Beata Antonia Mesina, mártir de la pureza

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Fotografía coloreada de la Beata.

Fotografía coloreada de la Beata.

Hace unos días dedicamos un artículo a la Beata Pierina Morosini, joven obrera italiana mártir de la pureza. Hoy, día de su fiesta y como quedó prometido, le dedicamos este artículo a otra muchacha asesinada en similares circunstancias, la niña sarda Antonia Mesina. Nos encontraremos con una historia similar aunque un caso distinto, y, nuevamente, las comparaciones con Santa María Goretti, representante de todas las mártires de la pureza, sobresale inevitablemente.

Una campesina de Cerdeña
Antonia Mesina nació en Orgosolo (diócesis de Nuoro, isla de Cerdeña) el 21 de junio de 1919, hija de Agostino Mesina, guarda forestal, y de Grazia Rubanu, ama de casa; fue bautizada el 30 de junio de 1919, en la parroquia local de San Pedro (s.XIV), confirmada por el obispo Luca Canepa el 10 de noviembre de 1920, con sólo un año y medio de edad; y a los siete años realizó la Primera Comunión. Era la segunda hija de diez hermanos, seis de los cuales murieron siendo todavía muy pequeños, por lo que pronto tuvo que ayudar a su madre en las tareas domésticas y en el cuidado de los hermanos menores, en el que destacaba por su atención maternal. La familia, de condición modesta, era mantenida exclusivamente por el salario del padre.

Siempre fue una niña muy piadosa y observante. Se inscribió en Acción Católica de 1929 a 1931 como “benjamina” (aspirante) y en 1934 hasta el año de su muerte -1935-, como “socia efectiva” (militante activa). Tenía una gran devoción por la Eucaristía, por el Sagrado Corazón de Jesús y por la Virgen, de los cuales sacaba fuerzas para desarrollar una espiritualidad que en ella se daba en lo cotidiano, y que también la ayudó a desarrollar una amor a la virtud de la pureza. Rezaba a menudo el rosario y siempre que podía comulgaba. Era una niña llena de una piedad simple y fervorosa, generosa en su dedicación a su familia, mostrando respeto y caridad hacia todos.

Fotografía coloreada de la Beata, luciendo el traje tradicional de las mujeres sardas.

Fotografía coloreada de la Beata, luciendo el traje tradicional de las mujeres sardas.

Era de carácter reservado, pero decidido, como era habitual entre las mujeres de la zona, y asimismo evitaba todo lo que pudiese ofuscar su modestia y reputación. Participaba espontáneamente en los eventos de Orgosolo: de ahí que tengamos retratos suyos portando el bonito y colorido vestido tradicional de las mujeres sardas, con ocasión de las fiestas de la Asunción (15 de agosto) y también de San Ananías, que se celebraba el primer domingo de junio.

Participó con entusiasmo de la famosa “Cruzada por la pureza” -en la cual también participaría la Beata Pierina Morosini- llevada a cabo por la Juventud Femenina de Acción Católica y liderada por Armida Barelli. Antonia, como tiempo después Pierina, quedaría impactada por la heroicidad del martirio de María Goretti, de tal modo que muchas veces dijo a sus allegados que si ella se encontrara en la misma situación que Goretti, preferiría, como ella, hacerse matar antes que perder la pureza y la castidad. Así se lo dijo al sacerdote don Cabras cuando él elogiaba a Goretti: “Yo habría hecho lo mismo que ella”. De hecho, su hermano Giulio declararía posteriormente que su hermana tenía un libro dedicado a Goretti y la conocía muy bien. Y un día, contando a su madre un abuso ocurrido a una joven esposa de Lollove, en Novara, declaró decidida: “Si eso me sucediera a mí, ¡antes me aplastan como a una hormiga que cedo!”. Tristemente, estas palabras resultarían proféticas, es más, se cumplieron literalmente.

Martirio
El 17 de mayo de 1935, después de participar en la Eucaristía y comulgar, fue enviada por su madre al bosque del pueblo vecino de Obadduthai para recoger leña, pues aquel día debían hornear el pan. Iba junto a su amiga, una niña de doce años llamada Anna Castangia, que se había encontrado por el camino, cuando fue interceptada por un joven que se les había adelantado hacía poco, pero que habían perdido de vista. Este muchacho, llamado Ignazio Giovanni Catgiu, era también oriundo de la zona, y le propuso mantener relaciones sexuales, asegurándole que estaba enamorado de ella. Pero Antonia lo rechazó enérgicamente, lo que lo enfureció hasta el punto de decidir tomar por la fuerza lo que ella no le daba de buen grado.

