Heresiología (III)

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Detalle de San Ireneo en una vidriera decimonónica obra de Lucien Bégule. Iglesia del Santo en Lyon, Francia.

Detalle de San Ireneo en una vidriera decimonónica obra de Lucien Bégule. Iglesia del Santo en Lyon, Francia.

Continuaré la exposición de las herejías de la historia cristiana, ubicándonos ahora en los siglos II y III de nuestra era. Para ese entonces han muerto todos los apóstoles, el último de ellos, Juan Zebedeo, a quien la tradición atribuye una asombrosa longevidad, que se alude en el final del capítulo 21, versículos 23 y 24 del Cuarto Evangelio. A partir de ahora los Padres apostólicos y los sucesores inmediatos de éstos, los Padres eclesiásticos, tomarán la estafeta de la propagación de la doctrina ortodoxa gracias a vínculos y sucesiones cuya legalidad viene desde los apóstoles (al menos los que más destacaron: Pablo en mayor medida, Juan y Pedro). En aquel momento el cristianismo ya está muy extendido, los misioneros emplearon las rutas del comercio y los oficios de éstos para comunicar con la mayor rapidez el mensaje de salvación en Jesús y poco a poco surgieron escuelas de pensamiento, influidas por las filosofías paganas, en un intento de mostrar a las élites que el cristianismo ofrecía todas las respuestas que ni éstas ni los cultos mistéricos podrían ofrecer, pero al mismo tiempo se recrudece la hostilidad hacia los cristianos y las persecuciones están a la orden del día y se dirigen a los líderes de las comunidades, los ya llamados obispos, presbíteros y diáconos, a los laicos prominentes por su alcurnia o proselitismo. La intolerancia fluctuó entre los emperadores de turno.

Una de las figuras más prominentes del siglo II en la defensa de la ortodoxia de la fe es San Ireneo de Lyon, escritor del famoso Tratado contra las herejías, del que ya hice mención en el primer artículo, pero hubo otros, como San Ignacio de Antioquía, San Policarpo de Esmirna – maestro de Ireneo y discípulo de San Juan en su juventud – y San Clemente, obispo de Roma. Gracias a ellos se mantuvo el depósito ortodoxo de la fe en la época de las más duras persecuciones y se tienen noticias fidedignas de los testimonios de los cristianos, que dieron sus vidas con tal de no renunciar a su fe. Pero no me encargaré de la patrística en este artículo, quizás más adelante. Vamos a introducir una corriente de pensamiento que puso en peligro la estabilidad de la iglesia desde dentro y afectó a una figura muy prominente aún hoy en día.

Montanismo
Uno de los principales peligros de la emergente y cada vez más extendida iglesia cristiana fue la actitud rigorista. Es por todos conocido – según el testimonio de los Hechos de los Apóstoles – la frecuencia de los llamados Dones del Espíritu Santo: profecía, hablar otras lenguas y capacidad de entenderlas, visiones, curación de enfermedades y un largo etcétera. Los fieles de la iglesia de Corinto se vieron tentados a aceptar el testimonio de algunos profetas que hacían propaganda con sus presuntas revelaciones privadas, al margen del mensaje de salvación: en otras palabras, rechazaron al apóstol Pablo, y éste, dolido y enojado, les escribe la segunda carta donde detalla que su gloria es la cruz de Cristo más que las revelaciones extraordinarias en forma de visiones, que revela haber tenido – aunque en tercera persona, dijo haber ido al tercer cielo y haber escuchado y visto cosas inimaginables: el ojo no vio, el oído no oyó…- y deja claro lo que ya predicó en su primera carta: de todos los dones el más importante es el Amor y los espíritus de los profetas están sometidos a los profetas y no deben ser motivo de inquietud sino de paz.

Grabado barroco de Quinto Septimio Florente Tertuliano, 160-220, Padre de la Iglesia y teólogo.

Grabado barroco de Quinto Septimio Florente Tertuliano, 160-220, Padre de la Iglesia y teólogo.

Tenemos aquí un antecedente. De modo irónico y satírico, el escritor pagano Celso escribe en su Discurso verdadero contra el cristianismo y describe a predicadores itinerantes haciendo gestos y ademanes de posesos, diciendo cosas ininteligibles en momentos de exaltación “mística”. En aquél entonces, como en tiempo de los apóstoles, se cometieron abusos con los dones de lenguas y profecía que por vanidad y soberbia cometieron sujetos, oscuros unos y otros no tanto, como Montano.

