La Vigilia Pascual

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Vista de la edícula en el interior de la Basílica, rodeada por fieles con velas con ocasión de la Noche de Pascua. Basílica del Santo Sepulcro, Jerusalén (Israel).

Vista de la edícula en el interior de la Basílica, rodeada por fieles con velas con ocasión de la Noche de Pascua. Basílica del Santo Sepulcro, Jerusalén (Israel).

La madre de todas las santas vigilias
Así es como san Agustín [1] llamaba a la Santa Vigilia Pascual que se celebra en la noche del Sábado Santo al Domingo de Resurrección. En efecto, ya desde esos primeros siglos, se entendió que en esa noche algo era distinto. No se trataba de una vigilia cualquiera (vigilia es la anticipación o preparación al día anterior de la celebración de una solemnidad o fiesta), sino que es recordatorio del acontecimiento fundamental del que manan, nacen o se refieren todas las fiestas litúrgicas del año cristiano. Tal es así, que cualquier celebración, cualquier acto litúrgico, y yendo más allá, cualquier aspecto de la vida cristiana, se centra en el misterio pascual de Cristo y ponen en él su cimiento. “Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe” (1 Cor. 15, 14).

Con el tiempo, las vigilias de otras fiestas han ido perdiendo empuje, y las otrora habituales en todo el año litúrgico van siendo reducidas a unas pocas que merecen recordarse (Nochebuena, Pentecostés, Inmaculada…). Incluso durante el siglo XX se difuminó ésta que nos ocupa, siendo la asistencia de los fieles habitualmente escasa. Pero desde la reforma de Pío XII de 1955 [2] y el empuje de algunos movimientos laicales de nuevo cuño, que la celebran con gran piedad, ha resurgido con gran fuerza. Es de agradecer que haya sido puesta en el gran lugar que le corresponde como la principal y más importante solemnidad anual para el cristiano.

Esta vigilia es, por tanto, algo especial para el seguidor de Cristo vivo y resucitado, pues su sentido salvífico, cristológico, escatológico, sacramental y simbólico está a rebosar. No puede en estas pocas líneas explicarse toda la riqueza de la Vigilia Pascual, pero intentaremos acercarnos a ella mediante unas pocas pinceladas que resuman lo más importante.

Vista de la edícula en el interior de la Basílica del Santo Sepulcro de Jerusalén (Israel), iluminada para la noche de Pascua.

Vista de la edícula en el interior de la Basílica del Santo Sepulcro de Jerusalén (Israel), iluminada para la noche de Pascua.

La Vigilia Pascual: centralidad del Triduo Pascual
Con la Vigilia Pascual (y podíamos decir que con su prolongación-epílogo de la Santa Misa del domingo de Pascua o Resurrección) termina el gran triduo que conmemora la pasión, muerte y resurrección de Cristo. Si el Jueves Santo recordábamos la cena del Señor (eucaristía-entrega-cordero inmolado) y el Viernes Santo su pasión y muerte, en la vigilia del domingo celebramos ya su triunfante resurrección. No puede entenderse un día sin los demás, los tres van unidos inseparablemente. “La liturgia, y aún la misma vida cristiana por el bautismo, que nos injerta en el misterio pascual, tienen su sentido en la pasión, muerte y resurrección de Cristo” [3]. Aunque ahora celebramos los tres hechos por separado en tres días, en los primeros siglos de la Iglesia, no fue así. Se necesitó un lento desarrollo litúrgico.

El acontecimiento pascual, los tres hechos mencionados, todos en uno, fue lo que impactó a los discípulos y llenó de contenido su predicación hasta los confines del mundo. La Pascua es algo que debe ser el centro del cristiano, que debe dar vida nueva y comunicarse a los demás hombres, pues por ellos, por su salvación, Cristo padeció, murió y resucitó, y se entrega sacramentalmente en cada Eucaristía. Por eso este misterio redentor no acaba en la conmemoración pascual, sino que toda la liturgia, toda la vida de la Iglesia es pascual. Siempre debe ser entrega, oblación, redención, alegría del sepulcro vacío, anuncio y promesa.

Por lo anterior, por vivirse todo unido en cada momento litúrgico, en los primeros decenios del cristianismo no se celebraba la Vigilia Pascual como conmemoración anual de la Pascua-Muerte-Resurrección, sino que todos los domingos eran fiesta pascual (y aún siguen siéndolo de alguna manera). No será hasta bien entrado el siglo II cuando se establece un día privilegiado para vivir esta celebración con mayor solemnidad. Por los escritos patrísticos se aprecia que era muy festejada, con gran éxtasis y fervor por parte de los asistentes. Eran todos los bautizados y catecúmenos los que se reunían, pues no se entendía que un cristiano no acudiera a esta celebración principal. Era tanto el fervor en esta noche santa, que el sentir popular creía que la parusía, o segunda venida de Cristo ocurriría durante una Vigilia Pascual. Así lo reflejan algunos sermones que se conservan.

Celebración de la Resurrección en la noche.

Celebración de la Resurrección en la noche.

Poco a poco, sin perder la centralidad pascual, se fueron introduciendo los elementos litúrgicos que luego describiremos, sobre todo especialmente el bautismo, ya que al ser la celebración más importante de año, era (y es) un momento ideal para administrar dicho sacramento redentor (muere el hombre viejo, nace el hombre nuevo). Se van estructurando y afianzando sus partes con el paso de los años y se van perdiendo otras que pasan a otros días (la pasión y muerte) como “fases” de una misma solemnidad, hasta configurar lo que hoy tenemos y entendemos como Triduo Pascual.

La Vigilia Pascual consta de tres partes fundamentales (aunque podemos a su vez subdividirlas en más): a) bendición de la luz, b) lecturas con cantos y oraciones, c) celebración de los sacramentos de iniciación y d) coronadas todas ellas con la Eucaristía. Veamos lo más importante de cada una.

Liturgia de la Vigilia Pascual
a) Bendición de la luz
La bendición de la luz era un rito que existía en el mundo judío tanto en su liturgia como en la acción cotidiana de encender las luces de una casa durante el atardecer. A dicha acción le acompañaba una oración-bendición. Es muy probable que el mismo Jesús, en la Última Cena, hubiera pronunciado esta bendición judía. La Iglesia dio nuevo significado a este rito gracias a la rica teología que se desprende de las mismas palabras que sobre la luz pronunció Jesús durante su vida. Hay vestigios de que en las primitivas comunidades cristianas, ya en el siglo IV, se usaba esta bendición de la luz en la Vigilia Pascual.

Fotografía del papa Francisco durante el rito del Lucernario del año 2013.

Fotografía del papa Francisco durante el rito del Lucernario del año 2013.

Al comienzo de la Vigilia la oscuridad invade todo el templo donde se va a celebrar la liturgia. El templo se transforma así en una especie de sepulcro. Dicha oscuridad nos recuerda que, real y verdaderamente, no de manera simulada, ha muerto el autor de la Luz (Gen. 1,3), el Salvador-Luz que nos visitó de lo alto (Lc. 1,78), el Cristo luminoso transfigurado en el Tabor (Mt. 17,1ss), la Palabra-Luz verdadera (Jn. 1,8), la Luz que ilumina al mundo (Jn. 8,12). Es un momento de dolor contenido y sereno, de espera, de silencio. En la puerta del templo es bendecido el cirio pascual. Será usado durante todo el tiempo pascual y durante la celebración de bautismos, y representa al mismo Cristo resucitado, por eso durante dicho tiempo pascual es incensado en las celebraciones litúrgicas.

