Los santos y el sufrimiento (III)

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Óleo-retrato de la Santa en su lecho de sufrimiento. La leyenda dice en alemán: "Beata Ana Schäffer, ruega por nosotros".

Óleo-retrato de la Santa en su lecho de sufrimiento. La leyenda dice en alemán: “Beata Ana Schäffer, ruega por nosotros”.

Santa Ana Schaeffer
Mindelstetten (Baviera, Alemania), 18 de febrero de 1882 – 5 de octubre de 1925

Fue la tercera de los ocho hijos que tuvieron el carpintero bávaro Miguel Schaeffer y su esposa Teresa Forster. La familia no tenía muchos recursos y todos vivían de las pocas ganancias que conseguía su padre. Ana recibió la instrucción elemental en las escuelas de Mindelstetten y allí empezó a cultivar un sueño: ser religiosa y convertirse en misionera a tierras lejanas. Pero se necesitaba una dote para ser aceptada en una congregación religiosa y por eso, se marchó a trabajar a Regensburg, prestando sus servicios a una familia de buena posición social: Este fue el primer paso hacia la realización de su sueño.

Pero en aquel momento, ella no sabía que ese paso también sería el último. Su padre murió al año siguiente y ella tuvo que volver a Mindelstetten para ayudar a la familia que quedó huérfana, con cinco hermanos y hermanas más pequeños que ella. Se dedicó a trabajar tanto en su casa como en las de otros. Así transcurrieron algunos años: los pequeños de la casa crecieron y pronto no necesitarían de ella y ella podría repensarse alla lejana misión… Pero el 14 de febrero del año 1901, cuando tenía diecinueve años de edad, la desgracia hizo que quedara inválida para siempre. Sucedió en el lavadero de la casa forestal de Stammham, cerca de Ingolstadt, donde ella trabajaba: una chimenea estaba a punto de resbalar y caer y ella se subió a arreglarla, pero cayó en una tina llena de agua caliente con lejía sufriendo gravísimas quemaduras en las piernas, hasta las rodillas. La curaron en el hospital de Kosching y posteriormente, en el centro médico universitario de Erlangen, pero poco pudo hacerse contra las llagas que la acción corrosiva del detergente le habían provocado. Ana tuvo que volver a su casa de Mindelstetten después de meses de hospitalización, encontrándose inválida para siempre, convirtiendose ella y su familia en más pobres aun de lo que lo eran antes.

Vista del sepulcro de la Santa.

Vista del sepulcro de la Santa.

La familia se quedó en la ruina y ella prisionera de sus dolores, insoportables y con la certeza de que no tenían cura, que no acabarían nunca. Todo esto y con solo veintiún años de edad: una situación insoportable, no podía quedarse así, se rebelaba contra este sufrimiento sin esperaza y así se lo hizo conocer a los suyos, a sus amigos y al padre Karl Rieder, que era su párroco. La conquista de la serenidad no le llegó por súbitas iluminaciones, sino que fue una larga fatiga la que hizo que Ana se convenciera: lo suyo no era una condena, sino que era una tarea que el Señor le había confiado y a la que tenía que consagrarse; ser misionera así, desde el lecho del dolor, llena de llagas. Y lo aceptó, no como una rendición, sino como un acto de voluntad: Ana ofreció todos sus sufrimientos al Señor. Y tuvo mucho que ofrecer: las desgracias de la lavandería, las llagas, la parálisis total de sus piernas, rigidez de la médula espinal y para colmo, un cáncer intestinal. Asi, herida, hablaba de “sus sueños” en los cuales se les aparecieron Jesús y San Francisco.

Se dedicó a aconsejar y alentar a la gente que iban a solicitarle ayuda y apoyo. Se hizo necesaria, indispensable, segura y saludable; en la cama siempre estaba “de guardia” para atender a los demás incluso escribiendo cartas. No dejó de estar al servicio de los demás hasta que murió. En el mes de septiembre del 1925, una caída de la cama la dejó sin voz, solo susurraba: “Jesús, yo vivo en ti”. Después de su muerte dejó una fuerte presencia en toda la región bávara. Sepultada en el cementerio, su cuerpo fue transportado a la iglesia parroquial de Mindelstetten. San Juan Pablo II la beatificó el 17 de marzo de 1999, siendo canonizada por el Papa Benedicto XVI, el 21 de octubre del 2012.

