San Román Adame Rosales, presbítero mártir

Fotografía del Santo.

Fotografía del Santo.

Introducción
El grupo de los Santos mártires mexicanos está conformado en su mayoría por sacerdotes, porque tres de ellos son laicos. Nos ofrece este conjunto ejemplos de jóvenes, solteros, un casado, sacerdotes con experiencia sacerdotal, otro casi recién ordenado, y también ancianos. Este artículo trata sobre el decano de los mártires mexicanos, pues era el de más edad; un párroco de pueblo, de esos que sus fieles les tienen confianza y cariño, al que se le debe lealtad, respeto y veneración. En el contexto de la sociedad mexicana de estos años, particularmente en el medio rural, son tres las voces o autoridades que guían la vida comunitaria sin ser elegidas democráticamente: el señor cura, el maestro de la escuela y el doctor. San Román Adame fue el señor cura, el padrecito, el ministro del Señor, de ésos que desgastan su vida para que los demás tengan vida y la tengan en abundancia.

Infancia
Nuestro Santo nació en Teocaltiche, parroquia ubicada en la cabecera municipal del mismo nombre y en cuyo territorio civil, en una delegación de ese municipio, Mechoacanejo, se santificó otro mártir mexicano: San Julio Álvarez. Vio la luz primera el 27 de febrero de 1859, hijo de Felipe Adame y Manuela Rosales. Fue hecho hijo de Dios por el bautismo el 2 de marzo siguiente en la parroquia de Nuestra Señora de la Soledad, patrona de su pueblo natal. Poco se sabe de su infancia, sólo que hizo los estudios en la escuela local y que, cuando tenía 18 años, ingresó en el Seminario Conciliar de Guadalajara (1877).

Sacerdote
Recibió la ordenación sacerdotal el 30 de noviembre de 1890, de manos del arzobispo de Guadalajara don Pedro Loza y Pardavé. En 1891 fue elegido rector de ordenados y penitenciario en el Sagrario Metropolitano, en 1896 recibió el nombramiento de párroco de la Yesca, Nayarit. El 1 de junio de 1897 regresa al Sagrario Metropolitano como capellán. En septiembre del mismo año es nombrado párroco de Ayutla, Jalisco. En 1903 es enviado como párroco de San Juan Bautista del Teú del Gonzáles Ortega, Zacatecas; y el 20 de noviembre de 1913 es promovido a párroco de Nochistlán, Zacatecas. En 1922 es propuesto como vicario foráneo de Nochistlán, dentro de cuya jurisdicción se hallaban las parroquias de Nochistlán, Apulco y Tlachichila. Allí permanecerá hasta el final de sus días.

Relicario del Santo en Yahualica, México.

Relicario del Santo en Yahualica, México.

Hombre de intensa vida de oración, a la que convidaba a sus vicarios insistentemente. Rezaba el oficio divino con mucha devoción, la celebración de la misa era antecedida por un espacio largo de meditación, la cual celebraba con la dignidad de un sacerdote de Dios Altísimo. No era negligente en sus actos de piedad y era muy devoto de la Santísima Virgen María. Celoso de la gloria de Sido y de la salvación de las almas, poseía un espíritu misionero cuando predicaba los ejercicios espirituales, en sus exhortaciones y homilías y sermones. Tenía gran solicitud para atender a enfermos y moribundos, a los cuales atendía inmediatamente cuando le solicitaban el auxilio espiritual.

Tenía la preocupación formar a sus fieles en la fe, para lo cual se esmeraba en la predicación, organizaba semanas de estudios y de formación para adultos, promovió el catecismo, invitaba constantemente a sus feligreses a acercarse a lso sacramentos, atendió especialmente las escuelas parroquiales y tenía un particular interés en promover y cultivar las vocaciones sacerdotales.

Hombre profundamente humilde, lleno de paciencia y prudencia, supo enfrentar las ingratitudes y desprecios humanos. Al llegar al Nochistlán, un grupo de feligreses no lo veían bien, pues deseaban que estuviera como párroco otro sacerote oriudo del lugar. En una ocasión lo injuriaron vergonzosamente, al dejar a las puertas del curato un burro amarrado a la puerta con una bolsa de tortillas y un letrero que decía: “Para tu camino”, dándole a entender que no era ni aceptado ni bien recibido. Mucha gente llegó a hablar mal y murmurar de él. Sin embargo, siempre supo perdonar y disimular estas contrariedades. Nunca fue violento, siempre se mostró amable, jamás manifestó odio o rencor y tampoco habló mal de nadie. Asiduo al confesionario, tenía talento para curar las almas, pues hablaba con la verdad. Vivió y murió pobre; intachable en su castidad. Fue muy obediente con sus superiores. Construyó un templo a San José, dirigió a las Hijas de María y a la Adoración Nocturna.

La persecución religiosa
Al iniciarse los días aciagos de la lucha cristera, supo ser cauteloso con las autoridades civiles, pero pronto se vio en la necesidad de ausentarse de la cabecera municipal, ejerciendo su ministerio sacerdotal en casas particulares al suspenderse el culto público.

El Santo, capturado, maniatado y llevado prisionero a Yahualica. Ilustración contemporánea.

El Santo, capturado, maniatado y llevado prisionero a Yahualica. Ilustración contemporánea.

El 18 de abril de 1927, un día antes de ser capturado, comía en el Rancho de Veladores, en casa de José Mora. Una mujer, María Guadalupe Barrón, le dijo, al saber que andaban cerca las fuerzas militares, “Ojalá no vayan a dar con nosotros”, a lo que el Santo le respondió: “¡Qué dicha ser mártir, dar mi sangre por mi parroquia!”. Esa tarde se la pasó confesando y ya noche, en compañía de la familia que lo hospedaba, rezó el rosario y luego se retiró a dormir, para poder celebrar la misa temprano al día siguiente.

Había llegado a Nochistlán el coronel Jesús Jaime Quiñones, y un habitante del lugar, Tiburcio Angulo, delató al sacerdote y le dijo dónde estaba. Así como a la una de la mañana llegaron al rancho y sitiaron la casa. El señor cura se encontraba en ropa interior y así fue aprehendido. Se lo llevaron descalzo y maniatado, luego lo hicieron caminar hasta Mexticacán, Jalisco, y de allí lo llevaron a Yahualica de González Gallo, Jalisco. A su benefactor, José Mora, lo dejaron en libertad. Al llegar a Río Ancho, un soldado se apiadó de él y le dejó su caballo, pues el anciano sacerdote no podía ya caminar, tenía los pies destrozados. Por esta causa, la tropa comenzó a injuriar al soldado. Al llegar a Yahualica iba amarrado y montado en el caballo.

Entretanto, el coronel Quinoñes se había posesionado del curato, convirtiéndolo en un cuartel. Allí lo encarcelaron. De día era conducido a los portales del centro del pueblo custodiado por un soldado, quien lo amarraba a una columna y por la noche lo encarcelaban nuevamente. Dos días y medio lo trataron así, sin darle de comer y beber.

Por fin, Francisco González de Mexticacán pudo acercarse a hablar con el Santo, quien le pidió que gestionara su liberación. Este hombre, junto con Jesús Aguirre y otras personas, negociaron con el coronel la liberación del anciano párroco. El coronel no aceptaba liberarlo, pues decía que tenía órdenes de fusilar a todos los sacerdotes, pero luego consintió en liberarlo si juntaban un rescate de 6000.00 pesos. Se reunieron 4500.00 en Nochistlán y 1500.00 en Yahualica, cuando le entregaron el dinero al militar, éste se rajó y les dijo que de dónde habían sacado ese dinero y que todos los que habían intervenido para reunir esa cantidad también serían pasados por las armas. Así, traicionando lo pactado, asustó a la gente, que ya no quiso ni pudo hacer alguna gestión por el azoro y susto que les había causado.

Vista de la columna donde estuvo atado el Santo durante sus horas de tormento.

Vista de la columna donde estuvo atado el Santo durante sus horas de tormento.

