Beata Julia Rodzińska, dominica mártir

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Fotografía de la Beata, tomada el año 1928, a los 29 años de edad.

Fotografía de la Beata, tomada el año 1928, a los 29 años de edad.

Hoy se celebra la fiesta de una religiosa dominica polaca, Julia Rodzińska, que forma parte del grupo de 108 mártires de la Segunda Guerra Mundial beatificados por el papa San Juan Pablo II el 13 de junio de 1999. Se puede decir que nunca, en la historia de la Iglesia de Polonia, se había matado a tantas religiosas como en el triste período de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945): de 1298 mujeres que padecieron la persecución religiosa, 247 murieron mártires, cifra que es únicamente superada -aunque por muy poco- por el total de religiosas asesinadas en la Guerra Civil Española (1936-1939): 296.

La “madre de los huérfanos”
La hermana Julia Estanislava Rodzińska nació en Nawojowa, cerca de Nowy Sacz, en la diócesis de Tarnow (Polonia), el 16 de marzo de 1899. Fue la segunda hija de Miguel y Mariana Rodzińska. En el bautismo le dieron el nombre de Estanislava María José. Creció en un ambiente familiar muy religioso, ya que sus padres realizaban tareas activas de apostolado en la parroquia local, colaborando en las misas y en el coro. A la edad de 8 años perdió a su madre, enferma de reumatismo, con lo que se inició una época muy difícil para ella y sus hermanos, que quedaron abandonados y hambrientos; eran otras personas los que se encargaban de alimentarlos y vestirlos, pues el padre también estaba enfermo. Y finalmente, cuando tenía 10 años, murió su padre de neumonía, quedando definitivamente huérfana y separada de sus hermanos; pero no sola, ya que ella y su hermana menor Janina Helena -de 4 años de edad- fueron, por decisión del párroco y la hermana Estanislava Leniart, superiora de las dominicas, puestas bajo la tutela de las religiosas dominicas; mientras que el resto de sus hermanos -Julián Miguel, Luis Juan José y Ana María- fueron acogidos por la familia Nowakowskich. Después de haberse graduado en la escuela primaria a cargo de las religiosas dominicas, siguió estudiando con las maestras del seminario. A la edad de 17 años, en 1916, decidió interrumpir sus estudios para entrar en la Congregación de Hermanas de Santo Domingo, fundada por la madre Columba Białecką. Adquirió su formación religiosa en el monasterio que la Orden tenía en Tarnobrzeg-Wielowieś. Después de sus votos temporales -toma de hábito blanco-, hubo de terminar los estudios -formación como profesora- para poder pronunciar los votos perpetuos el 5 de agosto de 1924.

Fotografía de la Beata, entre los huérfanos a los que cuidaba e instruía.

Fotografía de la Beata, entre los huérfanos a los que cuidaba e instruía.

Después de pronunciar los votos -en los que tomó el nombre de María Julia-, desempeñó una labor pedagógica en Mielżyn, cerca de Gniezno, Rawa Ruska; y luego, durante 22 años, en Vilnius. A lo largo de su ministerio apostólico estuvo muy unida a los niños y jóvenes, ya fuese como niñera del orfanato o como maestra -de música y de bordado, entre otras disciplinas-; y más tarde como directora de escuela -¡con sólo 27 años!- y como organizadora de campamentos y juegos para los niños más pobres. De esta época se la recuerda como “una destacada docente y educadora, valorada por los estudiantes, exigente pero justa, que empleaba buenas palabras y un esfuerzo justo para favorecer la adquisición de conocimientos, que comprendía las debilidades humanas; cordial y espontánea en el trato con los alumnos, que buscaba y acogía a todos los huérfanos, independientemente de su nacionalidad: los trataba con amabilidad, los amaba”. Por esta actitud maternal y dedicada a los pequeños que más sufrían, los pobres y los privados de su familia, fue llamada “la madre de los huérfanos”. Ella, que se había visto huérfana desde tierna edad y privada de su familia y hermanos, parecía haberse comprometido a que otros no sufrieran lo que ella había sufrido. También fue llamada “apóstol del rezo del Santo Rosario”, por razones evidentes.

