Ascensión de Nuestro Señor

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"La Ascensión de Cristo", óleo del pintor surrealista Salvador Dalí (1958). Colección privada.

¿Quién es ese rey de la Gloria?
El Señor, Dios de los ejércitos: Él es el Rey de la Gloria.

Este pasaje del libro de los salmo (salmo 24 en la numeración de la Vulgata, 23 en la de los LXX) ha sido tomado por la tradición litúrgica de la Iglesia para este día solemnísimo de la Ascensión del Señor. Pero que el buen cristiano no piense que recordamos el abandono de la Iglesia por parte de su amado Esposo, al contrario, festejamos la presencia invisible y misteriosa del Maestro en medio del pueblo que adquirió con su sangre preciosa: “he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20). Sólo dos evangelistas, Mateo y Lucas, nos hablan de esta ascensión, en cambio los otros dos se contentan con relatar algunas de las apariciones de Jesús resucitado y después se guarda un cauto silencio, ¿por qué? La verdad, a diferencia de lo que el sentido nos puede dictar, a saber, que con la ascensión Jesucristo regresa a la gloria de Dios, su Padre, los Evangelio nos dan a entender con claridad que nuestro Señor entró “a los cielos” con su resurrección.

El Evangelio según San Juan se esfuerza en darnos a entender la nueva condición de la humanidad de Jesús, que ya no estará más sometida al imperio de la muerte; algo similar podemos decir del Evangelio según San Lucas, que con relatos como el de los peregrinos de Emaús nos hablan de una “nueva vida” tal que hasta el aspecto del Maestro cambia radicalmente. San Pablo, en sus cartas, insiste en la misma idea: Jesús, por medio de la resurrección, recibe el “nombre-sobre-todo-nombre”, que lo pone más allá de las potestades terrestres y celestes. Entonces ¿qué debe representar para nosotros, cristianos, esta solemnidad de la Ascensión? Pues no es más que su última aparición, su “despedida” de la vista de sus discípulos, despedida que es necesaria para que sean “revestidos de la fuerza que viene de lo alto” (Lc 24, 29); es necesario apartarnos del consuelo de su presencia visible para dar paso a la fuerza de la fe, que es vivificada por la acción del Espíritu Consolador: “dichosos los que crean si haber visto” (Jn 20, 29), “Cuando venga el Consolador, a quien yo enviaré del Padre, es decir, el Espíritu de verdad que procede el Padre, él dará testimonio de mi” (Jn 15, 26).

La Ascensión. Tríptico románico de marfil (s.XI). Francia.

El Maestro, con su consabida pedagogía, enseña a sus discípulos de un modo definitivo su nueva condición, a la cual ellos, y todos los que creamos en sus palabras a través de los tiempos, también estamos llamados a participar: “Galileos, ¿por qué os quedáis de pie mirando al cielo? (Hch 1, 11). No, no es mirando al cielo como llegaremos al Reino, sino construyendo día a día el proyecto que Jesús nos propone; no es mirando al cielo nada más, sino recorriendo el mismo camino de Jesús el cual siendo de condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios, al contrario, se despojó de su rango… pasando por uno de tantos (Flp 2, 6-7); Es preciso pasar por la Pascua, por esa dialéctica de muerte-vida, para poder aspirar a compartir el destino de nuestro Señor; es preciso mirar la vida, no con los ojos de la carne sino con la lógica de la cruz y la tumba vacía, en definitiva, viviendo la cotidianidad de la vida desde el Misterio Pascual; como dijo el Beato Oscar Arnulfo Romero, de feliz memoria, en una solemnidad de la Ascensión: “Aquel cuerpo de hombre, que es al mismo tiempo Dios, subiendo sobre el vaivén de las cosas de la tierra para situarnos en una perspectiva de eternidad sobre las cosas que pasan…”[1].

