Las apariciones marianas en Garabandal

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Dibujo de la Virgen aparecida en Garabandal siguiendo las descripciones de las niñas videntes.

San Sebastián de Garabandal se encuentra en el interior de Cantabria. Es una pequeña aldea en los montes cántabros, donde el 18 de junio de 1961 ocurrieron unos hechos de gran trascendencia para la población.
Esa tarde, cuatro niñas llamadas Conchita, Loli, Mari Cruz y Mari Loli penetraron en un pequeño huerto en las afueras de la población propiedad del maestro, con la intención de apropiarse de unas cuantas manzanas. Su meta era utilizar dichas manzanas para arrojarlas contra las personas que iban esa noche a un baile, escondidas tras unos arbustos. Pero no llegaron al huerto.

Al llegar a una calle que daba salida al pueblo, las cuatro niñas sintieron un frío intenso y quedaron paralizadas con gran temor. Un fuerte estruendo se produjo frente a ellas, seguido de la aparición de un ser que identificaron como el Arcángel San Miguel. La aparición la contemplaron por espacio de unos minutos hasta que desapareció tan súbitamente como había aparecido.
Con las dudas y sentimientos a flor de piel las niñas decidieron al día siguiente personarse en el mismo lugar con un rosario entre las manos para mostrar su buena voluntad, pero nada ocurrió.

Volvieron al cabo de dos días, ya acompañadas de un grupo de personas cuando de nuevo se produjo la aparición del misterioso ser al que ellas habían identificado con San Miguel Arcángel. Desgraciadamente y como ocurre en otro tipo de apariciones, sólo las cinco niñas podía observarlo, no viendo nada los presentes que las acompañaron.
Este ser, como en la primera aparición, se limitó a observarlas sin pronunciar ni gesticular movimiento alguno. Finalmente parece ser que las niñas entablaron conversación con el supuesto Arcángel, entrando en aparente éxtasis e irradiando felicidad sus rostros.

La gran sorpresa llegaría el día 2 de julio, pues multitud de personas, ya llegadas de otras poblaciones acudieron a la cita de las cuatro niñas con el misterioso ser. Huelga decir que entre los que acompañaban al grupo de niñas había dos grupos: los que trataban de echarlas por tierra y los que creían firmemente que aquello era de procedencia divina.

Retablo cerámico que marca el punto donde se produjeron las presuntas apariciones de San Miguel Arcángel en Garabandal, Cantabria (España).

A las 3 de la tarde se celebró una reunión en la parroquia del pueblo en la que se rezo el rosario y a las seis de la tarde la multitud emprendió el camino hacia la calleja al final del pueblo, lugar de las apariciones. Cuatro postes delimitaban el lugar exacto en el que días atrás se había producido la primera manifestación.

En esta ocasión San Miguel Arcángel, junto con otro ser alado de grandes alas rosadas, cubierto de vestiduras azules (al que las cuatro niñas no lograron identificar) acompañaban a una bellísima Señora, de pelo castaño oscuro, rasgos muy sutiles, vestida de blanco, con un manto azul claro y sobre la cabeza una corona con estrellas de oro. La bella Señora fue identificada como la Virgen del Carmen (¡!) y se desplazaba de un lado a otro sin mover los pies, como si flotara. Posteriormente una de las niñas, Conchita González, relataría en su diario lo ocurrido ese día: «Nos fuimos para la Calleja a rezar el Rosario y sin llegar allí se nos apareció la Virgen con un Ángel a cada lado. Uno era San Miguel, pero el otro no lo sabemos…»

En torno a los éxtasis de las niñas el sacerdote Ramón Andreu confeccionó con profusión de detalles un informe que posteriormente remitiría al Obispo de Santander, Monseñor Aldázal. Un extracto del mismo dice así: «Pese a haber intentado sacar a las niñas de su éxtasis, con dolorosos cortes, golpes secos y hasta quemaduras, ellas permanecían insensibles a todo. No percibían nada de cuanto les rodeaba». Todas estas pruebas tuvieron un gran número de testigos, presentes cuando se realizaron.

El día 27 de julio se produjeron dos nuevas apariciones. En esa ocasión un ángel anuncio a las niñas que a las ocho en punto de la tarde recibirían a San Miguel Arcángel. Por espacio de 85 minutos, mientras duraba la aparición, las niñas permanecieron extendidas en el suelo, rígidas, como pesos muertos, sin que nadie pudiera mover tan pequeños cuerpos.

Las cuatro niñas videntes de Garabandal, arrodilladas en oración y dirigiendo su mirada hacia las presuntas apariciones.

El 8 de octubre a San Sebastián de Garabandal acudieron unas cinco mil personas procedentes no solo de esa región y otras partes de España, sino incluso del extranjero a donde habían llegado las noticias de las presuntas apariciones. Empezaron las curaciones milagrosas, «danzas del sol», aromas embriagadores, etc.

