San Juan I, papa y mártir

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Estampa devocional del Santo.

Estampa devocional del Santo.

Introducción
La lista de los primeros Papas es un continuo rol de nombres de santos. Los sucesores de San Pedro, como obispos de Roma, enfrentaron muchas dificultades durante los tres primeros siglos del cristianism,o que se vio enfrentado en varios períodos a crueles persecuciones para los seguidores de Jesucristo. Mucho tiempo se consideró que todos ellos habían muerto mártires, pero recientes estudios han podido dejar en claro que, por falta de documentación o pruebas, no todos ellos pueden considerarse como tales. Varios murieron en paz, sin muerte violenta, por eso no puede dárseles el título de mártires, pero no por ello dejan de venerarse como santos. Y es necesario recordar que aún después que cesaron las persecuciones y que el cristianismo fue una religión de estado, la Silla de San Pedro continuó siendo ocupada por hombres santos y que, aunque no hubo persecuciones, también dos de esos sucesores son venerados como mártires: San Martín I y San Juan I, de quien trata este artículo.

Biografía
Hijo de Constancio, nació probablemente en Siena, en la Toscana. Desde muy joven se trasladó a Roma, donde se dedicó al estudio y sobresalió por su piedad. Algunos autores identifican al diácono Juan con nuestro santo, un personaje que escribió la Epístola ad Senarium, rica en catequesis mistagógica para la liturgia bautismal. Si esto es cierto, entonces ese diácono Juan era un simpatizante del partido filooriental del antipapa Lorenzo, que tuvo que disciplinarse ante el Papa legítimo San Símaco. Esta simpatía sería la causa de su gran recibimiento cuando fue como Papa a Constantinopla. En la Ciudad Eterna llegó a ser cardenal-presbítero y, a la muerte de San Hormisdas, fue elegido Papa. Su pontificado fue breve, apenas menos de tres años, pero el mismo fue intenso en actividades.

San Juan I fue elegido al solio pontificio el 13 de agosto del año 523. En este tiempo era emperador de Oriente Justino, de fe católica, pero en Italia gobernaba un arriano, Teodorico, rey de los ostrogodos. El emperador estaba decidido a erradicar la herejía arriana y por ello despertó la animadversión de Teodorico. Justino promulgó dos edictos ordenando la devolución de las iglesias usurpadas por los arrianos a los católicos, desatando así la furia del líder ostrogodo.

Grabado del Santo.

Grabado del Santo.

Así las cosas, y pensando que el Papa Juan tendría ascendencia sobre el emperador Justino, el rey de Italia lo invitó (entiéndase lo obligó y mandó) a que fuera a Constantinopla para interceder por la causa arriana. Cansado, enfermo y sin otra alternativa, el Papa se dirigió a la ciudad imperial y muchos pensaron que esa docilidad y sometimiento era una subordinación tácita a la causa arriana. Sin embargo, San Juan I nunca capituló ni un palmo al arrianismo, pues defendió férreamente la ortodoxia. A lo mucho aconsejó a Justino que suavizara su política opresora contra los herejes y es probable que recomendara algunas ventajas para los arrianos, como sería la devolución de sus iglesias.

Es importante señalar cómo este viaje a Constantinopla es el episodio más importante durante su pontificado. El emperador y el pueblo salieron para recibirlo con cruces en las manos y cuando estuvo delante del él, Justino se arrodilló para besarle los pies y luego lo condujo a la ciudad, a la que por primera vez visitaba un Papa. El emperador no escatimó nada para honrarlo y lo agasajó de muchas maneras. En la Navidad del año 525 celebró en Santa Sofía en rito latino el Nacimiento de Cristo y de igual manera celebró la Pascua en el año 526; y a petición del emperador Justino, lo coronó como tal aunque ya había sido coronado por el Patriarca de Constantinopla. La razón que lo condujo a pedir este favor, era que consideraba la precedencia de Roma, porque ella guardaba el sepulcro de San Pedro, Príncipe de los Apóstoles.

Este éxito del Papa Juan I y la nula beneficencia a su causa irritó al celoso Teodorico, que, despechado, ordenó la detención y prisión del Papa cuando volviera a Rávena, lugar donde estaba la corte de Italia. También el soberano estaba lleno de dudas y sospechas, pues consideraba que San Juan I confabulaba con el emperador y que su gestión había sido en detrimento de sus planes. Vuelto el Papa a Rávena, fue encarcelado y sometido a malos tratos y, aunque bien hubiera querido decapitarlo públicamente, Teodorico no se animó a hacerlo por miedo a la reacción del pueblo.

Miniatura coloreada del Santo, inspirada en su medallón en la galería de Papas de San Pablo Extramuros, Roma.

Miniatura coloreada del Santo, inspirada en su medallón en la galería de Papas de San Pablo Extramuros, Roma.

El Pontífice, minado por la enfermedad y por las fatigas del viaje, no pudo soportar las vejaciones y pereció luego de unos días que sufrió la crueldad de Teodorico, muriendo el 18 de mayo del año 526. Al conocerse su muerte, el pueblo lo veneró inmediatamente como mártir y, desfilando devotamente ante sus restos, estuvo cortándole sus vestidos como reliquias mientras lo aclamaban como santo. Máximo de Rávena refiere que en sus funerales, un endemoniado, con solo tocar su ataúd, quedó libre del demonio. Cuatro años después, sus restos fueron llevados a Roma, siendo sepultado en el atrio de la Basílica de San Pedro el 27 de mayo del año 530. Sobre su lápida se inscribió esta frase latina: “Antistes Domini, procumbis victima Christi”: Pontífice del Señor, mueres víctima por Cristo.

Hay que traer a cuentas el registro del Liber Pontificalis que dice que San Juan I mostró siempre gran celo por la gloria de Dios, y que ordenó trabajos para restaurar las basílicas sepulcrales de los Santos Nereo y Aquiles en la Vía Ardeatina y de los Santos Félix y Adaucto en la Vía Ostiense, así como la Basílica de San Pablo Extramuros.

San Juan I, aconsejado por Dionisio el Exiguo, introdujo en Roma el cómputo pascual alejandrino, que vino a resolver el problema de la fecha de la celebración de la Pascua de Resurrección; el santo también inició la obra genial promovida luego por San Gregorio I el Magno, del uso del canto gregoriano. San Juan I tuvo mucha amistad con San Severino Boecio, filósofo, quien le dedicó tres de sus obras. Este Santo también fue víctima de Teodorico, pues murió decapitado por orden suya. Para culminar, no está de más señalar que San Juan I encabeza la lista del nombre que más ha sido usado por los Papas y que curiosamente ahora culmina con otro Santo: San Juan XXIII, y que tampoco han sido veintitrés papas efectivos los que llevaron ese nombre.

Oración
Señor Dios nuestro, remunerador de los que creen en ti, escucha las plegarias que tu pueblo te dirige en este día del martirio del Papa San Juan Primero, y haz que sepamos imitar la invicta firmeza de la fe de quien coronó su servicio apostólico mediante el testimonio de su martirio. Por…

Humberto

Bibliografía
– MARTÍNEZ PUCHE, José A. Año Nuevo Cristiano, mayo, Editorial EDIBESA. Madrid.

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Heresiología (VI): El Arrianismo (II)

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Busto del emperador Constantino.

Busto del emperador Constantino.

Después de Nicea
Como dije en el artículo anterior, el Primer Concilio de Nicea reafirmó, no definió como algunos dicen en el sentido de inventar, la doctrina de la plena divinidad y la completa humanidad de Cristo contra las doctrinas de Arrio; pero no puso fin a la controversia.

A pesar de la condena recibida, Arrio y sus partidarios no se retractaron, siendo por ello desterrados. Sus escritos fueron objeto de ediciones y fueron a parar a la hoguera. Sin amilanarse, continuó difundiendo sus doctrinas heréticas hasta lograr el favor y la protección de gran parte de la nobleza, del ejército y del clero. En unión con Eusebio de Nicomedia, escribió una carta al Emperador Constantino –que entendía muy poco de cuestiones teológicas- que incluía un “credo” que intentaba demostrar la ortodoxia de la posición arriana y una petición de ser readmitidos en la iglesia. Al enterarse los obispos pronicenos de los intentos del hereje de congraciarse con el Emperador, no cesaron su empeño de impedirlo, pero la férrea oposición provocaba tumultos en el imperio que ponían en peligro su estabilidad. Constantino, recordemos, era hombre práctico y desconocía totalmente de teología, y además, Eusebio de Nicomedia era su pariente cercano y la simpatía por éste hizo que en el año 328 de la era cristiana hiciera llamar a ambos desde su exilio.

