Beata Isabel Canori Mora, madre de familia

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Lienzo decimonónico de la Santa.

Lienzo decimonónico de la Santa.

Hoy en día, cuando la lacra de la violencia de género, auténtico terrorismo doméstico, nos parte el alma cada vez que nos enteramos del sacrificio de una nueva víctima, queremos escribir sobre una mujer, cuya festividad celebramos en este día y que fue víctima de esta criminal actividad conyugal y familiar. Estamos hablando de la Beata Isabel Canori Mora, que nació en Roma, en la Vía dei Conti Tor, el día 21 de noviembre del año 1774, en el seno de una rica y religiosa familia romana, siendo sus padres Tomás y Teresa Canori, que tuvieron doce hijos, de los cuales murieron seis siendo muy pequeños. Ella, por naturaleza era una niña tranquila y virtuosa, por lo que se mostró muy dócil y bien dispuesta para recibir una educación religiosa.

Siendo niña, debido a unos problemas económicos familiares, su padre confió la educación de dos de sus hijas a un hermano y éste las puso bajo la tutela de las monjas del monasterio de Santa Eufemia y, posteriormente, de las agustinas de Cascia, donde Isabel, en compañía de la hermana Benedicta, estuvieron por espacio de cinco años, acrecentando con notable provecho sus estudios y su vida espiritual. Habiendo contraído la tuberculosis con catorce años de edad, tuvo que regresar a Roma.

Sin embargo, después de su regreso desde Cascia, cayó en las vanidades y diversiones propias de su edad, aunque cuando alcanzó la madurez tuvo el deseo de hacerse religiosa. Pero en lugar de seguir ese camino, secundando los deseos de sus padres, el 10 de enero del año 1796, con veintiún años de edad, contrajo matrimonio con el joven abogado Cristóbal Mora, con el cual tuvo cuatro hijas, dos de las cuales murieron al poco tiempo de nacer. Las supervivientes fueron Mariana y Lucina, que fueron educadas muy cuidadosamente por su madre.

Retrato de la Beata en su juventud.

Retrato de la Beata en su juventud.

Pero muy pronto, la vida matrimonial de Isabel se vio perturbada por culpa de unos enfermizos celos de su esposo, quien, de manera obsesiva, vigilaba a su mujer e incluso a las visitas familiares que recibía en su casa, prohibiéndole ver a sus amigos, mientras él frecuentaba determinadas amistades que le alejaban cada vez más de su familia. Estos celos de Cristóbal lo hicieron actuar violentamente y con odio contra su esposa Isabel, azuzado por otra mujer con la cual se amancebó y a la que dio no sólo su amor, sino su tiempo y su dinero. Hoy llamaríamos a esta situación como de violencia de género, pues la vida de Isabel se hizo realmente insoportable, al tener que soportar actos violentos de todo tipo. Para ella se inició un verdadero y largo calvario, que soportó son sumisión y paciencia, ofreciéndolo como modo de crecimiento de su vida espiritual.

Esta actitud de Isabel hoy no se la aconsejamos a ninguna mujer que sufra malos tratos, ya sean físicos o psíquicos, pero aunque nos cueste, tenemos que entender el por qué Isabel reaccionó de manera tan paciente cuando incluso sus familiares y su confesor le aconsejaron la separación matrimonial. Debido a las actuaciones de su marido, la familia cayó en la bancarrota, por lo que también se vieron abocadas a sufrir todo tipo de necesidades materiales, viéndose abrumadas por las consecuencias de la inestabilidad económica, que sufrían tanto ella como sus dos hijas. Ella todo lo sufría con la esperanza de recuperar el amor de Cristóbal, al que perdonaba una y otra vez, y por el que continuamente rezaba, pidiendo su conversión. Llegó incluso a vender todas sus joyas y aun el vestido de novia con la intención de salvaguardar el buen nombre del maltratador que, agobiado por sus deudas, estuvo a punto de entrar en prisión.

Éste respondía con mayor violencia, despreciándola e incluso amenazándola con matarla. Ella respondía con perdón y perdón, pues estaba convencida de que lo que le estaba pasando era una prueba enviada por Dios a la que ella tenía que responder con el compromiso adquirido en la boda: “Hasta que la muerte os separe”. A tal estado de ánimos llegó, calumniada e incluso maltratada por sus cuñadas que la culpaban del proceder de su esposo, que incluso llegó a sentirse responsable de canallesco proceder de Cristóbal y sólo quería recuperarlo. En este mal ambiente, en el que incluso tuvo que trabajar para ganarse la vida, educó amorosamente a sus dos hijas y soportó todas las afrentas con una invencible caridad y paciencia, que hacía extensibles sirviendo a los pobres y cuidando a los enfermos.

