Beatas Hijas de la Caridad mártires en Leganés

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Fotografía de la Beata Melchora Adoración Cortés, Hija de la Caridad mártir que encabeza la Causa.

Fotografía de la Beata Melchora Adoración Cortés, Hija de la Caridad mártir que encabeza la Causa.

A término de este año, concluiremos hablando de las Hijas de la Caridad que murieron mártires en Leganés, para así completar este primer esbozo realizado durante estos meses de algunas de las mártires de la Guerra Civil Española (1936-1939) recientemente beatificadas el pasado 13 de octubre de 2013 en Tarragona, España. En este caso, se trata de un grupo de cinco religiosas que fueron martirizadas juntas en esta localidad madrileña.

Dos comunidades en Leganés
En julio de 1936, momento en que estalla la guerra, había dos comunidades de Hijas de la Caridad en Leganés (Madrid), una con diez religiosas en el Colegio de la Inmaculada y otra con veintiuna en el Hospital Psiquiátrico de Santa Isabel. Todas se vieron afectadas por la depuración religiosa, de modo que, cuando las Hijas de la Caridad fueron expulsadas de las instituciones de la Beneficiencia de Madrid, algunas acudieron al Colegio -que pertenecía a la Comunidad- para refugiarse, por lo que llegaron a juntarse en un mismo lugar hasta 46 religiosas.

Una antigua alumna del Colegio nos ha dejado este testimonio de acuerdo a la difícil situación vivida por las hermanas en aquel tiempo: “Había muchas manifestaciones gritando: “¡A quemar la iglesia!”, “¡Fuera monjas y fuera frailes!” El ambiente que vivíamos nosotras en el colegio reflejaba esta tensión… También expulsaron a los agustinos y mataron a muchos”. Respecto a la actitud de las perseguidas, destaca que no por verse en apuros cedieron o abandonaron sus habituales tareas: “Hacían muchas obras de caridad, no dejaban que nadie se quedara sin comer y también les hacían vestidos a los niños de Leganés que tenían necesidad. Tenían una urna con la Virgen Milagrosa y la llevaban a la visita a los enfermos, que la tenían en casa cinco o seis días para rezarle toda la familia”. De estas dos comunidades que referimos, como decíamos, murieron mártires cinco de ellas. Son éstas que vemos a continuación.

Beata Melchora Adoración Cortés Bueno
Fue la quinta hija de una familia numerosa, nacida el 4 de enero de 1894 en Sos del Rey Católico (Zaragoza), hija del pastor Jerónimo Cortés y Eusebia Bueno. Fueron ellos quienes le proporcionaron una sólida educación cristiana y la enviaron a estudiar al colegio de las Hijas de la Caridad. De inteligencia despierta, carácter abierto y comunicativa, adquirió una cultura general amplia, aprendió contabilidad y labores del hogar, al tiempo que tenía aptitudes para dibujo y pintura. Su catequista destacaría de ella su devoción por la Eucaristía. Miembro de las Asociación de las Hijas de María, participó en un ambiente de piedad y sensibilidad a la situación de los pobres que despertaría en ella su vocación por ser también Hija de la Caridad.

Fotografía de la Beata Melchora Adoración Cortés en su escritorio de maestra.

Fotografía de la Beata Melchora Adoración Cortés en su escritorio de maestra.