Portado por un diácono, el cirio, ya bendecido, entra en el templo y sirve como guía a todo el pueblo, nuevo Israel, que peregrina tras su Salvador en la procesión de entrada, y va tomando del cirio pascual la luz que arderá en las pequeñas velas que cada uno porta. Tras tres aclamaciones del pueblo, el diácono, desde el ambón, proclama, normalmente cantando, el “Exultet” o Pregón Pascual. Dicho pregón, de gran antigüedad (probablemente compuesto por San Ambrosio) y enorme calidad literaria, nos describe poéticamente el significado espiritual de la luz en la noche iluminada por la Resurrección de Jesucristo, aludiendo a las grandes etapas de la historia de la salvación, desde la creación hasta el presente. No deja indiferente al creyente la gran fuerza de las palabras de este pregón, el anuncio de la Resurrección y el gran lirismo y simbología de la luz y el cirio. Es un momento único de esta noche, irrepetible durante el año.

b) Liturgia de la Palabra
Si densa era la bendición de la luz, no menos densa es la parte que le sigue. Primitivamente era una gran catequesis para los que iban a bautizarse esta noche, pero ahora es un oficio que combina lecturas de la Sagrada Escritura, cantos (salmos o cánticos) y oraciones, no siendo hasta el misal de 1970 cuando se estableció su estructura actual. Lo que más llama la atención es el número de lecturas que se proclama esta noche: siete del Antiguo Testamento y dos del Nuevo (Gen. 1,1-2,2; Gen. 22, 1-2. 9a. 10-13. 15-18; Ex. 14, 15-15, 1;  Is. 54, 5-14; Is. 55, 1-11; Bar. 3, 9-15. 32-4, 4; Ez. 36, 16-28; Rom. 6, 3-11; Evangelio, que varía según ciclo litúrgico), aunque por razones pastorales sólidas pueden reducirse a tres (nunca por mero capricho o por acortar la celebración sin fundamento). Entre las lecturas se intercalan oraciones y salmos de gran significación en la historia salvífica.

El papa Benedicto XVI durante la Liturgia de la Palabra en la Vigilia Pascual del año 2011.

El papa Benedicto XVI durante la Liturgia de la Palabra en la Vigilia Pascual del año 2011.

Muy emotivo es el momento en el que se terminan las lecturas del Antiguo Testamento y comienzan las del Nuevo. Se canta entonces, de una manera solemne el “Gloria” (que no se proclamó en toda la Cuaresma, exceptuando el Jueves Santo) y se hacen repicar las campanas del templo. También tiene especial significado el canto del Aleluya, el principal entre todos los del año, que precede al Evangelio.

c) Liturgia bautismal
Siempre que sea posible, es lógico que en esta parte se administren los sacramentos de iniciación cristiana (bautismo, eucaristía y confirmación si el que preside es obispo), pues desde antiguo en esta Vigilia Pascual era el momento en que los catecúmenos se incorporaban a la vida en Cristo resucitado. Con la implantación del bautismo de niños pequeños cayó muy en desuso esta costumbre, pero actualmente se insiste que al menos los catecúmenos adultos y los niños nacidos en fechas cercanas reciban las aguas bautismales en esta Vigilia, pues es esta liturgia un marco adecuado para mejor comprender su significado. Independientemente que sean adultos o niños se sigue el ritual del bautismo como siempre: óleos, letanías, vestido blanco, etc… Personalmente hace un par de años fui padrino de un niño que fue bautizado en esta noche y fue algo muy emotivo.

En el caso de adultos conversos no es raro el hecho de que puedan recibir, tras un periodo largo de catecumenado, los tres sacramentos en la misma celebración pascual presidida por el obispo diocesano del lugar. Habitualmente suele darse esta circunstancia en la Vigilia Pascual presidida por el Papa y en diócesis de importancia.

Bautizo de un joven adulto durante la segunda Vigilia Pascual del papa Francisco.

Bautizo de un joven adulto durante la segunda Vigilia Pascual del papa Francisco.

Independientemente de si hay o no bautismos en la celebración de la Vigilia, suele bendecirse el agua que va a usarse en los bautismos durante el tiempo de Pascua con la novedad de que se introduce el cirio en dicha agua y se usa un texto diferente al habitual, se procesiona solemnemente con ella hasta el baptisterio, se recita la letanía de los santos y se renuevan las promesas bautismales, encendiendo entonces de nuevo las velas que cada fiel porta.

d) Eucaristía
La Vigilia sigue con la liturgia eucarística, culmen de la celebración. No posee ningún rito que se salga de lo habitual de un domingo normal. Evidentemente los textos del ordinario a usar que el misal propone son de una mayor solemnidad. Curiosamente se usarán en los días siguientes, en toda la octava pascual, debido a que éstos se consideran como una única unidad litúrgica. Hasta tal punto es esto, que en el prefacio se dice, en toda la octava: “… En este día … “

La plegaria eucarística que suele usarse esta noche es el llamado Canon romano, más solemne. Concluye la celebración con la bendición final y el canto por duplicado del Aleluya, que se repetirá durante todo el tiempo pascual.

David Jiménez


Texto en latínTexto en español
Exultet iam angelica turba caelorum:
exultent divina mysteria:
et pro tanti Regis victoria tuba insonet salutaris.

Gaudeat et tellus tantis irradiata fulgoribus:
et, aeterni Regis splendore illustrata,
totius orbis se sentiat amisisse caliginem.

Laetetur et mater Ecclesia,
tanti luminis adornata fulgoribus:
et magnis populorum vocibus haec aula resultet.

Quapropter astantes vos, fratres carissimi,
ad tam miram huius sancti luminis claritatem,
una mecum, quaeso,
Dei omnipotentis misericordiam invocate.
Ut, qui me non meis meritis
intra Levitarum numerum dignatus est aggregare,
luminis sui claritatem infundens,
cerei huius laudem implere perficiat.
Per Dominun nostrum Jesum Christum Filium suum,
qui cum eo vivit et regnat in unitate Spiritus Sancti Deus
Per omnia saecula saeculorum. AMEN.

Vers. Dominus vobiscum.
Resp. Et cum spiritu tuo.
Vers. Sursum corda.
Resp. Habemus ad Dominum.
Vers. Gratias agamus Domino Deo nostro.
Resp. Dignum et iustum est.

Vere dignum et iustum est,
invisibilem Deum Patrem omnipotentem
Filiumque eius unigenitum,
Dominum nostrum Iesum Christum,
toto cordis ac mentis affectu et vocis ministerio personare.

Qui pro nobis aeterno Patri Adae debitum solvit,
et veteris piaculi cautionem pio cruore detersit.

Haec sunt enim festa paschalia,
in quibus verus ille Agnus occiditur,
cuius sanguine postes fidelium consecrantur.

Haec nox est,
in qua primum patres nostros, filios Israel
eductos de Aegypto,
Mare Rubrum sicco vestigio transire fecisti.

Haec igitur nox est,
quae peccatorum tenebras columnae illuminatione purgavit.

Haec nox est,
quae hodie per universum mundum in Christo credentes,
a vitiis saeculi et caligine peccatorum segregatos,
reddit gratiae, sociat sanctitati.

