Anne Askew (1521-1546): poetisa, predicadora, mártir protestante

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Portada impresa de la First Examination de Anne Askew, donde aparece representada como una mártir de la Antigüedad. Nótese la tiara papal que corona la cabeza de la bestia que pisa.

Portada impresa de la First Examination de Anne Askew, donde aparece representada como una mártir de la Antigüedad. Nótese la tiara papal que corona la cabeza de la bestia que pisa.

A lo largo de los dos años y más que llevamos trabajando en este blog, esta servidora ha tratado de honrar la memoria de las mujeres que dieron su vida por la fe. Así, se ha hablado de mártires de la Antigüedad, de mártires católicas y de mártires ortodoxas. Pero quedaba otra rama de mujeres cristianas a las que honrar y así, hoy, doy inicio a lo que será una serie de artículos con los que pretendo honrar también la memoria de aquellas mujeres que también dieron su vida por la fe cristiana, pero desde la rama del protestantismo y en el conflictivo panorama de las guerras de religión en la Edad Moderna.

No es fácil abordar este tema desde un blog católico y estoy segura de que encontraremos puntos de conflicto y de desacuerdo con los planteamientos y pensamientos que veremos expuestos aquí. Pero sería hipócrita por mi parte decir que pretendo honrar a las mártires cristianas de todos los tiempos -que es lo que pretendo- y olvidar a la gran cantidad de mujeres protestantes que se vieron envueltas en la persecución y el conflicto de las guerras de religión europeas. Aun cuando podamos disentir en algunos planteamientos y siempre sea duro mirarse al espejo y admitir que unos y otros somos culpables de la sangre vertida en el nombre del Señor; no podemos, en pleno siglo XXI, dar la espalda a esa realidad y eludir admitir los errores del pasado. Sólo así podremos mirar hacia el futuro y construir un nuevo mundo en que los cristianos, unidos en nuestra diversidad, aprendamos del pasado para no volver a errar en el futuro.

La mujer de quien me propongo hablar hoy es quizá uno de los casos más sorprendentes y admirables de fortaleza y convicción frente a la adversidad. Poetisa, predicadora y mártir, Anne Askew es el ejemplo perfecto de una mujer culta, formada y de principios inamovibles, que condenada a muerte por sus ideas religiosas, rehusó implicar a otros y; sometida a tortura, no delató a quienes eran sus discípulos, benefactores y colaboradores; entre quienes estaba la misma reina de Inglaterra. Con ello, al tiempo que condenaba su vida, salvaba la de los demás.

Tiempos convulsos
Anne Askew (nacida Anne Ayscough) nació en 1521 en South Kelsey, Lincolnshire (Inglaterra). Era hija de sir William Askew de Stallingborough, miembro de la alta burguesía, rico propietario de tierras y caballero en la corte del rey Enrique VIII. Su madre, Elizabeth Askew (nacida Wrottesley) murió cuando Anne era muy joven. Poco tiempo después, el padre de Anne se casó con Elizabeth Hutton, de modo que ella y sus hermanos y hermanas fueron criados por su madrastra.

Grabado decimonónico de Anne Askew por los Illman Brothers, representándola como una dama victoriana romántica. Copyright: Hades Muse.

Grabado decimonónico de Anne Askew por los Illman Brothers, representándola como una dama victoriana romántica. Copyright: Hades Muse.

Anne tuvo una buena infancia y recibió una buena educación, ya que se le permitía asistir a las lecciones destinadas a sus hermanos varones, que les eran impartidas en el hogar. Trabajadora e inteligente, lectora ávida, pronto demostró una sorprendente habilidad para los estudios bíblicos, ya que era capaz de memorizar pasajes enteros de las Sagradas Escrituras.
Las primeras Biblias conocidas en inglés -hasta ese momento sólo habían existido en latín- se imprimieron cuando ella tenía unos 5 años. Después que llegaron a Inglaterra y tras leer y estudiar mucho las Sagradas Escrituras, Anne optó libremente por aceptar los principios de la Reforma, convirtiéndose, más tarde, en una fervorosa protestante.

