Los santos y el sufrimiento (III)

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Óleo-retrato de la Santa en su lecho de sufrimiento. La leyenda dice en alemán: "Beata Ana Schäffer, ruega por nosotros".

Óleo-retrato de la Santa en su lecho de sufrimiento. La leyenda dice en alemán: “Beata Ana Schäffer, ruega por nosotros”.

Santa Ana Schaeffer
Mindelstetten (Baviera, Alemania), 18 de febrero de 1882 – 5 de octubre de 1925

Fue la tercera de los ocho hijos que tuvieron el carpintero bávaro Miguel Schaeffer y su esposa Teresa Forster. La familia no tenía muchos recursos y todos vivían de las pocas ganancias que conseguía su padre. Ana recibió la instrucción elemental en las escuelas de Mindelstetten y allí empezó a cultivar un sueño: ser religiosa y convertirse en misionera a tierras lejanas. Pero se necesitaba una dote para ser aceptada en una congregación religiosa y por eso, se marchó a trabajar a Regensburg, prestando sus servicios a una familia de buena posición social: Este fue el primer paso hacia la realización de su sueño.

Pero en aquel momento, ella no sabía que ese paso también sería el último. Su padre murió al año siguiente y ella tuvo que volver a Mindelstetten para ayudar a la familia que quedó huérfana, con cinco hermanos y hermanas más pequeños que ella. Se dedicó a trabajar tanto en su casa como en las de otros. Así transcurrieron algunos años: los pequeños de la casa crecieron y pronto no necesitarían de ella y ella podría repensarse alla lejana misión… Pero el 14 de febrero del año 1901, cuando tenía diecinueve años de edad, la desgracia hizo que quedara inválida para siempre. Sucedió en el lavadero de la casa forestal de Stammham, cerca de Ingolstadt, donde ella trabajaba: una chimenea estaba a punto de resbalar y caer y ella se subió a arreglarla, pero cayó en una tina llena de agua caliente con lejía sufriendo gravísimas quemaduras en las piernas, hasta las rodillas. La curaron en el hospital de Kosching y posteriormente, en el centro médico universitario de Erlangen, pero poco pudo hacerse contra las llagas que la acción corrosiva del detergente le habían provocado. Ana tuvo que volver a su casa de Mindelstetten después de meses de hospitalización, encontrándose inválida para siempre, convirtiendose ella y su familia en más pobres aun de lo que lo eran antes.

Vista del sepulcro de la Santa.

Vista del sepulcro de la Santa.

La familia se quedó en la ruina y ella prisionera de sus dolores, insoportables y con la certeza de que no tenían cura, que no acabarían nunca. Todo esto y con solo veintiún años de edad: una situación insoportable, no podía quedarse así, se rebelaba contra este sufrimiento sin esperaza y así se lo hizo conocer a los suyos, a sus amigos y al padre Karl Rieder, que era su párroco. La conquista de la serenidad no le llegó por súbitas iluminaciones, sino que fue una larga fatiga la que hizo que Ana se convenciera: lo suyo no era una condena, sino que era una tarea que el Señor le había confiado y a la que tenía que consagrarse; ser misionera así, desde el lecho del dolor, llena de llagas. Y lo aceptó, no como una rendición, sino como un acto de voluntad: Ana ofreció todos sus sufrimientos al Señor. Y tuvo mucho que ofrecer: las desgracias de la lavandería, las llagas, la parálisis total de sus piernas, rigidez de la médula espinal y para colmo, un cáncer intestinal. Asi, herida, hablaba de “sus sueños” en los cuales se les aparecieron Jesús y San Francisco.

Se dedicó a aconsejar y alentar a la gente que iban a solicitarle ayuda y apoyo. Se hizo necesaria, indispensable, segura y saludable; en la cama siempre estaba “de guardia” para atender a los demás incluso escribiendo cartas. No dejó de estar al servicio de los demás hasta que murió. En el mes de septiembre del 1925, una caída de la cama la dejó sin voz, solo susurraba: “Jesús, yo vivo en ti”. Después de su muerte dejó una fuerte presencia en toda la región bávara. Sepultada en el cementerio, su cuerpo fue transportado a la iglesia parroquial de Mindelstetten. San Juan Pablo II la beatificó el 17 de marzo de 1999, siendo canonizada por el Papa Benedicto XVI, el 21 de octubre del 2012.

Óleo de la Beata por Gabriel Cornelius Von Max.

Óleo de la Beata por Gabriel Cornelius Von Max.

