Beatas Odile Baumgarten y Marie-Anne Vaillot, mártires

Ilustración de las Beatas Odile Baumgarten y Marie-Anne Vaillot.

Ilustración de las Beatas Odile Baumgarten y Marie-Anne Vaillot.

Entre los 99 mártires de la Revolución Francesa cuya causa encabeza el sacerdote Guillaume Repin se encuentran dos religiosas pertenecientes a las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, que habían estado trabajando en el hospital de San Juan de Angers (Francia) cuando dieron su vida por la fe. Son las hermanas Odile Baumgarten (o Baugard, si se pronuncia su apellido de forma afrancesada) y Marie-Anne Vaillot, que, como la Beata Marguérite Rutan, Hija de la Caridad como ellas, y tantas otras de su misma congregación, murieron mártires en estos turbulentos años. Aprovechando que hoy es la festividad de su martirio, escribiremos sobre ellas, puesto que ambas fueron, de hecho, martirizadas juntas.

Dos Hijas de la Caridad
Odile Baumgarten o Baugard nació en la ciudad de Gondrexange, en la Lorena anexionada, el 15 de noviembre de 1750. Fue la cuarta hija de un molinero, Jean-Georges Baumgarten, y de su esposa Catherine Gadel, siendo bautizada al día siguiente. Sus tres hermanos mayores murieron en la infancia y muy pronto perdió a su padre y a un hermano menor recién nacido. A los 24 años de edad, el 4 de agosto de 1775, inició el postulantado de las Hijas de la Caridad en Metz, que era la capital de Lorena, siendo su primer destino un hospital en Brest, que fue destruido por un incendio apenas siete meses después de su llegada. Así que la trasladaron al hospital de San Juan de Angers, donde se la puso a cargo de la farmacia.

Por su parte, Marie-Anne Vaillot nació en Fontainebleau en 1734-36 -hay cierto baile de fechas en cuanto a su nacimiento, no estando claro si tenía 58 o 60 años en el momento de su martirio-, hija de un cantero, Étienne Vaillot, y de su esposa Anne Moran; siendo bautizada el 13 de mayo de ese año por François Brunet, sacerdote de la Misión. A los 27 años, el 25 de septiembre de 1761, entró en las Hijas de la Caridad en París, siendo el hospital de San Juan de Angers su cuarto destino.

Estampa devocional italiana de la Beata Odile Baumgarten, perteneciente a la serie del ilustrador Alberto Boccali ("Bertino").

Estampa devocional italiana de la Beata Odile Baumgarten, perteneciente a la serie del ilustrador Alberto Boccali (“Bertino”).

Este hospital, dedicado a San Juan Evangelista, había sido construido a finales del siglo XII por Enrique II Plantagenet como reparación por el asesinato de Santo Tomás Becket. En 1639 la administración había pasado a manos de las Hijas de la Caridad, siendo el primero del que ellas se encargaron por recomendación de madame Goussault a las autoridades municipales, después de haber visto que se encontraba en condiciones lamentables.

Tiempos difíciles
Hasta 1790 la Revolución se dejó sentir poco, aunque las hermanas estaban informadas de lo que sucedía en París por las cartas que llegaban de la capital. Pero en 1791 empezaron a sentirse presionadas por el juramento de fidelidad que todos debían prestar a la constitución civil del clero. Se vieron forzadas a cerrar la capilla del hospital en abril y se les prohibió tener de confesor al párroco local, porque no había realizado el juramento. La superiora general de la orden, la hermana Antoinette Taillade, protestó por ello y las autoridades municipales les permitieron tener cualquier confesor, pero realmente, los sacerdotes que no realizaban el juramento, salvo que estuvieran enfermos o fueran sexagenarios, eran arrestados y deportados. Esto produjo unos 264 sacerdotes exiliados de Angers. Y aunque a las hermanas se les permitió tener dos sacerdotes que habían tomado el juramento, y ellas permitieron que los enfermos decidieran si querían recibir o no los sacramentos de éstos, ellas, por su parte, preferían acudir a otros dos que no hubiesen jurado la susodicha constitución civil.

En agosto de 1792 se les exigió un nuevo juramento por ley, en nombre de la Libertad y la Igualdad, si se quería mantener un empleo por parte del Estado. La negativa suponía la pérdida del salario y, después de abril de 1793, la deportación a la colonia penal de la Guayana Francesa, en Sudamérica. En octubre de ese mismo año el juramento se hizo obligatorio para todas las órdenes religiosas femeninas. Al ser un tanto vago en términos, el juramento fue aceptado sin ser comprendido apenas. Con todo, la superiora, Antoinette Deleau, aconsejó a su comunidad ser prudentes, no enzarzarse en discusiones ni juicios de valor, no criticar otras religiones u opiniones.

Esta buena voluntad por parte de las religiosas fue en vano, ya que igualmente se vieron involucradas en la campaña anticlerical revolucionaria. El 9 de abril de 1792 la madre superiora comunicó que las Hijas de la Caridad, como las demás comunidades religiosas, habían sido legalmente suprimidas aunque no específicamente mencionadas. Les recomendó no abandonar a los pobres y seguir trabajando por ellos y por lo que hiciese falta siempre que no fuese en contra de la religión, la Iglesia o la conciencia de cada una. Pronto, se vio obligada por ley a dirigirse a sus hijas como “señoras”, ya nunca más como “hermanas”. Y pronto, se suprimieron también los hábitos religiosos, aunque ellas no lo abandonaron.

Monumento dedicado a las Beatas en Angers, Francia.

Monumento dedicado a las Beatas en Angers, Francia.

El comienzo del pulso
Durante la primera mitad de 1793 hubo revueltas contra las autoridades civiles por sus actividades antirreligiosas en Bretaña, Poitou y Anjou, pero en julio ya habían sido aplastadas. Después de esto, aumentó la represión. Ya en febrero, algunos ciudadanos de Angers habían pedido que las “aristócratas” que trabajaban en el hospital de San Juan debían ser llevadas ante el tribunal, acusándolas de tratar con dejadez y crueldad a los enfermos. En septiembre, ya pacificado el entorno, surgió de nuevo el tema a raíz de los roces a consecuencia de los problemas con el juramento de Libertad e Igualdad y el abandono del hábito religioso. El 2 de septiembre una guardia militar acordonó el hospital para evitar que las hermanas escapasen, y a las ocho los administradores civiles se reunieron con la superiora y otras tres hermanas.

Cuando se les planteó la problemática del juramento y el hábito religioso, ellas respondieron que no eran siervas civiles del Estado ni maestras -funcionarias públicas-, y que, por tanto, no estaban ligadas por ley a hacer ese juramento. Tampoco se habían desprendido del hábito porque las hacía más fácilmente reconocibles para los pacientes, y que era muy económico, pues duraba unos doce o quince años, cosa que no ocurría con la ropa de laico. Cambiar el vestuario de las treinta y nueve hermanas del hospital hubiese sido, pues, un gasto considerable.

La respuesta de las autoridades fue abrir un registro para que todas las mujeres que quisieran dedicarse al “cuidado de la humanidad” en el hospital, se apuntaran para prestar servicio y así poder echar a las Hijas de la Caridad. Pero sabían que esto iba a ser complicado, así que las presionaron de nuevo para que se quitaran el hábito, y las animaron a apuntarse en ese registro, animándolas a pensar sólo en “el amor al país, a la humanidad, la sumisión a las leyes y el deseo de cooperar en el fortalecimiento de la República”. Las autoridades centrales en París presionaban a su vez, por lo que el 9 de noviembre, se las presionó de nuevo localmente en ese sentido. Era un todo un pulso para ver quién cedía antes.

En ese mismo mes se confiscaron los vasos sagrados de la capilla, y el 15 de diciembre se hizo un inventario de los bienes de las hermanas, incluida la biblioteca, que tenía 130 libros encuadernados en piel, entre ellas, un comentario a las Sagradas Escrituras en 25 volúmenes. Las hermanas acabaron cediendo en lo de quitarse el hábito y sólo en eso, como ya habían anunciado.