Por esas mismas fechas, el obispo Alejandro de Alejandría enfermó de gravedad y murió al saber de la noticia de la readmisión de Arrio a la iglesia. Su puesto fue cubierto por aclamación de mayoría por su diácono, Atanasio, quien se convertiría en el paladín de la ortodoxia. Estamos en el 8 de julio del 328. A partir de entonces, dicha causa quedó tan identificada con la persona del nuevo obispo de Alejandría, que casi podría decirse que la historia subsiguiente de la controversia arriana es la biografía de Atanasio. De su etapa de destierro entre los monjes del desierto egipcio, adquirió un gran interés por el monacato, influyendo en el acceso de los monjes al sacerdocio, y convirtiéndose en biógrafo de Antonio Abad, de quien escribió la Vida de Antonio.

El Sínodo de Tiro del 335–actual Líbano- y el de Jerusalén del 336 restituyen a Arrio y a sus compañeros a la comunión eclesial. Tanto Eusebio de Cesarea –un adulador del Emperador Constantino- y Eusebio de Nicomedia –Obispo ya de la ciudad imperial de Constantinopla- tuvieron papeles importantes en estos sínodos y en posteriores. El Obispo Atanasio protestó contra estas resoluciones y el Obispo hereje percibió el gran peligro que representaba para su causa este pequeño hombre, y supo entonces que para hacer triunfar sus pretenciones, debía deshacerse de él. Después de todo, por él triunfó en Nicea la causa de la consustancialidad del Hijo con el Padre y la verdadera humanidad de Aquél.

San Cirilo, obispo de Jerusalén.

San Cirilo, obispo de Jerusalén.

También por aquél entonces un hombre tomó relevancia, no tanta como Atanasio, pero se posicionó en la historia. Cirilo obispo de Jerusalén, al principio tomó una postura moderada, pero finalmente apoyó a los partidarios de la ortodoxia nicena, sin suscribir, de momento, el término Homousios, ¿por qué? Como bien mencioné en el primer artículo de esta serie, los gnósticos hablaron tanto de la naturaleza divina como de la humana de Cristo y de hecho, el término viene de éstos cuando hablaron de la consustancialidad del hombre con el diablo (¡!) y de los ángeles con Cristo, y ya en Nicea suscitó debates y explicaciones para justificar su uso desde una perspectiva ortodoxa, libre de toda sospecha herética; pero los arrianos más enconados dijeron que el término dividía de forma física al Padre respecto al Hijo. Sin embargo, en la práctica vino a significar la equivalencia con el capítulo 17 del Evangelio de San Juan.

Paralelamente, ambos Padres de la Iglesia sufrirían ataques personales y censuras por parte de los partidarios de la herejía, impensable si no fuera por el apoyo del inconstante Constantino, único con autoridad “mundial” para convocar los sínodos heréticos que absolvieran a los excomulgados y promulgara que Jesús era de origen divino pero no igual a Dios –el Padre- como una alternativa válida. Pese a la amenaza de nuevas persecuciones, la mayoría de la iglesia –fieles y clérigos- se mantuvieron firmes en la doctrina apostólica trinitaria, y esa firmeza costó el destierro a los obispos, entre ellos Atanasio –sería su primero de cinco destierros- y Cirilo de Jerusalén –aunque con él pesó más la envidia a causa de la elevación de su sede a Arzobispado honorífico con autonomía sobre el arzobispado de derecho de Cesarea- . De ningún modo los confesores de la fe que aún sobrevivían suscribieron la confesión de fe arriana.

De todos modos conviene explicar cómo es que éstos lograron posicionarse nuevamente de proscritos a contar con el beneplácito imperial. Primeramente, el emperador acató la resolución del concilio, que declaró el arrianismo anatema, y exilió a los obispos herejes. Anunció también una ley que declaraba ilegal la tenencia de libros arrianos, la cual podía ser motivo de condena capital, y ordenaba quemar los que hubiera. Ante esto algunos hoy dicen, no sabemos basándose en qué fuentes, que tras el concilio los obispos católicos salieron como fieras quemando libros y mandando a pobres arrianos al patíbulo. En más de un sitio se puede leer que decenas de miles de “buenos cristianos” (o sea, arrianos) fueron asesinados y que el “enorme” aparato de la nueva Iglesia Católica se aseguró de que la persecución fuese implacable hasta en el último rincón del imperio, destruyendo todas las biblias originales y sustituyéndolas por las nuevas redactadas por Constantino en las que se presenta a un Jesús divino.

Concilio I de Constantinopla. Fresco ortodoxo rumano (s.XVIII) en la iglesia Stauropoleos de Bucarest (Rumanía).

Concilio I de Constantinopla. Fresco ortodoxo rumano (s.XVIII) en la iglesia Stauropoleos de Bucarest (Rumanía).

La historia sin embargo contradice semejantes fantasías. El “enorme” aparato de la nueva Iglesia era aún inexistente, estaba empezando a organizarse a nivel público y no tiene nada que ver con lo que luego encontraremos la Iglesia medieval; esta Iglesia acaba de salir de las catacumbas tan solo doce años antes. Sobre la supuesta destrucción total de biblias originales, ni Diocleciano, con todo el aparato represivo del estado, había conseguido hacerlo. El mito de las nuevas biblias redactadas por Constantino se basa en que el emperador ordenó a Eusebio de Cesarea se encargara de organizar la edición de 50 biblias en edición de lujo para conmemorar los acuerdos de Nicea. Las leyes represivas anunciadas por Constantino tuvieron una laxa aplicación;  tan solo tres meses más tarde mostró indulgencia con los perdedores y suavizó sus medidas. A partir de entonces el emperador pasará por varias fases en las que se acercará más a los arrianos o de nuevo más a los ortodoxos, y con la misma mano que presionaba a unos obispos, pasaba luego presionar a los otros. Si tomamos como ejemplo a las dos grandes figuras que lideraron ambas doctrinas, Arrio y Atanasio, no tenemos más remedio que considerar que Arrio fue en general mucho más favorecido por el emperador que Atanasio, y si Arrio permaneció casi siempre en el exilio fue por la gran presión que ejercieron los obispos, no por la voluntad del emperador, que una y otra vez intentó maniobras para reincorporarlo a su puesto, lo que al final logró, pero le duró poco el gusto. Arrio murió un sábado antes de ser readmitido a la comunión eclesial, en Constantinopla, entre el alboroto festivo de sus partidarios y entre espasmos y convulsiones… la hipótesis es un asesinato por envenenamiento. Más de un partidario niceno vio en su repentina muerte el castigo de Dios. Eso fue en el 336 de nuestra era. Al año siguiente, Constantino enferma gravemente y es cuando acepta ser bautizado, y lo es por mano del obispo Eusebio de Nicomedia. Su tocayo de Cesarea escribió un panegrénico del fallecido. El imperio volvió a dividirse entre los tres hijos del fallecido. Sería Constancio II, gobernante de todo el Oriente, quien restituya a Atanasio a su sede en Alejandría, pero Eusebio de Nicomedia era ya Obispo de Constantinopla y con su influencia logró que un nuevo sínodo de Antioquía lo destituyera y con el beneplácito del sobornado Constancio II, es desterrado por segunda vez.

Monumento dedicado al Santo en Córdoba, España.

Monumento dedicado al Santo en Córdoba, España.

En Occidente, el Obispo de Roma Julio I encabezó la resistencia ortodoxa y avaló las decisiones pronicenas. Osio de Córdoba convocó el Concilio de Sárdica –actual Sofía, capital de Bulgaria- por petición del Papa Julio I y de los emperadores Constancio II y Constante, primeramente para conciliar las posturas enfrentadas, viniendo obispos y clérigos de Oriente y Occidente (en esta última parte del imperio el arrianismo no tuvo mucha aceptación entre los romanos), y también para resolver la cuestión de la deposición de Atanasio, Asclepio de Gaza y Marcelo de Ancira, ortodoxo pero su lenguaje le jugó una trampa que lo hizo sospechoso de sabelianismo y blanco de Eusebio de Cesarea. Los tres fueron absueltos ante la furia de sus opositores. Osio trató de conciliar doctrinalmente ambas posturas con un nuevo credo, del cual tenemos la versión de Teodoreto de Ciro:
1) en Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo hay una sola ousia o hypostasis: se hace así una concesión a la terminología de los semiarrianos.
2) dado esto, no puede existir una persona divina sin las demás.
3) no obstante, Padre e Hijo son distintos.
4) el Logos es Unigénito, en cuanto Dios, y primogénito entre los hombres.
5) su reino es eterno porque es Dios verdadero.
6) Dios no padeció, sino el hombre revestido por Él y concebido por la Virgen María, “porque el hombre es corruptible, mientras que Dios es inmortal”.
Atanasio se opuso a este símbolo argumentando que el credo Niceno era católico y concreto, y éste muy poco. El resultado fue evidente: la condena de los arrianos.