Haec nox est,
in qua, destructis vinculis mortis,
Christus ab inferis victor ascendit.

Nihil enim nobis nasci profuit,
nisi redimi profuisset.
O mira circa nos tuae pietatis dignatio!
O inaestimabilis dilectio caritatis:
ut servum redimeres, Filium tradidisti!

O certe necessarium Adae peccatum,
quod Christi morte deletum est!
O felix culpa,
quae talem ac tantum meruit habere Redemptorem!

O vere beata nox,
quae sola meruit scire tempus et horam,
in qua Christus ab inferis resurrexit!

Haec nox est, de qua scriptum est:
Et nox sicut dies illuminabitur:
et nox illuminatio mea in deliciis meis.

Huius igitur sanctificatio noctis fugat scelera, culpas lavat:
et reddit innocentiam lapsis
et maestis laetitiam.
Fugat odia, concordiam parat
et curvat imperia.

In huius igitur noctis gratia, suscipe, sancte Pater,
laudis huius sacrificium vespertinum,
quod tibi in hac cerei oblatione sollemni,
per ministrorum manus
de operibus apum, sacrosancta reddit Ecclesia.

Sed iam columnae huius praeconia novimus,
quam in honorem Dei rutilans ignis accendit.
Qui, licet sit divisus in partes,
mutuati tamen luminis detrimenta non novit.

Alitur enim liquantibus ceris,
quas in substantiam pretiosae huius lampadis
apis mater eduxit.

O vere beata nox,
in qua terrenis caelestia, humanis divina iunguntur!

Oramus ergo te, Domine,
ut cereus iste in honorem tui nominis consecratus,
ad noctis huius caliginem destruendam,
indeficiens perseveret.
Et in odorem suavitatis acceptus,
supernis luminaribus misceatur.

Flammas eius lucifer matutinus inveniat:
Ille, inquam, lucifer, qui nescit occasum:
Christus Filius tuus,
qui, regressus ab inferis, humano generi serenus illuxit,
et tecum vivit et regnat in saecula saeculorum.

Amen.
Exulten por fin los coros de los ángeles,
Exulten las jerarquías del cielo,
y por la victoria de rey tan poderoso
que las trompetas anuncien la salvación.

Goce también la tierra, inundada de tanta claridad,
y que, radiante con el fulgor del Rey eterno,
se sienta libre de la tiniebla,
que cubría el orbe entero.

Alégrese también nuestra madre la Iglesia,
revestida de luz tan brillante;
resuene este templo
con las aclamaciones del pueblo.

Por eso, queridos hermanos,
que asistís a la admirable claridad de esta luz santa,
invocad conmigo la misericordia de Dios omnipotente,
para que aquel que, sin mérito mío,
me agregó al número de los Diáconos,
completen mi alabanza a este cirio,
infundiendo el resplandor de su luz.

El Señor esté con vosotros.
Y con tu espíritu.
Levantemos el corazón.
Lo tenemos levantado hacia el Señor.
Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
Es justo y necesario.

Realmente es justo y necesario
aclamar con nuestras voces
y con todo el afecto del corazón
a Dios invisible, el Padre todopoderoso,
y a su único Hijo, nuestro Señor Jesucristo.
Porque Él ha pagado por nosotros al eterno Padre
la deuda de Adán
y, derramando su Sangre, canceló el recibo,
del antiguo pecado.

Porque éstas son las fiestas de Pascua
en las que se inmola el verdadero Cordero,
cuya Sangre consagra las puertas de los fieles.

Esta es la noche en que sacaste de Egipto,
a los israelitas, nuestros padres,
y los hiciste pasar a pie el mar Rojo.

Esta es la noche en que la columna de fuego
esclareció las tinieblas del pecado.

Esta es la noche
en la que por toda la tierra,
los que confiesan su fe en Cristo, son arrancados
de los vicios del mundo
y de la oscuridad del pecado,
son restituidos a la gracia
y son agregados a los santos.

Esta es la noche en que,
rotas las cadenas de la muerte,
Cristo asciende victorioso del abismo.
¿De qué nos serviría haber nacido
si no hubiéramos sido rescatados?

¡Qué asombroso beneficio de tu amor por nosotros!
¡Qué incomparable ternura y caridad!
Para rescatar al esclavo, entregaste al Hijo!

Necesario fue el pecado de Adán,
que ha sido borrado por la muerte de Cristo.
¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor!

¡Qué noche tan dichosa!
Sólo ella conoció el momento
en que Cristo resucitó del abismo.

Esta es la noche de que estaba escrito:
«Será la noche clara como el día,
la noche iluminada por mi gozo.»
Y así, esta noche santa
ahuyenta los pecados,
lava las culpas,
devuelve la inocencia a los caídos,
la alegría a los tristes,
expulsa el odio,
trae la concordia,
doblega a los potentes.

En esta noche de gracia,
acepta, Padre Santo,
el sacrificio vespertino de esta llama,
que la santa Iglesia te ofrece
en la solemne ofrenda de este cirio,
obra de las abejas.

Sabemos ya lo que anuncia esta columna de fuego,
ardiendo en llama viva para gloria de Dios.
Y aunque distribuye su luz,
no mengua al repartirla,
porque se alimenta de cera fundida,
que elaboró la abeja fecunda
para hacer esta lámpara preciosa.

¡Qué noche tan dichosa
en que se une el cielo con la tierra,
lo humano con lo divino!

Te rogamos, Señor, que este cirio,
consagrado a tu nombre,
para destruir la oscuridad de esta noche,
arda sin apagarse
y, aceptado como perfume,
se asocie a las lumbreras del cielo.
Que el lucero matinal lo encuentre ardiendo,
ese lucero que no conoce ocaso
Jesucristo, tu Hijo,
que, volviendo del abismo,
brilla sereno para el linaje humano,
y vive y reina por los siglos de los siglos.

Amén.


[1] S. AGUSTÍN. Serm. 219.
[2] PÍO XII, Maxima redemptionis nostrae mysterium.
[3] Constitución Sacrosanctum Concilium, 2, 5 y 6.

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

“Han taladrado mis manos y mis pies”

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Detalle de la mano de un Cristo Crucificado con el clavo correctamente insertado desde el rigor histórico y anatómico.

Detalle de la mano de un Cristo Crucificado con el clavo correctamente insertado desde el rigor histórico y anatómico.

“Han taladrado mis manos y mis pies y se pueden contar todos mis huesos” (Salmo 22, 16-17).

Ayer escribimos sobre cómo habían crucificado a nuestro Señor, pero hoy quiero que profundicemos más sobre las heridas de sus manos y de sus pies. Este es un tema duro, durísimo, pero hemos de tener conciencia del sufrimiento tan terrible que supuso nuestra Redención. Cristo pudo salvarnos con un simple acto de su voluntad, pero quiso sufrir en carne propia lo que ninguna persona ha padecido. Para tratar este tema, utilizaremos la misma bibliografía de esta serie de artículos, ya que es trabajo de especialistas en esta materia.