Óleo de la Beata por Gabriel Cornelius Von Max.

Óleo de la Beata por Gabriel Cornelius Von Max.

Beata Ana Catalina Emmerick
Flamske (Alemania), 8 de septiembre de 1774 – Dülmen, 9 de febrero de 1824

Finalmente, esta religiosa venerable, mística, vidente y estigmatizada del siglo XVIII, después de un largo proceso de beatificación que duró más de ciento treinta y cinco años, fue inscrita en el catálogo de los beatos por San Juan Pablo II, el 3 de octubre del año 2004.

Ana Catalina Emmerick nació el 8 de septiembre de 1774 en Flamske bei Coestfeld (Westfalia, Alemania), siendo sus padres Bernardo Emmerick y Ana Hillers, que eran unos católicos de condición muy humildes, De pequeña, hizo de pastora y ya en este período de su vida advirtió su vocación religiosa, aunque se encontró con la oposición de su padre. Durante su juventud, Dios la colmó de grandes dones, como fenómenos de éxtasis y de visiones, aunque esto no la ayudó ya que fue rechazada por varias comunidades. En el 1802, cuando tenía veintiocho años de edad, gracias al interés de su amiga Clara Soentgen – una joven de la burguesía -, pudo entrar en el monasterio de las Canónigas Regulares de San Agustín en Agnetenberg, cerca de Dülmen. La vida en el monasterio fue muy dura para ella porque no tenía la misma condición social que el resto de las monjas y esto le hizo sufrir insistentes presiones. A esto se le unió el que sufría de varias enfermedades, como consecuencia de un incidente padecido en el año 1805, que la obligó a permanecer casi continuamente en su habitación desde el 1806 al 1812.

Cuando era una campesina, podía mantener ocultos los fenómenos místicos que se manifestaban en ella, pero en el monasterio, en un ambiente más restringido, esto le era imposible y, por lo tanto, algunas monjas, por celo o por ignorancia la hicieron objeto de insinuaciones maliciosas y de todo género de sospechas. En el año 1811 el convento fue suprimido por las legiones francesas de Napoleón Bonaparte y las hermanas tuvieron que dispersarse. Ana Catalina se puso al servicio de un sacerdote (don Juan Martín Lambert), procedente de la diócesis francesa de Amiens y que había emigrado a Dülmen. En casa de este sacerdote, a finales del 1812, los fenómenos místicos se multiplicaron y en los últimos días de diciembre recibió los estigmas de la Pasión. Durante dos meses pudo mantenerlos ocultos, pero el 28 de febrero no pudo levantarse más del lecho, que llegó a ser su instrumento de expiación por los pecados de los hombres, uniendo sus sufrimientos a los de la Pasión de Jesús.

Sepulcro de la Beata en la iglesia de la Santa Cruz de Dülmen, Alemania.

Sepulcro de la Beata en la iglesia de la Santa Cruz de Dülmen, Alemania.

Fue sometida a una investigación sobre los estigmas, los sufrimientos de la Pasión y los fenómenos místicos que se le manifestaban y la investigación demostró su absoluta inocencia y el carácter sobrenatural de los mismos. Se sabe que tuvo una visión sobre la vida de Jesús y de María, pero sobre todo de la Pasión de Cristo: por ejemplo, explicó detalladamente como era la casa donde vivía la Virgen en Éfeso y cómo era el castillo de Maqueronte, en el que fue decapitado San Juan Bautista. Es difícil saber cuales fueron efectivamente sus visiones, porque un contemporáneo suyo, el poeta y escritor Clemente Brentano (1778-1842), las publicó añadiéndole y adornándolas por su cuenta, creando así una gran confusión, que puso algunas dificultades en el proceso de beatificación.

Ana Catalina Emmerick murió en Dülmen el día 9 de febrero de 1824, llegando a ser una de las siervas de Dios más conocida de Europa. Por pertenecer a la Orden de las Agustinas, los monjes de esta Orden promovieron su Causa, que como ya he dicho sufrió varios reveses por parte de algunos obispos, del propio Papa León XIII y por motivos políticos ocurridos en Alemania… hasta que definitivamente, el 4 de mayo de 1981 se emitió el decreto de introducción de la Causa.

Fotografía de la Beata en su lecho.