Esta actitud de la hermana Julia fluía no sólo de su rica personalidad, sino también del hecho de que puso a Cristo en el centro de su vida. Centrarse en el misterio de Cristo le fue posible gracias al cultivo de una vida de oración, de preocupación por el desarrollo de su dimensión contemplativa, cosa que en la espiritualidad dominicana se considera una condición imprescindible para el apostolado. No es de extrañar que las hermanas que la conocieron enfatizaran su oración litúrgica, su lealtad comunitaria y sus constantes ejercicios espirituales. Ella era “una persona de profunda fe y de oración, siempre amable y tranquila, siempre cariñosa y sonriente”, una enamorada de los niños pequeños, modelo para todos los educadores. Por su actitud ejemplar e iniciativas a menudo innovadoras en el trato a los huérfanos, la ciudad de Vilnius la obsequió con diversos premios, en atención a su labor pedagógica. Las sumas de dinero en que consistían los premios las dedicó única y exclusivamente para sus niños.

Fotografía de la Beata trabajando en su escritorio, en 1938, a los 39 años de edad.

Fotografía de la Beata trabajando en su escritorio, en 1938, a los 39 años de edad.

Un largo via crucis
Con la invasión de Polonia por los nazis y el estallido de la Segunda Guerra Mundial, la hermana Julia no cesó su ministerio apostólico, sino que lo mantuvo en medio de aquellas condiciones tan crueles. En 1940, las religiosas fueron despedidas de sus puestos de profesoras y obligadas a despojarse de sus hábitos y vestir como seglares; mientras eran sustituidas por profesorado lituano, pues se temía que éstas ejercieran una “influencia perniciosa” sobre los niños. Sin embargo, en 1941, fueron todas expulsadas de su convento en Vitebsk, y su Departamento de huérfanos pasó a manos lituanas, habiendo estado gestionado por las religiosas desde 1922. Esto no la detuvo a ella ni a otras. Sor Julia pasó a vivir con las Hermanas de la Visitación y buscó empleo entre muchas familias polacas, lo que le fue imposible, debido al extremo control. Una vez, escapó de una detención por los pelos, pero eso tampoco la arredró. Participó activamente en la enseñanza clandestina de lengua polaca, historia y religión en Vilnius. Cuando se la necesitaba, ayudaba y organizaba planes de ayuda y sostenimiento para los sacerdotes jubilados, que habían quedado despojados de recursos. Por esta actividad, que desafiaba el status quo impuesto por los nazis en Polonia, el 12 de julio de 1943 ella y otras dos religiosas dominicas fueron arrestadas y encarceladas en Lukiszki, cuartel de la Gestapo donde se realizaban ejecuciones en masa de polacos.

Allí, la hermana Julia sufrió las mismas circunstancias y condiciones que los demás presos, no distinguiéndose para nada de los demás: confinamiento solitario y tortura física y psicológica. Nada de lo que allí vio, oyó y sufrió logró quebrarla física o espiritualmente, ¡y sabemos bien los horrores que se daban de manos de la Gestapo! Ella fue tratada con más dureza que los demás reclusos, por haber participado en una organización clandestina. Acusada, pues, de haber realizado actividades clandestinas y haber colaborado con partisanos polacos, fue encarcelada en régimen de aislamiento; y se le adjudicó el número 31 y una celda en forma de armario de cemento, tan estrecha que no podía sentarse. Así estuvo un año entero, sufriendo la soledad, la falta de aire y la imposibilidad de adoptar una posición cómoda para su cuerpo. A pesar de este tormento y la brutalidad de los interrogatorios a los que fue sometida, donde se la presionaba constantemente para que delatase a otros, nunca se vino abajo.

Fotografía de la Beata recogiendo flores en el jardín del convento y entregándolas a sus compañeras.

Fotografía de la Beata recogiendo flores en el jardín del convento y entregándolas a sus compañeras.

Un prisionero que la conoció allí dentro destaca la calma que irradiaba, especialmente en su rostro. Y ya era difícil en un lugar donde los prisioneros eran torturados y golpeados constantemente, de modo que día y noche sólo se oían gritos y gemidos. Donde se combinaba la tortura física -que dejaba los suelos cubiertos con capas de sangre seca de varios centímetros de espesor, que luego obligaban a los mismos prisioneros a limpiar- con la tortura psicológica, en la que la Gestapo era toda una experta, mostrando a los internos recién llegados lo que habían hecho con los que llevaban tiempo siendo torturados -lo que quedaba de ellos- o bien sus objetos personales, para provocar el pánico y la desesperanza. En medio de todo este horror, sor Julia mantuvo en la intimidad de su corazón sus propias experiencias espirituales, que sólo se reflejaban en la paz de su rostro.