Estampa devocional francesa de las dos Beatas.

Estampa devocional francesa de las dos Beatas.

El 29 de diciembre de 1793 la Convención dictó una nueva ley obligando a todas las religiosas a jurar por la Libertad y la Igualdad en diez días. La que se negara, iba a ser privada de salario, arrojada de su residencia y “considerada sospechosa y tratada en consecuencia”. El 5 de enero de 1794 se hizo saber a las hermanas de Angers que rechazar el juramento se consideraría “desobediencia formal a la ley y supondría el advenimiento de penas muy severas”. Los oficiales no paraban de visitar el hospital para presionar a las religiosas en pequeños grupos, de suerte que tres de ellas juraron el 19 de enero, y se sabe que muchas otras habrían jurado también de no ser por la “perfidia y sugestión, así como las malvadas resoluciones, de la susodicha Antoinette, de Marie-Anne y Odile”. Y aquí aparecen nuestras mártires ya como protagonistas y no sólo como integrantes de un gran grupo.

Prisión
Las autoridades recomendaron que estas tres mujeres, que habían fortalecido el resto de hermanas a no tomar el juramento, fueran retiradas inmediatamente del hospital. Antoinette Taillade, como ya hemos dicho, era la superiora; y ella, junto con Marie-Anne y Odile, fueron apartadas de las otras treinta y seis hermanas del hospital. La primera, naturalmente, por ser la superiora, pero las otras dos porque eran consideradas unas fuertes opositoras a las ideas revolucionarias, y se creía que tenían influencia sobre varias hermanas del hospital para hacerlas resistir a las intenciones de las autoridades civiles: “Es urgente excluir a estas tres personas tan peligrosas para el susodicho hospital como para sus compañeras. Que las dichas Antoinette, Marie-Anne y Odile sean arrestadas inmediatamente en la Casa de detención del Calvario”.

Las tres fueron inmediatamente arrestadas, pero no estuvieron mucho tiempo en prisión por la saturación de personas que habían sido arrestadas. Casi todas las casas religiosas de Angers eran ahora prisiones. Las tres Hijas de la Caridad se quedaron en el convento del Calvario hasta el 21 de enero. En esa fecha, Marie-Anne y Odile fueron separadas de Antoinette y trasladadas al convento del Buen Pastor. Según un informe de la época, las autoridades esperaban que se pudiera convencer a Antoinette de que convenciera al resto de la comunidad para que prestara juramento. No se quiso en ningún momento, en opinión del padre Gruget, que fue testigo y en cuyo diario nos basamos, poner en riesgo la vida de la superiora, pues pensaba que quizá las autoridades temían que si la madre Antoinette era ejecutada, las tres hermanas que habían jurado podían retractarse de lo hecho. Sin embargo, las intenciones para con Marie-Anne y Odile sí eran bien distintas. Ellas iban a ser convertidas en un ejemplo de lo que ocurría cuando rehusabas tomar el juramento revolucionario, tanto para asustar a la superiora, como para atemorizar al resto de las compañeras.

Detalle de las dos Beatas en una vidriera decimonónica francesa.

Detalle de las dos Beatas en una vidriera decimonónica francesa.

El 28 de enero de 1794, Marie-Anne y Odile fueron interrogadas en el convento del Buen Pastor. La transcripción del interrogatorio dedica nueve líneas a Marie-Anne y nueve a “Audile Bangard”, tal cual escribieron su nombre. “Marie-Anne Vaillot, de sesenta años de edad, natural de Fontenebleau, Hija de la Caridad del Hospital de San Juan de Angers, donde residía y donde fue arrestada el domingo hace ocho días por unos ciudadanos, ha dicho que el motivo de su arresto fue el no haber prestado el juramento y no querer prestarlo. No teme nada de lo que puedan hacerle, en sus respuestas se reconoce fácilmente que es una fanática y rebelde a las leyes de su país, no ha oído nunca la Misa de un sacerdote juramentado”.

“Audile Bangard, de cuarenta y tres años de edad, natural de Gondesconge en Lorena, Hija de la Caridad del Hospital de San Juan de Angers, donde residía y donde fue arrestada el domingo hace ocho días por unos ciudadanos, ha dicho que el motivo de su arresto fue el no haber prestado el juramento, no quiere prestarlo, no teme nada de lo que puedan hacerle, en sus respuestas se reconoce fácilmente que es una fanática rebelde a las leyes de su país”.

En el margen de la página del informe se ve la letra F, de “fusillade”, en francés, un indicativo de cómo debía ser ejecutada: por fusilamiento, como los pobres, ya que la guillotina, menos dolorosa, era para gente más adinerada. Casi exactamente las mismas palabras, y desde luego la misma F, fueron el obsequio para Odile.

Vía Crucis de las dos religiosas
El pelotón de fusilamiento operaba en el claustro de un antiguo priorato, a dos kilómetros de Angers, hoy conocido como Campo de los Mártires, donde se ejecutó a personas el 12, 15, 18, 20, 21 y 22 de enero de 1794. Los condenados eran atados en parejas a una cuerda central y se les hacía marchar desde las prisiones hasta el lugar. Los que no podían andar eran llevados en carro. Comenzaba un largo y horroroso via crucis para los prisioneros.

Ilustración de las dos Beatas, atadas juntas. Odile reclinada en Marie-Anne.

Ilustración de las dos Beatas, atadas juntas. Odile reclinada en Marie-Anne.

A Marie-Anne y a Odile se las ejecutó el 1 de febrero, aunque hubo ejecuciones posteriores el 10 de febrero y el 6 de abril, hasta completar más de dos mil personas ejecutadas en Angers. Mientras eran llevadas al lugar del fusilamiento, atadas la una a la otra a la cuerda central, y según cuenta el padre Gruget en su diario, Odile se sintió conmocionada al ver la fila de 398 desdichados condenados -mujeres en su mayoría- que, como ellas, iban a la muerte. Sin poder retroceder, palideció y se tambaleó. Marie-Anne, conmovida, la abrazó contra su pecho y le dijo: “No, querida hermana, no te debilites; la gracia te será dada de lo alto en abundancia, y te sostendrá. Esta corona que tanto hemos deseado, que tanto hemos ambicionado, está cerca de nosotras; unos pocos instantes, y la tendremos”. “La dulce hermana Odile Baugard, cuenta el manuscrito del Hospital, otra fuente fundamental del momento, parecía un poco preocupada al ver los preparativos; tenía miedo de carecer de coraje; pero, al salir de la cárcel, apoyándose en el brazo de la hermana Marie-Anne, porque ambas estaban atadas a la misma cuerda, ella encontró, en la fuerza de esta noble amiga, una fortaleza que hizo desaparecer en ella todo el miedo”.

Otra de las anécdotas que se cuentan es que una mujer piadosa, compadecida, les trajo un par de velos para que se cubrieran el rostro, porque sólo les habían permitido ponerse el tocado sobre la cabeza y entendía que ellas, siendo religiosas, debían estar sufriendo de verse expuestas así a las miradas del populacho. Cuando insistió en que tomara los velos que les ofrecía, Marie-Anne los rechazó diciendo: “No, no vamos a esconder nuestras caras, ¿es que es una vergüenza morir por Jesucristo? Más bien al contrario, todo el pueblo debe vernos y aprender de nosotras cómo se muere por la fe”. Así lo cuenta el padre Gruget; el manuscrito del Hospital, en cambio, indica: “Ellas no quisieron que ni capuchas ni mantos les taparan la cara, sino que llevaron simples tocados y así fueron con la cabeza alta hacia el suplicio, recitando los salmos de la Iglesia, desde la calle de San Nicolás hasta el Campo de los Mártires…”

Cuando la cola de prisioneros se sacudía, la hermana Marie-Anne, tan ardiente como compasiva con los sufrimientos del prójimo, consolaba a los condenados que le quedaban más cerca y que la podían oír, no sólo recomendándoles resignación sino tratando de contagiarles su entusiasmo de mártir: “Sólo un esfuerzo más, les decía, y la victoria será nuestra”. Estas palabras eran de una gran fortaleza para ellos y para su compañera Odile, tan víctima como todos de las penurias de la marcha y la dura prisión. “Una y otra se miraban, dice el manuscrito, con pío y tierno afecto, y de los labios de ambas se pudo oír aquel día varias veces la frase: “Nos está destinada una corona, no la perdamos hoy”.

