Santos Berardo y compañeros, protomártires franciscanos en Marruecos

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Santos protomártires franciscanos de Marruecos.

Los santos Berardo de Calvi, Pedro de San Gemini, Acursio de Narni, Adyuto y Otón de Stroncone, eran oriundos de distintas ciudades italianas y abrazaron la vida que llevaban los frailes menores en el primer decenio de la fundación de la Orden (1210), por lo que estuvieron en contacto con San Francisco que los contagió de su espiritualidad misionera y así, en el año 1219, formaron parte de la primera expedición que envió San Francisco a predicar en tierras occidentales ocupadas por los musulmanes. Berardo, Pedro y Acursio eran sacerdotes mientras que Adyuto y Otón eran hermanos legos.

Ya seis años antes, en el 1213, fue el propio San Francisco quién lo intentó en Túnez como ya lo comentamos en su día (4 de octubre), fracasando en esa misión debido a una tempestad en alta mar. Era tal el interés que tenía por las misiones que es el primer fundador que introduce este tema en la Regla de su Orden: “Cualquier hermano que quiera ir entre sarracenos y otros infieles, vaya con la licencia de su ministro y siervo. Y los hermanos que van, pueden comportarse entre ellos, espiritualmente, de dos modos. Uno, que no promuevan disputas ni controversias, sino que se sometan a toda criatura por Dios y confiesen que son cristianos. Otro, que cuando les parezca que agradan al Señor, anuncien la palabra de Dios para que crean en el Dios omnipotente, Padre, Hijo y Espíritu Santo y que el Hijo es el redentor y salvador y para que se bauticen y hagan cristianos, porque “a menos que uno no renazca del agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios” (Juan 3, 5). Y todos los hermanos, dondequiera que estén, recuerden que se dieron y abandonaron sus cuerpos al Señor Jesucristo. Y por su amor deben exponerse a los enemigos, tanto visibles como invisibles, porque dice el Señor: “quién pierda su vida por mi causa, la salvará para la vida eterna” (Lucas, 9, 24).

Francisco los llamó y les dijo: “Dios me ha mandado que os envíe a tierras de sarracenos a predicar y confesar su fe y a combatir la ley de Mahoma. También yo iré a tierra de infieles en otra dirección y enviaré a otros hermanos a las cuatro partes del mundo”. Ellos le respondieron que estaban dispuestos a obedecerlo en todo.
San Francisco les recomendó paz y paciencia, amor, pobreza, humildad y castidad y les dio algunas normas: que llevasen la Regla y el breviario y que obedecieran a Fray Vidal, al que puso al frente del grupo. Los abrazó y bendijo y ellos, como frailes peregrinos, sin capa, calzado ni alforjas pusieron rumbo a tierras de misión.

Santos mártires de Marruecos. Óleo sobre tabla del convento de Santa Maria de los Ángeles – Penedo, Halagaos (Portugal)

Estos frailes misioneros, partieron desde Italia adentrándose en la península Ibérica, que ya era considerada tierra de misión por estar bajo el dominio musulmán, pero al llegar a Aragón, Fray Vidal cayó enfermo. Ellos se detuvieron para esperar que sanase, pero como eso no ocurría y aunque ellos se resistían a abandonarlo, Fray Vidal, por santa obediencia, les ordenó que continuasen por lo que fue sustituido por Fray Berardo, que era un buen predicador y que además tenía conocimientos del árabe. Se despidieron llorando y deseándose mutuamente “encontrarse en el reino de Dios”. Atravesaron lo que hoy es España: Aragón, Castilla y Extremadura y entraron en Portugal, siendo acogidos con gran honor en la ciudad de Coimbra, por parte del rey Alfonso II.

Doña Sancha, hermana del rey, los aprovisionó de víveres y de ropas seculares. Y ¿por qué lo hizo? Porque ellos le manifestaron su deseo de morir como mártires y vestidos como iban de frailes, no llegarían muy lejos porque los mismos comerciantes cristianos, a fin de no poner en peligro sus negocios con los musulmanes, serían los primeros en retenerlos. Así que disfrazados, marcharon a Alenquer y de allí a Sevilla, donde durante unos días vivieron escondidos en casa de un cristiano. Pasada una semana, se despojaron de sus ropas, se pusieron los hábitos y entraron en contacto con los sarracenos.

Intentaron entrar en una mezquita para predicar, pero al ser descubiertos, fueron amenazados y apaleados a estacazos. Ellos no se desanimaron y después de intentarlo nuevamente en alguna otra ocasión, se presentaron ante el emir de la ciudad. Se identificaron a las puertas del palacio solicitándole audiencia a fin de hablarle sobre temas en los que estaría interesado. Como no llevaban cartas de representación les negaron la entrada pero ante su insistencia, lo consiguieron y ante el emir se identificaron nuevamente como cristianos enviados por el Rey de reyes a fin de conseguir la salvación de sus almas. El emir, que no podía dar crédito a lo que estaba viendo, se enfureció y ordenó apalearlos.

Martirio de los protomártires franciscanos. Anónimo del siglo XVII.