No satisfechos con esto el emperador y sus allegados, empeñáronse en vencer la firmeza de Osio, de quien decían, según refiere San Atanasio: «Su autoridad sola puede levantar el mundo contra nosotros: es el Príncipe de los Concilios; cuanto él dice se oye y acata en todas partes: él redactó la profesión de Fe en el Sínodo Niceno: él llama herejes a los Arrianos». A las porfiadas súplicas y a las amenazas de Constancio, respondió el gran Prelado en aquella su admirable carta, la más digna, valiente y severa que un sacerdote ha dirigido a un monarca. «Yo fui confesor de la fe (le decía) cuando la persecución de tu abuelo Maximiano. Si tú la reiteras, dispuesto estoy a padecerlo todo, antes que a derramar sangre inocente ni ser traidor a la verdad. Mal haces en escribir tales cosas y en amenazarme… Acuérdate que eres mortal, teme el día del juicio, consérvate puro para aquel día, no te mezcles en cosas eclesiásticas ni aspires a enseñarnos, puesto que debes recibir lecciones de nosotros. Dios te confió el imperio, a nosotros las cosas de la Iglesia. El que usurpa tu potestad, contradice a la ordenación divina: no te hagas reo de un crimen mayor usurpando los tesoros del templo. Escrito está: Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Ni a nosotros es lícito tener potestad en la tierra, ni tú, emperador, la tienes en lo sagrado. Te escribo esto por celo de tu salvación. Ni pienso con los Arrianos ni les ayudo, sino que anatematizo de todo corazón su herejía, ni puedo suscribir la condenación de Atanasio, a quien nosotros y la Iglesia romana y un Concilio han declarado inocente». Constancio obliga a comparecer a Osio, ya centenario, ante un concilio arriano donde se le presionó física y moralmente, negándose rotundamente a firmar la condenación de Atanasio, aunque cedió a comulgar con los obispos arrianos Valente y Ursacio, al final se arrepintió. Osio es desterrado a Sirmio, en Panonia (Serbia), y muere, con 101 años, confesando otra vez la fe verdadera, lejos de su tierra y de su diócesis en 357, tras ser cruelmente azotado por los esbirros del emperador.

Fresco ortodoxo griego de San Gregorio Nacianceno.

Fresco ortodoxo griego de San Gregorio Nacianceno.

Paralelamente, Constancio II depuso a Liberio y nombró a Félix como Obispo de Roma –antipapa-, pero el pueblo se opuso férreamente y lo rechazó. Constancio intentó un compromiso permitiendo al papa Liberio regresar a Roma para gobernar la Iglesia junto con Félix. Ni el papa ni el pueblo aceptaron ese arreglo y finalmente el emperador no tuvo más remedio que ceder ante la Iglesia cristiana y el papa Liberio recuperó su sede y la Iglesia, con él, la ortodoxia.

En el 361, muerto Constancio II, sube al trono Juliano el Apóstata, que de nuevo restaurará el paganismo y volverá a perseguir a la Iglesia, no mediante matanzas (aunque muertes sí hubo), pero sí oprimiendo a los cristianos y privándoles de muchos derechos civiles. Sin embargo, a pesar de todos sus intentos, la Iglesia resistió y no logró que la gente volviera al paganismo. No sería hasta el 380 cuando el nuevo emperador, Teodosio el Grande, declare al cristianismo, esta vez sí, religión oficial –y única- del Imperio. Aquí es cuando lamentablemente la jerarquía eclesiástica empieza realmente a adquirir poder secular.

Atanasio, el gran paladín de la fe reafirmada en Nicea, murió en su sede en el año 373, en paz y con la conciencia segura en la verdad que defendió a costa de su seguridad y su propia vida; sin ver los resultados de sus fatigas. En el año 373 de la era común, el Primer Concilio de Constantinopla (Segundo Ecuménico), bajo la presidencia de San Gregorio Nacianceno, revalúa el Credo Niceno, lo confirma y agregó la cláusula sobre la Divinidad del Espíritu Santo que reza así: “Creo en el Espíritu Santo, Señor y vivificante, que procede del Padre a través del Hijo…” Si Dios me da su gracia, más adelante hablaré de la cláusula Filioque.

Después del concilio de Constantinopla en el 381 el Arrianismo no continuó siendo la principal amenaza para la iglesia Católica. No obstante, a través de los años, incluyendo el presente, ha habido aquellos que han expuesto las enseñanzas de Arrio.

Conclusiones
A modo de apología, Osio de Córdoba sufrió, tras su muerte, de un libelo injusto donde se dice, sin fundamento alguno, que suscribió una fe arriana y murió en esta herejía intentando convertir a sus antiguos correligionarios en Córdoba. Un hombre tan ilustrado como el obispo Isidoro de Sevilla no se cuidó al citar sus fuentes y aún hoy esta injusta mancha permanece y no se le rinde culto en la iglesia occidental, pero sí en la oriental ortodoxa y en la católica oriental.

El arrianismo en el Imperio romano fue finalmente derrotado ese día en Constantinopla, pero la influencia de la herejía llegó más allá de las fronteras de éste, pues los godos que tomaron algún tiempo después la península ibérica habían sido evangelizados por misioneros arrianos. Sin embargo, también se convertirían al catolicismo con la conversión del rey Recaredo I. Entonces decayó hasta languidecer, ya sin apoyo político ni eclesiástico de ningún tipo.

"Conversión de Recaredo", lienzo de Muñoz Degrain. Palacio del Senado, Madrid (España).

“Conversión de Recaredo”, lienzo de Muñoz Degrain. Palacio del Senado, Madrid (España).

No se puede negar que la aproximación del poder a la Iglesia, favoreciéndola, no tuviese efectos negativos, y que la posterior oficialización de esta a finales de los siglos IV y V no tuviera efectos aún más devastadores, ya que cuando a un ser humano se le da poder y riquezas la tentación de la corrupción acecha, y algunos –bastantes- caen. Lo que hemos intentado demostrar es que esa no es la situación de los asistentes al concilio y menos aún de los cristianos de base.

La mentalidad romana fue penetrando cada vez más el carácter de la cristiandad se exigió la más completa uniformidad en las cuestiones más secundarias, como la fijación de la fecha de la Pascua y otras trivialidades parecidas que ya habían agitado vanamente los espíritus a finales del siglo III. Estas tendencias a la uniformidad fueron consideradas por los emperadores como un medio sumamente útil del que servirse para lograr la más completa unificación del Imperio. Mas, como hemos dicho, la influencia fue recíproca. Además, cuatro siglos de predicación del Evangelio, pese a todas las imperfecciones de los cristianos, habían dejado una huella cuyas influencias se notaban cada vez más en la vida social. La doctrina del hombre creado a imagen de Dios impuso restricciones a la costumbre de marcar a los esclavos en la cara y aún inició la serie de medidas que, finalmente, darían fin a la esclavitud misma. Comenzaron las medidas tendentes a la protección de los niños abandonados por sus padres y la salvaguardia de la santidad del matrimonio. Pese a la infiltración del espíritu y las maneras paganas en la Iglesia, y pese a la propia decadencia espiritual de ésta, el poder del Evangelio hizo su impacto en el Imperio y aún más allá de sus fronteras. Pero, es en estas épocas cuando resulta más difícil el trazar la línea que distingue lo que es meramente institución eclesiástica y la que es la verdadera Ecclesia. De esta manera, las discusiones doctrinales o disciplinarias de la Iglesia se convirtieron en problema de Estado.