Vidriera completa. La Beata Marie-Anne exhorta a la Beata Odile diciéndole que una corona les espera en el cielo.

Vidriera completa. La Beata Marie-Anne exhorta a la Beata Odile diciéndole que una corona les espera en el cielo.

En cierto momento, Odile, que como hemos dicho era la más delicada de las dos, no pudo resistir la pesadez de la marcha y, soltando un grito, se desplomó en el suelo, parando el transitar de prisioneros y alarmando a la fila entera. Se acercaron los guardias y querían agarrarla y tirarla brutalmente encima de un carro como a los otros que no podían caminar, pero Marie-Anne lo impidió interponiendo su cuerpo entre el de su compañera y el de los guardias; luego, con ternura, la levantó, la abrazó y, dedicándole palabras tiernas y caricias, la sostuvo y así Odile pudo seguir la marcha con su cabeza apoyada en el hombro de Marie-Anne. “Ella (Marie-Anne) le decía (a Odile) que (Odile) sería la primera en morir y que lo haría en el acto”, contaron los testigos; lo cual no deja de ser impactante, porque así sucedió. La enérgica monja acababa de profetizar los detalles de su martirio, o acaso lo había decidido así, que su débil compañera debía morir primero, rápido y con el menor dolor posible, reservándose a sí misma un peor martirio por compasión.

Pero los padecimientos iban a seguir y la prueba es que durante su momentáneo desmayo, a Odile se le había caído el rosario, que había logrado esconder entre sus ropas, pero que tenía prohibido conservar. Al agacharse a recogerlo, uno de los soldados, furioso al descubrir el objeto, le arreó tal culatazo en la mano que se la fracturó, causándole una gran hemorragia. Aún hoy, las Hijas de la Caridad veneran una gruesa piedra hallada en el lugar sobre la cual creen que la mano de la Beata Odile fue aplastada por la culata del fusil, tal cual si fuera una preciosa reliquia.

Las dos hermanas habían rezado durante todo el trayecto, tanto salmos como otros cánticos de la Iglesia, pero al llegar a Haie-aux-Bon-Hommes, donde iban a ser fusiladas, Marie-Anne, siempre llevando la voz cantante, empezó a recitar las Letanías de Nuestra Señora, que fueron inmediatamente seguidas por el resto de prisioneros con la invocación: “Virgen, en ti pongo mi confianza”. Iban acompañados de una banda militar y algunos de los más ardientes revolucionarios habían acudido para ver el espectáculo, refiriéndose a este tipo de escenas como “los días más felices de sus vidas”. Sin embargo, al ver la piadosa escena de las personas entonando las letanías a una, uno de estos revolucionarios no pudo evitar exclamar: “¡Duele ver morir a mujeres como éstas!”

Martirio de las Beatas.

Martirio de las Beatas.

La última oportunidad
Llegados al lugar de la ejecución, las víctimas fueron colocadas en fila ante el pelotón de fusilamiento. Sólo se daba una única descarga con los fusiles, y aquellos que no morían tras la primera ráfaga eran rematados con la espada o con la bayoneta.

A medida que los prisioneros iban entrando, siendo fusilados y cayendo en las fosas excavadas delante, otros que no las habían visto antes se dieron cuenta de las dos Hijas de la Caridad que estaban entre ellos. Se quedaron estupefactos: “¡Son hermanas!”, dijeron, “¡Hermanas del hospital! ¿Ellas también? ¡No es posible! ¡No deberían morir como nosotros!”. Y volviéndose hacia los verdugos, gritaban: “¡Piedad para las hermanas! ¡Piedad para las hermanas!”, haciendo que éstos se miraran entre ellos, sorprendidos. El oficial Ménard, que estaba a cargo del pelotón de fusilamiento, se dirigió hacia ellas y les dijo: “Aún es hora de escapar a la muerte. Vosotras habéis prestado servicio a la humanidad, pero por causa de un miserable juramento, ¿perderéis la vida y echaréis a perder tantas buenas obras en un solo día? No será así. Volved a casa y seguid prestando servicio. Si os repugna y os contraría, no hagáis el juramento, que yo me voy a encargar de decir que lo habéis hecho y os doy mi palabra de que no os harán nada, ni a vosotras ni a vuestras compañeras de prisión”.

La oferta no era cosa de risa y realmente el oficial estaba arriesgando su carrera y su vida con tal de salvar a las dos religiosas. Pero ellas ni querían tener la vida de nadie sobre su conciencia, ni ocultarse tras una mentira por salvar la vida. La misma Marie-Anne, en su nombre y en nombre de su compañera, respondió: “Gracias, señor, por vuestra oferta generosa; pero nuestra conciencia nos ha impedido hacer ese juramento, y tampoco queremos que se crea que lo hemos hecho”. Y así, demostraron tener una delicadeza de conciencia admirable, similar a la de los mártires de la Antigüedad que no aceptaron el libellum, el documento que estipulaba que habían sacrificado a los dioses paganos aunque no necesariamente lo hubiesen hecho.

Martirio
Había llegado el momento del martirio, y colocadas una junto a la otra, todavía atadas, en la fila de víctimas dispuestas para el fusilamiento, las dos hermanas, como todos los demás, recibieron la descarga de los fusiles. Tal y como Marie-Anne le había augurado, Odile tuvo la suerte de morir en el acto, acribillada inmediatamente por muchas balas. Se tambaleó y se hubiera desplomado en el suelo de no ser porque Marie-Anne, que sólo tenía un brazo roto por la descarga, la sostuvo contra su pecho, mientras seguía mirando al cielo, sin dejar de rezar: “¡Perdónales, Señor, le oyeron exclamar, porque no saben lo que hacen!”, y a pesar de tener el brazo destrozado, no soltó el cadáver de su compañera.

La Beata Marie-Anne sostiene el cadáver de la Beata Odile. Ilustración contemporánea.

La Beata Marie-Anne sostiene el cadáver de la Beata Odile. Ilustración contemporánea.

No se sabe exactamente cómo pudo Marie-Anne consumar su martirio, pero a tenor de lo dicho, es muy probable que uno de los soldados la rematara a golpe de sable, de bayoneta o incluso a culatazo limpio. Se sabe que muchas víctimas murieron con el cráneo aplastado a culatazos y que otras, no rematadas adecuadamente, llegaron a ser enterradas todavía vivas en las fosas comunes. Había predicho que Odile moriría primero y rápido, a ella le tocó una muerte más lenta y atroz. Dios haya querido no fuese la peor de las opciones posibles para los que no murieron fusilados.

Era el 1 de febrero de 1794. Odile tenía 44 años de edad y Marie-Anne tenía 58 o 60, en función de qué año de nacimiento estipulado para ella tomemos como válido.

Beatificación:
Como sabemos, el 19 de febrero de 1984, el papa San Juan Pablo II beatificó a 99 mártires de Angers y, entre ellos, a nuestras dos protagonistas de hoy. En su homilía, el Papa se vio obligado a hablar en términos muy generales debido a la gran cantidad de nuevos Beatos, pero llegó a mencionar a algunos por su nombre. Entre ellos, quiso recordar las palabras de consuelo que, en su hora solemne, Marie-Anne dirigió a Odile: “Tendremos la felicidad de ver a Dios y poseerle por toda la eternidad… y seremos de Él sin miedo y sin ser jamás separadas de Él”.

