San Junípero Serra, fraile franciscano

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Reproducción del original de un retrato del Santo que le localiza en el Convento de Santa Cruz de Querétaro.

Reproducción del original de un retrato del Santo que le localiza en el Convento de Santa Cruz de Querétaro.

Hoy, día de su canonización, quiero escribir sobre uno de los más grandes misioneros españoles, San Junípero Serra, gloria de la Orden Franciscana y de la Iglesia Universal. Natural de Petra (Mallorca), nació el 24 de noviembre del año 1713, siendo hijo de Antonio Serra y de Margarita Ferrer, quienes lo bautizaron el mismo día de su nacimiento imponiéndole el nombre de Miguel José. De joven frecuentó la escuela anexa al convento franciscano de San Bernardino en Petra, compaginando la escuela con la ayuda a sus padres en las labores del campo.

Queriendo consagrar su vida a Dios se marchó a Palma de Mallorca y el 14 de septiembre del 1730, vistió el hábito franciscano en el convento de Santa María de los Ángeles. Terminado el año de noviciado, el 15 de septiembre de 1731 hizo la profesión religiosa cambiando su nombre de pila por el de Junípero, el amable compañero de San Francisco de Asís al que admiraba por su simplicidad. Con dieciocho años de edad ingresó en el centro de estudios de la provincia franciscana de Baleares, concretamente en el convento de San Francisco en Palma de Mallorca, donde superó de manera brillante los tres años de estudios filosóficos y posteriormente los teológicos, los cuales terminó en el 1737. Cinco años más tarde se doctoró en Sagrada Teología.

Recibió el diaconado en el mes de marzo del año 1736, pero aunque se ordenó de sacerdote en 1737, no se sabe la fecha exacta ni el lugar de la ordenación. El 19 de marzo de 1738 consiguió el permiso para predicar y el 21 de febrero del año siguiente, la autorización para confesar. Entre los años 1740 y 1743 fue profesor de filosofía y a partir del 1744 y por espacio de cinco años, de teología en la Universidad del Beato Lluch en Palma. Supo unir un gran celo apostólico a los estudios y a sus trabajos como enseñante, e intentaba tratar a todos de manera exquisita, con una afabilidad muy comprensiva. Fue muy admirado por su sabiduría y por sus dotes oratorias, lo que hizo que estuviese predicando por toda la isla de Mallorca, consiguiendo muchas conversiones, especialmente durante las predicaciones cuaresmales.

Retablo de la Misión de San Juan de Capistrano.

Retablo de la Misión de San Juan de Capistrano.

A finales del año 1748 sintió una llamada interior que le impulsaba a marchar a tierras de misión. Cuando cumplió los treinta y cinco años de edad no dudó en tomar esa importante decisión, la cual había mantenido en secreto hasta que un discípulo suyo, llamado Francisco Palóu, le confió que tenía la misma vocación misionera; así que después de predicar la Cuaresma en su localidad natal, el 8 de abril del año 1749 se despidió de sus ancianos padres y de sus familiares sin decirles absolutamente nada sobre su inminente marcha hacia el continente americano. No se atrevió a decírselo pero encargó a un fraile amigo suyo para que lo hiciera: “Yo quisiera poder infundirles la gran alegría que llena mi corazón y, si lo hiciera, seguro que ellos me instarían a seguir adelante y a no retroceder nunca”. En realidad ese fue su lema: “Siempre para adelante, nunca para atrás”.

El 13 de abril se despidió de los frailes de su comunidad de San Francisco en Palma de Mallorca y junto con Francisco Palóu zarpó hasta Málaga y de allí, a Cádiz. El 18 de octubre, su nave levó ancla rumbo a San Juan de Puerto Rico, llegando el 7 de diciembre de 1749 a Veracruz. Desde allí, prosiguió su camino a pie hasta la ciudad de México, donde en la mañana del 1 de enero de 1750, fue amablemente acogido por los franciscanos del colegio apostólico de San Fernando, situado en los alrededores de la capital mexicana.

Durante cinco meses se estuvo preparando para desarrollar su actividad misionera entre los indios, pasados los cuales, se puso en camino hacia Sierra Gorda en compañía de Palóu, llegando a Jalpán el 16 de junio. Un joven indígena le enseñó la lengua Pame, tras lo cual, comenzó a predicar a los nativos en su propia lengua, a la cual tradujo también el catecismo y las oraciones más habituales, aunque sin dejar nunca de lado la educación propiamente dicha y la enseñanza de determinados métodos de cultivo más eficaces y la forma de domesticar a los animales que se criaban para la alimentación o para el transporte. De esta manera, ganándose a los nativos, pudo iniciar la construcción de una iglesia de piedra, de estilo barroco, que aún al día de hoy llama la atención y que sirvió de modelo para la construcción de otras cuatro en las restantes misiones.

Escultura del Santo frente a la iglesia de San Francisco de Asís, Palma de Mallorca (España).

Escultura del Santo frente a la iglesia de San Francisco de Asís, Palma de Mallorca (España).

A mediados del año 1751 se vio obligado a aceptar la presidencia de las cinco misiones de la Sierra. En septiembre del año siguiente marchó a la ciudad de México siendo nombrado comisario de la Inquisición para la Nueva España, pero en la práctica, no la ejerció. A mediados de 1754 renunció a la responsabilidad de presidir las misiones y, junto con Palóu, continuó desarrollando su apostolado en Jalpán, donde estuvo hasta finales del año 1758.

Por orden de sus superiores tuvo que dejar las misiones para trasladarse a Texas a fin de reconstruir la misión de San Sabas que había sido destruida por los indios apaches, aunque tuvo que abandonar este proyecto pues las autoridades españolas lo consideraron de alto riesgo. Entonces marchó de nuevo al colegio apostólico de San Fernando donde desempeñó el oficio de maestro de novicios entre los años 1761 al 1764. Al mismo tiempo, entre 1758 y 1767, a pesar de su edad y tener un pie herido, recorrió casi cuatro mil quinientos kilómetros predicando misiones populares por diversas diócesis mexicanas. He dicho que tenía un pie herido y esto se le produjo porque al llegar a México le picó un insecto en un pie, picazón que le produjo una gran hinchazón y una úlcera en la pierna que hicieron que prácticamente quedara cojo para el resto de su vida.

