San Alejo “el hombre de Dios”

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Icono ortodoxo ruso del Santo.

San Alejo, “el hombre de Dios”, también conocido como “Alejo de Roma” o “Alejo de Edessa” es uno de los santos misteriosos de la Iglesia. Puede ser colocado junto con otros santos, llamados “locos por Cristo”, siendo uno de los primeros santos con una vida controvertida, incluso escandalosa, y no sólo por un lector contemporáneo sino por uno coetáneo suyo. La clásica vita de este santo se encuentra en la Leyenda Áurea de Jacobo de la Vorágine, arzobispo de Génova, y de acuerdo con ella, pudo haber vivido en Roma y en Edessa, y más tarde en Roma otra vez, en la casa paterna, durante el reinado del emperador occidental Honorio (395-423), hijo de Teodosio el Grande y durante el pontificado del santo papa Inocencio I (401-417). Primero haré un resumen de su vida, tal cual se lee hoy en día en el Sinaxario Oriental de la Iglesia (prácticamente la misma historia de la Leyenda Áurea), siendo éste el texto más completo, y después de ello analizaré la autenticidad de tan interesante, escandalosa y quizá increíble historia de un santo.

La vida del santo
El Sinaxarion empieza la historia situándola en tiempos de los justos emperadores Arcadio del Este (395-408) y Honorio del Oeste (395-423), en la casa de un noble rico llamado Eufemiano, que tenía 3000 sirvientes, pero era infeliz porque su esposa Aglaida no podía tener hijos. Incluso siendo justos y compasivos con los pobres, peregrinos, extranjeros y enfermos, permaneció mucho tiempo sin hijos, pero tras un tiempo de oración, Dios les dio un niño milagroso. Demostró aprender muy pronto todos los saberes de su tiempo, pero al ser todavía muy joven, llevaba una vida ascética oculta: llevaba bajo sus ropas un áspero envoltorio.

Ya en edad núbil, fue de alguna manera “casado” por sus padres con una joven noble. El Sinaxarion omite hablar de su deseo de casarse; quizá en ese tiempo era costumbre no casarse por amor, como sí es habitual hoy en día. Después de la boda en la iglesia de San Bonifacio (muy importante, pues en esta iglesia él será enterrado) y tras las ceremonias habituales, Alejo y su esposa quedaron solos en la cámara nupcial. Alejo dio a su esposa su anillo de oro y el cinturón que llevaba, y le dijo: “Guárdalos y que Dios esté con nosotros hasta que este regalo se convierta en algo nuevo”. Entonces abandonó la casa, se embarcó y abandonó Roma para partir a la provincia del Este, estableciéndose en Edessa. Allí se gastó todo el dinero e inició una vida como vagabundo por las calles, acabando como mendigo en las entradas de las iglesias de la ciudad. Entretanto, su padre envió diversos sirvientes para encontrarle y algunos llegaron a Edessa, pero no lo reconocieron. De hecho, le dieron limosna como a cualquier otro pobre. Su madre y su esposa empezaron a llevar ropas de luto y a llorar su inesperada partida.

San Alejo y Santa María Egipcíaca. Icono ortodoxo ruso del siglo XVII.

Alejo permaneció cerca de la iglesia de la Virgen en Edessa durante 17 años, y después de ello el protopresbítero de la iglesia tuvo una visión, en la que Dios descubrió a su santo, llamándolo “hombre de Dios”. Alabado por su santa vida, Alejo abandonó la ciudad con la intención de partir hacia Cilicia, a la ciudad de San Pablo. Pero hubo una tormenta en el mar y el barco llegó a Roma (lo que está lejos de cualquier credibilidad). Ante esta situación, Alejo vio su viaje como un signo de Dios y decidió ir al hogar de su padre. Nadie lo reconoció, ni el padre, ni la madre ni uno solo de los sirvientes, pero él se hizo una choza cerca de su casa y ellos le daban comida todos los días, como a cualquier otro mendigo.