Realizó su aspirantado en el Hospital de Sangüesa (Navarra), donde cursó estudios de Magisterio. Ingresó en la Comunidad el 18 de marzo de 1914. Después de estar un tiempo en el colegio de Riquelme de Granada, fue enviada al colegio-asilo de Aleixar (Tarragona), donde trabajó varios años de maestra, emitiendo los votos el 25 de marzo de 1919. Compartió su alegría con su hermana Encarnación, a la que envió una estampa con esta nota detrás: “Me consagré a Dios y Él se dignó aceptar mi consagración. ¡Qué bondad la suya! ¡Qué dicha la mía! ¿Con qué pagaré al Señor tan insigne merced? Él nada necesita de mí. Nada puedo darle que no sea suyo… ¡pero hay tantas niñas que necesitan instrucción y educación cristiana! Y lo que haga con ellas, el Señor lo recibe como hecho a Él. ¡Las ama tanto! Y cuanto yo sufra por ellas, el Señor lo recompensará como sufrido por Él; sí, por Él que tanto sufrió por mí…¡Dios mío, mientras me quede un instante de vida lo emplearé en llevarlas a Vos! Dichosa yo mil veces si son muchas las que por mi medio os conocen, os aman y os sirven… y os glorifican eternamente en el cielo. Llévenme allí sus oraciones, Señor, y vuestra infinita misericordia. Amén”. Y esto no se quedaba en meras palabras, pues sus compañeras de trabajo la recuerdan jovial, fervorosa, trabajadora, disponible y muy paciente con sus alumnas.

Posteriormente fue destinada al hospital y escuelas de Corella (Navarra), continuando allí su labor educativa entre 1921 y 1924. Después la enviarían al Colegio de la Inmaculada de Leganés junto con la que sería una de sus compañeras de martirio, sor María Severina Díaz-Pardo, con la que trabó una profunda amistad. Con ella organizaría un coro, un grupo de teatro, la visita a los pobres, colonias de verano, peregrinaciones marianas y grupos de catequistas en la parroquia de El Salvador, siempre con una forma de enseñar atractiva y entusiasta. En 1933 la enviaron al Hospicio de Vitoria como maestra, pero a las pocas semanas se enfermó y hubieron de extirparle el riñón derecho. Durante su convalecencia, no perdió tiempo y cursó los estudios de enfermería, obteniendo el título oficial en la facultad de medicina de Salamanca. Pero las antiguas alumnas y padres de Leganés la reclamaron de vuelta, por lo que regresó al colegio el 5 de septiembre de 1936, siendo recibida con gran alegría.

Las Beatas Melchora Adoración Cortés y María Severina Díaz Pardo, amigas en la vida y compañeras en el martirio.

Las Beatas Melchora Adoración Cortés y María Severina Díaz Pardo, amigas en la vida y compañeras en el martirio.

Como profesora y directora del colegio, no sólo impartía clases de cultura a las alumnas mayores, sino que formaba a las modistas en bordado y daba clases de pintura. Sus alumnas la recuerdan así: “Sor Adoración tenía gracia para darnos lo que necesitábamos sin humillarnos. Nos enseñaba a coser, a rezar, y a tratar bien a las señoras. También hacíamos teatro, era muy alegre y animaba las fiestas… Ante las adversidades, nos decía: “Nos os preocupéis, que en el Reino de los Cielos, los últimos vamos a ser los primeros”. Ejercitaba la caridad con el prójimo y estaba pendiente no sólo de servir a los pobres que llegaban a la puerta, sino de las niñas que no podían pagar… Ayudaba a los necesitados de forma agradable y prudente, sin humillar a los que recibían la ayuda”.

Sor Adoración tuvo ocasión de mostrar también su valentía cuando el gobierno dio orden de retirar los crucifijos de las aulas. Ella y sor María, obedientes, cumplieron con la orden, pero al tiempo encargaron al padre de sor María que les enviasen 300 crucifijos pequeños, para repartirlos entre todos, regalarlos a los enfermos, y llevarlos sobre el pecho, en el exterior de su vestido. Ella defendía que aquello no podía impedirse, pues era una expresión de la libertad de conciencia. Este valor lo demostró también cuando le fue ofrecida una oportunidad de salvarse de la persecución, como cuenta un testigo: “Oí decir a los milicianos que había en el manicomio que los jefes milicianos, al sacar a las hermanas de Leganés, propusieron a Sor Adoración, maestra del colegio joven y de muy buen parecer, que se quitara los hábitos y se quedara con ellos. Y ella les contestó que donde fuesen sus hermanas iría ella, y lo que fuera de sus hermanas sería de ella. Esto lo comentaban los milicianos empleados en el manicomio con gran admiración”. Y por negarse a tal proposición, que le hubiese salvado la vida, lo pagó muy caro. Ella misma lo había deseado cuando defendió su papel como religiosa y maestra católica: “De ninguna manera pienso aceptar propuestas laicistas. Seré la última en dejar el colegio. Antes morir que dejar de ser Hija de la Caridad. ¡Qué dicha para mí morir mártir! Pero no sé si Dios me concederá esta gracia”. Se lo concedió, siendo martirizada a los 42 años de edad.

