Beatas Facunda Margenat, Fidela Oller y Josefa Monrabal, religiosas mártires

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Estampa de las tres Beatas.

Estampa de las tres Beatas.

En el día de hoy, el Papa Francisco va a beatificar a tres religiosas mártires de la Guerra Civil Española (1936-1939) pertenecientes al Instituto las Hermanas de San José de Girona o Hermanas Veladoras, la primera de las cuales, la hermana Facunda Margenat, que fue asesinada en solitario en Barcelona; y las otras dos, la madre Fidela Oller y la hermana Josefa Monrabal, fueron ejecutadas juntas en Valencia. Vamos a dedicarles el artículo de hoy a estas nuevas Beatas para que sean más conocidas.

Ellas tres son las únicas mártires de este Instituto de San José de Girona, que fue fundado por la Venerable María Gay i Tibau en 1870 y cuya misión era el cuidar de los enfermos en sus propias casas, a las que acudían al caer la noche y de las cuales salían para regresar al convento al amanecer, de ahí que las llamaran “les vetlladores” o “les germanes vetlladores”, es decir, las hermanas veladoras. Debido a su importante labor de cuidar por las noches a los enfermos, una tarea que desempeñaban tanto en domicilios como en hospitales, fueron muy respetadas durante la Guerra Civil, ya que todos podían apreciar su valía y aportación. Ésta fue la razón de que sólo estas tres monjas, y ninguna más, fueran víctimas de la persecución anticlerical. Vamos a hablar de ellas para conocerlas mejor.

Beata Facunda Margenat Roura
Nació en Girona en 1866, siendo la hija menor del matrimonio de Domingo y Rosa, quienes la llamaron Catalina. Pasó su infancia y juventud dedicada a las labores del hogar, pero admiraba profundamente la labor de “les Vetlladores”, por lo que decidió ingresar en este Instituto a los 18 años de edad, momento en que cambió su nombre por el de Facunda.

Fotografía de la Beata Facunda Margenat Roura.

Fotografía de la Beata Facunda Margenat Roura.

Tras dos años de noviciado, hizo su primera profesión en 1898 e inició su labor entre los enfermos de Girona. Un año después la destinaron a Palafrugell, donde estuvo hasta 1903, momento en que pasa a Malgrat del Mar, donde trabajó en el hospital y dedicó su tiempo libre a enfermos que estaban en sus domicilios, momento en que emitió sus votos perpetuos. Conoció a la entonces hermana Fidela Oller, que sería mártir como ella, en 1921, estando en Palamós, en el hospital municipal, de donde pasó a Sant Feliu de Guíxols nueve meses. En 1929 fue destinada a Barcelona, pero cayó enferma y estuvo dos años muy delicada, llegando a ingresar en la clínica del Remedio, a cargo de las Hermanas de San José. Tras recuperarse, solicitó poder cuidar de nuevo de los enfermos, por lo que la enviaron a velar a uno que vivía en calle Valencia, número 259. Y aquí le pilló la guerra.

La familia del enfermo al que cuidaba, preocupada por su seguridad, le ofreció poder quedarse con ellos y fingir que era un miembro más de la familia, para lo cual la misma dueña de la casa le facilitó sus propias ropas. Sin embargo, a pesar de estar vestida de seglar y con esta tapadera, un descuido fatal de la sirvienta doméstica iba a causar su detención y asesinato. En efecto, a esta criada, que trabajaba en el domicilio de día y volvía a casa por la noche, no se le ocurrió otra cosa que decirle a su marido: “Mira, la hermana se ha vestido de seglar y se ha quedado en la casa del enfermo”. Obviamente no lo hizo con mala intención y no pensó en el daño que aquello iba a provocar. Su marido no respondió, pero parece que fue él quien denunció a la religiosa.