Mural contemporáneo de la Beata en adoración ante Jesús Crucificado. Parroquia de Orgosolo, Cerdeña.

Mural contemporáneo de la Beata en adoración ante Jesús Crucificado. Parroquia de Orgosolo, Cerdeña.

Anna Castangia se dio la vuelta y vio a Antonia asaltada por este joven, gritando pidiendo ayuda, pero debido a su corta edad, nada pudo hacer por ayudarla. Las crónicas y actas del suceso instituido en el jurado de Assise de Sassari permitieron reconstruir las fases del asesinato de Antonia Mesina, que fue un acto terriblemente cruento.

El agresor, al verse rechazado, la sujetó por la espalda, mientras ella gritaba: “¡Papá… papá!”. La muchacha era fuerte, por lo que de primeras logró escapar de su agresor, que la persiguió y alcanzó. Ciego de ira, agarró una gruesa piedra y la golpeó en la cara. Antonia, con el rostro ensangrentado y la vista obnubilada, cayó de rodillas antes de desplomarse sobre el suelo, aterrizando sobre los codos. Aquí fue encontrado un primer charco de sangre.

Entonces, Catgiu agarró a Antonia por el pelo y la arrastró por el suelo una distancia de nueve metros, tirándola de los cabellos, hasta unos arbustos, donde intentó desgarrarle la ropa y violarla. La joven no se rindió y peleó duramente contra su agresor, mientras seguía gritando y pidiendo ayuda. Tanto se le resistió que hizo imposible la violación, pero desató la furia del asesino, que agarró una piedra todavía más grande y empezó a descargar golpes con todas sus fuerzas, sobre la frente, la boca y los ojos de su víctima, destrozándole la cara, hasta que se dio cuenta de que la había matado. Aquí quedó un segundo charco de sangre. Tenía 16 años de edad.

Urna con la figura que contiene los restos de la Beata, vestida con el traje tradicional sardo. Parroquia de Orgosolo, Cerdeña.

Urna con la figura que contiene los restos de la Beata, vestida con el traje tradicional sardo. Parroquia de Orgosolo, Cerdeña.

Catgiu escondió el cadáver entre los arbustos y se alejó, no sin antes haberle machacado la cabeza a pedradas, quizá para cerciorarse de que no pudieran reconocerla. Ciertamente, para cuando fue encontrado, el cuerpo estaba en condiciones horribles: el rostro de Antonia, herida con setenta y cuatro golpes de piedra, estaba tan desfigurado que era irreconocible. La autopsia reveló que no se había consumado la violación y que, por tanto, Antonia Mesina había sido asesinada, como confesaría posteriormente el asesino, por haberse negado a complacer sexualmente a su agresor. “Antonia Mesina ha vencido, pero le ha costado la vida”, declararía el doctor Raffaele Calamida, que la había examinado. Y el juez Emanuele Pili diría también: “Martirizada, ¡pero pura!”

Beatificación
Los funerales, que tuvieron lugar el 19 de mayo de 1935, dos meses después del asesinato, fueron muy concurridos por todo el pueblo de Orgosolo. La brutalidad del crimen causó un gran impacto en toda la isla. No hubo misericordia para el asesino que la había masacrado tan cruelmente: Catgiu fue condenado a muerte y fusilado.

Pronto se extendió la fama de santidad de Antonia y la certeza de que su muerte, acaecida con gran dolor y violencia mientras se resistía a una agresión sexual, era martirio como lo había sido en el caso de María Goretti. Por ello, la Congregación para las Causas de los Santos dio el nihil obstat para el inicio del proceso el día 22 de septiembre de 1978 y, finalmente, el papa San Juan Pablo II la beatificó el 4 de octubre de 1987.

Detalle de la figura que contiene los restos de la Beata.

Detalle de la figura que contiene los restos de la Beata.

Como curiosidad, apuntar que la Beata era prima de un famoso bandolero sardo de los años 60, Graziano Mesina. Condenado a cadena perpetua por sus crímenes, no dudó en manifestar que estaba orgulloso de su pariente, y que le habría encantado poder asistir a la ceremonia de beatificación. Y otra curiosidad que vale la pena apuntar: el proceso de beatificación de Antonia Mesina fue uno de los pocos que pudo autorizar, en su cortísimo pontificado, el papa Juan Pablo I.

Meldelen

Bibliografía:
– LÓPEZ-MELÚS, Rafael, El Santo de Cada Día, Ed. Apostolado Mariano.
– VVAA, Bibliotheca Sanctorum, Ed. Città Nuova, Roma 1987.

Enlaces consultados (22/04/2014):
http://www.antoniamesina.altervista.org/
http://www.santiebeati.it/dettaglio/53700

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