Fotografía de la Beata María Severina Díaz-Pardo en su hábito de Hija de la Caridad.

Fotografía de la Beata María Severina Díaz-Pardo en su hábito de Hija de la Caridad.

Beata María Severina Díaz-Pardo Gauna
La que fue mejor amiga y compañera de martirio de sor Adoración nació en Vitoria el 25 de agosto de 1895. Aunque sus padres, el librero católico D. Luis Díaz-Pardo Ugalde y D. Peregrina Gauna Barrio, le dieron el nombre de María Severina, en casa y en la Compañía la llamaron siempre simplemente María. De posición social acomodada, sus padres le dieron no sólo le dieron una educación católica, sino también estudios de música. Sintió pronto la vocación de ser Hija de la Caridad, como expresaría a sus padres en una carta de 1935: “No saben cuántas veces me acuerdo de la manera tan diferente en la que ustedes nos han educado, tal vez por eso soy Hija de la Caridad a estas fechas…”. Pero en el momento en que sintió la vocación, no pudo decirlo, ya que ella contribuía al hogar y su madre estaba gravemente enferma. Después de un tiempo en verla triste y silenciosa, finalmente reveló la vocación, a la que sus padres no se oponían, pero querían que terminara primero sus estudios de piano y magisterio. La enviaron de peregrinación a Lourdes y luego a San Sebastián con sus hermanas pequeñas para que lo pensara bien. De regreso, dijo a su madre: “Le aseguro que me he confirmado más en la vocación”. Y a los 21 años, abandonó el hogar y marchó a hacer el postulantado a Madrid, con gran pesar de su madre, que se enfermó aún más.

Tras hacer el postulantado en el Hospital Jesús Nazareno de mujeres incurables en Madrid, cuidando a mujeres inválidas, ingresó en la Compañía el 2 de agosto de 1917. En 1918 la destinaron a la Inclusa o Casa de niños expósitos de Pamplona. Pero el saber que su madre había empeorado, el trabajo tan fuerte que realizaba con los huérfanos, velándolos por la noche, dándoles clases, cuidándolos, resintieron tanto su salud, que la enviaron a descansar al asilo de Mendigorría (Navarra). Ya recuperada, emitió los votos el 15 de agosto de 1922, y fue destinada a la Casa de la Misericordia de Valsameda (Vizcaya). Allí se encontró a gusto, dando clases de párvulos y enseñando música. Precisamente debido a su formación musical, fue solicitada como hermana de coro en las Escuelas de la Presentación de Segovia, donde estuvo en el curso 1923-1924. El 8 de noviembre de 1924 llegaba al Colegio de la Inmaculada de Leganés, donde, como hemos dicho, entabló amistad con sor Adoración, quien, siendo más decidida y fuerte que ella, la ayudaba a llevar bien las clases de cultura con las alumnas mayores y la formación de las aspirantes y de las Hijas de María. Cómo no, también daba clases de música y preparaba las celebraciones y los grupos de teatro.