Así, el día 9 de agosto de 1936, llegó un grupo de milicianos al domicilio preguntando por “una tal Facunda” a la portera, a lo cual ella replicó que no sabía que hubiese nadie de aquel nombre allí. Pero ellos ya lo sabían: “Está en tal piso”. Subieron a capturarla y la hicieron bajar a rastras, porque tenían prisa y querían llevársela rápido. La hermana Facunda, sin embargo, estaba ya muy mayor y no podía correr, por lo que aquellos hombres acabaron por empujarla y mandarla rodando escaleras abajo. La levantaron de un tirón y a rastras la metieron también en un coche, que se dirigió al tristemente famoso paraje de La Rabassada, donde tantas ejecuciones se estaban dando en aquellos días, en una curva cerrada del camino de Barcelona a Sant Cugat muy preferido por los milicianos, porque allí se amortiguaba bastante el sonido de los disparos. Y allí, sin más, pusieron fin a su vida asesinándola, aunque hay ciertas discrepancias entre la fecha exacta de su muerte, ya que en distintas fuentes consta tanto el día 9, como el 8, el 24 o incluso el 29, estableciendo su detención el día 26 y no el 9. Estaba a punto de cumplir los 70 años de edad.

Ilustración de la Beata Facunda Margenat a partir de una fotografía suya.

Ilustración de la Beata Facunda Margenat a partir de una fotografía suya.

El cadáver de la hermana Facunda fue trasladado al Hospital Clínico de Barcelona, donde estuvo tres días y, como nadie vino a reconocerla ni a reclamarla, fue arrojada a una fosa común de algún cementerio de Barcelona, de suerte que no se ha podido localizar hasta hoy y, por tanto, no se han recuperado sus restos.

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La comunidad religiosa no supo qué había ocurrido con ella, pero meses después de terminada la guerra, se presentó la sirvienta doméstica que, involuntariamente, había delatado a la mártir, en la Clínica del Remedio, llevando un fajo de ropa y afirmando que había sido de la hermana Facunda. Gracias al testimonio de esta mujer se han podido conocer los detalles de la denuncia, detención y martirio; no quedando nada más, salvo aquel hatillo de ropa, para constar el martirio de la Beata.

Beata Fidela Oller Angelats
Nacida en Banyoles, provincia de Girona, en 1869, iba a cumplir los 67 años en el momento de su ejecución, siendo la mayor de cuatro hermanos, hija de Lorenzo y Margarita, a la que llamaron Dolores. El padre regentaba una industria familiar de alfarería de tejas, ladrillos y losetas, en un ambiente familiar muy cristiano donde Dolores recibió una sólida educación religiosa, que la llevaron a él y a un hermano suyo, marista, a optar por la vida religiosa.

Tras un intento fallido, Dolores ingresó en el noviciado a los 22 años de edad, en 1892, tomando el nombre de Fidela. Estuvo de novicia dos años, emitiendo los votos temporales en 1894 y los perpetuos en 1902. Inició su apostolado en Girona pero en 1912 pasó a Malgrat, donde fue superiora hasta ser trasladada a Campodron en 1917, siendo también superiora hasta 1921, año en que fue destinada a Palamós, donde conoció a la hermana Facunda, también mártir. En 1926 fundó una comunidad en la localidad valenciana de Gandia, siendo también superiora aquí, momento en que la alcanzó la persecución.

Fotografía de la Beata Fidela Oller Angelats.

Fotografía de la Beata Fidela Oller Angelats.

Gandia fue centro revolucionario durante la guerra y ello supuso que los milicianos implantasen un auténtico reino de terror, llegando a quemar la Colegiata. A la madre Fidela, por ser superiora, le exigieron que entregara el dinero de la comunidad y las escrituras de la casa-convento, pero ella ya los había remitido a Girona. Así estuvo viviendo, en un continuo sobresalto, hasta que el 27 de agosto regresaron a por ella. Pero en ese momento no pudieron capturarla porque se había ocultado en un piso de la familia de la hermana Josefa Monrabal, su compañera de martirio como veremos, por lo que la comunidad entera fue arrestada y llevada a la sede local de la CNT.

