San Antonio María Claret: español misionero en Cuba

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Óleo de San Antonio María Claret

Nació en Sallent (Barcelona) el día 23 de diciembre del año 1807; era el quinto de once hermanos siendo sus padres Juan Claret y Josefa Clará. Como la madre cae enferma, se tiene que hacer cargo del niño una nodriza que vivía en Santa María de Oló. Una noche se hunde la casa de la nodriza matando a todos los que allí se encontraban durmiendo. Casualmente, aquella noche Antonio se había quedado con sus padres. El consideró siempre que esta había sido una señal de la Divina Providencia. Era un niño despejado, inteligente, de buen corazón, que jugaba, estudiaba, crecía… y desde pequeño tuvo dos grandes amores: la Eucaristía y la Virgen. Su debilidad, los libros.

La adolescencia la pasó en el taller de su padre, que era tejedor, haciéndose Antonio un verdadero maestro en el arte textil. Marcha a Barcelona y se matricula en la Escuela de Artes y Oficios de la Lonja, trabajando de día y estudiando de noche. Consigue ser un buen trabajador y un buen estudiante.

Viendo como era, un grupo de empresarios le proponen fundar una compañía textil que ellos financiarían, pero Antonio se niega y lo hace porque le habían ocurrido tres cosas: un compañero ingresa en prisión, la mujer de un amigo se le insinúa y se libra de ser arrastrado por una ola gigantesca en el mar barcelonés y él piensa y medita las palabras del evangelio: “De qué vale al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma” (Mt. 16, 26) y así, empieza a frecuentar el Oratorio de San Felipe Neri e incluso le dice a su padre que quiere ser cartujo.

Don Pablo de Jesús Corchera, obispo de Vic, se entera y lo llama y con veintiún años entra en el seminario. Allí se hace amigo del que sería gran filósofo y famoso escritor, Jaime Balmes que entonces era diácono. Se ordena de sacerdote con ventisiete años el día 13 de junio del año 1835 y canta su Primera Misa en su pueblo natal siete días más tarde. Ese sería también su primer destino como sacerdote.

Ese año muere el rey Fernando VII y las Cortes suprimen los institutos religiosos, se incautan de los bienes de la Iglesia y queman conventos y templos: es la denominada desamortización de Mendizábal. Se sublevan en Navarra, Cataluña y el País Vasco y comienza la guerra civil entre los carlistas y los isabelinos. Aun en el ambiente hostil de su ciudad, Antonio no se muestra jamás como político, solo como sacerdote entregado con una caridad sin límites.

Cuando tiene treinta y un años de edad marcha a Roma a inscribirse en la Congregación Propaganda Fide con el fin de hacerse misionero. En Roma hace los ejercicios espirituales de San Ignacio de Loyola e intenta hacerse jesuita, pero por problemas en una pierna tiene que abandonar el noviciado y marchar de nuevo a España. Lo nombran coadjutor de Viladrán, en Gerona. Pero con treinta y tres años, recibe desde Roma el título de “misionero apostólico” por lo que puede “misionar”, hacer misión por toda Cataluña instalando su sede en Vic.

El padre Claret predica por toda Cataluña: Solsona, Gerona, Tarragona, Lérida, Barcelona. De él se cuentan muchas anécdotas como misionero por tierras catalanas. Da ejercicios espirituales al clero, religiosos y religiosas. Se los da a la mismísima Santa Joaquina de Vedruna, en Vic, en el año 1844. Publica folletos, revistas, libros; siendo el más notable el denominado “Camino recto”, publicado en 1843 y que se convierte en el libro piadoso más leído durante todo el siglo XIX.

Primitiva urna con los restos de San Antonio María Claret. Casa de Espiritualidad Claret, Vic (Barcelona, España).

En el año 1847 funda una librería religiosa, funda la Archicofradía del Corazón de María, escribe los estatutos de la Hermandad del Santísimo e Inmaculado Corazón de María, que estará formada por sacerdotes y seglares. Importantes hombres de la historia eclesiástica catalana del siglo XIX fueron discípulos suyos: San Francisco Coll,  Esteban Sala,  Manuel Subirana, Manuel Villaró y Domingo Fábregas.

También se convertirá en el apóstol de las Islas Canarias, porque el día 6 de marzo de 1848 marcha a Madrid, de allí a Cádiz y embarca rumbo a Canarias con el obispo Don Buenaventura Codina. Tenía cuarenta años de edad. Misionó prácticamente en todas las islas: Puerto de la Cruz, Teide, Agüimes, Gáldar, Guía, Firgas, Teror, etc. en las plazas, sobre los tablaos, en el campo, al aire libre y así durante quince meses, transcurridos los cuales, en mayo de 1849 vuelve a su Cataluña natal.

El día 16 de julio de 1849, funda en el Seminario de Vic la “Congregación de Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María”, los Claretianos. Cofundadores con él fueron los sacerdotes Esteban Sala, José Xifré, Manuel Vilaró, Domingo Fábregas y Jaime Clotet.

Debido a su fama es nombrado arzobispo de Santiago de Cuba y él intenta renunciar porque ve en peligro su fundación. Finalmente acepta y con cuarenta y dos años de edad, es consagrado en Vic el día 6 de octubre del año 1850. Su lema sacerdotal: Charitas Christi urget nos (“El amor de Cristo nos apremia”). En Madrid recibe el palio como arzobispo y la Gran Cruz de Isabel la Católica; posteriormente visita El Pilar, el monasterio de Montserrat y su Virgen de Fusimaña, en su pueblo y antes de marchar a Cuba funda el Instituto de las Hijas del Inmaculado Corazón de María.