Cuando los tiempos se volvieron difíciles, destacó por mantenerse serena y dispuesta a quedarse donde estaba. Tras las elecciones de febrero de 1936 -el triunfo del Frente Popular- sus padres, temiendo por su vida, le piden que regrese a casa, a lo que ella responde: “Sí, es Dios quien manda por medio de mis superiores y Él es quien me ha traído aquí, estoy convencida. Y puesto que estoy en las manos de Dios, sería desacato y desprecio, si así puede llamarse, que yo me oponga a su santa voluntad o que trabaje alguien por contrariarla. No creo necesario por ahora volver”. Ante la insistencia de sus padres, ella replica: “A todas las hermanas les han ofrecido la casa sus parientes por si pasa algo, pero creemos que no es necesario salir, porque Dios está por encima de todos los hombres. Estamos en sus manos”. Por permanecer junto a sus compañeras y no regresar al hogar, fue martirizada el 12 de agosto de 1936, a los 40 años de edad y 19 de religiosa.

Estampa de la Beata Dolores Barroso inspirada en una fotografía original.

Estampa de la Beata Dolores Barroso inspirada en una fotografía original.

Beata Dolores Barroso Villaseñor
Nació en Bonares, provincia de Huelva, el 9 de noviembre de 1896, hija del campesino Francisco Barroso Vega y de la ama de casa Francisca Villaseñor Márquez. Era una familia pobre, pues los padres trabajan en el campo de sol a sol y el salario era escaso, por lo que pasaban necesidad. Intentando mejorar su nivel de vida, marcharon a Alcalá de Guadaira (Sevilla), donde la abuela materna podía ocuparse de los niños -María Dolores y sus hermanos Francisco, José María y Francisca- mientras la madre trabajaba haciendo tareas domésticas en otros hogares. Pero al poco tiempo, murieron de tuberculosis José María, Francisca, y poco después el padre. La atribulada familia recibió ayuda del párroco local -don Antonio Ojeda-, que mandó a Dolores y Francisco a las escuelas de las Hijas de la Caridad que había allí. Terminada su formación, Dolores trabajaría de costurera, pero su hermano Francisco murió también de tuberculosis cuando estaba por ordenarse de sacerdote.

Por aquel entonces, siendo ya mayor de edad, Dolores había sentido la vocación a ser Hija de la Caridad, pero temía dejar a su madre, que se había quedado sola, sin esposo y sin hijos. El párroco le dijo entonces: “Vete tranquila que tu madre se queda con nosotros”, ocupándose de que no le faltase de nada, pues la quería como a una hermana. Y así, Dolores marchó a hacer el postulantado en el hospital de Morón de la Frontera (Sevilla), ingresando en la Compañía el 2 de diciembre de 1962 y siendo destinada el otoño de 1927 al Asilo de Málaga. Allí se entregó al cuidado de los ancianos, feliz con la vida que había elegido. Su tía Isabel, con la que intercambiaba correspondencia y la persona que más la admiraba, dijo: “Dolores era una persona de Dios, sana, pacífica, piadosa y sencilla. Tenía que ser toda de Él”. Quizá por eso guardaba fielmente las cartas de su “sobrina santa”, como la llamaba. En 1934 es destinada al Hospital Psiquiátrico de Santa Isabel de Leganés (Madrid), a realizar la durísima tarea de cuidar de los enfermos mentales, en un caos donde ella y las demás religiosas dejaban una estela de paz, limpiando a los internos, vistiéndolos, poniéndoles la comida en la boca, acariciando aquellos rostros enajenados, entre graves, jocosos o incluso ridículos, sin ningún lujo, sólo sus manos y su trabajo duro. “No apurarse, Dios proveerá”, decía ella siempre, y con este lema llevaba adelante aquel durísimo día a día.

En mayo de 1936, en pleno clima pre-bélico, Dolores advirtió a su querida tía Isabel por carta: “Nosotras estamos tranquilas, esperando las órdenes de los superiores… aquí, a esta casa, no han llegado los revoltosos. ¿Quién se atreve con los locos, tía? Si ocurriese algo, que Dios no lo permita, ya le avisaría a usted lo más pronto posible, pues después de la Santísima Virgen, usted es mi madre y mis primos son mis hermanos, así que esté tranquila con esta sobrina”. Fue martirizada a los 39 años de edad y nueve de vida religiosa, aceptando plenamente su destino, pues al fin y al cabo, como había dicho muchas veces, “este mundo es un pasar, y no tenemos que apegarnos a él”.