Beata Ana Catalina Emmerick
Flamske (Alemania), 8 de septiembre de 1774 – Dülmen, 9 de febrero de 1824

Finalmente, esta religiosa venerable, mística, vidente y estigmatizada del siglo XVIII, después de un largo proceso de beatificación que duró más de ciento treinta y cinco años, fue inscrita en el catálogo de los beatos por San Juan Pablo II, el 3 de octubre del año 2004.

Ana Catalina Emmerick nació el 8 de septiembre de 1774 en Flamske bei Coestfeld (Westfalia, Alemania), siendo sus padres Bernardo Emmerick y Ana Hillers, que eran unos católicos de condición muy humildes, De pequeña, hizo de pastora y ya en este período de su vida advirtió su vocación religiosa, aunque se encontró con la oposición de su padre. Durante su juventud, Dios la colmó de grandes dones, como fenómenos de éxtasis y de visiones, aunque esto no la ayudó ya que fue rechazada por varias comunidades. En el 1802, cuando tenía veintiocho años de edad, gracias al interés de su amiga Clara Soentgen – una joven de la burguesía -, pudo entrar en el monasterio de las Canónigas Regulares de San Agustín en Agnetenberg, cerca de Dülmen. La vida en el monasterio fue muy dura para ella porque no tenía la misma condición social que el resto de las monjas y esto le hizo sufrir insistentes presiones. A esto se le unió el que sufría de varias enfermedades, como consecuencia de un incidente padecido en el año 1805, que la obligó a permanecer casi continuamente en su habitación desde el 1806 al 1812.

Cuando era una campesina, podía mantener ocultos los fenómenos místicos que se manifestaban en ella, pero en el monasterio, en un ambiente más restringido, esto le era imposible y, por lo tanto, algunas monjas, por celo o por ignorancia la hicieron objeto de insinuaciones maliciosas y de todo género de sospechas. En el año 1811 el convento fue suprimido por las legiones francesas de Napoleón Bonaparte y las hermanas tuvieron que dispersarse. Ana Catalina se puso al servicio de un sacerdote (don Juan Martín Lambert), procedente de la diócesis francesa de Amiens y que había emigrado a Dülmen. En casa de este sacerdote, a finales del 1812, los fenómenos místicos se multiplicaron y en los últimos días de diciembre recibió los estigmas de la Pasión. Durante dos meses pudo mantenerlos ocultos, pero el 28 de febrero no pudo levantarse más del lecho, que llegó a ser su instrumento de expiación por los pecados de los hombres, uniendo sus sufrimientos a los de la Pasión de Jesús.

Sepulcro de la Beata en la iglesia de la Santa Cruz de Dülmen, Alemania.

Sepulcro de la Beata en la iglesia de la Santa Cruz de Dülmen, Alemania.

Fue sometida a una investigación sobre los estigmas, los sufrimientos de la Pasión y los fenómenos místicos que se le manifestaban y la investigación demostró su absoluta inocencia y el carácter sobrenatural de los mismos. Se sabe que tuvo una visión sobre la vida de Jesús y de María, pero sobre todo de la Pasión de Cristo: por ejemplo, explicó detalladamente como era la casa donde vivía la Virgen en Éfeso y cómo era el castillo de Maqueronte, en el que fue decapitado San Juan Bautista. Es difícil saber cuales fueron efectivamente sus visiones, porque un contemporáneo suyo, el poeta y escritor Clemente Brentano (1778-1842), las publicó añadiéndole y adornándolas por su cuenta, creando así una gran confusión, que puso algunas dificultades en el proceso de beatificación.

Ana Catalina Emmerick murió en Dülmen el día 9 de febrero de 1824, llegando a ser una de las siervas de Dios más conocida de Europa. Por pertenecer a la Orden de las Agustinas, los monjes de esta Orden promovieron su Causa, que como ya he dicho sufrió varios reveses por parte de algunos obispos, del propio Papa León XIII y por motivos políticos ocurridos en Alemania… hasta que definitivamente, el 4 de mayo de 1981 se emitió el decreto de introducción de la Causa.

Fotografía de la Beata en su lecho.

Fotografía de la Beata en su lecho.

