El Bautismo del Señor. La Antigua y Nueva Alianza.

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Bautismo del Señor, óleo de Andrea Verrocchio (1475-1478). Galería de los Uffizi, Florencia (Italia). El ángel que está de espaldas y el paisaje del fondo son la primera ejecución destacada de su discípulo, Leonardo da Vinci.

Introducción
Aunque esta fiesta es bien conocida y su tradición está bien arraigada en el cristianismo, quería, con este artículo, enriquecer los de otros años ahondando en algunas cuestiones puntuales que, a veces, se nos pasan por alto cuando celebramos esta solemnidad. Me refiero sobre todo a la relación que existe entre el Bautismo de Cristo y el Antiguo Testamento. Iremos desgranando algunos aspectos que pueden resultar interesantes a fin de entender esta fiesta.

¿Por qué se celebra el Bautismo en el Tiempo de Navidad?
Ya sabemos que con la solemnidad del Bautismo del Señor termina el Tiempo de Navidad. Uno, a primera vista, podría pensar que las celebraciones navideñas poco tienen que ver con todo esto, que el Jesús del Jordán con treinta años parece tener poco que ver con el chiquirritín de Belén. La explicación que siempre escuchamos es que se termina con esta solemnidad porque Jesús concluye aquí su vida oculta, comienza la pública y es pórtico de acceso al Tiempo Ordinario. Sí, todo eso está muy bien, es la explicación clásica y no me desdigo de ella, pero siempre olvidamos que hay algo más, algo de mucha importancia que siempre olvidamos en este día.

En este Tiempo de la Navidad no sólo se celebra que el Verbo se encarna, sino también que Jesús nace en un pueblo concreto: el pueblo de Israel, el pueblo escogido por Dios. Los evangelistas Mateo y Lucas (Mt 1, 1 ss y Lc 3, 23 ss), se esfuerzan con vehemencia en dejarlo claro a todos sus lectores presentando unas elaboradas y entretenidas genealogías: Jesús nace en una familia judía, es claramente judío, vive las tradiciones judías (circuncisión, reza en la sinagoga, celebra la Pascua…), es de la tribu de Judá, sus raíces davídicas están bien afianzadas tanto por parte de la Virgen María, como por su padre adoptivo, san José. Es curioso que en el evangelio de Lucas encontremos esta genealogía justo después de la narración del Bautismo. El evangelista sabe que, con el bautismo, Jesús se presenta al pueblo de Israel, y él quiere presentarlo como judío de pura cepa. Su misión de anuncio de la nueva Israel no puede tener éxito alguno si no es un israelita por los cuatro costados.

Por tanto, como más adelante desarrollaremos, el Bautismo de Jesús es el último acto de su “vida judía”. Lo que viene después, el anuncio del Reino, es ya “algo nuevo”, algo que podemos decir se sale de las tradiciones, creencias y vivencias judías, y por lo que tendrá numerosos problemas. Comienzan las bases y la predicación de lo que llamamos cristianismo.

Bautismo del Señor, lienzo de Pietro Cristoforo Vanucci “Il Perugino”.

El Bautismo que recibe Cristo, ¿bautismo cristiano?
Pero, el bautismo que Juan Bautista hacía en el Jordán y que el mismo Jesús recibió, ¿era un bautismo cristiano? Podemos decir con rotundidad que no, según lo explica el Concilio de Trento [1]. Veamos las diferencias más importantes, que no únicas:
– Juan Bautista hace de puente entre el Antiguo Testamento y el Nuevo. Es el último profeta de la tradición del Antiguo Testamento, imagen de Elías. No es alguien de lo que podríamos denominar la Nueva Israel, sino que es anterior a Jesús; anuncia al Mesías, pero no es ni discípulo suyo ni entra en su dinámica del Reino.
– El bautismo de Juan era un simple signo exterior, aunque con un simbolismo purificatorio interior que invita al pueblo a una renovación profunda, a fin de acoger al Mesías que llega. Es lo que nos indica el evangelio de Marcos: “Juan Bautista apareció en el desierto bautizando y predicando un bautismo de penitencia para remisión de los pecados” (Mc 1,4). Aunque el texto puede hacernos pensar que este bautismo perdona los pecados, en realidad es preparatorio para ello. El texto de Mateo es más claro: “Yo os bautizo con vistas a la penitencia (Mt 3, 11). Jesús es el único que redimirá al pueblo e instituirá un bautismo completo (Hch 19, 4). Sólo el bautismo cristiano perdona los pecados. En esta línea se expresa también Sto. Tomás de Aquino[2].
– El bautismo cristiano es sacramento que celebra la Iglesia por medio de sus ministros. Juan Bautista ni era ministro de la Iglesia ni recibió de Cristo el mandato de bautizar.
– Los actos del Bautista no se enraízan en la Pascua, su bautismo no es pascual, por tanto no es cristiano. El bautismo cristiano tiene sentido y se asienta en la Pascua.
– El bautismo cristiano es sacramento que nace de la Trinidad (Mt 28, 19), da el Espíritu Santo a quien lo recibe. Ya el mismo Juan lo avisaba: “Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo… Yo os bautizo con agua, pero él os bautizará en el Espíritu Santo” (Mc 1, 7-8).
– El bautismo de Juan carece de la dimensión escatológica que posee el bautismo cristiano. Mateo nos cuenta que el bautismo que instituirá Cristo es de “Espíritu y fuego” (Mt 3, 11). Ese fuego es la gracia trinitaria para vencer al pecado, carente en el bautismo de Juan.

