San Agustín de Hipona

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El Equipo

San Agustín en su gabinete. Fresco de Sandro Botticelli (1480). Iglesia de Ognissanti, Florencia (Italia).

San Agustín de Hipona (lat. Sanctus Agustinus, b.354, Thagaste Numidia – d. 28 Agosto 430, Hippo Regius, territorio de la actual Algelia), conocido también como Aurelius Augustinus, es uno de los principales teólogos y filósofos cristianos, cuyos trabajos han cambiado el pensamiento europeo. Su teología ha influenciado no sólo el pensamiento teológico durante más de un milenio, sino también el pensamiento político europeo.

Vida:

San Agustín nació en Tagaste, norte de África, el 13 de noviembre de 354. Su padre, Patricio, era pagano y su madre, Santa Mónica, era una ejemplar practicante del cristianismo. La educación elemental de Agustín, recibida en su ciudad natal, fue cristiana, pero no fue bautizado en su juventud. Habiendo cumplido 16 años continuó sus estudios en Madaura y Cartago y aquí entró en el “camino de pecado”, como él relata en sus Confesiones, teniendo una amante y más tarde un hijo.
Entre 373-383 Agustín fue profesor de retórica en Tagaste y más tarde en Cartago. Antes de convertirse el cristianismo, pasó por diversas religiones y orientaciones filosóficas, particularmente el maniqueísmo, y experimentó la clara división entre el bien y el mal, profundizando en el origen del mal. El cristianismo le parecía a Agustín demasiado simple, y en cambio el maniqueísmo estimulaba su inteligencia. De modo que durante los nueve años siguientes estuvo descontento con su fe y marchó a Roma a enseñar retórica. No tuviendo el éxito que esperaba, en 384 partió a Milán, donde entró en contacto con el neoplatonismo, una versión modificada de la filosofía de Platón, desarrollada por Plotino en el siglo III. Allí se encontró con el obispo cristiano San Ambrosio y oyó sus predicaciones.

Justo cuando estaba planeando casarse con su amante, con la intención de dar legitimidad a esta relación que llevaba desde su juventud y también para legitimar a su hijo, se vio envuelto en una nueva historia de amor. Pero en medio de esta crisis, se retiró a Casiaco, un jardín cercano, donde tuvo lugar su famosa conversión, relatada en el octavo libro de las Confesiones. En un momento de revelación, “después de un dramático examen de las profundidades de su ser”, bajo una higuera, Agustín oye a un niño desde un lugar cercano, diciendo: “Tolle, lege tolle, lege” (“toma y lee”) y, tomando la Biblia, leyó las primera palabras que le saltaron a los ojos: “No de los banquetes y de la borrachera, no de la fornicación ni de las profundidades de la vergüenza, no de la lucha ni de la envidia; sino del Señor Jesucristo vestíos, y cuidad que el cuerpo no caiga en la lujuria”. (Romanos, 13). Después de este momento de conversión, se hizo bautizar por el obispo Ambrosio en la noche de Pascua del 387.

Sepulcro del Santo. Iglesia de San Pietro in Ciel d'Oro, Pavía (Italia).

En el 389 Agustín volvió a Tagaste, donde fundó una comunidad monástica dedicada al estudio de la Escritura, y empezó la lucha contra el maniqueísmo y algunas herejías cristianas. Se convirtió en sacerdote en el 391 y en obispo auxiluar de Hippo Regius en el 395, a los 42 años de edad. Más tarde se convirtió en el obispo de su ciudad y se quedó en Hippo (Hipona) hasta el fin de su vida.
Agustín murió en Hippo en el año 430 con 76 años de edad. Los vándalos, una de las tribus bárbaras que invadieron el Imperio Romano durante el proceso de su desmantelamiento, sitiaron la ciudad y meses después, la conquistaron y la quemaron completamente.

Obras de Agustín:

A pesar de que fue obispo de una pequeña ciudad, la brillantez de Agustín fue tan evidente para todos, que pronto se convirtió en uno de los más respetados líderes de la Iglesia. Es famoso por sus diversos escritos religiosos, que completó probablemente ayudado por diversos escribas. Actualmente se conocen unos 500 sermones y alrededor de 2000 cartas suyas. Entre sus libros, los más bellos e influyentes fueron De Civitate Dei (“Ciudad de Dios”) y Confessiones (“Confesiones”). El último probablemente es la autobiografía más famosa que se ha escrito, remontándose a cuando tenía menos de cincuenta años.