Su vida coincidió con la Reforma Anglicana. En 1533, el rey Enrique VIII se divorció de su esposa, Catalina de Aragón, y se casó con Ana Bolena. En 1534, se declaró a sí mismo cabeza de la Iglesia Anglicana. Dos años después, en 1536, la familia Askew se vio implicada en la Reforma Anglicana cuando sir William se desplazó a Louth para sofocar una revuelta católica contra la disolución de los monasterios. En lugar de ello, fue hecho prisionero por los rebeldes y obligado a representarlos.

Ese mismo año, Martha Askew, hermana de Anne, enfermó y murió. Estaba prometida a Thomas Kyme, católico, rico propietario de tierras local aunque de estatus inferior a los Askew, y sir William, para no perder aquella conexión tan lucrativa, obligó a Anne a casarse con Kyme. Sólo tenía 15 años de edad y aquello fue en contra de su voluntad.

No fue un matrimonio feliz, pero se cree que tuvieron dos hijos, uno de ellos llamado William, como su abuelo. Anne no era lo que la época exigía ser a toda esposa: sumisa, obediente y reverente con su marido. Tenía un fuerte carácter y sus propias ideas y convicciones, que defendía a capa y espada. Eso sería determinante en su vida y destino.

La predicadora
En 1536, bajo la influencia de Thomas Cromwell, el rey Enrique VIII determinó que cada parroquia en Inglaterra debía tener un ejemplar de la Biblia en inglés, para que los fieles pudieran leer las Sagradas Escrituras. Eso permitió a los protestantes alfabetizados acceder más fácilmente a la lectura de la Biblia. Asistían a las lecturas públicas de la Biblia en las iglesias y compartían sus puntos de vista sobre el Evangelio. Anne era uno de ellos.

La actriz galesa Emma Stansfield interpreta a Anne Askew en la ficción televisiva "Los Tudor" (2007).

La actriz galesa Emma Stansfield interpreta a Anne Askew en la ficción televisiva “Los Tudor” (2007).

Poco a poco, Anne se fue volviendo más devota en sus creencias protestantes reformistas. Su marido, Thomas, que como decíamos, era católico romano, calificó sus creencias de desagradables y se fue enfureciendo cada vez más contra ella; aunque también admitía que era la mujer más devota que había visto en su vida “pues siempre empezaba a orar a medianoche, y continuaba durante algunas horas ese ejercicio”.

Pero pronto las circunstancias se volvieron adversas para los protestantes. En 1539, el Acta de los Seis Artículos reafirmó la doctrina católica como base de la Iglesia Anglicana, y endureció las leyes contra la herejía. Un año más tarde, en un giro radical, Enrique VIII ordenó retirar todas las Biblias en inglés y en 1543 se prohibió a todas las mujeres y a todos los plebeyos leer la Biblia. Anne, sin embargo, no tenía la menor intención de abandonar sus creencias protestantes y mucho menos dejar de leer la Biblia. Su marido, no sabiendo qué hacer con su lista e indomable esposa, pidió consejo a los sacerdotes locales. Ellos le aconsejaron echarla de casa (!!!) para que así, muerta de vergüenza, accediera a cambiar su comportamiento. Pero eso era no conocer a Anne en absoluto: se marchó a vivir con su hermano Francis y pidió poder divorciarse de su marido. Cuando los tribunales de Lincoln rechazaron su petición, marchó a Londres, buscando apoyo entre sus amigos y contactos de la Corte. Retomó su apellido de soltera -Askew- y pidió de nuevo el divorcio, alegando que su matrimonio no era válido, ya que ella y su marido tenían creencias distintas.

Un viejo amigo, John Lascelles, presentó a Anne a los protestantes evangelistas de Londres. Después del aislamiento sufrido en Lincolnshire, el clima de la Reforma en Londres debió ser refrescante para Anne. Allí pronto conoció a muchas personas que compartían sus creencias, por lo que empezó a dar charlas y a predicar entre ellos, entregando libros protestantes a quienes acudían a oírla. Como era una noble, pronto llamó la atención; y como era apasionada y convincente en sus palabras, pronto se convirtió en una de los predicadores más conocidos en Londres. Por desgracia, esto también llegó a oídos de las autoridades.