Fotografía de la Beata Estefanía Saldaña en su hábito de Hija de la Caridad.

Fotografía de la Beata Estefanía Saldaña en su hábito de Hija de la Caridad.

Beata Estefanía Saldaña Mayoral
Nació el 31 de agosto de 1873 en Rabé de las Calzadas (Burgos), hija de don Venancio Saldaña y doña María Mayoral. La pérdida de su padre a los 14 años y la necesidad de abandonar los estudios para ayudar a su madre la afectó tan profundamente que quedó por siempre con una personalidad temerosa y débil psicológicamente, lo que contrastaba con la fortaleza de su madre, mujer valiente y emprendedora. Sintió la vocación de ser Hija de la Caridad a los 17 años, marchando a hacer su postulantado en el Hospital de la Princesa de Madrid e ingresando en el seminario el 9 de agosto de 1890. Al año siguiente fue enviada al Hospital y Escuelas de Corella (Navarra), donde se especializó como maestra de párvulos al tiempo que ayudaba a sus compañeras en las velas, guardias y atención a los enfermos del hospital. En 1894 fue enviada al hospital de San Vicente de Paúl de Bilbao, y en diciembre de 1895, al hospital y Escuelas de Briviesca (Burgos), donde estuvo 10 años enseñando a los párvulos y cuidando de los ancianos. Emitió los votos el 15 de agosto de 1896. La razón de su larga preparación fue el haber ingresado tan joven.

A partir de ese momento se sintió afianzada en su vocación y escribía con alegría a su madre: “No tenemos dinero para las cosas más indispensables y necesarias; pero yo en esta pobreza estoy muy contenta y no desearía otra cosa, si es la voluntad de Dios. Deseo que joven o vieja deje yo los huesos en esta santa y pobre casita de Briviesca”. Pero fue enviada al asilo de párvulos de Zaragoza en 1905 y al año siguiente al Hospital de Escuelas de Sigüenza (Guadalajara), donde estuvo solamente un año. Enfermó y la enviaron a recuperarse al Asilo de Niños Desamparados de Madrid, pero en 1908 se encontraba ya en el Asilo de párvulos de Sestao (Vizcaya). Esta variación tan rápida de destinos se debía a su mala salud, por lo que la enviaron de nuevo a reponerse a la Casa San Nicolás en Valdemoro (Madrid) y, cuando se recobró, estuvo en 1912 en la Casa Beneficencia de Cuencia y en 1914 en el colegio de Barbastro. En 1916 fue enviada a Leganés, donde estuvo alternando su servicio entre el Colegio -como maestra de párvulos- y el Hospital psiquiátrico Santa Isabel -donde impartió talleres de costura y manualidades-. Su mala salud le impedía seguir el ritmo de la comunidad y eso la hacía sufrir, pero aceptaba con paciencia su tormentosa existencia. En 1924, cayó enferma de depresión. Superada esta triste etapa, dedicó sus últimos doce años de vida a las mujeres enfermas y a la enseñanza.

Sometida a los avatares de su mala salud, se fue fraguando en ella una paciencia y aceptación de su destino que serían relevantes para su martirio: “Lo que haya de suceder, sucederá y yo lo acepto… Amo mucho mi vocación y doy gracias a Dios por haberme escogido en el número de sus esposas, prefiriéndome a otras que le hubieran sido más agradecidas y útiles que yo. Estoy muy conforme y abrazo gustosa y resignada en camino de prueba y cruz que me prepara… Pido a Dios que me dé fuerzas para cumplir lo que Él pida de mí, y padecer cuanto Él quiera hasta identificarme con Él… Y, si a Dios le place, no tendría inconveniente en ofrecer mi vida”. La ofreció, alentada por la Eucaristía, a los 63 años de edad y 46 de vida consagrada.

Fotografía de la Beata Asunción Mayoral en su hábito de Hija de la Caridad.