Fotografía de la Beata en su lecho.

Beata Alejandrina Maria da Costa
Balasar (Portugal), 3 de marzo de 1904 – Balasar, 13 de octubre de 1955

Alejandrina Maria da Costa nació en Balasar (provincia de Oporto y archidiócesis de Braga), el 30 de marzo de 1904, siendo bautizada el 2 de abril siguiente, Sábado Santo. Su madre la educó cristianamente junto con su hermana Deolinda. Alejandrina permaneció con su familia hasta los siete años de edad, siendo entonces enviada a Povora do Varzim a la casa de la familia de un carpintero para así poder frecuentar la escuela elemental, pues en Balasar no la había. Allí hizo su primera comunión en el año 1911 y al año siguiente fue confirmada por el obispo de Oporto. Pasados dieciocho meses retornó a su pueblo para vivir con su madre y su hermana en aquella localidad lo que sería su Calvario hasta el día de su muerte. Como era de constitución robusta, comenzó a trabajar en el campo. Su infancia había sido muy animada, estaba dotada de un temperamento alegre y comunicativo, siendo muy querida por sus compañeras. Pero con doce años de edad enfermó: una grave infección (quizás una fiebre intestinal o tifoidea) la puso a un paso de la muerte. Superó el peligro, pero su físico quedó señalado para siempre. Con catorce años de edad le ocurrió un hecho que fue decisivo en su vida. Era el Sábado Santo del 1918.

Aquel día, ella, su hermana Deolinda y una muchacha aprendiza tenían intención de ponerse a coser cuando se encontraron con tres hombres que intentaban entrar en su habitación. Aunque debido a su fortaleza pudo cerrar la puerta, los tres hombres la forzaron y entraron. Alejandrina, para salvar su amenazada pureza, no tuvo suerte al saltar por la ventana de la habitación desde una altura de cuatro metros. Las consecuencias fueron terribles, aunque no inmediatas. Después de varias visitas al médico, le diagnosticaron un hecho irreversible. Con muchísima voluntad y tremendas dificultades pudo ir a la iglesia hasta que tuvo diecinueve años de edad; esto edificó de manera maravillosa a la gente de su pueblo. La parálisis fue progresando y los dolores se fueron haciendo cada vez más terribles, las articulaciones perdieron todo movimiento y quedó completamente paralizada. Era el 14 de abril de 1925 cuando Alejandrina ya no pudo levantarse de la cama, en la que permaneció por espacio de treinta años hasta su muerte.

La Beata fotografiada durante un éxtasis.

La Beata fotografiada durante un éxtasis.

Hasta el 1928 no dejó de pedirle al Señor por intercesión de la Virgen, la gracia de la curación haciendo la promesa de que si se curaba se convertiría en misionera. Pero finalmente tuvo que comprender que el sufrimiento era su vocación, lo que aceptó de manera gustosa. Decía: “Ahora, nuestra Señora me ha concedido una gracia aun mayor. Primero la resignación, después la conformidad completa a la voluntad de Dios y finalmente, el deseo de sufrir”. Pertenecen a este período los primeros fenómenos místicos, cuando Alejandrina inició una vida de gran unión de Jesús en el Tabernáculo a través de la Santísima Virgen. Un día en el que se encontraba sola, le vino de improviso este pensamiento: “Jesús, tu estás prisionero en el Tabernáculo y yo en mi cama por tu voluntad. Hagámosnos compañía”. Desde ese momento comenzó su misión: se convirtió como en la lámpara del Tabernáculo. En todas las Misas se ofrecía al Padre Eterno como víctima por los pecadores, junto a Jesús y conforme con sus intenciones. En ella crecía más y más el amor por el sufrimiento al mismo tiempo que su vocación de víctima se veía con más claridad. Hizo voto de hacer siempre aquello que creyese era lo más perfecto.

Desde el viernes 3 de octubre de 1938 al 24 de marzo de 1942, o sea, ciento ochenta y dos veces, vivió todos los viernes los sufrimientos de la Pasión. Alejandrina, superando su estado habitual de parálisis, se levantaba de la cama y con movimientos y gestos acompañados de terribles dolores, reproducía los diversos momentos del Vía Crucis durante tres horas y media. “Amar, sufrir, reparar” fue el programa que el Señor le indicó.