El arrianismo fue un fenómeno bastante complejo que aún hoy suscita muchas pasiones y su influencia sigue vigente en las enseñanzas de las sectas –me niego rotundamente a llamarlas iglesias- de los Testigos de Jehová y la IJSUD (Mormones); así como en cierta literatura moderna donde un hilo de la trama es la descendencia y supervivencia de la línea de sangre de Jesús y las maquinaciones de la iglesia para desacreditar la persona de María Magdalena y elevar al rango de dios a aquél. Todos saben a qué libro, película y autor moderno me refiero: Dan Brown y El Código Da Vinci.

Basta decir que un libro tan polémico y controvertido como el Libro de Urantia asegura en su penúltimo capítulo: “Fue un griego de Egipto (Alejandría) quien con tanta valentía se puso de pie en Nicea y desafió a esta asamblea con tal intrepidez que ésta no se atrevió a enturbiar el concepto de la naturaleza de Jesús en tal forma que habría podido poner en peligro la verdad real de su autootorgamiento, la cual podría así haber desaparecido del mundo. El nombre de este griego era Atanasio, y si no hubiese sido por la elocuencia y la lógica de este creyente, habrían triunfado las persuasiones de Arrio”.

Si bien el arrianismo decayó definitivamente en el s. VII, no sin antes producir una variante a la que se la llamó semi-arrianismo, muchas de sus teorías –principalmente las cristológicas y trinitarias- renacieron con la Reforma Protestante (s. XVI) bajo las ideas de Miguel Servet y por los antitrinitarios liderados por Fauso Socino, entre otros. Contemporáneamente, fueron recogidas por numerosas sectas como es caso de los tristemente célebres Testigos de Jehová.

En conclusión, el Arrianismo es una herejía que atenta contra la verdad revelada en las Sagradas Escrituras de la Encarnación, Dios se hizo hombre para llevar a los hombres a Dios y viceversa. Y este autor declara, por la gracia del Espíritu Santo, que Cristo Jesús es el Señor para gloria de Dios Padre. ¡Amén! Nadie puede llamar Padre a Dios ni reconocer a Jesús como Dios y Salvador si no es por el poder del Espíritu Santo. Y quien lo niegue es anatema.

Alejandro

Bibliografía:
– L. GONZÁLEZ, JUSTO. Diccionario manual teológico. Atanasio de Alejandría en artículos “Arrianismo” págs. 42, 44 y 45; “Hipóstasis” págs. 142 y 143; Homoiusion, págs. 145 y 146. Homousion, pág. 147.
– MENENDEZ PELAYO, Marcelino. Historia de los heterodoxos españoles. Capítulo 5: Osio en sus relaciones con el Arrianismo, Potamio y Florencio. Tomo 1: 65-77. Librería católica San José. Madrid, España.

Enlaces consultados:
http://apologia21.wordpress.com/2012/12/26/despues-del-concilio-de-nicea-2/
http://cristiania.net/LECTURAS/ARCADIO%20SIERRA/Los_Concilios_Ecumenicos/Concilio3.pdf
http://www.cristianismo-primitivo.com/siglo-iv/el-concilio-de-nicea
http://www.cristianismo-primitivo.com/siglo-iv/el-emperador-constantino
http://www.librodeurantia.org/lu/doc195.html
http://www.filosofia.org/aut/mmp/hhe1065.htm
http://spanishnewtestament.com/diccionario/AtanasioAle.html
http://usuarios.advance.com.ar/pfernando/DocsIglAnt/Arrio_Cronologia.html

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Heresiología (V): El Arrianismo

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Estatua en bronce del emperador Constantino. Cd. de York, Gran Bretaña.

Estatua en bronce del emperador Constantino. Cd. de York, Gran Bretaña.

Desarrollo
Es el año 320 de nuestra era. La ciudad, Alejandría, capital de la provincia de Egipto y una de las urbes más prósperas de todo el imperio romano que Constantino ha reunificado en torno suyo y que gobierna desde Nicomedia, en la actual Turquía. El cristianismo goza de tolerancia oficial y su número de adeptos aumenta día a día. Pero pronto ocurriría un cisma tal no visto desde hacía tiempo. Lo que no lograron las persecuciones de los emperadores paganos (dividirla) lo lograría un hasta entonces oscuro personaje: Arrio, presbítero.

De origen libio o beréber, había estudiado teología y las Sagradas Escrituras en la escuela de Antioquía bajo la tutela de Luciano, discípulo a su vez de Pablo de Samosata (adopcionista y subordinacionista), era poseedor de un talento retórico y discursivo tal que al pueblo alejandrino le encantaba escucharlo predicar porque por su medio entendía la liturgia y la Palabra. Posiblemente en el año 318, Arrio tuvo un enfrentamiento con su obispo, Alejandro, un hombre culto y venerable, egresado de la escuela de Alejandría (que defendía una enseñanza alegórica de la Escritura a diferencia de la antioquena), sobre el modo de entenderse la divinidad de Cristo, objetando al mismo tiempo su eternidad e igualdad con el Padre.

Arrio admitía sin paliativos que el Salvador es divino, pero no por naturaleza, sino por adopción, creado, no engendrado, y por lo tanto, diferente a Dios, y éste, siguiendo la línea arriana, no siempre fue Padre. Al ser creado, por lo tanto, existe a partir del tiempo, y por lo tanto es criatura, la primera de todas, existente antes de la creación y de la encarnación, pero criatura siempre, aunque por ella se hizo todo. Arrio temía que el monoteísmo cristiano se confundiera con politeísmo al explicar la Trinidad como una triada de dioses al modo griego o romano (Zeus, Hera y Atenea), así que explicaba que antes del tiempo hubo un único Dios, increado y poseedor absoluto de todas las cualidades, que se reveló a los profetas del Antiguo Testamento, que creó de una sustancia (hipóstasis) al Logos que sería denominado Hijo, y siguiendo con este hilo, el Espíritu Santo sería una segunda sustancia o criatura del Hijo y sometida a Él. Cuando el Hijo se encarnó en María, de esta tomó cuerpo, pero no tenía alma sino que el Logos, por ser espíritu, la sustituyó. Como vemos, es muy parecida su enseñanza a la herejía doceta, salvando la distancia de la apariencia corporal, y quizás, asumió una postura gnóstica sobre la divinidad al suprimirle su alma y dándole sólo forma corporal; padeciendo bajo este aspecto la pasión y muerte y fue por Dios Padre que al resucitar fue elevado a la categoría de Hijo suyo.

Detalle de un icono ortodoxo que representa el Concilio de Nicea.

Detalle de un icono ortodoxo que representa el Concilio de Nicea.

Un breve paréntesis, tanto Arrio como los demás protagonistas presenciaron los martirios cruentos de la última persecución y es probable que confesara la fe, pero al caer en desgracia muchos detalles de su vida permanecen en la oscuridad hasta hoy en día.

El primero en oponerse a Arrio fue su obispo, Alejandro, que respondía que la posición de Arrio negaba la divinidad del Verbo, y por tanto de Jesucristo.  Además, puesto que la iglesia desde los inicios había adorado a Jesucristo, si aceptáramos la propuesta arriana tendríamos, o bien que dejar de adorar a Jesucristo, o bien que adorar a una criatura. Ambas alternativas eran inaceptables, y por tanto Arrio debía estar equivocado.

El origen de la controversia entre los dos hombres es desconocida, pero la mayoría la colocan alrededor del año 318. En ese tiempo, Alejandro, tanto en la iglesia como en las reuniones presbiteriales, había censurado y refutado la enseñanza de Arrio como una falsa doctrina. Alejandro dio más o menos el primer impulso a la controversia por medio de insistir sobre la naturaleza eterna del Hijo. Luego, Arrio abiertamente lo retaría.

En los siguientes dos o tres años que siguieron, Alejandro convocó a un sínodo de obispos en Alejandría e inmediatamente excomulgaron a Arrio y a sus seguidores. No obstante, Arrio no aceptó este veredicto, sino que apeló a su vez a las masas y a varios obispos prominentes que habían sido sus condiscípulos en Antioquia, uno de los más influyentes era Eusebio de Nicodemia, obispo de Berito –actual Beirut, Líbano- que le dio asilo. Este personaje estaba lejanamente emparentado con Constantino y su dinastía, por lo que pronto accedió a la diócesis de la residencia imperial, más prestigiosa que la perdida ciudad fenicia, y desde esa posición favoreció a Arrio y a los disidentes. Pronto hubo protestas populares en Alejandría, donde las gentes marchaban por las calles cantando los refranes teológicos de Arrio, siendo el más popular: “Hubo cuando no lo hubo”. Además, los obispos a quienes Arrio había escrito, respondieron declarando que Arrio tenía razón, y que era Alejandro quien estaba enseñando doctrinas falsas. Luego, el debate local en Alejandría amenazaba volverse un cisma general que podría llegar a dividir a toda la iglesia oriental.

