Santa Ángela de la Cruz, virgen fundadora

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Lienzo contemporáneo de la Santa.

Ángela Guerrero González nace en las afueras de Sevilla el día 30 de enero del año 1846. Su padre, Francisco, era cocinero y su madre, Josefa, costurera en el convento de los trinitarios. Tuvieron catorce hijos. Fue bautizada en la parroquia de Santa Lucía cuatro días después de su nacimiento. Como niña perteneciente a una pobre familia sevillana, sólo aprendió a escribir y el catecismo; sin embargo, esta pobreza no le impedía compartir con los demás los escasos bienes que había en su casa. El ambiente en el que se crió era profundamente religioso y ella era dócil de carácter, muy discreta y profundamente admirada por quienes la rodeaban. En su casa aprendió a rezar el rosario y las oraciones que en el mes de mayo se le dedicaban a la Virgen; acostumbraba a ir con su padre al rosario de la aurora, costumbre muy extendida entonces y que aún hoy se practica en muchos pueblos de Andalucía, al menos en determinados días del año.

La primera comunión la hizo con ocho años de edad y fue confirmada a los nueve años. A los doce años tuvo que ponerse a trabajar como aprendiz de zapatera para ayudar a su familia y allí, en el taller, también rezaba diariamente el rosario, enseñándole el oficio de zapatera a otras niñas sevillanas, pobres como ella. La maestra del taller era Doña Antonia Maldonado, una mujer piadosa que tenía como director espiritual al canónigo don José Torres Padilla, a quienes conocían con el apodo de “el Santero”. Con este sacerdote puso en contacto doña Antonia a Angelita (así era conocida en Sevilla). Entonces ella tenía dieciséis años de edad.

En 1865, con diecinueve años y acompañada de su hermana Joaquina quiso entrar como hermana lega en el convento de las carmelitas descalzas del barrio de Santa Cruz, pero las monjas no la consideraron con la salud suficiente como para poder realizar los oficios de hermana lega, ya que la vida era muy austera en el convento y ¡“las madres” trabajarían más bien poco!, así que fue rechazada. ¡Ellas se lo perdieron porque tendrían una gran santa en su santoral!

Tapiz de la beatificación de la Santa.

Tapiz de la beatificación de la Santa.

En aquel tiempo se declaró una epidemia de cólera en Sevilla y Angelita, bajo la dirección del padre Torres Padilla se entregó generosamente al servicio de los enfermos pobres que estaban hacinados en los corrales de algunas casas. Ella quería consagrarse totalmente a la vida religiosa y con veintidós años de edad entró como postulante en el Hospital de las Hijas de la Caridad de Sevilla. Como su salud era muy precaria, la enviaron a Cuenca y a Valencia por si aquellos climas le sentaban mejor y se fortalecía, pero siendo novicia, tuvo que volver a Sevilla. Todo fue inútil, ya que tenía vómitos frecuentes y su estómago no retenía las comidas. Consecuentemente, al no poder resistirlo, tuvo que abandonar el noviciado. Eso fue muy doloroso para ella y para colmo, su director espiritual no estaba en Sevilla, ya que como consultor teólogo asistía al Concilio Vaticano I. Tuvo que volver a su casa donde la recibieron con muchísimo cariño y, poco a poco fue recuperando la salud; volvió al taller de zapatería. Se resignó a vivir como monja sin convento y cuando regresó su director espiritual, él también la acogió con todo cariño y siguió guiándola espiritualmente. Ambos intuían que Dios la quería para algo muy especial que ellos no acertaban a adivinar.

El día 1 de noviembre de 1871 prometió en un acto privado a los pies de un Crucifijo, llevar a la práctica los consejos evangélicos: pobreza, castidad y obediencia. Como San Francisco de Asís, dudaba si entregarse por entero a la contemplación o dedicarse también a la vida apostólica, pero sin duda, fue Santa Clara de Asís la que le iluminó el camino: debía unir la vida contemplativa con la entrega al servicio de los más necesitados.

En 1873, estando en oración vio el monte Calvario con una cruz vacía frente a la Cruz de Cristo. “Al ver a mi Señor crucificado deseaba con todas las veras de mi corazón imitarle; conocía con bastante claridad que en aquella otra cruz frente a la de mi Señor, debía crucificarme con toda la igualdad que es posible a una criatura”. Son palabras suyas. Quería ofrecerse como víctima al servicio de los pobres. “Si para aconsejar a los pobres que sufran sin quejarse es necesario vivir esa pobreza, vivirla intensamente, sentirse realmente pobre, ¡qué hermoso sería un Instituto que por amor a Dios abrazara la mayor pobreza!” Así recibía la inspiración de cómo había de ser su Instituto: La Compañía de las Hermanas de la Cruz.