Durante las noches Alejo permanecía en oración y muchos días no tocaba la comida que su padre le enviaba. Por ello, los sirvientes se burlaban de él, a veces le pegaban e incluso le tiraban restos de comida, pero él soportó todo esto sin la menor protesta. Cada domingo él acudía a la iglesia, tomaba la Santa Comunión, y le daba a los pobres la comida que él recibía. Quizá de un modo sádico para nuestros tiempos, vivía cerca de la ventana de su esposa y la miraba llorar todavía por él, pero nunca le dijo nada, porque el amor por Dios es mayor que el amor por la madre, la esposa o el padre.

Después de otros 17 años así, tomó papel y escribió su vida, y con esto en las manos murió, sabiendo de antemano que su fin estaba cerca. En la carta anotó algunos pequeños secretos sólo conocidos por su padre, su madre y su esposa, para que reconocieran que él era el verdadero Alejo, su hijo y esposo. Finalmente, les suplicó que lo perdonaran, pero que pensaba haber hecho lo correcto, porque su elección era una llamada de Dios.

En ese día el papa Inocencio estaba celebrando la Santa Misa en la iglesia de los Apóstoles y tuvo una visión, en la cual Dios le pidió buscar al santo “hombre de Dios”: en la casa de Eufemiano. El papa, junto con el mismo emperador y la corte, acudió a la casa del noble y finalmente hallaron a Alejo muerto en su choza, sujetando la carta en su mano. Tan sólo después de orar lograron coger la carta y leerla ante la multitud. Las perturbadoras noticias de que él era el hijo de Eufemiano fueron terribles para su padre y su madre, pero también para su esposa. Ninguno de ellos supo si debían estar contentos por su santidad o tristes, o quizá nerviosos por tal comportamiento. La historia termina diciendo que el santo fue trasladado en una cama por el mismo emperador y el papa, que no podían pasar debido a la inmensa multitud. Ni siquiera lanzándoles dinero la gente quería abrir paso al cortejo. Al fin, después de diversas historias sobre milagrosas curaciones, el santo fue enterrado en la iglesia de San Bonifacio.

Hallazgo y traslado del cadáver del Santo. Fresco del siglo XI, iglesia de San Clemente, Roma (Italia).

El Sinaxario dice que Alejo murió el 17 de marzo del año 5919 después de la Creación, es decir, en 411 d.C.

Entre la historia y los hechos
Hay algunas observaciones especiales que hacer sobre tan extraño santo. En primer lugar, hay que decir que este tipo de comportamiento es de una naturaleza especialmente sirio-oriental. El primer “clásico” loco por Cristo es San Simeón de Emessa, cuya vida fue escrita por Leoncio, obispo de Neápolis (Chipre) a principios del siglo VII. Pero incluso antes, los escritos ascéticos destacan algunos casos especiales de santos que huyeron de los honores humanos, como la hermana Isidora, que fingió estar loca y de la que se burlaban las demás monjas. Siendo reconocida como santa, huyó en la noche y nadie la volvió a ver, como escribe Paladio en su Historia Lausiaca. Algunos otros santos como Amón de Sketis (Egipto, siglo IV), quien se reía constantemente hasta que sus visitas se marchaban, para que no lo molestaran más (Apophthegmata Patrum, Ammonas 9). En este contexto, una vida como la de Alejo no es algo nuevo.

Las nuevas investigaciones sobre Alejo “el hombre de Dios” establecen que el santo fue primero venerado en el Este y sólo después en Roma. Las versiones latinas de su vida son relativamente tardías y no hay prueba histórica que lo asocie con el papa Inocencio I o con el emperador Honorio.

Vista de la fachada de la iglesia de San Alejo, Roma (Italia).

Una historia muy similar, escrita en el mismo ámbito sirio, habla de un santo llamándolo “hombre de Dios” de Edessa, sin indicar su auténtico nombre. Cuenta que vivió en Edessa durante el obispado del obispo Rabula (412-435) como un pobre mendigo, y pedía limosna en la puerta de la iglesia. Él daba la mayor parte a los demás pobres, después de reservarse lo mínimo para sus estrictas necesidades vitales. Murió en el hospital y fue enterrado en una fosa común para pobres. Antes de su muerte, sin embargo, reveló a uno de los sirvientes de la iglesia que era el único hijo de unos padres distinguidos de Roma. Después de la muerte del santo, el sirviente dijo esto al obispo. Entonces la tumba fue abierta, pero sólo sus harapos de pobre estaban allí. La inexistencia de reliquias es una norma común para los santos locos de Cristo, como es el caso de Simeón de Emesa (siglo VI), Andrés de Constantinopla (siglo X) o incluso la misteriosa Isidora, cuya vida ha permanecido absolutamente desconocida.

