Jesucristo: el león reclinado de Judá

La Virgen velando el sueño del Niño Jesús. Fresco ortodoxo griego.

La Virgen velando el sueño del Niño Jesús. Fresco ortodoxo griego.

Judá (Yehuda, en hebreo) era uno de los hijos de Jacob y fue el propio Jacob quien otorgó a Judá un león como símbolo para bendecirlo y llamarlo “Gur Aryeh” (en hebreo גּוּר אַרְיֵה יְהוּדָה, o “cachorro”), o sea, según el libro del Génesis, el León de Judá era el símbolo de la Tribu de Judá y de esta tribu eran los ascendientes del rey David, a cuya estirpe pertenece Jesús de Nazareth: “Judá es un cachorro de león de presa, hijo mío, has subido; se encorvó, se echó como un león, como un león viejo. ¿Quién lo despertará” (Génesis, 49, 9). El Génesis presenta a este león como un león tranquilo, al que no hay que temer, pero las mismas Escrituras dicen: “No tiene nada que temer, con un solo rugido hace que sus detractores se dispersen como ratas” (Isaías, 31, 4). Símbolo de paz, pero también símbolo de temor a su justicia.

Si leemos el texto completo del Génesis (49, 7-12) veremos que alegóricamente se hace referencia no sólo a la profecía sobre la dinastía de los reyes, la de David, de la que saldría el “Rey de Reyes”, sino que hace referencia al pollino de asna del Domingo de Ramos, a la Sangre de Cristo de la que se manchó su vestido, a la Santa Cena y a su misericordia mientras moría en la cruz. Sus dientes blancos de leche hacen referencia a Cristo Resucitado, verdadero Dios y verdadero hombre.

La tradición cristiana utilizó desde los primeros siglos la expresión “León de Judá” para representar a Jesús de Nazareth, ya que era miembro de su tribu por ser descendiente a su vez de la tribu de David. De él nos habla el autor del Libro del Apocalipsis: “Y uno de los ancianos me dijo: “No llores porque he aquí que el león de la tribu de Judá, la raíz de David, ha vencido para abrir el libro y desatar (romper) sus siete sellos”. (Apocalipsis, 5, 5). Como podemos comprobar existe una clara comparación entre el primero y el último libro de las Sagradas Escrituras y se refiere a Jesús porque cuando Juan dejó de llorar, dice: “Ví de pie en medio del trono, un cordero como si hubiese sido degollado” (Apocalipsis, 5, 6).

La Virgen en adoración ante el Niño Jesús. Fresco ortodoxo griego.

La Virgen en adoración ante el Niño Jesús. Fresco ortodoxo griego.

¿Quién es este “Cordero” a quien se identifica como el “León de Judá” y que además procede de la “raíz de Jessé”, el padre del rey David? Es Jesús de Nazareth, descendiente de Abrahán y descendiente del rey David (Mateo, 1, 1-6). Recordemos que hace unos días, cuando escribimos sobre la Antífona “O radix Jesse” ya decíamos que esta hacía referencia al Mesías, retoño, brote del padre de David (raíz de David); recordemos de nuevo al profeta Isaías, como hicimos aquel día: “En aquel tiempo, la raíz de Jesé estará puesta como pendón de los pueblos, para que los gentiles se afanen y su habitáculo sea glorioso” (Isaías, 11, 10).

Por todo esto, desde muy antiguo, en algunos iconos bizantinos vemos que Jesús Niño, no está sentado o acostado, sino reclinado, encorvado, mostrándonos que no es un hombre cualquiera, sino el Verbo encarnado, Dios hecho carne. Esta imagen representa simultáneamente las naturalezas divina y humana de Cristo. La juventud del Hijo del hombre se muestra en su rostro imberbe, mientras que al mismo tiempo se manifiestan las características de la edad adulta para demostrarnos que Él es el Hijo eterno de Dios. Su aureola también revela su divinidad, ya que en ella está escrita la frase “Yo soy”, para mostrarnos que es el Dios eterno, el Mesías tan esperado cuyo nacimiento conmemoramos hoy. El rollo profético que lleva en su mano izquierda significa que de Él se predijo que redimiría a los hijos de Israel y traería la paz a la tierra. Es el León de la Tribu de Judá, en paz cuando descansa, pero temible cuando ruge. Recordemos a Isaías.