Meldelen

Enlaces consultados (30/01/2015):
– http://famvin.org/wiki/Odile_Baumgarten_and_Marie-Anne_Vaillot
– http://shenandoahdavis.canalblog.com/archives/2014/11/23/31011974.html
– http://somos.vicencianos.org/blog/beatas-maria-ana-vaillot-y-odilia-baumgarten

Santas Atanasia e hijas, mártires en Egipto

Estampa devocional copta de las Santas. Fuente: www.takla.org.

Estampa devocional copta de las Santas. Fuente: www.takla.org.

Hoy, día 31 de enero, se conmemora el martirio de cuatro mujeres cristianas en la villa de Canopo, en Egipto. No son unas mártires relevantes ni muy conocidas, al estar insertadas en la passio de otros dos Santos mucho más relevantes y conocidos, los santos médicos y mártires Ciro y Juan, pero de todos modos he querido hablar de ellas porque, especialmente en el mundo ortodoxo, cuentan con una memoria aparte. Son las Santas Atanasia, madre, y sus tres hijas adolescentes, Teoctista, de quince años de edad, Teódota, que tenía trece, y Eudoxia, que sólo tenía once. Mi intención en este artículo es centrarme en ellas cuatro, para dejar a mis compañeros la posibilidad de dedicar otro artículo más específico a los Santos Ciro y Juan, que merecen un tratamiento aparte.

Passio de las Santas
Sabemos que esta familia de mujeres fue detenida, por ser cristiana, en la localidad egipcia de Canopo. En esta zona obraban entonces los caritativos Ciro y Juan, siendo el primero monje y médico y el segundo, que había sido oficial romano en Edesa, al conocer su ejemplo se unió a él para vivir una vida de ascetismo y de atención a los enfermos sin cobrar por ello, al tiempo que predicaban el Evangelio.

Cuando supieron que aquella madre y sus tres hijas, que eran prácticamente niñas, habían sido arrestadas, los dos varones temieron que renunciaran a su fe cristiana cuando se enfrentaran a las torturas. Así que se las arreglaron para visitarlas en la prisión y animarlas a afrontar lo que pudiera sobrevenirles a causa de sus creencias.

Pero el gobernador de Canopo supo de esta incursión y mandó arrestar a Ciro y a Juan, y viendo su firme confesión de la fe en Cristo, mandó traer a Atanasia y a sus tres hijas para que fueran testigos del martirio de los dos Santos, a los que no escatimó ningún tipo de tortura: apaleados, quemados sus costados con antorchas y salpicadas sus heridas con sal y vinagre. Pero ellas no se atemorizaron del espectáculo y, valientemente, también confesaron a Cristo.

Martirio de los Santos Ciro, Juan, Atanasia e hijas.

Martirio de los Santos Ciro, Juan, Atanasia e hijas.

Entonces, fueron azotadas, mientras Ciro y Juan las animaban a no abandonar la fe a pesar del dolor. Gracias a los ánimos y los consejos de sus compañeros, las cuatro mujeres pudieron resistir aquella prueba y se mantuvieron fieles, siendo martirizadas por decapitación. Pocos días después, Ciro y Juan fueron también decapitados. Era el año 303, en tiempos de Diocleciano.

Veneración
En realidad no se puede decir mucho más de estas Santas, puesto que son conmemoradas en el Sinaxario Constantinopolitano, aunque muy secundariamente, junto a los Santos Ciro y Juan, en el día 31 de enero por su martirio y en el 28 de junio, por el traslado de las reliquias de éstos a la iglesia de San Marcos de Alejandría, donde reposaban a principios del s.V. Es muy posible que sólo sean personajes propios de la narración de la passio de los Santos, aunque desde luego no encontramos ningún dato inverosímil y eso hace su existencia histórica bastante plausible.

Naturalmente, existen otras muchas Santas -mártires y no mártires- que comparten nombre con nuestras protagonistas de hoy, pero no deben ser confundidas con éstas.

Martirio de los Santos Ciro, Juan, Atanasia e hijas. Menologio de Basilio II, s. XI. Biblioteca Apostolica Vaticana, Roma (Italia).

Martirio de los Santos Ciro, Juan, Atanasia e hijas. Menologio de Basilio II, s. XI. Biblioteca Apostolica Vaticana, Roma (Italia).

Troparion en el Tono 4:
Tu santa mártir Atanasia, oh Señor, a través de sus sufrimientos ha recibido una corona incorruptible de Ti, nuestro Dios. Por tener Tu fortaleza, derrotó a sus adversarios y destruyó el impotente atrevimiento de los demonios. A través de sus intercesiones, ¡salva nuestras almas!

Meldelen

Enlaces consultados (29/0/2015):
– http://full-of-grace-and-truth.blogspot.com.es/2009/06/sts-cyrus-and-john-holy-unmercenaries.html
– http://www.johnsanidopoulos.com/2010/01/martyrdom-of-sts.html
– http://oca.org/saints/lives/2015/01/31/100382-martyr-athanasia-and-her-daughters-at-canopus-in-egypt
– http://www.santiebeati.it/dettaglio/90327

Beato Martín Martínez Pascual, sacerdote mártir

Fotografía del Beato, tomada por el periodista alemán Hans Gutmann minutos antes de morir fusilado.

Fotografía del Beato, tomada por el periodista alemán Hans Gutmann minutos antes de morir fusilado.

“Hermano, siervo de Dios, practica… la religión” (cf. 1 Tim 6,11). Haciendo referencia a estas palabras del Evangelio, se dirigía San Juan Pablo II al grupo de sacerdotes mártires de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos que fueron beatificados el 1 de octubre de 1995. Estas palabras encajan a la perfección con el carisma fundado por el Beato Manuel Domingo y Sol, que se encargaba precisamente de esto: formar a futuros sacerdotes y catequizar a todos los necesitados.

Infancia
En el pueblo de Valdealgorfa, provincia de Teruel, nació el día 11 de noviembre de 1910 el niño Martín Martínez Pascual. Sus padres eran un matrimonio muy trabajador y cristiano. Dº Martín Martínez Callao era un conocido carpintero de la localidad y Dña Francisca Pascual Amposta era ama de casa. El matrimonio se esforzó en inculcar muchos y buenos valores a sus tres hijos, los educaron en la Fe cristiana desde una religiosidad sencilla. Al día siguiente de nacer, lo bautizaron en la majestuosa iglesia de Nuestra Señora de la Natividad. Le pusieron el nombre de Martín en honor a su padre.

Como todos los niños en su infancia, era travieso y alegre, le gustaba pasar largas jornadas de juegos con sus amigos, llevaba siempre la iniciativa. En el año 1919, cuando contaba con nueve años de edad, ayudaba como monaguillo en el convento que las Hermanas Clarisas tenían cerca de su casa; con estas religiosas le unió hasta su muerte un gran cariño. Aquí se sintió muy atraído por la adoración al Santísimo Sacramento. Le llamó especialmente la atención cómo estas religiosas se arrodillaban y pasaban largas horas de recogida oración delante de la custodia o el sagrario, adorando a Jesús Sacramentado. Este hecho con toda probabilidad fue el que influyó a la hora de encauzar su vida por el sacerdocio, ya que desde muy joven dijo a sus padres que quería ser sacerdote. Uno de sus amigos de infancia recuerda al Beato Martín de esta forma: “De chico era muy bueno y muy piadoso. Animaba a los demás chicos a ser buenos y rezaba con ellos”, Martín “era un santito”.

Los nueve sacerdotes operarios diocesanos beatificados el 1-X-1995. El Beato Martín está marcado con un asterisco.

Los nueve sacerdotes operarios diocesanos beatificados el 1-X-1995. El Beato Martín está marcado con un asterisco.