Pareciendo olvidar todas estas razones, muchos han querido explicar, a veces de manera engorrosa y poco acertada, el contrasentido aparente de que Jesús se hiciera bautizar en el Jordán si no tenía pecado: dar ejemplo de humildad, motivar al bautismo a sus seguidores, dar su gracia a las aguas bautismales, demostrar que Juan era el precursor, etc. Incluso, por culpa de buscar razones innecesarias, surgieron herejías como el adopcionismo. Pero estas explicaciones no tienen sentido ya que, repito, el bautismo de Juan no era lo que entendemos ahora, en nuestra doctrina y praxis eclesial actual, un bautismo cristiano, y no perdonaba pecado alguno. Me uno a la idea de J.L. Martín Descalzo de que en este gesto de Cristo hay una solidaridad redentora: se hace como nosotros también en esto para participar de nuestra debilidad y así renovarla y transformarla, hace suyos los pecados del mundo [3].

En continuación con esto hay un pasaje aún más complicado en su análisis exegético. Me refiero al texto de Jn 4, 1-3, donde se nos cuenta que los discípulos bautizaban como Juan Bautista (y Jesús no parece oponerse a ello). Tampoco éste es un bautismo cristiano como lo entendemos ahora. Las razones son las mismas antes expuestas. No ahondaremos más en la cuestión.

“Y el Espíritu de Dios se cernía sobre las aguas” (Gen 1, 2). Detalle de un mosaico bizantino en la basílica de San Marcos de Venecia, Italia.

Las Prefiguraciones del Bautismo en el Antiguo Testamento
En el Antiguo Testamento hay abundancia de imágenes que la Tradición eclesial ha presentado como prefigurativas del bautismo.
En el Génesis encontramos dos de ellas. En el relato de la creación se nos cuenta que “el Espíritu de Dios se cernía sobre la superficie de las aguas” (Gen 1, 2) (o revoloteaba, según traducciones). Ya aquí se presentan dos elementos bautismales de los que habla Jesús a Nicodemo: Espíritu y agua (Jn 3, 5). También el relato del diluvio (Gen 6, 1 ss) es prefiguración bautismal: el pecado es purificado por el agua y sólo los que se embarcan en la nave de Noé (imagen de la Iglesia) se salvan. El diluvio es nueva creación; el bautismo, nuevo nacimiento.

En el Éxodo hallamos el paso del mar Rojo, que es otra prefiguración bautismal (Ex 14, 21). El sumergirnos en las aguas del bautismo nos libera del pecado y nos encamina a otra nueva tierra de promisión. San Pablo en la carta a los Corintios (1 Cor 10, 1ss) recordará este pasaje y nos nombrará nuevo pueblo del nuevo Moisés, Cristo.

También las purificaciones del Pentateuco son imágenes del bautismo que lavan la impureza. En Ex 29, 4 Dios exhorta a los sacerdotes a ser puros para presentarse ante él en el tabernáculo (prefiguración de la necesidad de bautizarse a fin de poder entrar en el nuevo pueblo de Dios, la Iglesia). También en Lev 14 1ss se nos cuenta el precepto divino del rito de purificación de los leprosos (imagen del pecado) antes de ser admitidos en la comunidad (Iglesia). Este rito purificador lo pone en práctica Eliseo con Namaán, el sirio (2 Re 5, 1ss). Curiosamente el río donde se lava Naamán es el Jordán.

No hay que olvidar tampoco las unciones que se dan en todo el Antiguo Testamento. Se unge a reyes, sacerdotes y profetas, y sobre ellos baja el Espíritu de Yahvé. De esta unción participamos por el bautismo y nos convertimos en coherederos de Cristo sacerdote, rey y profeta. Destaca las unciones de Saúl (1 Sam 10, 1), de David (1Sam 16, 11-13), de cuya casa nacería el Salvador, y de otros reyes con el profeta Eliseo (1 Re 19, 16).