Desde el 1934 – invitada por el jesuita Mariano Pinho que fue su director espiritual hasta el año 1941 – , Alejandrina escribía todo aquello que Jesús le decía. En el 1936, por orden de Jesús, a través del padre Pinho, solicitó al Papa la consagración del mundo al Corazón Inmaculado de María. Esta súplica fue varias veces renovada hasta finales de 1941, cuando la Santa Sede la interrogó por tres veces a través del arzobispo de Braga. El 31 de octubre de 1942, el Papa pío XII consagró el mundo al Corazón Inmaculado de María mediante un mensaje transmitido a Fátima en lengua portuguesa. Este acto fue renovado en Roma, en la Basílica de San Pedro, el 8 de diciembre del mismo año.

Fotografía de la Beata en la cama, con una imagen de María Auxiliadora.

Fotografía de la Beata en la cama, con una imagen de María Auxiliadora.

El 27 de marzo de 1942, Alejandrina dejó de alimentarse, viviendo solamente de la Eucaristía. En el año 1943, durante cuarenta días con sus cuarenta noches, fue controlado estrictamente por médicos cualificados su absoluto ayuno y anuria en el hospital de la Foce del Duro, cerca de Oporto. En 1944, su nuevo director espiritual, el salesiano don Humberto Pasquale, alentó a Alejandrina para que continuase dictando su diario, después de comprobar las altas cotas de espiritualidad a las que había llegado. Ella lo hizo obedientemente hasta su muerte. Ese mismo año, Alejandrina se inscribió en la Unión de los Cooperadores Salesianos. Quiso colocar su diploma de Cooperadora “en un lugar en el que estuviese siempre bajo sus ojos”, para colaborar con su dolor y con sus oraciones a la salvación de las almas, sobre todos las de los jóvenes. Oró y sufrió por la santificación de los Cooperadores Salesianos de todo el mundo. A pesar de sus sufrimientos, siempre se interesaba y empeñaba a favor de los pobres, del bien espiritual de sus parroquianos y de otras muchas personas que recurrían a ella. En su parroquia, promovió la celebración de triduos, las Cuarenta Horas y la Cuaresma.

De manera muy especial, en los últimos años de su vida, acudían a ella muchísimas personas venidas desde muy lejos, atraidas por su fama de santidad; muchos de ellos, atribuían su conversión a los consejos recibidos de Alejandrina. En el año 1950 festejó el XXV aniversario de su inmovilidad. El 7 de enero de 1955 se fue preanunciado que aquel sería el año de su muerte y así, el 12 de octubre quiso recibir la Unción de los Enfermos. El 13 de octubre, aniversario de la última aparición de la Virgen de Fátima, sintieron que exclamaba: “Estoy muy feliz porque me voy al cielo” y, efectivamente, murió a las siete y media de la tarde.

Sepulcro de la Beata.

Sepulcro de la Beata.

En su tumba pueden leerse estas palabras suyas: “Pecadores, si las cenizas de mi cuerpo pueden serte útiles para salvarte, pasa sobre ellas hasta que desaparezcan, pero no peques más. No ofendas a nuestro Jesús”. Esta es la síntesis de su misma vida; exclusivamente, la salvación de las almas. En Oporto, en la tarde del día 15 de octubre, los floristas quedaron desprovistos de rosas blandas; todas habían sido vendidas. Fue un homenaje floral a Alejandrina, que había sido la rosa blanca de Jesús. Fue beatificada por San Juan Pablo II el 25 de abril del año 2004.

Estos han vivido en el sufrimiento la intimidad con el Señor, descubriendo no tanto un refugio consolador, “sino al Único que conoce el dolor y la solidaridad hasta el fondo de nuestra experiencia” (T. Bello). Ellos, ahora, son aquel “todos nosotros” como dice San Pablo, “con el rostro descubierto, reflejando como en un espejo la gloria del Señor”, han manifestado la gloria que en ellos habitaba y “de gloria en gloria” (porque la gloria de Cristo es el fruto de su Cruz…”mete aquí la mano”, dijo el Resucitado a Tomás), dieron la cara a la acción del Espíritu Santo.