Una vez calmado, los mandó encerrar en la azotea de una torre, pero ellos desde allí continuaron predicando la doctrina de Cristo por lo que fueron bajados a un calabozo dentro de la misma torre. Finalmente, el emir los llamó de nuevo con la intención de persuadirlos, pero al ver que todos sus intentos eran inútiles, los condenó al exilio, pero dándoles a escoger si querían ir a tierras de cristianos o a Marruecos. Ellos eligieron Marruecos.

El infante Don Pedro, que estaba enfrentado a su hermano, el rey de Portugal Alfonso II, estaba preparando una galera para zarpar rumbo a Marruecos y se los llevó con gusto, alojándolos en su propia casa una vez pisada tierra marroquí. Ellos no perdieron el tiempo y comenzaron a predicar por las calles, siendo tomados por locos. Hay que recordar que San Berardo conocía el árabe.
Ellos incluso se atrevieron a predicar delante del sultán, que se quedó estupefacto, que los reprendió y golpeó y que ordenó fueran expulsados de la ciudad. El infante Don Pedro, con la intención de ayudarles, intentó trasladarlos a Ceuta, pero ellos se escabulleron, regresando nuevamente a la ciudad para seguir predicando.

Los volvieron a encerrar y los tuvieron tres semanas en completo ayuno, sin comida ni agua y soportando un calor abrasador. El sultán quedó sorprendido al ver tal resistencia y decidió dejarlos, pero unos cristianos que temían que finalmente los sarracenos se volvieran contra ellos mismos, los obligaron a marchar nuevamente a Ceuta, pero nuevamente se escaparon y volvieron a la ciudad donde fueron encontrados por el infante Don Pedro que los llevó a su casa temiendo que la osadía de aquellos cinco frailes terminase por crear un conflicto entre los musulmanes y cristianos que convivían pacíficamente.

Grupo escultórico de los santos mártires de Marruecos. Iglesia de San Miguel de Travâsso, Agueda (Portugal).

El infante, que estaba a las órdenes del sultán, salió a sofocar una rebelión pero para su tranquilidad, llevándose a los frailes con él. Tuvo que adentrarse en el desierto y después de varios días sin agua y soportando el calor del desierto, San Berardo rogó a Dios que se apiadase de ellos y con una varita perforó la arena y brotó una fuente que calmó la sed de todos. Todos los soldados, cristianos y musulmanes, quedaron maravillados y postrándose ante ellos besaron sus hábitos. Ellos se dedicaron a predicar entre los soldados durante los largos días que tuvieron que convivir juntos en el desierto, pero aun así, hubo quién al regresar a la ciudad, los delató ante el sultán que, nuevamente, los hizo encarcelar. Al anochecer, los desnudaron y azotaron brutalmente, los ataron de pies y manos y, finalmente, los decapitaron con una cimitarra. Era el día 16 de enero del año 1220. Sus cuerpos destrozados y sus cabezas fueron arrojados a las calles para que sirvieran de escarnio entre los musulmanes.

Los cristianos de la ciudad recogieron los cuerpos aun a costa de tener que sobornar a algún musulmán y el infante Don Pedro, preparando dos urnas, puso en una las cabezas y en la otra el resto de los cuerpos, partiendo de Marrakech hasta Ceuta y de allí embarcando hacia Sevilla.
Los restos de los mártires fueron llevados a Coimbra (Portugal) donde fueron recibidos solemnemente, siendo depositados en el monasterio de la Santa Cruz. Ese monasterio estaba a cargo de los canónigos de San Agustín y es allí donde entró en contacto con ellos quién posteriormente sería San Antonio de Padua. San Antonio, que era fraile agustino, ingresó en la Orden de los Frailes Menores (Franciscanos).

Santos Mártires de marruecos. Bustos relicarios en la Iglesia de S. Cruz, Coimbra (Portugal).

Desde el mismo momento de su llegada a la ciudad, las reliquias de los mártires fueron veneradas espontáneamente por los fieles ocurriendo numerosos prodigios a través de su intercesión.
Fray Vidal, que estaba en Aragón, al enterarse de la noticia sintió un gran gozo por ellos, pero una enorme tristeza por si mismo pues también hubiera querido acompañarles en el martirio. Santa Clara se enteró en Asís y cuando la noticia llegó a oídos de San Francisco, que estaba en Siria, exclamó: “Ahora si que puedo decir que tengo a cinco frailes menores”.

El 12 de julio de 1331, el rey Jaime II de Aragón solicitó su canonización al Papa Juan XXII, canonización que se produjo el 7 de agosto de 1481 mediante la Bula “Cum alias animo” del Papa Sixto IV, el cual ordenó celebrar su fiesta el día 16 de enero.

Oración:
Señor todopoderoso, que santificaste los comienzos de la Orden Franciscana con la sangre de los santos Berardo, Pedro, Acursio, Adyuto y Otón, concédenos que, a ejemplo de ellos, sepamos mantenernos firmes en la fe y con nuestras vidas, demos testimonio de ti ante los hombres. Amén

Antonio Barrero

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