Alejandro escribió una epístola católica –ya en el sentido eclesial que hoy entendemos- donde advierte a sus colegas que el obispo está extendiendo la herejía arriana y quien se alíe con él está fuera de la comunión, pero Arrio, respaldado por Eusebio de Nicomedia, escribió una carta donde alega maltratos e injusticias. Y la redacción de cartas y apologías continuó. De lado de los ortodoxos, Alejandro escribió al obispo de Bizancio y a los obispos orientales del peligro de la herejía que Pablo de Samosata y Luciano de Antioquía prepararon y que Arrio propagaba. Cabe mencionarse que el redactor de esas misivas no era otro que un joven diácono de corta estatura pero de grandes virtudes que llegaría mucho más lejos y a quien el destino le depararía muchos sufrimientos por causa de la justicia: Atanasio de Alejandría.

Icono ortodoxo que representa a San Atanasio de Alejandría.

Icono ortodoxo que representa a San Atanasio de Alejandría.

Cabe aclarar que Arrio no inventó la herejía que lleva su nombre, sino que esta tenía precedentes más antiguos como ya mencioné. También es necesario aclarar, en honor a la verdad, que Arrio estaba lejos de sentirse indignado por no haber sido elegido obispo de Alejandría y como muestra de recelo inventó la doctrina que hoy leemos. Arrio reconocía la autoridad de los obispos, pero ante todo defendió sus opiniones basándose en las Escrituras. Es más, el apodo “arrianos” nunca lo quiso para sus seguidores, sino que se consideraban cristianos plenos y así se presentaban.

Ya hemos visto que la controversia alejandrina superó los límites de su urbe y abarcó todo el Oriente del imperio y los rumores de herejía llegaron a Occidente, donde el Obispo de Roma, Silvestre I, residía como el primero entre los iguales y permaneció si no a la saga, como una figura secundaria pero no al margen de los acontecimientos. De todos modos, el Occidente no se cimbró en aquél tiempo con la controversia como sucedió en Oriente.

Y se armó la de Dios es Padre… y Cristo
Ya es el año 320 o 322 de nuestra era y entra en escena Atanasio de Alejandría, diácono y secretario de su Obispo Alejandro, con su tratado “Contra los paganos y sobre la Encarnación del Verbo”, tratando la refutación del helenismo, la Trascendencia del único Dios verdadero, el carácter redentor de la Encarnación y en su punto central, la muerte y la resurrección de Jesús. Brillante escritor que expone teológicamente y defiende la fe contra las herejías apoyándose en el estudio de las Escrituras y en la Tradición: la fe en la Santísima Trinidad.

Otro personaje que también combatió a la herejía fue nada más y nada menos que San Antonio Abad, hombre muy respetado por su virtud y vida. Dejó su retiro en el desierto del Mar Rojo para recorrer los caminos y llegar a Alejandría para culminar su predicación contra el arrianismo. Conoció a San Atanasio y entre ambos surgió una gran amistad.

Icono del II Concilio de Nicea. siglo XVII, monasterio Novodévichy, Moscú (Rusia).

Icono del II Concilio de Nicea. siglo XVII, monasterio Novodévichy, Moscú (Rusia).

Para ese momento, Constantino acababa de consolidarse como único emperador y no hacía mucho que tuvo que “mediar” –imponer- su poder para contrarrestar a los cismáticos donatistas de Cartago en unión con los obispos de Occidente, entre ellos Melquíades obispo de Roma. Ahora se enteraba de este nuevo problema y a él le preocupaba más la cohesión de su imperio que las disputas doctrinales, pero sabía muy bien que éstas podían destruir la unidad imperial, y aconsejado por Osio, envió a éste para mediar entre los contendientes, pero el obispo cordobés vio que el problema ya era demasiado grande –y demasiado tarde- para resolverse con negociaciones particulares y la medida era demasiado lenta. Constantino se dejó aconsejar nuevamente por Osio, y tomó una decisión que cambiaría el curso de la historia de la iglesia: convocar una reunión de las partes en conflicto en un lugar cercano a su residencia para mantenerse al tanto y en control de la misma. Tenemos aquí a los verdaderos artífices del Primer Concilio Ecuménico –General- de Nicea. Una ironía del destino: un emperador pagano convocando una reunión de líderes cristianos.

La reacción de los obispos de ambos bandos fue grande. No hacía muchos años que la iglesia había salido de las catacumbas y sufrido una de sus más sangrientas persecuciones y muchos de los clérigos implicados mostraban aún secuelas físicas y psicológicas de las torturas sufridas por confesar la fe en Cristo, ¡Y un emperador pagano los convocaba a una reunión! Un concilio no era algo nuevo, los obispos de las diversas regiones los habían convocado a modo de sínodos regionales cuyas conclusiones aceptaban los comulgantes en señal de hermandad, pero nunca a gran escala. El emperador dio todas las garantías para que los obispos –se convocó a 1800 entre orientales y occidentales- asistieran a Nicea y en una sala del palacio se llevarían a cabo las sesiones. Como se sabe por Eusebio de Cesarea, el número de obispos asistentes fue de 300, pero cada uno llevó máximo dos presbíteros y tres diáconos, así que en total harían aproximadamente 1500 congregados (el número es especulativo, se menciona genéricamente “una muchedumbre”). No eran miembros de una élite, sino pastores que vivían de sol a sol con sus feligreses, muchos de ellos casados y con hijos, o viudos y célibes o solteros, y no todos se conocían entre sí. Los confesores de la fe jugaron un papel crucial en las deliberaciones.

Desgraciadamente, las actas originales del Concilio no se han conservado, lo cual tampoco es de extrañar en medio del turbulento mundo de la época. Sin embargo sí tenemos noticias del Concilio transmitidas a través de varios personajes que asistieron al mismo o que conocieron las actas originales: Eusebio de Cesarea, Atanasio de Alejandría, Sócrates, Sozomenes, Teodoreto, Rufino y una historia del Concilio de Nicea escrita en el siglo V por Gelasio de Cícico. Esto nos permite reconstruir razonablemente bien lo que fue el Concilio.

Pintura historicista del Santo, obra de Ángel María de Barela. Sala Capitular del Ayuntamiento de Córdoba, España.

Pintura historicista de San Osio de Córdoba, obra de Ángel María de Barela. Sala Capitular del Ayuntamiento de Córdoba, España.

Eusebio de Nicomedia y Eusebio de Cesarea se encuentran también entre los asistentes más conocidos, el primero, arriano, y luego amigos del emperador; Leoncio de Cesarea (que había sido eremita), Spyridion de Trimitous (que incluso de obispo seguía llevando vida de pastor de ovejas), Atanasio de Alejandría (que destacará especialmente en este Concilio), y Alejandro de Constantinopla (que también asistió en calidad de presbítero acompañando a su anciano obispo). Los únicos obispos occidentales que acudieron fueron Osio de Córdoba, que presidió el concilio, Ceciliano de Cartago (ratificado en su cargo por Melquiades, obispo de Roma, contra los donatistas), Marcos de Calabria, Nicasio de Dijon (de la Galia), Dono de Estridón, y los dos delegados de Silvestre de Roma, Víctor y Vicente, presbíteros. De fuera del imperio vinieron el obispo Juan de Persia e India, el godo Teófilo (de los germanos) y Estratófilo de Georgia. Veintidós de los obispos vinieron junto con Arrio como defensores de la causa arriana.

Contrario a lo que algunos cuadros y libros muestran, el Papa Silvestre no presidió, ni convocó ni asistió al Concilio, al no estar su firma entre los que aceptaron el credo niceno.