Beata Alejandrina Maria da Costa
Balasar (Portugal), 3 de marzo de 1904 – Balasar, 13 de octubre de 1955

Alejandrina Maria da Costa nació en Balasar (provincia de Oporto y archidiócesis de Braga), el 30 de marzo de 1904, siendo bautizada el 2 de abril siguiente, Sábado Santo. Su madre la educó cristianamente junto con su hermana Deolinda. Alejandrina permaneció con su familia hasta los siete años de edad, siendo entonces enviada a Povora do Varzim a la casa de la familia de un carpintero para así poder frecuentar la escuela elemental, pues en Balasar no la había. Allí hizo su primera comunión en el año 1911 y al año siguiente fue confirmada por el obispo de Oporto. Pasados dieciocho meses retornó a su pueblo para vivir con su madre y su hermana en aquella localidad lo que sería su Calvario hasta el día de su muerte. Como era de constitución robusta, comenzó a trabajar en el campo. Su infancia había sido muy animada, estaba dotada de un temperamento alegre y comunicativo, siendo muy querida por sus compañeras. Pero con doce años de edad enfermó: una grave infección (quizás una fiebre intestinal o tifoidea) la puso a un paso de la muerte. Superó el peligro, pero su físico quedó señalado para siempre. Con catorce años de edad le ocurrió un hecho que fue decisivo en su vida. Era el Sábado Santo del 1918.

Aquel día, ella, su hermana Deolinda y una muchacha aprendiza tenían intención de ponerse a coser cuando se encontraron con tres hombres que intentaban entrar en su habitación. Aunque debido a su fortaleza pudo cerrar la puerta, los tres hombres la forzaron y entraron. Alejandrina, para salvar su amenazada pureza, no tuvo suerte al saltar por la ventana de la habitación desde una altura de cuatro metros. Las consecuencias fueron terribles, aunque no inmediatas. Después de varias visitas al médico, le diagnosticaron un hecho irreversible. Con muchísima voluntad y tremendas dificultades pudo ir a la iglesia hasta que tuvo diecinueve años de edad; esto edificó de manera maravillosa a la gente de su pueblo. La parálisis fue progresando y los dolores se fueron haciendo cada vez más terribles, las articulaciones perdieron todo movimiento y quedó completamente paralizada. Era el 14 de abril de 1925 cuando Alejandrina ya no pudo levantarse de la cama, en la que permaneció por espacio de treinta años hasta su muerte.

La Beata fotografiada durante un éxtasis.

La Beata fotografiada durante un éxtasis.

Hasta el 1928 no dejó de pedirle al Señor por intercesión de la Virgen, la gracia de la curación haciendo la promesa de que si se curaba se convertiría en misionera. Pero finalmente tuvo que comprender que el sufrimiento era su vocación, lo que aceptó de manera gustosa. Decía: “Ahora, nuestra Señora me ha concedido una gracia aun mayor. Primero la resignación, después la conformidad completa a la voluntad de Dios y finalmente, el deseo de sufrir”. Pertenecen a este período los primeros fenómenos místicos, cuando Alejandrina inició una vida de gran unión de Jesús en el Tabernáculo a través de la Santísima Virgen. Un día en el que se encontraba sola, le vino de improviso este pensamiento: “Jesús, tu estás prisionero en el Tabernáculo y yo en mi cama por tu voluntad. Hagámosnos compañía”. Desde ese momento comenzó su misión: se convirtió como en la lámpara del Tabernáculo. En todas las Misas se ofrecía al Padre Eterno como víctima por los pecadores, junto a Jesús y conforme con sus intenciones. En ella crecía más y más el amor por el sufrimiento al mismo tiempo que su vocación de víctima se veía con más claridad. Hizo voto de hacer siempre aquello que creyese era lo más perfecto.

Desde el viernes 3 de octubre de 1938 al 24 de marzo de 1942, o sea, ciento ochenta y dos veces, vivió todos los viernes los sufrimientos de la Pasión. Alejandrina, superando su estado habitual de parálisis, se levantaba de la cama y con movimientos y gestos acompañados de terribles dolores, reproducía los diversos momentos del Vía Crucis durante tres horas y media. “Amar, sufrir, reparar” fue el programa que el Señor le indicó.

Desde el 1934 – invitada por el jesuita Mariano Pinho que fue su director espiritual hasta el año 1941 – , Alejandrina escribía todo aquello que Jesús le decía. En el 1936, por orden de Jesús, a través del padre Pinho, solicitó al Papa la consagración del mundo al Corazón Inmaculado de María. Esta súplica fue varias veces renovada hasta finales de 1941, cuando la Santa Sede la interrogó por tres veces a través del arzobispo de Braga. El 31 de octubre de 1942, el Papa pío XII consagró el mundo al Corazón Inmaculado de María mediante un mensaje transmitido a Fátima en lengua portuguesa. Este acto fue renovado en Roma, en la Basílica de San Pedro, el 8 de diciembre del mismo año.