Montano, natural de Frigia (actual Turquía), convertido hacía poco al cristianismo, proveniente del culto de Cibeles, del que era sacerdote, se consideraba el ministro del Espíritu Santo (o según los heresiólogos, el mismo Paráclito), del que decía recibir visiones y revelaciones. No enseñaba una verdadera gnosis; aceptaba de buen grado todo cuanto la revelación le proponía como un hecho incontrastable y no se entregaba a puras especulaciones, como era costumbre entre los gnósticos (ver artículo correspondiente). Propagó la idea de una nueva era en la Iglesia que se llamaría “Era del Espíritu”, y pronto tuvo dos seguidoras llamadas Priscila y Maximilla (que dejaron a sus maridos para unirse a Montano) y otros muchos dentro de la iglesia. Esto pronto despertó las sospechas y recelos de las comunidades.

Las características del movimiento fueron de un rígido ascetismo, castidad entre casados, abandono y ruptura de los lazos entre esposos y un tinte escatológico influenciado por el milenarismo, doctrina que postula el reinado de Cristo en la tierra con los justos durante mil años, para algunos antes, durante o después de la primera derrota de Satanás y la resurrección de los mártires. Un mensaje así era deseable, tomando en cuenta que desde tiempos apostólicos se predicó el inminente regreso de Cristo e incluso Pablo se dejó influir, aunque al final moderó su postura, y recientemente la Iglesia vivió una serie de duras persecuciones, consecuencia del debacle del imperio romano bajo el gobierno de Marco Aurelio y los desastres naturales que se suscitaron y parecían los descritos en las escrituras. Pero su principal característica fue su rigorismo penitencial y ascético. Mientras que la práctica habitual de las iglesias respecto al ayuno era los miércoles y los viernes – en conmemoración del arresto y muerte del Señor -, los montanistas lo aplicaban con mayor grado, dos semanas. Y su actitud se volvió desafiante y suicida durante las persecuciones, pues vedaba a los integrantes y cristianos en general huir en tiempos de persecuciones, recomendaba y exigía la búsqueda y provocación del martirio; y más grave aún fue su actitud respecto a los pecadores de delitos graves: la expulsión de la iglesia sin oportunidad de penitencia.

Fresco ortodoxo griego de San Cipriano, obispo de Cartago.

Fresco ortodoxo griego de San Cipriano, obispo de Cartago.

Este rigor influyó en uno de los apologistas y teólogos más prominentes de la época: Tertuliano de Cartago. De no ser por él, el movimiento se habría extinguido con la muerte de sus cabecillas y la separación de sus integrantes, pero el eminente y controvertido Tertuliano retomó con mayor rigor la disciplina de Montano y acabó separándose sucesivamente de la iglesia cristiana oficial y la propia secta montanista. En su defensa se puede alegar que deseaba un cristianismo más disciplinado y más cohesionado en cuanto a conducta e imagen, así como en vivencia del evangelio, pero esa actitud desembocó en un fariseísmo del cual no se salvó ni con toda su ciencia, la cual puso al servicio de la doctrina disidente para darle legalidad. En sus primeros tiempos defendió la penitencia para aquellos pecadores que se mostraran claramente arrepentidos, práctica más que usual en la disciplina eclesiástica, pero conforme se fanatizó negó incluso la eficacia de la penitencia para el perdón de los pecados e impuso a sus seguidores vivir una vida intachable para no ser expulsados de la iglesia “reformada”, si bien no negó el matrimonio, pero sí condenó las segundas nupcias; defendió la obligación del ayuno que no admitían los psíquicos – nombre dado a los cristianos oficiales en tono de burla, que lo practicaban voluntaria y controladamente por los clérigos – y la no huida de la persecución y la muerte.

La consecuencia más inmediata de esta actitud fue el desdén hacia los lapsi y la absolución de los pecados, negando a los clérigos pecadores el poder de perdonar y adjudicando a los espirituales y a los confesores tal poder en extremo del martirio o muerte (véase el artículo correspondiente a San Cipriano de Cartago). Con la muerte de Tertuliano el movimiento sufrió una decadencia prolongada y en tiempos de San Agustín de Hipona, los últimos reductos en Cartago volvieron a la Iglesia oficial.