En este ambiente de euforia, los obispos se dedicaron a discutir las muchas cuestiones legislativas que era necesario resolver una vez terminada la persecución.  La asamblea aprobó una serie de reglas para la readmisión de los caídos, acerca del modo en que los presbíteros y obispos debían ser elegidos y ordenados, y sobre el orden de precedencia entre las diversas sedes (la Tetrarquía de Obispos: Roma, Antioquía, Alejandría y Jerusalén). En lo referente al asunto central, el 20 de mayo del 325 de la era cristiana, con Constantino como convocante y Osio de Córdoba como presidente del Concilio, dieron inicio las sesiones. Hubo largas discusiones entre los bandos arrianos, ortodoxos, monarquianistas y conciliadores. Las discusiones eran seguidas con mucha dificultad por la minoría de obispos que no hablaban griego como lengua materna porque estaban llenas de conceptos filosóficos muy sutiles y era necesario explicarlos. En esto estaban las cosas cuando Eusebio de Nicomedia, el jefe del partido arriano, pidió la palabra para exponer su doctrina. Al parecer, Eusebio estaba tan convencido de la verdad de lo que decía, que se sentía seguro de que tan pronto como los obispos escucharan una exposición clara de sus doctrinas las aceptarían como correctas, y en esto terminaría la cuestión.  Pero cuando los obispos oyeron la exposición de las doctrinas arrianas su reacción fue muy distinta de lo que Eusebio esperaba. La doctrina según la cual el Hijo o Verbo no era sino una criatura -por muy exaltada que fuese esa criatura- les pareció atentar contra el corazón mismo de su fe.  A los gritos de “¡blasfemia!”, “¡mentira!” y “¡herejía!”, Eusebio tuvo que callar, y se nos cuenta que algunos de los presentes le arrancaron su discurso, lo hicieron pedazos y lo pisotearon. Se cuenta una anécdota que no se sabe en qué momento ocurrió: Arrio tomó la palabra para defender sus opiniones ante una abrumadora oposición que lo miraba con desprecio, y en el momento que dijo “Debió existir un tiempo en que el Hijo no existía y Dios no era Padre”, uno de los obispos se adelantó y le dio una bofetada para callarlo. No era otro que Nicolás de Myra o de Bari, pero en las antiguas listas no se le menciona.

Concilio de Nicea. Fresco ortodoxo rumano (s.XVIII) en la iglesia Stauropoleos de Bucarest (Rumanía).

Concilio de Nicea. Fresco ortodoxo rumano (s.XVIII) en la iglesia Stauropoleos de Bucarest (Rumanía).

El resultado de todo esto fue que la actitud de la asamblea cambió.  Mientras antes la mayoría quería tratar el caso con la mayor suavidad posible, y quizá evitar condenar a persona alguna, ahora la mayoría estaba convencida de que era necesario condenar las doctrinas expuestas por Eusebio de Nicomedia.

Al principio se intentó lograr ese propósito mediante el uso exclusivo de citas bíblicas (Una de las citas bíblicas más decisivas fue las del Evangelio de Juan, 10:30 (“El Padre y yo somos una sola cosa”) o Juan 17:21 (“Que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti,”) y Juan 1:1-3 (“Al principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios”)… Pero pronto resultó claro que los arrianos podían interpretar cualquier cita de un modo que les resultaba favorable -o al menos aceptable. Atanasio, con el permiso de su obispo, tomó la palabra y se dirigió a Arrio y sus aliados con estas cuestiones fundamentales: “Si el Verbo fue creado, ¿cómo es que Dios que lo ha creado no podía crear el mundo?” y “Si el mundo no ha sido creado por el Verbo, ¿por qué no podía haber sido creado por Dios?” Fue tal su elocuencia y serenidad que los herejes le temieron más que a ninguno.

Por estas razones, la asamblea decidió componer un Credo que expresara la fe de la Iglesia en lo referente a las cuestiones que se debatían. Entonces Constantino inaugura oficialmente el Concilio, da un elocuente discurso haciendo ver a los obispos que es mucho lo que estaba en juego y no podían entretenerse en reproches personales o visiones locales. Ahora que no eran comunidades perseguidas y semiaisladas tenían que formar un bloque común y homogéneo, aparcar sus diferencias y procurar limpiar la doctrina original de todos los elementos que se hubieran adherido.

Pero después de su discurso Constantino tuvo que escuchar a los obispos relatarle todos los acuerdos doctrinales que ya se habían alcanzado. Su margen de maniobra, pues, era escaso, pero a Constantino no le interesaba -ni en realidad estaba formado lo suficiente como para entender- las discusiones doctrinales, sólo estaba realmente interesado en que se pusieran de acuerdo. Lo cierto es que, por el análisis de las cartas escritas por Constantino, se evidencia una gran carencia de formación teológica, y los estudiosos descartan la posibilidad de que él pudiese haber influido en la doctrina de la Iglesia debido justamente a este desconocimiento en teología, y menos aún, como le atribuye únicamente su entusiasmado Eusebio, haber discurrido él solito el término clave “homoousios” (consustancial) que recabó el consenso de casi todos, como veremos más adelante.

Quizá al emperador le pareció buena idea el término, y así lo expresó, pero no resulta creíble pensar que él fuera quien lo ideó, dada las complicaciones teológicas que supuso aceptarlo. Este término ya se había usado en ocasiones anteriores al discutir sobre la naturaleza de Jesús, pero suscitaba no pocos recelos; el auténtico mérito no fue el uso del término sino justificar lo apropiado de su uso para definir la doctrina cristológica. El acuerdo sobre el término zanjó la postura oficial frente al arrianismo: Jesús era consustancial al Padre (“de la misma naturaleza que el Padre” según nuestra actual traducción).

La palabra Homousios (consustancial), empleada la primera vez por el Niceno, no es más que una paráfrasis del Verbum erat apud Deum et Deus erat Verbum. El Cristianismo no ha variado ni variará nunca de doctrina. Que Osio redactó esta admirable fórmula, modelo de precisión de estilo y de vigor teológico lo afirma expresamente San Atanasio (Ep. Ad Solitarios): «Hic formulam fidei in Nicaena Synodo concepit». La suscribieron 318 Obispos, absteniéndose de hacerlo cinco arrianos tan sólo. En algunos Cánones disciplinarios del Concilio Niceno, especialmente en el III y en el XVIII, parece notarse la influencia del Concilio Iliberitano, y por ende la de Osio.

Icono ortodoxo griego de los padres del Séptimo Concilio Ecuménico.

Icono ortodoxo griego de los padres del Séptimo Concilio Ecuménico.

El Credo Niceno
“Creemos en un Dios Padre Todopoderoso, hacedor de todas las cosas visibles e invisibles. Y en un solo Señor Jesucristo, el Hijo de Dios; engendrado como el Unigénito del Padre, es decir, de la substancia del Padre, Dios de Dios; luz de luz; Dios verdadero de Dios verdadero; engendrado, no hecho; consubstancial al Padre; mediante el cual todas las cosas fueron hechas, tanto las que están en los cielos como las que están en la tierra; quien para nosotros los humanos y para nuestra salvación descendió y se hizo carne, se hizo humano, y sufrió, y resucitó al tercer día, y vendrá a juzgar a los vivos y los muertos. Y en el Espíritu Santo.
A quienes digan, pues, que hubo cuando el Hijo de Dios no existía, y que antes de ser engendrado no existía, y que fue hecho de las cosas que no son, o que fue formado de otra substancia o esencia, o que es una criatura, o que es mutable o variable, a éstos anatematiza la iglesia católica.”

En otras palabras, se reafirmó que Cristo no es un segundo Dios o un semi-Dios, sino que es Dios como el Padre lo es, y sólo Dios es el único mediador a través del Logos (o Verbo), el Hijo de Dios que es Dios, como el Padre es Dios. En consecuencia, sólo Dios puede realizar la divinización a través de la Encarnación y de la Redención. En todo caso, los obispos se consideraron satisfechos con este credo, y procedieron a firmarlo (comenzando por Osio y a continuación los legados del Obispo de Roma), dando así a entender que era una expresión genuina de su fe.  Sólo unos pocos -entre ellos Eusebio de Nicomedia y Arrio- se negaron a firmarlo.  Estos fueron condenados por la asamblea, y depuestos. Pero a esta sentencia Constantino añadió la suya, ordenando que los obispos depuestos abandonaran sus ciudades. Esta sentencia de exilio añadida a la de herejía tuvo funestas consecuencias, pues estableció el precedente según el cual el Estado intervendría para asegurar la ortodoxia de la Iglesia o de sus miembros.

El Credo Niceno tuvo modificaciones, pero en la tercera parte contaré su conformación actual que todos aprendimos en el catecismo y recitamos hoy en día reconociendo la doctrina fundamental de nuestra fe, así como las consecuencias inmediatas y a largo plazo de esta reunión histórica.

