San Longino y el Beato Antonio de Amándola

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Escultura del Santo, obra de Gian Lorenzo Bernini. Basílica de San Pedro del Vaticano, Roma (Italia).

Promesa:
Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba hecho, para que se cumpliesen las Escrituras, dijo “Tengo sed”. Había una vasija llena de vinagre, así que empaparon una esponja en vinagre, la pusieron en una caña y se la acercaron a la boca. Después de haber probado el vinagre, Jesús dijo: “Todo está cumplido” e inclinando la cabeza, entregó su espíritu.
Los judíos, como era el día de la Preparación, para que no quedasen los cuerpos en la cruz el sábado, porque aquel sábado era muy solemne, rogaron a Pilatos que les quebraran las piernas y los retiraran. Fueron, pues, los soldados y quebraron las piernas del primero y del otro crucificado con él. Pero al llegar a Jesús, como lo vieron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua. El que lo vio lo atestigua y su testimonio es válido y él sabe que dice la verdad, para que también vosotros creáis. Y todo esto sucedió para que se cumpliera la Escritura: “No se le quebrará hueso alguno”. Y también otra Escritura dice: “Mirarán al que traspasaron”
. (Juan, 19, 28-37).

Introducción:
En mi viaje de peregrinación por Las Marcas en el año 2010, visité el Santuario del Beato Antonio Migliorati de Amándola. Hice algunas fotos, una de las cuales era una tabla pintada situada entre la iglesia y la capilla de las reliquias del Beato y que representaba a la Madre de Dios, el Bautista y un santo hasta ahora desconocido. Este artículo tiene como objetivo hablar de la iglesia Agustina y del beato de Amándola, pero también de ese cuadro.

Beato Antonio de Amándola:
El beato Antonio nació en Amándola, un pequeño pueblo al pie de los montes Sibilinos, el día 17 de enero del año 1355, siendo su padre Simpliciano Migliorati que era un agricultor de la zona, en la pendiente del Castillo Manardo, cercano a la abadía benedictina de los santos Vicente y Anastasio. Su familia era sencilla y pobre, pero rica en fe y en honestidad y su primera instrucción la recibió de los monjes benedictinos de dicha abadía cercana a su casa.

La religiosidad de sus padres y la educación recibida de los monjes hicieron nacer en él el ideal de su vocación y como había cercana una ermita de frailes agustinos, se inclinó a hacerse agustino. Con veinte años de edad afrontó el curso normal de su formación: noviciado, profesión y finalmente, ser ordenado sacerdote. Pronto se mostró como un hombre espiritualmente maduro, presto a ejercer el sagrado ministerio y celoso apóstol del Señor, fiel a la observancia religiosa, dedicado a la oración, las vigilias y la penitencia, alcanzando así la libertad interior que le llevó a dar primacía absoluta al amor de Dios y al servicio a la Iglesia, tomando como ejemplo a San Nicolás de Tolentino. La fama de santidad de Nicolás de Tolentino lo indujo a entrar en los agustinos de Amándola.

Fresco de la Virgen con el Niño entre San Juan Bautista (izqda.) y San Longino (dcha). Santuario del Beato Antonio de Amándola, Italia.

La santidad de este fraile se construyó sobre la continua donación de si mismo a Dios y a sus hermanos; en la oración encontraba la luz y la fuerza que transmitía en su ministerio: la Santa Misa, la predicación, la confesión, la dirección espiritual, el encuentro humano… todas eran oportunidades valiosas para extender a los demás su experiencia de Dios. Los tiempos eran difíciles, había que arremangarse para buscar a los mendigos, ayudar a los pobres, visitar a las familias, afrontar las negligencias y todas las formas de violencia. En el año 1464 el municipio le reconoció el título de defensor del pueblo porque él invitaba a todos a la pacificación incluso después de la muerte y porque se dedicaba a la prestación de toda ayuda tanto espiritual como material.

La leyenda cuenta como en Amándola detuvo a unas hordas de soldados que desde el camino del Ternna corrían hacia la ciudad para asaltarla. Se presentó con gesto de mando en la puerta de entrada de la ciudad y al instante los caballos pararon, los soldados se dieron a la fuga, los caballeros fueron tirados al suelo y se escaparon y el pueblo que estaba en las paredes de las murallas, lo consideraron un milagro. Cuando profesó sus votos y terminó sus estudios, fue ordenado sacerdote alrededor del año 1380.