Cuando en el mes de junio de 1767 los jesuitas fueron expulsados de todas las posesiones españolas, las misiones de la Baja California fueron asignadas a los frailes franciscanos del colegio San Fernando. A él lo nombraron superior de las mismas y el 16 de julio marchó hacia allí con catorce compañeros llegando a Baja California a principios de abril del año siguiente. Después de estar durante dos años evangelizando aquella península, el 16 de julio del 1769 fundó la primera misión de San Diego de Alcalá. Entonces, marchando hacia la Alta California fue fundando una serie de misiones: San Carlos de Monterey (el Carmelo) el 3 de junio de 1770, San Antonio de Padua el 14 de julio de 1771, San Gabriel el 8 de septiembre del mismo año, San Luís obispo el 1 de septiembre de 1772… y así, hasta nueve misiones a lo largo de toda su vida.

Cenotafio en la Misión del Carmel, Monterrey.

Cenotafio en la Misión del Carmel, Monterrey.

Para defender los derechos de sus gentes tuvo que afrontar con firmeza el mal comportamiento de un comandante español y teniendo en cuenta los contratiempos que le fueron surgiendo, al no poder superarlos, decidió volver a México. A pesar de sus sesenta años de edad, su enfermedad y la distancia de dos mil kilómetros, el 6 de febrero de 1773 llegó al colegio de San Fernando, permaneciendo allí unos meses, viviendo como un fraile más y siendo modelo y ejemplo de conducta para todos los hermanos. Estando en el convento le escribió una carta a un sobrino sacerdote en la que le decía: “En California está mi vida y allí, si Dios quiere, espero morir”. El 13 de marzo de 1774 volvió a la misión de San Diego y el 27 del mismo mes, a la de San Gabriel. A primeros de mayo sintió la necesidad de tener un cierto período de descanso, permaneciendo tranquilo, descansando en el Carmelo (la misión de San Carlos Borromeo en Monterey) mientras otros frailes llevaban a cabo la evangelización de California.

En 1775 quiso dirigir personalmente los trabajos de reconstrucción de la misión de San Diego, que había sido incendiada por unos indios. Cuando el indio cabecilla de los rebeldes fue capturado, fray Junípero escribió al Virrey pidiéndole que le perdonara la vida y así, todos los que fueron capturados, fueron perdonados: “En el caso de que los indios, tanto paganos como cristianos, quisieran matarme, deberían ser perdonados, pues debe darse a entender al asesino, después de un leve castigo, que ha sido perdonado y haciendo esto, cumpliremos la ley cristiana que nos manda perdonar las injurias y no buscar la muerte del pecador, sino su salvación eterna”. Y como sentía la necesidad imperiosa de seguir trabajando, fundó la misión de San Francisco de Asís el 1 de agosto de 1776, la de San Juan de Capistrano el 1 de noviembre del mismo año y la de Santa Clara de Asís el 7 de enero de 1777. Retornó al Carmelo poco después de que Felipe de Neves se instalase en Monterey, ciudad que fue elevada al rango de capital de California en febrero de ese mismo año y desde finales de septiembre al 11 de octubre visitó las misiones de Santa Clara y San Francisco.

Tumba en la Misión del Carmel, Monterrey.

Tumba en la Misión del Carmel, Monterrey.

A mediados de 1778 recibió un Breve Pontificio mediante el cual el Papa Clemente XIV, ante la falta de obispos, la concedía la facultad para que durante diez años pudiese administrar el sacramento de la Confirmación y entre el 25 de agosto y el 23 de diciembre, en solo cuatro meses, administró este sacramento a mil ochocientos noventa y siete personas de las misiones de San Diego, San Juan de Capistrano, San Gabriel, San Luís y San Antonio. Durante esos diez años, llegó a confirmar a cinco mil trescientos nueve bautizados.

Se enfrentó con gran coraje al gobernador que quiso suprimir los suministros alimenticios a las misiones fundadas después del 1773. La situación fue mejorando tanto que, en el canal de Santa Bárbara – el área más densamente poblada de toda California -, fundó la misión de San Buenaventura el día 31 de marzo de 1782, siendo la última misión que llegó a fundar en aquellos territorios. El 18 de marzo, terriblemente cansado, agotado volvió al Carmelo.

En el transcurso de quince años, entre 1767 y 1782, “el viejo” (como así le llamaban los indios) desarrolló un intensísimo trabajo de evangelización, fundó nueve misiones, de las cuales derivaron los nombres de importantísimas ciudades californianas, como San Francisco, los Ángeles (allí estaba la misión de San Gabriel), San Diego, etc. Desde los cincuenta y seis hasta los setenta años de edad, cojeando, se recorrió a pie y a caballo, más de cinco mil cuatrocientas millas (unos ocho mil ochocientos noventa kilómetros), soportando en sus viajes unas condiciones infrahumanas y varias enfermedades.

En el mes de julio del 1784 se retiró a la tranquilidad del Carmelo con su compañero Francisco Palóu, con el cual, durante todos esos años, había compartido tantas alegrías y tantos pesares y quién después de muerto el santo, escribió su vida. En las cercanías de Monterey, murió confortado con los últimos sacramentos el día 28 de agosto del año 1784, siendo sepultado en la iglesia de la misión de San Carlos Borromeo, la cual había hecho las veces de su cuartel general. Los indios y los soldados españoles lloraron su muerte y muchos se llevaron como recuerdo, trozos de su hábito o medallas y rosarios con los que tocaron su cuerpo.

Cenotafio en la Misión del Carmel, Monterrey.

Cenotafio en la Misión del Carmel, Monterrey.

Poco después de su muerte, el padre guardián del colegio de San Fernando le escribía al provincial de los franciscanos de Mallorca en estos términos: “Murió como un justo, en tales circunstancias que todos los que estaban presentes derramaban tiernas lágrimas y pensaban que su bendita alma subió inmediatamente al cielo a recibir la recompensa de su intensa e ininterrumpida labor de treinta y cuatro años, sostenido por nuestro amado Jesús, al que siempre tenía en su mente, sufriendo aquellos inexplicables tormentos por nuestra redención. Fue tan grande la caridad que manifestaba, que causaba admiración no solo en la gente ordinaria, sino también en personas de alta posición, proclamando todos que ese hombre era un santo y sus obras eran las de un apóstol”.

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Considerado como el padre de los indios, fue honrado como un héroe nacional y desde el 1 de marzo del 1931 una escultura suya se encuentra en la sala del Congreso de Washington, representando al Estado de California. Incluso la cima de la cadena montañosa de Santa Lucia en California, lleva su nombre.

Su Causa de beatificación se inició en el año 1949 mediante un proceso informativo instruido en la diócesis de Monterey-Fresno. La heroicidad de sus virtudes fue reconocida mediante decreto fechado el 9 de mayo del 1985 y el decreto previo a la beatificación fue promulgado el 11 de diciembre de 1987. Fue beatificado por San Juan Pablo II el 25 de septiembre del año 1988 y su canonización fue confirmada por el Papa Francisco el día 5 de mayo de este año. Hoy es canonizado por el Santo Padre en la Basílica de la Inmaculada Concepción de Washington (Estados Unidos).