Beata Josefa Monrabal Montaner
Nacida en Gandia en 1931 y con 35 años de edad en el momento de su muerte, es la más joven y también la única valenciana entre las tres mártires. Siendo educada muy cristianamente, la hija menor de Vicente y Clara, pasó a ser catequista de niños en su parroquia. A la muerte de su hermano Vicente, acaecida cuando tenía 17 años, supo ser una nueva madre para los hijos de la viuda, sus sobrinos. Desde muy joven sintió la vocación religiosa y deseaba ser carmelita, pero su padre no se lo permitió, alegando que sólo la tenía a ella como hija y que la quería demasiado para dejarla ir al convento. Ya se había resignado a esto cuando en 1926 llegaron las Hermanas de San José a Gandia y trabó amistad con ellas, admirada de las labores que desempeñaban. Dos años después, moría su padre de derrame cerebral y, no oponiéndose su madre a ello, Josefa ingresó en el Instituto en 1928, en el noviciado de Girona, haciendo su primera profesión en 1931.

Fue destinada a Vila-Real y finalmente, hizo la profesión perpetua en Girona en 1934, regresando posteriormente a Vila-Real a proseguir con su tarea. Aquí la pilló la guerra, y aunque en principio los milicianos les permitieron seguir ejerciendo su tarea sin símbolos religiosos externos, luego cambiaron de parecer y las expulsaron, tras lo cual prendieron fuego a la capilla, las imágenes y los ornamentos de la misma. Después de ocurrido esto, a las religiosas se les permitió regresar con sus familias, por lo cual Josefa se puso en marcha hacia Gandia, acompañada de otra religiosa.

Fotografía de la Beata Josefa Monrabal Montaner.

Fotografía de la Beata Josefa Monrabal Montaner.

En el tren se encontró, precisamente, con los que iban a ser sus asesinos. Entre ellos estaba un joven llamado Pepe, que había sido vecino suyo, amigo suyo de la infancia, y hasta trabajador en la fábrica de curtidos de piel que había regentado el padre de Josefa. Este Pepe había marchado a Barcelona a unirse a los milicianos, donde, tras cometer un atentado, se le había condenado a muerte, de la cual se libró gracias a la intercesión de los jesuitas de Gandia, siéndole condonada por cadena perpetua. Pero a inicios de la guerra había sido puesto en libertad y en ese momento regresaba a Gandia con unos milicianos, para cruzarse fatídicamente con la madre Fidela y la hermana Josefa, a quienes asesinó.

Martirio de las dos Beatas
Cuando la hermana Josefa llegó a Gandia se refugió, con su madre, en casa de un hermano suyo llamado Andrés, y fue luego a visitar a la comunidad de su Instituto, a las que encontró muy alteradas. Viendo el peligro que corría la madre Fidela, continuamente molestada por los milicianos, le ofreció refugiarse con ella, cosa que acabó aceptando ante el consejo de las demás monjas. Se trasladaron a un piso de la calle Baix, donde se encerraron de tal modo que sólo podían recibir comida a través del patio interior de la casa, mediante ayuda de una vecina que disponía los alimentos en una cesta y la izaba hasta donde estaban ellas.

Pero esta situación sólo duró hasta la noche del 28 al 29 de agosto, momento en que aparecieron por allí dos coches con cuatro milicianos y una miliciana, quienes preguntaron si allí había monjas. El vecino de abajo contestó que no, salvo que fueran monjas las dos que vivían en el piso superior. Subieron a por ellas y, al rato, las hicieron bajar.

En principio sólo pretendían arrestar y llevarse a la madre Fidela, en calidad de superiora de la comunidad, pero la hermana Josefa se negó a ello. Avisada de que, si se empeñaba en seguir con ella, correría su misma suerte, Josefa respondió: “Donde va la madre, voy yo también. Yo no la abandono”. Entonces se las llevaron, y aunque Josefa pidió que le dejaran despedirse de su madre, que vivía allí cerca, no se lo permitieron, diciendo que iban a volver enseguida. Lo cual era mentira, por supuesto.

Capilla con el sepulcro de las Beatas Fidela y Josefa. Gandia, España.

Capilla con el sepulcro de las Beatas Fidela y Josefa. Gandia, España.