Las apariciones continuaron durante años. El 30 de noviembre de 1965 la Virgen transmitió un mensaje importante a las niñas, cuyo destinatario era ni más ni menos que el Papa Beato Pablo VI. Dos meses más tarde una de las niñas (ya adolescente), Conchita, viajaba a Roma y era entrevistada durante más de dos horas por el Tribunal de la Congregación de la Fe y posteriormente recibida en audiencia por el Sumo Pontífice al que entregó el mensaje de la Virgen.

El Obispado jamás lo consideró como una auténtica aparición mariana y prohibió el culto en aquel lugar, prohibiendo a fieles, monjas y curas acudir allí. Pasados cinco años parecía que el tema de las apariciones ya apenas era recordado, aunque había gente que seguía acudiendo al lugar.

El 4 de abril de 1970 entró en escena el estrafalario Clemente Rodríguez, vidente y pontífice de El Palmar de Troya, que acudió a San Sebastián de Garabandal en un acto de hermanamiento. Allí, en el lugar de las apariciones cayó en aparente éxtasis y dijo recibir la comunión mística de las mismas manos de la Madre de Dios.

Vista de la rudimentaria capilla levantada en el lugar exacto de las presuntas apariciones. Garabandal, Cantabria (España).

El 18 de octubre de 1972, a las dos de la mañana, la joven Conchita sufrió un repentino ataque de histeria y se dirigió a toda velocidad al lugar de los hechos, cayendo de bruces, semi-inconsciente por espacio de unos minutos. La sorpresa de los que allí acudieron fue tremenda cuando vieron que en la boca de Conchita (suponemos que en la lengua) se iba formando algo similar a una Sagrada Forma. La misma Conchita contaría poco después que fue la presencia del Arcángel San Miguel en su habitación la que le impulsó a acudir a la callejuela.

El Obispado de Santander, tras estudiar los hechos, comunicó que en San Sebastián de Garabandal no ocurría nada sobrenatural. Sin embargo, décadas mas tarde se descubrió que no hubo ninguna comisión ni investigación en profundidad. El Doctor Ricardo Pucernau (director del departamento de Neurología Clínica Universitaria de Patología General) en una carta remitida al reverendo norteamericano Joseph Pelletier, exponía rotundamente las conclusiones a las que había llegado tras estudiar minuciosamente a las cuatro jóvenes.

Vista de una diminuta capilla con la imagen de la Virgen presuntamente aparecida en San Sebastián de Garabandal, colocada en un árbol.

En palabras textuales, decía: «…totalmente imposible aceptar científicamente que se pueda tratar de un juego de niñas. Solo con ver los documentos gráficos que se poseen, queda descartada esta suposición. No se encuentra sin embargo, desde un punto de vista científico-médico, una explicación satisfactoria a la totalidad de los hechos, tanto fisiológicos, psicológicos como parasicológicos de los extraños fenómenos de Garabandal».

A día de hoy, San Sebastián de Garabandal es un lugar de peregrinación masivo, con una afluencia de miles de personas en fines de semana y donde los sacerdotes administran el sacramento de la confesión en plena calle.

Sobre los mensajes de La Virgen he preferido no incluir ninguno y que los que deseen saber de ellos se dirijan a: www.virgendegarabandal.org. Ahí los podréis leer en su totalidad.

Abel

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La Protección de la Virgen Santísima, Madre del Señor

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Icono ortodoxo griego de la Virgen sosteniendo su Velo (omophorion) durante su aparición en la iglesia de Blaquerna, Constantinopla.

Entre las festividades orientales dedicadas a la Santa Madre de Dios es posible distinguir entre las que tienen relación con las acciones de la Santa Virgen durante su vida mortal y su posterior actividad entre los creyentes cristianos. En la primera categoría podemos incluir su Natividad, la Presentación en el Templo, la Anunciación, Natividad de Nuestro Señor y, por supuesto, la Dormición de la Santa Virgen. En la segunda categoría pueden incluirse un número de milagrosas apariciones -como la de la iglesia de Blaquerna de Constantinopla, probablemente en los años 20 del siglo X- o algunos otros milagros como la derrota de los árabes y eslavos que asediaron Constantinopla; y no cabe olvidar diversas curaciones milagrosas, incluso resurrecciones de entre los muertos, milagros que son recordados en algunos himnos dedicados a Ella, como el Akathistos y la Paraclísis de la Madre de Dios.

La fiesta ortodoxa más impresionante en honor de la Virgen María, perteneciente a la segunda categoría, es sin duda la Protección de la Theotokos, celebrada el 1 de octubre, y adicionalmente el 28 de octubre es las Iglesias Griegas. Más conocida como la Pokrov en los países eslavos, Acoperamantul Maicii Domnului en Rumanía o Skepi en Grecia y Oriente, la fiesta trata acerca de la milagrosa aparición de la Santa Madre de Dios en la iglesia bizantina de Blaquerna, pero también tiene que ver con una santa reliquia conocida como el Velo de Nuestra Señora. Además, el vocablo griego skepi lo mismo significa “protección” que “velo”.