El 21 de abril el sacerdote fue sacado de la prisión y, con una patrulla, se dirigieron hasta el panteón municipal. Mucha gente siguió la escolta, hubo quien, entre llantos, suplicaba la libertad del padre a los soldados. Al llegar al cementerio, luego de una subida muy pronunciada, San Román llegó muy agitado. Ingresaron al lugar y los soldados cerraron las puertas. Entre los soldados estaba Antonio Carrillo Torres, conocido de José González, quien contó lo sucedido dentro de la necrópolis.

Martirio
José González y Domingo Mejía se lograron meter a escondidas a una distancia de unos sesenta o setenta metros. Vieron cómo formaron el cuadro de fusilamiento y cómo el Santo fue recargado a la pared. Le iban a vendar los ojos, pero él no lo aceptó. Ceca de allí, como a metro y medio, estaba la fosa recién cavada para sepultarlo. Ante la orden de: “Preparen armas”, todos los militares lo hicieron, excepto el referido Antonio Carrillo. Se le reclamó y a la segunda orden de “Preparen armas” siguió sin obedecer. Se le amenazó con que le iba a suceder lo mismo que al sacerdote si no obedecía, pero él solo movía su cabeza negándose a cumplir la orden. Entonces el que estaba al mando lo jaló y lo puso al lado de San Román, quien levantó la mano y lo retiró, como diciendo que cumpliera con su deber. Entonces dieron la orden de “Apunten” y “Fuego” y dispararon sobre el Santo, quien cayó acribillado. Luego fusilaron al soldado, a quien antes, el que dirigía el pelotón lo abofeteó y le quitó las insignias militares.

San Román murió sin habérsele hecho un proceso, ni siquiera sumario. Luego de 15 minutos, el coronel Quiñones le dijo a Jesús Limón que con cuarto vecinos se hicieran cargo del cadáver. Éste tenía los tiros en el pecho y no se le había dado el tiro de gracia. Lo metieron en una caja de mala calidad y lo sepultaron inmediatamente. En la parte oficial que rindió el coronel Quiñones algeneral Figueroa dijo: “En el trayecto de Yahualica al Rancho de los Charcos, se encontró al cabecilla Adame con otros dos individuos y en combate resultaron muertos los tres”. Información a todas luces falsificada. Por la noche, el coronel Quiñones, envalentonado, retaba al pueblo, diciéndoles que a quién le había parecido mal que hubiera fusilado al cura. Y lo decía sin estar borracho.

Culto
Los restos del Santo fueron exhumados unos años después. Cabe señalar como detalle interesante que el corazón del Santo fue encontrado como petrificado, en el cual se había incrustado y amalgamado el rosario de San Román. Estos restos fueron sepultados luego en la sacristía de la parroquia de San Miguel Arcángel de Yahualica, donde permanecieron hasta 1948, año en que se celebró el IV Centenario de la fundación de la Diócesis de Guadalajara. Entonces, el párroco de Nochistlán los trasladó a esta parroquia dedicada a San Francisco de Asís, donde permanecen ahora en el crucero izquierdo del templo parroquial. Actualmente el panteón en que fue fusilado y sepultado, es un campo deportivo.

Urna con las reliquias del Santo.

Urna con las reliquias del Santo.

Fue beatificado por San Juan Pablo II el 22 de noviembre de 1992 y canonizado por él mismo el 21 de mayo de 2000, en compañía de grupo de mártires que encabeza San Cristóbal Magallanes Jara. Su celebración litúrgica es el 21 de mayo, aniversario de su canonización.

En el Sagrario Metropolitano de Guadalajara había cuatro nichos vacíos, dos en la entrada y dos en la puerta sur. Luego de su canonización, se pusieron cuatro esculturas de santos mártires mexicanos; en la puerta sur, de San Julio Álvarez y de San David Galván, originarios de esta ciudad. En la entrada principal, de San Cristóbal Magallanes y de San Román Adame. Del primero, por ser quien encabeza el grupo de estos Santos; y del segundo, por haber realizado su ministerio en esta parroquia. La parroquia de Yahualica, el lugar de su martirio, guarda con devoción una reliquia de este Santo.

Humberto

Bibliogafía:
- Conferencia del Episcopado, ¡Viva Cristo Rey!, editada por ella misma, México, D.F. 31 de julio de 1991. Pp. 15-19.
- Diócesis de San Juan de los Lagos, Tierra de Mártires, Guadalajara, Jalisco, 2002. Pp. 68-71

San Adalberto, obispo mártir de Praga

Óleo del Santo, obra de Mihály Kovács (1818-1892).

Óleo del Santo, obra de Mihály Kovács (1818-1892).

Las fuentes concernientes a la vida de San Adalberto, venerado como el apóstol de Prusia, son muchas y muy fiables, ya que todas son contemporáneas a él. Los dos documentos más importantes son atribuidos a Juan Canapario, monje del monasterio de los Santos Bonifacio y Alejo en el Aventino; y el otro a Bruno de Querfurt.

Su nombre de bautismo era Vojtěch, un nombre eslavo, que posteriormente se cambiaría por Adalberto. Nació en Libice, ciudad que estaba en abierta competición con Praga, probablemente en el año 956 en el seno de la familia bohemia Slavnikovci. En el año 972 lo pusieron bajo la tutela de San Adalberto, obispo de Magdeburgo, quien lo había confirmado, y por espacio de doce años estuvo estudiando en aquella ciudad junto con su hermano menor Radzym (San Gaudencio), en la escuela Oktryka, donde aprendió humanidades, latín, alemán y el idioma de los Veleti, una tribu eslava que habitaba junto al Mar Báltico. A la muerte de su tutor el 20 de junio del 981 y en su honor, tomaría su nombre: Adalberto; y siendo subdiácono, marchó a Praga, donde lo ordenaría de sacerdote el obispo Dithmaro.

Debido a la santidad de su vida, a su inteligencia y a la profunda admiración que suscitaba entre quienes lo conocían, a la muerte del obispo Dithmaro, el 19 de febrero del año 983, fue nombrado obispo de Praga a petición del príncipe Boleslav II de Bohemia, a pesar de su juventud y con sólo dos años de sacerdocio. Sabedor de que el estilo de vida de la ciudad era bastante indeseable, para demostrar su voluntad de reformarlo, entró en la ciudad descalzo y compartiendo desde el primer día su casa y su mesa con los más pobres y necesitados. Allí llevó una vida bastante mortificada, ayunando asiduamente y durmiendo en el suelo, dedicándose frecuentemente a la oración, mientras le atormentaba la forma de vida tan poco cristiana de los habitantes de Praga. Durante casi seis años trabajó incansablemente para conseguir el objetivo de convertir a su ciudad, pero sus esfuerzos fueron casi nulos. Desalentado, abatido y sintiéndose incapaz de dirigir su diócesis, marchó a Roma para exponerle al Papa Juan XV la situación y aceptase su renuncia. Su solicitud fue aceptada y, durante casi cinco años, vivió recluido primero en el monasterio de Montecassino y posteriormente, en el monasterio romano de los Santos Bonifacio y Alejo en el Aventino. Allí, con profundo espíritu de humildad, se dedicó a realizar los servicios más humildes y a llevar una intensa vida de oración, ofreciendo todos sus actos y oraciones por la conversión de los habitantes de Praga.

El Santo bautiza al príncipe Vajk. Lienzo de Gyula Benczur, Galería Nacional de Hungría.

El Santo bautiza al príncipe Vajk. Lienzo de Gyula Benczur, Galería Nacional de Hungría.

En Praga, la situación religiosa iba de mal en peor, por lo que el arzobispo Willigo de Maguncia solicitó al Papa que hiciera retornar a Adalberto a Praga. Él aceptó a condición de que los habitantes de la ciudad prometiesen cambiar de vida y éstos la hicieron, aunque no la mantuvieron. Regresó a Praga acompañado de unos monjes benedictinos y posteriormente, en el año 993, con la ayuda del príncipe Boleslav II fundó el monasterio de Břevnov, que fue la primera abadía benedictina de Bohemia y que tuvo una notable importancia, por ser el primer monasterio católico que desarrolló la liturgia eslava. El príncipe húngaro Géza, veinte años antes, había permitido que los misioneros cristianos evangelizaran su principado y en el año 993 le solicitó el bautismo a San Adalberto, tanto para él como para su hijo Vajk, el futuro San Esteban I , rey de Hungría. San Adalberto fue su tutor y le enseñó las verdades de la fe cristiana.