Con treinta años, por obediencia tuvo que marchar a Tolentino para hacer de sacristán en la tumba de San Nicolás; allí permaneció doce años. En el año 1397, de Tolentino pasó a Puglia, tal vez por ser un buen predicador o incluso por ser un devoto del santo de Bari. Enriquecido con estas dos experiencias, en el año 1400, con cuarenta y cinco años de edad, el beato Antonio retornó nuevamente a Amándola. Su regreso fue un feliz acontecimiento para los habitantes de la ciudad ya que recuperaban a un benemérito conciudadano. Pronto se convirtió en un punto de referencia para cualquiera que buscase una solución a un problema. Podía vivir intensamente tanto la vida conventual como la participación en la iglesia y en la sociedad. Fue varias veces prior del convento de San Agustín, reedificó la iglesia y su popularidad sirvió para que muchos amandolenses cooperasen con él.

Tabla de la muerte del Beato Antonio de Amándola. Santuario homónimo, Italia.

Ante tantas iniciativas importantes no faltaron ni las preocupaciones, ni los problemas ni los sufrimientos, pero todo fue superado. Debido a su familiaridad con Dios, sus conciudadanos recurrían siempre a él, especialmente para obtener la lluvia; de ahí le ha venido el sobrenombre de “nubigero” e iconográficamente a veces se le representa con las manos entre las nubes entregando la lluvia adonde fuera necesario. Como era robusto físicamente, esto le permitió realizar frecuentes peregrinaciones a los santuarios marianos, primero a los más cercanos y posteriormente a los lejanos, como Loreto y Tolentino, a los cuales fue andando en el año 1432 cuando tenía setenta y siete años de edad.

Murió con noventa y cinco años el día 25 de enero de 1450. Muy pronto recibió culto y a los tres años se exhumó su cuerpo sacándolo de una fosa común, o sea, en 1453 fue quitado de donde estaba junto con otros frailes y colocado en un arca de madera puesto en un altar dedicado a su nombre, En 1641 fue puesto en un sarcófago de madera realizado por Domenico Malpiedi, pero este fue sustituido en el 1897 por un nuevo sarcófago de mármol que puede verse en el coro del convento. En 1798 unos soldados retiraron la cubierta del sarcófago e hicieron estrago; en 1899 fue cercada su cabeza con una corona de oro.

A los diez años de su muerte el consejo comunal tomó la decisión de celebrar su memoria y su culto fue oficialmente reconocido por el Papa Clemente XIII en el año 1759, adscribiéndolo en el catálogo de los beatos, reconociendo su culto “ab immemorabili”. Profanado su cuerpo por las tropas francesas en el año 1798, el 20 de abril del 1890 en Papa León XIII concedió indulgencia plenaria a cuantos visitasen su santuario. En el calendario agustino, su memoria litúrgica se celebra el 29 de enero y Amándola se encuentra muy ligada a él, festejándolo con una solemne novena desde el día de su nacimiento hasta el día de su muerte: desde el 17 al 25 de enero.

El convento y la iglesia:
Desde el 1301 la Orden de los Agustinos se estableció en aquel lugar, junto a la ladera de la colina Marrubione, una de las tres elevaciones que forman el territorio del municipio (Ferranti, 1985). La ermita primitiva, gracias a donaciones privadas y subvenciones municipales,  fue creciendo construyéndose el claustro y una monumental iglesia que fue sufriendo modificaciones a lo largo de los tiempos: la ampliación bajo el priorato de Antonio Migliorati (nuestro beato), la decoración barroca con estucos, frescos y figuras alegóricas que representan algunos de los milagros de la vida del Beato Antonio y que fueron realizados por Malpiedi entre los años 1606 y 1612 y por último los remates realizados en el siglo XVIII que cambiaron drásticamente el estilo del edificio con el alargamiento del cuerpo hacia la plaza y la renovación completa del interior, hecha en estilo neoclásico por el arquitecto Pietro Maggi entre los años 1758 y 1782.

