Beata Juliana de Norwich, mística inglesa

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Icono de la Santa.

Icono de la Santa.

Pregunta: No me queda claro si para la Iglesia Católica, Juliana de Norwich es Santa, aunque se la menciona con mucha frecuencia. Le ruego me saquen de dudas. Muchísimas gracias desde Argentina.

Respuesta: No se la venera como santa, sino como beata, aunque jamás ha sido beatificada oficialmente. Juliana de Norwich es una mística inglesa que vivió aproximadamente entre 1342 y 1430, años muy difíciles para la Iglesia, que estaba desgarrada por el Cisma después del regreso del Papa desde Avignon a Roma, años también muy difíciles para todos aquellos que sufrieron las consecuencias de una larga guerra entre Inglaterra y Francia. De ella no se conoce su nombre de bautismo, ni siquiera los de su familia. Sobre su existencia, además del libro de las “Revelaciones” – escrito o dictado por ella -, existe otro testimonio coetáneo, que fue descubierto el pasado siglo en la autobiografía de Margery Kempe, que es otra santa mujer de aquellos tiempos.

Según esta autobiografía, en el año 1413 Margery había ido a la ermita de Norwich a fin de visitar a la “señora Juliana” – se supone que era la santera o cuidadora de la ermita – para pedirle consejo y ayuda espiritual, o sea, que nuestra beata era conocida en vida como la “señora Juliana”, nombre que se mantuvo después de su muerte. Es posible que este nombre lo adoptara en honor de San Julián, que era el santo al que estaba dedicada la iglesia, en la cual transcurrió gran parte de su vida, iglesia que pertenecía al monasterio de Santa María y San Juan que las monjas benedictinas tenían en Carrow, dentro de la ciudad de Norwich. Hay quienes defienden que Juliana era una de esas monjas, pero esta hipótesis es poco probable.

Todo lo que realmente se sabe de ella está en el texto de las “Revelaciones”, en el que dice, refiriéndose a ella misma, que “es una criatura sencilla que no conoce las letras”, algo similar a lo que dice Santa Catalina de Siena, quien de sí misma dice que es una iletrada en su libro más notable: “El Diálogo”. De esta obra de la Beata Juliana nos han llegado dos versiones, una corta y otra larga. Se considera que la versión breve es la más antigua, aunque la larga fuese editada en primer lugar, concretamente en el año 1670 por parte del monje benedictino Serenus Cressy. El texto breve fue editado por primera vez en el año 1911 por Harford y se encuentra en el British Museum de Londres. En el siglo pasado se hicieron muchas ediciones de esta obra, de la cual todos deducen que su autora debió tener una personalidad excepcional.

Escultura de la Beata en la catedral de Norwich, Inglaterra.

Escultura de la Beata en la catedral de Norwich, Inglaterra.

Juliana, que merece ser recordada por sus continuas declaraciones de lealtad hacia las enseñanzas de la Iglesia Católica, es la primera escritora que utiliza el lenguaje vulgar inglés cuando escribe, cuestión que añade un especial interés lingüístico por esta obra, en la que Juliana, como mística, ocupa un puesto preeminente.

La fecha crucial de su vida fue el 8 de mayo del año 1373. Con anterioridad a esa fecha sólo sabemos que ella se dedicó a cuidar tiernamente de su madre y que era una mujer muy piadosa. Esto último, que era muy piadosa, se deduce por sus afirmaciones en las que dice que, antes de tener las revelaciones, ella pedía a Dios tres dones: una visión material de la Pasión de Cristo, participar en sus sufrimientos como lo había hecho la Santísima Virgen y tener la experiencia personal de padecer una enfermedad corporal, que la purificase de cualquier apego a las cosas terrenales. Las dos primeras gracias las pedía si ésa era la voluntad de Dios, pero la tercera la solicitaba sin reserva alguna, pues quería sufrir por los pecados de los hombres, para asemejarse a los padecimientos de Cristo y porque anhelaba ardientemente tener a Dios consigo misma. Estos deseos, expresados por ella misma, nos hacen suponer que la disponibilidad de su alma para recibir la gracia de Dios era total, por lo que se encontraba preparada para recibir extraordinarias gracias místicas.