Interrogatorio de Anne Askew ante el obispo Stephen Gardiner. Grabado decimonónico.

Interrogatorio de Anne Askew ante el obispo Stephen Gardiner. Grabado decimonónico.

Examinada
Anne Askew fue arrestada en marzo de 1545 y sometida a una serie de interrogatorios en Sadlers hall por el Lord alcalde, sir Martin Bowes, el juez Dare y otros comisionados. Durante el tiempo permaneció detenida, Anne empezó a escribir lo que le estaba sucediendo. Tomó nota de las preguntas de sus interrogadores y de las repuestas que ella daba. Estas memorias, que de hecho, son lo único que nos ha quedado de ella, fueron posteriormente publicadas bajo el título First Examinations of Anne Askew. Contienen una relación detallada de estos interrogatorios, en los que no entro en detalle porque me veo restringida por la extensión del artículo. Sin embargo, sí que citaré algunos ejemplos.

Anne respondió a sus preguntas sobre la religión de forma sincera pero hábil, de modo que no se la pudo implicar en el cargo de herejía. Por ejemplo, cuando le preguntaron acerca de una de sus frases más célebres, lanzada durante una de sus predicaciones – “Prefiero leer cinco líneas de la Biblia a oír cinco misas en el templo” – respondió que no pretendía ser despectiva con la predicación, sino decir que la lectura bíblica había sido de gran edificación para ella, no así el oír misa. A la pregunta de por qué había sostenido que Dios no estaba presente en la iglesia, ella replicó: “Sobre esto no digo nada que no afirme San Pablo a los atenienses, en el capítulo 18 de los Hechos: que Dios no mora en templos hechos por mano de hombre”. Y a otras muchas preguntas sobre sus creencias, se reafirmaba en decir: “Creo en todo lo que la Escritura me ha enseñado”. En cierto momento le preguntaron si en algún momento un ratón se comía la Hostia -el pan consagrado del sacramento de la Eucaristía– ¿estaría o no recibiendo a Dios ese ratón? Ella nos dice en sus escritos que se limitó a sonreír, sin dar la menor respuesta. Y es que el tema de la presencia de Cristo en la Eucaristía era un asunto espinoso: los reformistas sostenían que era pan consagrado, pero que no se producía la Transubstanciación, seguía siendo pan consagrado, no el cuerpo y la sangre reales de Cristo, según defiende esta doctrina. Preguntada acerca de qué creería si las Escrituras negaran la presencia de Cristo en la Eucaristía, ella respondió: “En esto, y en todo lo demás, creo en lo que Cristo y sus apóstoles nos enseñaron”. Es de entender, pues, que fuera realmente difícil acusarla de herejía.

Tras esto, fue retenida 11 días en prisión, ilegalmente -puesto que no se había probado ningún cargo contra ella-. Una prima suya trabajó duramente para conseguir su liberación, dirigiéndose al Lord alcalde, al Canciller y al obispo. Anne fue finalmente convocada por orden del obispo y se la sometió a un nuevo y largo interrogatorio. Mantuvo el estilo de sus respuestas, breves, hábiles y concisas. Cuando se la quiso obligar a firmar un documento que contenía los artículos de la fe anglicana, Anne escribió que, de esa doctrina, creía todo lo que concordaba con las Sagradas Escrituras. Esto enfureció al obispo e hizo falta mucha persuasión por parte de su prima para lograr su libertad. El marido de Anne fue llamado desde Lincoln y se le ordenó llevarla de nuevo a casa y mantenerla allí. Pero Anne se escapó pronto y regresó a Londres, donde reanudó sus predicaciones.