Como las malas relaciones con los disolutos bohemios continuaban, abandonó nuevamente la ciudad y, haciendo una parada en el Principado de Hungría, llegó de nuevo a Roma, donde volvió a recluirse en el monasterio de los Santos Bonifacio y Alejo en el Aventino, permaneciendo allí hasta el año 996, cuando Gregorio V lo invitó a que volviera a Praga, cosa que aceptó humildemente, pero haciendo nuevamente una parada en Hungría, donde dejó a su discípulo San Anastasio – que sería uno de los primeros obispos de aquel principado -, con la tarea de afianzar el cristianismo en el país.

El retorno a Praga le produjo mayor dolor y amargura. Fue recibido de manera violenta, pues los habitantes de la ciudad se dedicaron a masacrar a quienes les acompañaban y a confiscarles todas sus pertenencias. El obispo tuvo que refugiarse junto a su amigo Boleslao Chrobry, hijo del duque de Polonia, que lo apoyó y negoció en vano con los pragueses para que aceptaran a su obispo. Mientras tanto, Adalberto se dedicó a evangelizar las tribus paganas de Prusia, pues el Papa Gregorio V le había encargado esta misión en aquellas zonas no cristianas.

Cáliz utilizado por el Santo.

Cáliz utilizado por el Santo.

Acompañado de su hermano Gaudencio (Radzym), del sacerdote Benedicto y con una escolta armada para protegerlos, siguiendo el curso del río Vístula, llegaron a Gdansk, donde estuvieron un breve espacio de tiempo, pero consiguiendo unos resultados que fueron para él muy consoladores, pues logró bautizar a numerosos paganos. Más tarde, ya sin escolta, se adentró en tierras prusianas, donde fue recibido muy hostilmente. Los misioneros no conocían la lengua de los prusianos y aunque intentaban hacerse comprender, no lo conseguían. Con ayuda de algunos nobles prusianos llegaron a una zona de asentamiento, donde fueron protegidos y el 17 de abril, ante una gran muchedumbre de prusianos, con la ayuda de un intérprete, intentó explicar los principios del cristianismo: “Mi origen es eslavo y mi nombre es Adalberto, fui ordenado como obispo y ahora estoy aquí como apóstol. La razón de nuestro viaje es conseguir vuestra salvación, para que conozcáis al Creador, que es el único Dios y para que creyendo en su nombre, tengáis vida y merezcáis las moradas celestiales”.

La situación era tensa, era patente la hostilidad entre los eslavos y los prusianos y le ordenaron salir de las tierras de Prusia. Él permaneció unos días en la orilla sur del lago Druzno y la mañana del 23 de abril del año 997, después de celebrar misa, fue asaltado por una horda de paganos, que le atravesaron el corazón con lanzas y flechas, mientras que a sus compañeros, después de maltratarlos brutalmente, los dejaron en libertad. Los prusianos decapitaron su cuerpo y dispersaron el resto de sus miembros.

El cuerpo del mártir fue recuperado por el duque Boleslao, quien pagó su peso en oro y lo llevó a Gniezno, donde permaneció hasta el año 1039, fecha en la que los habitantes de Praga asaltaron la ciudad y se llevaron parte de las reliquias del Santo. Esta traslación, en la actualidad, es solemnemente celebrada en la capital checa el día 25 de agosto. El emperador Otón III, que era amigo de San Adalberto, fue en peregrinación a Gniezno en el año 1000 para venerar sus reliquias y, durante su estancia en la ciudad, consiguió algunos huesos del mártir y los llevó a Roma, donde los depositó en la iglesia construida en la Isla Tiberina, o sea, la iglesia de San Bartolomé.

Cráneo del Santo en la catedral de Praga (República Checa).

Cráneo del Santo en la catedral de Praga (República Checa).

La canonización de San Adalberto se realizó en el año 999, o sea, dos años después de su martirio. Parte de las reliquias de San Adalberto y las de su hermano Radzym están en la catedral de Gniezno, aunque, como ya he dicho, el príncipe Bretislao I se llevó parte de las de Adalberto a la catedral de San Vito en Praga y Otón III llevó algunas a Roma. Durante la Segunda Guerra Mundial, la Gestapo quiso confiscar el relicario de plata de Gniezno aun a costa de destruir las reliquias, pero éstas fueron trasladadas clandestinamente a Inowroclav, escondiéndolas en el suelo de la iglesia de San Nicolás, desde donde regresaron a Gniezno una vez terminada la guerra. La noche del 19 al 20 de marzo del año 1986, robaron de la catedral de Gniezno el relicario de plata construido en el año 1662 por el orfebre Peter von der Renen. Aunque el relicario fue derretido, las reliquias las respetaron y los responsables de este incidente fueron castigados.

Su festividad se celebra el día de hoy. San Adalberto es uno de los tres principales patronos de Polonia y de las diócesis de Koszalin, Elblag y Gniezno. Es el santo patrón de Bohemia y de la región de Prusia.

La imagen más antigua que se conoce de San Adalberto es la que se encuentra en la iglesia romana de San Bartolomeo all’Isola Tiberina. Esta iglesia fue fundada por el emperador Otón III sobre las ruinas de un antiguo templo dedicado a Esculapio y, aunque en un principio llevó el título de los Santos Adalberto y Paulino para que guardara las reliquias del Santo que había traído desde Polonia, más tarde fue dedicada a San Bartolomé, cuando en ella se pusieron las reliquias del apóstol. El mismo Otón III, de regreso a su tierra, dedicó una iglesia a San Adalberto en Aix-la-Chapelle (Francia), la cual posee actualmente una estatua del Santo datada en el siglo XIV. También fundó otra en Ravenna, pero de ésta no queda absolutamente nada.

Urna del Santo en la catedral de Gniezno (Polonia).

Urna del Santo en la catedral de Gniezno (Polonia).

A San Adalberto se le representa vestido con los ornamentos episcopales y sus atributos son una lanza, en memoria de su martirio, y un águila, que según la tradición custodió su cuerpo hasta que el rey Boleslao lo rescató, pagando su peso en oro. Toda la vida del Santo, sus milagros y su muerte, están representados en dieciocho bajorrelieves que adornan la puerta de la catedral de Gniezno. En ella se le representa como estudiante en Magdeburgo, obispo de Praga, en el acto de liberar a un grupo de cristianos que estaban esclavizados por un hebreo, el milagro del vaso de vino que se cayó al suelo en el monasterio de San Alejo y no se rompió, la evangelización de los prusianos, su martirio y el traslado de sus reliquias.

Actualmente, en la catedral de esta ciudad polaca la efigie del Santo está reproducida en un arca relicario de plata y en un busto del mismo metal. A Teodorico de Praga se debe una pintura del siglo XIV, expuesta en la capilla de la Santa Cruz del castillo de Kartstein y en el puente de Carlos de Praga existe una estatua del siglo XVII en la que está representado vestido con los ornamentos de obispo.

Antonio Barrero

Bibliografía:
- GORDINI, G.D., “Bibliotheca sanctórum, tomo I”, Citta N. Editrice, Roma, 1990
- HÜLSEN, C., “Las iglesias romanas en el Medievo”, Firenze, 1927.

Enlace consultado (21/02/2014):

http://es.wikipedia.org/wiki/Adalberto_de_Praga

Beata Mariana de Jesús, mercedaria y copatrona de Madrid

Lienzo de la Beata, obra del pintor valenciano José Camarón Boronat.

Lienzo de la Beata, obra del pintor valenciano José Camarón Boronat.