Fotografía de la Beata en la cama, con una imagen de María Auxiliadora.

Fotografía de la Beata en la cama, con una imagen de María Auxiliadora.

El 27 de marzo de 1942, Alejandrina dejó de alimentarse, viviendo solamente de la Eucaristía. En el año 1943, durante cuarenta días con sus cuarenta noches, fue controlado estrictamente por médicos cualificados su absoluto ayuno y anuria en el hospital de la Foce del Duro, cerca de Oporto. En 1944, su nuevo director espiritual, el salesiano don Humberto Pasquale, alentó a Alejandrina para que continuase dictando su diario, después de comprobar las altas cotas de espiritualidad a las que había llegado. Ella lo hizo obedientemente hasta su muerte. Ese mismo año, Alejandrina se inscribió en la Unión de los Cooperadores Salesianos. Quiso colocar su diploma de Cooperadora “en un lugar en el que estuviese siempre bajo sus ojos”, para colaborar con su dolor y con sus oraciones a la salvación de las almas, sobre todos las de los jóvenes. Oró y sufrió por la santificación de los Cooperadores Salesianos de todo el mundo. A pesar de sus sufrimientos, siempre se interesaba y empeñaba a favor de los pobres, del bien espiritual de sus parroquianos y de otras muchas personas que recurrían a ella. En su parroquia, promovió la celebración de triduos, las Cuarenta Horas y la Cuaresma.

De manera muy especial, en los últimos años de su vida, acudían a ella muchísimas personas venidas desde muy lejos, atraidas por su fama de santidad; muchos de ellos, atribuían su conversión a los consejos recibidos de Alejandrina. En el año 1950 festejó el XXV aniversario de su inmovilidad. El 7 de enero de 1955 se fue preanunciado que aquel sería el año de su muerte y así, el 12 de octubre quiso recibir la Unción de los Enfermos. El 13 de octubre, aniversario de la última aparición de la Virgen de Fátima, sintieron que exclamaba: “Estoy muy feliz porque me voy al cielo” y, efectivamente, murió a las siete y media de la tarde.

Sepulcro de la Beata.

Sepulcro de la Beata.

En su tumba pueden leerse estas palabras suyas: “Pecadores, si las cenizas de mi cuerpo pueden serte útiles para salvarte, pasa sobre ellas hasta que desaparezcan, pero no peques más. No ofendas a nuestro Jesús”. Esta es la síntesis de su misma vida; exclusivamente, la salvación de las almas. En Oporto, en la tarde del día 15 de octubre, los floristas quedaron desprovistos de rosas blandas; todas habían sido vendidas. Fue un homenaje floral a Alejandrina, que había sido la rosa blanca de Jesús. Fue beatificada por San Juan Pablo II el 25 de abril del año 2004.

Estos han vivido en el sufrimiento la intimidad con el Señor, descubriendo no tanto un refugio consolador, “sino al Único que conoce el dolor y la solidaridad hasta el fondo de nuestra experiencia” (T. Bello). Ellos, ahora, son aquel “todos nosotros” como dice San Pablo, “con el rostro descubierto, reflejando como en un espejo la gloria del Señor”, han manifestado la gloria que en ellos habitaba y “de gloria en gloria” (porque la gloria de Cristo es el fruto de su Cruz…”mete aquí la mano”, dijo el Resucitado a Tomás), dieron la cara a la acción del Espíritu Santo.

Damiano Grenci

Bibliografía y sitios:
* AA. VV. – Biblioteca Sanctorum (Enciclopedia dei Santi) – Voll. 1-12 e I-II-III appendice – Ed. Città Nuova
* C.E.I. – Martirologio Romano – Libreria Editrice Vaticana – 2007 – pp. 1142
* Grenci Damiano Marco – Archivo privado iconográfico y hagiografico: 1977 – 2008
* Dora Samà – “La vita nascosta in Cristo. La Monachella di San Bruno”, Sud Grafica Marina di Davoli (2006)
* AA. VV. de santibeati.it

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El martirio incruento: Santa Ana Schäffer

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Óleo-retrato de la Santa en su lecho de sufrimiento. La leyenda dice en alemán: "Beata Ana Schäffer, ruega por nosotros".

Nació en Mindelstetten, pueblo situado en el centro de Baviera, entre Regensburg e Ingolstadt, el 18 de febrero de 1882. Era hija de un carpintero. Desde niña mostró un carácter reservado y, gracias a la buena educación cristiana de su madre, se le inculcó la religiosidad y el amor de Dios. A los 12 años, el día de su Primera Comunión, se ofreció al Señor. Dado que alimentaba el deseo de entrar como religiosa misionera en una orden, una vez terminados sus estudios en diversas escuelas de Regensburg y Landshut, intentó conseguir la dote necesaria.