La historia de una milagrosa aparición
La fiesta de la Protección se celebra en relación con la extraordinaria vida de un loco por Cristo, San Andrés de Constantinopla. Su biógrafo, el sacerdote Epifanio de la catedral de Santa Sofía, hizo notar que Andrés tenía ascendencia eslava y era esclavo en la corte de un noble de Constantinopla. Una noche él recibió el mandato divino de actuar como un loco para cumplir una misión especial. A partir de ese momento, Andrés vivía en las calles o bajo los pórticos de las iglesias, junto a los mendigos, vagabundos y prostitutas, haciendo a primera vista cosas estúpidas, pero en realidad tratando de devolver a la fe muchos pecadores.
Después de un tiempo viviendo así, se hizo amigo de Epifanio, un sacerdote de la catedral a quien confesó su auténtica identidad y el significado de sus actos. Poco después Epifanio se convirtió en “aprendiz” de Andrés, quien le contó sus visiones y le enseñó el auténtico modo de vida cristiano.

Fresco ortodoxo griego de la aparición de la Theotokos en la iglesia constantinopolitana de Blaquerna. Monasterio Govora, Rumanía.

El Sinaxario Griego para la Fiesta de la Protección de Nuestra Señora afirma que San Andrés, junto con Epifanio, participó en una vigilia nocturna el día 1 de octubre, noche del sábado al domingo, en la iglesia de Blaquerna, un importante lugar de peregrinación en Constantinopla, construido en torno a 450 por la emperatriz Pulqueria. La oración especial tenía su razón de ser en la amenazada libertad de la ciudad, sometida a un ataque bárbaro. No queda clara la identidad de los atacantes.

Eso sucedió “en tiempos del emperador León el Sabio” (refiriéndose a León IV, 886-912). Hacia las cuatro de la madrugada, Andrés alzó sus ojos al cielo y vio, junto a su discípulo, que la Virgen María estaba allí, suspendida en el aire, rodeada de luz y orando, su rostro anegado de lágrimas. En la visión, que no era sólo visible para Andrés y Epifanio, sino también para otros que estaban allí en la iglesia, la Santa Virgen estaba rodeada de ángeles, junto con San Juan Evangelista y San Juan Bautista. Su oración está citada en el himno Akathistos de la Protección de la Theotokos. En el Sinaxario dice así: “Padre celestial, recibe a todos los que te glorifican y pronuncian Tu Santo Nombre en todo lugar. Santifica los lugares donde mi nombre es recordado y glorifica a quienes te glorifican y me honran a mí, Tu madre. ¡Recibe todas sus oraciones y promesas y líbralos de todos los males y necesidades!” Después de terminar su oración, Ella caminó hacia el altar y siguió orando. Poco después, el peligro se extinguió y la ciudad se salvó una vez más. Después de un instante, Ella se quitó el velo (omophorion o mandylion) y lo desplegó sobre toda la gente congregada en la iglesia, como signo de su protección. Entonces San Andrés se volvió hacia su discípulo, Epifanio, que estaba junto a él, y le preguntó: “¿Ves, hermano, a la Santa Theotokos rezando por todo el mundo?” y Epifanio respondió, “¡Sí, Santo Padre, la veo y estoy maravillado!”.

Relicario con un fragmento del velo de la Virgen. Iglesia de San Josafat, Detroit (EEUU).

La historia ampliada de la celebración
La celebración de la Protección de la Theotokos en este día tiene su motivo en algo más que este evento aislado. Se podría decir que está más bien conectada con diversas salvaciones milagrosas de la ciudad de Constantinopla, en peligro debido a muchas invasiones extranjeras. La primera vez que la capital del Imperio Bizantino fue asediada, fue en 626 a manos de los persas y los escitas, durante el reinado de Heraclio. Tras una procesión con los iconos y una reliquia de la Virgen María (probablemente su velo; pues su túnica, velo y parte del cinturón habían sido traídas desde Palestina por orden de León I en 473), una repentina tormenta dispersó la flota enemiga en el Cuerno de Oro, cerca de la iglesia de Blaquerna, y Constantinopla se salvó. En honor a este suceso, el patriarca Sergio (o, según otros, el diácono Jorge Pisida) compuso el famoso himno Akathistos.

Los árabes asediaron la ciudad en 717-718, pero perdieron la batalla de un modo similar, y más tarde la gente de Rus – los ancestros de los rusos -, liderados por Askold y Dir en 860, según las Crónicas Primigenias. El patriarca Focio y el emperador Miguel encabezaron una vigilia nocturna en la iglesia de Nuestra Señora de Blaquerna. El cronista dice que “el tiempo estaba estable, y el mar estaba en calma, pero un fuerte viento se levantó, y cuando grandes olas se alzaron enfrente, confundieron los barcos de los paganos de Rus, los lanzó a la costa y los destruyó, de modo que pocos escaparon a tal destrucción y regresaron a su tierra natal”. Según Néstor, la fiesta de la Protección celebra la destrucción de esta flota en algún momento del siglo IX, lo que no puede ser correcto, ya que San Andrés vivió a principios del siglo X.