La leyenda de Alejo aparece también en un himno (canon) del himnógrafo griego Josefo (883 d.C). Es posiblemente en autor griego de la última biografía que habla de la vida de San Juan Calybata, un joven patricio romano, de quien se cuenta una historia similar. En cualquier caso, la cristiandad occidental no da ninguna información temprana sobre el nombre Alejo en ningún martirologio antes del fin del siglo X. Aparece por primera vez asociado a San Bonifacio como santo protector de una iglesia de la colina del Aventino en Roma. En el lugar que hoy ocupa la iglesia de San Alejo hubo anteriormente una “diakonia”, un establecimiento monástico para el cuidado de los pobres de la Iglesia de Roma. Es casi seguro que en este contexto, el culto de San Alejo fue llevado a Roma por un metropolita griego exiliado, Sergio de Damasco, que llegó en 972, invitado por el papa Benedicto VII, y transformó la iglesia de San Bonifacio en un establecimiento para los pobres.

Monumento con los restos de la escalera de San Alejo. Iglesia del Santo, Roma (Italia).

A principios del siglo XI Alejo se convirtió en un santo muy popular en Roma, por lo que hay muchos frescos representándolo en las iglesias de todo Occidente. Hoy se cree que la iglesia de Alejo se levantó en el lugar donde estaba la casa de Eufemiano, incluso los presuntos restos de la escalera donde Alejo acostumbraba a sentarse, son visibles hoy. La versión romana más popular de su vida parece ser, como ya he indicado, la de la Leyenda Áurea (escrita en torno a 1260).

Hay que mencionar también que el relato de San Alejo tiene semejanzas notables con la parábola del Hijo Pródigo, del evangelio de Lucas, pero curiosamente, es idéntico a un relato atribuido al mismo Buda, presente en el capítulo 4 del Sutra del Loto.

La veneración del Santo
Según una versión rusa de la vida del santo muy extendida, las reliquias estuvieron expuestas hasta el año 1216, siendo guardadas en la iglesia de San Bonifacio. Posteriomente, una parte de sus reliquias, inclusive el cráneo de San Alejo, se dice que fueron entregadas por el emperador bizantino Manuel Paleologos en 1398 al gran monasterio Lavra del Monte Athos. En 2005 hubo un gran peregrinaje en su honor, cuando el relicario dejó Grecia por primera vez y viajó a Moscú, siendo colocado en el monasterio Novospasskiy para su pública veneración.

La fiesta de San Alejo se celebra el 17 de julio en Occidente. En la Iglesia Católica romana todavía se le venera como santo, pero su fiesta fue retirada del Calendario de los Santos en 1969, y la razón dada para ello fue el carácter legendario de la vida escrita del santo. La Enciclopedia Católica también considera que esta historia es más legendaria que real.

En la Iglesia Ortodoxa oriental San Alejo es venerado el 17 de marzo y su culto es muy popular aún hoy, especialmente en los países eslavos. Entre los diversos personajes que llevan su nombre hay 5 emperadores bizantinos, 4 emperadores de Trebisonda y uno ruso; así como diversos monjes, laicos, obispos o patriarcas. Hay también muchas iglesias intituladas a su nombre y ritos especiales como el rito del Akathistos (similar al rosario católico) que fue compuesto para honrar su nombre.

Relicario con el cráneo del Santo que peregrinó de Grecia a Moscú en 2005.

Himno (troparion del Santo)
“Tú brotaste de una raíz famosa y gloriosa,tú floreciste de una ciudad real e ilustre, oh supremo sabio Alejo; tú despreciaste todo lo terreno como corruptible y efímero, y te apresuraste a seguir a Cristo el Maestro. ¡Suplícale siempre que salve nuestras almas!”

Mitrut Popoiu

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