el 18 de enero del año 1900 celebró las bodas de plata de su consagración episcopal. Cuando el 4 de agosto de 1906 se acercó al “Asilo” para celebrar la festividad de Santo Domingo, comenzaron a manifestársele los síntomas de una enfermedad hepática de la que nunca se recuperaría. A esto se le unió una ceguera prácticamente total que le obligó a solicitar ser relevado del gobierno de la diócesis, pidiendo retirarse al convento de Santo Domingo a fin de prepararse para la muerte en la quietud de su claustro.

San Pío X le aceptó la renuncia desligándolo de toda responsabilidad pastoral y el 14 de septiembre del 1906 nombró al entonces arzobispo de Pisa como administrador apostólico de la diócesis de San Miniato. Más tarde, en el 1908, fue elegido el nuevo obispo en la persona de monseñor Carlos Falcini, siendo elevado nuestro Beato a la dignidad de arzobispo de la sede titular de Sardica. Desde el 1906 al 1912, alternó su estancia entre el convento de Santo Domingo de Fiesole y el monasterio del “Asilo” en Florencia y como la ceguera le impidió tanto el leer como el escribir, se dedicó por completo a la meditación y a la oración, aunque en el 1908 se sometió a una operación de cataratas que le permitió, de manera parcial, el reiniciar la publicación de algunas otras obras. En Santo Domingo observaba estrictamente la Regla, siendo un verdadero modelo de vida para todos los frailes del convento. El 3 de noviembre de 1909 celebró las bodas de oro de su profesión religiosa y el 12 de febrero del año siguiente, el cincuenta aniversario de su ordenación sacerdotal. Estos dos acontecimientos le procuraron todo tipo de felicitaciones, incluida una carta personal del propio Papa. Tanto el convento de Santo Domingo como el monasterio del “Asilo” se disputaban el honor de la celebración de esta Misa de oro, pero él se sustrajo a toda fiesta y se retiró durante tres días al convento de los pasionistas en Galluzzo.

Sepultura en la cripta de la iglesia del Monasterio del Asilo.

Sepultura en la cripta de la iglesia del Monasterio del Asilo.

No obstante en empeoramiento de su salud, el 18 de febrero de 1912 se empeñó en iniciar la predicación de los ejercicios espirituales de las Hermanas del Asilo, pero la creciente fiebre le obligó a renunciar al sexto día. Con la esperanza de mejorar su salud cambiando de aires, volvió a Santo Domingo, aunque esta última tentativa para recuperar la salud resultó completamente inútil por lo que, como continuaba agravándose su enfermedad, el 29 de julio decidió retornar al “Asilo”, que era el lugar elegido para morir. Hemos de tener en cuenta que entre Florencia y Fiesole hay solo unos diez kilómetros de distancia, pero mientras Florencia está en la vega del río Arno, Fiesole se encuentra en un lugar más alto.

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El 15 de agosto del 1912, festividad de la Asunción de Nuestra Señora, el mismo día que él había profetizado, rodeado de sus hijas, murió en Florencia. Fue sepultado en el cementerio de Soffiano en Florencia, aunque el 21 de octubre de 1925 su cuerpo fue trasladado a la cripta de la iglesia del “Asilo”, donde aun descansa.

Sepultura en la cripta de la iglesia del Monasterio del Asilo.

Sepultura en la cripta de la iglesia del Monasterio del Asilo.

Su Causa de beatificación fue incoada en la diócesis de Florencia en el año 1941, concluyéndose el proceso informativo en el año 1959. El decreto validando sus escritos fue publicado el 3 de diciembre de 1971 y el que validó todo el proceso informativo, el 4 de junio del 2004. Fue declarado Venerable el 9 de octubre del año 2013 y el 17 de septiembre del año pasado fue decretada la aprobación del milagro previo a la beatificación, ceremonia que, como dije al principio, se celebra en el día de hoy.

Antonio Barrero

Enlace consultado (19/08/2015):
– www.suore.it

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San Barsoum al-‘Uryan el desnudo

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Icono copto del Santo.

Icono copto del Santo.