En Barcelona embarca rumbo a Cuba y allí estará como obispo seis años, llevando a cabo una importante labor social y religiosa, luchando contra la injusticia social, contra la discriminación racial y enfrentándose a los capataces acostumbrados a utilizar el látigo en el trabajo. Se cuenta una anécdota curiosa reprendiendo a un rico racista. Coge dos trozos de papel, uno blanco y otro negro, los quema y mezcla luego las cenizas. ¿Puedes distinguirlos? le pregunta al rico y le dice: “Pues así de iguales somos todos los hombres ante Dios”. Funda parroquias, crea escuelas técnicas y agrícolas, propagó las cajas de ahorro y fundó varios asilos y allí en Cuba, con la Madre Antonia Paris, funda la Congregación de Religiosas de María Inmaculada (Misioneras Claretianas).

El 18 de marzo de 1857, seis años después, la reina Isabel II lo llama a Madrid y poniendo tres condiciones, acepta muy contrariado ser el confesor de la reina: no vivir en palacio, no implicarse en política y absoluta libertad de acción apostólica. Ya tiene cuarenta y nueve años y ha de permanecer en Madrid once años más. En Madrid predica pero también lleva toda una imparable actividad misionera por la Mancha, Alicante, Valencia, León, cuenca asturiana del carbón, Galicia, Baleares, Cataluña, Aragón y Andalucía. Llega a predicar hasta catorce sermones en un solo día.

Desde 1859 a 1868 fue Presidente del Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial y repara el monasterio, basílica y jardines, restaura la biblioteca y adquiere material científico para los gabinetes de Física y laboratorios de Química. Pero siendo esto importante,  no es lo más importante para él y emprende la restauración espiritual: crea una Universidad Eclesiástica en la que se imparten Humanidades, Lenguas modernas, Ciencias naturales, Arqueología, Filosofía y Teología, Lenguas clásicas, etc.

Urna actual con los restos del Santo. Casa de Espiritualidad Claret, Vic (Barcelona, España).

Escribió noventa y seis obras: quince libros y ochenta y un opúsculos, que editaba, pero no vendía: los regalaba. Todo el dinero que a él llegaba por sus cargos, donativos y limosnas lo dedicaba a editar los libros que luego regalaba. “Un libro es la mejor limosna”; por eso al principio del artículo dije que su debilidad eran los libros. En el año 1858 fundó la Academia de San Miguel.

Fue director espiritual de Santa María Micaela del Santísimo Sacramento y de Santa Joaquina de Vedruna. Dedicaba muchísimo tiempo a la oración, era muy sobrio en las comidas, dormía solo seis horas, por la mañana confesaba y escribía y dedicaba las tardes a la predicación, visitas a colegios, hospitales y cárceles. Practicó una pobreza ejemplar llegando a empeñar su pectoral para dar el dinero como limosna, era un hombre muy activo y al mismo tiempo un místico, fue difamado e incluso sufrió diversos atentados. Fue uno de los hombres públicos más perseguido del siglo XIX: acusado de influir en la política, de pertenecer a la camarilla de la reina, de poco inteligente, de ambicioso e incluso de ladrón. Él sufrió todo esto con una admirable paciencia.

El día 15 de julio del año 1865, el Gobierno de España se reúne para conseguir que la Reina firme el Reconocimiento del Reino de Italia, que equivalía al expolio de los Estados Pontificios. Claret advierte a la Reina que eso es un grave delito y que si firma, él se va. La Reina firmó y Antonio no quiso ser cómplice quedándose en la Corte y se fue a Roma. El Beato Papa Pío IX,  lo consuela y le ordena volver a la Corte, a Madrid. El 18 de septiembre de 1868 es destronada Isabel II y tanto la Familia Real como su confesor fueron desterrados a Francia. El 30 de marzo de 1869, se separa definitivamente de la Reina y se va a Roma.

Fue padre conciliar en el Concilio Ecuménico Vaticano I, siendo el único padre conciliar actualmente canonizado. El 23 de julio de 1870 marcha a Prades, en el pirineo francés y allí cae gravemente enfermo. Lo quisieron prender pero huyó al monasterio cisterciense de Fontfroide. El día 4 de octubre sufre un derrame cerebral y el día 8 recibe los últimos sacramentos. Con sesenta y dos años de edad, el día 24 de octubre de ese mismo año, muere rodeado de sus religiosos y amigos. Fue enterrado en el cementerio del monasterio y en su tumba se puso el siguiente epitafio: “Amé la justicia y odié la iniquidad; por eso muero en el destierro”.

Desde el año 1897 sus restos descansan en Vic (Barcelona). Fue beatificado por el Papa Pío XI el día 25 de febrero de 1934 y canonizado por el Papa Pío XII, el día 7 de mayo del año 1950. En su canonización, dijo el Papa: “San Antonio María Claret fue un alma grande, nacida como para ensamblar contrastes: pudo ser humilde de origen y glorioso a los ojos del mundo. Pequeño de cuerpo, pero de espíritu gigante. De apariencia modesta, pero capacitadísimo para imponer respeto incluso a los grandes de la tierra. Fuerte de carácter, pero con la suave dulzura de quién conoce el freno de la austeridad y de la penitencia. Siempre en la presencia de Dios, aun en medio de su prodigiosa actividad exterior. Calumniado y admirado, festejado y perseguido. Y, entre tantas maravillas, como una luz suave que todo lo ilumina, su devoción a la Madre de Dios”.

Antonio Barrero

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es