Anne fue de nuevo detenida e interrogada en marzo de 1546, un año después de su primera detención. Esta vez fue juzgada de nuevo ante otro tipo de tribunal, conocido como “the quest”. Su función era determinar si un prisionero podía ser acusado de herejía. Si era así, delegaban dicho prisionero a un tribunal superior para un interrogatorio más profundo. Nuevamente, y tras largos interrogatorios, fue liberada. Regresó a casa de su hermano, pero esta vez, Anne ya había sido marcada e identificada por sus ideas. Su tiempo se estaba agotando.

Anne Askew se niega a retractarse de sus creencias. Mural "The Martydom of Anne Askew", obra de Violet Oakley (1874-1961). Pennsylvania State Capitol, EEUU.

Anne Askew se niega a retractarse de sus creencias. Mural “The Martydom of Anne Askew”, obra de Violet Oakley (1874-1961). Pennsylvania State Capitol, EEUU.

Condenada a muerte
En 1554, un año antes de la primera llegada de Anne a Londres, el rey Enrique VIII se había desposado con su sexta esposa, Catherine Parr. La reina Catherine era simpatizante de la Reforma protestante, lo que le había granjeado numerosos enemigos en la Corte. En 1546, el obispo Stephen Gardiner y el Lord Canciller Thomas Wriothesley buscaban cómo acabar con la herejía, desacreditar a la nueva reina y enfrentarse al clima protestante que la rodeaba. En el complot que se formó en torno a la reina, se pensó que Anne podría ser un instrumento más que útil.

A principios de 1546, la petición de divorcio por parte de Anne se había desestimando y se le había ordenado regresar junto a su marido. El que ella rechazara obedecer sirvió al obispo Gardiner de excusa perfecta.

Anne fue convocada de nuevo en Londres en mayo de 1546. Nuevamente fue detenida e interrogada acerca de sus creencias religiosas, esta vez por miembros del Consejo real. Intentaron provocarla para que se delatase como hereje, pero Anne, una vez más, respondió con preguntas, silencios y citas de la Biblia. El obispo Gardiner se enfureció y la acusó de hablar con acertijos. La instó a dar respuestas directas, pero ella respondió: “No cantaré una nueva canción al Señor en tierra extraña”. De nuevo, el obispo le dijo que hablaba en parábolas, a lo que ella respondió : “Si os muestro la verdad abiertamente, no la aceptaréis”. El obispo entonces la tachó de loro parlanchín – en esa época, como en muchas otras estaba mal visto que las mujeres hablasen tanto como ella lo hacía, nos preguntamos sin embargo si lo que molestaba al obispo era una mujer habladora, o que no hubiese manera de vencerla en lid dialéctica -. A este insulto, ella respondió: “Estoy dispuesta a sufrirlo todo de vuestras manos, no sólo vuestras reprensiones, sino todo lo que venga después, y gustosamente”. Y hablaba totalmente en serio, como pronto veremos.

Sin duda tenía una lengua de oro con la que sabía protegerse, pero frente a quienes ya habían decidido su caída inexorable, nada podía hacer. El 18 de junio Anne fue definitivamente acusada de herejía y encerrada en la prisión de Newgate hasta su ejecución.

Anne Askew enviada a prisión. Ilustración contemporánea.

Anne Askew enviada a prisión. Ilustración contemporánea.

Anne había sido acusada de negar la doctrina de la transubstanciación (recordemos, es la creencia en que el pan y el vino, en el sacramento de la Eucaristía, una vez que son consagrados se transforman literalmente el cuerpo y sangre de Cristo). Cuando el obispo Gardiner le anunció que iba a ser quemada viva por negar el dogma de la transubstanciación, Anne declaró al tribunal eclesiástico que “he examinado las Escrituras y en ninguna parte he encontrado que ni Cristo, ni sus apóstoles, condenaran a nadie a muerte”. Así les echaba en cara que, llamándose cristianos, se reconociesen con derecho de ordenar su muerte. Y a partir de este momento, se sintió feliz de poder mostrar abiertamente sus creencias protestantes, sin tener que dar más rodeos para salvaguardarse. Al igual que en sus anteriores interrogatorios, Anne empezó a escribir todo lo que sucedía. Puso por escrito sus doctrinas y dio una explicación acerca de por qué no era capaz de aceptar la doctrina de la transubstanciación.