Barsoum (Barsauma), cuyo nombre en siríaco significa “hijo del ayuno”, nació en El Cairo a mediados del siglo XIII en el seno de una rica familia. Su padre, al-Wagih Mufaddal, era un secretario de la administración civil en tiempos del reinado de Saragat al-Durr (1250-1252), la última reina de la dinastía ayyubida y también la única mujer que ha gobernado en toda la historia del Egipto islámico. La madre de Barsoum pertenecía a la familia de al-Tabban, que también era muy rica e influyente. Algunos historiadores, como Graf y Coquin, sostienen que Barsoum también era un funcionario al servicio de Saragat al-Durr, pero este dato no es confirmado por ninguna fuente hagiográfica. Según la datación más probable – que es la que defiende Kamil -, durante el reinado de Saragat al-Durr, Barsoum era solamente un niño.

Después de la muerte de sus padres, un tío materno se quedó con toda la herencia que le correspondía a Barsaum y él, que tenía unos veinte años de edad, en vez de hacer valer sus derechos ante las autoridades civiles, decidió dejar el mundo con todas sus comodidades y vivir pobremente a las afueras de la ciudad. Llevaba puesta solamente una capa arrugada que apenas lo cubría y de ahí le viene el apelativo de “el desnudo”. El historiador Mufazzal al-Mufaddal afirma que Barsoum se dedicó a llevar una vida ascética pero no en las afueras de la ciudad, sino dentro de la iglesia de Harat Zuwaylah de El Cairo.

Transcurridos cinco años, Barsoum se estableció en una gruta dentro de la iglesia de San Mercurio, en el Cairo Viejo. A excepción del Sinaxario Copto y de un Antifonario también copto, el resto de las fuentes históricas dicen que dentro de la gruta había una enorme serpiente que, gracias a las oraciones de Barsoum, se convirtió en un animal doméstico que convivió con él por espacio de unos veinte años, pasados los cuales, el santo se mudó a la terraza de la iglesia, en la que vivió otros quince años.

Tumba del Santo.

Tumba del Santo.

En el año 1301 los musulmanes desencadenaron contra los cristianos una terrible persecución y para identificarlos, les obligaron a ir vestidos de azul. Barsoum no hizo caso, siguió con su raída capa y un turbante blanco, por lo que fue arrestado y encarcelado. El hagiógrafo Coquin defiende que el motivo del arresto fue otro: el santo habría permanecido de manera ilegal dentro de un edificio público. En prisión estuvo menos de una semana, pasada la cual le permitieron que viviera donde y como quisiera. Él, entonces, se fue al monasterio de Sahran, en las cercanías de Hilwan, al sur de El Cairo y continuó llevando el turbante blanco sin mostrar ningún miedo a las autoridades musulmanas. Así anduvo durante unos quince años, muriendo el día 5 del mes nasi del año 1033 (28 de agosto del año 1317), o sea, que murió siendo anciano.

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Fue sepultado en el monasterio de Sahran, que inmediatamente fue llamado monasterio de San Barsoum, que se convirtió en meta de peregrinación de fieles tanto coptos y de otras tradiciones cristianas, como musulmanes. Al santo se le atribuyen más de treinta milagros tanto realizados en vida como después de muerto y su fama de santidad traspasó las fronteras de Egipto e incluso, de la Iglesia Copta. Así lo recuerda el historiador melquita Ibn al-Suqa’i, que fue contemporáneo suyo.

Detalle de la tumba del Santo.

Detalle de la tumba del Santo.

Aunque era un asceta, en verdad no fue un monje en el sentido estricto de la palabra y no tuvo ninguna autoridad eclesial. Aun así, San Barsoum es uno de los santos más populares en Egipto. De hecho, la Iglesia Copta lo compara con Moisés, San Juan Bautista, San Pablo el primer ermitaño y San Antonio abad.

Antonio Barrero

Bibliografía:
– Crum, W.E., “Barsauma the Naked”, Sociedad de Arqueología Bíblica, 1907
– Tawdrus, S., “La diócesis de Hilwan y el monasterio de San Barsauma el desnudo”, al-Qahira, 1972.
– VV.AA., “El gran santo Apa Barsauma el desnudo”, al-Qahira, 1988
– VV.AA., “Historia de la vida del gran Santo Amba Barsauma el desnudo, en la historia de los padres de la Iglesia Copta”, al-Qahira, 1936.
– Wadi, A., “Bibliotheca sanctórum orientalium, tomo I”, Città Nuova Editrice, Roma, 1998.

Enlace consultado (23/08/2015):
– www.biblicalarchaeology.org

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