Beata Josefa Martínez Pérez, Hija de la Caridad mártir

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Fotografía de sor Josefa con el hábito de Hija de la Caridad.

Fotografía de sor Josefa con el hábito de Hija de la Caridad.

Siguiendo con la intención de escribir sobre muchas mártires de la Guerra Civil, debemos abordar las Hijas de la Caridad que han sido recientemente beatificadas el 13 de octubre de 1013 en Tarragona. En un principio, lo más adecuado hubiese sido agruparlas por Causa y narrar la historia del grupo, pero ello obligaría a ser demasiado superficial con cada una de las mártires, por lo que, sin pretender contarlo todo, parece mejor narrar la vida y el martirio de estas heroínas por grupos en que fueron martirizadas. En este caso, comenzamos con la que encabeza la causa de las mártires en Valencia, la Beata Josefa Martínez Pérez, que al ser martirizada sola, sin ninguna compañera, recibe un artículo para ella sola.

Juventud y vocación religiosa
Josefa nació en Alberic (Valencia) el 5 de agosto de 1897, en una familia formada por seis hermanos, de los cuales tres eran hombres y tres mujeres. Sus padres, José y Marcela, agricultores profundamente cristianos, la enviaron junto a sus hermanos al colegio que las Hijas de la Caridad tenían en el municipio valenciano desde 1877, donde recibieron una educación religiosa. Como niña, tuvo una infancia feliz a pesar de que alguna vez discutía con sus hermanos, pero era alegre, piadosa y servicial y sus hermanos la veían a menudo rezar con fervor de rodillas, en la iglesia y en su habitación. Perteneció a la asociación de las Hijas de María y con ellas se dedicaba a la ayuda de los pobres y a la visita diaria al Santísimo Sacramento. Pero también era muy aficionada a la música y al teatro, en el cual a veces participaba.

Como era guapa y simpática, ya joven tuvo muchos pretendientes, que acudían a verla a la iglesia, cuando visitaba al Santísimo. Pero algunos de estos admiradores declararían después, en la Causa, que por más que intentaban distraerla y atraer su mirada, ella no se dejaba perturbar y permanecía recogida en contemplación. Cuando iba al hospital de las Hijas de la Caridad o al parvulario para ayudar, se sentía admirada por las labores realizadas por estas religiosas, por lo que pronto sintió la vocación, pero no fue hasta los 27 años que dejó casa y familia y marchó a hacer el postulantado en el Hospital provincial de Valencia, donde estuvo algunos meses.

Fotografía de Josefa (izqda.) de su época como Hija de María, colaborando en las obras benéficas de Alberic.

Fotografía de Josefa (izqda.) de su época como Hija de María, colaborando en las obras benéficas de Alberic.

El 30 de octubre de 1925 dejaba tierras valencianas para hacer el noviciado. A su familia escribió dando cuenta de su entrega definitiva: “No podré escribir mucho, pues no tengo mucho tiempo, y sabiendo que estoy bien, basta. Aquí he venido a aprender y santificarme para después practicarlo y ser una buena Hija de la Caridad. Cada cual en su estado debe cumplirlo como se debe”. La Directora del seminario, Sor Justa Domínguez de Vidaurreta, se encargaría de su formación y en el verano de 1926 recibiría su primero y único destino: el mismo Hospital provincial de Valencia, comunidad de 86 hermanas que prestaban servicio desde 1817. Esta comunidad destacaba por su disponibilidad en tiempos de epidemias y catástrofes, siendo responsables de los servicios de maternidad, enfermos, ancianos inválidos e inclusa (niños huérfanos). Este hospital atendía nada menos que 700 enfermos internos y 11.200 pacientes en consultas externas. El equipo médico constaba de 28 especialistas y un farmacéutico, 36 practicantes y 70 religiosas más 66 auxiliares; así como cinco capellanes para los servicios religiosos. Estaba considerado como uno de los mejores hospitales de España en la época. Pues bien, ella y otras dos hermanas -Sor Coloma Bonín y Sor Carmen Martorell- fueron destinados a la inclusa o Pabellón de la Cuna. Cuidaban de los 40 huérfanos internos de 0 a 3 años y coordinaba el seguimiento de otros 150 que estaban confiados a nodrizas rurales, contando para ello con un equipo de colaboradores laicos.

El 1 de noviembre de 1930 Josefa emitió sus votos perpetuos y, sin abandonar su tarea en la inclusa, estudió Enfermería y obtuvo el título el 24 de junio de 1932 en la Facultad de Medicina de Valencia, con nota de Sobresaliente. Hasta el año 1936, el año de su martirio, le encargaron el cuidado de mujeres infecciosas. Era cordial, recta en cuanto a moral y prudente, siguiendo con detalle las indicaciones de los médicos. Preocupada por la situación en España, pedía oraciones por la paz constantemente en sus cartas.

Fotografía de Josefa joven, antes de ingresar en la Compañía.

Fotografía de Josefa joven, antes de ingresar en la Compañía.