El pasado 17 de abril, la Orden de la Merced y la ciudad de Madrid celebraban la fiesta de la Beata Mariana de Jesús. Cinco días después de conmemorarse la santidad de esta ilustre madrileña, presentamos a continuación algunos de los rasgos que la llevaron a ser conocida como “el tesoro de la ciudad”. María Ana Navarro de Guevara y Romero nació en la ciudad de Madrid el día 21 de enero de 1565. Venía de un ilustre e importante linaje madrileño: su padre, don Luis Navarro Ladrón de Guevara, servía en la Corte Real de S.M. el rey Felipe III. Desde muy pequeña sentía interés por las cosas sagradas. Cuenta la leyenda que, cuando asistía con sus padres a misa, quedaba con la mirada fija en la Hostia consagrada y el cáliz bendito, cosa muy poco dada en niños pequeños. A los pocos años, no llegando a la adolescencia, recibió la primera comunión. Cuentan los que la veían comulgar que, después de hacerlo, parecía transformase en un ángel que gozaba de Dios.

La felicidad de su infancia pronto se vio truncada por la muerte de su querida madre, que murió cuando ella tenía 9 años. Poco después, su padre se volvió a casar y esta vez la Beata Mariana no vio en su madrasta a otra madre, sino a una mujer cruel que no le hacía la vida agradable en ningún aspecto. Mientras tanto, ella se hacía cargo de sus 5 hermanos menores. Muy atraída por la vida religiosa, a los 22 años de edad tenía deseos de entrar en un convento. Para ello, la joven Beata hizo voto perpetuo de virginidad: esto provocó el descontento y la no aprobación de su padre, quien la tenía comprometida con un joven de familia acomodada. Para que este pretendiente la rechazara, inclusó llego a cortarse su hermoso pelo y desfigurarse el rostro (este suceso no se sabe si realmente ocurrió con exactitud, aún así, algunas pinturas la reflejan con el rostro desfigurado). Por este suceso, su padre y madrastra enfurecidos la emprendieron a golpes e injurias con la Beata Mariana, de tal manera que parecían unos verdugos.

A partir de entonces fue atormentada, tentada y perseguida con penosísimas imaginaciones que le sobrevenían continuamente. Le duraron 11 años, años que también estuvo al estricto servicio de su padre y madrastra.

Escultura de la Beata en su capilla de la catedral de la Almudena, Madrid (España). Fotografía: David Garrido.

Escultura de la Beata en su capilla de la catedral de la Almudena, Madrid (España). Fotografía: David Garrido.

Vocación
En el año 1598, finalmente dejó la casa de sus padres. Desde este momento emprendió su camino de vocación religiosa con la desinteresada ayuda del Venerable Fray Juan Bautista (fundador de los Mercedarios Descalzos), quien fuera su confesor y director espiritual hasta sus últimos días. Junto a la ermita de Santa Bárbara que existía en la capital (muy próxima al convento de los Mercedarios Descalzos), la Beata Mariana de Jesús estableció una paupérrima celda donde se dedicó por varios años a la oración y a la penitencia (penitencias muy duras, como abrazar con todas sus fuerzas una corona de espinas), así como a ayudar a los pobres, niños y cautivos de la ciudad. Se cree que permaneció aquí, en este anexo del convento, porque no fue admitida en la Orden hasta que no se curó de sus problemas de salud. En 1613 fue recibida en la tercera Orden de la Merced, el hábito de terciaria lo recibió de manos del Maestro General de la Orden, Fray Felipe Guimerán. Al año siguiente recibió la profesión.

Fama de mística
Como ya hemos dicho anteriormente, la Beata Mariana de Jesús a menudo sufría diversas tentaciones que la atormentaban. Supo convivir con ellas, esquivándolas hasta que desaparecieron. Pero pasados unos años, habiendo ya ingresado en la Tercera Orden Mercedaria, le sobrevinieron unos éxtasis y visiones que pronto corrieron por todo Madrid, dando a la Beata fama de mística. Estos hecho produjeron en ella una extraña mezcla de dolor y placer, ya que rechazaba todo halago o protagonismo. Alertadas las autoridades eclesiásticas y superiores mercedarios, ordenaron a la Beata escribir todo lo que le sucediera referente a estos sucesos que ella vivía en primera persona.

Hoy en día, nos han llegado diversos testimonios de sus visiones místicas, como por ejemplo que el mismo Jesucristo, al cumplir 33 años la Beata, la coronó con una corona de espinas, o cómo platicaba con la Virgen María los grandes misterios de nuestra fe cristiana. Pero sin duda el más conocido es el que presenciaron sus hermanas en la fe: cuentan que, estando la Beata Mariana de Jesús en estado de éxtasis, el Señor Jesucristo la invitó a probar los dolores de su martirio; ella gustosamente aceptó y de esta manera pudo sentir en su propio cuerpo los dolores de la crucifixión. Cuando esto ocurrió, ella estaba extendida en la cama y sus compañeras pudieron ver cómo estiraba las extremidades y se ponían totalmente rígidas, no perdiendo la rigidez hasta que salió del estado de éxtasis. Por todo esto y por su inmensa caridad con todos los madrileños más desfavorecidos, se ganó los sobrenombres de “Tesoro de la ciudad”, “Estrella de Madrid” o “Beata del pueblo”; además de esto, también contó con la simpatía de personas muy destacadas, como la reina Margarita de Austria.

Vista de la mascarilla de cera que se extrajo del rostro de la Beata tras su muerte.

Vista de la mascarilla de cera que se extrajo del rostro de la Beata tras su muerte.

Muerte y proceso de canonización
El día 17 de abril de 1624, a la edad de 59 años, Mariana de Jesús moría santamente en el convento mercedario de Santa Bárbara, a consecuencia de una grave enfermedad pulmonar. Su venerable cadáver fue velado y expuesto al público durante dos días; y después de que casi todo Madrid se despidiese de ella, fue enterrada en el convento donde vivió. En el mismo año de su muerte, fueron muchas las personas que pedían su beatificación, entre todas ellas destacó S.M el rey Felipe IV, que fue devoto suyo.

Tres años después de su muerte, el día 31 de agosto de 1627, se procedió a abrir su tumba para examinar el estado del cuerpo de la Beata Mariana de Jesús. Ante el asombro de todos los presentes, incluso de los Doctores de la Casa Real, el cuerpo de la Beata estaba intacto, flexible, con la piel sonrojada y exhalando un agradable aroma que impregnó la estancia en la que se encontraban. Cabe resaltar que el rostro estaba desfigurado, a causa de unas máscaras mortuorias de cera que el artista Vicente Carducci tomó cuando estaba recién fallecida: éstas lesionaron el rostro del cadáver. Las mascarillas sirvieron de modelo para algunas esculturas que hoy en día podemos encontrarnos en Valladolid y Madrid.

En el año 1783, concretamente el 18 de enero, fue declarada Beata en la Basílica de San Pedro por el Papa Pío VI. Tales fueron los ruegos del pueblo madrileño al Ayuntamiento de la ciudad, que finalmente fue declarada co-patrona de la ciudad, compartiendo patronazgo con San Isidro Labrador.

Los restos mortales de la Beata Mariana de Jesús se volvieron a examinar casi un siglo después, en 1731, así como en los años 1964 y 1965. También en estas tres ocasiones se encontró el cuerpo en iguales condiciones que en la primera ocasión. La urna-relicario donde hoy en día reposan los restos en el Monasterio de la MM. Mercedarias de Don Juan de Alarcón, fue regalada por la Casa de Medina Sidonia. El día 17 de abril de cada año, con ocasión de la celebración de su fiesta, es expuesto el cuerpo incorrupto a la veneración de todos los fieles. Aún hoy en pleno siglo XXI sigue emanando un buen olor y también exuda una especie de aceite que impregna los distintos objetos y estampas que se ponen en contacto con su cuerpo.

Altar-sepulcro de la Beata. Monasterio de Mercedarias, Madrid (España).

Altar-sepulcro de la Beata. Monasterio de Mercedarias, Madrid (España).

El proceso de canonización está abierto, la fase diocesana se clausuró hace un año y el expediente fue enviado a Roma a la Congregación de la Causa de los Santos, donde se está estudiando un posible milagro obtenido por su intercesión: la curación de un tumor pulmonar con metástasis de una niña de 5 años, que se curó hace 14 años.