En cualquier caso, según la tradición rusa, se cree firmemente que los bárbaros que cercaron Constantinopla en tiempos de San Andrés procedían de Kievan-Rus. Los hechos históricos establecen que en 907 la capital bizantina fue atacada por las tropas de Oleg de Novgorod, quien reclamaba para su gente derechos especiales de comercio con el Imperio. León lo combatió y la ciudad se salvó, pero ellos volvieron a atacar en 911, y entonces el tratado se firmó. El 1 de octubre de 907 era sábado, lo que confirma la información.
Por último, la protección de la Theotokos sobre Constantinopla tiene relación con una potencial invasión búlgara en 926, cuando el zar Simeón fue disuadido de atacar la ciudad después de que le fue mostrado el Santo Velo.
Es interesante hacer notar que la Fiesta de la Protección empezó a ser celebrada en el siglo XII por los rusos, la gente que en aquella época atacó Constantinopla. La celebración se expandió por todo el cristianismo oriental, pero hasta hoy su importancia destaca especialmente en los países ortodoxos de lengua eslava.

Vista del bellísimo relicario que contiene el cinturón de la Virgen. Monasterio Vatopedi, monte Athos (Grecia).

La reliquia del Velo Protector
Parece ser que el Velo Protector es un omophorion, similar a una corbata. Su forma está atestiguada por su representación en los iconos. Los obispos ortodoxos llevan un omophorion como símbolo de la plenitud del poder jerárquico.
El Velo de la Theotokos, junto con su cinturón y otras sagradas reliquias, fueron traídos desde Palestina por orden el emperador León I el Tracio (457-474) y permanecieron hasta 473 en la iglesia de Blaquerna, siendo muy popular debido a diversos milagros relacionados con él. Una parte del Velo Protector o quizá su totalidad fueron donados por la emperatriz bizantina Irene como regalo al emperador Carlomagno, como parte de una negociación matrimonial. Carlomagno lo donó a la catedral de Chartres, donde ha permanecido hasta hoy, aunque pequeños trozos del mismo se difundieron por todo Occidente. Como ejemplo, un trozo es conservado hoy en día en la iglesia de San Josafat de Detroit, Estados Unidos.
El Velo continúa jugando su papel en la historia bizantina, aunque más como culto ritual que como veneración física.

Otra venerada reliquia: el cinturón de la Theotokos
En Oriente, la veneración a la Theotokos están relacionada con el “cinturón de la Theotokos”, actualmente conservado en una pequeña caja en el monasterio Vatopedi (monte Athos), hecho de pelo de camello. Según la tradición, el centro del mismo fue bordado con hilo de oro por la emperatriz Zoe de Constantinopla, que fue curada por el santo cinturón.

Yendo atrás, la tradición afirma que esté cinturón fue dado milagrosamente a Santo Tomás Apóstol, que llegó tarde al funeral de la Santa Madre, como prueba de su asunción a los cielos. Primeramente el cinturón se quedó en Jerusalén. El emperador Arcadio (395-408) fue el que lo llevó a Constantinopla, primero a la iglesia de los Santos Apóstoles y más tarde a Blaquerna (durante el reinado de la emperatriz Pulqueria, 450-453), y permaneció allí, junto con otras reliquias (como ya se ha dicho) hasta la época de Justiniano, cuando fue trasladado a Santa Sofía. Como he dicho antes, la emperatriz Zoe, siendo curada al llevar este cinturón, lo hizo bordar con hilo de oro, y lo colocó de nuevo en el relicario. Este evento se marca en el calendario ortodoxo como la Fiesta de la puesta el Cinturón en el relicario (31 de agosto). Finalmente fue tomado por los búlgaros de Ionita Caloian, tras una batalla perdida por Alexios Angelos III (1195-1203) y llegó al monasterio de Vatopedi, entregado por Lazar, el zar de los serbios en 1389.

Después de esto, el santo cinturón fue llevado en largas procesiones durante grandes epidemias, como la peste en Valaquia (1813) y en el Imperio Otomano (1871), o en tiempos actuales, en diferentes países, para su veneración.

Icono ortodoxo griego de la aparición de la Virgen en la iglesia de Blaquerna, Constantinopla.

El icono de la Santa Protección
El icono de la fiesta representa a la Santa Virgen de pie entre los fieles con los brazos extendidos en oración y envueltos con un velo, rodeada de ángeles y de los doce apóstoles, obispos, santas mujeres, monjes y mártires, que permanecen bajo el velo. Ella lleva en sus brazos extendidos el santo velo, que simboliza la protección de su intercesión.
Bajo esta escena, que representa a la Iglesia celestial, está la Iglesia terrenal, probablemente la misma Blaquerna, donde aparece un joven varón vestido de diácono, que lleva en su mano izquierda un rollo con el texto del Kontakion de la Natividad, que honra a la Madre de Dios (“Hoy, la Virgen da a luz Al que está más allá de la Vida…”). Éste es San Román el Melodista, un himnógrafo celebrado también el 1 de octubre. Aunque no está directamente conectado a esta fiesta, su historia habla de cómo recibió el carisma de escribir melodías en honor a los Santos después que la Santa Madre le dijo en sueños que comiese el rollo que ella le daba. Al hacerlo, él empezó a estar inspirado para escribir.
Junto a él, a la derecha están Andrés y Epifanio, y a la izquierda están también el emperador León el Sabio y la emperatriz Zoe (que fue milagrosamente curada de una enfermedad -probablemente epilepsia- al llevar el cinturón de la Theotokos) y el patriarca de Constantinopla de la época, que fue probablemente Eutimio I (entronizado en marzo de 907).