Desde el punto de vista teórico, la crucifixión de las manos puede hacerse en tres sitios de la misma, o sea, en la palma, en la articulación cúbito-radial inferior y en el carpo (muñeca). Estamos acostumbrados a ver miles de imágines de Cristo crucificado en las palmas de las manos, pero es plenamente sabido que las palmas de las manos no pueden soportar el peso de una persona. Si esto es así, ¿por qué los artistas nos representaron de esta forma al Crucificado? Todas las representaciones artísticas son posteriores a la abolición de la crucifixión por parte del emperador Constantino, por lo que los artistas no conocían cómo se había llevado a cabo la crucifixión, ya que ni los textos sagrados lo explican. Si se lee el salmo 22, se dice textualmente: “han taladrado mis manos”, el mismo Cristo le dice a Tomás: “Mete tus dedos en mis manos”, pero ¿qué es exactamente la mano? Antiguamente, cuando la anatomía del cuerpo no era conocida como lo es hoy, sencillamente se creía que las manos eran simplemente las palmas. Hay quienes ponen como justificación de esto los estigmas de los estigmatizados, pero si se estudia cada caso, puede comprobarse que no todos los estigmatizados lo fueron en la misma parte de la mano: unos en las palmas, otros en la parte superior junto a los dedos, otros en la parte de las muñecas e incluso otros, en los laterales de las mismas; luego las estigmatizaciones no confirman nada. Además, unos tenían heridas profundas que atravesaban las manos y otros, simples rasguños o heridas superficiales.

Sólo la anatomía nos dice qué es la mano: el carpo, el metacarpo y las falanges, o lo que es lo mismo, la muñeca, la palma y los dedos. El doctor Pierre Barbet (1884-1961) que ha estudiado este tema a fondo realizando multitud de experiencias en cadáveres o en brazos cortados en cirugía ha podido comprobar esto como si fuera “en vivo”. Ha comprobado que clavadas las palmas a cuerpos que pesaban más de cuarenta kilos, a los pocos minutos, estas se desgarraban y en menos de un cuarto de hora, el cuerpo se caía. Si esto ocurría con un cuerpo inerte –que no se movía – y de pequeño peso, ¿qué podría pasar con un cuerpo vivo que se mueve y que puede pesar el doble? Puede alegarse que como Cristo también estaba clavado por los pies, el peso del cuerpo no recaía solo sobre las manos, pero esto tampoco es así porque la cruz de Cristo no tenía “sedile” ya que no se quiso alargar el tormento, entre otras cosas porque era la víspera de la Pascua, pero aun así Jesús murió pronto, antes de tiempo, cosa que incluso extrañó a Pilato. Para los forenses, esta rápida agonía es una prueba de que Jesús solo fue clavado con clavos, porque si hubiera estado atado y hubiese tenido “sedile”, hubiera vivido más tiempo.

Vista del Espacio de Destot, zona por la que se introdujeron los clavos en el Hombre de la Síndone.

Vista del Espacio de Destot, zona por la que se introdujeron los clavos en el Hombre de la Síndone.

Algunos investigadores afirman que fue clavado por la articulación cúbito-radial, pero esto es rechazado por la mayoría de ellos ya que este tipo de crucifixión produce desgarros en importantes vasos sanguíneos, no solo por los clavos, sino también por los movimientos del crucificado al intentar levantar su cuerpo para no morir por asfixia. Entonces, ¿por donde fue clavado? Los anatomistas defienden que por razones de aguante de la suspensión del cuerpo y de los movimientos del ajusticiado, la forma utilizada por los verdugos fue la crucifixión por el carpo, o sea, la muñeca. Los romanos sabían que taladrando las manos por las muñecas los clavos no solo podían soportar el peso del cuerpo, sino también los movimientos bruscos realizados para evitar la asfixia.

Los clavos utilizados fueron los conocidos como “clavos herreros”, o sea, que no eran cilíndricos, sino cuadrados, de punta roma y de cabeza ancha. El clavo fue puesto en la muñeca en el centro de la flexión del puño, concretamente en el llamado “espacio de Destot”. Aunque este espacio es pequeño, se agranda o ensancha al entrar el clavo no rompiendo ninguno de los huesos y provocando una pequeña hemorragia ya que no encuentra ninguna arteria importante. Esto es así, pero si produce un dolor intensísimo ya que se roza e incluso se hiere el llamado “nervio mediano”.

Al pegarse el primer martillazo, se produjo una herida contusa en la piel pues la punta era roma. El clavo, después de cada martillazo, fue desgarrando la carne y todo lo que se encontraba a su paso, como nervios, tendones, venas pequeñas, etc. Los dolores eran terribles pero el sangrado era escaso. Cuando los clavos llegaron al “espacio de Destot”, se encontraron con el nervio “mediano” que sube por el antebrazo entre los nervios radial y cubital. Este nervio tiene ramas motoras (mueven los dedos) y ramas sensitivas que son las que producen los dolores. El rostro de Cristo se contraería de dolor y de manera brusca, el dedo pulgar se dobló y cayó sobre la palma de la mano: el nervio mediano estaba herido y el dolor era indescriptible y ese dolor se reproduciría cada vez que Cristo se moviera. Este es uno de los dolores más intensos y terribles que puede experimentar un ser humano, por lo que probablemente, Cristo pudo desmayarse momentáneamente. Ojala el nervio se hubiera cortado, pero lo más seguro es que se quedara dañada la parte sensitiva del mismo que quedó en contacto con el clavo y fuertemente tenso sobre el mismo cuando el crucificado fue elevado, fue puesto en vertical. Estas lesiones y la sed fueron los dos tormentos mayores que Jesús tuvo que soportar en la cruz.

Detalle y recreación de las lesiones experimentadas en los pies por el Hombre de la Síndone.

Detalle y recreación de las lesiones experimentadas en los pies por el Hombre de la Síndone.

¿Por qué digo que si Cristo se desmayó fue de forma momentánea? Esta claro: si Cristo hubiese perdido el conocimiento no hubiese hablado durante las aproximadamente tres horas que permaneció vivo colgado en la cruz y todos conocemos lo que ha venido en denominarse “las siete palabras”.

Pero nuestro Señor fue crucificado también por los pies. Clavadas las manos, pusieron a Jesús de pie levantando el “patibulum” hasta acoplarlo al saliente superior del “stipes”. Esto es lo que se denominaba “ascendere crucem” (subir a la cruz). En ese momento, no estando aun clavados los pies, el cuerpo de Cristo se hundió quedando solo colgado de los clavos de las manos. Pero así no podía quedar porque su muerte hubiese sido inmediata por asfixia. Había que clavar los pies pero no a la altura a la que habían llegado, sino algo más arriba a fin de que el cuerpo pudiese tener algún movimiento para poder respirar. Por eso, le aproximaron los muslos hasta dejar las rodillas casi juntas y estas las flexionaron hacia arriba para que los pies también subieran. Posteriormente, juntaron los pies poniendo el izquierdo sobre el derecho, el cual tocaba directamente el “stipes”. Así, con un solo clavo clavaron los dos pies juntos. En esta postura, el espesor de los pies por donde entró el clavo no es muy grande, aunque el clavo si que era mayor que el utilizado en las manos; medía aproximadamente lo que llamamos “una cuarta” (de doce a catorce centímetros). De esta manera, con las rodillas flexionadas, el peso del cuerpo no recaía del todo sobre los pies, ya que lo que verdaderamente se pretendía era que el cuerpo no quedase colgando. El clavo servía de punto de apoyo para que el crucificado pudiese levantar el cuerpo, expulsar del aire viciado de los pulmones y aspirar aire nuevo.

Vista de la línea de Lisfranc, por donde entró el clavo.