Existe una preciosa homilía de San Nicolás Velimirovich, en la que de refilón hace mención al “León de Judá” y de la que vale la pena extraer algunas frases: “El Espíritu de Yahvé está sobre mí, porque el Señor me ha ungido para anunciar la buena nueva a los abatidos, me ha enviado para vendar a los quebrantados de corazón, a proclamar la libertad a los cautivos y a abrir las cárceles, proclamando el año de gracia del Señor y el día de la venganza de nuestro Dios” (Isaías, 61, 1-2). El Señor Jesús al leer esta profecía a los judíos en la Sinagoga de Nazareth, se sentó y les dijo: “Hoy se cumple lo que dice esta Escritura” (Lucas, 4, 16-21). Ésta era una de las profecías más difíciles de entender para los escribas y sacerdotes judíos y por eso quedaron pasmados cuando Él les dijo: “Hoy esto se ha cumplido”. Jesús es el Ungido, el Mesías, al cual los judíos de habla griega llamaban “Cristo”.

Los ángeles presentan los símbolos de la Pasión a Jesús Niño, reclinado en el regazo de María. Fresco ortodoxo griego.

Los ángeles presentan los símbolos de la Pasión a Jesús Niño, reclinado en el regazo de María. Fresco ortodoxo griego.

Hasta entonces, nadie se había atrevido a interpretar esta profecía, porque nadie sabía a quien se refería. Habían pasado siete siglos desde que fue escrita y nadie sabía a quien pertenecía, así que cuando Cristo se la aplicó a sí mismo, nuestro Señor la justificó presentándose ante el mundo como el Ungido por el Espíritu de Yahvé, como el Cristo tan esperado por su pueblo.

“El Espíritu del Señor está sobre mí”. ¿Por qué dice esto cuando Él es igual que el Espíritu y que el Padre? San Juan Crisóstomo lo interpreta diciendo que quiso dar testimonio a su pueblo. Él no dice que la gracia del Espíritu está sobre Él, ya que la gracia del Espíritu de Dios está sobre su Iglesia, sino que el mismo Espíritu está sobre Él como se manifestó en el río Jordán. El Espíritu es el testimonio del Hijo y el Hijo no estuvo ni un solo momento sin el Espíritu.

El Señor Jesús menciona al Padre y al Espíritu en numerosas ocasiones y lo hace para mostrar el infinito amor existente en el seno de la Santísima Trinidad, amor que Él hace suyo propio y que nos transmite a todos los hombres, enfatizando en esto para mostrar que todos somos iguales.

Todo lo que se dice en esta maravillosa profecía, el Señor le da cumplimiento mediante sus obras milagrosas, mediante sus palabras. Él vino principalmente para proclamar la misericordia de Dios a los hombres, pero al mismo tiempo para anunciar el Juicio divino a aquellos que desprecian y rechazan esta misericordia. Esta es la visión de Isaías, hijo de Amós, el profeta de Dios, verdadero profeta.

Vista del León de Judá en el Tilo de Bezalel. Sinagoga de Moshav Zknenim, Jerusalén (Israel).

Vista del León de Judá en el Tilo de Bezalel. Sinagoga de Moshav Zknenim, Jerusalén (Israel).

Nosotros veneramos a Isaías cuya boca fue inspirada por Dios y que nos predijo la venida del Mesías, nuestra salvación. Adoremos sin cesar a nuestro maravilloso Salvador, Jesucristo, que hoy nos ha nacido y que es el León de Judá. Nosotros te adoramos, Señor y Salvador nuestro y te damos gracias por tu plan salvífico. A ti la gloria por siempre. Amén. Hasta aquí las palabras de San Nicolás Velimirovich.

Por curiosidad, quiero por último hacer mención al por qué en la bandera de Etiopía aparece el “León de Judá”. Aparece porque el “Kebra Nagast”, que es un texto del siglo V, afirma que la monarquía etíope surgió de los descendientes de la mítica reina de Saba con el rey Salomón, cuando ella lo visitó en su corte de Jerusalén. A ambos se les atribuye la paternidad del rey etíope Menelik I, legendario fundador del Reino de Aksum en el siglo IV antes de Cristo, que fue el primer estado etíope. Como Salomón, por ser hijo del rey David, era miembro de la tribu de Judá, era obvio que Menelik I también podía reclamarse descendiente de esta tribu. Las crónicas etíopes dicen también que hubo inmigrantes israelitas de la Tribu de Dan y de la Tribu de Judá que se instalaron en Etiopía siguiendo a la reina de Saba y que serían los ascendientes de los actuales judíos “falashas”.