Antonio Barrero

Bibliografía:
– Cavalleri, O., “Bibliotheca sanctórum, apéndice I”, Città Nuova Editrice, 1987
– Palóu, F., “Relación histórica de la vida y tareas apostólicas del venerable padre fray Junípero Serra”, Ciudad de México, 1787.
– Piette, M., “El secreto de Junípero Serra, fundador de la Nueva California”, Washington, 1949.
Possitio de la Causa de Canonización.

Enlaces consultados (20/08/2015):
– www.franciscanos.org/santoral/junipero.html
– https://es.wikipedia.org/wiki/Jun%C3%ADpero_Serra

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San Lino, papa mártir

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Medallón con mosaico del Santo. Basílica de San Pablo Extramuros, Roma (Italia).

Medallón con mosaico del Santo. Basílica de San Pablo Extramuros, Roma (Italia).

Sobre este santo obispo de Roma poco se puede escribir, porque poco es lo que se sabe de él. Aunque las fuentes eclesiásticas más antiguas y fiables aparecen a partir de San Ireneo de Lyon, que es quién acredita que San Lino fue el primer sucesor de San Pedro en la sede de Roma, parece incierto el tiempo y la duración de su pontificado. San Ireneo, en su obra “Adversus haereses” dice: “Después de que los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo hubieran puesto los fundamentos y hubiesen edificado la Iglesia de Roma, encomendaron el servicio del episcopado a Lino. De este Lino hace mención Pablo en sus cartas a Timoteo. A Lino le sucede Anacleto y después de este, en el tercer lugar después de los apóstoles, hereda el episcopado Clemente…”.

Según el “Catalogo Liberiano”, que es la información que utiliza el autor del “Liber Pontificalis”, fue obispo de Roma durante once años, desde el año 56 al 67. Sin embargo, Eusebio de Cesarea dice que su pontificado fue de doce años, desde el 68 al 81. Esta diferencia cronológica refleja las opiniones ya discutidas en los siglos III y IV, retomadas posteriormente por algunos protestantes con la intención de poner en duda las tesis de las Iglesias Católica y Ortodoxas en cuanto a la sucesión de Pedro, en base a cuestionables interpretaciones de los textos, según los cuales, los apóstoles Pedro y Pablo tuvieron una especie de “obispos auxiliares” o “vicarios” en las personas de Lino, Cleto (Anacleto) y Clemente.

Fresco del Santo en su iglesia de Volterra, Italia.

Fresco del Santo en su iglesia de Volterra, Italia.

Sobre la vida y la obra de San Lino no existen noticias que podamos darle fiabilidad por completo. Como consta más arriba, San Ireneo lo identifica con un personaje recordado por San Pablo en la Segunda Carta a Timoteo: “Te saludan Eubulo, Pudente, Lino, Claudia y todos los hermanos” (2ª Timoteo, 4, 21). El “Liber Pontificalis” dice que su origen era toscano, hijo de un tal Herculano. Algunas pretensiones más tardías lo hacen natural de Volterra (ciudad de la Toscana), que fue enviado por su padre a Roma a fin de que estudiase, pero que fue convertido y bautizado por el apóstol Pedro, el cual lo asoció a su apostolado y lo designó como su sucesor.

A él se le atribuyen las “Actas” apócrifas de Pedro y Pablo y la disputa con Simón el Mago (un líder religioso samaritano, mencionado en los Hechos de los Apóstoles como convertido al cristianismo pero que llegó a ofrecer dinero a cambio de “transmitir el Espíritu Santo”; de ahí viene el término “simonía”). Sin embargo, tenemos que decir que estas dos obras no son suyas sino que, según todos los autores, no son anteriores al siglo VI. El recuerdo de San Lino se olvidó durante mucho tiempo hasta el punto de que Tertuliano, que como sabemos vivió entre los siglos II-III, llega a decir que el sucesor de Pedro es Cleto (Anacleto).

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San Lino murió “mártir” un 23 de septiembre en tiempos del emperador Domiciano, siendo sepultado en la colina vaticana. Como su martirio no consta en el texto de San Ireneo, algunos autores lo han puesto en duda defendiendo que no se le puede atribuir con absoluta seguridad esta condición de mártir.

Su nombre fue inscrito en el Canon de la Misa y, aunque en los códices más antiguos del Martirologio Jeronimiano aparece el 23 de diciembre, en los más modernos, aparece este día 23 de septiembre, pasando con esta misma fecha a ser conmemorado en el Martirologio Romano. Beda lo inscribió el 7 de octubre y Adón y Usuardo, el 26 de noviembre. En los sinaxarios y menologios griegos su fecha también fluctúa apareciendo el 4 y el 5 de noviembre y el 30 de junio, aunque en esta ocasión, conmemorado como uno más de los setenta y dos discípulos de Cristo.

Busto-relicario del Santo en Volterra, Italia.

Busto-relicario del Santo en Volterra, Italia.

En el siglo X, el obispo Arderico de Milán le dedicó una capilla en la basílica de los Apóstoles, recordando una tradición según la cual, San Lino habría bautizado el mártir San Nazario. Su culto es celebrado en diversas ciudades que presumen tener parte de sus reliquias y, especialmente, en Volterra (Pisa) de donde es patrono y en cuya catedral existe un bellísimo relicario del siglo XVI, obra de Giovanni della Robbia, que contiene su cráneo. También en esta ciudad, en el año 1513 se le dedicó una iglesia. En la serie de los retratos de los papas en la Basílica de San Pablo Extramuros, aparece su imagen esbelta, con el cuello delgado y con el hombro izquierdo recubierto con el palio, que le cae sobre el pecho.

Antonio Barrero

Bibliografía:
– Caspar, E., “Historia del Papado”, Tubinga, 1930.
– Ladner, G.B., “Los retratos de los papas de la Antigüedad y de la Edad Media, I”, Ciudad del Vaticano, 1941
– VV.AA., “Bibliotheca sanctórum, tomo VIII”, Città Nuova Editrice, Roma, 1988.

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Santos Fausta, Evilasio y Máximo, mártires

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Detalle de los Santos Fausta y Evilasio. Ilustración para el Prólogo de Ochrid.

Detalle de los Santos Fausta y Evilasio. Ilustración para el Prólogo de Ochrid.

Ayer se celebró la festividad de un grupo de mártires, dos hombres y una mujer (una niña, en realidad, como veremos) originarios de Cízico, ciudad del Helesponto, en Asia Menor. Uno de los dos varones, Evilasio, y la niña, Fausta, son conmemorados en el Martirologio Romano el día 20 de septiembre. Sin embargo, en los sinaxarios bizantinos aparece el grupo entero -incluyendo al otro varón, Máximo– el día 5 de febrero.