En junio de 1898, Ana sintió la llamada de Jesús, que sería decisiva para toda su vida: muy pronto sufriría muchos y largos padecimientos, aun cuando tenía una gran disponibilidad para la entrega -aquel mismo año se había consagrado a María-, como es normal, al principio sintió miedo ante esa perspectiva de sufrimiento . Renunció a su puesto de trabajo. No obstante, el 4 de febrero de 1901, en la casa forestal de Stammham (cerca de Ingolstadt), comenzó su calvario.

Al haberse desprendido de la pared de la chimenea la caldera del lavadero, quiso reparar el desperfecto, con tal mala suerte que resbaló, metiendo ambas piernas, hasta encima de las rodillas, en un recipiente de lejía hirviendo. A pesar de los intensos tratamientos, los médicos no lograron curar las heridas. Después de salir del hospital, en mayo de 1902, convertida ya en una inválida, su estado empeoró cada vez más, hasta el punto que se vio obligada a permanecer en cama.

A sus dolencias se sumaron una gran pobreza. Tras algunos intentos de rebeldía, Ana aprendió en esta dura escuela de sufrimientos a reconocer la voluntad de Dios y aceptarla siempre con alegría, en la enfermedad y en la pobreza veía una amorosa llamada de Cristo Crucificado a ser como Él. Ésta era su misión en la vida y su plena realización.

Con generosidad tomó la decisión de ofrecer su vida y sus sufrimientos a Dios como expiación. Recibía a diario la Sagrada Comunión de manos de su director espiritual, el párroco del lugar, Karl Rieger.

En otoño de 1910 tuvieron lugar hechos extraordinarios. En visiones que Ana llamaba “sueños”, vio primero a San Francisco y después al Redentor, que estaba dispuesto a aceptar su ofrecimiento de expiación. Desde entonces llevó los estigmas de Cristo, cosa que pocas personas conocían. Para poder sufrir en secreto y alejar cualquier búsqueda de sensacionalismo, rogó al Señor que le quitara los estigmas visibles (otro caso de estigmas invisibles se ven en Sta. Ma. Faustina del Santísimo Sacramento Kowalska.) Se disponía así a sobrellevar aun mayores dolores. Al mismo tiempo, reforzó su servicio de apostolado, ofreciendo sus oraciones y consolando, de palabra o por carta, a todos los que acudían a ella.

Consiguió unir en el apostolado de las obras (escribió innumerables cartas a los necesitados y deseosos de consejo, y hacía bordados para capillas e iglesias) con el de la oración, el sacrificio y el sufrimientos. Tenía los ojos puestos totalmente en la patria eterna. En lo más recóndito de su corazón consideraba que su cometido en la vida era dedicarse a la expiación, con sus dolores, soportados por amor de Dios, en el nombre de la Iglesia y para salvación de las almas.

Vista del sepulcro de la Santa.

En una carta del 29 de enero de 1925, escribió: “Lo más importante para mí es orar y sufrir por la Santa Iglesia y sus pastores. En cada Sagrada Comunión ruego con fervor al amado Redentor que cuide de su Santa Iglesia y de sus pastores, tenga la bondad de concederme un lacerante martirio por ellos y me acepte como una pequeña víctima expiatoria.”

Con sus padecimientos vivió un incruento “martirio de amor”. La fuerza para afrontar este martirio, que duró 25 años, la recibía en la Sagrada Comunión, al sumirse amorosamente en el Misterio de la Eucaristía y de la presencia real del Señor en el Santísimo Sacramento.

El 25 de abril de 1923 su estado empeoró notablemente. Sufrió una parálisis total de las piernas, seguida de dolorosos espasmos debido a una enfermedad de la médula espinal y, finalmente, un tumor en el recto. A causa de una desdichada caída de la cama, cinco días antes de su muerte, sufrió también una lesión cerebral que entorpeció seriamente su capacidad de hablar convirtiéndose de este modo ya sólo en una “víctima silenciosa”. El lunes 5 de octubre de 1925 recibió su última Comunión. Mientras se santiguaba, y con las palabras: “Jesús, yo vivo para ti”, entregó al Creador su alma purificada por el fuego de largos sufrimientos. Ha sido canonizada el 21 de octubre de 2012 por Su Santidad el papa Benedicto XVI.

Tacho de Sta. María

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