San Adán, padre del género humano

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La creación de Adán (1510). Fresco del genio renacentista Michelangelo Buonarroti. Bóveda de la Capilla Sixtina, San Pedro del Vaticano. Roma (Italia).

Con esta nueva serie de artículos queremos tratar de los personajes del Antiguo Testamento que son venerados como santos, ya sea por el conjunto de la Iglesia o por parte de la misma. Como no podía ser de otra manera, lo lógico es que empecemos por Adán. Como no quiero entrar en las teorías evolucionistas de Darwin, con las que estoy de acuerdo y que no las creo en contradicción con la Biblia, no haré mención a ellas y hablaremos de nuestro primer padre según lo dicho por las Escrituras y por las tradiciones judía y cristiana. Según el Génesis, Dios creó al hombre a su imagen y semejanza y los creó varón y mujer. (Gen. 1, 26-27)

Al primer hombre lo llamamos Adán. “Adham”, es un nombre colectivo, que tiene un significado general: la especie humana. Fue un nombre muy usado en la antigüedad, aunque ahora lo es menos. Este nombre deriva de “ad-hamad” que significa “tierra, barro”, pues de ella fue formado, como castigo tendrá que trabajarla, se proveerá de sus alimentos y finalmente, también como castigo, volverá a ella al morir. En el primer libro sagrado se habla de la creación del hombre como la culminación de la creación del mundo. Nuestros primeros padres son amigos de Dios, gozan de su familiaridad y están dotados de cuerpo y alma, de los dones de la ciencia, de la integridad y de la inmortalidad. De eso, hace mención San Pablo, en sus epístolas a los Efesios y a los Colosences.

Pero el hombre peca, desobedece a Dios al comer la fruta del “árbol de la ciencia del bien y del mal” (Gen. 2, 16 y siguientes) y por eso, es expulsado del Edén y como es “polvo, en polvo se convertirá” (Memento homo quia pulvis es et in pulverem reverteris). Adán y Eva, como padres del género humano, nos transmiten su pecado aunque también es verdad que reciben la promesa de que, a través de la penitencia, conseguirán la salvación. Dios los castiga, pero también se muestra como el padre bueno que quiere salvarlos. Dios, dirigiéndose a la serpiente, le dice.”Yo pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya; ésta te aplastará la cabeza y tu le herirás en el talón”. (Gen. 3, 15).

El pecado original. Óleo de Pedro Pablo Rubens.

Y como padre del género humano, Jesús, como hombre, también desciende de Adán. San Lucas lo dice y al hablar de la genealogía de Cristo, se remonta hasta Adán. (Lucas, 3, 23-38): “Jesús se consideraba hijo de José; José era hijo de Elí… Enós, hijo de Set; Set, hijo de Adán; Adán, hijo de Dios”. Cristo, con su muerte, libra al hombre del pecado remontándose incluso hasta el pecado de Adán.

De la vida de Adán, después de su expulsión del Paraíso, poco se dice en la Biblia: solo que tuvo tres hijos: Caín, Abel y Seth y que cuando Adán engendró a Seth, tenía ciento treinta años. Murió con novecientos treinta años teniendo otros hijos e hijas (!!). (Gen., 5, 3-5).

Adán, que había recibido de Dios la revelación de la verdad, la transmitió a sus hijos y estos, a toda su descendencia. El es el primero que da a Dios culto de “latría”, le ofrece sacrificios expiatorios, haciendo de estos el acto fundamental del culto: el sacrificio. Así lo conservamos los cristianos: Cristo se ofrece como víctima en la Cruz y en la Santa Misa o Liturgia Divina.

Se dice que Adán vivió toda su vida como un santo penitente, viviendo de su trabajo, sufriendo los dolores que sufre cualquier ser humano, expiando su culpa y animado por la fe y la esperanza en la liberación que el mismo Dios le había prometido. La Iglesia siempre ha manifestado que Dios le perdonó su pecado y que él jamás volvió a pecar; así lo afirman San Agustín, San Ireneo, San Jerónimo y otros Santos Padres. Incluso se llegó a afirmar que el sepulcro de Adán estaba bajo el monte Calvario y que la sangre derramada por Cristo cayó sobre su cráneo.