Damiano Grenci

Bibliografía y sitios:
* AA. VV. – Biblioteca Sanctorum (Enciclopedia dei Santi) – Voll. 1-12 e I-II-III appendice – Ed. Città Nuova
* C.E.I. – Martirologio Romano – Libreria Editrice Vaticana – 2007 – pp. 1142
* Grenci Damiano Marco – Archivo privado iconográfico y hagiografico: 1977 – 2008
* Dora Samà – “La vita nascosta in Cristo. La Monachella di San Bruno”, Sud Grafica Marina di Davoli (2006)
* AA. VV. de santibeati.it

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Beata Alexandrina María da Costa, virgen

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Imagen de la beatificación.

Imagen de la beatificación.

Introducción
La espiritualidad salesiana tiene una profundidad muy honda y aunque su función principal es la educación de la juventud, no pierde de vista la integración de toda la comunidad para que los muchachos tengan el respaldo de los adultos. Por ello, San Juan Bosco tuvo la idea de crear a los Salesianos Cooperadores, laicos en su mayoría (incluye a sacerdotes seculares como es el caso de San José María de Yermo y Parres) para tener el apoyo de los bautizados adultos que comparten su ideal de hacer de los jóvenes “buenos cristianos y honestos ciudadanos”. Y esa formación espiritual tiene tres fundamentos: el amor a Jesucristo Sacramentado, a María Auxiliadora y el Papa. Estas devociones bien aprendidas y aún, mejor experimentadas, hacen que la espiritualidad salesiana sea semillero de santidad.

Por ello, en esta gran familia no solo caben clérigos y religiosos, misioneros y mártires: el laico tiene también un papel protagónico y aunque muchas veces entendamos que el laico tiene una figura activa y con aspecto apostólico, hoy presentamos el caso de una persona discapacitada que mediante su oración y ofrecimiento al proyecto de Dios, se ha convertido en un ejemplo asombroso de como Cristo escoge a lo débil del mundo para confundir a los fuertes. Tal es el caso de la Beata Alexandrina María da Costa.

Infancia
Nació el Jueves Santo 30 de marzo de 1904 en Balazar, provincia de Oporto y recibió el bautismo el 2 de abril siguiente Sábado de Gloria, como se le conocía entonces al Sábado Santo. Desde los seis años se enlistó en el catecismo e hizo su primera Comunión cuando tenía los siete. A esta edad le fascinaba ir a la iglesia para admirar las imágenes de Nuestra Señora del Rosario y de San José.

Tuvo una hermana que se llamaba Diolinda, de carácter sereno y apaciguado, en contraposición del de ella, que era vivaracho. “Es como una cabrita”, decía su madre. Arremetía a pedradas contra las piadosas damas que volvían de la iglesia cubiertas de sus velos negros. Esas señoras rezanderas le resultaban particularmente antipáticas: cierta vez, durante un sermón, tuvo la ocurrencia de atar de dos en dos las cintas de sus mantones; al final, luego del pequeño gran escándalo que se hizo, debió huir del templo para no explotar en carcajadas.

Fotografía de la Beata en la cama, con una imagen de María Auxiliadora.

Fotografía de la Beata en la cama, con una imagen de María Auxiliadora.

Pero punto y aparte, era una mujercita entregada a las labores domésticas: cargar la leña, lavar la ropa en el arroyo, tenía un particular empeño por la limpieza de la misma: “No consigo pensar que el Niño Jesús tuviera su ropa sucia. Siempre he pensado en llegar a ser Santa, pienso yo que el Señor no quiere suciedad en el alma ni en el cuerpo.” Con doce años comienza a trabajar como sirvienta en la casa de un campesino que vive muy lejos de su entorno. Este hombre es un bruto y exige a la niña que trabaje más allá de sus fuerzas. Tiene ante ella el comportamiento de un verdadero animal. A pesar de su juventud y la alegría que tenía por su naturaleza personal, siente verdadera amargura por esa situación. Finalmente no pudiendo soportar esto, antes de los cinco meses renuncia a su trabajo. Pero para no ser una carga para su familia, aprovechando que tiene energía física exuberante, trabaja en el campo. Puede cargar un saco de cereales con la fuerza de un adulto. Pronto cumple catorce años y se perfila como una hermosa muchacha. Las miradas se vuelven sobre ella para mirarla, algunas veces con turbias intenciones, como lo hizo su ex patrón, que se encapricha con ella. Aun hombre casado que le dedicó un piropo soez, le propina una solemne bofetón y un joven rico que la esperaba luego del trabajo con la intención de meterle mano, tiene que escuchar a voz en grito un reclamo en su contra.