Novacianismo
Pero eso no puso fin a la controversia. El imperio bajo el dominio de Decio, en el siglo III, sufrió las primeras invasiones bárbaras de su historia en mucho tiempo y las persecuciones a los cristianos continuaron y se sucedieron, como excusa para calmar la rabia y el hambre de la población que se vio acuciada por el aumento de los impuestos, la proliferación de enfermedades altamente mortales y una crisis moral, religiosa y política sin precedentes. Y la propia Iglesia se vio sacudida por los resultados de las mismas y la lamentable defección de clérigos y laicos que ofrecieron sacrificios paganos o compraron certificados para salvarse de las penas por ser cristiano fuera de la ley. El Papa San Cornelio defendió el acceso a la penitencia y readmisión a la iglesia de aquellos cuyos pecados fueron más “leves” en comparación con aquellos que sacrificaron o compraron certificados, a los que se les impuso una penitencia a largo plazo hasta la muerte o primera persecución que ocurriera que demostrara el cambio de actitud y consolidación del compromiso y así absolverlos.

Grabado barroco de Novaciano, sacerdote y antipapa.

Grabado barroco de Novaciano, sacerdote y antipapa.

Novaciano, un clérigo de Roma, influyente por lo que se sabe y rigorista, se opuso a esta medida y junto con sus seguidores desconoció al obispo de Roma y fundó su propia Iglesia con sus propias reglas, pasando así a la lista de los antipapas. Influyeron en el movimiento paralelo que ocurrió en la iglesia de Cartago bajo la jurisdicción de San Cipriano y que puso la cuestión de los lapsi en la historia eclesiástica tal y como la conocemos hoy: el rebautismo de los caídos, ¿válido o no? ¿El bautismo otorgado por herejes dado con la fórmula trinitaria lo era o no igualmente? Tanto San Cornelio como San Cipriano, con matices, optaron por admitir a la penitencia si el arrepentimiento era sincero, si bien discreparon en cuanto al bautismo. Como podemos ver, montanismo y novacianismo, con distinción temporal y semejanza geográfica, fueron de la mano.

A causa de los problemas políticos y económicos que sufría el Imperio Romano, agregada la amenaza de guerra por parte del Imperio Persa, el apoyo oficial a las persecuciones disminuyó; pero la herejía perduró, en franca decadencia, hasta el siglo VII y personalidades como San Ambrosio de Milán, San Agustín de Hipona y San Paciano de Barcelona impugnaron esta doctrina y sus remanentes. Pero el destino suele jugar bromas, y gracias al antipapa Novaciano tenemos el tratado “Sobre la Trinidad”, el primero de los trabajos teológicos escritos en latín sobre el dogma de la Santísima Trinidad que es reconocido ortodoxo pese a su autor. Lo mismo aplica para Tertuliano incluso en sus tiempos montanistas hasta la formación de su propia secta.

Docetismo
Es muy poco lo que puede decirse de esta secta que no se haya dicho del gnosticismo, al que debe mucho de sus postulados. En resumen, esta herejía, cuyo significado del griego “dokein” es “apariencia”, negaba la humanidad de Cristo como real y postuló que su cuerpo era una apariencia engañosa de la materia – véase Gnosticismo – debido a que un ser divino no podía mancharse con ésta por ser impura. Esta herejía negaba, por ende, la Encarnación del Hijo de Dios en María y la Pasión y Redención, así como el valor de la vida y el cuerpo. Estos hombres ilustres salieron en defensa de las verdades cristianas tan elementales: San Ignacio de Antioquía, San Ireneo de Lyon y Tertuliano de Cartago. Y el antecedente antidoceta de fundamento bíblico es la primera epístola del Apóstol Pablo a los Corintios, capítulo 1 versículos 23 y 24 y capítulo 6, versículo 29, así como las dos primeras cartas del Apóstol Juan, en especial la segunda en su versículo 7. El cuerpo, bien dijo el apóstol Pablo, es templo del Espíritu Santo. El docetismo sirvió, con sus elementos gnósticos, como base para una de las herejías más perniciosas de la historia del cristianismo: el arrianismo. Dios mediante la explicaré.

Grabado barroco de un grupo de adamitas siendo rodeados por hombres armados.