Expulsión y retorno a Alberic
En mayo de 1936, la comisión gestora de la Diputación provincial decidió expulsar a las religiosas de los centros de beneficencia, en una maniobra de depuración religiosa que pretendía apartar a la Iglesia de las instituciones. Sor Josefa, intuyendo que venían tiempos difíciles, trataba de animar a sus compañeras diciendo: “No hay que tener miedo. Hemos de ser valientes… preparémonos, porque a alguna de nosotras les tocará el martirio”. Así pues, las hermanas fueron expulsadas entre el 24 de julio y el 3 de agosto de 1936, después de instruir a enfermeras que fueron enviadas a sustituir a las religiosas. Considerando a las religiosas enemigas del Gobierno, más de cien hermanas fueron apresadas en la cárcel situada en la Casa de Noviciado de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados. Otras fueron llevadas a la checa del Seminario de la calle Trinitarios; y algunas pudieron regresar con sus familias.

Sor Ana Calles Pujol, la superiora, aconsejó a Sor Josefa que marchase a Sueca con otras dos religiosas jóvenes, pero su forma de vestir las delató, fueron identificadas como monjas y llevadas ante el Comité revolucionario. En aquella ocasión, tras un exhaustivo registro y el correspondiente interrogatorio, las dejaron marchar. La familia de una de las religiosas las acogió en Cullera y avisaron al padre de Sor Josefa, que acudió a recogerla y se la llevó de vuelta al hogar familiar, en Alberic.

Pero también allí las hermanas del pueblo habían sido dispersadas. Sor Josefa siguió organizando su jornada de oración y trabajo como si siguiera con su Comunidad. Pero también se dedicaba cariñosamente a los demás: ayudaba a su hermana Natalia, embarazada de su cuarto hijo; daba clases a los niños del pueblo y se dedicaba a otras tareas de beneficencia de forma discreta y silenciosa. Sabiendo que el alcalde del pueblo había organizado un Hospital de sangre, no dudó en presentarse ante el Comité revolucionario, sin miedo alguno, para ofrecerse a colaborar como enfermera dada su formación como tal, pero fue rechazada.

Así, el verano fue pasando con calma relativa, pero en las primeras horas del día 24 de septiembre, el cuñado de Josefa, Pascual, tras quince días de encarcelamiento, fue fusilado. Los cargos que le imputaron para ser reo de muerte fueron su pertenencia a Acción Católica, ser padre católico, haber practicado caridad con los necesitados y haber acogido en su casa a las religiosas expulsadas del hospital. La misma Josefa, tratando de salvarle la vida, se había presentado ante el Comité nuevamente ofreciéndose en lugar de él, insistiendo en lo injusto de su detención, pero fue rechazada por segunda vez. Sería la última.

Estampa contemporánea de sor Josefa, portando en brazos uno de los niños de la Inclusa, donde cuidaba de los huérfanos.

Estampa contemporánea de sor Josefa, portando en brazos uno de los niños de la Inclusa, donde cuidaba de los huérfanos.

Detención y ofrecimiento de vida
Todavía no se había cumplido un mes desde el fusilamiento de Pascual cuando Natalia y Josefa fueron detenidas. Era el 14 de octubre de 1936, por la mañana, cuando cuatro milicianos las apresaron y las condujeron al Tribunal del Juzgado de primera instancia, donde estaba la prisión; con la acusación de “ser personas de la Iglesia”. Allí, permanecieron varias horas encarceladas.

Para Josefa, su principal preocupación era su hermana: recién enviudada, dejaba en su casa tres hijos pequeños y, como ya hemos dicho, estaba esperando el cuarto. Postrándose de rodillas y con los brazos extendidos en cruz, Josefa permaneció muchas horas en oración, repitiendo: “Yo sí, Señor, pero mi hermana no, pues está en estado y tiene otros tres hijos”. Una testigo que la observó afirmaría posteriormente que repetía esto con gran fervor y entereza, ofreciendo su vida a cambio de salvar la de su hermana. Confiada en que su súplica sería escuchada, consolaba y animaba a Natalia, diciéndole: “Confía, Dios nos va a escuchar… Yo quiero ser mártir, pero temo verme en la carretera a merced de esos milicianos despiadados. Ayúdame con tu oración”. Así manifestaba que no temía a la muerte, pero sí a la violación; temor que por desgracia se cumpliría.

Por fin, los jueces del Comité popular tuvieron a bien escuchar el ruego de Josefa: compadeciéndose de la situación de Natalia, decidieron liberarla, soltándola a altas horas de la noche. Ambas hermanas se despidieron con un emotivo abrazo y Josefa dijo: “Nos veremos en la eternidad”. Natalia jamás olvidaría esta despedida y vivió siempre convencida de que Josefa había salvado su vida y la de su hijo: “Mi hermana decía que estimaba el martirio como un don especial de Dios y que entregaba su vida con gusto”. (Natalia Martínez Pérez, Summ. p. 46).