Conocemos su historia a través de una passio que fue asumida por Beda en su Martirologio, aunque entre los hagiógrafos e investigoradores serios nadie le da dado ningún crédito. De todos modos, vamos a seguirla y conocerla para comprender su veneración, patronazgo e iconografía.

Passio de los Santos
Fausta es el femenino del adjetivo latino faustus, que viene a significar “feliz, propicio, afortunado”. Una mártir con este nombre vino a nacer en la ciudad de Cízico, cercana al mar de Mármara. No era más que una niña cuando sus padres murieron, y desde ese momento llevó una vida totalmente austera, más por la precariedad que por pleno desentendimiento. El único consuelo que le cupo a Fausta en su triste haber cotidiano fue su fe cristiana, en la que se refugió por completo y por la que llegaría a sacrificar su propia vida.

En efecto, sólo tenía trece años cuando el gobernador de la ciudad, sabiéndola huérfana y cristiana, la puso bajo la tutela de Evilasio, un sacerdote pagano, para que se hiciera cargo de ella y, de paso, la convirtiera a la religión imperial. Al principio, Evilasio se valió de largas conversaciones, benévolas instrucciones y cariñosas exhortaciones para lograr convertir a su protegida. Pero el desprecio que la niña mostró de cara a las divinidades romanas y la absoluta resistencia a dejarse influenciar obligó al sacerdote a usar métodos muchísimo más duros.

Empezó por raparle por completo la cabeza, castigo humillante y harto ofensivo para una mujer de la época, pero Fausta no se dejó amedrentar, por lo que Evilasio mandó meterla dentro de un gran recipiente y prenderle fuego para asarla viva. Como quedara ilesa después de ello, mandó atarla desnuda a una mesa, abierta de brazos y piernas, y amenazarla con una gran sierra, diciendo que la serraría por la mitad, “como si fuera un leño”, si no cedía en su testarudez. Pese a ello la niña no cedió, de modo que procedieron a serrarla, pero de nuevo no pudo cumplir su amenaza ya que las sierras se rompían al tocar su cuerpo. Atemorizado por aquella fuerza divina que parecía protegerla, Evilasio renunció a hacerle daño alguno.

Martirio de los Santos. Lienzo de Pietro Sorri (1595). Iglesia de San Frediano, Lucca (Italia).

Martirio de los Santos. Lienzo de Pietro Sorri (1595). Iglesia de San Frediano, Lucca (Italia).

Cuando el gobernador supo que Evilasio había fracasado y que, incluso, se mostraba más inclinado a convertirse al cristianismo, mandó a un legado, llamado Máximo, para castigarle. Máximo trajo consigo a algunos verdugos, y ante los ojos de Fausta mandó torturar a Evilasio. El anciano, entretanto, dirigía su mirada a la joven y le gritaba: “¡Reza por mí, niña, para que pueda resistir estos tormentos!”. Al poco rato, se llevaron a Fausta y la arrojaron dentro de un pozo para que los buitres la devoraran, pero los animales la respetaron según se dice milagrosamente, aunque hoy en día sabemos que las aves rapaces rara vez atacarían a un ser vivo.

Luego fue Fausta la torturada en presencia del anciano sacerdote. Le taladraron la cabeza con martillos, le rasgaron el rostro y el cráneo con garfios de hierro y le traspasaron las zonas más sensibles de su cuerpo con clavos, hasta que, según dice Beda, “se parecía a la suela de una bota” (por estar tachonada con clavos). No pudieron hacer que se rindiera, y fue a parar, junto con Evilasio, dentro de un caldero de aceite hirviendo, donde murieron abrasados. Fausta miró entonces a Máximo y le dijo: “Sepas que te perdonamos, a pesar del daño que nos has hecho, y rezamos por ti y seguiremos rezando en el cielo, para que el Señor te ilumine. Nosotros no vamos a condenarte por tu crueldad, y esperemos que Él tampoco lo haga.” Estas palabras turbaron profundamente a Máximo. No era para menos, porque, como hemos podido ver en muchas passiones, los cristianos se deshacían en mil maldiciones contra los que los torturaban, y les auguraban fuego eterno, tormentos y la compañía de los condenados.

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Algunos días después de la muerte de Fausta y Evilasio, acudió ante el gobernador y se proclamó cristiano, al mismo tiempo que se declaraba culpable y pedía ser asado vivo en el mismo caldero para expiar la gran falta que había cometido. Se cumplió tal y como lo había pedido. Otras versiones, sin embargo, defienden que Máximo se convirtió en el instante en que Fausta y Evilasio eran martirizados y por tanto, los tres murieron juntos, simultáneamente en el mismo caldero.

Los tres mártires asados vivos. Menologio de Basilio II (s.X). Biblioteca Apostolica Vaticana, Roma (Italia).

Los tres mártires asados vivos. Menologio de Basilio II (s.X). Biblioteca Apostolica Vaticana, Roma (Italia).

Como se comprenderá, la abundancia de datos fabulosos y situaciones extrañas en este relato hace ver el por qué ha sido descartado como un documento fidedigno para conocer las vivencias de estos mártires. Sin embargo, algo podemos decir de sus reliquias.

Reliquias
La tradición dice que las reliquias de esta mártir, Fausta de Cízico -que no debe ser confundida con Santa Fausta romana, madre mártir que aparece en la passio de Santa Anastasia de Sirmio, ni con Santa Fausta de Roma (otra), que es una viuda- sufrieron un doble traslado.

Primeramente, en el siglo VI, las reliquias fueron a Narni en Italia y, posteriormente, en el siglo IX, fueron a Lucca. En Narni precisamente, un tal obispo llamado Casio (537-558) quiso erigir un monumento funerario a su querida esposa, llamada Fausta, para lo cual embelleció el sepulcro con reliquias de la patrona de la difunta. Eso propició que empezara a venerarse una Santa Fausta de Narni que, realmente, es la misma Santa Fausta de Cízico, o eso parece. Sin embargo, otras fuentes, como la Bibliotheca Sanctorum, defienden que la mártir de Cízico no es la misma Santa Fausta que se venera en Narni y en Lucca, por lo que esas reliquias corresponderían a otra.

Relicario con un hueso de la Santa.

Relicario con un hueso de la Santa.

Sin embargo, si esto es cierto, ¿por qué en Lucca la Santa tiene la misma iconografía que la mártir de Cízico, es decir, aparece metida en un caldero y traspasada por clavos, como vemos en el lienzo adjunto? Ahí queda la duda.