Vista de la línea de Lisfranc, por donde entró el clavo.

Los forenses, que han estudiado este tema al igual que lo hicieron con las manos, dicen que el clavo no pudo pasar por la articulación del tarso, porque si el clavo lo hubiese atravesado, hubiese destrozado toda la articulación y no hubiera podido usarse como soporte, como punto de apoyo. Entonces, ¿por dónde entró el clavo? Los científicos dicen que el clavo entró por la llamada “línea de Lisfranc” entre las bases del segundo y del tercer metatarsiano. Esta parte del pie es blando, no está atravesada por la “arteria pedia”, la cual, si hubiese sido dañada hubiese provocado una gran hemorragia. El empeine quedó por encima del clavo y esto fue un buen punto de apoyo.

Este clavo también era romo, el primer martillazo provocó una herida contusa, se desgarró el tejido blando, el tendón, las fibras nerviosas y algunos vasos sanguíneos. El dolor fue muy intenso aunque menor que el dolor producido al clavarse las manos y además, ya todo el cuerpo de Cristo era puro dolor.

Con estos tres artículos, con los tres que escribimos el año pasado y, si Dios quiere, con los que sigamos escribiendo en años posteriores, queremos hacernos recapacitar sobre todo lo que sufrió nuestro Dios y Señor, Jesús de Nazaret, el Verbo Encarnado, que quiso padecer en su Cuerpo y Alma humanos tan terribles sufrimientos a fin de redimirnos de nuestros pecados, acercarnos a Dios, nuestro Padre y darnos un ejemplo supremo de amor. “Nadie ama más que el que da la vida por sus amigos” (Juan, 15, 13).

Antonio Barrero

Bibliografía:
– Cabezón Marín, C., “Así murió Jesucristo”, Edicel, Centro Bíblico Católico, Madrid 2003.
– Hermosilla Molina, A., “La pasión de Cristo vista por un médico”, Sevilla, 1984
– Sagrada Biblia de Jerusalén

Enlace consultado (13/03/2015):
– http://en.wikipedia.org/wiki/Crucifixion_of_Jesus

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Cómo fue crucificado Jesús

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

"Crucifixión", óleo historicista de Aimé Nicolas Morot (1850-1913).

“Crucifixión”, óleo historicista de Aimé Nicolas Morot (1850-1913).

Sabemos cómo era la cruz de Cristo: un palo vertical sujeto al suelo, llamado “stipes” y otro horizontal, llevado a hombros por el reo, llamado “patibulum”. Pero ¿cómo fue crucificado? Por los evangelios solo sabemos que “al llegar al lugar de la calavera, le crucificaron” (Juan, 19, 17-18). Si al llegar al Calvario los soldados tuvieron que juntar los dos palos individuales que conformaban la cruz, podríamos decir que en el momento de la crucifixión, la cruz no estaba configurada. Si la cruz completa hubiera estado hincada en la tierra, la crucifixión hubiera entrañado muchísimas dificultades, pero estos mismos problemas hubieran surgidos si la cruz completa hubiera estado tirada en el suelo. Estas últimas dificultades incluso hubieran sido mayores porque una vez crucificado Cristo, tendrían que haberlo levantado haciendo una maniobra verdaderamente peligrosa: levantar un gran peso (unos 100 kgs. como peso de la cruz más unos 80 kgs. del peso de Cristo) e introducirla en un agujero estrecho excavado en la roca.

Debido a estas dificultades, los romanos no utilizaban ninguno de los dos métodos: ni clavar al reo en la cruz completa en posición vertical ni hacerlo en la cruz completa en posición horizontal. Entonces, ¿cómo lo clavaron? El Calvario era una cantera de piedra caliza blanquecina y al llegar Jesús a la cima de ella, que era el lugar idóneo para que todos pudieran ver al reo tanto de cerca como de lejos, lo desnudaron bruscamente y lo tiraron al suelo de la misma mala manera. La túnica estaría pegada a sus carnes y al arrancarla se reabrirían de nuevo las heridas que volvieron a sangrar máxime cuando el cuerpo fue golpeado contra la piedra. La violencia de este acto, hecho sin miramiento alguno, le produciría terribles dolores, pues las terminaciones nerviosas que estarían a flor de piel enviarían rápidamente la información a su cerebro.

Fue tirado hacia atrás, para que quedara boca arriba. De esta manera, la espalda y el cuello no solo se golpearon con las rocas sino contra el propio “patíbulum” que estaría tirado en el suelo. Seguro que no le quitaron el casquete de espinas y podemos imaginarnos el terrible dolor al golpear la cabeza contra la roca. Las heridas se llenaron de tierra y de pequeñas piedrecillas que, por sus formas irregulares, sensibilizarían aun mucho más las terminaciones nerviosas. Así, tirado en el suelo, le clavaron al “patibulum” por las dos muñecas. Extendieron los brazos de Cristo sobre el “patibulum” y fijando una mano sobre el mismo la clavaron por la muñeca, exactamente, por el pliegue del carpo. Con un par de martillazos atravesarían la mano, pero al llegar a la madera tuvieron que golpear con más fuerza; luego extenderían la otra mano lo más posible para que al quedar el cuerpo suspendido no quedara combado y repetirían lo mismo. Los dolores que debió sentir nuestro Señor fueron intensísimos, pero sobre esto escribiremos en el artículo de mañana.

Reconstrucción de la crucifixión practicada en el siglo I a partir de los restos de Jehohanan.

Reconstrucción de la crucifixión practicada en el siglo I a partir de los restos de Jehohanan.

Esta manera de actuar no era extraña para los soldados por lo que al atravesar las muñecas, no rompieron ningún hueso y no lo hicieron porque introdujeron los romos clavos cuadrados por el lugar más apropiado para que el cuerpo quedara bien sujeto. Lo dicen las Escrituras: “No será quebrado ninguno de sus huesos” (Salmo, 34, 20 y Juan, 19, 36). Tampoco perforaron ninguna arteria importante, porque si lo hubieran hecho, Cristo se habría desangrado de inmediato. Realmente, los verdugos romanos eran unos expertos.

Una vez clavadas las manos, había que clavar los pies y para eso, dos o más soldados cogerían el “patíbulum” y a Cristo y lo elevarían hasta la altura en el que el madero horizontal quedara fijado al “stipes”. Hecha esta maniobra, clavar los pies era una tarea relativamente fácil. Cruzaron los muslos y las piernas, doblaron un poco hacia arriba las rodillas haciendo un ángulo de unos 120º, pusieron un pie sobre el otro – probablemente el izquierdo sobre el derecho -, y los clavaron al “stipes”. Seguro que no estiraron mucho las piernas ni clavarían los pies muy abajo, pues entonces Jesús no hubiera podido moverse en la cruz teniendo como punto de apoyo el clavo de los pies. Y Cristo tenía que moverse pues tendría que remontar su cuerpo para poder respirar y expulsar el aire viciado. De no ser así, hubiese muerto rápidamente por asfixia. Al ser esto así, fue crucificado con tres clavos. Probablemente, Jesús fue crucificado el primero de los tres, ya que su estado físico era muy débil y se corría el riesgo de muerte antes de ser crucificado, cosa totalmente ilegal. Se habían cumplido las Escrituras: “Han taladrado mis manos y mis pies” (Salmo, 22, 16). Posteriormente, serían crucificados los dos ladrones.