A este respecto, durante los interrogatorios se le había dicho: “¿Cómo podéis ignorar las mismísimas palabras de Cristo cuando dijo: “Éste es mi Cuerpo” “Ésta es mi Sangre”?” Ella había replicado: “El significado de las palabras de Cristo en este pasaje es similar al que podemos ver en otras partes de la Escritura cuando dice: “Yo soy el Camino”, “Yo soy la viña”, “He aquí el Cordero de Dios”, “Esa roca era Cristo” y otras referencias a Él mismo. No debéis, en estos textos, tomar a Cristo literalmente por los objetos con los que elige significarse, porque entonces le estaríais tomando por un camino, por una viña, por un cordero o una roca, contrariamente al Espíritu Santo. Todos ellos pretenden representar a Cristo, así como el pan representa a Su cuerpo”. Es decir, que al igual que es común en las creencias luteranas, Anne Askew sostenía que no debía interpretarse el pan y el vino como cuerpo y sangre de Cristo literalmente, sino simbólicamente. Por lo tanto, rechazaba que el sacerdote pudiese convertir el pan y el vino en el auténtico cuerpo y sangre de Cristo. Así lo diría posteriormente a sus torturadores: “He leído en las Sagradas Escrituras que Dios hizo al hombre, pero que el hombre pueda hacer a Dios, eso no lo he leído en ninguna parte”.

Torturada
Sin embargo, al ser condenada a muerte, su proceso dejaba de ser de naturaleza religiosa, para convertirse en una cuestión política. Fue llevada a la Torre de Londres y se la encarceló en la torre Cradle. Iba a tener el tristísimo honor de convertirse en la primera y única mujer que sufrió tortura en dicho lugar, en toda la historia de Inglaterra.

Anne Askew torturada en el potro. Grabado decimonónico.

Anne Askew torturada en el potro. Grabado decimonónico.

La tortura no tuvo como objeto hacerla retractarse de sus creencias protestantes, consideradas herejía por la fe anglicana, sino implicarla en una conjura política contra algunas personas correligionarias suyas, miembros de la Corte. Le preguntaron acerca de lady Catherine Brandon (duquesa de Suffolk), lady Anne Calthorpe (condesa de Sussex), lady Anne Stanhope (condesa de Hertford), lady Denny y lady Fitzwilliam. Todas estas nobles eran cercanas a la reina y, si Anne confesaba que compartían sus creencias, ello les daría pie a condenarlas también por herejes y acercarse más a lograr la caída de la reina.

Pero como Anne rehusó hablar ni dar nombres, fue torturada en el potro con la intención de obligarla a hablar y, de paso, a arrepentirse de sus afirmaciones y creencias. Fue inútil: ni renunció a sus ideas, ni delató absolutamente a nadie. Durante el tormento, Anne se desmayó dos veces y se la reanimó cada vez. A sir Anthony Kingston, que era lugarteniente de la Torre, se le ordenó torturarla una tercera vez, pero se negó. Y es que existía una ley del reino que prohibía que una mujer fuese torturada, así que corrió a consultar al rey acerca de esta cuestión. Éste, sin embargo, consintió la tortura.

Pero mientras él estaba ausente, la tortura prosiguió y con tanta crueldad, que ha quedado constancia de que los gritos de dolor de Anne se oían desde el exterior de la Torre, en los patios y plantas adyacentes. El lord Canciller Wriothesley y sir Richard Rich se encargaron de torturarla personalmente, como ella misma escribiría después: “Entonces ellos me pusieron en el potro, porque no confesaba los nombres de damas y caballeros que compartieran mis opiniones, y así me tuvieron mucho tiempo; y como me quedaba quieta y no lloraba, milord Canciller y el maestro Rich se esforzaron en torturarme con sus propias manos, hasta que estuve casi muerta”.