Iconografía
Santa Fausta de Cízico es muy reconocible, y distinguible de otras santas y mártires homónimas -de las cuales hay muchas, especialmente mártires de las catacumbas- por estar asociada a la iconografía de la sierra, los clavos y el caldero. Es por tanto habitual verla metida en un caldero, a punto de ser serrada por Evilasio o con el cuerpo desnudo sembrado de clavos. No es raro que aparezca junto a sus compañeros de martirio, sobre todo Evilasio.

Meldelen

Bibliografía:
– VVAA, Bibliotheca Sanctorum: enciclopedia dei Santi, Città Nuova Editrice, Roma 1984.

Enlace consultado (20/09/2015):
– www.santiebeati.it/dettaglio/70900

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Santos Lucía y Geminiano, mártires romanos

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Santos Lucía y Geminiano. Iglesia de Santa Lucia alla Tinta, Roma (Italia).

Santos Lucía y Geminiano. Iglesia de Santa Lucia alla Tinta, Roma (Italia).

El pasado 16 de septiembre se celebraba la festividad de dos mártires de Roma, una mujer, llamada Lucía -que no debe ser confundida con la célebre mártir de Siracusa– y un hombre llamado Geminiano, que aparecen inscritos en el Martirologio Romano este mismo día y que, desde el siglo VIII, son recordados en las fuentes litúrgicas. Vamos a hablar de ellos en el día de hoy y, para ello, seguiremos el texto de una passio que fue compuesta después del año 645.

Passio de los Santos
Según esta historia, que viene reproducida en los martirologios de Beda, Adón y en el Sinaxario Constantinopolitano, Lucía era una noble viuda cristiana que, siendo ya muy anciana -concretamente, a los 75 años de edad- fue denunciada por su propio hijo ante las autoridades, acusándola de cristiana. El hijo, Euprepio, quería heredar ya todo el patrimonio de su madre y hacer uso de él, a lo que ella se opuso, de ahí que Euprepio optara por hacer esto, para quitársela de en medio (!!). Era la época de la persecución de Diocleciano por lo que Lucía fue arrestada, flagelada y martirizada continuamente durante tres días consecutivos, aunque al final del tormento, cuando volvían a buscarla siempre aparecía ilesa (!!). Probando otro medio de humillarla, decidieron cargarla de cadenas y pasearla así por las calles de Roma.

Sucedió que al pasar delante de la casa de un hombre llamado Geminiano, que ante la vista de la maltrecha anciana encadenada quedó tan impactado que, guiándose por un impulso interior, decidió abrazar la fe cristiana. Siguió a Lucía hasta la cárcel, donde fue bautizado por el sacerdote Protasio. Por último, el cónsul Megasio condenó a ambos a morir decapitados, tras lo cual, una cristiana llamada Máxima los robó, recuperó y sepultó.

Sin embargo, este relato sufrió posteriores reelaboraciones, llegando a adoptarse a esta mártir Lucía como la titular de un monasterio benedictino siciliano en la provincia de Siracusa. Esta segunda o tercera redacción aparece en algunos códices del siglo X y es conocida también por el Sinaxario Constantinopolitano, que llega a contar que, después de haber sido torturados en Roma, ambos mártires fueron llevados a Sicilia por cuatro ángeles -en otras versiones, son ellos mismos los que logran escapar-, que primero los dejaron en Taormina, donde obraron numerosos milagros y finalmente los llevaron a la localidad de Mendola dentro de la misma provincia, y allí se quedaron al oír la voz de Dios: “Ésta es vuestra sede, fijadla aquí para siempre”.

Geminiano es sorprendido y ejecutado mientras entierra a Lucía. Menologio de Basilio II (s.X), Biblioteca Apostolica Vaticana, Roma (Italia).

Geminiano es sorprendido y ejecutado mientras entierra a Lucía. Menologio de Basilio II (s.X), Biblioteca Apostolica Vaticana, Roma (Italia).

En esta localidad de Mendola, Lucía se dedicó a predicar el Evangelio y a obrar milagros: curaba enfermos, expulsaba demonios y devolvía la vista a los ciegos. El magistrado local, Aprofasio, al saber de esto, se trasladó a Mendola e hizo matar allí a 75 cristianos. Ante esto, Lucía y Geminiano huyeron y se ocultaron en una caverna cercana, que es el actual hipogeo. Parece que estuvieron ocultos allí durante un año, pues Lucía, exhausta y ya habiendo sufrido en Roma torturas por la fe, pidió al Señor que le permitiese morir en paz. Esto le fue concedido el 16 de septiembre de 299. Geminiano tomó su cuerpo y salió de la caverna para darle digna sepultura, creyendo que la persecución se habría calmado. Sin embargo, mientras realizaba esta tarea fue a caer en manos de un guardia servidor de Megasio (?), que lo decapitó. Sus cuerpos fueron sepultados por Máxima, quien además les erigió una iglesia allí, en Mendola.

Interpretación
Lo primero que hay que decir, y tener claro, es que estos mártires, Lucía y Geminiano, no existen, son un grupo ficticio creado por la fantasía de un escritor de leyendas.

Imagen de Santa Lucía romana venerada en Mendola, Italia.

Imagen de Santa Lucía romana venerada en Mendola, Italia.

El “Capitulare evangeliorum” del año 643, que es el libro litúrgico romano más antiguo en el que aparecen, anota a Lucía el 13 de diciembre y también el 16 de septiembre. Esta última conmemoración no es más que el recordatorio de la dedicación de una iglesia erigida por el Papa Honorio I en el Esquilino en honor de la mártir Lucía de Siracusa, la actual Santa Lucia in Scelse. Y bueno, sabemos de sobra que el 13 de diciembre es la fiesta propia de esta mártir de Siracusa. Por lo que por aquí no encontramos a ninguna Santa Lucía romana.

A partir del siglo VIII, las fuentes litúrgicas y hagiográficas, a Lucía le añaden el nombre de Geminiano, y así aparecen en el Sacramentario gregoriano-adrianeo del siglo VIII, en los sacramentarios gelasianos del mismo siglo y en los códices más antiguos del Martirologio Jeronimiano.

Los lugares donde se realizaron los prodigios, los tormentos y la decapitación final son los propios de las leyendas hagiográficas más fabulosas y poco creíbles. Además, la falta de indicaciones geográficas precisas acerca de donde estaba el sepulcro, no dejan lugar a duda sobre la falsedad de esta narración. Todo esto fue escrito para ilustrar la dedicación de la iglesia erigida por el Papa Honorio y darle una personalidad a la Santa a la que era intitulada, y aunque el autor de la passio sabía de sobras que la Lucía de la iglesia era la santa de Siracusa, mas no pudiéndolo decir, por alguna razón que desconocemos, se inventó a esta noble Lucia viuda romana, la cual sufrió el martirio en su localidad de origen y, para darle alguna apariencia de veracidad a su relato, cambió la tradición de Siracusa por otra inventada.