Y esto fue lo que pasó. La enfermedad que ella había ardientemente solicitado la golpeó de manera imprevista el día 8 de mayo del 1373, aunque algunos autores afirman que fue el día 13, o sea, cinco días más tarde; es lo mismo. No se sabe con exactitud cuál fue esa enfermedad, pero tuvo que ser suficientemente grave, porque estuvo a punto de morir: “Me quedé así tres días y tres noches y al cuarto día, después de recibir todos los sacramentos de la Santa Iglesia, pensé que no vería el alba de la mañana siguiente. Pero después quedé lánguida durante dos días y dos noches, aunque a la tercera noche pensé nuevamente que me moría, por lo que se me vinieron a la cabeza algunos pensamientos, como por ejemplo, por qué habría de morir si aun era muy joven. Pero estuve de acuerdo, con todo mi corazón, en que se realizase la voluntad de Dios. Llamé al sacerdote para que estuviese conmigo en mis últimos momentos y él me puso la cruz delante de mi vista diciéndome: “Te he traído la imagen de tu Creador y Salvador; quédate con ella y verás cómo te reconforta”. Intenté hacerlo y lo conseguí, pero, realmente, no se cómo”. Esta imagen de Cristo siempre estuvo presente en su vida; ella la veía siempre goteando sangre por el rostro.

Icono de la Santa en su scriptorium, redactando su obra.

Icono de la Santa en su scriptorium, redactando su obra.

Según nos lo dice ella misma en el capítulo XVII de su obra, fue entonces cuando recordó su deseo de experimentar en su cuerpo los sufrimientos de Cristo: “La visión de los dolores de Cristo me llenó de pena, porque aunque yo bien sabía que Él había sufrido una sola vez, era como si Él quisiera mostrármelo y llenarme con ese pensamiento. Así que pensé: yo sé bien poco qué sufrimientos son los que yo quería y, como una desgraciada, me arrepentí pensando: si yo hubiera sabido lo que era esto, me lo habría pensado antes de pedirlo. Porque me parecía que mis penas habían superado los sufrimientos del cuerpo. Yo pensé: ¿hay algún sufrimiento como éste? Y yo misma me respondía con este razonamiento: el infierno es un sufrimiento peor porque allí no hay esperanza. Pero, Señor, de todos los sufrimientos que me han de llevar hacia la salvación, el peor de todos es verte sufrir a Ti”.

Ésta fue la primera de las dieciséis “Revelaciones,” y se refiere a la mañana siguiente de su misteriosa enfermedad e improvisada curación. “La primera comenzó muy de mañana; eran cerca de las cuatro de la madrugada y esta visión continuó en un proceso lleno, claro y neto, una detrás de otra hasta las nueve de la mañana”. La última aparición tuvo lugar la noche siguiente y cuando finalizó, retornaron los síntomas de la enfermedad, por lo que Juliana comenzó a tener dudas sobre la realidad de sus experiencias y deseó “conocer qué significado le daba Nuestro Señor a todo esto”. Tuvo que esperar más de quince años antes de recibir una respuesta directa y ella misma nos lo cuenta: “¿Quieres conocer el designio de tu Señor sobre estas cosas? El Amor. Apréndetelo bien: el amor era su designio. ¿Qué fue lo que te mostró? El Amor. ¿Por qué te lo mostró? Por Amor. Quedátelo dentro y aprenderás y conocerás más cosas”.

Estas visiones fueron para Juliana como “semillas celestiales plantadas por el mismísimo Cristo en lo más íntimo de mi alma”, y así se desarrollaron interiormente durante todo el curso de su vida. Todo el libro no es otra cosa que un comentario sobre aquello que le fue mostrado, durante aquellas horas, en su lecho de enferma, cuando tenía treinta y un años de edad. Pero ella vivió mucho más tiempo, recluida en aquella ermita junto a la iglesia de San Julián de Norwich, aunque ayudada por dos mujeres, que en los últimos años de su vida atendieron todas sus necesidades. Durante toda su vida, Juliana fue continuamente visitada por multitud de personas de todas las clases sociales, que acudían a ella para solicitarle consejo.

Vidriera contemporánea de la Beata en la catedral de Norwich, Inglaterra.

Vidriera contemporánea de la Beata en la catedral de Norwich, Inglaterra.

Posiblemente, el libro fue escrito por algún clérigo a quien ella se lo iba dictando, personaje que al mismo tiempo la fue instruyendo en las vidas de los Santos Padres y Doctores de la Iglesia. Posiblemente, este mismo clérigo le hizo llegar los escritos de su contemporánea Santa Catalina de Siena, los cuales quizás ella conoció, pero que no tuvieron ninguna influencia que adulterara la originalidad de Juliana. El libro que Juliana escribió o dictó fue la más dulce exposición de lo que es el amor divino escrito en lengua inglesa. Algunos capítulos son realmente sublimes y poseen un mensaje válido para todos los cristianos de todos los tiempos.