El icono de la Pokrov podría estar relacionado con la imagen occidental de la Virgen de la Misericordia, en la cual la Virgen extiende su manto para cubrir y proteger un grupo de fieles suplicantes. Esto es conocido en Italia a partir de 1280. Una de estas escenas aparece en la iglesia de San Bonifacio de Fulda, Alemania.

Troparion (himno) de la Fiesta
“Hoy los fieles celebran la fiesta con alegría iluminada por tu venida, oh Madre de Dios.
Contemplando tu pura imagen clamamos fervientemente a ti: rodéanos en torno al precioso velo de tu protección; líbranos de todas las formas de mal, rogándole a Cristo, tu Hijo y Nuestro Dios, que salve nuestras almas”
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Mitrut Popoiu

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Las apariciones de la Virgen en Ezkioga

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Vista de una postal "souvenir" de las apariciones de Ezkioga. Fotomontaje con la Dolorosa, Ramona Olazábal y Manuel Irurita, obispo de Barcelona. Foto: J. Juanes. Octubre 1931.

Una de las presuntas apariciones marianas más extrañas y al día de hoy, casi olvidada y desconocida por la mayoría de la gente, es la ocurrida en la población guipuzcoana de Ezkioga. Ocurrió en 1931 y llegó a congregar a miles de personas.
Dos jóvenes hermanos llamados Andrés y Antonia Bereciartu regresaban a casa después de realizar unas labores en el campo, cuando de pronto se vieron sorprendidos por un resplandor y por la (a continuación), aparición de una bella mujer vestida completamente con un manto negro y con una espada en la mano.
Aquella Señora les habló y los hermanos rápidamente fueron a contárselo a sus padres en el caserío familiar. Los padres apenas les prestaron atención, imaginándose quizás que se trataba de un juego de los dos hermanos.

Al día siguiente volvieron al lugar sobre la misma hora y la Señora se manifestó de nuevo en medio de un resplandor. La lechera del pueblo que llegaba de repartir por los pueblos vecinos les sorprendió en una especie de trance y les preguntó que es lo que hacían. Antonia y Andrés lo contaron y no tardó mucho en propagarse la noticia por los pueblos de los alrededores y de llegar a oídos del párroco de Ezkioga.

Las apariciones cobraron fama y multitud de personas se congregaban para ver a los hermanos Bereciartu clavados de rodillas y con la mirada perdida mientras transmitían las palabras que la Señora les decía. La gente creyó que si los dos jóvenes eran capaces de ver a la Virgen, ellos también podrían.
En pocos días llegaron a reunirse en torno al lugar de las apariciones…¡¡doscientos presuntos videntes!!, hombres, mujeres y niños. En las faldas del monte se alzó un pequeño e improvisado santuario, la noticia se extendió por toda la comarca y llegaban miles de personas en coches y autobuses repletos, desde Bilbao, San Sebastián etc.

¿Pero cual o cuales eran los mensajes de la Señora que llegó a congregar a tal cantidad de gente? Pues por el aspecto de la Aparición, obviamente nada bueno. La Virgen hablaba una y otra vez de una guerra que enfrentaría a hermanos contra hermanos, muertes y destrucciones, bolas de fuego que cruzarían los cielos y miles de cuerpos tendidos en el campo de batalla.

Vista de una expedición barcelonesa de devotos realizando una estación del via-crucis en Ezkioga.

Estas palabras cobrarían sentido cuando unos años después se desató la guerra civil en el año 1936. Vicenta Larrañaga, una de las personas que acudía al lugar recordaría esas palabras proféticas cuando durante la guerra vio los cuerpos de los soldados tendidos en los campos y los obuses surcar el cielo como bolas de fuego.

El padre Laburu, sacerdote jesuita, se interesó por el fenómeno e hizo un seguimiento intensivo de todos los acontecimientos, llegando a filmar un documental para explicar lo sucedido. Este sacerdote tenía conocimientos de psicoanálisis y pretendía bien demostrar la autenticidad de las apariciones o bien que era un fraude.
Mientras los numerosos videntes se encontraban en trance, el padre Laburu les pasaba velas encendidas por las manos; la gran mayoría se quemaban y quedaban descartados, pero más de una docena de ellos permanecían impasibles a pesar de estar expuestos a la llama de la vela de forma prolongada.