En el Antiguo y en el Nuevo Testamento se habla de Adán y Eva, pero también son mencionados en varios libros apócrifos escritos entre los siglos I y V de nuestra Era. Algunos de estos apócrifos tienen origen judío, pero otros son de origen cristiano, como por ejemplo: “La vida de Adán y Eva”, “La caverna de los tesoros” (hicimos mención al hablar de los Reyes Magos), “La penitencia de Adán” y otros. En ninguno de estos textos se pone en duda la santidad de Adán y su salvación. De él se dice que viviendo confiado en la promesa de su liberación por el Mesías, fue instruido en las cosas divinas, tuvo conocimiento de la distribución de los ángeles en nueve coros, estuvo dotado del don de profecía y que todos esos conocimientos los transmitió a través de la descendencia de su hijo Seth.

Jesús Resucitado rescata a Adán y a Eva de los infiernos. Icono ortodoxo americano.

En la Iglesia Latina nunca se le ha considerado como santo; su nombre no aparece en el Martirologio Romano ni en los libros litúrgicos, pero si se hacen referencias indirectas a él leyéndose determinados textos bíblicos que lo mencionan en la Semana de Septuagésima, en los tiempos de la Epifanía, en el tercer nocturno de los Maitines del Oficio de Difuntos, en los responsorios e himnos del tiempo de Pasión, etc., pero sobre todo, en el canto del solemne Pregón Pascual en el que se llega a decir que “necesaria fue la culpa de Adán que nos mereció tal Redentor” Siempre que se hace mención a él, se hace mención a su pecado: “Adán es el autor del pecado y de la muerte; Cristo es el autor de la gracia y de la vida”.

Pero en Oriente si se le venera como santo, si se le rinde culto y no porque se celebre una fiesta específica suya, sino que se le conmemora de manera colectiva en la festividad de todos los antepasados de Cristo y en la festividad de todos los Justos del Antiguo Testamento, donde su nombre aparece en primer lugar. Esta conmemoración se hace (como explicó Mitrut en su artículo sobre San José) en el llamado “Domingo de los Antepasados”. En la Divina Liturgia, en dicha festividad, se lee el siguiente tropario:”Honoramos en primer lugar a Adán, que fue hecho por la mano del Creador y que fue constituido como nuestro primer padre, que goza de un bienaventurado reposo con todos los elegidos en los cielos”. Cuando en los iconos bizantinos se representa a Cristo bajando a los infiernos (limbo de los justos) coge con sus manos a dos personas: Adán y Eva.

Desde el punto de vista iconográfico hay que decir que las primeras imágenes pintadas de Adán aparecieron en Occidente, concretamente en las catacumbas de San Jenaro en Nápoles. Aparecen también en las catacumbas romanas de Priscila, de Santa Inés, de Domitila, de Calixto, etc., como relieves en numerosos sepulcros paleocristianos tanto en Italia, las Galias, Hispania, etc., en el arte merovingio y en numerosas obras de arte de todos los tiempos, tanto en Oriente como en Occidente. También en numerosas obras dramáticas, en prosa y en verso.

Acabo, recordando una antigua ceremonia celebrada en algunas iglesias el Miércoles de Ceniza: era una ceremonia en la que los pecadores públicos eran expulsados del templo por la llamada “puerta de Adán”, puerta en la que estaban representados Adán y Eva.

Jesús Resucitado rescata a Adán y a Eva de los infiernos. Icono ortodoxo español de la Resurrección.

Bibliografía utilizada: Los trabajos de Teófilo Garcia de Orbiso (fraile capuchino profesor de la Pontificia Universidad Lateranense de Roma), de Renato Aprile (profesor de Historia del Arte, Roma) y de Aurelio Rigoli (profesor de Historia de las Tradiciones Populares de la Universidad de Palermo).

Antonio Barrero

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