Estampa devocional de la Beata con sus dos hijas: Mariana y Lucina.

Estampa devocional de la Beata con sus dos hijas: Mariana y Lucina.

Como era muy devota de la Santísima Trinidad, entró en contacto con la iglesia romana de San Carlo alle Quattro Fontane, donde diariamente asistía a la Santa Misa, poniéndose bajo la dirección espiritual del sacerdote español Fernando de San Luís, viviendo intensamente su condición de seglar casada bajo la espiritualidad de la Tercera Orden Trinitaria y observando estrictamente su regla. Desde ese momento incrementó aún más sus visitas a los enfermos y encarcelados y su atención a las prostitutas que deambulaban por las calles de Roma. Pronto los romanos comenzaron a llamarla “la santa”, acudiendo a ella desde todos los barrios de Roma, solicitándole consuelo y consejo. Sin embargo, esto no afectó absolutamente en nada a su humilde, pobre y generoso estilo de vida.

Estuvo enferma los últimos años de su vida, aunque se vio premiada con innumerables visiones místicas, con el don de profecías y de milagros e incluso con los estigmas de la Pasión. Cuando se vio imposibilitada, el Papa le concedió el privilegio de que se celebrase a Santa Misa en su propia casa. Dándose cuenta de que se le acercaba la hora de su muerte, llamó en torno a su lecho a sus dos hijas, las agarró con fuerza y alzando sus ojos al cielo, apoyándose dulcemente sobre Lucina, murió en su ciudad natal el día 5 de febrero de 1825, con algo más de cincuenta años de edad, siendo sepultada en la propia iglesia de San Carlos.

Antes de morir, predijo la conversión de su esposo. Dios tocó el corazón de Cristóbal, por cuya conversión tanto había sufrido y rezado Isabel, dándole tal arrepentimiento y fervor, que pasó el resto de su vida llorando amargamente por los sufrimientos que había ocasionado a su esposa e hijas, ingresando en la Orden de los Frailes Menores Conventuales, donde se ordenó de sacerdote y donde, con setenta y tres años de edad, murió en olor de santidad en el año 1845. Isabel, finalmente, había conseguido su objetivo.

He dicho que a lo largo de su vida tuvo visiones místicas y quiero narrar una de ellas. El día 2 de febrero del 1814, después de asistir a Misa y recibir la Comunión, escribía en lo que podríamos llamar su diario: “He sido transportada a un lugar donde vi la situación infeliz del mundo. Vi a mucha gente subordinada sin orden a sus pasiones. Sus caras estaban deformadas y ¡cuánto dolor desprendían! Pero también vi a muchas almas fieles al Señor, que se distinguían por la alegría que brillaba en sus rostros; esto me sirvió de mucho consuelo. Miré al cielo y con gran miedo vi el azote de Dios que colgaba de su brazo poderoso. Iba a arrojar a aquellos infelices que he mencionado anteriormente, pero ¡oh portento!, he aquí que la Madre de Dios, ricamente vestida y acompañada de una multitud de ángeles, estaba ante el trono de Dios. Vi a tres ángeles que separaban a los buenos de los malos, ya que Dios quería castigar a estos infelices, pero esta divina Señora hizo dulce la violencia del mismo Dios. ¡Ay de nosotros si abusamos de la indulgencia de esta divina Señora! ¡Su clemencia permanecerá exacerbada por nuestra ingratitud! ¡Ay de nosotros si esto llegase a ocurrir!” De estas palabras podemos también deducir el gran amor que mostraba a la Santísima Virgen.

Urna de la Beata en la iglesia de San Carlos, en Roma (Italia).

Urna de la Beata en la iglesia de San Carlos, en Roma (Italia).

Su Causa de beatificación se inició en Roma el 26 de febrero del año 1874, siendo declarada Venerable en ese mismo mes y día del año 1928. La promulgación del decreto de aprobación del milagro previo a la beatificación fue realizada el 6 de junio de 1993 y finalmente, fue beatificada por el Papa San Juan Pablo II, el día 24 de abril del año 1994.

Antonio Barrero

Bibliografía:
– Pagani, A., “Un verdadero modelo de madre cristiana en el siglo XIX: Biografía de la Sierva de Dios Isabel Canori Mora”, Roma, 1911.
– VV.AA., “Bibliotheca sanctórum, tomo III”, Città Nuova Editrice, Roma, 1990.

Enlace consultado (30/12/2014):
– http://blog.studenti.it/biscobreak/2013/02/beata-elisabetta-canori-mora

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