Anne Askew torturada en el potro – Los Tudor (2007)

Después de este espantoso tormento y como solía suceder con las personas que han sido torturadas en el potro, Anne ya fue incapaz de caminar y de valerse por sí misma, al tener las articulaciones rotas y desencajadas. Con todo, su suplicio no había terminado. “Entonces el teniente logró que me liberaran del potro. Incapaz de contenerme, me desvanecí, y ellos me reanimaron. Luego permanecí dos largas horas sentada en el suelo, razonando con milord Canciller, el cual, con muchas palabras lisonjeras, pretendía que abandonara mis ideas. Pero mi Señor Dios -gracias sean dadas por su bondad eterna- me dio la gracia de perseverar, y lo haré, espero, hasta el final”.

“Luego fui llevada a una casa y me echaron en una cama, con los huesos tan cansados y doloridos como una vez los tuvo el paciente Job; gracias a Dios sean dadas por ello.” Nicholas Saxton, ex-obispo de Salisbury, la visitó y la urgió a cambiar de opinión, aconsejándole que se retractase, como él mismo había hecho en el pasado. “Entonces, milord Canciller me mandó a decir que si yo abandonaba mis opiniones, no debía temer nada; pero que si no lo hacía, sería enviada de nuevo a Newgate y quemada. Y le mandé a decir que prefería morir a quebrantar mi fe”. Y esto fue exactamente lo que ocurrió.

Quemada
Anne Askew empleó sus últimas horas en escribir minuciosamente una negativa a su retractación, para desmentir el rumor de que se había retractado. Las últimas palabras escritas por Anne son una oración: “¡Oh Señor, tengo más enemigos ahora que cabellos en mi cabeza! Pero tú, Señor, no permitas que me superen con vanas palabras, sino lucha Tú en mi lugar, pues en Ti pongo yo mi cuidado. Con todo el despecho que pueden imaginar, se abalanzan sobre mí, que soy Tu pobre criatura. Sin embargo, dulce Señor, no me dejes a merced de los que están en mi contra, porque en Ti está todo mi consuelo. Asimismo, Señor, te pido de corazón que sea Tu voluntad el mostrar tu bondad y tu misericordia: perdónales por la violencia que me hacen y que me han hecho. Abre tú también sus ciegos corazones, para que en lo sucesivo hagan lo que es recto ante Tus ojos, lo que es solamente aceptable por Ti, sin todas las vanas fantasías de los hombres pecadores. ¡Que así sea, oh Señor, que así sea!”

Anne Askew quemada en la hoguera. Grabado coloreado perteneciente al Book of Martyrs de John Foxe   (1869).

Anne Askew quemada en la hoguera. Grabado coloreado perteneciente al Book of Martyrs de John Foxe (1869).

Anne tuvo que ser llevada al lugar de su ejecución, en Smithsfield, sentada en una silla, pues sus dañadas piernas ya no podían sostenerla. Fue fijada a la estaca con gruesas cadenas en torno a su cuerpo, porque se resbalaba al no poder mantenerse en pie y las cuerdas no eran suficientes.

Las ejecuciones de herejes siempre generaban una gran expectación y había acudido tanta gente a presenciar la quema, que la multitud tuvo que ser empujada hacia atrás para que hubiese espacio suficiente para poder encender la pira. Unos amigos habían suministrado pólvora, que le fue colocada para acelerar su muerte: una serie de saquillos, colgados de su cuerpo y de los otros condenados.

Otros tres protestantes, entre ellos su amigo y tutor John Lascelles, fueron quemados junto a ella. Mientras amontonaban los haces de leña junto a ellos, el dr. Shaxton, un predicador, se acercó a ellos y dio inicio a su sermón. Anne prestó atención a las prédicas del sacerdote y replicaba; cuando estaba de acuerdo con él, así lo manifestaba; cuando oía algo con lo que disentía, exclamaba: “Ahí se ha equivocado, está hablando sin respetar el libro”. Cuando estuvo preparada la pira y terminó el sermón, los tres condenados empezaron a rezar. Se les ofreció una última oportunidad para obtener el perdón del rey si aceptaban retractarse de sus ideas. Anne ni siquiera echó un vistazo a los documentos que le presentaban, diciendo que no había sido llevada a la hoguera para negar a su Señor y Maestro. Los otros se adhirieron también a su afirmación.