En el teatro «Victoria Eugenia», el padre Laburu presentó su documental, estando presentes algunos de los visionarios que habían sido invitados. Mientras se emitía el documental el padre Laburu ofrecía una disertación por megafonía y arremetía con mucha dureza interpretándolo como un fraude a excepción de algunos pocos casos (refiriéndose a los visionarios), a los que relacionó mas con una enfermedad mental que con un misterio mariano.

Lugar de las apariciones, en Ezkioga.

Se armó una gran confrontación en el teatro, los visionarios fueron insultados y ultrajados. El gobierno de la República decidió que unos mensajes tan catastrofistas no ayudarían por el momento que pasaba el Estado. La Guardia Civil se presentó en la campa de Ezkioga prohibiendo el acceso, derruyó todo lo instalado y acordonó la zona.
El pueblo y cientos de creyentes de otras poblaciones se enfrentaron generando un conflicto que fue sofocado con gran dureza. Algunos de los visionarios fueron encarcelados temporalmente y otros enviados al psiquiátrico de «Mondragón».

El culto continuó en la clandestinidad llegando hasta la actualidad. En el lugar exacto de las apariciones se alza un pequeño altar con una cubierta y varios bancos de madera para los fieles que se reúnen a rezar.
La Iglesia como en otros casos no se ha llegado a pronunciar al respecto, como en el caso de las apariciones de El Escorial, a pesar de que ya han pasado mas de veinte años desde la primera aparición de la Virgen sobre un olivo.

Un libro sobre el tema que parece ser bastante interesante es el escrito por el padre Amado de Cristo Burguesa: «Los hechos de Ezquioga ante la razón y la fe».
Desgraciadamente son menos de diez ejemplares los que se cree se conservan tras ser quemados la mayoría de ellos en una pira publica durante la represión.

Abel

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Nuestra Señora de Guadalupe: reina de México y emperatriz de América (I)

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Óleo/tela, Virgen de Guadalupe con las cuatro apariciones Non fecit taliter omni nationi, Juan Patricio Morlete, siglo XVIII.

1. El relato de las apariciones
Con este artículo damos inicio a una serie en la que narraremos y analizaremos diversos aspectos de la que es considerada la advocación mariana más conocida de América y a mi parecer la más polémica. No puedo dejar de dedicar esta serie de artículos en especial a mi parroquia, el Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe.

En este primer artículo me ceñiré únicamente a narrar sobre las apariciones de la Virgen de Guadalupe a San Juan Diego en diciembre de 1531, sobre las controversias que existen acerca de la veracidad de dichas apariciones y de otros aspectos trataré en artículos posteriores; pero para poder entrar de lleno en esta problemática es de suma importancia primero narrar que es lo que se cree y se cuenta que sucedió y como se inició esta advocación según nos cuenta la devoción popular. La narración sobre las apariciones de Nuestra Señora a San Juan Diego se relatan en un famoso escrito colonial llamado el Nican Mopohua («aquí se cuenta, aquí se narra») atribuido a Antonio Valeriano y que fue publicado en 1649 por Lasso de la Vega; a partir de este escrito se han basado los posteriores que relatan sobre las apariciones en el cerro del Tepeyac.

El sábado 9 de diciembre de 1531 muy de mañana se levantó Juan Diego para ir a escuchar misa a Tlatelolco; al pasar por el cerro del Tepeyac escuchó un canto que provenía de arriba del cerro como de varios pájaros, después cesó el canto y escuchó que le llamaban “Juanito, Juan Dieguito” y cuando llegó a la cumbre del cerro vio a una señora que su vestido relucía como el sol y las piedras sobre las que estaba relucían como el sol y los mezquites y nopales de alrededor brillaban como si fueran de esmeraldas y entonces al acercarse Juan Diego la Señora le dijo: “Juanito, el más pequeño de mis hijos, ¿a dónde vas?”. Y él le respondió: “Señora y niña mía, tengo que llegar a tu casa de México Tlatilolco, a seguir las cosas divinas, que nos dan y enseñan nuestros sacerdotes, delegados de Nuestro Señor”. Después de esto la Señora se dirigió nuevamente a él y le dice cuál era su voluntad: “Sábelo, ten por cierto, hijo mío el más pequeño, que yo soy la perfecta siempre Virgen Santa María, Madre del verdadero Dios por quien se vive, el creador de las personas, el dueño de la cercanía y de la inmediación, del cielo, el dueño de la tierra. Mucho quiero, mucho deseo que aquí me levanten mi casita sagrada, para en él mostrar y dar todo mi amor y compasión, auxilio y defensa, pues soy vuestra piadosa madre; a ti a todos vosotros juntos los moradores de esta tierra y a los demás amadores míos que me invoquen y en mi confíen, porque allí les escucharé su llanto, su tristeza, para remediar, para curar todas sus diferentes penas, sus miserias, sus dolores. Y para realizar lo que pretende mi compasiva mirada misericordiosa. Anda al palacio del obispo de México, y le dirás como yo te envió, para que le descubras como mucho deseo que aquí me provea de una casa, me erija en el llano mi templo; todo le contarás, cuando has visto y admirado, y lo que has oído y ten por seguro que mucho lo agradeceré y lo pagaré, que por ello te enriqueceré, te glorificaré y merecerás mucho que yo recompense el trabajo y fatiga con que vas a procurar lo que te encomiendo. Mira que ya has oído mi mandato, hijo mío el más pequeño; anda y pon todo tu esfuerzo”.