Himno de Vísperas del Día de la Navidad:

Antonio Barrero

Bibliografía:
- Biblia de Jerusalén
- PADILLA, C., “Pascua 2011”, publicado en Internet.

Enlace consultado (15/11/2013):

http://es.wikipedia.org/wiki/Le%C3%B3n_de_Jud%C3%A1

El Santo Niño Jesús Limosnerito

Vista de la imagen del Santo Niño es una fotografía antigua.

Vista de la imagen del Santo Niño es una fotografía antigua.

México es un país en el que se tiene gran devoción por las advocaciones marianas, en especial por Nuestra Señora de Guadalupe y un sinfín más de títulos que lleva Nuestra Señora en estas tierras desde que comenzó la evangelización en 1524. Este amor que se le tiene a María Santísima, aunque a veces pareciera que pudiera compararse al de Cristo, se puede ver que no es así y que también la tierra mexicana ha sido prolífica en devociones a Jesús y en especial cuando se trata de su infancia, debido a esto, tiene diversas advocaciones desde más temprano siglo XVI, con el que empezó la evangelización. Muchas de estas devociones aún perduran y sus fiestas son celebradas en el trascurso del 16 de diciembre al 6 de enero, tal es el caso de advocaciones tan famosas como el Santo Niño de Atocha, que sin duda es la más popular de las devociones a Jesús Niño en México, seguido por el controversial Santo Niño Pa o el Santo Niño Cautivo. No todas las devociones a la infancia de Jesús nacieron en la época colonial. Hay otras más recientes que comenzaron en el siglo XX, como es el caso del Santo Niño Doctor, el cual actualmente tiene una gran cantidad de devotos, y otra advocación más que tal parece pudiera ser de finales del siglo XIX o principios del siglo XX, es la del Santo Niño Limosnerito venerado en la parroquia “Santo Niño Jesús” en México, D.F.

A principios del siglo XIX, se quería construir un templo en honor a la Sagrada Familia en la colonia Santa María la Ribera, en México D.F., y el religioso josefino José María Troncoso y Herrera aprovechó la ocasión en que acompañó al Siervo de Dios José María Vilaseca a Roma, para, a su paso por Barcelona (España) mandar a hacer con un escultor una imagen del Santo Niño Jesús que ayudara a recolectar limosnas para la construcción del templo de la Sagrada Familia. El padre Vilaseca, fundador de los Misioneros de San José, había hecho la promesa antes a San José que, si su congregación era aceptada, construiría un templo en honor suyo y de la Sagrada Familia, y el Niño Jesús ayudará a cumplir este voto.

La imagen fue mandada a hacer con ciertas especificaciones, pues el Niño debería tener una actitud suplicante y llevar una bolsa de peregrino, y en su otra mano tendría unas espigas de trigo y un racimo de uvas, como símbolo del cuerpo y la sangre de Cristo.

La imagen comenzó a peregrinar en las casas de la colonia, recolectando las limosnas para la construcción. El Niño Jesús gustaba tanto y despertaba la devoción de los fieles que pronto conseguía cuantiosas limosnas para la construcción. Posteriormente, el padre Troncoso fue designado para construir un templo dedicado al Espíritu Santo y de nuevo el Santo Niño Jesús ayudó peregrinando en busca de limosnas. Algún tiempo después el padre Troncoso fue nombrado Superior General de la Congregación de los Misioneros de San José y se trasladó a la Casa Madre.

En ese tiempo, la presidenta de la Asociación de Obreras del Espíritu Santo, que se encargaban de impartir el catecismo a niños pobres, tuvieron muchas dificultades, al punto de casi de terminar con esta misión; y el padre Troncoso, al ver esto, les dio al Santo Niño Jesús como patrón para que les ayudara y se encargaran de difundir su devoción.

La gente le había tomado cariño ya a la imagen y pronto se consiguió un terreno por poco precio en el que se comenzó a edificar una capilla para el Santo Niño, pero los devotos, que llegaban en acción de gracias al ver al Niño Jesús, han sido tantos, que se vio la necesidad de construirle un templo más grande.