Monumento a la Santa en una plaza de Sevilla.

Ella, sin embargo, viviendo y sintiendo todo esto, seguía trabajando como zapatera hasta que “recibió la orden” de dejar el taller y dedicar todo su empeño a esta fundación. En “sus papeles íntimos” redactó, aun con faltas de ortografía su proyecto de Compañía. Y lo hizo con una dimensión caritativa y social a favor de los pobres, forma de actuar que impactó fuertemente en el sentimiento de la sociedad sevillana contemporánea. No quería que la caridad hacia los pobres se hiciese desde fuera de ellos y escribía: “La primera pobre, yo”.

En el mes de junio de 1875 ya había otras tres sevillanas que deseaban seguirla y el día 2 de agosto, después de asistir a la Misa que el padre Torres celebraba en la iglesia del convento jerónimo de Santa Paula, acompañada de sus tres compañeras, inauguraron las cuatro la vida en comunidad en un cuartillo con derecho a cocina, alquilado en la casa número 13 de la calle sevillana de San Luís. Desde aquel día se dedicaron a visitar y a asistir a los pobres. Ellas se conformaban con unas sillas y unas esteras de junco que les servía de cama. Tenían un crucifijo y un cuadro de la Virgen de los Dolores y absolutamente nada más.

De allí, posteriormente, pasaron al barrio de San Lorenzo donde se encontraron como párroco al que posteriormente sería el cardenal Spínola, el Beato Marcelo Spínola. El las ayudó y acogió. Más tarde, en 1881, se mudaron a la calle Cervantes y finalmente, en 1887, a la calle Alcázares, hoy denominada calle Santa Ángela de la Cruz. Allí moriría.

Imagen de la Santa procesionando por Sevilla.

Imagen de la Santa procesionando por Sevilla.

Desde el primer momento ella inspiró un ambiente de limpieza extrema en sus sucesivas casas; la cal, el jabón y es estropajo se usaba siempre y siempre había también algunas macetas que alegraban la casa. Eras mujeres sencillas, entregadas, muy humildes, pero sobre todo, muy limpias, alegres, dulces que así se acercaban a los pobres y que los pobres agradecían, pues era un nuevo modo de acercarse a ellos. Acogieron a niñas huérfanas y atendían en sus casas a las personas que se encontraban solas y enfermas. Pedían limosnas, que luego repartían. Esa sigue siendo hoy en día la forma de actuar de las Hermanas de la Cruz.

En el año 1877 fundaron la primera casa fuera de Sevilla, en Utrera (Sevilla) y al año siguiente falleció el padre Torres Padilla que había sido hasta entonces el primer director espiritual de la Compañía. Posteriormente fundó otra casa en Ayamonte (Huelva). En 1879, el arzobispo de Sevilla Fray Joaquín Lluch aprobó las primeras Constituciones de la Compañía de las Hermanas de la Cruz, cuyo meollo, cuya espiritualidad eran “la oración, la austeridad, la contemplación y el servicio gozoso a los pobres”. Posteriormente fundará otra casa en Carmona (Sevilla) y siguieron extendiéndose por toda Andalucía, Extremadura, Castilla, Galicia, Valencia, Madrid, Canarias, Italia y América. En vida de Santa Ángela se realizaron veintitrés fundaciones.

Conforme aumentaban las fundaciones se multiplicaban las vocaciones. Irradiaban algo especial que imprimía al paisaje urbano de las localidades donde se asentaban: su espíritu de sacrificio, su caridad y su entrega. Aun hoy dejan huella por donde pasan, son queridas y admiradas y aun los no creyentes o simples agnósticos quedan impresionados al conocerlas: era y es el carisma que les imprimió Madre Angelita.

Ella, cuando vivía, acudía a las fundaciones, trataba personalmente con los benefactores y procuraba que sus casas fueran siempre pobres, simples y austeras. Lo mejor, destinado a la capilla y a los pobres; el resto, para ellas. Cuando se constituía una nueva comunidad y era elegida una nueva superiora, ella decía que las dejaba en manos de Dios, pero periódicamente se ponía en contacto con ellas a través de cartas y así, se inició una correspondencia epistolar de tal calidad espiritual que es un verdadero tesoro de enseñanza.

Las reliquias de la Santa procesionando por las calles de Sevilla.

Las reliquias de la Santa procesionando por las calles de Sevilla.

En el año 1894 fue a Roma para asistir a la beatificación de San Juan de Ávila y del Beato Diego José de Cádiz, pidiendo entrevistarse con el Papa León XIII quién más tarde, en 1898, concedió el “Decretum laudis” al nuevo Instituto, siendo San Pío X, en el año 1904 quién dio la definitiva aprobación pontificia. En 1907 asumió el gobierno y la responsabilidad de ser la primera Madre General del Instituto, siendo reelegida en todos los Capítulos que se celebraron mientras ella vivía. Las hermanas no concebían otra cosa: ella sería siempre la Madre General.