Sin embargo, la passio no aparece sólo circunscrita al ámbito de la basílica romana, de ahí que siglos después este relato se ampliara añadiendo “peripecias” en Taormina y Mendola.

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Concluyendo, toda la leyenda es falsa, esta Santa Lucía, realmente, es un desdoblamiento de la mártir de Siracusa; y San Geminiano es una pura invención hagiográfica sin ninguna consistencia histórica. Esto ha hecho que actualmente hayan sido eliminados de la presente edición del Martirologio Romano.

Detalle de la imagen procesional de Santa Lucía romana. Mendola, Italia.

Detalle de la imagen procesional de Santa Lucía romana. Mendola, Italia.

Culto e iconografía
Sin embargo, pese a la certeza de que estamos ante Santos que no existen, lo cierto es que el culto a ellos ha proseguido de forma local y muy limitada en la ciudad de Mendola, en Sicilia, donde incluso se han constituido asociaciones religiosas y culturales tratando de mantener vivo el culto y la veneración a estos dos Santos, particularmente a ella, Santa Lucía.

Conscientes, quizás, de la problemática que resulta la confusión de esta pretendida Santa local con la mártir de Siracusa -existiendo realmente sólo ésta última-, recientemente han optado por promover una nueva iconografía de la Santa que la muestra como una viuda cristiana, portando un crucifijo y orando en una gruta o cueva, en contraposición a la antigua iconografía que la mostraba como una mártir típica, con la palma, siendo más fácilmente confundirla con la mártir de Siracusa.

Meldelen

Bibliografía:
– VVAA, Bibliotheca sanctorum: Enciclopedia dei Santi, ed. Città Nuova, Roma 1984.

Enlace consultado (19/09/2015):
– http://santaluciadimendola.it

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

San Hipólito de Roma, mártir

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Vidriera en la iglesia de San Juan Bautista, en Saint-Jean-sur-Vilaine (Francia) en la que es representado como sacerdote y escritor.

Vidriera en la iglesia de San Juan Bautista, en Saint-Jean-sur-Vilaine (Francia) en la que es representado como sacerdote y escritor.

El pasado 13 de agosto, cuando nuestra compañera Ana María escribió sobre Santa Concordia de Roma, se entabló un debate sobre San Hipólito: que si era sacerdote o soldado, que si era uno o eran dos, que si había desdoblamiento, que si era cismático o no lo era… Yo llegué tarde al debate y me comprometí a escribir sobre él, cosa que hago hoy intentando irme a las fuentes que más nos pueden aclarar este tema. Vamos con ello a ver si nos aclaramos; aunque puede que no del todo.

San Hipólito de Roma es uno de los santos más discutidos en la hagiografía. De acuerdo con la reconstrucción realizada en el siglo XX sobre este personaje, Hipólito habría sido un sacerdote de la Iglesia romana, un escritor muy fecundo, cismático, antipapa entre los pontificados de San Calixto y San Ponciano, exiliado con éste en Cerdeña donde ambos se reconciliaron y donde murió como mártir. En resumen, esto.

Pero esta reconstrucción de la personalidad de San Hipólito fue sin embargo puesta en discusión por espacio de más de veinte años, ya que se observó que las fuentes históricas, arqueológicas y litúrgicas en las que se habían basado esta reconstrucción, parecían que no coincidían en una misma persona, sino que más bien llevaban a incertidumbres, a incongruencias e incluso a contradicciones, por lo cual podrían distinguirse a más de un personaje, bien caracterizados e independientes el uno del otro. Dada esta situación, aun incierta para algunos estudiosos, parece apropiado presentar de manera cronológica y sistemática todas las fuentes, aunque dejando plena libertad a cada uno para que, finalmente, acepte la opinión que más le convenza.

El documento más antiguo que nos habla de la existencia del mártir San Hipólito, es el “Cronografo” del 354, pero asimismo, hay otras fuentes también antiquísimas. La “Depositio martyrum”, dice el 13 de agosto: “Yppoliti in Tiburtina et Pontiani in Calisti”. A su vez, el “Catalogo Liberiano” añade a la biografía de San Ponciano “que en tiempo de los cónsules Severo y Quintiliano, el obispo Ponciano y el presbítero Hipólito fueron deportados a la perjudicial isla de Cerdeña”, o sea, en el año 235. En estos dos textos se ha encontrado el primer elemento para la reconstrucción de la personalidad de San Hipólito. En ambos textos, no se dice que Hipólito fuera un cismático y es muy significativo que también en ambos textos, Hipólito está íntimamente unido al Papa Ponciano. Pero no podemos pasar por alto el hecho de que mientras que el autor del “Liber Pontificalis” dice que San Fabián trasladó el cuerpo de San Ponciano desde Cerdeña hasta el cementerio de Calixto en Roma, de San Hipólito no dice absolutamente nada.

Martirio del Santo. Detalle de un tríptico de Dieric Bouts y Hugo van der Goes. Groeningemuseum de Brugge (Bélgica).

Martirio del Santo. Detalle de un tríptico de Dieric Bouts y Hugo van der Goes. Groeningemuseum de Brugge (Bélgica).

Sin embargo, antes del “Liber Pontificalis”, tenemos el testimonio del Papa San Dámaso, el cual a través el presbítero León restauró el sepulcro de San Hipólito e incluso compuso unos versos en honor del mismo. En el texto de estos versos es donde se dice que Hipólito era un sacerdote pro Novaciano (cismático), pero que antes de morir abjuró de su error y exhortó a los novacianistas a retornar a la fe, por lo cual “merece ser reconocido como confesor y mártir”. Pero aun así, guardándose las espaldas, San Dámaso se cuida de advertir a quién lea sus versos que lo que él cuenta “es una tradición”, de la cual no tiene absoluta garantía. Pero lo que está claro es, que si San Hipólito era novacianista y fue asesinado en una persecución, no pudo haber sido exiliado en Cerdeña en el año 235, ya que este cisma promovido por Novaciano cuando fue elegido el Papa San Cornelio, ocurrió más tarde, concretamente en el año 251; luego Hipólito, como muy pronto, habría sido martirizado en tiempos de Valeriano (257-258).

Por otra parte, no deja de ser importante el tener en cuenta de que si el Hipólito recordado en la “Depositio martyrum” fuese idéntico al recordado en el “Catálogo Liberiano” y que si este hubiera sido cismático – algo que en realidad no está probado -, tendríamos la incongruencia de que el Papa Ponciano habría sido pospuesto, tanto en su recuerdo como en su veneración por parte de la Iglesia romana, a quién habría sido su propio antagonista, su propio contrincante.