Un salto de cuatro metros
El Sábado de Gloria de 1918, estaba Alexandrina en su casa, acompañada de su hermana y una amiga haciendo trabajos de costura. Entonces vieron como tres hombres se dirigían al cuarto donde ellas estaban con la intención de atacarlas y con rapidez pudieron encerrarse por dentro. Estos brutos lograron destrozar las puertas y Diolinda y la otra joven fueron retenidas por esos desgraciados. Alexandrina miró la ventana abierta y se arrojó por ella para salvarse. Fueron cuatro metros de altura los que había entre el ventanal y el suelo. Cuando pudo incorporarse tomó un palo y fue a defender a las otras dos muchachas: “¡Perros, fuera de aquí!”, les gritó amenazante. Ellos se retiraron y las jóvenes continuaron su trabajo. Poco después fue presa de fuertes dolores y estuvo obligada a guardar cama por largos períodos.

Fotografía de la Beata en su lecho.

Fotografía de la Beata en su lecho.

Luego de peregrinar por hospitales, un médico de Oporto, Juan de Almeida, le dijo claramente a su mamá: “Quedará paralítica para siempre”. Con diecinueve años, Alexandrina se postró en su cama para no levantarse más. Aquel cuerpo lleno de vida, al que la madre había comparado con una cabrita, está reducido a un guiñapo inmóvil e inútil para siempre. Es entonces a cuando Alexandrina discierne su vocación, transformándose en víctima mística junto a Jesucristo crucificado por la salvación de los pecadores de todo el mundo.

Al principio hizo todo lo posible por lograr su curación. Hasta le prometió a Dios que si se aliviaba se haría misionera y vestiría de luto toda su vida, ella a quien tanto le gustaba los vestidos atractivos. Su madre, su hermana y primas oraban por ella haciendo muchas novenas, pero sus fuerzas poco a poco se fueron disminuyendo. Entonces ella sintió la necesidad de orar y unirse a Jesús. Sin saber cómo, se ofreció a Dios como víctima por los pecadores. Así, poco a poco sus deseos de sanar se fueron diluyendo y viendo el peligro de tantas almas que tienen el riesgo de perderse, tuvo el deseo de sólo pensar en Dios.

Hubo entonces una peregrinación a Fátima, ella quería participar, pero no pudo. Entonces tiene una experiencia mística, está de pronto en su parroquia ante el Sagrario y comprendió que Jesús también estaba prisionero en el Tabernáculo, entonces le dice: “Jesús, tú estás prisionero en el Sagrario y yo en mi lecho por tu voluntad, nos haremos compañía”. Desde esa fecha peregrina espiritualmente ante todos los sagrarios y ella se siente como la lámpara viva que anuncia su presencia.

Un lecho, un altar
Pese a las limitaciones que puede significar el estar reducido a la inmovilidad en una cama, Alexandrina nunca perdió la calma, ni la alegría ni su confianza en Dios. Su vida de oración se fue profundizando al grado de profundizar en una vida mística. Desde 1931 Jesucristo se le manifiesta y la invita a inmolarse junto con él, sugiriéndole un camino a seguir: amar, sufrir, reparar. En 1936 escucha esta invitación del Señor: “Ayúdame a salvar a la humanidad”. Como su enfermedad se va agravando, su párroco decide llevarle la Comunión diariamente. Desde el 13 de octubre de 1938 hasta el 20 de marzo de 1942 sufre cada viernes los dolores de la Pasión. Se le revisa clínicamente mediante varios médicos y el mismo Papa manda a un canónigo, Manuel Vilar, a que revise con prudencia su situación. Ella vivió místicamente la Pasión íntima de Jesús, desde el mediodía hasta las tres de la tarde recuperaba el movimiento del cuerpo, casi levitando en su cama y a través de ella eran palpables, los sufrimientos del Redentor: Getsemaní, el camino al Calvario, la Crucifixión. Hay películas grabadas y fotografías que se usaron como testimonio para su beatificación. El 20 de marzo de 1939 Jesucristo le predice el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, que se iniciará el 1 de septiembre del mismo año “como castigo de los graves pecados”. Entonces ella se ofrece como víctima por la paz.

La Beata fotografiada durante un éxtasis.