El libre albedrío y la teoría de la predestinación:

Muchas cartas y sermones de Agustín están dedicados a combatir el maniqueísmo, el donatismo (secta cristiana cismática del norte de África) y el pelagianismo. Pelagio fue un monje inglés que vino a Roma en torno al año 400 para exponer algunas doctrinas teológicas interesantes. Sostenía que todos los seres humanos están exentos del pecado original, por lo que son libres para elegir entre el bien y el mal. La piedad y buenas obras de una persona pueden llevar a la salvación. Debido, en parte, a los escritos de San Agustín, las tesis de Pelagio y el mismo monje fueron declarados heréticos, y Pelagio fue expulsado de Roma y excomulgado. Como Agustín dice, todos llevamos el estigma del pecado de Adán. Los seres humanos por nosotros mismos somos incapaces de alcanzar la salvación mediante nuestros propios esfuerzos y buenas obras. Para la salvación individual se precisa la gracia. Así pues, Agustín quizá se centró demasiado en mostrar el pecado humano, y no habló de la contribución humana en la obra de la salvación. Agustín sostuvo que Dios ya sabe quién se salvará y quién no, y por tanto algunos de nosotros estamos predestinados a la salvación. Esta idea de la predestinación tuvo una gran influencia en los teólogos posteriores, como Tomás de Aquino, y fue más tarde radicalmente interpretada por Lutero y Juan Calvino, que dijeron que el ser humano nada puede hacer por la salvación. En este sentido, el Sacrificio de Cristo en la Cruz es la salvación en sí misma, sin necesidad de que el ser humano la acepte o no, y de ahí viene la idea de la predestinación. En este sentido, algunas personas están condenadas desde la eternidad y esto convierte a Dios en un ente arbitrario, que no ama a sus hijos. Así pues, esta doctrina se aleja de la tesis de San Agustín.

Urna con los huesos del Santo. Iglesia de San Pietro in Ciel d'Oro, Pavía (Italia).

La filosofía de la Historia (Ciudad de Dios, 413-426):

En vida de Agustín, el Imperio Romano se desmantelaba rápidamente. De ahí que en el 410 la propia Roma fuese devastada por los visigodos de Alarico. Naturalmente, los pocos paganos que quedaban en Roma afirmaron que la ciudad había sido castigada por abandonar los viejos dioses y cambiarlos por el cristianismo. En el libro más famoso de San Agustín, De Civitate Dei (Ciudad de Dios), el obispo de Hippo defendió el cristianismo. Aquí él redactó su filosofía de la Historia, que tuvo una gran influencia en los hechos posteriores de Europa.
San Agustín coloca a la Historia en una línea de tiempo axial, que empieza con la creación del mundo por parte de Dios y termina con el fin de los tiempos y el Juicio Final. Debido al pecado original, siendo expulsada del paraíso, toda la creación se divide en dos entidades. Así se alzan las dos ciudades: en una residen los espíritus malignos, que es la ciudad de Satán, y la segunda ciudad está gobernada por las leyes divinas. En la Ciudad de Dios sólo existe el amor y la devoción por el otro, y los habitantes están en una guerra permanente y total contra los siervos del diablo, guerra que durará hasta el fin de la Historia. El número de guerreros de Cristo debe crecer continuamente hasta la derrota final de Satán.
Agustín expresó que ni el Imperio Romano, ni la ciudad de Roma, ni otra ciudad terrenal tiene una importancia crítica en el mundo. Sólo es esencial la “ciudad celestial”, en otras palabras, el progreso espiritual de la humanidad. El vehículo de este progreso es, por supuesto, la Iglesia (“no hay salvación fuera de la Iglesia”). En conclusión, los reyes, paganos o cristianos, no tienen la misma importancia que los líderes de la Iglesia o la Iglesia misma.

Primitiva caja de plomo que contuvo los huesos del Santo. Iglesia de San Pietro in Ciel d'Oro, Pavía (Italia).

La Iglesia es, en este sentido, el modelo del estado de Dios en la tierra, y cada cristiano debe tener conciencia de ser parte de la armada de Cristo, y de cada acción no depende tan sólo su propia salvación sino también el destino de la Ciudad de Dios. En cada comunidad, ciudad o pueblo, el sacerdote organiza el mundo según el divino modelo. En este sentido, las otras mundanas diferencias, como la cultura lingüística, la identidad política, etc; son menos importantes que la calidad de ser fiel a la Iglesia.
Así como Agustín no dio el paso final, su tesis llevó, en la Edad Media, a la conclusión de que los gobernantes seculares del mundo debían estar subordinados a la Iglesia y a su líder romano, el Papa. Esta idea estuvo tras el conflicto entre la Iglesia y el Estado, que ha marcado la historia de Europa durante muchos siglos, y la misma idea de la separación entre las dos entidades, es agustiniana. Por el contrario, la fórmula bizantina fue la synergeia, la cooperación entre la Iglesia y el Estado, la monarquía bicéfala –emperador y patriarca- lo que nos lleva actualmente a una política mixta entre Iglesia y Estado.