Grabado barroco de un grupo de adamitas siendo rodeados por hombres armados.

Adamismo
Una de tantas excentricidades más dignas de estudio psiquiátrico es esta herejía que decía ser posible recuperar la inocencia edénica original si las personas vivían completamente desnudas y en comunión con la naturaleza, en castidad absoluta y negando el matrimonio por ser consecuencia del pecado original. No es mucho lo que se puede decir al respecto en cuanto a doctrina. Desaparecieron en el siglo IV y reaparecieron en el siglo XIII, manteniéndose hasta el XV, debido a que las persecuciones los desintegraron. San Clemente de Alejandría, San Epifanio de Salamina y San Agustín de Hipona hablaron de esta secta y sobre sus excesos sexuales.

Modalismo
La herejía modalista fue difundida principalmente por Noeto de Esmirna, Epígono, Cleómenes, Praxeas y Sabelio (que también le da uno de sus nombres). Rechazaron éstos – aunque diferenciados por matices propios – el dogma Trinitario, por considerar que la misma ponía en peligro la unidad de Dios. En general, y para salvar tal dificultad, sostuvieron que Dios era una única Persona Divina pero que actuaba de diversos ‘modos’ o ‘funciones’ para hacerse conocer por el hombre y salvarlo. Noeto de Esmirna, quien predicó principalmente por Asia Menor, acusó a la Iglesia de ‘dietismo’; atento entendía que ella defendía la existencia de una divinidad doble, la del Padre y la del Hijo, lo que motivó que en el año 200 fuera excomulgado de la Iglesia de Esmirna. Praxeas solía ufanarse de haber confesado su fe en tiempos de persecución. En el período en que residió en Cartago tuvo en Tertuliano un implacable adversario, al punto tal que escribió contra Praxeas la notable obra ‘Adversus Praxeam’.

Esquema que sintetiza la doctrina del modalismo.

Esquema que sintetiza la doctrina del modalismo.

Como fruto de su sólida y abrumadora argumentación, impulsó a Praxeas a retractarse. Dentro de esta corriente, en el siglo III, surgieron dos nuevos líderes del modalismo: Cleómenes y Sabelio de Ptolemaida (Egipto). Sin duda alguna, sobresalió la figura de éste último, atento que fue quien renovó las ideas de sus antecesores. Influenciado por el monoteísmo riguroso propugnado por los judíos, consideraba a Dios como una sustancia individual y universal, eterna y espiritual (o mónada) que se manifestaba en tres operaciones diversas: como Padre creó el mundo, como Hijo fue su redentor y como Espíritu Santo obraba en su santificación. Sus ideas hacían emanar de la unidad silenciosa, tranquila y absoluta de Dios, el alma de Cristo, el Espíritu Santo y por último, el alma del hombre y de todo el universo. Estas doctrinas alcanzaron un nivel tan inusitado de aceptación que todo tipo de monarquianismo fue designada en adelante bajo el nombre de ‘sabelianismo’. Combatida la herejía por Tertuliano, San Eusebio de Cesarea, San Hipólito de Roma y San Hilario de Poitiers, el modalismo fue condenado por los papas San Calixto (218-222), San Dionisio (259-268) y San Félix I (269-274), para luego languidecer en el siglo V.

Una síntesis de esta herejía es que el Padre también sufrió la pasión y todo el tormento de la cruz junto con el Hijo y el Espíritu Santo. Una sola persona y naturaleza con tres modos diferentes de relacionarse. El precedente estaba servido para la controversia en los siglos venideros sobre el Dogma de la Santísima Trinidad y la Divinidad del Espíritu Santo, pero ésa es otra historia.

Alejandro

Bibliografía
– ÁLVAREZ VALDÉS, Ariel. “¿Fue San Pablo arrebatado al cielo?”. Instituto de Cultura y Fe.
– GONZÁLEZ, Justo L. “Diccionario manual teológico”. Docetismo, página 87. Novacianismo, página 202. Patripasionismo, página 213. Edición 2010. Editorial Clie. Barcelona, España.
– MORALES HERRERA, Jaime. “Patrística, una antología y estudio de los primeros escritos cristianos de los primeros siglos”. Miami, Florida. 2002.

Enlaces consultados:
http://www.cristianismo-primitivo.com
http://www.mercaba.org
http://en.wikipedia.org

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