Entre blasfemias, palabras obscenas y empujones, las metieron en uno de los coches, usando tanta violencia que a la madre Fidela le rompieron un brazo. Las llevaron a las afueras de Gandia ante la vista de muchos vecinos, los cuales, sin embargo, no intervinieron para nada, temiendo que también los detuvieran a ellos. Marcharon por la carretera de Gandia hasta el término municipal de Xeresa, en un lugar llamado La Pedrera, no muy lejos de la ciudad.

Allí, la noche del 29 de agosto de 1936, en torno a las diez y media, fueron las dos asesinadas juntas, como se sabe gracias al testimonio de una vecina de nombre Matilde, que vivía en una casa de campo cercana. Esta mujer oyó un disparo, y a continuación una voz de mujer que gritó: “¡Pepe, no nos mates! ¡Pepe, no nos mates!” Era, con toda probabilidad, la voz de Josefa, suplicando por su vida al que había sido amigo en su infancia y que ahora se trocaba en su asesino. Después de esto sonó una descarga, y Matilde ya no pudo oír nada más.

Reconocimiento y sepultura
A la mañana siguiente, Matilde supo que habían fusilado a dos religiosas la noche anterior, de modo que temió por la vida de una tía suya, también monja, a la que estaban esperando en casa. No siendo capaz de reconocer los cadáveres ella misma, envió a una hija suya, una niña de diez años de edad, a que hiciera la penosa tarea en su lugar (!!). La niña explicó a su madre que vio dos monjas, una gruesa con una herida en el riñón derecho, todavía sangrante -la hermana Josefa- y la otra, la madre Fidela, que tenía una herida en la cabeza. Por los indicios, – Josefa presentaba una herida por arma de fuego en el lado izquierdo del cuello y en la región lumbar; y Fidela, tres heridas por arma de fuego, ninguna de ellas letales,- se supo que no habían muerto en el acto, sino que agonizaron durante toda la noche hasta morir desangradas.

Detalle del sepulcro de las Beatas Fidela y Josefa. Gandia, España.

Detalle del sepulcro de las Beatas Fidela y Josefa. Gandia, España.

La familia de Josefa supo de la muerte de ésta por los rumores que se corrieron por toda Gandia. Acudieron rápidamente a Xeresa para recuperar su cuerpo, pero ya la habían enterrado en el cementerio local a las nueve de la mañana, junto a la madre Fidela, y no les permitieron recuperar su cuerpo. Allí estuvieron hasta el final de la guerra, momento en que fueron trasladadas al cementerio de Gandia, a finales de julio de 1939. En el momento de la exhumación, entre los diversos cuerpos que ocupaban la fosa común, aparecieron los dos de las religiosas atados. El sepulturero explicó que las había atado una a la otra para que luego fuera más fácil reconocerlas.

Todos los restos de los asesinados de Gandia fueron enterrados juntos en el Panteón de los Mártires, erigido por el Ayuntamiento en el mismo cementerio. Aquí estuvieron las dos Beatas hasta que, en 1973, se las trasladó al nicho del panteón de su comunidad, en el mismo cementerio.

Beatificación
Como decíamos al principio del artículo, en el día de hoy el papa Francisco va a beatificar a estas tres mártires, dos catalanas y una valenciana, dos ancianas y una joven todavía, dos martirizadas juntas y otra en solitario, del Instituto de las Hermanas de San José de Girona, las cuales fueron asesinadas simplemente por el hecho de ser religiosas, y a pesar de la importantísima labor que realizaban en hospitales y domicilios con los enfermos.

El Papa Francisco firmando el decreto de beatificación de las tres mártires.

El Papa Francisco firmando el decreto de beatificación de las tres mártires.

También, como hemos apuntado anteriormente, las reliquias de la Beata Facunda no han podido ser recuperadas, mientras que la Beata Fidela y la Beata Josefa están sepultadas juntas en la capilla del Instituto en Gandia.

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Bibliografía:
– RODRÍGUEZ HERNÁNDEZ, Gregorio, El hábito y la cruz. Religiosas asesinadas en la Guerra Civil Española. Edibesa, Madrid 2006.

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