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La división del libro en dieciséis “Revelaciones” puede parecer como algo artificial, aunque no deja de ser un detalle secundario. Cubre todas las fases de la actitud de todo cristiano con respecto a Dios y a sus hermanos, los hombres, insistiendo de manera particular en la sabiduría y en la bondad de Dios: “Yo puedo hacer bien todas las cosas. Yo haré bien todas las cosas y tú verás, por ti mismo, que todas las cosas pueden hacerse bien”.

La fecha se su muerte se sitúa en el año 1430. La beata Juliana de Norwich nunca ha sido oficialmente beatificada y ni siquiera ha recibido culto público, aunque siempre se la ha llamado beata, siendo recordada el día 13 de mayo.

Aun así, sin estar oficialmente reconocida como beata, el Papa Benedicto XVI, en la audiencia general del miércoles día 1 de diciembre del 2010, dijo de ella: “Recuerdo con gran alegría el viaje apostólico que realicé al Reino Unido en septiembre pasado. Inglaterra es una tierra que ha dado a luz a muchas figuras ilustres, que por su testimonio y por su enseñanza adornan la historia de la Iglesia. Uno de ellos, tan venerada por la Iglesia Católica como por la Comunión Anglicana es Juliana, la mística de Norwich, de quién me gustaría hablar esta mañana aunque las noticias que tenemos sobre su vida no son muchas y derivan, principalmente, del libro en el que este tipo de piadosa mujer reunió el contenido de sus visiones. Cuando en el año 1373 Juliana enfermó gravemente, recibió dieciséis revelaciones centradas en el amor de Dios. Inspirada por el amor divino, optó por una decisión radical. Como una antigua anacoreta eligió vivir dentro de una celda, situada cerca de la iglesia de San Julián en la ciudad de Norwich. Los anacoretas se dedicaban a la oración, a la meditación y al estudio. De este modo, tenían una gran sensibilidad humana y religiosa que causaba admiración en la gente y por eso, hombres y mujeres de todas las edades y condiciones, deseosas de consejos y de consuelo, la buscaban devotamente. En su libro “Revelaciones del Amor divino” hay un mensaje de optimismo fundado en la certeza de que somos amados por Dios y protegidos por su Providencia. Juliana compara el amor divino con el amor materno y este es uno de los mensajes más característicos de su teología mística. La ternura, la solicitud y la dulzura de la bondad de Dios con nosotros es tan grande que, para nosotros, peregrinos en la tierra, evocan el amor de una madre por sus hijos”.

Icono de la Beata con su gato, que la acompañaba en la soledad de su celda de reclusa.

Icono de la Beata con su gato, que la acompañaba en la soledad de su celda de reclusa.

“Juliana de Norwich entendió el mensaje central de la vida espiritual: Dios es amor y solo cuando nos abrimos totalmente a ese amor y dejamos que se convierta en la única guía de la vida, todo se transforma, se encuentra la verdadera paz y la verdadera alegría y se es capaz de difundirlas alrededor. En el Catecismo de la Iglesia Católica se recogen unas palabras de Juliana de Norwich cuando expone el punto de vista de la fe católica sobre la existencia del mal y del sufrimiento de los inocentes, teniendo en cuenta que Dios es sumamente bueno. En los misteriosos designios de la Providencia, Dios es capaz de obtener incluso del mal un bien mayor, como escribió Juliana de Norwich: “Aprendí por la gracia de Dios que debía permanecer firmemente en la fe y, por tanto, debía creer con firmeza y plena convicción en que todo habría terminado bien”. Las promesas de Dios son siempre más grandes que nuestras expectativas. Si entregamos a Dios, a su gran amor, los deseos más puros y más profundos de nuestros corazones, nunca quedaremos defraudados. Éste es el mensaje que Juliana de Norwich nos transmite”.

Antonio Barrero

Bibliografía:
– Molinari, P., “Iulian of Norwich”, Londres, 1958.
– Warrack, G., “Revelations of Divine Love”, Londres, 1901.
– VV.AA., “Bibliotheca sanctorum, tomo VI”, Città Nuova Editrice, Roma, 1988.

Enlace consultado (05/07/2015):
– http://w2.vatican.va/content/benedict-xvi/es/audiences/2010/documents/hf_ben-xvi_aud_20101201.html

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