Actualmente, una amplia escalera inclinada va desde el pavimento de la iglesia hasta la calle y es el resultado de los trabajos de reordenación de la plaza, hechos en el siglo XIX. La planimetría del edificio consta de una nave con techo abovedado en correspondencia con el presbiterio y un pequeño crucero iluminado por las ventanas de la linterna octogonal, que está pintado por el tolentino Francesco Ferranti (1873-1951), obra que se realizó a principios del siglo pasado. Externamente aparece como un bloque sólido de altos muros cubierto por las “costillas” y un campanario, terminado en el año 1464 por Pietro Lombardo (1435-1515), estando como culminación de esa masa arquitectónica, una cúspide octogonal. El ábside es la parte más antigua del edificio y se ha constituido como el primer piso de la torre del campanario.

De la estructura original sigue siendo el trabajo del pórtico, obra de  “MARINUS CEDRINUS VENETUS SCULTOR MCCCCLXVIII”, como aparece en la fachada del arco, decorada con racimos de uvas alternando con hojas de vides. El arco descansa sobre unas columnas retorcidas y pilastras con capiteles de mármol travertino adornado con hierbas. En la fachada vertical exterior están tallados dos amorcillos jugando con una trompeta, estando a la izquierda Santa Mónica y a la derecha San Agustín. Aparecen también algunas herramientas de zapatero que sugieren al probable cliente: JOHANNES (de) VANNIS, que pertenecía al gremio de los zapateros. Una vidriera que representa al Beato Antonio, fue encargada al Instituto de pintura de Mónaco en el año 1900 (Marozzi, 1997).

De Francesco Ferranti es “el triunfo del Beato Antonio” que domina el centro del ábside, mientras que “una vocación del Beato” y “una Virgen de la Cinta” adornan los dos primeros altares laterales (1906-1908). También en el ábside hay algunas escenas del pintor camerinese Orazio Orazi, que representan “los milagros del Beato”. Hay restos de un coro de madera del siglo XV y en el centro, en un nicho protegido por una reja de hierro, una “Pietà” de cerámica de principios del siglo XV. En el año 1888, tras el arreglo de la carretera de Macerata, el monasterio sufrió una fuerte reestructuración para no poner en peligro su estructura; restos de la decoración antigua de las lunetas, del siglo XVII, pueden verse ahora a lo largo del pasillo que conduce a la nueva capilla del Beato Antonio, recogida de debajo del claustro original.

Longino traspasa el corazón de Jesús. Estampa devocional popular.

San Longino y Amándola:
El Martirologio Romano, en la lista oficial de los santos y beatos venerados por la Iglesia Católica, el día 16 de octubre recuerda: “En Jerusalén, la conmemoración de San Longino, venerado como el soldado que abrió con una lanza el costado del Señor crucificado”.

Longino, es un santo del cual hablan muchos textos antiguos, entre ellos los sinaxarios orientales, los Evangelios, las cartas de los Santos Padres, loe evangelios apócrifos y los martirologios, tanto los orientales como los occidentales. Estas fuentes han dado vida a tres personajes con los cuales se identifica a Longino:
– Un soldado que con un golpe de lanza abrió el costado de Cristo en la cruz y cuyo nombre (Longino) deriva precisamente de lanza. “Uno de los soldados con una lanza le traspasó el costado e inmediatamente salió sangre y agua” (Juan, 19, 34)
– A un centurión que estaba presente en la muerte de Jesús y que conmovido por lo que vio, afirmó la divinidad de Cristo, siendo la única voz favorable entre aquel coro de insultos y escarnios. “El centurión y los que estaban con él haciendo guardia ante Jesús, al ver el terremoto y lo que estaba pasando, se llenó de asombro y dijo: Verdaderamente, este era el Hijo de Dios”. (Mateo, 27, 54)
– Un centurión que estaba al mando de la guardia de soldados que custodiaban la tumba del crucificado y que, según algunos textos, serían los mismos que asistieron a la crucifixión. “Mientras ellas iban, algunos de la guardia fueron a la ciudad y dieron aviso a los sacerdotes de todas las cosas que habían acontecido. Y reunidos con los ancianos y habiendo consejo, dieron mucho dinero a los soldados diciéndoles: Decid vosotros: “sus discípulos vinieron de noche y lo robaron estando nosotros dormidos. Y si esto lo oyere el gobernador, nosotros le persuadiremos y os pondremos a salvo”. Y ellos, cogiendo el dinero, hicieron conforme se les había ordenado. Este dicho se ha divulgado entre los judíos hasta el día de hoy”. (Mateo, 28, 11-15)