Vocación
Como ya hemos dicho, el joven Martín sintió muy pronto la llamada al sacerdocio, casi con toda la seguridad podamos decir que esta vocación maduró día tras día en este convento de las Clarisas. Sus padres tenían mucho interés en que el joven fuese Guardia civil, era una carrera con bastantes salidas en aquella época, aparte de que estaba bien vista por la sociedad. Martín era buen estudiante y sus padres estaban convencidos de que no le supondría mucho esfuerzo sacar esta carrera, pero él dijo que no, que sería sacerdote, y así se lo hizo saber al párroco, Dº Mariano Portolés Piquer. Este sacerdote fue muy querido en Valdealgorfa por encargase de cuidar y dirigir las vocaciones religiosas que surgían en este pueblo- que eran muchas –, a todos los seminaristas y novicias daba muy buenos consejos que acompañarían a éstos a lo largo de sus vidas. Algunos vecinos y compañeros del Beato declararon que la vocación del Beato Martín podría venir del ejemplo de Dº Mariano, ya que era un sacerdote modelo que suscitó muchas vocaciones gracias sus virtudes.

Con inmensa alegría marchó desde su pueblo natal hasta el Seminario menor de Belchite (Zaragoza). En los primeros años no destacó del resto de seminaristas, era un seminarista más, aplicado en los estudios y obediente en lo que le encargaban sus superiores. En el tiempo libre que tenía con los demás seminaristas no dejó a un lado sus travesuras, le gustaba gastar pequeñas bromas. Esto cambió de alguna forma cuando empezó a estudiar la materia de filosofía, a partir de entonces se esforzó mucho por alcanzar la perfección en todo aquello que emprendía. No podemos confundir su cambio con una especie de misticismo, todo lo contrario, él siguió esforzándose con la misma sencillez y naturalidad de siempre, aunque sí que es cierto que en esto tuvo que ver mucho “Historia de un alma”, libro de Santa Teresita de Niño Jesús (durante ese tiempo, el Beato Martín leyó este libro). La alegría que desbordaba por donde pasaba todos la recuerdan como una de sus mayores virtudes, era una alegría natural que cautivaba a todos con los que trataba.

Composición fotografica de los mártires de la H.S.O.D. El asterico marca al Bto Martín.

Composición fotografica de los mártires de la H.S.O.D. El asterico marca al Bto Martín.

En esta última etapa del Seminario de Belchite dejó muy buen recuerdo en todos los seminaristas menores. Estos jóvenes lo recuerdan como un hermano mayor muy alegre y simpático, encargado de hacer de mediador en los roces de caracteres que surgían entre ellos. A parte también lo recuerdan por su amor al Santísimo Sacramento, a la Inmaculada Concepción, a San José y a Santa Teresita del Niño Jesús. Sin ni tan siquiera él saberlo, empujaba con su devoto ejemplo a hacer lo mismo a los jóvenes seminaristas, en concreto a visitar al Santísimo y pasar largas jornadas adorándolo. Dº Martín Fuster, paisano suyo y entonces seminarista, lo recuerda de esta manera: “En el Seminario, sobre todo los últimos años, fue ejemplar. En vacaciones era seminarista modelo y apóstol entre nosotros, los seminaristas más pequeños. Ya entonces gozaba de fama, no solamente de bueno, sino de santo”.

En el año 1932 ya estaba cerca el fin de su carrera y con ello pronto sería ordenado sacerdote. El día 12 de noviembre, un día después de haber cumplido veintidós años, recibió la tonsura, un día después los ministerios de ostiario y lector, pocos días más tarde los de exorcista y acólito.

Sacerdote de la Hermandad de los Sacerdotes Operarios Diocesanos
Desde que el Beato Martín leyó los libros de Santa Teresita del Niño Jesús deseaba ser misionero, a medida que pasaba el tiempo está más convencido de serlo. No encontró facilidades para cumplir este deseo, él quería cumplirlo de inmediato y esto conllevaba una serie de “burocracias” que se resolverían a largo plazo, y no a corto plazo como era su deseo.

En el año 1934 solicitó entrar en la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos, instituto fundado por el Beato Manuel Domingo y Sol. El Director General de la Hermandad era Dº Pedro Ruiz de los Paños (beato y mártir), fue él quien dirigió la solicitud de admisión al arzobispo de Zaragoza, quien finalmente lo admitió. Según él mismo Beato Martín contó en una ocasión, ingresó en la Hermandad de los Sacerdotes Operarios con el celo de preparara sacerdotes santos con espíritu apostólico que llevaran el mensaje del Evangelio por todas partes del mundo. Estaba convencido de que siendo él mismo un santo dentro de la Hermandad, surgirían vocaciones de misioneros santos en todos los seminarios de este instituto. En cambio, su familia no mostraba mucho agrado por la idea de que ingresara en la Hermandad, pensaban que en una parroquia de la diócesis podría estar más comunicado con los padres, que ya eran mayores. Finalmente, vieron con buenos ojos su reciente ingreso.

Estampa devocional de los Beatos Mártires.

Estampa devocional de los Beatos Mártires.

En 1934, marcha para Tortosa (Tarragona) donde la Hermandad tenía sus principales casas y seminarios. Aquí se prepara con mucha humildad, alegría, confianza e intensa oración para su ordenación. El 4 de noviembre de 1934 fue ordenado subdiácono, el 10 de febrero de 1935 fue ordenado diácono y el 15 de junio de 1935 recibió la ordenación sacerdotal en Tortosa. Cantó la primera misa en la casa de Probación y después marchó hasta su pueblo, Valdealgorfa, para celebrar su segunda misa. Era el día del Corpus Christi y por la tarde sacó al Santísimo Sacramento en procesión por el pueblo.

Formador de sacerdotes en Murcia y última prueba: el martirio
En el curso que comprendía entre los años 1935-36, el Beato Martín fue destinado al colegio de vocaciones de San José en Murcia como formador y también como profesor de latín en el seminario Mayor de San Fulgencio. Era su primer destino como sacerdote y lo desempeñó poniendo todas sus fuerzas e ilusión. En este año su trabajo hizo una gran reforma, fue muy valorado y reconocido por superiores y alumnos. Muchos de sus alumnos dirían: “De no haber sido mártir, habría llegado a ser Santo de todas formas”.

En 1936 el ambiente político ya empezaba a preocupar al joven Dº Martín, no obstante, no se vino abajo por nada de lo que se veía y oía en la ciudad, mostraba siempre su confianza en la Providencia. Si por algo se preocupaba era por los jóvenes seminaristas, por si perdían la vocación en estos difíciles momentos. El 26 de junio de 1936 marchó para Tortosa a unos ejercicios espirituales, donde muchos de los sacerdotes de la Hermandad asistían (de los treinta asistentes a dichos ejercicios, murieron mártires veintidós). Terminados los ejercicios se dirigió a su pueblo natal, ese mismo día unos milicianos de otra localidad venían con órdenes estrictas de persecución a Valdealgorfa. Por esta razón celebró su última misa en público, comulgaron todas las monjas y los sacerdotes concelebrantes con el mayor recogimiento.

Desde este mismo día no le quedó otra opción que vivir oculto y vestir como laico. Estando oculto en la casa de sus padres, los milicianos fueron a buscarlo en varias ocasiones y él huía saltando tapias de una casa a otra, llevando encima el Santísimo Sacramento por si tenía ocasión de visitar por la noche a algún enfermo o moribundo. Después de deambular de casa en casa de sus buenos vecinos, marchó a ocultarse en una cueva a las afueras del pueblo. Aquí permaneció más de veinte días, que fueron su particular Viacrucis. Jesús Sacramentado, que lo acompañaba en esas horas amargas, era su fortaleza, intensificaba la oración y rezaba sin descanso, estaba seguro de que le quedaba poco tiempo para morir mártir.