Fotografía de la Beata Asunción Mayoral en su hábito de Hija de la Caridad.

Beata María Asunción Mayoral Peña
Prima de la Beata Estefanía, nacida en Tardajos (Burgos) el 19 de agosto de 1879, hija de Mariano, jornalero de campo, y Brígida, ama de casa. Al fallecer muy joven su padre, Asunción tuvo que ayudar a su madre para poder salir adelante. Fue educada en una escuela de padres paúles y de ahí nació su vocación para ser Hija de la Caridad. Sólo tenía 18 años cuando pidió la admisión en la Compañía, animada por su prima Estefanía, que estaba en Briviesca. Hizo su postulantado en el Hospital de Santa María de Esgueva en Valladolid, atendiendo a los enfermos pobres, ancianos y mujeres sin recursos. Se trasladó a Madrid para iniciar su seminario el 17 de marzo de 1897 y su primer destino fue el Hospital de la Misericordia de Segovia. Allí emitió sus votos el 15 de agosto de 1902. De allí marchó al Hospital comarcal de Benavente (Zamora).

Debido a fuertes epidemias de tifus, viruela y tuberculosis que se cebaban con los más pobres e indefensos, y que requerían una atención consagrada, en sus cuarenta años de vocación sor Asunción tuvo muchísimos destinos: Hospital de Carrión de los Condes (Palencia), Casa de la Beneficencia de Palencia, Casa de la Misericordia de Lleida, Hospital de la Venerable Tercera Orden de San Francisco de Madrid, Asilo de ciegos La Purísima de Madrid y Sanatorio de Santa María del Naranco de Oviedo, siendo hermana sirviente en estos dos últimos destinos. Estuvo en Asturias cuando la revolución obrera y manifestó ya en aquel entonces, estando entre tiros y explosiones, no tener miedo a la muerte y sentirse pronta para lo que fuese necesario. Regresó al asilo de ciegos de Madrid, donde era muy solicitada, y de ahí se desplazaba a la cocina económica de la parroquia de San Pedro para preparar y servir comida a los parados que pasaban necesidad y hambre, realizando esta labor de comedor social desde octubre de 1934 hasta mayo de 1936.

Pero el 21 de julio de 1936, al igual que sucedió con las demás religiosas, fue expulsada entre calumnias, amenazas y gritos insultantes. Sus compañeras dieron este sencillo testimonio: “El día 21 de julio un grupo de milicianos armados nos acompañaron a Leganés en busca de refugio… Sor María Asunción iba dispuesta para el martirio y lo confesó públicamente, sin importarle las amenazas y burlas de los milicianos”. Buscó refugio en el Colegio de la Inmaculada de Leganés, junto a su prima sor Estefanía, y admitió, nuevamente, que no tenía miedo a la muerte ni al martirio, que sólo le impresionaban y temía las barbaridades que los milicianos hacían con las religiosas (esto es, las violaciones).

Prendimiento y primer refugio
Como decíamos, el 20 de julio de 1936 se presentó un grupo de milicianos ante la comunidad del Hospital de Leganés para echar y detener a las hermanas. La superiora, sor Leoncia Aoiz, pretendiendo evitar la profanación que los asaltantes iban a realizar, marchó a la capilla, abrió el sagrario y distribuyó la sagrada comunión entre las hermanas. Esto enfureció a dos milicianos, que le arrebataron el copón y tiraron las hostias por el suelo. “¡No hagan eso, que es Nuestro Señor!”, protestó la religiosa, a lo cual ellos replicaron: “Este señor ya no manda. Quienes mandamos aquí somos nosotros”. Pero sor Leoncia fue recogiendo las formas del suelo y repartiéndolas entre las hermanas, hasta consumirlas del todo. Luego las encerraron en la sala de la Comunidad, donde estuvieron cinco días. Lo mismo le había pasado a la otra comunidad, la que estaba en el Colegio de la Inmaculada. Pasados los cinco días de encierro, los captores juntaron a ambas comunidades en el colegio, donde las apresaron un día más: eran un total de 46 religiosas y apenas cabían en la sala donde las tenían encerradas.