En Oriente, Longino es el centurión que reconoció la divinidad de Jesús y que custodió el sepulcro, mientras que en Occidente, es el soldado que atravesó con su lanza el costado de Cristo, pero también el centurión que reconoció su divinidad bajo la cruz. Después del encuentro con Cristo en el momento de su Glorificación en la Cruz. “Mirarán a Aquel a quién traspasaron”, tanto en la tradición Oriental como en la Occidental, Longino abandonó la actividad militar, se instruyó en la fe de los apóstoles y marchó a Cesarea de Capadocia (de donde quizás, según algunas versiones, era nativo), donde llevó una vida santa, evangelizando a los gentiles y finalmente muriendo mártir por decapitación.

La “passio” del mártir es diferente en función de las dos tradiciones mencionadas anteriormente: en la occidental él es un soldado isaurico (de la región de Isauria, al sur de la península de Anatolia) que fue detenido y procesado por el gobernador de Cesarea de Capadocia, Octavio, que a su vez también se convierte junto con su secretario Afrodicio y que también murieron como mártires. En la tradición oriental, él era nativo de Cesarea, adonde se retiró a una casa paterna y a continuación, instigado por los judíos, el gobernador Poncio Pilato lo denunció al emperador como un militar desertor, siendo asesinado por dos sicarios; la cabeza del mártir fue llevada a Jerusalén y mostrada a Pilato que la arrojó a la basura. Fue recogida por una viuda ciega que, milagrosamente, recuperó la vista.

El primer texto literario que habla de Longino es una carta de San Gregorio Niceno (m. 394), que lo define como evangelizador de la Capadocia como otros apóstoles que también estaban por aquellas regiones. Según una cierta tradición local, la ciudad de Mantova lo considera su evangelizador y que donó la reliquia de la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo que es guardada en la iglesia mantovana de San Andrés, suponiéndose que fue martirizado en aquel lugar. Según esta tradición, una iglesia llamada Santa Maria en Campo Santo estaría ya allí en época paleocristiana, cercana al lugar donde dieron testimonio supremo tanto Longino como otros mártires. Estas noticias legendarias provienen del año 1256.

En el arte se le ha representado en la escena de la crucifixión, con lanza o sin ella, con armadura o sin ella en relación al hecho de que había abandonado el ejército para vivir como “soldado de Cristo”. La obra más famosa es la escultura de Bernini que se encuentra en la Basílica de San Pedro en Roma, en la base de uno de los cuatro grandes pilares que sostienen la gran cúpula y el espacio que rodea el altar con el baldaquino. Una obra desconocida y curiosa es esta tabla mencionada antes y que se guarda junto al santuario del Beato Antonio, en Amándola (FM), que lo representa en una sagrada conversación con San Juan Bautista y la Virgen con el Niño Jesús. En la escena, el Bautista muestra al Santo Niño el Cordero de Dios: “Ecce Agnus Dei”, como recita un libro que lleva en la mano. Sin embargo, el otro personaje parece San Longino, no representado como soldado, pero teniendo en la mano una lanza y dos curiosos símbolos: un libro (símbolo de la evangelización en Capadocia o en Mantova) y un corazón. El corazón es en realidad, el Corazón de Cristo (el Sagrado Corazón de Jesús), caracterizado por la herida de la lanza mostrándoselo el santo al Santo Niño, que lo mira. Y en esa obra está la relación entre los dos personajes. Ese corazón es el Corazón de Cristo, el corazón del Cordero de Dios que tanto ha amado a los hombres y que Longino había herido pero reparado en su obra de evangelización.

El centurión que estaba delante de El, al verlo expirar de aquel modo, dijo: Verdaderamente, este hombre era el Hijo de Dios (Mateo, 15, 19).

Damiano Grenci

Bibliografía y webs:

  • AA. VV. – Biblioteca Sanctorum (Enciclopedia de los Santos) – Voll. 1-12 e I-II apéndice – Ed. Città Nuova
  • C.E.I. – Martirologio Romano – Libreria Editrice Vaticana – 2007 – pp. 1142
  • Grenci Damiano Marco – Archivo privado iconográfico y hagiográfico: 1977 – 2011
  • Sitio web de comuneamandola.it
  • Sitio web de cassiciaco.it

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