David Garrido

Enlaces consultados (17/04/2014):

http://www.abc.es/local-madrid/20130417/abci-cuerpo-incorrupto-beata-mariana-201304171435.html

http://esmadridnomadriz.blogspot.com.es/2008_02_01_archive.html

http://www.madridiario.es/noticia/230438

www.viendomadrid.com

http://es.wikipedia.org/wiki/Mariana_de_Jes%C3%BAs_(beata)

San Bruno, el primer cartujo

Lienzo del Santo, obra de Girolamo Marchesi (1525). Walters Art Museum, Maryland (EEUU).

Lienzo del Santo, obra de Girolamo Marchesi (1525). Walters Art Museum, Maryland (EEUU).

La vida de San Bruno la conocemos por los primeros seguidores de la Cartuja, que nos proporcionaron datos sobre su vida, así como documentos en tiempos del Papa Urbano II, e incluso documentos y cartas firmados por el Santo cuando fue canciller en Reims. Así pues, Bruno nació en Colonia (Alemania), probablemente entre los años 1024 y 1031, ya que no se sabe con certeza la fecha. Estos datos se basan en cálculos hechos sabiendo la fecha de su muerte: el 6 de octubre de 1101. Respecto a quiénes fueron sus padres, se sabe que no pertenecían a la nobleza, pues éstos no tenían notoriedad en el pueblo; no se sabe tampoco si tuvo hermanos o no, pues no existen datos ni cartas dirigidas a ellos. En Colonia creció y vivió Bruno, y allí mismo adquiriría sus primeras letras, siendo muy probable que hubiera estudiado en la Colegiata de San Cuniberto, pues llegó a ser nombrado canónigo de ella.

San Bruno tuvo importantes dotes intelectuales, ya que siendo joven fue enviado de Colonia a la célebre escuela de la catedral de Reims. Reims dejaría huella en Bruno, hasta el punto de que, olvidando su origen alemán, se le llama más tarde Bruno, el francés. Probablemente su sensibilidad religiosa le vino a edad muy temprana, como a los 20 años, cuando el Papa León IX viajó a Reims, para celebrar allí un concilio el 30 de septiembre de 1049. Todo aquel suceso lleno de prelados, religiosos y abades creó una fuerte impresión en el joven estudiante; dicho concilio trató, sobre todo, de la simonía que minaba entonces a la Iglesia y que urgía extirpar. Comparecieron varios obispos, convictos de haber comprado su obispado. El Papa y el Concilio los depusieron y excomulgaron. Después se tomaron las medidas disciplinares para atajar el mal. Bruno estuvo al corriente de las medidas y decisiones del Concilio, a las que la presencia del Papa confería una autoridad y solemnidad excepcionales.

Bruno, aparte de ser una persona religiosa, lo era también recta y vio con mayor claridad los problemas que enfrentaban a la Iglesia, vio la necesidad de reformas. Es probablemente tras estos acontecimientos que iniciara sus estudios religiosos. No se sabe dónde pasó los siguientes años de su vida y cuándo y dónde sería ordenado sacerdote, pero un hecho sí es cierto: Bruno fue canónigo de San Cuniberto. Hacia 1056 fue nombrado en Reims “Summus Didasccalus”, un cargo sumamente pesado “de responsable supremo de todos los estudios”. Cerca de la catedral de Reims habitaban monjes benedictinos, a los que Bruno, inclinándose a estas formas de vida, vio en ellos que el Señor no le llamaba para ingresar en esa Orden.

Figura de cera de un cartujo entregado al estudio. Cartuja de Valldemossa, Mallorca (España). Fotografía: Ana Mª Ribes.

Figura de cera de un cartujo entregado al estudio. Cartuja de Valldemossa, Mallorca (España). Fotografía: Ana Mª Ribes.

Quienes le conocieron joven decían de él: “Superaba a los doctores y era su maestro…”. “Filósofo incomparable, lumbrera en todas las ciencias…”. “Espíritu enérgico, de convincente palabra, superior a los demás maestros; era un portento de sabiduría; no sólo lo digo yo a ciencia cierta, sino toda Francia conmigo…”. “Maestro de gran penetración, luz y guía en el camino que conduce a las cumbres de la sabiduría…”. “Sus lecciones se hicieron famosas en el mundo…”. “Honor y gloria de nuestro tiempo”.

Ya siendo mayor de edad, aproximadamente cincuentón, sería el canciller del arzobispado de Reims. Existen tres documentos que lo atestiguan, puesto que en octubre de 1074 firma como canciller Odalrico (a quien tras su muerte le sucede Bruno), y ya para 1076 existen documentos firmados por Bruno; pero en 1078 ya no es Bruno el que firma sino Godofredo, así que la dimisión de Bruno probablemente sea en el año 1077. A principios de aquel año se desencadenó la lucha enconada que durante varios años desgarró a la diócesis de Reims. Por una parte estaban Gregorio VII, su legado en Francia, Hugo de Die y varios canónigos de la catedral, y por la otra, el arzobispo Manasés, cuyas prevaricaciones habían sido por fin desenmascaradas. Por sus cualidades, Gregorio XVII quiso nombrarlo obispo de la primera sede episcopal de Francia. El papa y Hugo de Die conocían muy bien las cualidades de Bruno como un hombre íntegro, inteligente, un hombre piadoso, recto y de caridad, un hombre de ciencia Así que, para evitar el episcopado, decidió huir de la ciudad con mucha prudencia.

Uno de los testimonios más innegables sobre los momentos más decisivos en su vida espiritual lo encontramos en una carta. Allá por las calendas de 1090-1101, es decir, unos veinte años después de la época de que ahora tratamos, Bruno escribía a su amigo Raúl le Verd, deán del Cabildo de Reims, una carta que nos da preciosas luces sobre su vocación personal: “¿Te acuerdas, amigo mío, del día en que estábamos juntos tú y yo con Fulcuyo le Borgne, en el jardincillo contiguo a la casa de Adam, donde entonces me hospedaba? Habíamos hablado, según creo, un buen rato de los falsos atractivos del mundo y de sus riquezas perecederas y también de las delicias inefables de la gloria eterna. Entonces, ardiendo en amor divino, hicimos una promesa, un voto, dispuestos a abandonar en breve las sombras fugaces del siglo para consagrarnos a la búsqueda de los bienes eternos, y recibir el hábito monástico. Lo hubiéramos cumplido enseguida si Fulcuyo no hubiera partido a Roma, para cuya vuelta aplazamos el cumplimiento de nuestras promesas. Mas, por prolongarse su estancia y por otros motivos, se resfriaron los ánimos y se desvaneció nuestro fervor”.

Reliquias de San Bruno en la Cartuja de Serra (Italia).

Reliquias de San Bruno en la Cartuja de Serra (Italia).

Con dos compañeros hizo voto en el jardín de la casa de Adam (quizá no votos públicos, sino privados), lo que iniciaría la Cartuja; de ello consta la carta dirigida a Raúl le Verd, que fue escrita diez años después de la fundación de la Cartuja. “Nos dispusimos -dice- a abandonar las sombras fugaces del siglo para tratar de conseguir los bienes eternos, vistiendo el hábito monástico”. Aunque no nos proporciona cómo sería esta vida monástica, si cenobítica o eremítica, sí podemos deducir que Bruno, junto con sus amigos, querían huir del mundo temporal y de las vanidades.