Vista de la posición adoptada por el Hombre de la Síndone en la crucifixión.

Vista de la posición adoptada por el Hombre de la Síndone en la crucifixión.

Hemos dicho anteriormente que Jesús fue despojado de sus vestiduras y esto lo dicen los propios evangelios. Existía también la costumbre de que las ropas de los ajusticiados pasaran como propiedad a partes iguales entre los miembros de la guardia y todo esto también queda recogido en los evangelios: “Cuando los soldados hubieron crucificado a Jesús, cogieron sus vestidos e hicieron cuatro partes, una para cada soldado. Cogieron también la túnica, la cual era sin costura, hecha de un solo tejido de arriba abajo. Entonces dijeron entre si: No la partamos, sino que echemos suerte sobre ella a ver de quién será. Esto fue para que se cumpliesen las Escrituras que dicen: “Repartieron entre si mis vestidos y sobre mi túnica echaron suerte”. Y así lo hicieron los soldados” (Juan, 19, 23-24). En efecto, el salmista lo dice textualmente: “Repartieron entre si mis vestidos y sobre mi túnica echaron suerte” (Salmo, 22, 18).

Ya está Jesús crucificado en la cruz, elevado para que todo el mundo lo vea, ya tiene la cruz la forma que estamos acostumbrados a ver, el Salvador del mundo está clavado a la vista de todos. Algunos estudiosos afirman que en el “stipes” existía como una especie de asiento, llamado “sedile” y eso es cierto, pero la cruz de Jesús no lo tenía ya que eso solo se utilizaba en algunas provincias del Imperio con personas muy significadas por sus fechorías o traiciones a las que se les quería alargar el tormento, prolongar los sufrimientos y la agonía.

Fotograma de la película "La última tentación de Cristo" (1988) que muestra la crucifixión desde un punto de vista de rigor histórico y arqueológico.

Fotograma de la película “La última tentación de Cristo” (1988) que muestra la crucifixión desde un punto de vista de rigor histórico y arqueológico.

Jesús, crucificado durante unas tres horas (desde la hora sexta hasta la hora nona), mientras estaba vivo, estuvo permanentemente vigilado por el centurión y por sus soldados. Esta guardia era obligatoria y lo era para evitar que los familiares o amigos pudieran desclavar al reo de la cruz. Por lo tanto, la guardia estuvo montada hasta el momento de la muerte. Esta era la costumbre y esto queda recogido en los propios evangelios: “Y sentados, le guardaban allí” (Mateo, 27, 36). También nos dicen los evangelios que los soldados, al contemplar los fenómenos naturales ocurridos durante la muerte de Cristo, cambiaron de actitud hasta tal punto que el centurión, que era el jefe del pelotón, llegó a exclamar: “Verdaderamente, este hombre era Hijo de Dios” (Mateo, 27, 54). La guardia se quedó en el Calvario hasta que Pilato permitió que José de Arimatea tomara el cadáver para enterrarlo en un sepulcro de su propiedad.

Y llegados a este punto, preguntémonos: ¿Estaba Jesús completamente desnudo? El sudario que la imaginería ha puesto sobre sus muslos y genitales ¿se ha puesto por simple pudor? Si nos atenemos al comentario de Flavio Josefo al que nos referíamos ayer, Jesús no estuvo en la cruz completamente desnudo, ni fue crucificado desnudo. Es cierto que en Roma y en otros lugares del imperio esta era la costumbre, pero no lo era por pudor en Israel y los romanos acostumbraban a respetar las costumbres locales: “Los romanos nunca fuerzan a los pueblos sometidos a quebrantar su ley patria” (Flavio Josefo). Aun así, este será un tema que siempre estará en discusión.

“Jesús de Nazaret” (1977) – Escenas de la Pasión:

Antonio Barrero

Bibliografía:
– Cabezón Marín, C., “Así murió Jesucristo”, Edicel, Centro Bíblico Católico, Madrid 2003.
– Hermosilla Molina, A., “La pasión de Cristo vista por un médico”, Sevilla, 1984
– Sagrada Biblia de Jerusalén

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

“Y cargando su cruz, salió hacia el lugar llamado Gólgota”

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Imagen del Jesús Condenado de Cáceres, obra de Antonio Fernández Domínguez (2011) que muestra a Cristo cargando el patibulum con rigor histórico.

Imagen del Jesús Condenado de Cáceres, obra de Antonio Fernández Domínguez (2011) que muestra a Cristo cargando el patibulum con rigor histórico.

El año pasado, en estos días previos a la Pascua, escribimos sobre la hematidrosis que sufrió Cristo en el Huerto de Getsemaní, sobre su flagelación y su coronación de espinas. También describimos la opinión de un forense sobre la muerte de Cristo. Estamos en el Triduo Sacro de la Semana Santa del 2015 y este año quiero continuar con estos temas tan dolorosos para los cristianos, utilizando las mismas fuentes del año 2014.

“Tomaron pues a Jesús y le llevaron. Y él, cargando su cruz, salió hacia el lugar llamado de la calavera, en hebreo, Gólgota” (Juan, 19, 16-17).

Habían fracasado todos los intentos para salvarle y Pilato lo condenó a morir crucificado. Según la costumbre romana, dictada la sentencia, había que ejecutarla de inmediato. El reo había perdido todos sus derechos civiles y sociales y ante este absoluto desamparo, había que hacerlo desaparecer. Como el lugar de la ejecución estaba a las afueras de la ciudad, Jesús tuvo que recorrer el camino entre el Pretorio y el Gólgota, distante uno de otro aproximadamente un kilómetro. Aunque no se conoce el camino exacto recorrido por Jesús, hay que decir que la costumbre romana era conducir al reo por las calles principales de la ciudad a fin de amedrentar a la gente. Este es el motivo por el cual la tradición, y solo la tradición, nos señalan una “Vía Dolorosa” concreta.

Como nos dice Plutarco, la ley romana obligaba al reo a llevar su cruz, y ya se ha escrito en este blog cómo era la cruz en sí misma. La cruz se hacía en el lugar de la ejecución donde estaba permanentemente clavado el palo vertical, llamado “stipes” que servía para muchas ejecuciones. Jesús tuvo que llevar simplemente el palo horizontal, el “patibulum”. Jesús no cargó con la cruz al completo como estamos acostumbrados a ver en toda la imaginería religiosa. Era lógico que Jesús no pudiese cargar con la cruz al completo, ya que esa no era la costumbre romana y porque su estado físico no se lo hubiera permitido. Aun así, el recorrido fue durísimo: el “patibulum” tendría unos dos metros de largo y pesaría unos cuarenta kilos, ya que tenía que ser grueso y fuerte pues debía soportar el peso del cuerpo y los movimientos bruscos realizados por los crucificados a fin de no morir de asfixia. El “stipes” estaba clavado en el Gólgota, pero tendría que tener más de dos metros de largo y no pesar menos de unos sesenta kilos. Debido a su lamentable estado físico, Jesús jamás hubiera podido soportar cien kilos de peso durante el trayecto.

Representación de Jesús cargando con el patibulum, partes de la cruz en forma de tau y el titulus.

Representación de Jesús cargando con el patibulum, partes de la cruz en forma de tau y el titulus.