Óleo/ Tela, Tercera aparición de la Virgen de Guadalupe, anónimo, siglo XVIII.

Juan Diego, después de esto, se encaminó presuroso para ir a visitar al obispo de México, fray Juan de Zumárraga O.F.M. y después de ser recibido por el Obispo le contó a este todo lo que había visto y oído, pero el obispo no le creyó y el mismo día Juan Diego regresó al Tepeyac para decirle a la Virgen lo que había sucedido.

Juan Diego le pidió a la Virgen que por favor mandara a alguien más a cumplir su petición puesto que a él no le había creído “porque en verdad yo soy un hombre de campo, soy mecapal, soy parihuela, soy cola, soy ala; yo mismo necesito ser conducido, llevado a cuestas, no es lugar de mi andar ni de mi detenerme allá donde me envías, y tú, Niña mía, la más pequeña de mis hijas, Señora, me envías a un lugar por donde no ando y no me paso. Perdóname que te cause gran pesadumbre y caiga en tu enojo, Señora y dueña mía”.

A lo que la Virgen le respondió que era necesario que fuera él quien llevara su mensaje y que entonces volviera al siguiente día a ver al obispo y le narrara nuevamente cuanto ella le pedía. Juan Diego aceptó y le prometió a la Señora volver al siguiente día en la tarde para llevarle su mensaje al obispo.

Al día siguiente domingo, aun siendo de madrugada salió Juan Diego para ir a misa y después se dirigió a ver al Obispo; le costó mucho trabajo ser atendido y cuando lo recibió se arrodilló delante de él y le pidió que por favor cumpliera la petición de la Señora. El Obispo para estar seguro le hizo muchas preguntas a Juan Diego, a pesar de todo esto el Obispo nuevamente no le creyó a Juan Diego y entonces le pidió a este una señal para poder creerle; al retirarse Juan Diego ordenó el obispo a dos de sus sirvientes que le siguieran para ver con quien hablaba, pero antes de llegar al Tepeyac le perdieron de vista y por más que le buscaron no lo encontraron y debido a esto regresaron muy molestos y le dijeron al Obispo que no le creyera a Juan Diego.

Juan Diego desplegando su tilma ante el Arzobispo de México, fray Juan de Zumárraga.

Mientras, Juan Diego hablaba con la Virgen diciéndole la petición del Obispo de una señal, la Virgen le dijo al indio que volviera al siguiente día para llevarle al Obispo la señal que pedía. Pero al día siguiente lunes, Juan Diego no pudo ir a cumplir la petición de la Virgen pues su tío Juan Bernardino se enfermó gravemente y este le rogó que fuera a buscar a un sacerdote para que lo confesase; y el martes Juan Diego se dirigió a Tlatelolco para buscar al sacerdote y cuando estaba cerca del Tepeyac decidió rodearlo para no encontrarse con la Señora, pero la Virgen le salió al encuentro y le dijo: “¿Qué pasa, el más pequeño de mis hijos? ¿A dónde vas, a dónde te diriges?”. Juan Diego, algo apenado, le contestó a la Virgen que iba con prisa a buscar un sacerdote para su tío que se encontraba muy enfermo y después de escuchar su relato, la Virgen le contestó: “Oye y ten entendido, hijo mío el más pequeño, que es nada lo que te asusta y aflige; no se turbe tu corazón; no temas esa enfermedad ni otra alguna angustia. ¿No estoy yo aquí, que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No soy yo tu salud? ¿No estás por ventura en mi regazo? ¿Qué más has menester? No te apene ni te inquiete otra cosa; no te aflija la enfermedad de tu tío, que no morirá ahora de ella: está seguro de que ya sanó”.

Juan Diego, al escuchar las palabras de la Virgen, quedó consolado y entonces le dijo que le diera la señal para llevársela al Obispo; la Virgen le ordenó que subiera a la cumbre del cerro donde le había visto antes y que encontrara varias flores, que las cortara y las trajera a su presencia. Juan Diego subió y se asombró mucho a ver tantas rosas de castilla puesto que debido al invierno estas flores no era común de ver y menos en un lugar lleno de abrojos y piedras como un cerro. Juan Diego las cortó y las puso en su tilma, luego bajó y se las presentó a la Virgen, quien las cogió con su mano y las volvió a echar en el regazo de Juan Diego, diciéndole que esas rosas sería la señal para el Obispo y que no las desplegara ante nadie más que no fuera el Obispo. Después de escuchar las palabras de María, Juan Diego se dirigió al palacio del Obispo, donde los criados no quisieron recibirle, pero Juan Diego siguió esperando y al ver que traía algo en el regazo se acercaron para ver lo que traía y Juan Diego, al ver que no podía alejarlos, descubrió un poco las rosas y estos intentaron tres veces tomarlas, pues se asombraron de verlas tan frescas y hermosas, que al tratar de tomarlas parecían como si estuvieran pintadas en la tilma.