Una de las dos cartas de Molesmes relata los comienzos de Seche-Fontaine, lugar dispuesto por el abad Roberto, que reagrupaba hombres de vida eremítica a la Orden Benedictina. Es ahí, en Seche-Fontaine, donde Bruno, junto con sus amigos Pedro y Lamberto, comienzan su vida cenobítica. Pero este ambiente duraría poco, como máximo tres años, ya que Bruno tenía otro ideal, así que como monje no se siente llamado a la vida cenobítica y escoge el eremitismo. Acompañado de algunos hombres que le comienzan a seguir, quiere la soledad, a solas con el Solo, a solas con Dios. Éste es el auténtico llamamiento del Espíritu Santo en su alma y en su vida. Así que se dirige al sur de Francia, hacia Grenoble y los Alpes, a más de 300 kilómetros. A primeros de junio de 1084, Bruno y sus seis compañeros llegaban a Grenoble, comenzando así una maravillosa y misteriosa aventura…

Guigo, en su Vida de San Hugo de Grenoble, cuenta la llegada de Bruno y sus compañeros de manera muy precisa: “Encabezaba el grupo el Maestro Bruno, célebre por su fervor religioso y su ciencia, modelo perfecto de honradez, de gravedad y de plena madurez. Le acompañaban Maestro Landuino (que sucedió a Bruno como Prior de Chartreuse), Esteban de Bourg y Esteban de Die (antiguos canónigos de San Rufo que, por amor a la vida solitaria y con el consentimiento de su abad, se habían unido a Bruno) juntamente con Hugo, llamado el capellán, porque sólo él desempeñaba las funciones sacerdotales; también iban dos laicos, hoy diríamos conversos: Andrés y Guérin. Andaban en busca de un lugar a propósito para la vida eremítica y no lo habían encontrado aún. Con la esperanza de hallarlo y deseos también de gustar de la santa intimidad de Hugo, vinieron a verle. Este los recibió no sólo con gozo, sino con verdadera veneración, ocupándose de ellos y ayudándoles a cumplir su voto. Y gracias a sus consejos personales, a su apoyo y a su dirección, entraron en la soledad de Chartreuse y se instalaron allí. Por aquellos días había visto Hugo, en sueños, que el Señor se construía en esa soledad una casa para su gloria y que siete estrellas le mostraban el camino. Y siete eran precisamente Bruno y sus compañeros. Así, acogió con benevolencia no sólo los proyectos de este primer grupo de fundadores, sino también los de los que les sucedieron, favoreciendo siempre, mientras vivió, a los ermitaños de Chartreuse con sus consejos y generosos favores”.

Reliquia de un dedo de San Bruno. Saint Laurent du Pont (Francia).

Reliquia de un dedo de San Bruno. Saint Laurent du Pont (Francia).

Si, finalmente, Bruno y sus compañeros se instalan en el desierto de Chartreuse, no es porque ellos mismos hubieran escogido tal lugar: Dios mismo se lo señaló por mediación de su intérprete, el obispo Hugo. Chartreuse era un desierto (entendido como un lugar aislado y solitario), pues tenía un acceso difícil para los pueblos más cercanos, de largos inviernos con grandes nevadas, de tierras pobres; sólo podía presentar una ventaja: la separación casi total del mundo, la soledad llevada al límite extremo. Era la vida estrictamente eremítica lo que buscaba Bruno.

Bruno quería la vida eremítica pura, con soledad estricta, atemperada solamente por algunos actos de vida comunitaria. La misma comunidad será poco numerosa, e incluso en sus actos comunes, los cartujos conservarán el sentimiento de ser el “parvulus numerus”. La vida monacal que fue dando a los monjes era que deberían reunirse con bastante frecuencia -varias veces al día- para el rezo del Oficio, celebrar Capítulo o asistir al refectorio común. Tenían misa conventual, recitaban los maitines y las vísperas. Los domingos lo recitaban en común en la Iglesia. En la celda cada ermitaño tomaba su comida. Únicamente la iglesia fue construida de piedra. El 2 de septiembre de 1085, Hugo, obispo de Grenoble, la consagraba bajo la advocación de la Santísima Virgen y de San Juan Bautista.

Existían en torno a ellos, pero ligeramente un poco más retirados del monasterio, los llamados conversos, que vivían dentro de los límites del desierto; su función en parte era el hacer los trabajos exteriores, sobre todo los más rústicos, necesarios en la vida de comunidad. Se encargaban de cultivar las tierras, de cuidar el ganado, cortar leña y ejecutar los mil trabajillos que exige la difícil conservación de los edificios. Pero no por ello no se dedicaban a la vida contemplativa, a la oración y vida de soledad en sus eremitorios. San Bruno buscaba una amistad santa entre los monjes y que el cartujo fuese caracterizado como un hombre contemplativo, alimentado de la Sagrada Escritura y de los Santos Padres, así, el cartujo vive el misterio de Dios en su corazón, en su espíritu.

Reliquias de San Bruno en la Cartuja de Serra (Italia).

Reliquias de San Bruno en la Cartuja de Serra (Italia).

El 9 de diciembre de 1086, un sínodo celebrado en Grenoble por el obispo Hugo ratificó solemnemente las donaciones que habían hecho dos años antes los propietarios de las tierras de Chartreuse. Los cartujos quedaban dueños definitivamente de aquellas posesiones, y además en la carta se definía, no sin solemnidad, el fin y la razón de ser del eremitorio: “Por la gracia de la Santísima e indivisible Trinidad, estamos advertidos misericordiosamente de las condiciones de nuestra salvación. Recordando la fragilidad de nuestra condición humana y cuán inevitable es el pecado en esta vida mortal, hemos decidido librarnos de las garras de la muerte eterna, cambiando los bienes de este mundo por los del cielo y adquiriendo una herencia eterna por bienes temporales. No queremos exponernos a la doble desgracia de sufrir a la vez las miserias y trabajos de esta vida y las penas eternas de la otra”. Después de haber descrito con precisión notarial los límites del terreno, la carta continúa así: “Si algún señor poderoso o cualquier otro se esfuerza por anular en todo o en parte esta donación, será considerado como sacrílego, excomulgado y digno del fuego eterno, a menos que se arrepienta y repare el daño causado”.

La soledad de la obediencia y el don de sí a aquellos que uno no ha escogido, sino que se los ha elegido el Señor: “Otro te ceñirá y te llevará adonde tú no querías ir” (Juan 21,18). La frase de Jesús a San Pedro se realizará en Bruno.

El Papa Urbano II lo convocó a Roma para que fuera su consejero, probablemente en 1090, junto con su amigo Guillermo, abad de Saint-Chaffre, que también iba a Roma por asuntos de su abadía. Sin embargo, en Roma buscaba un clima de soledad y sosiego, pero Roma y la Corte Pontificia estaban llenas de un clima de guerra, cismas, intrigas. Bruno expuso a Urbano II su desasosiego y solicitó el permiso de abandonar de nuevo la corte para volver a su desierto. Para desvariar, Bruno conocía perfectamente la forma de obrar del Papa pues se sabía con precisión que varias veces Urbano II nombró casi inmediatamente obispos, e incluso cardenales, a personalidades que llamaba junto a sí y que quería vincularse al servicio de la Santa Sede. Adelantaba el curso de las elecciones, manifestando así su deseo: los electores, que apenas conocían a los candidatos, se fiaban de la elección del Papa. Este fue claramente el caso de Bruno: de hecho fue elegido “Ipso Papa volente”, por deseo expreso del Papa. Sin embargo, el Papa, conociendo cada vez más a Bruno, desistió de nombrarlo obispo de Reggio, pues veía en él la vocación que anhelaba. Vio en él el silencio y la vida de oración que llevaba y decidió dejarlo en paz, pues el mismo pontífice Urbano II había sido monje. Por insistencia del Papa, no regresó a la Cartuja, sino que fundó en Calabria un nuevo eremitorio, probablemente en 1092, donde poco a poco iban reuniéndose hombres en torno a él.

Muerte del Santo. Lienzo de C. Zimatore y D. Grillo (s.XX).

Muerte del Santo. Lienzo de C. Zimatore y D. Grillo (s.XX).

Fue entonces cuando en Santa María la Torre, lejos de ambientes políticos, instaló su segunda fundación. Así que le siguieron hombres doctos, quizá unos 15, entre ellos laicos y otros clérigos, donde permanecería 10 años. Pero el paso de los años afectó a Bruno, aunque no se sabe de qué murió. Se sabe que murió sereno, pues en una carta de sus hijos se afirma esta cuestión. Se sabe que hizo su profesión de fe, convocó a sus hermanos y fue evocando las distintas etapas de su vida desde la infancia, recordando los sucesos más notables de su tiempo. Esto se conoce gracias a un texto que relata su profesión de fe, encontrado en Santa María la Torre por Dom Constancio Gegetis en los archivos de la Orden. En él se expresa que, reunidos con sus hermanos, expuso su fe en la Trinidad mediante una alocución profunda y detallada; y concluyó así: “Creo también en los sacramentos que cree y venera la Iglesia, y expresamente que el pan y el vino que se consagran en el altar son después de la consagración el verdadero Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo, su verdadera Carne y su verdadera Sangre, que recibimos en remisión de nuestros pecados y como prenda de la vida eterna. El domingo siguiente su alma santa se separó de su cuerpo; era el 6 de octubre del año del Señor 1101”. Ante tal sencillez huelgan los comentarios.