Martirio
A la una de la madrugada, sacaron de la cárcel a Sor Josefa junto a un hombre y otras dos mujeres; los tres eran católicos comprometidos con la parroquia local. Fueron metidos en un camión, con las manos atadas a la espalda. Al subir al camión, Josefa se dirigió a los milicianos y les dijo: “¿Por qué nos vais a matar? Sabéis que sólo hemos hecho el bien cuidándoos en los hospitales, precisamente a los más necesitados. ¿Nos lleváis a la cruz como Jesús?”. La respuesta que obtuvo fue que pretendían acabar con la religión.

Enfermería de niños en el Hospital Provincial de Valencia, donde trabajaba la Beata Josefa Martínez.

Enfermería de niños en el Hospital Provincial de Valencia, donde trabajaba la Beata Josefa Martínez.

El camión fue hasta el Pont dels Gossos, en el municipio de la Llosa de Ranes. Una de las dos mujeres, sin embargo, alegó ser conocida de uno de los jefes del Comité, por lo que decidieron liberarla, apeándola en el camino, antes de llegar al lugar del fusilamiento. Allí los bajaron del vehículo, mofándose de ellos con palabras soeces y groseras. La otra mujer y el caballero fueron fusilados a continuación. A Josefa la habían dejado la última con la aviesa intención de hacerla sufrir; pues la violaron, a pesar de que se resistió con todas sus fuerzas, hasta el último aliento. Luego, la fusilaron también, a las tres de la mañana del 15 de octubre de 1936. Tenía 38 años.

A la mañana siguiente, los tres cadáveres fueron enterrados en el cementerio de la Llosa de Ranes. Ya en julio de 1939, Natalia pudo reconocer el cadáver de su hermana por un pañuelo, tres medallas y un rosario que portaba; estos objetos fueron entregados a la familia. Los restos fueron trasladados a Alberic y se celebró un funeral en honor a los 43 mártires del pueblo. En diciembre de ese mismo año, los restos de Josefa fueron llevados al panteón de las Hijas de la Caridad en Valencia, después de haber sido velados en la capilla del hospital.

Proceso de beatificación
Las declaraciones de Natalia, hermana de la mártir, fueron cruciales para su proceso de beatificación. Así consta en su declaración del 7 de marzo de 1941 en la Causa General: “Al ser expulsada del hospital provincial de Valencia se refugia en casa de la que habla y el 14 de octubre se presentaron en su casa los apodados “Sacre” y “El Ratat” y se llevaron a la cárcel a su hermana Josefa, siendo las 6 de la tarde, y a la madrugada del día siguiente la subieron a un camión, detrás iba un automóvil, llevándola al Puerto de Cárcer, donde fue vilmente martirizada y asesinada después, ignorando quiénes fueron los autores, pero se supone que serían los mencionados. Que el cadáver fue trasladado al cementerio de Llosa de Ranes, en donde recibió sepultura y la inscripción de su defunción se verificó en dicha población”. Como vemos, la declaración de Natalia identifica a los milicianos responsables de la detención por los apodos con que eran conocidos en el pueblo, aunque ellos ya habían fallecido en el momento de la declaración.

Sepulcro de las Hijas de la Caridad mártires en Valencia. Capilla de la Casa Hogar de San Eugenio, Valencia (España).

Sepulcro de las Hijas de la Caridad mártires en Valencia. Capilla de la Casa Hogar de San Eugenio, Valencia (España).

Además, la Causa General también confirma que, a pesar de haberse defendido valientemente hasta la muerte, Josefa fue violada y después fusilada. Esto lo niegan o eluden algunas otras fuentes, seguramente por pudor o reparo. También sabemos que, antes de morir, perdonó a sus asesinos, puso su vida en manos de Dios y pidió la intercesión de la Virgen con el rezo del rosario.

Terminado el proceso diocesano de su martirio en 1996, los restos de Josefa fueron nuevamente exhumados y se trasladaron al sepulcro ubicado en la entrada de la capilla del Hogar San Eugenio de Valencia, donde siguen actualmente. Como decíamos al principio, ha sido finalmente beatificada el pasado 13 de octubre de 2013 en Tarragona, junto a sus compañeras de Congregación y muchos otros mártires de la guerra.

Meldelen

Bibliografía:
“Beatificación Tarragona 13 octubre 2013: los martirizados en la Comunidad Valenciana”. Artículo en el periódico PARAULA, edición del 13 de octubre de 2013, Valencia, pp. 4-7.
“Doce Hijas de la Caridad y una seglar, mártires en Valencia, serán beatificadas”. Artículo en el periódico PARAULA, edición del 3 de julio de 2011, Valencia, pp. 6-7.
– INFANTE, sor Ángeles y DÍEZ, sor Lucrecia, “Un diamante de treinta caras. Hijas de la Caridad mártires de la Fe”. Colección Testigos de la Fe. Ed. La Milagrosa, Madrid 2012, pp. 131-140.
– RODRÍGUEZ FERNÁNDEZ, Gregorio, “El hábito y la cruz. Religiosas asesinadas en la Guerra Civil española”. Ed. Edibesa, Madrid 2006.

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