Lápida sepulcral con la mención del Santo. Basílica de San Lorenzo Fuori le Mure, Roma (Italia).

Lápida sepulcral con la mención del Santo. Basílica de San Lorenzo Fuori le Mure, Roma (Italia).

Por el himno que Prudencio dedica al mártir Hipólito en su obra “Peristephanom”, podemos deducir cómo era de confusa la tradición sobre este mártir incluso a finales del siglo IV, o sea, algo más de un siglo más tarde. El poeta, que había visto la tumba del mártir y que había leído “el carmen” (los versos) de San Dámaso, de los cuales hace una amplia explicación de su contenido a fin de aclararlo y hacerlo más asequible en todos sus aspectos, añade sin embargo en lo referente a su martirio, algo que San Dámaso no sabía y que estaba relacionado con la “passio Polychronii”. Así que según Prudencio, el presbítero Hipólito, después de haberse retractado de sus errores novacianistas, fue conducido ante el tribunal del perseguidor romano, que estaba en el puerto de Ostia, y condenado a ser arrastrado por unos caballos, muriendo a consecuencia de los golpes recibidos. Los cristianos fueron recogiendo los miembros del santo que quedaron por las calles del puerto y lo sepultaron en una cripta en Roma.

Por lo que estamos leyendo, iremos comprobando que esta cuestión, de simple no tiene absolutamente nada: sacerdote, escritor, cismático, mártir… A todo esto, hay que añadir como algo fundamental, los testimonios de Eusebio de Cesarea y de San Jerónimo, aunque debemos hacerlo con mucha precaución porque lo más probable es que estos dos autores se estén refiriendo a otra persona distinta al Hipólito del que venimos hablando.

Eusebio de Cesarea, en su “Historia Ecclesiastica” dice haber visto en la biblioteca de Jerusalén “unas cartas que algunos eruditos” se intercambiaron a principios del siglo III, en las que se dicen que “Hipólito era el cabecilla de una iglesia”, añadiendo él por su cuenta que este Hipólito era el autor de un canon sobre la Pascua basado en un ciclo de dieciséis años, que terminó el primer año de gobierno del emperador Alejandro Severo, o sea, en el año 222. A su vez, San Jerónimo en su obra “De viris illustribus” dice de manera explícita que el escritor Hipólito era un obispo del cual no se pudo conocer su sede (“Hippolitus cuiusdam ecclesiae episcopus, nomen quippe urbis scire non potui”), que había recitado una homilía en presencia de Orígenes y algunas otras cosas más. Luego, leyendo a Eusebio y a Jerónimo, podemos imaginarnos que están hablando de un obispo oriental, escritor, que nada tiene que ver con el mártir romano del que estamos hablando, por mucho que en la reconstrucción de su personalidad se haya añadido que también era escritor.

Escultura romana antigua, identificada como San Hipólito, encontrada en 1551 en Via Tiburtina, Roma, y actualmente en la Biblioteca Vaticana (siglo IV-V).

Escultura romana antigua, identificada como San Hipólito, encontrada en 1551 en Via Tiburtina, Roma, y actualmente en la Biblioteca Vaticana (siglo IV-V).

Como el tema no está liado, para liarlo un poquito más, algunos autores han hecho referencia a una famosa estatua que estaba en el Museo Lateranense y que hoy se encuentra en la Biblioteca Apostólica Vaticana. Del origen de esta estatua se han dicho varias cosas: la primera es que había sido encontrada en el cementerio de San Hipólito en la Vía Tiburtina y que a este personaje es al que se refieren Eusebio de Cesarea y San Jerónimo. Baronio (que se metía en todos los berenjenales) dice en la edición del Martirologio Romano del año 1586 que la estatua fue encontrada en Porto, aunque luego, al escribir los “Annales” en el año 1602 dice que fue encontrada en el “Agro Verano” y Pirro Liborio, que fue quién la restauró, dice que fue encontrada “entre la Vía Nomentana y la de Tivoli, siempre fuera de los muros de la ciudad, no muy lejos del castrum donde se alojaban diariamente los pretorianos”. Esa escultura ha sido estudiada por diversos especialistas y finalmente han llegado a la conclusión de que ni es el Hipólito obispo oriental, ni es el Hipólito mártir de Roma, sino que pertenece a otro personaje que estuvo en conflicto con los papas San Ceferino y San Calixto, que si que fue un verdadero cismático, pero del cual no se puede afirmar con certeza que se llamara Hipólito. Así, que ya tenemos a tres: el mártir romano, el obispo escritor oriental y el cismático. Intentar encajar todas las piezas de este puzzle es lo que se hizo en el siglo pasado, es lo que yo indiqué al principio de este artículo y por eso dije que cada uno crea lo que estime más pertinente.

Pero fuera quién fuera, soldado desde luego no fue y desde muy pronto recibió culto. Aunque inevitablemente el artículo se alargue, algo habrá que decir con respecto a esto. Dejando aparte a los otros dos personajes y a los problemas que llevan aparejados, hablemos del mártir romano venerado el 13 de agosto en la Vía Tiburtina, o sea, el que salió a colación en el artículo del 13 de agosto sobre Santa Concordia.

Desgraciadamente, aparte de lo que dice la “Depositio martyrum” (que debemos considerar que es el testimonio más antiguo de su veneración), de él no se conoce ninguna otra cosa que podamos dar por completamente segura, aunque numerosas fuentes arqueológicas, litúrgicas y martiriales atestiguan que, después de la paz que vino en tiempos de Constantino, su culto tuvo un gran desarrollo no solo en Roma y en Italia, sino en todo el Imperio. Por eso no es extraño que su vecindad con el sepulcro y con el “dies natalis” del famoso mártir San Lorenzo, haya asociado a ambos en la literatura hagiográfica (acordaos del artículo de Ana María).

Reliquias del santo en la parroquia de san Hipólito de Voltregà (Barcelona).

Reliquias del santo en la parroquia de san Hipólito de Voltregà (Barcelona).

Como ya hemos dicho, el Papa San Dámaso acondicionó su sepulcro y le compuso unos versos y Prudencio, que visitó su cripta a finales del siglo IV, nos dice que estaba llena de mármoles y de plata y que en el día de su fiesta se acercaban a venerarlos numerosos peregrinos de las regiones del Lazio, Campania, Etruria y Piceno. Además de este santuario sepulcral, en Roma existía otro oratorio en el “Vicus Patricius”, que fue construido por el presbítero Ilicio a finales del siglo IV.

