Beato Andrés Hibernón, fraile franciscano

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Óleo y figura yacente del Beato en su iglesia de Gandia, Valencia (España).

Los padres del Beato Andrés Hibernón (1534-1602) procedían de una familia noble de Cartagena y de la serranía de Cuenca, de raíces cristianas comprometidas. En 1534 se habían trasladado a la capital, Murcia, para visitar a un hermano de la madre que era beneficiado de la catedral; y allí aconteció el nacimiento del hijo, a quien bautizaron en la Catedral con el nombre de Andrés. Desde bien pronto su preocupación principal fue la educación de un hijo que iba creciendo en piedad y devoción, ayudando en Misa como veía que lo hacían otros niños. Como el niño tenía indudables facultades intelectuales cuidaron también su educación en las letras y en las ciencias. Pero la fortuna de la familia sufrió un golpe a causa de unos años de sequía y tuvieron que enviar a Andrés a Valencia, a casa de su tío Pedro Ximeno, quien lo empleó en la custodia del ganado. En aquel momento compaginaba sus quehaceres con la visita frecuente a las iglesias y ermitas de su entorno. Ya entonces frecuentaba los sacramentos, se mortificaba con ayunos y tenía con todos un carácter afable y modesto.

Tras un breve regreso a su Murcia natal el Alguacil Mayor del Santo Oficio quiso llevarle a la ciudad de Granada como su asistente personal consciente de sus valores personales, pero allí Andrés había decidido hacerse religioso franciscano y partió hacia Albacete, donde estaba el convento noviciado de la Provincia Franciscana Observante de Cartagena. Allí vistió el hábito franciscano el día 31 de octubre de 1556, a la edad de veintidós años, cumpliendo así uno de los grandes anhelos de su vida. Durante el año de probación se distinguió por su humildad y sencillez y por su espíritu de sacrificio y oración. Como sus superiores le vieron idóneo para la vida religiosa, le admitieron a la profesión de los votos el día de Todos los Santos de 1557.

En aquel entonces surgió la reforma franciscana promovida por San Pedro de Alcántara, que se extendió rápidamente por los reinos de Valencia y Murcia hasta Granada, y llegó a formarse una importante y floreciente provincia con el nombre de Provincia Descalza de San Juan Bautista. Conocedor Andrés de la rigurosa y estrecha observancia de los Descalzos, sintió la necesidad de vestir el hábito de los franciscanos Descalzos o Alcantarinos, provocando entonces el desencanto de los Observantes de la Provincia de Cartagena, con quienes había vivido siete años de ejemplar vida religiosa.

Escultura contemporánea del Beato en una calle de Gandia, Valencia (España).

Marchó entonces al convento de los Descalzos de San José de Elche el año 1563, con veintinueve años de edad. Coincidió en que un año después tomaba el hábito en el mismo convento de San José de Elche otro insigne religioso, San Pascual Bailón, por lo que ambos se animaban mutuamente en el amor de Dios y en su entrega para la salvación de los hombres. Destacó Fray Andrés en su espíritu de continua oración y en su piadosa adoración al Santísimo, a la Virgen María y los misterios de la vida, pasión y muerte de Jesucristo.

Eso no le impidió cumplir ejemplarmente casi todos los oficios de la vida fraterna franciscana. Así, en el convento de San José de Elche ejerció por muchos años los oficios de cocinero y hortelano, y también de refitolero, portero y limosnero. En el convento de San Juan de la Ribera de Valencia, que era centro de mucho movimiento y actividad por ser la Curia o sede del Provincial, siendo ya de avanzada edad, fue a la vez refitolero y portero, oficios que también desempeñó en el convento de San José de Elche y en el de San Roque de Gandia.