El ángel de Stutthof
Su fe y su confianza en la providencia de Dios y su heroico valor y amor al prójimo se revelaron todavía más cuando, en julio de 1944, fue trasladada con otros muchos presos políticos al campo de concentración de Stutthof, cerca de Danzig, donde fue internada con el número 40.992 en los cuarteles de la zona judía. Entonces la hermana Julia ya tenía 45 años y estaba enferma a causa del trato recibido en Lukiszki, pero en Stutthof iba a ser tratada todavía peor, pues los prisioneros eran objeto a todas horas de las burlas y humillaciones por parte de los funcionarios de la prisión, que los sometían a situaciones ridículas e inhumanas para poder carcajearse de ellos. Sólo por citar un ejemplo: para humillar la dignidad de las mujeres, gustaban de obligarlas a desnudarse ante los soldados alemanes y otros hombres internos del campo, que las examinaban y usaban para estudiar ginecología, sin ningún respeto a su intimidad ni a su integridad física.

Última fotografía tomada en vida a la Beata. Era el año 1941 y ya estaba obligada a vestir de seglar.

Última fotografía tomada en vida a la Beata. Era el año 1941 y ya estaba obligada a vestir de seglar.

En el pabellón donde estaba sor Julia, al ser el de los judíos, se trataba a sus internos con más brutalidad y se les mataba de hambre para que murieran rápido, pudieran liquidarse sus cuerpos y alojar nuevas masas de detenidos en su lugar. Eran víctimas del peor terror físico y psicológico, siendo destruido por el hambre, los golpes y el trabajo más allá de sus fuerzas humanas. El vigente terror lo caracteriza un superviviente de la siguiente manera: “Había una gran mortalidad, y su trabajo era destruirnos a cada uno de nosotros. Teníamos hambre […] eran seleccionados los más vulnerables entre nosotros y asignados a la muerte por gas y luego, quemados”. Pilas de cadáveres yacían junto a la fortaleza, y todos los prisioneros judíos vivían en el horror de ser tratados con especial crueldad por las SS, particularmente las mujeres que ellos consideraban guapas eran las que más sufrían a sus manos. Y así, vivían bajo el hambre constante, suciedad, insectos y ejecuciones sumarias de prisioneros con el objetivo de sembrar el pánico.

En medio de aquella pesadilla interminable, sor Julia brilló como una luz entre las tinieblas. A pesar de que las prácticas religiosas estaban terminantemente prohibidas y eran severamente castigadas, organizó grupos de oración comunitaria con las mujeres judías de diferentes nacionalidades, sin importarle la diferencia de religión; y soportó la angustia de aquella existencia horrible valiéndose del silencio y de la oración. Los reclusos que también la conocieron allí nos han dejado preciosos testimonios de su actitud en este entorno horrible durante este período, que juzgo interesante reproducir a continuación:

“Rezaba muchísimo y animaba a los demás a rezar. Cerca de ella se sentía la necesidad de la oración”.
“Siempre me impresionó la paz que irradiaba su rostro y que le venía del interior”.
“Ayudaba a los demás desinteresadamente, sin que le importara su nacionalidad o religión: era la necesidad de su corazón”.
“Ella lo compartía todo, literalmente todo: hasta el último pedazo de pan. Se sacrificaba por los que estaban más hambrientos que ella”.
“Soportaba la adversidad de la vida, el sufrimiento y las penurias con gran humildad y paciencia”.
“Ella me consolaba y reconfortaba cuando estaba deprimido y me sentía perdido, incluso me buscaba para estar conmigo”
.

Estampa devocional de la Beata que incluye su número de prisionera.

Estampa devocional de la Beata que incluye su número de prisionera.

Todos estos testimonios nos revelan que la hermana Julia era como un ángel en carne humana: aunque sufría lo mismo que los demás, era capaz de olvidarse de sus pesares para proporcionar consuelo y fortaleza a los que la rodeaban. Por ello, era capaz de superar las reacciones primitivas de algunas personas, desencadenadas por el malestar de la vida en el campo, y llegó a ser respetada y querida por todos, con los que compartía no sólo su escasa ración de alimento, sino también su ropa de abrigo.