La profesión de fe que pronunció Bruno y de la que se conserva sólo una copia del año 1522, ya que la original estaba demasiado deteriorada, dice lo siguiente en un texto latino publicado en la edición crítica de Sources Chrétiennes. A modo de prólogo, los Hermanos de Calabria pusieron estas conmovedoras palabras: “Hemos cuidado de conservar por escrito la profesión de fe del Maestro Bruno, pronunciada ante todos sus hermanos reunidos en comunidad cuando sintió que se le acercaba la hora de dar el paso que espera todo mortal, porque nos rogó con harto encarecimiento que fuésemos testigos de su fe ante Dios”.

Escultura del Santo, obra de Manuel Pereira (s. XVII). Cartuja de Miraflores, Burgos (España).

Escultura del Santo, obra de Manuel Pereira (s. XVII). Cartuja de Miraflores, Burgos (España).

Sigue la profesión de fe:
1. Creo firmemente en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo: Padre no engendrado, Hijo unigénito, Espíritu Santo procedente de ambos; creo también que estas tres personas son un solo Dios.

2. Creo que el mismo Hijo de Dios fue concebido del Espíritu Santo en el seno de María Virgen. Creo que la Virgen fue castísima antes del parto y que en el parto y después del parto permaneció siempre virgen. Creo que el mismo Hijo de Dios fue concebido entre los hombres como verdadero hombre sin pecado. Creo que este mismo Hijo de Dios fue apresado por odio de los pérfidos judíos (esta palabra, «pérfidos», nos hiere hoy día, pero téngase en cuenta la mentalidad de la época), tratado injuriosamente, atado injustamente, escupido y azotado. Creo que fue muerto y sepultado, que bajó a los infiernos para librar de allí a los suyos cautivos. Descendió por nuestra redención, resucitó y subió a los cielos, de donde ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos.

3. Creo en los sacramentos que cree y venera la Iglesia, y expresamente en que lo consagrado en el altar es el verdadero Cuerpo y la verdadera Sangre de nuestro Señor Jesucristo, que nosotros también recibimos en remisión de nuestros pecados y como prenda de salvación eterna. Creo en la resurrección de la carne y en la vida eterna. Amén.

4. Confieso mi fe en la santa e inefable Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, un solo Dios natural, de una sola substancia, de una sola naturaleza, de una sola majestad y potencia. Creemos que el Padre no ha sido engendrado ni creado, sino que es ingénito. El mismo Padre no recibe su origen de nadie; de Él recibe el Hijo su nacimiento y el Espíritu Santo, la procesión. Es, pues, la fuente y el origen de la divinidad. El mismo Padre, inefable por esencia, engendró inefablemente de su substancia al Hijo, pero sólo engendró lo que Él es: Dios engendró a Dios; la luz engendró a la luz; de Él, pues, procede toda paternidad en el cielo y en la tierra. Amén”.

Tumba de San Bruno en la Cartuja de Serra (Italia).

Tumba de San Bruno en la Cartuja de Serra (Italia).

Quizás tenía alrededor de 70 años cuando murió Bruno el 6 de octubre de 1101, de los cuales 17 años fue cartujo. Oficialmente no está canonizado, pero el Papa León X permitió que la Orden lo venerara en 1514; y el Papa Clemente X extendió su culto a toda la Iglesia en el año 1674.

Emmanuel

Bibliografía:
- PP Cartujos de Miraflores, San Bruno, el primer cartujo.

Enlace consultado (02/04/14):

http://www.cartuja.org/escritos/sanbruno.pdf

Evidencias sobre la Resurrección de Cristo

Cristo resucitado. Óleo sobre lienzo de Raúl Berzosa (2012). Fuente: www.raulberzosa.com/

Cristo resucitado. Óleo sobre lienzo de Raúl Berzosa (2012). Fuente: www.raulberzosa.com/

Hoy, 20 de abril del año 2014, todos los cristianos, los que seguimos el calendario gregoriano y los que siguen el calendario juliano, celebramos la Pascua. Hoy todos estamos de fiesta porque Cristo, nuestra Pascua, ha resucitado. Verdaderamente ha resucitado. Lo creemos por nuestra absoluta fe en Él y en su palabra, pero también debemos creerlo porque hay evidencias de que los hechos históricos ocurrieron así y sobre este tema queremos escribir hoy.

Sabemos que nuestro Señor murió ejecutado en una cruz bajo el poder de Poncio Pilato, quien cedió a las presiones del Sanedrín judío. Esto nos lo dicen los Evangelios, pero también lo confirman escritores paganos como Flavio Josefo, Cornelio Tácito, Luciano de Samosata e incluso el mismo Sanedrín judío. Sabemos a ciencia cierta que murió y cómo fue su muerte, pero en cuanto a su resurrección, ya es otro cantar, aunque también existen varias líneas de evidencia que la confirman. Es cierto que los hombres somos propensos a creer sólo lo que puede explicarse por las leyes naturales, por causas naturales y ante el tema de la resurrección – por ser en sí un hecho milagroso – nuestra inteligencia nos lleva hacia el escepticismo, independientemente de que puedan existir evidencias que la confirmen. Pero es que existen esas evidencias y vamos a ver cuáles son.

En primer lugar hay que decir que existieron testigos presenciales y que su testimonio es verdadero. Los primeros apologistas cristianos citaron a cientos de testigos, algunos de los cuales incluso documentaron sus supuestas experiencias. Muchos de estos testigos, de manera voluntaria y decidida soportaron torturas y hasta la muerte antes que negar este testimonio. Son los mártires de los primeros siglos, sobre muchos de los cuales ya hemos escrito en este blog y el hecho de que aceptaran los sufrimientos y la muerte dan fe a su sinceridad y falta de engaño. “Hablando ellos al puebloPedro y Juanvinieron sobre ellos los sacerdotes con el jefe de la guardia del templo y los saduceos, resentidos porque enseñaban al pueblo y anunciaban la resurrección de Jesús de entre los muertos. Y les echaron mano y encerraron en la cárcel hasta el día siguiente, pues ya era tarde. Pero muchos de los que habían oído la palabra, creyeron, siendo el número de los varones como unos cinco mil. Al día siguiente, se reunieron en Jerusalén los gobernantes, los ancianos y los escribas y el sumo sacerdote Anás y Caifás y Juan y Alejandro y todos los que pertenecían a la familia de los sumos sacerdotes. Y poniéndoles en medio de ellos les preguntaron: ¿Con qué potestad y en nombre de quién habéis hecho esto? Entonces Pedro, lleno del Espíritu Santo, les dijo: Gobernantes del pueblo y ancianos de Israel: puesto que hoy se nos interroga acerca del beneficio que hemos hecho a un hombre enfermo y cómo este ha sido sanado, sea notorio a todos vosotros y a todo el pueblo de Israel, que en el nombre de Jesús de Nazaret, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de entre los muertos; gracias a Él, este hombre está sano en vuestra presencia. Este Jesús es la piedra que vosotros, los edificadores, habíais reprobado y se ha convertido en una piedra angular. Y en ningún otro hay salvación, ya que no hay otro hombre bajo el cielo por el cual podamos ser salvados. Entonces, viendo la desenvoltura de Pedro y de Juan, que eran hombres del pueblo e iletrados, quedaron maravillados y les reconocían que habían estado con Jesús. Y viendo además al hombre que había sido sanado y que estaba de pie delante de ellos, no podían decir nada en contra. Entonces les ordenaron que salieran fuera y charlaban entre ellos diciendo: ¿Qué haremos con ellos? Porque es cierto y lo que han hecho así lo manifiesta, que esto es conocido por todos los que habitan en Jerusalén y no lo podemos negar. Sin embargo, para que no se divulgue esto entre el pueblo, amenacémosles para que no sigan hablando de Jesús delante de hombre alguno (Hechos, 4, 1-17).