Debido a las torturas a las que había sido sometido desde la misma noche de su prendimiento, Jesús sufría una gravísima anemia como consecuencia de la pérdida de sangre. Esto, unido a la pérdida de líquido corporal producido por la sudoración y respiración durante dos largos días, le había producido una insuficiencia respiratoria también muy grave y una severa pérdida de tensión arterial, por lo que incluso le costaba muchísimo trabajo mantenerse de pie. Además, en todo ese tiempo, no había ni comido ni bebido y como consecuencia tendría una bajada de azúcar en sangre (hipoglucemia) que hizo estragos en su fuerza física. Pero había más, ya que la insuficiencia respiratoria producida por la flagelación habría lesionado gravemente sus pulmones y sus bronquios. Su fiebre era altísima y sus heridas se inflamaban e infectaban. Este cúmulo de cosas, hacía que su visión fuera borrosa, que se tambalease, que se cayese. El mismo evangelista lo dice: “Obligaron a uno que pasaba, llamado Simón de Cirene, padre de Alejandro y de Rufo, que venía del campo, para que le llevase la cruz” (Marcos, 15, 21).

Antes de ponerse en camino, le quitaron la púrpura y le pusieron su túnica; esto tan simple hizo que todas las heridas comenzaran de nuevo a sangrar. La costumbre romana era conducir al reo desnudo hasta el lugar de la ejecución, pero los evangelios dicen expresamente que eso no se hizo: “Le quitaron la clámide, le pusieron sus vestidos y le llevaron a crucificar” (Mateo, 27, 31). ¿Lo hicieron por pudor? ¿Lo hicieron por compasión? No, en absoluto. A los condenados se les desnudaba para flagelarlos antes de ejecutarlos, pero esta flagelación se hacía durante el camino, o sea, tendría que haberse hecho desde el Pretorio hasta el Calvario. Pero Jesús ya había sido flagelado previamente de manera bárbara y brutal y la ley no permitía repetir la flagelación. Por eso lo vistieron. Flavio Josefo añade otra explicación diciendo que los romanos eran condescendientes con las costumbres de los pueblos a los que sometía y sabemos que en Israel no se ejecutaban a los reos completamente desnudos: “Los romanos nunca fuerzan a los pueblos sometidos a quebrantar su ley patria” (Flavio Josefo).

Detalle del Santísimo Cristo de la Esperanza de Alcantarilla (Murcia), que aparece también cargando el patibulum correctamente.

Detalle del Santísimo Cristo de la Esperanza de Alcantarilla (Murcia), que aparece también cargando el patibulum correctamente.

Le colocaron el “patibulum” sobre sus espaldas rozándole la nuca, y los brazos, atados con cuerdas, los extendieron sobre él. La extremidad derecha de la cuerda rozaba el cuerpo por delante a fin de ser atada al pie izquierdo; esto hacía que la cruz no fuera recta sobre la espalda, sino que estuviese ladeada y por tanto, más difícil y dolorosa de llevar. Así atado, estaba completamente indefenso: si caía, lo hacía de bruces y si los insectos acudían a las heridas, no podía defenderse. Seguro que Jesús cayó más de una vez durante el camino: la tradición nos dice que cayó tres veces y en estas caídas, al golpear el casco de espinas contra el suelo harían penetrar aun más las mismas dentro de su cuero cabelludo y las costras que recubriesen las heridas, se volverían a romper.

La comitiva se puso en marcha al mando de un centurión que aunque debería llevar cuatro soldados, al ser tres los condenados, estos debieron ser doce. Uno de ellos portaba el “titulus” que escrito en latín, hebreo y griego decía la causa de la condena de los tres reos. Muy posiblemente, Jesús llevó colgado al cuello un “títulus” más pequeño en el que se leía su propia condena: “Jesús de Nazareth, Rey de los judíos”. Ese “titulus” lo acompañó, como era la costumbre, hasta que el cadáver fue sepultado.

Vista de los patibula atados a los tobillos de los reos y entre sí, como sería la marcha hacia el Gólgota.

Vista de los patibula atados a los tobillos de los reos y entre sí, como sería la marcha hacia el Gólgota.

Por si el reo se negaba a caminar o por si no podía hacerlo, era costumbre atarle una cuerda gruesa al cuello o a la cintura, de la que los soldados tiraban si lo consideraban necesario, cosa que seguro que hicieron con Jesús dado que, por sus condiciones físicas, seguro que no podía caminar. Probablemente, algunos de esos tirones provocaron algunas de sus caídas. Cuando comprobaron que Jesús realmente no podía más, fue cuando dejaron de tirar, le quitarían el “patibulum” y se lo dieron a Simón de Cirene.

Eso no lo hicieron por compasión, no lo hicieron por lástima: lo hicieron porque la ley obligaba a que el reo llegase vivo al lugar de la ejecución, tenía que ser crucificado estando vivo. Si no hubiera sido así, el peso de la ley caía sobre el propio centurión, así que muy probablemente, además que quitarle la cruz y las ataduras, dos soldados lo agarrarían por los costados para que llegase por su pie, vivo al Calvario.

Pero este camino, siendo terrible y doloroso, no quedó aquí. Jesús no solo sufrió físicamente, sino que también sufrió moralmente. El camino estaba lleno de personas que habían pedido fogosamente su muerte y que azuzados por los sacerdotes y el Sanedrín, aprovechando su paso, lo insultaban y le decían barbaridades. Esto era inhumano y Jesús también lo padeció. Pero también sabemos que entre estos mirones, había personas que se compadecieron de Él. “Le seguía una gran multitud del pueblo y mujeres que se dolían y se lamentaban por él. Jesús, volviéndose hacia ellas, les dijo: “Hijas de Jerusalén, no lloréis por mi; llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos”. Porque llegarán días en que se dirá: ¡Dichosas las estériles, las entrañas que no engendraron y los pechos que no criaron! Entonces se pondrá decir a los montes: ¡caed sobre nosotros! Y a las colinas: ¡Cubridnos!, porque si en el leño verde hacen esto, en el seco ¿qué se hará?” (Lucas, 23, 27-31).

"Jesús de Nazaret" (1977), protagonizada por Robert Powell, es otra producción en la que podemos ver a Cristo cargando correctamente el patibulum.

“Jesús de Nazaret” (1977), protagonizada por Robert Powell, es otra producción en la que podemos ver a Cristo cargando correctamente el patibulum.

El hecho de que Jesús estuviese moribundo y que le quitasen el madero y ayudasen a llegar al calvario, puede hacernos pensar que el camino se hizo más largo de lo que era habitual. Hay exégetas bíblicos que llegan a decir que Jesús caminó esos mil metros en algo más de dos horas.

La tradición nos dice que durante el camino, una mujer llamada Verónica, saliendo de entre la multitud, le limpió la cara llena de sangre, sudor y polvo y que el rostro de Cristo quedó impreso en ese paño. Sobre este tema ya hemos escrito en este blog, por lo que yo no se explayaré en ello. Solo recordar, que ni los evangelios ni el resto de escritos de los primeros siglos, mencionan este episodio que se basa en una tradición medieval, probablemente de los siglos XII-XIII. También nos dice la tradición que durante el camino se encontró con su Madre, pero esto tampoco consta en los evangelios, aunque por lógica, seguro que María estuvo cerca de Él todo el tiempo que pudo desde que fue prendido en Getsemaní.