La Beata fotografiada durante un éxtasis.

Mística de la Eucaristía
En 1832, el Jueves de Corpus Chisti, apareció sobre la tierra una cruz de color diverso en el camino que va de la iglesia parroquial al barrio de Alexandrina, llamado del Calvario; a pesar de los intentos hechos por el párroco para borrarla, incluso usando agua, la cruz se formaba nuevamente. En un éxtasis del 5 de diciembre de 1947, Jesús le revela el significado de esa cruz: “Envié la cruz a esta parroquia como anuncio de tu crucifixión. La cruz estaba lista, pero faltabas tú, eres la victima elegida en los planes divinos. No es sólo mi Alexandrina la que está crucificada sino Cristo en ella y con ella es como he obtenido dos frutos: el amor a la Cruz y una gran reparación”. Cabe señalar que este signo está visible hasta hoy y bien documentado.

Jesús Eucaristía se convirtió en el centro de sus atenciones, por ello se inscribió en la asociación de las Hijas de María y en el grupo de Marías de los Sagrarios Calvarios, asociación fundada por el Beato Manuel González. Sucesivamente Cristo le dice: “Ve a mis tabernáculos, vive allí, de ahí viene la fuerza para todos ámame mucho, piensa en mí; gracias a ti se salvarán muchos pecadores”. “Ven a mis tabernáculos, ven a mi escuela aprende de tu Jesús el amor al silencio, la humildad, la obediencia y el abandono”. Luego de la Comunión, Jesús le indica un nuevo tabernáculo: “¿Quieres encontrarme, hija mía? Búscame en tu corazón y en tu alma, ahí habito tu corazón como en mi tabernáculo. ¡Si supieras cuánto me consuelas y cuánto socorres a los pecadores con sólo decirme que eres mi víctima”.

Alexandrina tuvo que afrontar por ello incomprensiones, abandonos, calumnias y persecuciones, lo que afrontó y vivió eucarísticamente, perdonando siempre y ofreciendo esta prueba al Señor, que le dice también “Ánimo hija mía, te hago semejante a mí, también yo fui perseguido. Ama la soledad, ve a los sagrarios, hablemos con amor y ternura de esposos, no me dejes ni siquiera un momento solo en la Eucaristía”.

Jesús también le pide la salvación de las almas, invitándola a estar crucificada con él. También le pide, como a Santa Margarita María de Alacoque, la comunión reparadora de los nueve viernes primeros y la consagración del mundo al Corazón Inmaculado de María, su Madre. En vísperas de la Guerra Civil Española, todavía Cristo le señala el corazón de su Madre como remedio para la humanidad en peligro. Por órdenes de Jesús, pidió al Papa que se realizara dicha consagración, por lo que la Santa Sede interrogó tres veces al arzobispo de Braga sobre Alexandrina. Por fin, el Papa Pío XII consagró el mundo al Corazón Inmaculado de María el 31 de octubre de 1947. Desde entonces, la vivencia visible y sensible de la Pasión de Cristo en el cuerpo de la enferma terminó de presentarse.

La Beata en su lecho de muerte.

La Beata en su lecho de muerte.

Por espacio de trece años, inició un ayuno total que se prolongará hasta su muerte, viviendo únicamente con el alimento de la Eucaristía: “No te alimentarás ya nunca sobre la tierra, tu alimento es mi Carne, tu sangre es mi divina Sangre, tu vida es mi vida: la recibes de mí cuando uno mi Corazón al tuyo, cuando te consuelo. No quiero que uses medicinas, excepto aquellas a las que no se atribuye alimentación. Grande es el milagro de tu vida, hija mía, hago que sólo vivas de mí, para mostrar al mundo el valor de mi Eucaristía y lo que significa mi vida en las almas“.