A los tiempos del emperador Teodosio pertenece el sarcófago de Apt, en cuyo frente, en las dos extremidades, están esculpidos San Hipólito y San Sixto II. En este sarcófago se demuestra por tanto la influencia de la “passio Laurentii”, pues recordemos que San Lorenzo era uno de los diáconos de dicho Papa. Asimismo, con este mismo Papa y con San Lorenzo aparece representado en unos vidrios dorados del siglo IV que se encuentran repartidos entre el British Museum, Florencia y la Biblioteca Vaticana. De este tiempo es también el oratorio dedicado a los santos Sixto II e Hipólito en la Basílica milanesa de San Lorenzo y en otra dedicada a los tres en Fossombrone, en la región italiana de Las Marcas. En el siglo V, tenía dedicada una basílica en Porto y un siglo más tarde, su imagen era reproducida en los mosaicos de San Apolinar Nuevo en Ravenna y en la iglesia romana de San Lorenzo al Verano. Fuera de Italia, su culto era muy floreciente tanto en Cartago como en Hispania.

Reliquias del santo en Chavignon, Aisne (Francia).

Reliquias del santo en Chavignon, Aisne (Francia).

En una lápida existente desde el siglo XI en la basílica de San Lorenzo fuori le Mura se dice que allí está sepultado. El cráneo del mártir se conserva en un relicario de plata en la sacristía de dicho templo. Según la lápida de la consagración de la iglesia de Santa María in Cosmedin, en la misma está la reliquia de un brazo. El 10 de agosto del 1740 parte de su cráneo fue utilizado por monseñor Crispi para la consagración del altar del oratorio del Santísimo Crucifijo en la iglesia de San Marcelo. Sin embargo, en las “Memorias de los mártires de Roma”, escritas por Caselli y publicadas en 1959, él dice que su cuerpo fue trasladado al monasterio del Santísimo Salvador sobre el Monte Letenano, cerca de Rieti. Asimismo, tanto en Saint-Hippolite (Alsacia) como en Saint Pölten (Austria) dicen poseer su cuerpo!!! En otros lugares existen reliquias más pequeñas del santo.

Además de recordarlo el día 13 de agosto, el Martirologio Jeronimiano lo recuerda en otros días y con diversas indicaciones geográficas, especialmente relacionándolo a Porto, pero estos recuerdos dependen sobre todo de las tradiciones hagiográficas aparecidas entre los siglos IV y V. A estas mismas tradiciones o fuentes, recurren los diversos Sacramentarios, los Itinerarios del siglo VII (de los que tantas veces hemos hablado), los diversos martirologios históricos y, finalmente, los actuales Breviario y Martirologio Romano. Resumiendo: santo romano muy venerado desde muy antiguo.

Reliquias del santo en Saint-Hippolyte, Alsacia (Francia).

Reliquias del santo en Saint-Hippolyte, Alsacia (Francia).

Como era de esperar, la ausencia de noticias históricas dio pie a que se originase más de una leyenda, las cuales no tienen ningún valor histórico y desfiguran la personalidad del santo presentándola primero como un sacerdote, después como un obispo, más adelante como un soldado y hasta como un antipapa. Estudiando de nuevo cronológicamente las fuentes, aunque sea de manera muy somera, veamos como fue surgiendo cada una de estas leyendas, cómo de manera gradual y haciendo verdaderos malabarismos, se intentó justificar cada leyenda como si fuera una verdad histórica.

En la segunda mitad del siglo IV, como resultado de los versos de San Dámaso, se dijo que era un sacerdote ex novacianista y en este mismo tiempo fue compuesta la fábula de la “passio Polychronii”, en la cual se asociaban los martirios de San Lorenzo y San Sixto II a San Hipólito diciendo que este último había sido el carcelero del primero. ¡Cuento chino! Y como lo es, no entro en los detalles relatados en la mencionada “passio”. Esta leyenda, contaminada por el himno de Prudencio, fue muy divulgada hasta mediados del siglo VI. Recordemos que Prudencio era el que había dicho que era un novacianista arrepentido que había sido arrastrado por unos caballos en Porto, siendo sepultado en la Vía Tiburtina. Como allí se construyó una basílica en su honor, se fue abriendo paso una nueva tradición hagiográfica independiente de la tradición romana. Entretanto, la tradición romana fue incluida en los Itinerarios del siglo VII y en los primeros martirologios, los llamados históricos y de ellos, pasó al Martirologio Romano.

Mosaicos en la basílica de San Apolinar Nuevo en Ravenna (Italia).

Mosaicos en la basílica de San Apolinar Nuevo en Ravenna (Italia).

En Porto, bien porque se olvidó la verdadera personalidad del mártir que allí se veneraba o porque fue tomando cuerpo la tradición que decía que se había llevado a Roma, se creó una nueva leyenda: la “passio Aureae diciendo que el mártir de Porto se llamaba Nonno (“Beatus Nonnus qui etiam Ypolitus nuncupatur; Beatus Ypolitus qui etiam Nonnus vocatur”), del cual se dijo que era un obispo de la ciudad que había muerto tirado a un pozo en tiempos del emperador Claudio. Este mismo tipo de muerte se repite en la “passio Censurini” y con mayor ahínco en la redacción latina de la “passio Hippolyti-Nonni”, en la cual se nos presenta a Hipólito como obispo y escritor. Este nuevo personaje ficticio también tuvo cabida en los martirologios incluyendo los Jeronimiano y Romano, saliéndole un falso competidor al verdadero mártir romano, o sea, un falso obispo mártir de Porto.

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Esta compleja figura de San Hipólito ha hecho que se le haya representado tanto como sacerdote que como soldado, como escritor y como carcelero, como obispo… en fin, de diversas maneras, pero en este tema si que no entro y lo dejo para quién entienda más de iconografía.

Antonio Barrero

Bibliografía:
– Amore, A., “Notas sobre San Hipólito mártir”, revista Arqueología Cristiana, XXX, 1954.
– Bovini, G., “San Hipólito, doctor y mártir del siglo III”, Roma, 1943.
– Caselli, V., “Memoria de los mártires de Roma”, Roma, 1959.
– Delehaye, H., “Búsquedas sobre las leyendas romanas”, publicado en Analecta Bollandista, LI (1933).
– Hanssens, J.M., “¿Fue San Hipólito de Roma un novacianista?”, Roma, 1965.
– Palachkovschy, V., “La tradición hagiográfica sobre San Hipólito de Roma”, Berlín, 1961.
– Sicari, G., “Reliquie Insigni e Corpi santi a Roma”, Roma, 1998.
– VV.AA., “Bibliotheca sanctórum, tomo VII”, Città Nuova Editrice, Roma, 1988.

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