Pero cuando Madre Angelita tenía ochenta y dos años de edad, la Santa Sede remitió el asunto de la confirmación de su elección a la discrecionalidad del cardenal de Sevilla y el cardenal, como ya ella era muy anciana, decidió que debiera elegirse a otra religiosa como Madre General. Cuando las hermanas se enteraron quedaron consternadas, pero ella se arrodilló a los pies del sacerdote que traía la noticia, se los besó y le dijo: ”Dios se lo pague a Dios”. Agradecía a Dios la manifestación expresa de Su Voluntad, que eso era lo que ella deseaba. Salió elegida la Hermana Gloria y ella quedó como Superiora General Honoraria y consejera espiritual de las hermanas.

Por aquel tiempo, aunque en Sevilla se había organizado la Exposición Iberoamericana del 1928 y la ciudad había sido embellecida y remodelada, continuaba habiendo muchísimos pobres y necesitados y por eso, las hermanas de la Cruz rondaban por todos los barrios de la ciudad, solicitando limosnas a los más pudientes y socorriendo a los más necesitados.

Detalle de la figura de cera que contiene los restos de la Santa.

Detalle de la figura de cera que contiene los restos de la Santa.

Con ochenta y cinco años de edad, en el mes de junio de 1931, se presentaron los primeros síntomas de su última enfermedad: tuvo una embolia cerebral, una trombosis cerebral. En julio perdió el habla y después de nueve meses de sufrimientos, inmovilizada, un día se incorporó y levantó los brazos hacia el cielo, sonrió dulcemente, suspiró tres veces y expiró cayendo recostada sobre su tarima. Era el 2 de marzo de 1932: había muerto Madre Angelita de Sevilla. Toda la ciudad, durante tres días, pasó por delante de la capilla ardiente y por privilegio del obispado y del ayuntamiento fue sepultada en la cripta de la capilla y no en el cementerio municipal. El Ayuntamiento de la ciudad, republicano, celebró pleno extraordinario para declararla hija adoptiva de la ciudad de Sevilla y decretó tres días de luto oficial.

La Causa de beatificación fue introducida en la Congregación de Ritos el día 10 de febrero de 1960. En 1982, el 5 de noviembre, fue beatificada en Sevilla por el papa San Juan Pablo II; estuvo presente en el acto alguien muy especial, que promovió intensamente la Causa: el Cardenal Bueno Monreal, recordado en Sevilla con muchísimo cariño. Fue canonizada, también en España, en Madrid, el día 4 de mayo del año 2003 junto con los beatos españoles Pedro Poveda, sacerdote mártir, José Maria Rubio Peralta, sacerdote jesuita, Maravillas de Jesús, virgen carmelita y Genoveva Torres Morales, virgen fundadora. Está sepultada en Sevilla, en la Casa Generalicia del Instituto y su fiesta se celebra hoy, día 5 de noviembre.

Santa Angela de la Cruz fue una mujer sevillana, muy sencilla, muy del pueblo, que durante toda su vida tuvo las ideas muy claras aun en los momentos más adversos. La clarividencia y la firmeza de sus convicciones le viene única y exclusivamente de su amor y entrega total a Cristo, su esposo como ella misma decía y, por ende, de su entrega a los más necesitados. La visión del Calvario con dos cruces, una de ellas vacía, dos cruces frente a frente, muy cercana una de la otra y que ella interpreta que es una llamada de Cristo a crucificarse con Él, reafirma más aun sus convicciones. Ella misma lo dice: “Tenía unos deseos tan vivos, un ansia tan grande y un consuelo tan puro, que no me quedaba duda que era Dios quien me invitaba a subir a la Cruz”.

Mujeres sevillanas llevan las reliquias de la Santa en procesión por las calles de la ciudad.

Mujeres sevillanas llevan las reliquias de la Santa en procesión por las calles de la ciudad.

Una característica suya muy especial fue su extrema pobreza, su total desprendimiento de todo bien terreno, como Francisco de Asís y su absoluta humildad. También decía: “Que no haya un estado tan bajo ni tan humillante al que yo no pertenezca” y así se comportó durante los ochenta y seis años de su vida. Ella quiso que su Instituto reuniera la vida de penitencia de los antiguos eremitas del desierto, la caridad absoluta a los pobres de San Vicente de Paul, el ejercicio de las virtudes evangélicas de San Francisco de Asís, el silencio de los primitivos monasterios y la laboriosidad y el trabajo de muchísimos santos durante estos veinte siglos de cristianismo.

Antonio Barrero

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