Las Confesiones (397-398):

Su trabajo más importante de búsqueda del pensamiento humano es, definitivamente, las Confesiones. El libro es una “guía de explorador” de los pensamientos, pecados y errores, virtudes, caídas y regreso. Si la Ciudad de Dios es más bien un libro argumentativo, las Confesiones son el camino que conduce al ser humano durante la vida. El propio ser humano se ve en el mundo como un extranjero. La cita “Tú nos hiciste buscadores de Ti, oh Señor, y nuestros corazones permanecerán sin descanso, hasta que encuentren descanso en Ti” (Confessiones, 1:1) es quizá el punto más destacado de este trabajo.
Agustín afirma que la medida del tiempo y el espacio llega indirectamente al ser humano: éste sólo se adapta a ellos. Es más conocida su teoría sobre el tiempo y cuál es su significado para la mentalidad: muy normal de entender, según juzgamos actualmente, pero si nos preguntamos exactamente “¿qué es el tiempo?”, la pregunta permanece eternamente sin respuesta satisfactoria.
Las Confesiones y las posteriores Retractationes son modelos de un ser humano que reconoció siempre sus límites, la posibilidad de error y de regreso, como hombre humilde. Lo sublime del pensamiento de San Agustín no está en sus brillantes teorías, en su filosofía, sino en su humana excelencia, que hallamos en este extraordinario libro.

Detalle del Santo en su Políptico, obra de Piero della Francesca. Museo Nacional de Arte de Lisboa, Portugal.

Otros libros:
De la doctrina cristiana
De la Trinidad
De la fe y el Credo
Sobre la fe y lo invisible
Del provecho de creer
Del Credo: un sermón para catecúmenos
De la continencia
Del bien del matrimonio
De la santa virginidad
De la paciencia
De la moral de la Iglesia Católica
Actas o disputa contra Fortunato el maniqueo
Sobre la naturaleza del bien, contra los maniqueos
Del bautismo, contra los donatistas
De la naturaleza y la gracia
De la perfección del hombre en la virtud
De los procesos de Pelgaio
De la gracia de Cristo y del pecado original
Del alma y su origen
De la gracia y el libre albedrío
De la reprensión y la gracia
La armonía de los Evangelios
Tratados sobre el Evangelio de Juan
Homilías sobre la Primera Epístola de Juan
Soliloquios
Exposición de los Salmos

Agustín es una figura central, tanto en el cristianismo como en la historia occidental. Él mismo estuvo muy influenciado por el platonismo y el neoplatonismo, particularmente por Plotino. Agustín fue “bautizado” por el pensamiento griego y su introducción en el cristianismo occidental y, consecuentemente, la tradición intelecual europea. También importante fue su temprana influencia en la escritura sobre la voluntad humana, un tema central en la ética, y se convirtió en un faro para filósofos posteriores como Arthur Schonpenhauer y Friefrich Nietzsche; así como para los reformadores protestantes como Martín Lutero y Juan Calvino.

Su memoria:

La Iglesia romana y todas las iglesias de tradición occidental celebran a San Agustín el día de su muerte, 28 de agosto. En las comunidades del Este, su imagen no fue tan fuertemente impuesta, por lo que se le celebra comúnmente con San Jerónimo, el 15 de junio.
El Quinto Concilio Ecuménico, que tuvo lugar en Constantinopla en el año 553, incluyó a San Agustín entre otros Padres de la Iglesia que son normativos para toda la Ecclesia: “Declaramos vehementemente que sostenemos los decretos de los Cuatro Concilios, y que en todo seguimos a los santos Padres, Ambrosio, Teófilo, Juan (Crisóstomo) de Constantinopla, Cirilo, Agustín, Proclo, León y sus escritos sobre la verdadera fe”. Posteriormente, en las actas del Sexto Concilio Ecuménico, es llamado “el excelentísimo y bienaventurado Agustín” y se le menciona como “el más sabio de los profesores”. En el Concilio conmeniano de Constantinopla de 1166 se le llama Ό Αγίος Αυγουστίνος, San Agustín.

Icono ortodoxo americano del Santo.

A pesar de que hoy en día existen ciertas reservas sobre su celebración en el Este, siendo llamado beato (lat. “beatus”) y no santo, esta situación data probablemente de la Edad Media tardía, cuando fue acusado de algunas teorías “occidentales” que no fueron aceptadas en el Este, como la teoría de la predestinación, la primacía papal o la teoría del Filioque. Siendo así o no, la categoría de “beato” no es típicamente oriental, que sólo diferencia entre monjes santos, jerarcas, mártires, etc; pero no entre “más” o “menos” santos. Esta situación es actualmente debatida y muchas voces cultivadas piden que se restablezca debidamente la memoria de San Agustín.

Sus reliquias:

Las reliquias de San Agustín se hallan actualmente en la iglesia de San Pietro in Ciel d’Oro, en el monasterio agustino de Pavía, Italia. Agustín murió en Hipona en el 430 y fue enterrado en la catedral. De acuerdo con el Martirologio de Beda, su cuerpo fue trasladado a Cagliari a causa de la conquista vándala (eran arrianos). Beda afirma que los restos fueron más tarde liberados de las manos de los sarracenos, por Pedro, obispo de Pavía, y depositados en esta iglesia de San Pedro en torno a 720, donde reposan actualmente.

San Agustín, ¡ruega por nosotros!

Mitrut Popoiu

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