Verdadera imagen de la Virgen de Guadalupe plasmada en la tilma de Juan Diego y que se encuentra en su Basílica en México, D.F.

Ante esta situación, los criados fueron a decirle al Obispo lo que habían visto y al darse cuenta el Obispo que aquello era la prueba que le había pedido, mandó que lo dejaran pasar, y Juan Diego, postrándose delante de él, le contó nuevamente todo lo que le sucedió con la Virgen. Después de terminar el relato, el indio desplegó su manto y dejó caer las rosas, las cuales se esparcieron por el suelo y en su tilma apareció dibujada la imagen de la Virgen María. Al ver tal portento, el Obispo y los demás presentes se arrodillaron y el Obispo con lágrimas pidió perdón de no haberle creído y cuando se levantó, desató la tilma del cuello de Juan Diego y la puso en su oratorio. Un día permaneció Juan Diego en casa del Obispo y al siguiente día llevó a éste al lugar donde la Virgen le pedía se le construyera el templo, después de esto le acompañaron a su casa para ver a su tío Juan Bernardino. Al llegar, su tío estaba restablecido, y le contó que también había visto a la Señora del cielo y que ésta le dijo que fuera a ver al obispo y le dijera que ella quería ser nombrada como la siempre Virgen Santa María de Guadalupe [1]. El Obispo albergó en su casa a Juan Diego y a su tío hasta el momento en que se edificó el templo sobre el cerro del Tepeyac.

Es hasta 1561 que se comienza la construcción de un Santuario para albergar la imagen pero la primera piedra se puso en el 1601 siendo arzobispo fray Diego de Santa María y Mendoza y Zúñiga, y se concluyó, después de su muerte, en 1606. La basílica que contuvo la imagen de la Virgen de Guadalupe y que ahora se conoce como “la antigua” Basílica se comenzó a construir hacia 1695 y se concluyó en 1790.

Óleo/tela, Declaración del patrocinio de la Virgen de Guadalupe sobre la Nueva España (detalle), Miguel Cabrera, siglo XVIII.

Hacia 1737 la Virgen de Guadalupe es jurada como patrona de la ciudad de México mientras es llevada en procesión por las calles de la ciudad y nueve años después, en 1746 este patronato se extiende a la Nueva España, patronato el cual es confirmado por S.S. Benedicto XIV, en 1754. Sobre este acontecimiento se dice que al presentarse el procurador de la Compañía de Jesús ante el Papa, el padre Juan Francisco López y narrarle acerca de las apariciones y mostrarle una copia de la imagen hecha por Miguel Cabrera, este quedo tan sorprendido que no dudo en decir aquellas palabras del libro de los salmos “Non fecit taliter omni nationi”[2], del mismo modo S.S. Benedicto XIV aprobó la traslación de la fiesta de la Virgen al 12 de diciembre y le concedió misa y oficio propios.[3]

Lic. André Efrén Ordóñez Capetillo

BIBLIOGRAFÍA:
– Camacho de la Torre, María Cristina, Fiesta de nuestra Señora de Guadalupe, México, CONACULTA, primera edición, 2001.
– Cuadriello, Jaime, et. al. Zodiaco Mariano, México, Museo de la Basílica de Guadalupe, primera edición, 2004.
– Iglesias y Cabrera, Sonia, Las fiestas tradicionales de México, México, Selector, primera edición, 2009.
– Nebel, Richard, Santa María Tonantzin Virgen de Guadalupe, México, Fondo de Cultura Económica, tercera reimpresión, 2005.
– Sánchez Lacy, Alberto Ruy, Visiones de Guadalupe, México, Artes de México, primera edición, s/a.
– Schneider, Luis Mario, Cristos, Santos y Vírgenes, México, Planeta, primera edición, 1995.
– Zarebska, Carla, Guadalupe, México, Debolsillo, primera edición, 2005.
– Zerón-Medina, Fausto, Felicidad de México, México, Clío, primera edición, 1995.


[1] El nombre de Guadalupe es muy debatido y se piensa que el verdadero nombre que la Virgen le dijo a Juan Bernardino fue Coatlaxupe («la que aplasta a la serpiente») en náhuatl, pero los españoles al no poder pronunciarlo le pusieron un nombre más conocido para ellos como el de Guadalupe, en especial esta tesis es apoyada debido a que en náhuatl no existe la g ni la d.
[2] Frase que también se le ha dado a una que otra advocación mariana, la más famosa sea quizá la Virgen del Pilar de Zaragoza, España.
[3] Anteriormente, como sucede con muchas de las advocaciones marianas, su fiesta se celebraba el 8 de septiembre o el 8 de diciembre, debido a que las advocaciones sin una aprobación en particular deben celebrarse litúrgicamente en fechas relacionadas con festividades marianas, como la Natividad, aunque a nivel local y popular su fiesta se celebraba el 12 de diciembre.

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