Fotografía actual de la venerada imagen del Limosnerito.

Fotografía actual de la venerada imagen del Limosnerito.

Los fieles devotos del Santo Niño, debido a que siempre que peregrinaba era para pedir limosnas para la construcción de los diversos templos, incluyendo el suyo; le comenzaron a llamar “El Santo Niño Limosnerito”; y es con este nombre que la devoción popular le recuerda, muy a pesar de que el clero no está de acuerdo con este título y promueve el que simplemente se le llame “Santo Niño Jesús”. Lo curioso es que en el año 2012 se restauró la imagen y se puede ver que en la base de la misma tiene escrito el nombre “Santo Niño Limosnerito”. Es tradición entre los devotos que siempre que pasen por el templo o visiten la imagen del Niño Limosnerito extender la mano hacia él, pidiéndole a modo de limosna un milagro o su bendición.

Desde su fundación, la imagen y el templo del Santo Niño estuvieron a cargo de los padres josefinos, pero a partir del año 2005, el templo fue entregado al clero secular. La festividad en honor al Santo Niño Limosnerito se celebra el 6 de enero.

Oración al Santo Niño Limosnerito
¡Oh Divino Niño Limosnerito, Luz del mundo y dulce consuelo de todos los corazones! Al verte con la mano extendida en ademán de humilde petición vengo a traerte en este día el homenaje de mi fe, de mi amor y desagravio. La estrella de tu devoción iluminó el cielo de mi vida y felizmente me trajo hasta tu divina presencia. ¡Qué dicha tan grande el haber llegado hasta tu acatamiento divino!

Vengo a traerte en este día el incienso de mis humildes plegarias, el oro del arrepentimiento de mis pecados, y la mirra de mis lágrimas y desagravios por todas las ofensas que contra ti se cometen. Tú, en cambio, perdonas a todo aquel que de corazón es arrepentido.

¡Oh Divino Niño! concédeme el don de la fe, hazme confiar más ampliamente en tu amorosa protección y haz en mi pobre corazón el fuego de tu devoción, para que después de servirte y alabarte aquí en la tierra, tenga la dicha de contemplarte y amarte perpetuamente en el cielo. Amén.

André Efrén

¡Oh Emmanuel!

Natividad. Fresco ortodoxo en la catedral de la Asunción, Varna (Bulgaria).

Natividad. Fresco ortodoxo en la catedral de la Asunción, Varna (Bulgaria).

El mundo está desesperado, muchos pueblos padecen hambre, las catástrofes naturales se ensañan con los más débiles y estas catástrofes muchas veces son la consecuencia de las actuaciones de los poderosos contra el planeta que nos sustenta. Confiamos en nosotros, en nuestros medios, pero muchas veces, nuestros progresos son ridículos. Esperamos que los poderosos de este mundo, que las grandes cabezas pensantes, políticos y científicos nos salven, pero en realidad nos desilusionan. Son muchos los intereses creados, los problemas y las soluciones son complejos y nunca atajamos en profundidad los problemas de fondo.

Necesitamos que alguien venga, que tenga poder sobre todos y que se quede con nosotros; lo añoramos, estamos expectantes ante su venida. Nuestro Dios lo sabe y lo pone a nuestro alcance, para que el Enviado camine junto a nosotros y nos guíe en nuestras decisiones. “Pues bien, el Señor mismo va a daros una señal. He aquí que una virgen está encinta y va a dar a luz a un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel (Dios con nosotros)” Isaías, 7, 14. Eso es lo que necesitamos, un Dios que se asiente entre nosotros, que se quede con nosotros, que se ponga a nuestro lado, que sienta como nosotros, que nos conozca a fondo, que sepa cuáles son nuestras debilidades y nos ayude a superarlas.

Jesús es ese Dios, pero también es nuestro hermano y amigo, que nos ayuda a cargar con nuestras debilidades, que es capaz de curarnos, de darnos leyes de amor que nos hablen al corazón, que convierta nuestros corazones de piedra en corazones de carne: “Yo les daré otro corazón y pondré dentro de ellos un espíritu nuevo: arrancaré de su cuerpo el corazón de piedra y les daré un corazón de carne, a fin de que sigan mis preceptos y observen mis leyes” (Ezequiel, 11, 19-20), un “corazón revestido de profunda compasión, que practique la benevolencia, la humildad, la dulzura y la paciencia” (Colosenses, 3, 12).