Colegio de la Inmaculada de Leganés, Madrid (España). Sede de una de las dos comunidades perseguidas, donde estuvieron también prisioneras.

Colegio de la Inmaculada de Leganés, Madrid (España). Sede de una de las dos comunidades perseguidas, donde estuvieron también prisioneras.

El 26 de julio, al atardecer, las metieron a empujones en dos camionetas y las trasladaron al calabozo de la Dirección General de Seguridad, en Madrid. Las acompañaban varias antiguas alumnas, a las que sin embargo no permitieron comunicarse con las religiosas. Sometidas a largos interrogatorios y prisioneras durante dos días, sin permitirles tomar nada, las monjas se defendieron con respeto y valentía. A sor Adoración, como ya hemos dicho, sabedores de su valía humana y su experiencia pedagógica, le propusieron asumir la dirección de una expedición pedagógica para las escuelas laicas del Gobierno, pero a cambio debía abandonar sus hábitos y renunciar a su vida de cristiana consagrada. Su respuesta fue enérgica: era Hija de la Caridad y lo sería hasta la muerte.

Después de esto, fueron puestas en libertad bajo la obligación de informar dónde estaban refugiadas. Sor Leoncia Aoiz y sor Aurelia Armendáriz, superioras de las distintas comunidades, las aconsejaron marcharse con sus familiares todas las que pudieran hacerlo, y las demás, dispersarse en grupos de dos o tres para pasar más desapercibidas. Cerca de la prisión se hallaba la pensión de Petra Saldaña, que era hermana de sor Estefanía y prima de sor María Asunción. Allí, en la calle Arenal, 15, se refugiaron ocho religiosas, marchando las demás a otras pensiones de confianza, pues urgía esquivar el control de los milicianos.

En la pensión Saldaña, las refugiadas siguieron haciendo vida de comunidad: rezaban, ayudaban a la dueña cocinando, limpiando y cosiendo, y hasta daban clases a los niños de otras familias refugiadas. Antes del amanecer celebraban la Eucaristía con el padre Lumbreras, un misionero paúl refugiado también allí. En los frecuentes registros, se hacían pasar por familiares y amigas de la dueña. Pero lo que no sabían es que dos antiguas alumnas que las visitaban, fingiendo interés y afecto por ellas, que las habían ayudado tanto siendo niñas, eran ahora milicianas y realizaban tareas de inspección: al volver, recababan toda información obtenida sobre religiosas y sacerdotes. Bajo este espionaje permanecieron desde el 29 de julio hasta el 12 de agosto, momento del martirio.

Vista de la Puerta de Hierro de Madrid (España), inicio de la carretera de Aravaca. Lugar del martirio de las religiosas.

Vista de la Puerta de Hierro de Madrid (España), inicio de la carretera de Aravaca. Lugar del martirio de las religiosas.

Detención y martirio
El 12 de agosto de 1936, por la mañana, un grupo de milicianos de la FAI llegaron para hacer un registro. Delatadas por las dos antiguas alumnas que las visitaban, las religiosas cayeron fácilmente en manos de sus perseguidores y no tuvieron miedo en identificarse: “Sí, somos Hijas de la Caridad de Leganés…” Prometieron volver por la tarde y así lo hicieron, buscando al sacerdote que les celebraba la misa; pero entretanto el padre Lumbreras y dos religiosas se las habían arreglado para escapar a otra pensión. Quedaron las cinco que iban a ser martirizadas, porque no sabían a dónde huir. Cuando volvieron a por ellas, a las siete de la tarde, los milicianos montaron en cólera al ver que el sacerdote y dos de ellas habían huido, amedrentando a las que se habían quedado. Se marcharon de nuevo, dejándolas en estado de angustia y en continua oración. Finalmente, regresaron a las once menos cuarto de la noche, y esta vez se las llevaron con ellos.