"Alegoría de la Resurrección de Cristo", lienzo de Patrick Devonas.

“Alegoría de la Resurrección de Cristo”, lienzo de Patrick Devonas.

De esto, da también fe la Carta X de Plinio el Joven a Trajano, que no reproduzco por su extensión, pero que puede consultarse aquí. Los cristianos podían poner fin a sus sufrimientos simplemente renunciando a su fe, pero sin embargo, la inmensa mayoría soportaban los tormentos, proclamando la resurrección de Cristo. Y es verdad que hay que decir que, en teoría, el martirio no convierte en verdad la resurrección de Cristo y que sólo demuestra la sinceridad de los mártires, pero es que ellos sabían que lo que profesaban era cierto, ya que muchos de ellos, en los primeros años de la Iglesia, habían conocido personalmente a Jesús. Si la resurrección era mentira, ¿por qué tantas personas daban su vida por afirmarla? ¿Es que era bueno sufrir tanto por aferrarse a una mentira? Sabían que no era mentira, que era cierto, porque pertenecían a la primera generación de la Iglesia, porque afirmaban lo que habían visto. Y entre todos ellos, los testigos más valiosos fueron los propios apóstoles, que aunque demostraron un miedo vergonzoso durante la Pasión del Maestro, se transformaron por completo después de la Resurrección y de Pentecostés. Y por eso, con enorme valor, se lanzaron por todos los confines del mundo conocido, predicando lo que habían visto aun a sabiendas de que serían perseguidos y asesinados.

Pero ¿y Pablo? Posiblemente, él no había conocido personalmente a Jesús y además era un furibundo perseguidor de los cristianos. Pero él mismo describe cómo se encontró con Jesús resucitado cuando iba camino de Damasco y cambió su vida de manera drástica. De feroz perseguidor se convirtió en uno de los defensores más atrevidos de aquella nueva doctrina y esto le trajo sufrimientos, palizas, la cárcel e incluso la muerte. Él, que atacaba a Jesús, lo vio resucitado y dio su vida por Él.

Primera versión del Cristo Resucitado de Miguel Ángel Buonarroti. Monasterio de San Vicente en Bassano Romano, Italia.

Primera versión del Cristo Resucitado de Miguel Ángel Buonarroti. Monasterio de San Vicente en Bassano Romano, Italia.

Pero es que hay muchísima más información de aquella época; por poner sólo un ejemplo, Flavio Josefo, que fue un historiador judío fariseo, en su obra “Antigüedades y guerras de los judíos”, describe el martirio de Santiago, el hermano del Señor, por defender la resurrección de Cristo.

Además, si Jesús no había resucitado, los sacerdotes y el Sanedrín podían haberlo demostrado. Jesús fue ejecutado en público y todo Jerusalén sabía donde había sido sepultado. Bastaba exhumar el cadáver para desmontar esta mentira, pero… ¡es que la tumba estaba vacía! Y recurrieron a lo más fácil: sus discípulos habían robado el cadáver. Pero la tozuda realidad era que la tumba estaba vacía.

Si sus discípulos habían robado el cadáver y sabían que la resurrección era una farsa, ¿por qué estaban dispuestos a sufrir todo tipo de tormentos y la muerte por defender una mentira? Ellos eran sinceros, sabían lo que había pasado y daban su vida por demostrarlo. Ninguno desfalleció; si el cuerpo había sido robado, alguno hubiera flaqueado y confesado el robo, no ya sólo para evitar sus sufrimientos sino para evitar los sufrimientos de sus familiares más allegados. No hubo ni uno solo que se desmoronase por defender a capa y espada una mentira, y eso que las primeras persecuciones fueron brutales, sobre todo la de Nerón, que en el año 64 ordenó incendiar la ciudad de Roma y, para exculparse, culpó a los cristianos del incendio. Lo cuenta el historiador Cornelio Tácito en sus “Anales de la Roma imperial”, escritos inmediatamente después del incendio (Anales, XV, 44). Nerón iluminó sus jardines con los cristianos crucificados en cruces y ardiendo vivos, y ninguno se retractó. No existe constancia alguna de que ningún cristiano de aquella primera generación renunciase a su fe en la resurrección de Cristo para poner fin a sus sufrimientos. Y sin embargo, sí que existen numerosos relatos de supuestas apariciones del Resucitado a quienes estaban dispuestos a dar su vida por Él. Resumiendo: los discípulos no robaron el cuerpo, dieron sus vidas por defender este hecho y la tumba estaba vacía.

Algunos han defendido la tesis de que Jesús fingió su muerte y que posteriormente, escapó de la tumba. Esta tesis es indefendible. Conforme hemos relatado en los tres artículos anteriores publicados en el blog, Jesús sufrió lo indecible, murió en la cruz y recibió el golpe de gracia atravesándosele el corazón con una lanza. ¿Cómo es posible que un ser humano sobreviviese a estos tormentos, fingiera su muerte, estuviese sepultado durante tres días sin ningún tipo de atención, él solo retirase la pesada losa que tapaba el sepulcro y luego escapase, sin ni siquiera dejar un rastro de sangre? ¿Y después se dedicó a convencer a sus amigos de que había resucitado y que estaba completamente sanado, salvo las señales de las heridas de manos, pies y costado? Esta tesis, simplemente, es ridícula.

"Cristo resucitado en el jardín de José de Arimatea", lienzo del pintor británico William Holman Hunt.

“Cristo resucitado en el jardín de José de Arimatea”, lienzo del pintor británico William Holman Hunt.

Pero aún hay más: los primeros y principales testigos de la resurrección fueron unas mujeres, y ya sabemos lo que significaban las mujeres en las culturas antiguas. Sus afirmaciones carecerían de todo crédito. Si habían robado el cuerpo, ¿eligieron a unas mujeres para demostrar lo contrario? Todos los apóstoles eran varones, ellos robarían el cuerpo, y ¿eligieron a unas mujeres para propagar esa mentira de la resurrección? Las mujeres ocupaban el status social más bajo, y ¿son ellas las encargadas de propagar ese bulo? ¿Y la creen todos hasta el punto de que los propios hombres que robaron el cuerpo, dieran su vida por defender lo contrario? Los rabinos decían que “los libros de la ley merecían ser quemados antes que entregarlos a las mujeres” y ya sabemos lo que significaba la Ley de Moisés para ellos. El testimonio de una mujer no servía para nada, ni siquiera podía ir como testigo a un juicio, y ¡eran ellas las primeras que testimoniaron que la tumba estaba vacía! Y si sabiendo quienes escribieron los Evangelios que el testimonio de una mujer no valía nada, aun así, lo dicen expresamente, es que lo que dicen, es exactamente la verdad. Esto es historia, esto no es leyenda.

Para terminar: sinceridad por parte de quienes dieron su vida por defender esta verdad, convicción absoluta de los apóstoles, conversión de un perseguidor al ver a Cristo resucitado, la tumba estaba vacía y no se pudo demostrar de manera natural el por qué lo estaba, fue en Jerusalén – la ciudad que lo vio morir – donde se inició la defensa de este hecho, la importancia que en el contexto histórico se da al testimonio de unas mujeres… son hechos más que suficientes como para atestiguar la historicidad de la resurrección.

Sir Lionel Alfred Luckhoo, un famoso diplomático y abogado protestante que defendió y ganó 245 pleitos de casos de asesinatos y que como tal está en el “Libro Guinnes de los Records”, dijo: “Después de cuarenta y dos años ejerciendo como abogado defensor en todas las partes del mundo, y después de haber pasado por mis manos todo tipo de pruebas y ganado todos los juicios con jurado popular, tengo que decir de manera inequívoca, que la evidencia de la resurrección de Cristo es tan abrumadora que obliga a aceptar la prueba de que no deja ningún lugar a dudas”.

Antonio Barrero

Bibliografía:
-GARY, R y otros, “The Case for the Resurrection of Jesus”, Kregel Publications, 2004.