Templo de la Reparación de Tortosa, España. Aquí yacen algunos Beatos de la H.S.O.D

Templo de la Reparación de Tortosa, España. Aquí yacen algunos Beatos de la H.S.O.D

El día 18 de agosto el comité emitió un bando para que se presentaran todos los sacerdotes del pueblo, al no acudir el Beato Martín, arrestaron a su padre con la amenaza de matarlo. Unos vecinos le hicieron llegar la noticia a la cueva donde se ocultaba y de inmediato corrió sin descanso para llegar al pueblo. Muchos vecinos se lo cruzaron y aseguraban que estaba alegre y sin muestras de miedo. Un miliciano amigo de la familia se acercó y le dijo que a él y a su padre no les pasaría nada, pero Martín le dijo al miliciano que les perdonaba a todos, a continuación le dio un abrazo para sus familiares y le aseguró que perdonaría a sus asesinos. Al poco tiempo fue detenido por confesar que era “Martín Martínez, sacerdote como los demás detenidos”. Sólo permaneció unos minutos encarcelado junto los demás sacerdotes del pueblo, en estos pocos minutos le dio tiempo a compartir las sagradas formas que llevaba ocultas, así pudieron comulgar todos. Seguidamente los montaron en un camión y pasaron a recoger a un grupo de seglares que tenían presos en una ermita, al subir éstos al camión, el Beato Martín dijo en voz alta: “¡Qué lástima no haber sabido yo esto, porque hubieran participado también éstos del banquete celestial!”.

En el momento final, los milicianos le dijeron que si quería decir sus últimas palabras, muy sereno dijo: “Yo no quiero sino daros mi bendición y que Dios no os tome en cuenta la locura que vais a cometer”. Acto seguido le ordenaron que se volviera de espaldas, y se dirigió a los milicianos diciendo: “Moriré de frente porque no he hecho ningún mal”. Al empezar los disparos gritó: “¡Viva Cristo Rey!” y se abrazó al joven Martín Fuster, que apenas había cumplido un mes desde que cantara su primera misa. Esto fue una prueba más de su protección, cariño y unión por las jóvenes vocaciones sacerdotales. Tenía veinticinco años y como vemos en la foto que abre el artículo murió alegre, sereno y amando a la Iglesia.

Beatificación
Después de reconocerse el martirio de este grupo de nueve Sacerdotes Operarios Diocesanos, encabezado por el Beato Pedro Ruiz de los Paños, fueron beatificados por San Juan Pablo II el 1 de octubre de 1995, junto a varios grupos de otros mártires del siglo XX de España. Estos nueve mártires no recibieron juntos el martirio, tampoco el mismo día, ni siquiera en la misma ciudad, pero la H.S.O.D unificó las causas. Actualmente los restos de parte de ellos descansan en el templo de la reparación de Tortosa.

David Garrido

Bibliografía:
– RUIZ MARTÍNEZ, Francisco, Beato Martín Martínez, sacerdote mártir, 1910-1936.

Enlaces consultados (28/01/2015):
– www.eltestigofiel.org/lectura/santoral.php?idu=4862
– www.sacerdotesoperarios.org

San Feliciano en Giugliano

Detalle del busto de la figura que contiene las reliquias de San Feliciano, mártir de las catacumbas venerado en Giugliano, Italia.

Detalle del busto de la figura que contiene las reliquias de San Feliciano, mártir de las catacumbas venerado en Giugliano, Italia.

Introducción
La vida cristiana está marcada por el don del Espíritu Santo que habla en nosotros y nos hace reconocer a Dios como Padre. El Espíritu de Jesús es el don que, de ser aceptado por nuestra libertad, ligándonos a Cristo, nos une a su destino: la santidad. De hecho, la Plegaria Eucarística III dice: “Padre Santo, fuente de toda santidad”; es el Padre que en Cristo, por obra del Espíritu Santo, aceptado por nuestra libertad, nos santifica. Así que cada uno de nosotros puede decir con el apóstol Pablo: “Por la gracia de Dios soy lo que soy y su gracia en mí no ha sido vana”. El Espíritu Santo, la gracia de Dios, nos es concedida a todos, es un don gratuito de Dios, es un don igual para todos porque es uno y es indivisible. Lo que crea la diversidad es causada por la respuesta de la libertad de cada uno de nosotros. Es precisamente aquí donde está la diferencia entre todos nosotros y los santos.

La Iglesia, según su tradición, venera a los santos y honra a sus reliquias y a sus imágenes; en las fiestas de los santos proclama las maravillas de Cristo en sus Siervos y le propone a los fieles ejemplos a los que imitar. Los primeros santos venerados en la Iglesia fueron sus propios mártires (testigos): aquellos hombres y mujeres que derramaron su sangre por mantenerse fieles a Cristo, el cual había sacrificado su vida por todos en la cruz: “Ninguno tiene un amor más grande que el que da la vida por sus amigos”. Jesús había preanunciado las persecuciones a las que se verían sometidos sus discípulos: “Yo os envío como ovejas en medio de lobos… seréis conducidos ante los gobernadores y reyes por mi causa, para dar testimonio ante ellos y ante los paganos. Y cuando seáis entregados en sus manos, no os preocupéis cómo y qué cosas deberéis decir: No seréis vosotros quienes habléis sino el Espíritu del Padre el que hablará por vosotros”.

La historia de la Iglesia, en todos los tiempos y en todos los lugares, desde la época apostólica hasta nuestros días, ha estado marcada por el testimonio de innumerables cristianos que han sido arrestados, torturados y matados por odio a Cristo. El martirio ha sido siempre tenido por los cristianos como un don, una gracia, un privilegio, la plenitud del Bautismo, porque así “somos bautizados en la muerte de Cristo”. El Concilio Vaticano II afirma: “desde los primeros tiempos, algunos cristianos han estado llamados a dar este supremo testimonio de amor delante de todos y también delante de los perseguidores y otros seguirán siendo llamados. El martirio hace al discípulo similar a su Maestro, que aceptó libremente la muerte para salvar al mundo y lo confirma con el derramamiento de su sangre; porque el martirio es estimado por la Iglesia como un don eximio, como una prueba suprema de caridad”. Fueron sobre todo los primeros cuatro siglos de la Iglesia los que se caracterizaron por feroces persecuciones que dieron un sin fin de mártires, que revelaron la fuerza del Espíritu del Padre hasta el punto de que Tertuliano decía a los paganos: “La sangre de los mártires es semilla de cristianos”.

Vista de la lápida de San Feliciano, mártir de las catacumbas venerado en Giugliano, Italia.

Vista de la lápida de San Feliciano, mártir de las catacumbas venerado en Giugliano, Italia.

Los cuerpos santos
Con el término “cuerpo santo” se identifican a aquellas reliquias óseas que, provenientes de las catacumbas romanas y no sólo de ellas, fueron trasladadas a la ciudad de Roma y repartidas por todo el Orbe en un perídodo que comprende desde finales del siglo XVI a la segunda mitad del siglo XIX. Pero ¿por qué “cuerpo santo” y no “santo cuerpo”? La posición diferente del atributo (santo) respecto al objeto (cuerpo) determina una sustancial diferencia: podemos definirla como una certeza de identidad del sujeto. El “cuerpo santo”, como tal, es un objeto, el cuerpo de un difunto de las catacumbas, que solo con posterioridad ha tenido un valor sagrado. Pero, ¿cómo reconocer un “cuerpo santo” de las catacumbas? ¿Es que todas las sepulturas eran de mártires?