Las subieron a dos coches, junto con doña Petra Saldaña, la dueña de la pensión, y su yerno Santiago. Con ellas estaba una anciana religiosa, sor Nieves, que estaba muy enferma, pero cuando vio lo que ocurría, suplicó: “Llévenme con ellas”. El jefe de los milicianos, despectivo, dijo: “Dejad a este vejestorio aquí, que se muera sola”. Y así, se las llevaron a las cinco por la carretera de Aravaca, hasta llegar a la Puerta de Hierro, en la entrada norte de Madrid. Allí las sacaron del coche y las pusieron junto a la cuneta, en el camino viejo de Aravaca. Irónicamente, aquellos milicianos, que las iban a asesinar, eran nada menos que antiguos alumnos del parvulario de Leganés que ellas habían dirigido. Bien pagado con mal. A pesar de ello, las religiosas rezaban en silencio y los perdonaban por lo que iban a hacer.

Santiago, que fue testigo ocular de los hechos, describe así el momento del martirio: “Enfrente del grupo de las hermanas, entre los dos coches, se pusieron los milicianos a deliberar en voz baja, cogidos de los hombros unos con otros (era la forma de tomar la decisión como tribunal popular). Habían tomado la decisión de matarlas. Nosotros, llenos de miedo y pavor, escuchamos la voz de sor Estefanía: “¡Matadnos ya, por amor a Dios, y no nos hagáis sufrir tanto!”. Era noche cerrada. A nosotros nos mandaron subir al coche con las luces apagadas. No había transcurrido más de medio minuto cuando oímos una descarga cerrada de veinte a treinta tiros de fusil de ametralladora. Transcurridos dos o tres minutos, se acercó un miliciano a la portezuela de nuestro coche y oímos otros cinco tiros en un intervalo de 15 segundos cada uno… se ve que era el tiro de gracia… Después nos trajeron a mi suegra y a mí a nuestra casa de Arenal, nº 15, pero por camino diferente al de la ida. El fusilamiento fue a las doce menos cuarto de la noche del 12 de agosto de 1936”.

Fosa común del cementerio de Aravaca (Madrid) que alberga los restos de las cinco mártires.

Fosa común del cementerio de Aravaca (Madrid) que alberga los restos de las cinco mártires.

Entierro y veneración
Los cadáveres quedaron abandonados en la cuneta toda la noche. A la mañana siguiente fueron recogidos por el enterrador, don Manuel Ceán Bustos, que les dio sepultura junto al cementerio de Aravaca, un lugar hoy cercado y protegido. Allí hay sepultadas hasta 800 personas asesinadas por su condición religiosa o militar. Las cinco mártires ocupan la tumba número 2, a la derecha, junto con varios sacerdotes y personas también fusiladas ese mismo día. Se ha colocado un frontal cerámico en esta tumba, que representa a la Medalla Milagrosa, para identificarlas bien.

El enterrador hizo constar que los cadáveres estaban acribillados por las balas y las identificó como religiosas gracias a sus rosarios, libros de oraciones, crucifijos y una medalla de la Milagrosa que llevaban consigo. Estas mártires, que fueron las primeras Hijas de la Caridad en ser asesinadas -únicamente por ser religiosas y por haberse negado a dejar de serlo, a pesar de habérseles ofrecido puestos como maestras y enfermeras laicas- han sido beatificadas, como hemos dicho al inicio, el pasado 13 de octubre de 2013, junto a otras tantas mártires de su misma Orden y de otras.

Meldelen

Bibliografía:
– INFANTE, sor Ángeles y DÍEZ, sor Lucrecia, “Un diamante de treinta caras. Hijas de la Caridad mártires de la Fe”. Colección Testigos de la Fe. Ed. La Milagrosa, Madrid 2012, pp. 21-52.
– RODRÍGUEZ FERNÁNDEZ, Gregorio, “El hábito y la cruz. Religiosas asesinadas en la Guerra Civil española”. Ed. Edibesa, Madrid 2006.

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