De esa forma, comprenderemos nuestras faltas y sabremos disculpar las ajenas, no juzgaremos, no condenaremos, no desconfiaremos. Sabemos que tenemos un legislador que nos da su ley de amor: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado” (Juan, 13, 34) y un Salvador: “Nuestro gran Dios y Salvador, Jesucristo” (Tito, 2, 13). Jesús, Emmanuel, ven ya y no tardes, ven a salvarnos, Señor y Dios nuestro.


O Emmanuel,
Rex et légifer noster,
Expectatio Géntium et Salvador earum:
Veni
Ad salvándum nos,
Dómine, Deus noster.
Oh Enmanuel,
Nuestro rey y legislador,
Esperanza de las naciones y Salvador de los pueblos,
Ven
A salvarnos,
Señor, Dios nuestro.

Antonio Barrero

¡Oh Rey de las naciones!

Detalle del Pantócrator en un mosaico bizantino. Baptisterio de Florencia, Italia.

Detalle del Pantócrator en un mosaico bizantino. Baptisterio de Florencia, Italia.

Cada nación está formada por uno o varios pueblos, que no quieren ser dominados por un imperio, sino que quieren formar una organización unitaria y respetuosa construida sobre la solidaridad de los unos con los otros. En todo caso, necesitan organizarse en una unidad supranacional que garantice que unas naciones no dominen a otras, ya que nuestro mundo está amenazado por las fuerzas del capital, interesado en explotar a los pueblos esquilmándoles sus riquezas o por naciones prepotentes que quieren dominar al resto de las naciones. Por eso surgieron las Naciones Unidas, que no siempre cumplen con su misión de garantizadora de paz y de no explotación de unos por otros.

Existen guerras, tensiones y luchas. Incluso en muchos Estados existen tensiones entre unos pueblos y otros, no se dan las condiciones favorables para que las autonomías sean compatibles con la solidaridad entre ellas y así favorecer la integración de la diversidad cultural y económica dentro del Estado. Necesitamos un Rey de paz que unifique las naciones bajo el signo del amor, que sea capaz de destruir las murallas que separan a los pueblos dentro y fuera de un mismo país. Y eso Dios lo sabe desde muy antiguo como nos lo demuestra la profecía de Isaías. Isaías había profetizado: “Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. Estará el señorío sobre su hombro y su nombre será “Maravilla de Consejero”, “Dios Fuerte”, “Siempre Padre”, “Príncipe de la Paz” (Isaías, 9, 5). “Juzgará entre las naciones, será árbitro de numerosos pueblos. De sus espadas forjarán azadas y de sus lanzas, podaderas. No levantará su espada ninguna nación contra otra ni se ejercitarán más las guerras” (Isaías, 2, 4).

Icono ortodoxo griego que muestra a Cristo entronizado con el Tetramorfos (los cuatro evangelistas).

Icono ortodoxo griego que muestra a Cristo entronizado con el Tetramorfos (los cuatro evangelistas).

Éste es el Rey que nosotros anhelamos, el que de todas las naciones hace un solo pueblo, su pueblo, el Pueblo de Dios, el que consigue que entre todos nos comprendamos independientemente de las lenguas que hablemos. Unifica a todos los pueblos sin anular la idiosincrasia de cada uno de ellos, pero armonizándolos bajo una unidad liberadora que respeta la singularidad de cada uno. A todos los unifica como si fuéramos una sola familia, haciendo que nos sintamos hermanos unos de otros. Su reinado es un reinado de amor.

Pero Isaías también nos dice: “Yahvé dice esto: Yo he puesto en Sión por fundamento una piedra, una piedra probada, una piedra angular, preciosa, un cimiento estable; el que crea, que no se apresure” (Isaías, 28, 16) y ya en el Nuevo Testamento, San Pablo nos lo aclara, nos lo remacha: “Y ahora, en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejanos, os habéis hecho cercanos por la sangre de Cristo. Porque Él es nuestra paz, pues de ambos pueblos hizo uno solo, derribando la pared que los separaba” (Efesios, 2, 13-14).