Pero la prefiguración más clara en todos los textos del Antiguo Testamento es la circuncisión. A ella le dedicaremos más espacio y análisis.

Circuncisión de Jesús. Iluminación del Menologio de Basilio II (s.XI). Biblioteca Apostólica Vaticana, Roma.

La Pertenencia a un Pueblo Escogido: relación circuncisión-bautismo
Desde siempre se ha visto claramente la relación entre la circuncisión y bautismo. Fue un tema muy estudiado por los escritos de los Padres de la Iglesia. Veamos brevemente sus semejanzas y diferencias más importantes.

– Los signos de la circuncisión y el bautismo son signos de pertenencia a un pueblo: el pueblo de Israel para la circuncisión y el Nuevo Israel, la Iglesia, para el bautismo. Sin ellos uno está excluido de estos dos grupos.
– El bautismo es para todos, hombres y mujeres, pero la circuncisión, por razones obvias, es sólo para los varones israelitas. También el bautismo acoge a todos: judíos y gentiles, esclavos o libre, hombres y mujeres de toda raza, pueblo o nación. La circuncisión es exclusiva para el grupo étnico hebreo, descendiente de las doce tribus.
– La circuncisión es un signo externo, cruento, con derramamiento de sangre y dolor (el que el pueblo de Israel iba a sufrir para alcanzar su salvación). El bautismo es incruento, sin sangre (ya la derramó Cristo en la cruz por la salvación de todos), da nueva vida.
– La circuncisión no perdona los pecados como ocurre en el bautismo, el cual es purificador. Tampoco la circuncisión tiene una dimensión escatológica.
– En el ritual de la circuncisión es la carne, signo externo, la que se hiere. En el bautismo es el agua, la luz y el óleo los signos visibles. Las diferencias rituales son significativas.
– La circuncisión se realiza al octavo día del nacimiento del niño. El bautismo no tiene límites ni obligaciones temporales.

Antigua y Nueva Israel
En el comienzo de la Iglesia hubo un gran debate sobre la relación entre circuncisión y bautismo. Los cristianos provenientes del judaísmo eran férreos defensores de la circuncisión. No entendían una relación con Dios sin este signo externo, pacto de Dios con su Pueblo, Israel, precepto judío desde tiempos de Abraham (Gen 17, 10). Fue el motivo principal a tratar en el llamado I Concilio de Jerusalén (Hch 15, 1ss). Los apóstoles con san Pedro a la cabeza no impusieron finalmente la circuncisión a los nuevos bautizados que llegaban desde el mundo gentil. La praxis eclesial así lo aceptó desde los inicios y la circuncisión quedó en desuso.

Concilio Apostólico de Jerusalén. Vidriera decimonónica en la catedral de Colonia, Alemania.

San Pablo hace un gran desarrollo sobre el tema en todo su epistolario. El bautismo es la nueva circuncisión, incluso así lo llama en varios pasajes. Es la nueva forma de ingreso en el nuevo pueblo de Israel, que es la Iglesia; es también la nueva purificación, la manera de arrancar el pecado de nuestra vida.

En la carta a los Colosenses, afirma: “En Él fuisteis circuncidados con una circuncisión no de manos de hombre… sino con la circuncisión de Cristo. Con Él también fuisteis sepultados en el bautismo y en Él asimismo fuisteis resucitados por la fe… (Col 2,11-12). Aparece aquí la muerte al pecado y la resurrección a una nueva vida en Cristo.

En la epístola a los Filipenses advierte contra los judaizantes: “… guardaos de los malos obreros, cuidado con la mutilación, porque la circuncisión somos nosotros, los que servimos en el Espíritu de Dios y nos gloriamos en Cristo Jesús y no ponemos nuestra confianza en la carne” (Fil 3, 2-3). El mismo apóstol se enorgullece en los versículos posteriores de haber superado esta visión veterotestamentaria y de haber entrado en la Nueva Alianza.

En fin, los cristianos estamos llamados en este día del Bautismo del Señor no sólo a recordar este pasaje, sino a hacer presente y actual la vinculación sacramental indeleble con nuestro Salvador, Cristo. No podemos otra cosa que dar gracias por formar parte de este Nuevo Israel que es la Iglesia. Que en nuestro peregrinaje en esta vida hacia el encuentro definitivo con Él perseveremos en nuestra fe bautismal.

David


[1] Concilio de Trento. Dz 857.
[2] Sto. Tomás de Aquino. Sum Theol. III, 38, 1-6.
[3] J.L. Martín Descalzo. Vida y misterio de Jesús de Nazaret. Pág. 231

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