Alejandro

Bibliografía:
– GONZÁLEZ, Justo L. “Diccionario manual teológico”. Arrianismo, páginas 43 a la 45. Edición 2010. Editorial Clie. Barcelona, España.
– MENÉNDEZ PELAYO, Marcelino. Historia de los heterodoxos españoles. Libro primero, capítulo quinto: Osio en sus relaciones con el arrianismo, Potamio y Florencio. Librería católica de San José. Madrid, España, 1880.

Enlaces consultados (19/08/2013):
http://apologia21.wordpress.com/2012/12/21/el-concilio-de-nicea/
http://www.bible.ca/spanish/trinidad-posiciones-historicas-deidad-cristo-arrianismo-2.htm
http://www.cristianismo-primitivo.com/siglo-iv/el-concilio-de-nicea
http://www.cristianismo-primitivo.com/siglo-iv/los-arrianos
http://www.filosofia.org/aut/mmp/hhe1065.htm
http://mercaba.org/TESORO/atanasio01.htm
http://usuarios.advance.com.ar/pfernando/DocsIglAnt/Arrio_Cronologia.html

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Contestando a algunas breves preguntas (I)

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Vista de la librería de la “Societé des Bollandistes”. Bruselas, Bélgica.

Pregunta: Quisiera haceros tres preguntas: si todos los santos están reseñados en el Martirologio Romano, quienes son los bolandistas y si todas las iglesias cristianas se reconocen mutuamente a sus santos. Gracias.

Respuesta: No, el Martirologio Romano no es una recopilación exhaustiva de los santos del día; prueba de ello es que al final de cada día viene la coletilla de: “en otros muchos lugares otros muchos santos mártires, confesores y vírgenes”.

Los Bolandistas, sociedad con varios siglos de existencia y que ha realizado numerosísimos estudios hagiográficos y tiene numerosas publicaciones, son el grupo de estudiosos que más han contribuido a ampliar los conocimientos hagiográficos y más han desgranado el trigo (historia) de la paja (leyendas). Sin la ingente labor de esta importante sociedad, muy vinculada a los jesuitas, la hagiografía no sería una ciencia histórica como hoy lo es. Cualquier investigador que se precie y esté interesado en conocer a fondo la vida de un santo, inevitablemente tiene que recurrir a ellos. En Internet existe muchísima información sobre ellos y su obra.

Tanto las Iglesias Ortodoxas como la Católica, reconocen a todos los santos anteriores al gran Cisma del 1054. A partir de esa fecha y salvo excepciones, que las hay, cada Iglesia reconoce solo a los suyos propios. Cada Iglesia determina a quienes tienen que canonizar y a quienes no. En la Iglesia Católica esa es una labor de la Sagrada Congregación para las Causas de los Santos, teniendo la última palabra el Papa, mientras que en las Iglesias Ortodoxas, son los Santos Sínodos de cada una de ellas quienes lo determinan.

Y te decía antes que había excepciones y te pongo sólo dos ejemplos. San Sergio de Radonezh es un santo ortodoxo reconocido por la Iglesia Católica y San Esteban I rey de Hungría es un santo católico canonizado también recientemente por la Iglesia Rusa.
Supongo que llegará un día, cuando la comunión entre las Iglesias sea plena, en que todos sean reconocidos por todos.

Detalle de un icono ortodoxo que representa el Concilio de Nicea.

Pregunta: ¿Me podéis explicar brevemente que es el arrianismo? Muchas gracias desde Colombia.

Respuesta: Muy brevemente. El arrianismo es el conjunto de doctrinas desarrolladas por Arrio, que era un presbítero de Alejandría, así como por algunos de sus discípulos y simpatizantes. Uno de los primeros y probablemente el más importante punto del debate entre los primitivos cristianos fue el tema de la divinidad de Cristo. El arrianismo fue condenado como herejía inicialmente en el Primer Concilio de Nicea y, tras varias alternativas en las que era sucesivamente admitido y rechazado, fue definitivamente declarado como herético en el Primer Concilio de Constantinopla. No obstante, se mantuvo como religión oficial de algunos de los reinos establecidos por los godos en Europa tras la caída del Imperio romano de Occidente.

El arrianismo es definido como aquellas enseñanzas opuestas al Dogma Trinitario determinado en los dos primeros concilios ecuménicos, dogma que es mantenido en la actualidad por la Iglesia Católica, las Iglesias Ortodoxas Orientales y la mayoría de las Iglesias protestantes. Este término también se utiliza en ocasiones de forma inexacta para aludir genéricamente a aquellas doctrinas que expresen la negación de la naturaleza divina de Jesús.

Arrio sostenía que Jesús fue creado por Dios como el primer acto de la Creación, que Jesús fue la coronación gloriosa de toda la creación. Los arrianos opinaban que Jesús fue un ser creado con atributos divinos, pero no divino en y por Sí mismo.
En la Iglesia cristiana primitiva se creía que Cristo había preexistido como Hijo de Dios ya antes de su encarnación en Jesús de Nazaret, y que había descendido a la Tierra para redimir a los seres humanos. Esta concepción de la naturaleza de Cristo trajo aparejados varios debates teológicos, ya que se discutió si en Cristo existía una naturaleza divina o una humana, o bien ambas, y si esto era así, se discutió la relación entre ellas.

“Conversión de Recaredo”, lienzo de Muñoz Degrain. Palacio del Senado, Madrid (España).

Arrio creía que Cristo era una criatura, la primera criatura que había sido formada por el Creador antes del inicio de los tiempos. El decía: “Dios no siempre fue Padre” sino que “hubo un tiempo en que Dios estaba solo y aun no era Padre, pero después se convirtió en Padre”. Por lo tanto, “el Hijo no existió siempre”, pues así como todas las cosas se hicieron de la nada y todas las criaturas y obras existentes fueron hechas, también el Hijo fue hecho de la nada. “Hubo un tiempo en el que no existió”.

Finalmente, en el Primer Concilio de Nicea del año 325 se aprobó el Credo propuesto por Atanasio de Alejandría, y la cerrada defensa de la naturaleza divina del Hijo de Dios hecha por Atanasio consiguió incluso el destierro de Arrio. Cuando éste fue perdonado el año 336, murió en misteriosas circunstancias (probablemente envenenado). La disputa entre partidarios de la Trinidad, arrianos y los llamados “semiarrianos” ” iba a durar durante todo el siglo IV, llegando incluso a haber emperadores arrianos (el propio Constantino I el Grande fue bautizado en su lecho de muerte por el obispo arriano Eusebio de Nicomedia).

Después del Concilio de Constantinopla del año 381, el arrianismo fue definitivamente condenado y considerado como herejía en el mundo católico. Sin embargo, el arrianismo se mantuvo como religión de algunos pueblos germánicos hasta el siglo VI, cuando Recaredo I, rey de los visigodos, se bautizó como católico en el año 587 e impuso el catolicismo como religión oficial de su reino dos años después.

Relicario con el brazo de San Francisco Javier llevado a veneración en la catedral de Pamplona, España.

Pregunta: Buenas tardes, estoy haciendo un estudio sobre San Francisco Javier y sus reliquias. Según tengo entendido, la mayor parte del cuerpo reside en Goa, India y el brazo incorrupto en la iglesia del Gesù en Roma. Me gustaría saber desde cuando este brazo descansa en esta iglesia italiana y por qué está allí y las veces que ha llegado hasta mi ciudad, Pamplona. Tengo entendido que en marzo del 2006 fue la última vez al cumplirse el 500 aniversario de su nacimiento. Gracias por anticipado y enhorabuena por su página.

Respuesta: San Francisco Javier falleció el día 3 de diciembre del año 1552 y fue sepultado en la isla de Xancian cubierto de cal y así estuvo hasta el mes de febrero del año siguiente que fue cuando la nave portuguesa llamada Santa Cruz estuvo en condiciones para poder salir de la isla. Como los miembros de esta nave eran los que habían enterrado el cuerpo del santo cubierto de cal, al exhumarlo quedaron sorprendidos porque el cuerpo estaba incorrupto.
Aunque transportaron el cuerpo nuevamente cubierto de cal, al llegar a Malaca el 22 de marzo de 1553, comprobaron que seguía incorrupto y allí fue enterrado en la iglesia de Santa Maria del Monte. En el mes de diciembre de ese mismo año fue nuevamente desenterrado y llevado hasta Goa, donde llegó el 16 de marzo del año 1554.
Allí, en Goa, fue sepultado y es en el año 1613 cuando fue trasladado a la iglesia del Bom Jesús que es donde actualmente se encuentra.
Aunque el cuerpo del santo permanecía incorrupto es desde entonces cuando empiezan a hacerse visibles algunos signos de deterioro en el mismo muy probablemente por la forma en que era guardado o por las condiciones climáticas de aquella ciudad.