Cooperadora salesiana
En 1945, el P. Humberto Pasquale conoce y trata a Alexandrina, a quien le da el diploma de Cooperadora Salesiana (hoy tendría que decirse “salesiana cooperadora”) para que en unión con los salesianos, trabajara por la salvación de las almas y rogase y ofrezca sus sufrimientos por todos los cooperadores del mundo. Este diploma ella lo hizo colocar en un lugar visible de su aposento para no perderlo de vista, “me siento muy unida a los salesianos y a los cooperadores de todo el mundo. ¡Cuántas veces reafirmo mi testimonio de pertenencia y ofrezco mis sufrimientos, unida a todos ellos, por la salvación de la juventud! Amo a la congregación y no la olvidaré jamás, ni en la tierra ni en el cielo”. También hizo colocar una foto de la capilla del noviciado de Mogofores, así se convirtió en la hermana víctima de los novicios salesianos que se preparan a seguir la misión de San Juan Bosco. A ellos les escribirá: “Los llevo a todos en mi corazón. Tengan confianza, Jesús estará siempre con ustedes. Cuenten conmigo en la tierra y después en el cielo, donde los espero. Por favor, rueguen por mí, soy su Alexandrina”.

En 1946, la construcción de la paz mundial se va forjando con dificultad. Jesús le promete que a su sepulcro irán muchedumbres de pecadores para convertirse, así como ya hasta su lecho se acercan multitudes. Quinientos sesenta y tres en la fiesta de San José en el año de 1953. Dos mil el 9 de mayo siguiente, seis mil el 6 de junio.

Sepulcro de la Beata.

Sepulcro de la Beata.

Última enfermedad y muerte
El 9 de abril de 1954 se cumplen doce años de su ayuno eucarístico y entonces, su vista comienza a debilitarse; debe resignarse a vivir a casi siempre en la oscuridad, incapaz de soportar un rayo de luz. Llama a su habitación “mi negra prisión” y, dirigiéndose a los pecadores, les invita a cambiar de vida afirmando: “Me he exprimido por vosotros”. Pide constantemente a Jesús morir en un día jueves y en una fiesta mariana. El 6 de mayo de 1955, la Virgen se le aparece y le dice: “Dentro de poco vendré a llevarte”. Ese lapso de tiempo se cumple el 13 de octubre, aniversario de la última aparición de Nuestra Señora de Fátima. Ese día le acompaña un grupo de personas a su lado y les susurra: “No pequen. El mundo no vale nada. Esto es todo. Reciban a menudo la Comunión. Recen el Rosario diariamente. Adiós, hasta vernos en el cielo”. Se apaga por la noche murmurando: “Me voy al cielo”.

Esa tarde se agotaron todas las rosas de Oporto, pues fueron vendidas para llevarlas a la capilla ardiente donde estaba su cuerpo. Antes de morir había pedido que se le sepultara frente al Sagrario: “En vida siempre deseé estar unida a Jesús en el Santísimo Sacramento del altar y mirar al tabernáculo cuantas veces me fuera posible, después de mi muerte quiero seguir contemplándole, teniendo la mirada fija en Nuestro Señor Sacramentado”. A su hermana Diolinda dictó su epitafio: “Pecador: si las cenizas de mi cuerpo pueden ser útiles para salvarte, acércate. Si es necesario, pisotéalas hasta que desaparezcan pero no peques nunca más. No ofendas más a nuestro Señor. Conviértete, no pierdas a Jesús por toda la eternidad. ¡Él es tan bueno!”.

Culto
Su proceso de canonización fue abierto por la diócesis de Braga en 1973. En 1978 sus restos fueron exhumados y trasladados a la parroquia de Balasar, donde actualmente reposan. Fue beatificada el 25 de abril de 2004 por San Juan Pablo II. Su celebración litúrgica se asignó al 13 de octubre, aniversario de su muerte.

Oración
Dios, Padre bueno, que has dado a tu Iglesia a Alexandrina María, unida íntimamente a la Pasión de tu Hijo, para que, en todos los rincones del mundo, se encienda el amor a la Eucaristía y la devoción al Inmaculado Corazón de María; haz que seamos también nosotros morada de tu Espíritu y testimonios apasionados de tu amor misericordioso. Por nuestro Señor Jesucristo…

Humberto

Bibliografía
– BOSCO, Teresio, Familia Salesiana, Familia de Santos. Editorial CCS, Madrid 1998 pp. 141-146.
– MEMORIA, La Eucaristía, Luz y Vida del Nuevo Milenio, XLVIII Congreso Eucarístico Internacional, Guadalajara, México, 2004. Arquidiócesis de Guadalajara, A.R. Ediciones de Impre-Jal, pp. 427-431.
– VVAA, Nuevo Año Cristiano X Octubre, Editorial BAC, Madrid, 2006, pp. 346-355.

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es