Muerte
La culminación de la heroica actitud de amor de Julia Rodzińska fue su decisión de ocuparse de los infectados de tifus -tras el brote epidémico de noviembre de 1944- que estaban aislados y condenados a una muerte inhumana. “Ella fue voluntariamente a cuidar de los pacientes de fiebre tifoidea, tan contagiosa que los demás hacían todo lo posible para no encontrarse con ellos, para poder sobrevivir”. Pero desde que había entrado en la terrible experiencia del campo de concentración, la hermana Julia sabía que en su ministerio no sólo hallaría la muerte, sino también la esperanza, esperanza que llevaría a los demás, protegiéndolos de la desesperación; y siendo la oración lo que la acompañó en su última batalla. Este acto de ella fue visto por los testigos como “la visión de la misericordia en unas condiciones en que era fácil olvidarse de que existe la misericordia”. Aunque los que bien la querían le pidieron que no fuera con los infectados, por salvar su vida, ella se negó, aun sabedora de que iba a morir como aquellos desdichados morían: de una muerte lenta y horrorosa, y ser abandonada a la putrefacción y descomposición, ya que nadie se acercaba al pabellón de los infectados.

Para los moribundos desahuciados, sor Julia les debió parecer un ángel más que nunca, pues la llamaban por su nombre, con los ojos llenos de lágrimas, y agradecían su presencia, sus cuidados y sus palabras, mientras morían ardiendo de fiebre. A algunos logró salvarlos, como fue el caso de una mujer que, estando ya muy grave y para morir, no fue abandonada por Julia, que se encargó de humedecer su boca con agua -agua que le costaba muchísimo de conseguir y que debía racionar entre todos- y de mantenerla hidratada. Esta mujer sobrevivió, fue posteriormente liberada del campo y dio testimonio de cómo la Beata le había salvado la vida.

Naturalmente, el ocuparse de los enfermos de tifus le provocó la muerte. Infectada con la fiebre tifoidea, Julia Rodzińska murió el 20 de febrero de 1945, justo antes de la liberación de los prisioneros del campo. El proceso de evacuación había empezado ya el 26 de enero. Las SS, sabiendo perdida la guerra, evacuaron a los que todavía podían desplazarse, pero dejaron allí a los enfermos y débiles. Los desnutridos no pudieron abandonar el campo, entre ellos, estaba sor Julia. En el barracón 24 la hallaron muerta, entre las víctimas del tifus, ocupando una litera. Fue enterrada en una fosa común con los demás cadáveres, pues era peligroso, debido a la contagiosa enfermedad, haber hecho otra cosa. Las religiosas de su Congregación, como símbolo de gratitud y honor, erigieron una cruz sobre esta fosa común, en recuerdo de la que había sacrificado su vida para que otros pudieran vivir o, al menos, no murieran en soledad.

Fosa común donde yace el cuerpo de la Beata, junto con las demás víctimas del tifus. La placa dice en polaco: "En este sitio están sepultados los presos asesinados de paludismo. Stutthof. Honremos la memoria de las víctimas".

Fosa común donde yace el cuerpo de la Beata, junto con las demás víctimas del tifus. La placa dice en polaco: “En este sitio están sepultados los presos asesinados de paludismo. Stutthof. Honremos la memoria de las víctimas”.

Su proceso de beatificación, junto con un grupo de los otros 108 mártires polacos, entre los cuales había 7 religiosas como ella, empezó el 26 de enero de 1992 en Wloclawek y finalizó con la ya mencionada beatificación el 3 de julio de 1999. Las hermanas dominicas que buscan inspirarse en la vida y testimonio del martirio de sor Julia Rodzińska recuerdan las palabras de Juan Pablo II con ocasión del magno evento: “La Iglesia, en todas partes en la tierra, debe estar arraigada en el testimonio de los mártires y proteger cuidadosamente su recuerdo… la admiración por los mártires permite conectar el corazón de los fieles con el deseo de perseverar en la fe…”

Meldelen

Bibliografía:
– MIROSLAW DOMBEK, Justyna (OP), “El poder en la debilidad: la vida y martirio de Sor Julia Rodzińska”. Cracovia, 1998.

Enlaces consultados (23/01/2014):
http://dominikanki.pl/
http://dpsmielzyn.pl
http://www.malgorzatakossakowska.pl

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es