Esta hermosa solemnidad de la Ascensión debe su existencia a la santa Pascua, la más primitiva de todas las celebraciones cristianas. Ya en el siglo II encontramos alusiones a un tiempo pascual de 50 días que pretendía prolongar la alegría de la resurrección, de hecho, las fuentes se refieren a este tiempo como el “gran domingo” o “Pentecostés[2], tiempo celebrado en las Galias, Asia menor y África romana. Este tiempo, con su característica unidad (es un solo día prolongado, sin fiestas intermedias), va propagándose por todas la Iglesias, y ya tenemos que para el siglo IV es un tiempo de precepto universal. Sin embargo, a finales de este mismo siglo, en diversas partes empiezan a surgir ciertas celebraciones que se intercalan en este espacio de tiempo casi “indivisible”. Inicialmente se refuerza el día cincuenta, que cae en domingo, a manera de solemne clausura del tiempo pascual, tal como lo encontramos en la Iglesia de Jerusalén según nos narra la virgen Egeria.

La Ascensión. Miniatura del Breviario de Martín el Humano (s.XIV).

En las Iglesias siríacas, poco después, se va uniendo a este último domingo el recuerdo de la Ascensión del Señor, como plenitud que es del Misterio Pascual. En las Iglesias de Constantinopla, Roma, Milán e Hispania, en cambio, ateniéndose a la cronología sugerida en los Hechos de los Apóstoles, deciden celebrar en este domingo la venida del Espíritu Santo, como sello definitivo de la obra redentora de Jesús. Así, tenemos dos tradiciones respecto del último día. Miremos un poco cómo evoluciona la segunda de estas tradiciones mencionadas.

Siguiendo el mismo criterio cronológico, se observa en las Iglesias hispánicas que empiezan a solemnizar el día 40, asociándolo a la memoria de la Ascensión. Y muestra de ello es la prohibición que encontramos en el Concilio de Elvira (año 300) referida a no empezar los ayunos después de este día; por lo que parece, dado que celebraban la “subida del Señor”, algunos consideraban que el tiempo pascual ya había terminado pues el Esposo ya los ha abandonado.

Ya llegando al final del siglo IV, San Juan Crisóstomo nos da testimonio claro de la existencia de esta fiesta, y la asocia con el hecho de que el Maestro mismo insiste en que debe “marchar” para que el Consolador llegue a la comunidad de los apóstoles, es decir, la fiesta de la Ascensión es consecuencia  directa de la fiesta de la venida del Espíritu Santo, celebrada el último día del tiempo pascual.

Numerosos testimonios nos hablan de la total difusión de esta fiesta en Occidente ya al asomar el siglo V, además que va ganando prestigio: se la hace preceder de un corto tiempo de ayuno, rompiendo así la vieja unidad del “gran domingo”. Este ayuno previo a la solemnidad de la Ascensión fue conservado en la liturgia romana hasta la reforma litúrgica del 1969, pese a las diversas voces, como la del cardenal Schuster, osb, que pedían restablecer la vieja tradición pascual.

Al día de hoy, es considerada como uno de los “polos” que acentúan el carácter pascual de este tiempo, una solemnidad que gravita en torno al santo día de Pascua y lo “ayuda” a mantener el carácter festivo a lo largo del tiempo pascual. En muy pocos países se sigue la tradición de celebrarlo el día cuarenta: la mayoría de Conferencia Episcopales han decidido trasladarlo al domingo siguiente, para facilitar la participación de los fieles, además de subrayar su subordinación tanto al tiempo como a la propia solemnidad de Pascua.

Dairon


[1] Romero, Oscar Arnulfo. Su pensamiento. Homilías ciclo B Adviento-Pascua, 3 de diciembre de 1978 a 17 de junio de 1979. Publicaciones pastorales del Arzobispado. San Salvador, 1989.

[2] En referencia a los 50 días que dura la celebración, y no a nuestra actual solemnidad de Pentecostés.

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