No le dolían prendas en salir él mismo a pedir la caridad y limosna de sus vecinos para repartir como limosnero sus frutos con los más necesitados, iba muchas veces al monte para recoger leña y carbón, recolectaba uva y llevaba sobre sus espaldas lo que recogía. Buscaba además esparto y trabajaba sandalias y esteras. Lavaba también los hábitos y los remendaba; cortaba y cosía hábitos nuevos para los religiosos. Barría, limpiaba y blanqueaba la iglesia, el convento y el claustro. Servía y limpiaba las celdas y los vasos de los enfermos. En las obras de los conventos servía de peón, cargando y llevando mortero, tierra, piedra y cuantos materiales se necesitaban. Ello no evitaba que su trato con la gente fuera de extrema humildad y servicio y que recibiera consultas de teólogos que acudían a él reconociéndole en posesión del don de ciencia infusa. Alcanzaba además frecuentes éxtasis en el ejercicio de su oración.

Retrato que Nicolás Borrás realizó en 1602 a partir del rostro verdadero del Beato, recién difunto en ese momento.

Durante muchos años padeció una penosa enfermedad en los ojos, junto con un intenso dolor de estómago, lo que sufrió con gran fortaleza y entereza de espíritu. Emulando a su reformador San Pedro de Alcántara, dormía muy pocas horas y ayunaba de continuo. Estuvo también dotado con el don de profecía y de todo ello se cuentan numerosos casos en las actas del proceso de beatificación. En el sumario de su Causa de Beatificación se hallan compilados setenta y cuatro milagros que obró repentinamente después de su muerte. En la fase decisiva del Proceso, el 7 de septiembre de 1790, en presencia del Papa Clemente XIV, la Sagrada Congregación de Ritos aprobó tres de los cinco milagros presentados: la repentina curación de Mariana Cano de una tisis consumada; la instantánea curación de Andrés Gisbert que había sido demente por muchos años, y la absoluta restitución de la vista a María García, que era absolutamente ciega.

La muerte de fray Andrés sucedió en las primeras horas del día 18 de abril de 1602, en el convento de San Roque de Gandia. Se dice, como en otros casos, que el Señor reveló a fray Andrés el día y la hora de su muerte un año antes de que ésta ocurriera. El día 16 de abril de 1602 se puso con la mayor diligencia a barrer y limpiar su celda, el dormitorio y la escalera del convento que bajaba a la iglesia, adornándola del mejor modo que pudo, como quien sabía que al día siguiente se le había de administrar el Viático.

En la hora misma en que murió fray Andrés fue necesario abrir las puertas del convento por la gran multitud de eclesiásticos y seglares devotos que concurrieron. Todos querían hacerse con alguna cosa de su uso, tomando por esto cuanto encontraron en el convento y en su celda, si bien los religiosos se habían prevenido tomando con anticipación los recuerdos más importantes del Beato.

A medida que avanzaba el día, el superior se vio obligado a hacer que bajasen su cuerpo difunto a la iglesia porque la multitud de mujeres que se habían reunido amenazaban con entrar en la clausura. El Duque de Gandia mandó que acudiese allí uno de los más insignes pintores de aquel siglo, el padre Nicolás Borrás, discípulo de Juan de Juanes, para realizar un bellísimo retrato de fray Andrés. Fue casi universal la opinión de santidad que se tenía de fray Andrés Hibernón, ya en vida y sobre todo después de muerto. Esto lo demuestra su gran amigo, hermano y compañero, San Pascual Bailón, que le tuvo tanto aprecio que llegó a afirmar que era uno de los varones más perfectos que tenía en su tiempo la Iglesia. También el entonces Arzobispo de Valencia, hoy San Juan de Ribera, le hacía ir con frecuencia desde Gandia a su palacio de Valencia para consultarle importantes decisiones de su diócesis.

Ilustración con la urna y el cuerpo incorrupto del Beato tal cual estaban antes de su destrucción en la Guerra Civil Española (1936-1939).

El cuerpo de fray Andrés fue colocado en la Capilla de la Purísima Concepción del Convento de San Roque de Gandia. Ocurrió entonces que la Santa Sede promulgó un decreto que prohibía el culto público a los Siervos de Dios que fueran promovidos a la beatificación y canonización, constando que debían estar sepultados en lugar en que no pudiera tener pública veneración. Esto hizo que los religiosos de San Roque de Gandia se vieran obligados a enterrar el cuerpo de su venerable hermano Andrés Hibernón retirando el sepulcro honorífico que le habían hecho. Fray Andrés fue beatificado solemnemente por el papa Pío VI el 22 de mayo de 1791.

Salvador

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