Está claro: Cristo, el Mesías que nos nacerá dentro de tres días, es el único Rey de las naciones, Rey pacífico, Rey deseado, piedra angular de ese pueblo nuevo que llamamos Iglesia, familia de Dios, pueblo de Dios, familia donde todos nos sentimos integrados a pesar de nuestras diferencias. Ven, Jesús y salva al hombre que hiciste del barro de la tierra y elévalo hasta el cielo.


O Rex Géntium,
Et desiderátus eárum,
Lapisque anguláris qui facis útraque unum:
Veni
Et salva hóminem,
Quem de limo formásti.
Oh Rey de las naciones,
Y esperado por los pueblos,
Piedra angular que haces de los dos pueblos uno solo,
Ven
Y salva al hombre,
Que hiciste del barro de la tierra.

Antonio Barrero

¡Oh Sol que naces de lo alto!

Cristo, resplandor de la luz eterna. Mosaico paleocristiano.

Cristo, resplandor de la luz eterna. Mosaico paleocristiano.

El sol es fuente de vida; en nuestro planeta no habría vida si no recibiéramos la luz y la energía del sol; y eso el hombre siempre lo ha tenido muy claro, llegando incluso a adorarlo en muchas de nuestras culturas antiguas. Para los mismos romanos, los solsticios de verano e invierno eran celebraciones festivas y aun hoy en día, en el solsticio de verano celebramos las célebres hogueras de San Juan y en el de invierno, la Navidad.

Pero hoy en día, consumidores de energía como somos, no sólo recurrimos al sol para librarnos del frío y alumbrarnos, sino que buscamos energías alternativas, tanto de origen fósil, nuclear o como las ocasionadas por algunos fenómenos naturales. Somos cómodos, no queremos renunciar a nuestra comodidad, aunque buena parte de los habitantes del planeta mueran de frío o de hambre. Pero el hombre no sólo necesita la energía que proviene del sol o de otras fuentes físicas, necesita la energía espiritual que nos viene de Dios, del sol de justicia. “El pueblo que andaba a oscuras vio una luz grande y a los que vivían en tierras de sombras, una luz brilló sobre ellos” (Isaías, 9, 1). “Levántate y resplandece porque ha venido tu luz y la gloria de Yahvé ha nacido sobre ti. Porque he aquí que las tinieblas cubrirán la tierra y la oscuridad a las naciones, pero sobre ti amanecerá Yahvé y sobre ti se verá su gloria. Y las naciones andarás tras tu luz y los reyes irán tras el resplandor de tu nacimiento” (Isaías, 60, 1-3).

El profeta está anunciando la venida del Mesías, que es la luz de las naciones, una luz más poderosa que la proveniente del sol, una luz en la que, si creemos, seremos capaces de disipar todas las tinieblas de la noche. Y es una luz que da calor, verdadero calor porque va acompañada del amor, amor que procede del mismo sol de justicia, del mismísimo Hijo del Altísimo. “Para vosotros, los que teméis mi santo Nombre, brillará el sol de justicia que trae la salud en sus rayos y saldréis brincando como terneros bien alimentados” (Malaquías, 3, 20). El amor del que nos contagia Jesús de Nazareth, es el verdadero sol que nos calienta, es el fuego que todo lo enciende, que a todo le da vida y su amor, llevado hasta el extremo de hacerse comida Él mismo, nos alimentará eucarísticamente y nos hará saltar de gozo como los terneros que menciona el profeta Malaquías.

Cristo, el Mesías, es nuestro sol que nos ilumina, que nos da calor, que nos hace solidarios con los hermanos, que nos alimenta, que nos hace salir de las tinieblas del egoísmo. Ven, resplandor de la luz eterna e ilumínanos, te esperamos ansiosos aun sabiendo que sólo faltan cuatro días para tu venida, pero cuatro días que se nos harán una eternidad. “Maran Atha”.


O Oriens,
Splendor lúcis aetérnae,
Et sol iustitiae,
Veni
Et illumina sedéntes in ténebris,
Et umbra mortis.
Oh Sol, que naces de lo alto,
Resplandor de la luz eterna,
Y sol de justicia,
Ven
Ahora para iluminar a los que viven en tinieblas
Y en sombra de muerte

Antonio Barrero