Este es un gran discurso que dejamos a otros estudiosos; aquí sólo queremos recuperar a Marcantonio Boldetti (el famoso custodio pontificio encargado de la extracción de los cuerpos de las catacumbas), el cual daba por auténticos los restos descubiertos atribuyéndolos a un mártir de los tres primeros siglos. La simbología que definía la sepultura de un mártir era: la palma, el XP, el escrito B.M. (Beato mártir) y, posteriormente, en su interior un “vas sanguinis”. A veces, la lápida ponía el nombre del “mártir”; en caso contrario, después de la extracción se le atribuía un nombre, siendo varios los criterios utilizados para renombrar a los “cuerpos santos”: el nombre de un obispo diocesano o del pontífice de turno, el nombre del titular de la iglesia que acogiese el cuerpo, el nombre de la catacumba de la que había sido extraido, etc. Lo que importa actualmente es la validez simbólica del “cuerpo santo”: un cristiano de la iglesia de los primeros siglos, que estaba en comunión con la Sede de Pedro, que era un testimonio veraz del Evangelio y que, finalmente, donó su propia vida con el martirio.

Finalmente decir que el culto de las reliquias, que deriva del honor tributado al difunto, es hoy recomendado, pero no es impuesto por la iglesia. El Concilio de Trento, en su sesión número veinticinco, enmendó los excesos y el Concilio Vaticano II, así lo expresa: “La Iglesia, según su tradición, venera a los santos, a sus reliquias auténticas y a sus imágenes”. El culto a los “cuerpos santos” hoy en día se manifiesta de diferentes formas: algunos han caido en el olvido o han desaparecido pero sin embargo, otros tienen un culto muy vivo llegando a ser el santo patrón de algunas localidades.

Detalle de la urna de San Feliciano, mártir de las catacumbas venerado en Giugliano, Italia.

Detalle de la urna de San Feliciano, mártir de las catacumbas venerado en Giugliano, Italia.

“FELITIANUS. D IN PACE XP”
En lo relativo al “cuerpo santo” de Giugliano (el de San Feliciano), ¿qué podemos decir? En primer lugar que su nombre es propio, que no es un nombre impuesto posteriormente, ya que este nombre consta en la misma lápida. También podemos hacer otras observaciones en lo referente al “D IN PACE” y al “XP”, que dan testimonio de que la sepultura es de un cristiano, ya que las catacumbas eran también la sepultura de personas que no profesaban la fe en Cristo. El “XP” es el monograma de Cristo (gr. Χριστός), que está insertado en la lápida para identificar la religión a la que pertenecía el difunto, pero que también es un signo de reclamo pascual y por tanto, de resurrección. El término “IN PACE” hace referencia a la paz eterna que se solicita para el difunto: el Paraíso. Así que podemos decir que Feliciano es de Cristo en cuanto que fue bautizado, pero también está en Cristo, por el hecho de que se encuentra en la paz del Paraíso. En la lápida también aparecía una letra “D”. ¿Qué podemos decir acerca de este signo? Una probable interpretación devota viene a decirnos que nuestro Feliciano era un diácono, pero al conectar la “D” al “IN PACE”, podemos traducirlo como “depositus”, luego entonces: Feliciano reposa en la paz de Cristo.

Hagamos por último una referencia crítica a la novena de San Feliciano, datada en el 1795 y que es obra del reverendo Paoli. El texto nos cuenta el traslado de los restos del mártir y su llegada a Giugliano. Hasta aquí, nada que objetar, pero en lo referente a la escena hagiográfica del martirio, tenemos que hacer algunas objecciones: de hecho no hay ningún elemento histórico para reconstruir absolutamente nada acerca de la vida y del martirio de este “cuerpo santo” llamado Feliciano, venerado en la capilla del Palacio del Príncipe Colonna di Stigliano.

Concluyamos con algunas observaciones sobre la figura que contiene los sagrados huesos. Nuestro Feliciano está vestido de soldado y aunque no tiene armadura verdadera y propia, la factura nos induce a pensar en un soldado romano (era típico pensar en un mártir como soldado romano y así se piensa de San Sebastián, San Expedito, San Fermo y otros muchos), pero ¿por qué? La sensación era soldado de Cristo (pensemos en el sacramento de la Confirmación por el cual nos convertimos en soldados de Cristo). Feliciano es un soldado del Reino de Dios: saca la espada y viste el yelmo. Estos son signos de lo que podríamos llamar “memoria paulina”. Pero entonces, para realzar esta cuestión, el “mártir” lleva sobre su pecho el “XP”, “por Cristo, con Cristo y en Cristo” podríamos decir. Sobre su cabeza lleva una coronilla de flores blancas, signo de la pureza de su fe o de sus virtudes. También la figura muestra signos de que era joven de edad. Entonces, ¿qué decir? Que el “cuerpo santo” de Feliciano es un bello ejemplo de cómo nuestros padres deben educarnos, de manera clara y visible en los valores que debe mover el mundo; en una palabra después de todo lo dicho: Cristo y su Evangelio.

Damiano

Santos larineses

Santos Primiano, Firmiano y Casto. G. Petroschi, Archivo histórico-diocesano de Termoli-Larino.

Santos Primiano, Firmiano y Casto. G. Petroschi, Archivo histórico-diocesano de Termoli-Larino.

Larino, Lesina y Lucera son tres localidades cercanas entre si, pertenecientes a las actuales provincias italianas de Campobasso y Foggia, en las regiones de Molise y Puglia, relacionadas desde el punto de vista hagiográfico, con unos santos sobre los cuales queremos escribir hoy. Estos santos son:

Santos Primiano, Firmiano, Casto, Alejandro y Tellurio, mártires
A principios del siglo IV, durante la persecución de Diocleciano, en la región italiana de Molise fueron sacrificados los mártires de Larino, Primiano, Firmiano y Casto. El culto a estos santos se asentó firmemente durante el primer milenio, como lo demuestra la existencia de una basílica paleocristiana del finales del siglo IV dedicada a ellos, construida sobre un templo dedicado el dios Marte, que se cree fue el lugar donde estos mártires fueron decapitados. Entre los siglos VIII y X, cerca de esta basílica se construyó un monasterio benedictino, que alrededor del año 1300 fue absorbido por la Orden de Malta dándole el título de “Commenda de San Primiano”. Este antiguo templo, por estar en ruinas, fue demolido en el siglo XVIII por el obispo de Larino, Carlos María Pianetti. Los cuerpos de dos de estos santos – Primiano y Firmiano – se han visto trasladados de aquí para allá y vamos a ver el por qué, aunque lo veamos desde los tiempos más modernos a los más antiguos.

El 28 de abril del año 1598 fueron llevados a Nápoles y puestos en la iglesia de la Anunziata, las reliquias de los santos Primiano, Firmiano, Alejandro y Tellurio. ¿Por qué? Porque estando completamente en ruinas la ciudad y catedral de Lesina (Foggia) a causa de unas inundaciones producidas por el Mar Adriático, el sacerdote Aurelio Marra recibió el encargo de la casa real de Nápoles de preocuparse de la restauración del templo, pero juzgando que irremediablemente tenía que ser reconstruido, cosa que no era posible, entró en la cripta para recuperar las reliquias que en ella se guardaban. Y así encontró sepultados bajo el altar de la cripta, los cuerpos de estos santos dentro de unas urnas de mármol que contenían dentro unas láminas de plomo con sus respectivos nombres. De entre ellos, Primiano era considerado mártir porque en la catedral de Lesina existía una pintura en la que estaba representado con la palma del martirio en la mano. Todo esto nos lo narra así el propio sacerdote Marra, en un texto que fue publicado en las “Actas de los santos de Abril”.

Litografía de San Primiano. F. Apicella,

Litografía de San Primiano. F. Apicella,

Existe otro documento aun mas antiguo, la “Vita sancti Pardi episcopi”, escrita en el siglo XI por un diácono de Larino llamado Radoino, que también es considerado como un documento digno de toda credibilidad. En esta “Vita” se cuenta que cuando los bizantinos destruyeron la ciudad de Lucera en tiempos del emperador Constante II (641-668), el obispo y los fieles de aquella ciudad se marcharon a un lugar más cercano al mar y allí fundaron la ciudad de Lesina.