“La última tentación de Cristo” (1988): Via Dolorosa

Antonio Barrero

Bibliografía:
– Cabezón Marín, C., “Así murió Jesucristo”, Edicel, Centro Bíblico Católico, Madrid 2003.
– Hermosilla Molina, A., “La pasión de Cristo vista por un médico”, Sevilla, 1984
– Sagrada Biblia de Jerusalén

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

San Simón Cireneo

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

"Cristo cargando la cruz", óleo de Tiziano Vecellio, ca. 1565. Museo Nacional del Prado, Madrid (España).

“Cristo cargando la cruz”, óleo de Tiziano Vecellio, ca. 1565. Museo Nacional del Prado, Madrid (España).

Introducción
En el drama de la Pasión de Cristo intervienen muchos personajes, algunos de ellos con una intervención fugaz, pero que trasciende por el gesto con que participaron. Hay personajes antagónicos, que sin duda desagradan por sus desatinadas actuaciones, pero también destacan otros por sus actitudes valientes y llenas de humanidad. Cada uno de nosotros hemos sido Pilato, Herodes o Judas y podemos ser Juan el discípulo amado, Pedro que llora su pecado, la valiente Verónica que atraviesa barreras para reconfortar a Cristo o tal vez ser el Cireneo que le ayudó a cargar la Cruz. Todos somos un poco o mucho de estos personajes, sin embargo, lo más adecuado es que imitemos al protagonista principal de esta historia, el Señor Jesús, que en su Pasión dolorosa no hacía sino callar, entregarse mansamente por nosotros y reconciliarnos con el Padre Eterno.

El Evangelio de Marcos
Los Evangelios sinópticos coinciden en narrar la participación de Simón Cireneo en la Pasión de Cristo, pero es el Evangelio de Marcos quien nos da una referencia que conviene analizar: “Y obligaron a uno que pasaba, Simón de Cirene, padre de Alejandro y de Rufo, que venía del campo, a que le llevase la cruz. Y le llevaron a un lugar llamado Gólgota, que traducido es: lugar de la Calavera”. Marcos 15, 21-22. Este texto nos refiere como un hombre llamado Simón, originario de Cirene, en Libia, estaba presente en Jerusalén durante la Pascua judía de ese año y de pronto y sin quererlo, se vio inmerso en el drama de Cristo. Su camino se cruzó con el del Nazareno esa trágica mañana y después ya nada fue lo mismo.

Luego, Simón de Cirene desaparece como llegó, si conocerse su origen, sin saberse nada sobre su perfil, fisonomía o carácter, no sabemos ni cuándo ni donde murió, más el Evangelio nos da un dato interesante: Simón era padre de Alejando y Rufo. El Evangelio de Marcos, escrito para la primera comunidad cristiana, comparte esta noticia para referir que unos integrantes de la misma tuvieron por parte paterna, una relación providencial con el Mesías. De lo anterior se puede asegurar con certeza que Simón escuchó el kerigma luego de la Resurrección del Señor y creyó en Cristo como Redentor; esta experiencia de fe la transmitió a su familia y así, el hombre que ayudó a Cristo a cargar su cruz tuvo también una pascua personal que le hizo pasar de las tinieblas de la ignorancia a la luz de la fe.

Simón Cirineo ayuda a Cristo con la cruz. Óleo de Tiziano, Museo Nacional del Prado, Madrid.

Simón Cirineo ayuda a Cristo con la cruz. Óleo de Tiziano, Museo Nacional del Prado, Madrid.

Simón y la Cruz
¿Cuáles serían los pensamientos y los sentimientos de Simón sobre su experiencia? Lo más probable es que haya estado disgustado por esa arbitraria elección sobre su persona; con miedos y a regañadientes aceptó ayudar al condenado a muerte, con el pensamiento de la impureza legal que adquiría al socorrerlo. No podemos determinar cuánto tiempo y qué distancia recorrería, lo que si podemos aceptar es que al llegar a la cumbre del Calvario, Simón era otro; es que cuantos colaboran con Cristo terminan identificándose con Él, llegando a amarlo y confundiéndose con su vida. Es fácil suponer el cambio en el corazón del Cireneo, tal vez una mirada del Señor le despertó simpatía y luego, en él, comprendió la inocencia del reo y protestó por esa injusticia. El desagrado por cargar la Cruz pronto se le convirtió en una afición por ayudar Jesús de Nazaret y no es difícil que haya reprochado a los verdugos y recriminado a sus acusadores su mezquindad y alevosía.

¿Permaneció Simón en la Ciudad Santa luego de la Muerte del Redentor? Aunque no es seguro, nada se opone a esta conjetura. La solidaridad verdadera con quien sufre se debe demostrar hasta el final, no antes. Eso es la verdadera caridad y no simple filantropía; y en lo secreto del alma del Cireneo, él intuía que ese drama del Viernes Santo no podía concluir allí. La posterior Resurrección de Cristo es el culmen de la Redención y siendo la voluntad de Dios que todos los hombres crean en su Hijo y que se salven, la predicación apostólica que comenzó en Pentecostés y que anuncia este mensaje, tuvo acogida en Simón todavía presente en Jerusalén o cuando esta noticia llegó hasta Cirene si es que no hubiera estado ya allí. Entonces, Simón se agregó a la naciente comunidad, compartiendo su experiencia con los primeros discípulos y desde luego, con sus hijos Alejandro y Rufo.

"Compasión", lienzo del pintor decimonónico William Adolphe Bouguereau. Museo de Orsay, Francia.

“Compasión”, lienzo del pintor decimonónico William Adolphe Bouguereau. Museo de Orsay, Francia.

Nosotros y la Cruz
Cada uno de nosotros debe cargar su cruz cotidiana y seguir a Cristo. Esa cruz está hecha a la medida de quien la porta, ni más pesada o liviana; este peso nos ayuda a sobrellevarlo el Señor Jesús, que sabe de cargas y quiere hacer la nuestra más liviana. Para eso, nos manda también, para ser cireneos de quienes se caen bajo el peso de las dificultades que no han sabido enfrentar, para acompañar la soledad del que vive en abandono, para mitigar la tristeza del que ya no tiene consuelo, para dar la palabra de aliento a quien se ha hundido en la desesperación, para remediar las necesidades económicas que asfixian, para dar el consejo atinado a quien no sabe qué hacer en tal o cual circunstancia, para ser las manos del que no puede trabajar, los pies del que no puede moverse, la voz del que se ha quedado callado. La Pasión de Cristo sigue siendo actual y es necesaria nuestra ayuda para llevarla a buen término.

Culto
Simón de Cirene no está canonizado ni aparece en el Martirologio Romano. Nadie, o mejor dicho, casi nadie lo llama San Simón Cireneo; sin embargo, hay diversos calendarios en México que lo refieren como tal y señalan su fiesta el 1 de diciembre. Además, algunas iglesias orientales sí lo reconocen como tal.

San Simón Cireneo puede ser encontrado en la quinta estación de Viacrucis, cuyo origen histórico es innegable. Su figura también es infaltable en la representación del Viacrucis viviente, donde quien lo representa, hace lo posible por expresar la cooperación de este hombre con el Salvador para que pudiera llegar al Gólgota y ofreciera allí su vida en sacrificio por nuestra salvación.

Humberto

“La Pasión de Cristo” (2004): Simón de Cirene carga con la cruz

“La Pasión de Cristo” (2004): Simón de Cirene defiende a Jesús

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es