La fama de San Francisco Javier se extendió rápidamente desde el mismo momento de su muerte y se acrecentó por los traslados de un sitio a otro y por las curaciones que a él se le atribuían y es por eso, por lo que no estando aun beatificado, el Papa Paulo V solicitó al Quinto Superior General de la Compañía, Padre Claudio Acquaviva (que gobernó la Compañía de Jesús desde el 19 de febrero del 1581 al 31 de enero de 1615) que se llevase a Roma una reliquia importante de San Francisco.
Llegada la noticia a Goa se dispusieron a cumplirla, pero los cronistas dicen que hubo una serie de temblores y otros signos que daban a entender que esa no era la voluntad de Dios; sin embargo, los jesuitas rogaron al santo que les permitiese cumplir con la orden recibida y el día 3 de noviembre del año 1614 se le cortó el brazo derecho completo: brazo, antebrazo y mano.

Esta reliquia fue traída a Europa por el Padre Sebastián González que era el rector de los jesuitas de Goa y después de una travesía más o menos accidentada, llegó a España y, según tengo entendido, esta es la primera vez que el brazo de San Francisco estuvo en nuestro país. En total ha estado seis veces, la última de ellas, como tu muy bien dices, fue en el año 2006.
Inmediatamente, la reliquia fue llevada a Roma y depositada en un precioso relicario en la Iglesia del Gesù, que es donde actualmente se encuentra. El santo fue beatificado por este mismo Papa Paulo V, el día 25 de octubre de 1619, estando ya la reliquia en Roma.

Existen dos obras muy completas que narran con gran rigurosidad todas las peripecias ocurridas al cuerpo de San Francisco y es de Alexandro Valignano que fue testigo ocular en la segunda mitad del siglo XVI. Existe también una obra muy completa del Padre Georg Schurhammer.

Fotografía del Beato Reginaldo Hernández, revestido de su atuendo dominico.

Pregunta: Soy mexicano y me interesaría saber algo sobre el beato Reginaldo Hernández.

Respuesta: En el libro “Mártires dominicos de la provincia de España en Madrid (1936)” del Padre Felipe M. Castro, se habla extensamente de la vida y martirio del Beato Reginaldo Hernández. Como comprenderás te resumo muy brevemente todo lo relatado en dicho libro.

Él, cuando llegó de México, estuvo en Coria, de allí pasó a Salamanca y de esta ciudad, a Madrid (esto queda probado en la “Positio”). Cuando los frailes, huyendo, se marcharon del convento de Madrid en julio de 1936, Reginaldo, pensando en su condición de estudiante y mexicano y creyendo que no correría peligro, se quedó en el convento, pero eso fue por poco tiempo porque al ver que no era admitido como refugiado en la embajada mexicana, se acogió a la hospitalidad de la familia Reyna, aunque esto también fue inútil pues a los pocos días se presentaron unos milicianos en la casa y él se identificó.
Se lo llevaron y nunca regresó a su convento, ni supieron nada de él sus conocidos, ni la Orden Dominica y ni siquiera se supo nada en México. Se sabe que lo llevaron a la checa de Lista que estaba instalada en el convento de los Jerónimos y se corrió la voz de que por la noche lo habían fusilado, aunque no apareció ningún testigo ocular que presenciara el fusilamiento.

¿Dónde lo asesinaron exactamente? ¿Dónde lo enterraron? No se sabe nada de nada, solo lo que te he dicho antes: nunca regresó a su convento, nunca supieron nada sus conocidos, nunca supo nada la Orden y nunca se supo nada en México.
Después de una serie de investigaciones para comprobar que realmente hubo martirio, su nombre fue incluido en la “Causa General” de los Dominicos constando sus datos entre los folios 215 y 254 de dicha “Causa”. Por eso, la Provincia Dominicana en España, en el Capítulo Provincial celebrado en 1938, lo registró en las Actas Oficiales.
Murió mártir pero no se sabe absolutamente nada más. No te puedo decir otra cosa.

Detalle del Beato José María Scoto en una vidriera del santuario de Tàrrega, España.

Pregunta: Quisiera saber alguna cosa sobre un beato carmelita mártir llamado Gabriel Scoto, pero no encuentro nada. ¿Podéis ayudarme?

Respuesta: El beato Escoto, al tomar el hábito del Carmelo como novicio y siguiendo la costumbre de entonces, cambió su nombre Gabriel por José María y así consta en el elenco de los beatos, por lo cual ese es posiblemente el motivo por el que no encuentras nada sobre él.

Había comenzado su noviciado en Tárega (Lleida) cuando le sorprendió la guerra del 1936. Junto con los otros once religiosos, miembros de aquella comunidad carmelita, fue detenido el 29 de julio y posteriormente fusilado en las afueras de la vecina población de Cervera. Los doce beatos fueron cayendo uno sobre el otro tras ser asesinados; los cadáveres (algún testimonio certificó que algunos aún no habían muerto) fueron rociados con gasolina y quemados. Finalmente, los huesos calcinados fueron esparcidos por los campos de cultivo.

Cuando se volvió a formar una nueva comunidad carmelita en Tàrrega, los hermanos indagaron sobre el lugar del martirio y sobre los puntos en los que podrían haber sido esparcidos los restos de los mártires. En el lugar llamado “Clot dels Aubins” y sus alrededores recogieron los huesos que encontraron y los entregaron al Instituto Anatómico Forense para su análisis e identificación.
Una vez descartados los huesos no humanos, aquellos que de manera científicamente cierta pertenecían a esqueletos humanos (además sólo había huesos pertenecientes a hombres) fueron depositados ante un tribunal eclesiástico en una arqueta con la correspondiente certificación.

Con ocasión de la beatificación, fueron de nuevo examinados ante un tribunal diocesano y se depositaron en una nueva arca-relicario que fue colocada para su veneración bajo el altar de la iglesia de la Mare de Déu del Carme, que había sido reformada con vitrinas de los doce nuevos beatos mártires y con un nuevo altar. Por tanto, existen reliquias (huesos) de los doce beatos carmelitas de la comunidad de Tàrrega, pero no se puede saber a qué mártir pertenecía cada uno de los huesos del relicario.

Imagen de San Expedito venerada en su santuario de Rosario, Argentina.

Pregunta: Paz y bendiciones. Quisiera saber más sobre San Expedito y San Julián, soldados mártires romanos.

Respuesta: San Expedito fue un mártir que pertenece al grupo de los mártires de Mitilene, conmemorados el día 19 de abril. Él, independiente de los otros mártires del mismo grupo, ha gozado de un culto muy popular y difundido aunque desde una época relativamente reciente.
Tanto el Martirologio Jeronimiano como el Martirologio Romano indican sólo el nombre del mártir pero es absolutamente imposible precisar ningún otro dato fiable, ni sobre su vida, ni sobre en qué época vivió y ni siquiera cómo fue martirizado.

El hagiógrafo Delehaye avanzó la hipótesis de que el nombre de Expedito no sea más que una mala interpretación del nombre de Elpidio, otro mártir del mismo grupo de Mitilene, cuyo nombre ha llegado hasta nosotros bajo cinco formas diversas.
Desde la mitad del siglo XVIII, o sea, muy tardíamente, el culto a San Expedito se desarrolló en Sicilia (Messina, Acireale, etc.) y en Nápoles, donde el santo fue proclamado patrono secundario de la ciudad y especialmente venerado por los navegantes y negociantes, como favorecedor de los negocios (!!)
Es también muy venerado en la Alemania meridional.
Su iconografía es muy sugestiva porque se le representa vestido de soldado romano (cosa totalmente ficticia) e incluso a veces, cazando un cuervo. En las manos, normalmente, porta una cruz. Su culto está rodeado de muchas supersticiones.

Y en cuanto a San Julián, tengo que decirte que existen muchos santos de nombre Julián, pero ninguno fue soldado mártir romano. El tema está en que a algunos cuerpos santos extraídos de las catacumbas, les han puesto el nombre ficticio de Julián y los han vestido como si fuera un soldado romano, pero de esos cuerpos santos no se sabe absolutamente nada: ni vidas, ni épocas en que vivieron, ni qué profesiones tenían, ni cómo fueron martirizados… nada de nada. Lo siento, pero no puedo darte más detalles.

Antonio Barrero

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