En el año 842, los sarracenos, en una de sus periódicas y sanguinarias incursiones en las costas italianas, destruyeron también la antigua ciudad de Larino y fue entonces cuando los habitantes de Lesina, viendo el abandono en el que se encontraba la ciudad y para proveer a sus iglesias de reliquias sagradas se llevaron las de los santos Primiano y Firmiano. Así quedó narrado: “Furtim tulerunt duo corpora sanctórum Primiani et Firmiani ibi quiescentium et duxerunt Lesinam” (creo que no hace falta traducción).

El hecho es plenamente verosímil en una época en la que “estas rapiñas sagradas” estaban a la orden del día. De esta información sabemos que en Larino eran venerados estos dos mártires que eran oriundos de la misma ciudad, que de Larino pasaron a Lesina y que desde Lesina fueron trasladados a Nápoles. Pero ¿y los otros dos?, ¿qué se sabe de Alejandro y de Tellurio? Pues de estos dos, de sus vidas y si fueron o no fueron mártires, no sabemos absolutamente nada, aunque sin embargo, los cuatro han sido unificados en una única celebración del calendario napolitano, fijándose esta fecha en el 28 de abril, que es el día del traslado desde Lesina a Nápoles.

 Reliquias de los santos Primiano y Firmiano, mártires de Larino, Nápoles.

Reliquias de los santos Primiano y Firmiano, mártires de Larino, Nápoles.

Pero al principio dijimos que con Primiano y Firmiano fue sacrificado también San Casto. ¿Qué ha sido de él?, ¿donde están sus reliquias?, ¿por qué no hemos hecho hasta ahora ninguna mención suya? Existe un documento sobre la inauguración del templo larinese de La Visitación (que es la actual iglesia de Nuestra Señora de las Gracias), en el que se dice que el obispo de Larino, Monseñor La Rocca, entre el 28 de julio y el 5 de agosto de 1833 llevó desde la catedral hasta esta iglesia el cuerpo de San Casto, que probablemente siempre estuvo en Larino ya que, según la tradición, no fue encontrado por los lesineses que robaron los otros dos cuerpos de Primiano y Firmiano.

San Pardo, obispo
Mientras que Ferrari defiende que San Pardo era un obispo de Larino, Ughelli mantiene que no, sino que era un obispo de una ciudad del Peloponeso repitiendo las noticias aportadas por una leyenda según la cual, el santo se vio obligado a huir de su sede a causa de la persecución contra los cristianos, buscando refugio en Roma cerca del Papa, el cual le ofreció una sede episcopal que él rechazó porque quería vivir en soledad en un eremitorio cercano a Lucera, en el cual pasó los últimos años de su vida. Después de su muerte, los habitantes de Larino recogieron su cuerpo y lo sepultaron en una iglesia que con el tiempo llegó a ser la catedral de la diócesis.

Relicario de San Tellurio mártir. Chiesa dell’Annunziata, Nápoles.

Relicario de San Tellurio mártir. Chiesa dell’Annunziata, Nápoles.

Como patrono de la ciudad y de la diócesis, San Pardo era celebrado el 26 de mayo, mientras que el 17 de octubre se conmemoraba el descubrimiento de su cuerpo. En unas notas posteriores añadidas por Coleti a la obra de Ughelli, se dice que San Pardo era obispo de Larino, considerándolo como el primer obispo de dicha sede. Sin embargo, la “Vita sancti Pardi episcopi” escrita por el diácono Radoino, que tiene toda la credibilidad de los bolandistas, quienes la han publicado, no proporciona ningún dato histórico que pueda fijar una cronología segura sobre San Pardo, aunque todo parece indicar que vivió en el siglo VII y que el traslado de su cuerpo se realizó en el siglo IX.

Expliquémoslo un poquito más. Existen dos biografías de San Pardo: una la del diácono Radoino y otra de autor anónimo del siglo X, pero sin embargo, como ha escrito el historiador Salvatore Moffa, ninguna de ellas ayuda a arrojar suficiente claridad sobre la vida del santo. Ambas coinciden en que el obispo Pardo, tuvo que abandonar su sede en el Peloponeso, buscar refugio en Roma y ser autorizado por el Papa a vivir en soledad cerca de Lucera. Lo que está en dudas es si fue o no fue obispo de Larino.

Como ya hemos dicho antes, aprovechándose de la devastación de Larino, los habitantes de las localidades cercanas se llevaron los cuerpos de los santos existentes en aquella ciudad. Pero los larineses, dándose cuenta del robo decidieron buscar los restos de sus conciudadanos y cerca de Lucera encontraron la tumba de San Pardo, decidieron coger su cuerpo y lo llevaron a Larino en un carro tirado por bueyes.

Busto relicario de San Pardo. Catedral de Larino, Italia.

Busto relicario de San Pardo. Catedral de Larino, Italia.

De los datos aportados por Radoino hay quienes deducen que el Papa que estaba en Roma en tiempos de San Pardo era San Cornelio y ya sabemos que este pontífice ocupó la sede de Pedro desde marzo del 251 a junio del 253. Este dato sería muy importante para poder fijar la época en la que vivió San Pardo, si es que este dato fuera cierto. También los habitantes de Lucera dicen que San Pardo fue su primer obispo, pero los datos históricos nos dicen que la presencia de una primera sede episcopal en Lucera fue en el siglo V, aunque es cierto que esto no implica que con anterioridad no hubiese llegado a dichas tierras el mensaje evangélico.

Monseñor Tria, basándose en las dos biografías antes mencionadas, que fueron publicadas en Roma en el año 1741, mantiene que San Pardo vivió entre finales del siglo VI y principios del siglo VII. El historiador Francisco Lanzoni en sus estudios sobre la historia de las diócesis italianas dice que un obispo dauno de nombre Pardo participó en el año 314 en el Concilio de Arlés convocado por el emperador Constantino para resolver la controversia donatista y no descarta que este Pardo sea el obispo venerado en Larino.

Algunos estudiosos contemporáneos como Giorgio Otranto, Pietro Di Biase, Antonio Papagna o Ada Campione sostienen que el Pardo del año 314 pertenece a la comunidad dauna de Salpi, que era una ciudad romana fundada en el siglo I, que surgió a poco más de veinte kilómetros al sur de Siponto, en la actual Manfredonia, justo al norte de Trinitápoli. Teniendo en cuenta que un obispo de los primeros siglos del cristianismo llamado Pardo se nombre en un documento histórico y que es aquel cuyo nombre figura claramente como el tercer firmantes de las actas conciliares aprobadas en Arles en el 314, es lógico aceptar la hipótesis de Lanzoni de que este Pardo y el patrono de la diócesis de Larino sean una misma persona.

Reliquias de San Pardo en la catedral de Larino, Italia.

Reliquias de San Pardo en la catedral de Larino, Italia.

Sobre su culto en Larino digamos que sus reliquias llegaron a Larino el 29 de mayo del año 842, que fueron puestas en la iglesia dedicada a la Virgen María, que con toda probabilidad se identifica con la parte más antigua de la actual catedral. En el año 1320 las reliquias fueron puestas en el altar mayor. El 18 de mayo del 1492, el obispo Bonifacio hizo trasladar el sepulcro de mármol que contenía las reliquias a una especie de catacumba existente en la nave derecha de la catedral. Posteriormente fueron trasladadas nuevamente al altar mayor de la catedral, habiéndosele hecho en el siglo XX dos reconocimientos canónicos: uno en el 1918 y otro en el 1997.

Antonio Barrero

Bibliografía:
– Lucchesi, G., “Bibliotheca sanctórum, apéndice I”; Città Nuova Editrice, Roma, 1987
– Mongelli, G., “Bibliotheca sanctórum, tomo X”, Città Nuova Editrice, Roma, 1990
– VV.AA. “Analecta bollandista, XXXVIII”, 1929.

Enlaces consultados (27/12/2014):
– www.cattedralesanpardo.it
– www.pinomiscione.it/historica/status-qu%C3%A6stionis