Entonces, el lord alcalde dio orden de encender la hoguera mediante el grito Fiat iustitia! (“hágase justicia”). Anne y sus compañeros protestantes fueron quemados ante una enorme multitud. Era el 16 de julio de 1546, y ella tenía sólo 25 años de edad.

Con su muerte, Anne dio muestra una vez más del extraordinario coraje que había mostrado a lo largo de su vida. Y es que, a pesar de que estaba quemándose viva, mantuvo la compostura hasta que las llamas empezaron a lamerle el pecho, momento en que empezó a gritar. Afortunadamente su sufrimiento no duraría mucho más: los saquillos de pólvora, que estaban colgados de los cuerpos de los reos, explotaron cuando las llamas los tocaron, matándolos al instante.

Anne Askew quemada en la hoguera – Los Tudor (2007)

Memoria
Ya sabemos que los protestantes no rinden culto a los Santos, pero eso no significa que no conmemoren a sus mártires. Desde el principio se consideró a Anne Askew como una mártir de la fe luterana, quizá con más fundamento que otras mujeres contemporáneas -Ana Bolena, Lady Jane Grey- cuyas ejecuciones tienen más de político que de religioso, algo que no ocurre en el caso de Anne Askew.

Ya en el siglo XVII se le dedicaron muchas baladas, honrando su martirio. Thomas Fuller dijo de ella que “subió a los cielos en un carro de fuego”, haciendo alusión a la naturaleza de su muerte, pero también estableciendo un paralelismo con el profeta Elías. Precisamente por haber redactado de su puño y letra su proceso de interrogatorio y condena, su memoria se mantuvo siempre viva, experimentando un resurgimiento en época victoriana. John Foxe, en su Book of Martyrs, la incluyó entre los mártires conmemorados en dicha obra. Copias de sus Examinations fueron publicadas por este mismo autor en su obra Acts and Monuments (1563), que fue uno de sus mayores impulsores en recordarla como una mártir.

Las Examinations son, como decía, lo único que nos ha quedado de esta predicadora, puesto que sus cenizas fueron esparcidas, como se procedía con los restos de los que eran quemados por herejía. Pero se sabe también que fue poetisa y que compuso diversas baladas de carácter religioso, pues ella no podía desvincularse, como persona, de su profunda espiritualidad. No se conserva ninguno, salvo uno titulado I Am a Woman Poor and Blind (“Soy una mujer pobre y ciega”) que se atribuye a su autoría, y aunque no se puede asegurar al 100%, no cabe duda de que el poema se refiere a ella. En él hace examen de conciencia y desde una profunda humildad se pone en manos de Dios.

En una época en que a las mujeres no se les permitía tener voz propia, ella había sido una afamada predicadora. Puede que se la juzgue como imprudente, incluso insensata, pero a diferencia de otros, permaneció leal a sus amigos y a sus creencias hasta el final. No fue una víctima de las maquinaciones políticorreligiosas de la época -como sí lo fueron Ana Bolena y Lady Jane Grey-, sino una mujer determinada a manifestar sus opiniones y a aceptar las consecuencias de ello. Así lo había expresado a sus interrogadores y así lo cumplió.

Meldelen

Bibliografía:
– ASKEW, Anne, The Examinations of Anne Askew, editado por Elaine B. Veilin en Women Writers in English (1350-1850). Oxford University Press, 1996. Disponible en Google Play.
– FOXE, John, The Book of Martyrs
– FOXE, John, Acts and Monuments.

Consultado en línea (21/02/2013):
http://historysheroes.e2bn.org/hero/4265
http://www.exclassics.com/foxe/foxe209.htm

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